domingo, 17 de abril de 2016

María A. Escobar


La triste vida de Edith 
María  A. Escobar

Por la madrugada llegaba Edith a la pensión, introducía la llave en la puerta de madera que necesitaba una buena capa de barniz, se quitaba las sandalias doradas, de tacones altos y subía con sigilo las escaleras sucias de múltiples pisadas, abría la puerta de su cuarto con la llave que guardaba en el bolso e, inmediatamente encendía la luz central y la del vela-dor.  Luz, luz, luz, eso era lo que necesitaba, luego de toda una noche en penumbra, apenas un veladorcito con una opaca luz roja. También necesitaba meterse un buen rato bajo la ducha para quitarse toda esa baba de encima. Luego, sintiéndose una más entre los otros, con un sencillo vestido floreado, aprovechaba el silencio de la pensión, ya que a esa hora casi todos dormían y llevaba a la cocina la vajilla sucia, la lavaba y la secaba con su repasador.  Cuando regresaba a la pieza muchas veces tropezaba con su vecino de pieza, en pantalón pijama y camiseta mugrienta. Tenía una cabeza grande, el pelo ralo y el labio caído y la miraba de reojo con una mirada lasciva. Ella sentía repugnancia y miedo, entonces se encerraba con llave en su pieza y pensaba que haría algunas compras cuando se hubieran levantado todos y estuviera presente la dueña de la pensión, una mujerona morocha, de Santiago del Estero, igual que ella, que nunca había creído que ella era enfermera como le había dicho, pero que parecía sentir simpatía por ella, talvez porque había recorrido el mismo camino.
Cuando salió a hacer las compras, poca cosa, se sintió feliz. El sol calentaba y ella iba como una ama de casa, con su bolsa de red, el pelo sujeto y su vestido floreado, soñando con ser como las señoras que veía, que tendrían su casa y su marido y sus hijos. Ella tenía una hija, Anahí, vivía en Santiago, con la abuela y ella, cuando podía, iba a verla pero la despedida era siempre dolorosa, la chiquita se colgaba de su cuello y le pedía llorando que la llevara. También ella volvía llorando, pero no quería regresar a la miseria y se consolaba pensando que cuando pudiera se la traería, pero de qué vivirían, ¿limpiando casas?  Ya lo había hecho, pagaban una miseria pero exigían todo. No… un negocito en el Gran Buenos Aires… tal vez, en el sur que era más barato. 
Respiró hondo el aire del verano.  Aun no hacía calor, en la bolsa de red había dos tomates y unos huevos, fruta no.  Estaba muy cara. Debía comprar un lápiz de labios.  No podía seguir pidiéndole prestado a Ofelia. Esta sonreía y le decía “tenés el estómago delicado, muchacha. Para nuestra profesión no sirve”. Tenía razón, odiaba a esos babosos que iban a manosearlas al cabaret, como odiaba al que la espiaba en la pensión, como odiaba al hombre que la embarazó, siendo una chiquilina y luego desapareció como si lo hubiera tragado la tierra.  Con la bolsa en la mano caminó unas cuadras mirando vidrieras, viendo todo lo que no podía comprar, porque estaba Anahí y había que enviarle dinero a la abuela… ¿Dónde estaban los hombres? ¿Dónde  estaba su padre, al que no había conocido porque también abandonó a su madre? ¿Solo existían esos miserables que iban al cabaret y que –a veces- sólo buscaban a alguien para contarle sus pesares, que pagaban para ser escuchados?  Sentía asco y pena por ellos. También por ella. También por su madre. Dios, no todo podía ser así y, en secreto, ella esperaba conocer a un hombre bueno con el que poder formar una familia y traer con ella a Anahí. Ella podía tejer mantas, la abuela le había enseñado. Y así soñando regresó a la pensión.  Comería una ensalada de tomate y huevos duros y luego dormiría hasta que el sol comenzara a ocultarse.  Entonces pondría su disfraz de prostituta en un bolso y tomaría el colectivo hasta el bajo y si veía al idiota que la espiaba le gritaría, para que todos oyeran ¡Qué mirás imbécil. Que miras…!  Porque, repentinamente, un profundo sentimiento de rebelión la iba inundando como un agua turbia que le subía a la garganta, que la estaba ahogando poco a poco..



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