miércoles, 8 de octubre de 2008

LULÚ COLOMBO


LA DESOBEDIENCIA DE BETHZÁ

Salió del cementerio y su mente ya estaba puesta en el próximo ataúd. Desde la vereda de enfrente, bajo las frescas tipuanas, aquellas imponentes columnas del frontispicio no parecían presentar mayores peligros. Ajenos a la muerte deambulaban perros sarnosos entre los marmóreos ángeles y las acongojadas madonnas, rascándose displicentes las escaras entre cruces de bronce y lustrados epitafios. Ver los desconsolados deudos esquivando perros y solazarse eligiendo el adecuado a sus propósitos: toda una ceremonia; era difícil apreciar y elegir certeramente lo que andaba buscando. Paseó la mirada por las tumbas y se retiró como había venido: con los deudos. Se hizo lugar en unos de los coches, tan leve que nadie notaba su presencia. "Qué calor"; "hay como lloraba fulanita y menganita, qué delgada que está". Así los comentarios iban tejiendo el sudario y se acercaba, una vez más, la hora de elegir. Cierto es que para quien no tiene prisa, el tiempo es una mera convención. Otra vez un nuevo comienzo, allí donde las otras habían fracasado; un nuevo muerto, a la espera, a disposición... Centellaron los ojos y aquella mujer que se me agarraba como si tuviese efectivamente garras, bajó la mirada para ocultarla. La vi en el cementerio, todo el tiempo estuvo tratando de pegarse a mí, o me lo pareció, sentí esos ojos que parecían estar llenos de sangre. No sé muy bien; en momentos como estos, las cosas son turbias y todo se distorsiona por la fuerte emoción. Parece un recuerdo, o un sueño, pero la tengo delante de mí; no es pariente de nadie, porque los conozco a todos, bueno, a casi a todos. Hace tanto tiempo que no los veo que no me acuerdo de muchos de ellos, porque están demasiado gordos o flacos, o arrugados y consumidos como pasas, en fin, lo que ya sabemos que hace el tiempo con la gente. Pero a ésta, nunca la vi. Este joven no me es apropiado por la edad, pero tiene la insistencia de la sangre nueva; me mira como si nunca hubiera visto a una Dev, quiero decir, a una vieja; si precisamente aquí está lleno de viejos, hay unos pocos niños y a los jóvenes no los dejaron aquí; no sé por qué se muestra tan interesado justamente en mí. Su insolencia me molesta. No sabe y por eso no me deja en paz; me ocuparé de él. Parece desconocer lo que es la muerte y yo se la enseñaré, ciertamente. De dónde habrá salido esta vieja horrible, parece una bruja de verdad. Menos mal que las brujas sólo existen en los libros, porque esta que estoy viendo parece real. Últimamente ando leyendo demasiados cuentos de diablos y magas, llenos de conjuros y de sortilegios; creo que es lo que ha llenado mi cabeza de imágenes terribles; y después me pasan estas cosas. Pobre mujer, me pareció que su mirada era siniestra, aunque pensándolo bien, sólo porque es muy vieja; debería ser menos prejuicioso, algún día también yo seré viejo. Conmovido, reflexionaba con ternura acerca de la lejana vejez. Levantó la vista y lo esperaba el dulce mirar de una encantadora viejita; sacudió la cabeza perplejo ante el espejismo. Sin duda ésta no era la bruja, no podía ser. Sonrió como un autómata, embriagado por un ataque de bondad involuntario; un aire frío pareció cruzarle el rostro. Los otros pasajeros conversaban en voz baja y escondían el sollozo atrás de sus pañuelos asajeros conversaban en voz baja y escondían el sollozo atrás de sus pañuelos de manera que ellos, la anciana y el joven, parecían viajar en un cocheaparte; nadie notó la transmutación. El joven Abelardo, con el corazón inundado de bondad, contempló a la anciana y percibió que se había equivocado, fruto tal vez del dolor ante la pérdida tengo, lo tengo, ahhh, cada vez es más fácil, esto está perdiendo la gracia -pensó Dev mientras le sonreía dulcemente. Permítame joven, sé que es muy duro el trance por el que está pasando, en estos momentos nada puede consolarlo, sin embargo, dada mi edad, tengo experiencia en estas cosas y puedo ayudarlo, y mucho, a sentirse mejor. Después de todo, veo que usted es inteligente. Habrá de saber que es posible encontrarse con los seres queridos en otra dimensión, basta quererlo. Abelardo la miró embotado, no sabía si estaba escuchando realmente eso o si estaba soñando que la viejita le decía exactamente eso. Cómo, dijo para ganar tiempo y asustado miró a las otras personas en el coche, todo seguía igual, eso lo asustó más. Sí, como lo oye, no se asuste, quiero ayudarlo. Lo he observado en el cementerio, tan afligido, que hice lo posible por acompañarlo; usted sabe que a las viejas como yo, les fallan las piernas. Oh, no diga eso -respondió Abelardo- todos llegaremos a viejos, es de la vida. Para ser joven, parece ser usted bastante aplomado. Abelardo se acomodó en el asiento y le respondió: No lo crea abuela, disculpe, me he tomado el atrevimiento de llamarla así. No, no es nada, realmente podría ser mucho más que su abuela, tengo infinitos años. Bueno, no es para tanto, no lo parece; y la observó con más atención. Las arrugas parecían haberse atenuado un poco, no lo podía precisar bien. Es una locura, se dijo, no puede ser que no recuerde el rostro que acabo de ver, y el colmo es que ahora me parezca que la viejita no lo es tanto, creo que estoy enfermándome. Abelardo había pasado dos noches en vela y tenía la sensación de que el tiempo corría en un sentido inverso a lo conocido. Miró a las otras personas dentro del coche, y no parecían ser exactamente las mismas, le hicieron un gesto amistoso y siguieron conversando y enjugándose los ojos llorosos. No sé, hay algo extraño, no entiendo qué pasa. Miró por la ventana del coche, la avenida con sus plátanos conocidos lo consoló un poco, al menos creía saber adónde estaba; volvió a mirar a la viejita, los cabellos ralos y amarillentos que lo habían impresionado al subir al coche, se veían de pronto del color de la plata, y el rodete abultado y brillante como una luna. No, no, creo que lo soñé -pensó. Ahhh, qué cara de desconcierto, menos mal que no se asusta fácilmente, cavilaba la Dev mientras le sonreía como una virgen. Abelardo sentía ganas de vomitar por el mareo que la cambiante figura le provocaba. Bien, ya es mío, veamos cómo me lo llevaré. La viejita sacó un caramelo de un pañuelo lleno de encajes que parecía salido de un museo. Abelardo miró el pañuelo con sorpresa. Sírvase uno, dijo la Dev. Tomó un caramelo como un autómata y se lo llevó a la boca. No es necesario ser muy fantasioso para imaginar que, efectivamente, el caramelo tenía "algo", ciertamente lo tendría; en ese rostro algo se desdibujaba, expresión de lo inefable y de lo horrendo, algo impreciso como las caras de una diosa a la que nadie osó mirar de frente. Abelardo se fue aflojando sobre el asiento y al sentir el contacto de una huesuda mano, tembló, y ya sin resistencia cayó desmayado. El chofer paró, ayudó a descender a los otros pasajeros y subió nuevamente al coche: Hacia dónde, madame -dijo. Sin protocolo, por favor, ya sabes adónde. El coche volvió a ponerse en marcha, esta vez a casa del joven Abelardo. La Dev, naturalmente, estaba satisfecha. No había elegido para sus fines a Abelardo a causa de su juventud, como ya dijimos; pero había cambiado de opinión ante la interferencia del joven. Había desoído las órdenes de regresar junto a su padre; sus hermanas ya lo habían hecho y sólo ella, Bethzá, continuaba aún entre la gente gracias a personas como Abelardo; engañaría a su padre una vez más. El chofer continuó viaje, llegaron a una casona antigua, propiedad de la familia del muchacho. Él era el último de su estirpe ya que sin pausa todos habían muerto en el lapso de pocos años. Los vecinos sentían pena de lo que fuera lapso de pocos años. Los vecinos sentían pena de lo que fuera antiguamente una gran familia, y este joven era el sobreviviente de la desgracia. Se rumoreaba que también él tenía los días contados, alguien o algo estaría por ocurrir que lo llevaría a la tumba rápidamente. Lo vieron entrar acompañado por una viejita simpática y cargado por un chofer uniformado. Eso fue todo. La casona estaba silenciosa cuando Abelardo despertó de la pesadilla de la vieja horrible en el coche volviendo del cementerio; miró los cortinados dorados y adivinó los losanges coloridos, se irguió sobre un codo y observó a su alrededor para cerciorarse de que había estado soñando, no sabía por cuánto tiempo. Vio en el suelo el libro que había estado leyendo sobre los nueve diablos: los nueve Dev y sus hijas; tanto deseó poder leerlo un día y sólo después de las horribles muertes había podido hacerlo; se sonrió distendido y cayó en el sueño una vez más. Al darse vuelta, la mirada de la viejita del coche vino otra vez a su encuentro. Calma, no te asustes, sólo tuviste un mareo, creo que fue el calor y la pena, cosas que pasan en estos casos. El brillo lunar de su rostro resplandeció. Yo te cuidaré -dijo- te repondrás pronto, no te preocupes. Quién es usted, cómo entró a mi casa. Calma, tranquilízate, mi nombre es Bethzá, y conozco a tu familia, los he acompañado siempre, como hoy. No puede ser, están todos muertos. Precisamente. Qué quiere decir con eso. Nada más que lo que te he dicho; descansa, estás afiebrado por el cansancio, duerme. La Dev corrió la dorada cortina y los losanges coloridos quedaron escondidos. Nada podía hacer él, trató de dormir aunque le parecía que eso no era dormir, porque ya estaba en el sueño, y dormir dentro del mismo sueño no le parecía posible. Esto no puede ser, debe ser otro sueño, no tiene lógica, -pensó. Vio a la viejecita sentada en su sillón de leer, se tranquilizó. Puede ser otro sueño, claro, con todas las cosas que uno lee y ve por ahí, es posible soñar dentro de otro sueño, -caviló. La Dev ojeaba el viejo libro que había levantado del suelo. Abelardo había dejado el señalador en la página donde se hacen los conjuros para invocar a los Dev, pero no lo recordaba. Bethzá estaba allí por esas cosas, es más, había estado siempre por ahí, y pronto la vendrían a buscar, como lo habían hecho ya con las otras y Abelardo no sospechaba siquiera esto, postrado, después del funeral, soñando con la viejita. Lo tengo, se dijo Bethzá, y los Dev no me llevarán, él es quien irá con ellos por mí. Abelardo recordó de repente las páginas del antiguo libro que ahora leía la Dev: había una historia de magas, o brujas, que eran hijas de diablos, vestían ricas ropas y gustaban de convocar a las mujeres a bailar en la noche, también protegían las casas, pero para eso debían ser bien tratadas; una historia muy fantasiosa que le había provocado risa. Sonrió débilmente y de pronto vio a la viejecita transfigurándose hasta devenir una joven de fastuoso ropaje que llevaba los plateados cabellos de la luna. Quedó aturdido ante la visión, sin duda estoy soñando -se dijo. No estás soñando, yo soy Bethzá, hija de los Dev, ya los conoces y sabes que vendrán a buscarte. Abelardo ahora estaba sudando de terror; entre los pliegues de la imponente manga de brocados y encaje sobresalían las uñas de gato de Bethzá; quiso cerrar los ojos al adivinar que su fin estaba próximo. Te has burlado de mí todo el tiempo; desde el cementerio vengo acompañando tus movimientos y no tienes más que sentimientos de desprecio hacia mí, no lo toleraré. No deberías haber abierto este libro, tu tía abuela lo escondió en el sótano para que nadie lo tocara. No lo quemó porque sabía que era la puerta de ambos mundos, siempre estuvimos aquí, y seguiremos estando. Tu imprudencia iba a cerrar la única vía por donde los Dev pueden transitar, no lo permitiré. No saldrás vivo de aquí, y no dejaré que el libro sea quemado como sucedió con los otros que estaban escondidos en otras bibliotecas, éste es el último ejemplar. Abelardo ya no sabía si estaba soñando o pensando, o durmiendo, pero recordó que mejor que decir es hacer, entonces se estiró como un gato hacia la ventana de los vitrales coloridos oculta por la pesada cortina dorada. Dio un salto mortal y cayó al vacío con los ojos muy abiertos. Se sintió un ruido intolerable cuando su cuerpo tocó la vereda. El rostro estaba destrozado. Cuando llegó la policía, probablemente avisada por los vecinos, encontraron rastros de patas de gato y pelos blancos en toda la habitación; las pericias no concluyeron si eran cabellos o pelos, gatunos o humanos. Un frasco de grageas para dormir y un pesado libro antiguo con un señalador, también antiguo, donde no se hallaron huellas digitales ni de los muertos anteriores ni las del reciente occiso, sólo pelos blancos, como de gato de angora, o algo similar. La carátula del expediente quedó registrada como suicidio por ingestión de calmantes.El cortejo se dirigió al cementerio una vez más; ahora era Abelardo en su ataúd. No hubo misa, por tratarse de un suicidio. Dejaron las flores sobre la tumba. Bethzá esperaba. Encogió las uñas y cruzó apaciblemente las manos. Sentada en el coche, intangible y real como siempre, esperaba paciente a los que volvían del funeral para acompañarlos, ciertamente.

martes, 7 de octubre de 2008

ALICIA CHILIFONI


FRASQUITOS VACIOS

Las piedras al pie del limonero, hace meses que me retienen al pasar. Las traje del río Aluminé. Me había sentado en la orilla con la esperanza de que el agua me hablara, me aclarara el panorama. Perdí el tiempo. Sí me empaché de paisaje, de aire puro. Pero mis preguntas se perdieron en el estruendo narcótico que se extendía sobre todos los seres y las cosas como lava incontrolable, tremenda, abarcativa. Ese ruido, hijo de la lujuria con que el hielo fundido por los soles del verano, corre torrentoso, cerro abajo, limando furiosamente a su paso, las piedras del fondo y las orillas. Su pasión las gasta: ellas yacen como meretrices que disfrazan su agotamiento pintarrajeándose. Azules, verdosas, rojizas, amarillas, marrones, blanco grisáceas, negras... Quiero llevarme una de cada color. Es probable que ellas guarden en su archivo el discurso del agua inatajable, indescifrable...
Y las deposité sobre el pasto, al pie del limonero. Las miro todos los santos días con implorante ternura, pero nunca me hablaron. Me doy cuenta de que sus colores se fueron. Ahora son todas iguales. Parecen esos frasquitos vacíos que guardo por si acaso, y se empolvan, cenicientos, sin memoria de su contenido ni propósito.
Es como si las piedras fueran vegetales que perdieron su savia, por culpa del trasplante. El jugo del río-limonero no se apasiona por ellas, las ignora, no las toca ni las mira. Ya no hay por quién pintarse.
Hablando de trasplante, ¡Tano, necesito hablar con vos! Me dijeron que te vas a Italia. ¡Cuánto me alegro! Nos contaste que te trajeron de allá cuando eras muy chiquito. Así que va a ser como si vieras tu pueblo por primera vez, como si recién lo conocieras. Dijiste que sólo recordás haber llorado durante todo el viaje en barco, que tenías mucho miedo. Ahora va ser distinto, todo es dicha. Nosotros estamos tan contentos con tu viaje, como si fuéramos a ir con vos.Pero tengo que decirte que de repente soy yo la que tiene miedo... Por favor, por lo que más quieras, volvé. No sea cosa que se te dé por quedarte allá. Nunca te dije cómo calma mis males tu contenido. Sería un dolor sin remedio saberte convertido en un frasquito vacío.

JUANA SCHUSTER

LA MESA

Era la mesa de los olvidos. ¿Te acordás? Ésa que estaba junto al mostrador. Cada vez que me sentaba, descubría un paraguas o un echarpe. Claro que se lo daba a la camarera. Pero algo tenía ese lugar. Un balón oscuro, que penetraba por la fuerza en las masas cerebrales. Entonces no recordabas exactamente qué habías traído. Podían ser cosas absurdas como un boleto viejo de tren o algo más importante. Un saco fino, de esos adquiridos en las boutiques de la Avda. Santa Fe. No interesa. Uno entraba en una zona difusa manejada por seres desconocidos, temidos e invisibles. Sólo se podía leer el diario. Entonces las lecturas absorbían el vigor y no se podía razonar. Los labios se movían para hablar de política. También podías seguir los pasos diligentes de las muchachas con cofias, salidas de un paisaje tirolés. Pero así simplemente, sin pensar en algo específico, como si los párpados se imantaran a las cabezas de las chicas y uno se olvidase de traerlos de vuelta; así ellas tenían doscientos ojos posados en las gorritas movedizas. Las personas éramos las de siempre. Entrábamos ansiosas buscando ubicación. El señor con su notebook, de cabeza calva y belfoso que pedía un tostado que nunca comía. O ese otro de rostro pálido con ojos tan separados que parecía que le sobrase espacio a cada lado de la nariz. Los cuadros de pintores desconocidos, eran tentáculos que te arrastraban hasta el abismo de espectros que no te permitían subir a la superficie. No pasaba nada. Siempre y cuando no te sentases en ese lugar. Lo peor de todo, era que la gente se iba sin saber que había olvidado sus pertenencias. Tan potente era el virus que contraían, que dominaba las neuronas de la memoria. Una mujer que tenía tantas pecas, como pececitos adheridos a un tiburón, evitó una vez, sentarse allí. No habiendo otro asiento disponible, se retiró. ¿Sabía que dédalos intervenían? ¿Se había adentrado en las profundidades abisales?. Pasaron los meses. Un día vi un anuncio: "Nos mudamos a media cuadra de aquí". Se podía observar el plano a todo color. Anunciaban una copa gratuita para recibirnos. Me trasladé hacia el nuevo local. Tuve que pasar por el anterior. Miré hacia adentro. Mi sorpresa no tuvo límites. En el mismo espacio que antes, sola, en medio de la nada estaba la mesita. Sí, ésa. La de los olvidos.

NORMA TRAFERRI


DE CARRANZA A CATEDRAL

Mi hermana Julia y yo, podemos esta vez subir al subterráneo y sentarnos juntas. La diosa fortuna, hace que la puerta se abra delante nuestro. Eso nos da la oportunidad de hablar durante veinte minutos, sin que nada nos interrumpa. Pienso: es más tiempo del que habitualmente tenemos a diario. Volvemos en horarios diferentes, regreso muy cansada, y sólo pienso en darme un baño, cenar y acostarme a dormir.
La noche y la cena es una pesadilla repetida. Un plato de comida delante, un televisor encendido, mirando un canal de entretenimientos, sin que nunca mi madre me pregunte nada. Nuestra madre, es un libro de quejas y reproches, si lo hubiera escrito, su título sería: "El mundo contra mí". Y nosotras, según su criterio, somos simples espectadoras de sus desgracias cotidianas. Un padre que se fue sin despedirse, y yo lo comprendo, buscó su libertad. Ella, creo, ganó la suya, se cruzó de brazos, no sin antes prenderse de nuestras faldas. Para nosotras, es duro mantener todos los gastos de la casa. Para ella, es nuestra obligación hasta su muerte. La pronostica próxima, casi a diario, desde hace años.
Pienso en mi anhelo. Poder tener el dinero para comprar un pasaje , y huir de la mesa, de la casa, de la rutina, de mi madre...
Nos estamos convirtiendo en dos solteronas, de esas, que sin importar la edad ni aspecto, se las ve grises. La realidad de lo que me rodea, las caras de los otros pasajeros. Tampoco me dicen nada. Como autómatas, lobotomizados, hipnotizados. Cada uno pensando, vaya a saber en que. El ciego trata de avanzar entre el pasaje diciendo: Soy ciego... una moneda por favor. Hace años que lo veo, siempre igual. Una muchacha comienza a desplegar su atril, la partitura, saca su flauta, y es a la gorra. Nadie parece ver ni escuchar nada. Yo tampoco. Hará unos tres minutos en el que sólo se escucha el sonido de la formación en marcha. Las manos de Julia acarician la hebilla de su bolso, una y otra vez acompañando el silencio. Me sorprende comprobar que no es nada nuevo entre nosotras. Poco o nada sabemos la una de la otra. El habernos sentado juntas nada cambia.
Faltan dos estaciones y bajaremos en medio del tumulto humano de todos los días, y del que formamos parte. Será entonces que nos daremos un rápido toque, mejilla a mejilla, simulando un beso de despedida, diremos: Chau, hasta la noche. Y eso será todo.

RICARDO ALLIEVI


INSPIRACIÓN

¿Quién era esa mujer, esa dama incógnita? ¿Cómo todavía no la conocía ni la había visto nunca?. Buscaba desesperadamente encontrarla pero era esquiva. Todos gustaban de ella y algunos se jactaban de poseerla. El todavía la estaba esperando. Muchas veces se preguntaba si podría seducir y hacerlo.
Era joven, alto, delgado, atlético y sabía seducir a todas en su lugar de trabajo. Inteligente, capaz en todas partes, menos en la literatura, que era su debilidad y placer.
El profesor de la materia, conocedor de sus escritos, le decía que nada está librado al azar, que nada es casual sino causal, que no es cuestión de sentarse a esperar que venga la inspiración. Todo es cuestión, le aclaraba, de trabajo, disciplina y método. Que quizás, a él le faltaba eso porque ... escribir no es fácil.
Ese sábado cualquiera, de mañana, el tiempo parecía que no iba a cambiar por un buen rato. Desayunó sin apuro, sin ningún compromiso en todo el día.
Le llega el sonido de la lluvia que cae sin prisa, el rumor de algún auto en la calle y el brillo del agua en la vereda.
Se sobresaltó cuando el conductor redujo la velocidad pues el ómnibus debía tomar la última curva. Era la más difícil y pronunciada, parecida la que él estaba en ese momento.
Se asomó por la ventana de su pieza y vio que ella cruza corriendo, dobla la esquina y le llama la atención. Aparte de esa intrépida nadie se ha atrevido a salir, pero él quiere atraparla.
No lo hace porque sobre su escritorio tiene muchos papeles escritos para terminar. Son cuentos escritos. Unos sin sentido, otros "con un poco de" y uno sólo, el último, logrado después de una noche larga de intenso trabajo, esfuerzo y dedicación.
Simplemente sucede así pero percibe que hay algo más, algo que despierta dentro de él.
Al principio es sólo una sensación y lentamente empieza a comprender, Ese sábado está impregnado, inundado. Lo siente adentro y lo colma.
Vuela al escritorio, deja todo inmediatamente escucha y escribe en ese momento de gracia. Con esa mujer que vio venir por primera vez hacia él, está sentada a su lado y le dicta lo que está escribiendo.

FRANCISCO DIEGO GONZÁLEZ


A LOS POBRES LES DEJABA DE NOCHE LA PUERTA ABIERTA

Dos pequeños golpes sonaron en la puerta de la casa antigua. Manuel Castilla abandonó el sueño. Confundido, con las últimas imágenes dando vueltas en su mente, se incorporó y se calzó las pantuflas. Se puso un abrigo. Caminó hacia la puerta que volvió a sonar. -¡ Ya va!... Abrió y lo vio a Juan Riera, su panadero amigo, con la bolsa entre las manos. -Gracias, dijo Manuel- pero no puedo voy a aceptarle el pan porque no se lo puedo pagar.
-Antes, cuando usted podía, venía y me compraba, pero ahora es mi obligación llevárselo todos los días- dijo el hombre, resuelto, entregándole el pan caliente. No dijo nada más. Se marchó y Manuel se quedó en el umbral, conmovido, emocionado por su grandeza. Abrió todas las ventanas de la casa. Puso a calentar en la pava el agua para el mate y se quedó pensando en ese viejo anarquista que había llegado de Ibiza, huyendo de la guerra, en 1914. Ancló en Tucumán y trabajó como carpintero en la extensión ferroviaria de Socompa. Juan Riera solía cambiar de trabajos al tiempo que ejercía su viejo oficio de panadero y pastelero. Fiel a su militancia política luchó por sindicalizar a los obreros, pero todos sus empeños le costaron el trabajo en el ferrocarril. Finalmente se radicó en Salta donde instaló su panadería. Se casó con Augusta Cavarelloni, una salteña que le dio nueve hijos, y todos tabajaron junto a sus padres...
Esa mañana el cielo estaba despejado, el pan sabroso, el pan solidario amasado por las manos de ese noble español, reconfortó a Manuel como ninguna otra cosa. El mundo no estaba tan mal después de todo. Aún seguían madurando las semillas de la bondad en esos gestos tan humanos. El poeta tomó mate, comió el pan lentamente para saborearlo bien. Y pensó en cuantos Juan Riera se iban a precisar para cambiar las cosas... Y pensó en los terribles canallas, los alcahuetes del gobierno que lo habían echado del diario "El intransigente" donde escribía sus columnas. La verdad del fondo de sus pensamientos había sido tan profunda como peligrosa, lo había dejado en la calle de un día para el otro, quitándole, entre otras cosas, el pan de cada día. Su poesía era como la harina levándose en el horno; algo tan simple y cotidiano como las estrellas de la noche. Llevaba el olor de la tierra, del vino bien chispeante, de la copla y del carnaval. Las palabras brotaban de su pluma, volaban con el cóndor de los Andes, bendecían las cosechas, denunciaban a los corruptos... La poesía lo embriagó esa mañana de sol como tantas noches se había embriagado en el boliche de Balderrama... No, el mundo no estaba tan mal después de todo.
Y así, día a día, siguió recibiendo el pan y siguió evocando a ese hombre que hiciera de su vida una celebración. Ese caballero gentil que había convertido a la panadería en una improvisada peña, un pequeño centro cultural, un refugio para los pobres y los mendigos. Fue el lugar de encuentro de la Salta de los cincuenta. Acudían allí los socialistas, los anarquistas... Obreros, artesanos, vendedores ambulantes, empleadas domesticas... Sensible a sus dificultades decidió unirlos en un gremio y creó la fundación del sindicato de oficios varios... Y el poeta recordó que allí, entre vinos amanecidos y coplas interminables había hecho las primeras armonías para el dúo salteño, su amigo y compañero de ruta Gustavo Leguizamón... Junto al horno bien templado cantaron músicos como Eduardo Falú, Los Saluzzi, Ernesto Cabeza, Jaime Dávalos... Recitó sus poemas León Felipe... Hasta el mismo Che Guevara pasó por allí en un alto en su camino a México...
Y así, casi sin querer, sin darse cuenta, Manuel Castilla fue soltando sus coplas para rendir homenaje a su amigo panadero:

Que lindo que yo me acuerde
de Don Juan Riera cantando
que así le gustaba al hombre
lo nombren de vez en cuando
Panadero Don Juan Riera
con el lucero amasaba
y daba ese pan del trigo
como quien entrega el alma
Como le iban a robar
ni queriendo a Don Juan Riera
si a los pobres les dejaba
de noche la puerta abierta.

Mientras escribía pudo verlo con ese gesto afable, la mirada franca, la puerta abierta y el corazón sincero...
Era costumbre en las panaderías de esos años guardar el pan en grandes bolsas, al lado del horno. Pero no era pan lo que había junto al horno de Juan Riera, eran los cuerpos de los mendigos, de los sin techo, la pobre gente que entraba en la noche, en la madrugada, se cobijaba al calor del fuego y al calor del pan fraterno que comían agradecidos.

A veces, como jugando
un pan de palomas blancas
y harina su corazón
al cielo se le volaban
Por su amistad en el vino
sin voz, querendón cantaba
y a su canción como al pan
la iban salando sus lágrimas


Manuel cerró el cuaderno y mascó hojas de coca... Esa noche lo vio a Gustavo Leguizamón y le dio las coplas para que hiciera una música. Y el talento de uno y la inspiración del otro dejaron para el mundo la hermosa zamba que guardó para siempre la memoria de los días y las noches del entrañable Juan Riera.

MARISA PRESTI


EL CANTO DEL CISNE

Avanzan majestuosos, surcando el agua con paso de vals. El paisaje se transforma con la pincelada de su belleza. Van juntos, ella y él, la pareja de cisnes que han jurado amarse hasta la muerte. Cuando uno de los dos muere, su compañero emite un sonido desgarrador, un misterioso canto que enlaza sus corazones, y que sólo se silenciará cuando también él parta junto a ella.
No habrá otra pareja. La fidelidad los compromete hasta ofrendar la vida, y los humanos, ajenos a la eternidad, desvían la mirada hacia los placeres efímeros en vano intento de adaptarse a la moda descartable. Ya nadie muere por amor, actitud de por sí excesiva, pero tampoco se acepta el sufrimiento de una posible pérdida. Todo debe llevar al placer; el dolor, cuando es inevitable, se esconde tan profundamente que desaparece. Desaparece de la conciencia. Quizás por eso, está de moda no velar a los muertos. Ya no hay velorios. No se llora en compañía por que no hay con quién. Todos respiran aliviados. El muerto queda solo, en un rincón de la sala velatoria hasta que se convierte en ceniza, ceniza que libera de cualquier signo de su presencia.
Quizás por todo esto, cuando la mano de María quedó sin vida entre los dedos nerviosos de Martín, los pocos amigos presentes presagiaron que no sería la última visita de la muerte. No quiso compañía, quedó solo en la pequeña casa con jardín, iluminada todavía con la presencia de ella en cada detalle. Flores, portarretratos, cuadros de marcos esbeltos, plantas que derramaban alegría en los rincones, todo parecía confirmar la continuidad de su existencia.
La hosquedad le vino a la cara y la lengua pareció trabarse en un silencio desagradable. Todos notaron el cambio, y aunque lo esperaban, no dejó de sorprenderlos el modo en que se manifestó. Ni teléfono, ni celular, ni timbre de la puerta de calle fueron atendidos. Martín los dejaba afuera de su vida, sin posibilidad de compartir la dureza del momento. Decidieron ir a buscarlo a la salida del trabajo; esperaron más de una hora, con las piernas y la inquietud cansada, hasta que decidieron preguntarle al encargado del edificio que desde hacía rato los miraba con curiosidad.
¿Martín Pisani? Hace mucho que no lo veo por acá, más de un mes, seguro.
En el duro pozo de la desesperación, Martín hundía su rabia separándose. No había entre él y los demás ni el más tenue hilo que los uniera, el dolor se enroscaba en su cuello asfixiándolo de a poco en una terquedad de noches oscuras.
La casa empezó a perder la jovialidad de María; las flores secas destilaban olores desagradables y las plantas morían lentamente en rincones donde no llegaba el sol. Y fue entonces que su mente garabateó los primeros impulsos, despacio, se fueron metiendo en medio de su dolor como un analgésico. Le dieron alivio, para su sorpresa, y comprendió que estaba demorando la única salida.
Tenía que planificar todo cuidadosamente, no podía fallar, debía asegurarse de llegar al único destino que le importaba. Ocupó varias tardes en el estudio del método más adecuado, para eso internet resultó ser una herramienta de gran utilidad proporcionándole información suficiente como para no equivocarse.
Un atardecer, cuando la noche empezaba a caer sobre las ventanas, Martín se recostó sobre el sillón del living. A oscuras, sin otro sonido que su propia respiración, borrosas imágenes acudieron lentamente y lo llevaron más allá de su conciencia. El pequeño objeto de vidrio, que ella tanto amaba, apareció entre sus manos. Pudo tocarlo, sentir su suavidad, admirar la elegancia de su contorno. Como una cábala, María solía ponerlo sobre su corazón antes de dormir. Era un pequeño cisne, naturalmente modelado, con algunas manchas blancas sobre el cuerpo celeste grisáceo. Se levantó de golpe. ¿Cuánto hacía que no lo veía? ¿Dónde estaba?
Subió rápidamente los escalones que lo llevaban al dormitorio. Quería encontrarse con ese objeto, sentía que era como tener a María nuevamente. Buscó en los cajones, vació el placard, miró debajo de la cama. Impotente, levantó frazadas y sábanas. Y entonces lo vio. Debajo de la almohada donde ella dormía.
Con emoción, lo tomó entre sus manos. Un canto dolorosamente agudo partió de su corazón, su cuerpo se volvió plumaje y un cuello largo y conocido lo enredó para siempre. Sólo una estela en el agua quedó del paso de los dos.

CARMEN AMARALIS VEGA OLIVENCIA


HUBO UNA VEZ UN NEGRITO
Hubo una vez un negrito que fue arrancado de sus raíces y obligado a cruzar aguas turbulentas. El azul del cielo de tres meses y el verde mojado de la vida lo entregaron al calor ardiente de unas islas extrañas tan calientes como su mundo africano. El negrito lloró el desgarro de su madre, y al sonido de los golpes de un tambor improvisado le arrancó notas de dolor.
El recuerdo del olor a su tierra mezclado con su llanto fue cubriendo de surcos su rostro, y un día cualquiera ese negrito tuvo un hijo en sus brazos, y este nuevo negrito nació americano. Y una tarde cualquiera de látigo y escarnio, una india caribeña le parió otro negrito raro.
Ese nuevo negrito sufrió la esclavitud mirando su mundo con ojos oblicuos y cabello ensortijado, y comenzó a cantar con su tambor bajo palmeras mecidas al compás de las olas, y ese negrito, raro una noche de ron y de rumba, enloqueció de amor al ver los ojos azules de aquella francesita de labios pintados, y se apareó con ella. Y les nació un negrito mucho más raro. Aquel nuevo negrito tenía la piel de miel y los ojos verdes cuajados de esperanza, y a su rostro lo adornaba una boca sensual y unos ojos en flor.
Y siguió la historia de aquellos negritos cruzándose entre negras, indias y extranjeras en aquel calor infernal de las primeras quimeras, entre brujerías y ritos, tambores y canela. Han pasado cinco siglos, y en aquella isla pura de cristal y sol ahora corre una sangre de color mulato y sabor a guayaba, de música alegre y sinfónicas de miel con ritmos de cañas y violines, y el tataratataratatara abuelo que llegó en aquellas primeras carabelas desde el cielo ríe al ver a su tataratataratatara nieto tocar el arpa con manos de ángel y rostro de primavera.
Hoy un mulato se mira en el espejo y ve un poco de aquel negrito, de aquella india taina y de aquel caballero europeo que un día golpeó a la abuela y engendró en el cañaveral a la esclava de ojos oblicuos.
De aquellos esclavos nos nació la patria, y este mulato sería borincano "aunque naciera en la luna"*.


*Frase de un poema de Juan Antonio Corretjer (Poeta Puertorriqueño)Carmen Amaralis Vega Olivencia: es Doctora en Química y ejerce como Catedrática de Química en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico (RUM), en la que desarrolla su labor docente e investigadora, compaginando estas actividades con una fecunda labor cultural, tanto en el campo de la literatura, como en el de la música y otras ocupaciones plásticas y artísticas. cvegaolivencia@yahoo.com

NUEVAS NORMAS ORTOGRÁFICAS



"Del Diario El Comercio de Perú por Federico Martín Maglio"

La Real Academia de la Lengua dará a conocer próximamente la reforma modelo 2000 de la ortografía para unificar nuestro idioma como lengua universal de los hispanoparlantes. Dicha reforma, se realizará paulatinamente para evitar confusiones.
La reforma hará mucho más simple el castellano de todos los días, pondrá fin a los problemas de ortografía que tienden trampas a futbolistas, abogados, albañiles y arquitectos de tantos países, especialmente los iberoamericanos, y hará que nos entendamos de manera universal quienes hablamos esta lengua. Los docentes menos trabajo para corregir.
La reforma se introducirá en las siguientes etapas anuales:
1º año: Supresión de las diferencias entre C, Q y K: Komo despegue del plan, todo sonido parecido al de la k (este téknika lingüístika, konfundiría mucho si la mencionamos akí) será asumido por esta letra. También se simplifikará el sonido de la C y la Z para igualarnos a nuestros hermanos hispanoamericanos que convierten todas estas letras en un úniko fonema S: Kon lo kual sobrarán la c y la z. El sapato de Sesilia es asul.
Por otro lado, desapareserá la doble c y será reemplasada por x: Tuve un axidente en la Avenida Oxidental. Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas frente a otros pueblos hispanoparlantes por su estraña pronunsiasión de siertas letras.
2º año: Así mismo, se funden la B kon la V; ya que no existe en castellano diferensia alguna entre el sonido de la b larga y la v chikita. Por lo kual desapareserá la V y beremos kómo bastará con la b para ke bibamos felises y kontentos.
Pasa lo mismo kon la LL y la Y. Todo se eskribirá con y: Yébeme de paseo a Sebiya, señor Biyar. Esta integrasión probokará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia. Toda b será de baka, toda b será de burro.
La H se suprimirá, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, por kompleto: así, ablaremos de abichuelas o alkool.
3º año: A partir del tercer año de esta implantación, y para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá con RR: Rroberto me rregaló una rradio.
No tendremos ke pensar kómo se eskribe sanaoria, y se akabarán esas complikadas y umiyantes distinsiones entre echo y hecho. Ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos.
Para ebitar otros problemas ortográfikos se fusionan la G y la J, para que así jitano se eskriba komo jirafa y geranio komo jefe. Aora todo ba con jota: El jeneral jestionó la jerensia. No ay duda de ke esta sensiya modifikasión ará que ablemos y eskribamos todos con más rregularidad y más rrápido rritmo.
4º año: Se suprimen los tildes ke eran una orrible kalamidad del kastellano. Esta sancadiya jenerara una axion desisiba en la rreforma; aremos komo el ingles, que a triunfado sin tildes. Kedaran ellas kanseladas, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan ake se rrefiere kada bocablo. Berbigrasia: ¡Komo komo komo komo!.
Las konsonantes ST, PS o PT juntas kedaran komo simples T o S, kon el fin de aprosimarnos lo masimo posible a la pronunsiasion iberoamerikana. Kon el kambio anterior diremos ke etas propuetas osionales etan detinadas a mejorar ete etado konfuso de la lengua.
Seran proibidas siertas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano. Asi, se dira: ke ora es en tu relo?, As un ueko en la pare y La mita de los aorros son de agusti. Entre eyas, se suprimiran las eses de los plurales, de manera que diremos la mujere o lo ombre.
5º año: Despues yegara la eliminasion de la D del partisipio pasao y kanselasion de lo artikulo. El uso a impueto ke no se diga ya bailado sino bailao, erbido sino erbio y benido sino benio. Kabibajo asetaremo eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo yano manda, al fin y al kabo; dede el kinto año kedaran suprimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia. Adema, y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosotro no debemo imbentar kosa que nuetro padre latin rrechasaba, kateyano karesera de artikulo. Sera poko enrredao en prinsipio, y ablaremo komo fubolita yugolabo, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuebo idioma rresultan ma fasile.
Profesore terminaran benerando akademiko ke an desidio aser rreformas klabes para ke sere umano ke bibimo en nasione ispanoablante gosemo berdaderamente del idioma de Serbante y Kebedo.
Eso si: nunka asetaremo ke potensia etranjera token kabeyo de letra eñe.Eñe rrepresenta balore ma elebao de tradision ispanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio korason bibifikante de istoria kastisa epañola unibersa.

NEGRO HERNÁNDEZ

UN AÑO SIN DERLIS MADDONNI

La vida es un entre paréntesis en la eternidad, hubiera dicho Derlis Maddonni si nos volviéramos a encontrar en el atardecer del café Varela de Paraguay y Scalabrrini Ortiz. Pero no sería posible, el 17 de Octubre de 2007 se despidió para siempre dejando su talento en una carpeta de dibujos, los mismos que ilustraron durante una década las páginas nuestra revista. Fue amigo, maestro y modelo, compañero imprescindible en la hora de la desesperanza. Fue de aquellos hombres íntegros que viven de acuerdo a su pensamiento sin traicionar sus convicciones, sin venderse como artista.
Extraño su cálida amistad, su conversación descarnada, su mirada crítica de la sociedad y su talento creativo. Dibujante, poeta, fanático del jazz, de su generoso y amante corazón caían sobre el papel los trazos que nunca se olvidarán.
"Sólo navego en el pesimismo de la inteligencia... No creo que se pueda ser a la vez argentino y feliz..." me dijo en algunas de sus visitas al Tres Amigos de Barracas, mi café. Casualmente el recuerdo coincide con la publicación del número 150 de Redes de Papel, a la que tanto quiso y padeció con su desinteresada colaboración.
En este feliz acontecimiento (nunca tan poco feliz), en el que sentimos su ausencia, imagino las palabras que podría haber expresado ante el limitado reconocimiento que tienen los verdaderos artistas. "Aquí estoy, tratando de juntar el cuerpo y el alma, como para poder hacer algo que sea un legado a esta humanidad tan deshumanizada, y también imbécil, tonta e insípida.

MARCOS RODRIGO RAMOS


Mi primer contacto con los dibujos de Derlis Maddonni fue en el 2006 cuando la revista Redes de Papel me entregó el segundo premio del concurso de cuentos que había organizado. El cuento era "La persecución" y tenía una ilustración suya en el centro.
Con el tiempo me fueron publicando otros textos. Carlos Margiotta, el director de la revista, tiene por costumbre enviarnos un ejemplar de Redes de papel vía mail con sólo los textos, no las ilustraciones, por lo que nunca podíamos saber si iban o no con ilustración de Derlis, su dibujante.
Honor siempre fue para nosotros que Redes publicara muchos textos de mi autoría, o de Diego González, o de Jorge Grosclaude, colaboradores permanentes de Letras Rojas, pero cuando nuestro cuento era el elegido para tener la ilustración de Derlis la sensación era más especial, el honor era el doble.
El profesor Guillermo Iglesias sostiene que los cuentos de uno son como hijos a los que uno defiende a capa y espada porque se los quiere a pesar de sus defectos; creo que uno, al igual que con los hijos, procura que tengan "buenas compañías". Los dibujos de Derlis siempre me dieron la impresión que enriquecían al texto, que nunca lo disminuyeron, que convivían con la obra literaria manteniendo ambos sus individualidades pero a la vez generando un nuevo producto, cuento y dibujo hechos uno, sin competencia, en mutua complementación, como buenos amigos.
Creo que sus dibujos se transformaron en un 50% imprescindible de Redes de Papel ya que dotaron a la revista de una identidad propia que la diferencia de cualquier otra del mundo; pero también sé, sin haberlo conocido a Derlis, que a él le hubiera hecho feliz que la revista continúe pese a que su ausencia deja un hueco o un agujero demasiado grande de llenar.
En los dibujos de Derlis uno puede adivinar parte de sus rasgos si haberlo visto nunca: experimentación permanente, búsqueda de formas nuevas, afán por plasmar los sentimientos y el alma de las personas, amor al arte, inmensa generosidad.
Generoso por lo que nos dio y nos sigue dando, porque sus dibujos quedan y en ellos está él, apoyando a tantos como nosotros que no publicamos libros, ni ganamos premios o dinero con la literatura, pero que si la amamos y que la consideramos importante para el desarrollo de una persona y de una cultura nacional.
En este número, Letras Rojas procura realizar un humilde homenaje a Derlis Maddonni, "dibujante" de Redes de papel; "amigo" que nunca conocimos personalmente; "maestro" que nos acompañó y nos seguirá acompañando, ahora con sus dibujos y su recuerdo, en la ruta permanente del crecer.

ÁLVARO VALVERDE

Poemas

Una antigua certeza
La flama de la siesta socava las paredes
y agota en su fulgor esa mirada
de lo que siendo escapa a la razón. Preguntas
si habrá de sucedernos la edad en que perviva
todo lo que merece la presencia:
el rosal inflamado, las aguas repetidas
en ese único río que vive para siempre,
la rueda de molino de apariencia inmutable
y la casa erigida sobre una red de arena.
Acaso la respuesta esté en el arco
y su umbral desgastado,
en esa enredadera sometida a la forma,
en el denso dolor de este manso silencio.
Anticipa la tarde una antigua certeza
de la que sólo es cómplice la sombra:
el ocaso será la nueva aurora.

oooOooo


Jardín privado
Nadie ha de entrar aquí.
Para sólo la sombra
levanté las paredes
que dan cobijo al tiempo.
No fue impune el trazado
de las sendas que orientan
su interior movedizo.
Escalas y arrayanes dan forma
a un pensamiento mercenario.
No elegí casa árbol al albur. Fue preciso
conocer cada especie
como a mí me conozco.
El agua sabe el canto
que el silencio arrebata y en su monotonía
otra luz se desvela.
Para nadie he querido este lugar umbrío,
pues que sólo a mis pasos
reconducen sus losas.
Más allá de sus muros,
bajo un único sol,
arde la vida.


Poeta español nacido en Plasencia en 1959. Fue director durante ocho años del Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán junto al novelista Gonzalo Hidalgo Bayal, y cofundador de la revista Espacio/Espaço escrito. Actualmente dirige la Editora Regional de Extremadura. Ha recibido los premios Ciudad de Badajoz en 1984, Loewe en 1991, el Ciudad de Córdoba en 1993 y fue finalista en el Premio Café Gijón, Tigre Juan y Premio Extremadura a la Creación por su primera novela "Las murallas del mundo" en el año 2001. Su última novela, " Alguien que no existe" fue editada en 2005 por Seix Barral. De su obra poética se destacan: "Territorio" 1985, "Las aguas detenidas" 1989, "Una oculta razón" 1991, "A debida distancia" 1993, "Ensayando círculos" 1995, "El reino oscuro" 1999 y "Mecánica terrestre" 2002.

domingo, 7 de septiembre de 2008

FRANCISCO DIEGO GONZÁLEZ


EL MAESTRO

Cuando Antonio Zabala recibió la noticia de la venta de la casa de su abuela, sintió una alegría inmensa. Si bien le tocaba en suerte una sexta parte de la herencia, iba a alcanzarle para comprar lo que siempre había soñado: Un automóvil... Abrió una botella de vino tinto y brindó con Clara, su mujer. Se abrazaron.
Clara pensaba en unas vacaciones en la costa, en un paseo, con el niño, por el zoológico... en dar una vuelta por el río... pensaba en muchas cosas mientras llamaba a sus amigos para contarles las buenas nuevas. Antonio, en cambio, bebía en silencio. Miraba sin ver los programas de televisión y sonreía. Pero en vez de pensar en paseos y viajes, tuvo un pensamiento oscuro. Un único pensamiento enfermo que había ido madurando con los años.
El hombre siguió tomando y tomando hasta terminar la botella. El despertador de las cinco sería implacable, al igual que la tarjeta que tendría que marcar a las seis. Se levantaría con resaca, y por la tarde, después de comer, le daría modorra. Pero nada de eso le importó en esa noche de festejos...
Se acostó muy tarde y la jornada siguiente estuvo hecho un zombi. Cuando salió de trabajar pasó por la inmobiliaria dónde firmó unos papeles. Luego compró la revista "Segundamano" y estuvo hasta las siete marcando los autos que le interesaban. Antonio amaba los modelos antiguos, aquellos hechos para perdurar. Los fierros nobles, las dimensiones amplias... Su auto preferido era el Rambler por que en uno modelo 70, junto a un amigo, habían recorrido el país. Armaron y desarmaron el motor hasta hacerlo sonar como querían. Lo pintaron. Lo pulieron... Conocía a la perfección su sistema de frenos, su amortiguación... Muchas tardes, durante años, habían trabajado en la vereda hasta el anochecer, cuando los vecinos comenzaban a protestar. Los recuerdos venían tan justos y afinados como el motor que entonces bramaba furioso...
Fue a ver un Rambler modelo Ambasador, pero ni bien entró al garaje, sintió un nudo en el estómago. Suspiró por ese auto tan bien conservado que tenía todas sus piezas originales. Muchas estaban cromadas y reflejaban la luz del farol. Las butacas intactas, la radio AM que funcionaba a la perfección... Antonio se retiró sin siquiera preguntar el precio porque no era ese el auto que buscaba... Él no quería una reliquia ni piezas originales. Tampoco quería confort. Lo que necesitaba era potencia y fuerza bruta...
Vio otros autos pero ninguno lo convenció... Finalmente encontró un Rambler modelo 72, y cuando escuchó el motor, supo que al fin lo había encontrado, 4 bancadas y 6 cilindros que lo llenaron de emoción. Fue a buscar la plata a su casa. Firmó. Y después de tantos años, volvió a cruzar la ciudad en un viejo Ambasador. El volante, la distancia de los pedales, el asiento inmenso... Los fierros habían resistido el paso del tiempo. Todo era igual que ayer, todo menos él. Ya no quedaba en su conciencia rastros de aquel hombre idealista. Nada quedaba de su corazón puro y generoso. El tiempo había hecho estragos con sus virtudes. Los años lo habían embrutecido. Le habían resquebrajado las manos y retorcido como un rollo de alambre oxidado. La sociedad lo había convertido en una sombra de rencor que oscurecía sus días.
Cuando Clara vio el auto no pudo ocultar su desagrado y lo tomó como un capricho de la nostalgia... Fueron a pasear a la costanera. Pescaron, comieron en un puesto en la calle. De regreso y a pedido de Clara, pasaron por el rosedal y terminaron la noche en una heladería...
Como primera salida, Antonio pensó que había ido excesivo. No era para hacer turismo ni para pasear con su familia que había comprado el auto. Pero después pensó que no estaba mal hacer feliz, tan solo por una noche, a los suyos.
Al día siguiente al Rambler en un taller mecánico y estuvo toda la semana viajando como siempre, en bicicleta, a su trabajo.
Pronto comprobó la dureza del paragolpes que había mandado colocar. Era una grosería de fierros fabricados para camiones que fueron adaptados al viejo Ambasador, convirtiéndolo en una masa compacta...
Antes de salir a cumplir su sueño, se cercioró de que estuvieran al día todos los papeles. Puso el auto a su nombre. Lo verificó, sacó el registro. Arregló todas las luces, los guiños. Compró balizas... Lo último fue ponerle cuatro cinturones de seguridad y cambiar los neumáticos.
Finalmente llegó el día. Fue un lunes por la tarde, luego de trabajar. Se puso el mejor traje y lustró los zapatos. Se cruzó el cinturón, y luego de encomendarse a Dios, tomó la avenida. Miro sus manos sobre el volante, estaban temblando.
En el espejo retrovisor observó su rostro pálido y pudo ver como bajaban por las mejillas unas gotas de sudor. Tenía taquicardia...
Pasó a unos colectivos, esas máquinas del infierno que tantas veces habían puesto en peligro su vida. Pensaba en los choferes que habían perdido el alma en el asfalto.
Antonio odiaba con todas sus entrañas a esos seres diabólicos, sin moral ni compasión. Los había insultado hasta quedarse sin voz (A dos de ellos llegó a molerlos a palos) Tantas veces lo habían encerrado, lo habían obligado a doblar junto a ellos para no ser atropellado. Con su antigua bicicleta tuvo que subir a muchas veredas para evitar el colapso.
Los taxistas, los remiseros, los autos particulares... todos habían aportado su granito de una arena oscura, siniestra, en el inmenso mar de cemento en que se había convertido la ciudad.
Antonio tenía siempre el mismo pensamiento que volvía a asaltarlo una y otra vez. Solía comparar las leyes de la selva con las de la calle. Sólo habría de sobrevivir el más grande. Y a pesar del desarrollo del hombre, de su inteligencia, de millones de años de evolución, en la calle seguía siendo el mismo animal que en la jungla. Los más fuertes se comían a los más débiles. Los más grandes se imponían a razón de fierros sobre los más chicos. El hombre había llegado a la luna. Había escrito El Quijote y la novena sinfonía, pero era incapaz de respetar a un humilde operario que iba en bicicleta a no hacer otra cosa que trabajar.
Cierta vez había llegado a sus manos un poema de Charles Bukoswsky. Tanto y tanto lo impresionó que lo aprendió de memoria y solía recitarlo en voz baja. Eso ocurría después de algún encierro. Luego de haber puteado y maldecido, mucho después de rumear su grito de indignación y de impotencia: "Manejando a través del infierno”

La gente está exhausta, infeliz y frustrada, la gente es
amarga y vengativa, la gente está engañada y temerosa,
la gente es iracunda y mediocre
y yo manejo entre ellos en la autopista y ellos
proyectan lo que les han dejado de sí mismos
en su manera de manejar.
Algunos más odiosos, algunos más disimulados
que otros.
A algunos no les gusta que los pasen, e intentan
evitar que otros los hagan.
Algunos intentan bloquear los cambios de carril.
Algunos odian los autos más nuevos, más caros.
Otros en esos autos odian los autos más viejos.
La autopista es un circo de emociones
chiquitas y baratas, es
la humanidad en movimiento, la mayoría
viniendo de un lugar que
odia
y yendo a otro lugar que odia todavía
más.
Las autopistas nos enseñan en qué
nos hemos convertido y
muchos de los choques y muertes son la colisión
entre seres incompletos, entre vidas penosas
y dementes.
Cuando manejo por las autopistas veo el alma de
mi ciudad y es fea, fea, fea: los vivos han
estrangulado
su corazón."

Ahora era feliz al sentir que tenía en sus manos la posibilidad de hacer justicia... La primer víctima fue un automóvil Peugeot 405, conducido por una mujer de mediana edad. Una rubia platinada. Con una mano sostenía el volante, con la otra, hablaba por celular. Antonio no podía soportar a los conductores que se la pasaban violando las normas. Había visto muchos accidentes. (Cierta vez escuchó la historia de un taxista que por mandar mensajes de texto, no vio al auto que frenó delante suyo)
Volvió a pensar en la mujer que conducía y hablaba, y se detenía para girar a la izquierda. Antonio no quiso frenar. Quiso hacer valer su tiempo, por más que no tuviese nada que hacer.
La mujer que no había tenido tiempo de leer las reglas de tránsito, o quizás, las había olvidado. El impacto fue rotundo y la parte trasera del Peugeot quedó hecha un acordeón. La mujer bajó con marcadas señas de dolor. Se tocaba la espalda, maldecía... ¿Cómo no frenaste, animal? ¿No viste que puse el guiño?
-Disculpá, no te vi- dijo Antonio con una irónica sonrisa- La mujer comprendió, y supo por ese gesto, que el choque había sido intencional. Sufrió un ataque de nervios. Gritó y gritó e intentó rasguñar el rostro de Antonio que seguía riendo...
Por la esquina pasó un patrullero que de inmediato se detuvo. Antonio apoyó sobre el capot el sobre dónde tenía los papeles, y observó con detenimiento el frente de su Rambler. Ni una marca, ni un rasguño. Cuando la mujer pudo calmarse entregó su registro al uniformado que la multó por girar en un lugar prohibido, y tuvo que esperar una hora a que una grúa se lleve el auto a un taller.
Lo que más bronca le daba era la intencionalidad y todos los perjuicios que sufrió. Como había cometido una infracción, el seguro no le cubrió los gastos que salieron una fortuna. Tuvo que tomar mil remises en el mes y medio que tardaron para componerle el auto, y tuvo que perderse toda una mañana haciendo cola para hablar con el juez y pagar la multa. Estaba indignada. Hablaba con unos y con otros, y a todos les contaba de la locura de este hombre y de su propia impotencia, pero en vez de escuchar el coro de voces en apoyo que esperaba escuchar, fueron otras las voces que obtuvo como respuesta. Voces de duda que hacían hincapié en la infracción cometida. Entre un arreglo y otro tardó dos meses en recuperar el auto y muchos meses más para recuperar su economía. Durante noches soñó con el rostro de Antonio y con esa sonrisa malvada que no podía olvidar. El incidente fue una gran lección porque nunca más volvió a girar a la izquierda en un lugar prohibido. Antonio nunca lo supo y siguió su derrotero por las calles del conurbano bonaerense.
La siguiente víctima de su gesta heroica fue un Renault Clío conducido por un hombre robusto, de talla alta, que cruzó una avenida cuando el semáforo ya había cortado. Antonio estaba muy cansado de estos conductores rezagados. Estos "Pícaros" que en vez de frenar, aceleraban. El también aceleró. El choque fue tan fuerte que el Renault volcó. Antonio se desprendió el cinturón y fue a socorrer al conductor que había quedado entre los fierros. Con dificultad lo ayudó a salir, lo acompañó hasta la vereda donde lo sentó bajo la sombra de un árbol.
El hombre se ahogaba en una tos continua. Escupía sangre... Cuando al fin pudo tomar aire siguió insultando hasta que Antonio, cansado, le contestó: -Oiga, entiendo que esté enojado, pero no fui yo el que pasó el semáforo en rojo. Ni bien terminó de pronunciar la frase se escuchó la sirena del patrullero que se comunicó con una ambulancia. Antonio fue a declarar, y luego de varias horas, recobró la libertad. Supo por los llamados del oficial, que las heridas del hombre revestían cierta gravedad. Pensó que se había excedido, pero después pensó que el accidente sin duda había sido una gran lección para el infractor...
Y así siguió embistiendo a unos y otros, haciendo justicia, educando a los choferes... Le gustaba chocar a los vehículos que manejaban con verdadera saña, malintencionados. Esa manera de conducir tan compradita. Para todos Antonio tenía un correctivo que inexorablemente llegaba, y una vez que ponía en marcha su noble Rambler, ya nada podía detenerlo. Si algún conductor cometía una maniobra incierta, allí estaban los tremendos paragolpes para volver a enseñarle el camino...
Embistió de frente a un Gol que tenía su carril ocupado por vehículos estacionados. El justiciero no quiso frenar ni aminorar la marcha, era el Volsvaghen el que debía hacerlo. En un mundo donde se habían perdido los valores, los gestos de cortesía y la buena educación, él iba a volver el tiempo atrás, iba a ir en busca de los buenos modales. Fue una maniobra inesperada y por primera vez Antonio se vio en apuros. Iban a cierta velocidad y el impacto fue contundente. El conductor del Gol estuvo un mes internado con politraumatismos. Al Rambler esta vez no le alcanzó el paragolpes. Se rompió el radiador y el auto estuvo parado una semana. Antonio también tuvo que reparar las ópticas y arreglar el capot que quedó doblado, pero muy lejos de amedrentar siguió su camino de justicia. Aún no se animaba con los colectivos pero poco a poco fue tomando coraje. Tampoco era cuestión de ser kamikaze y embestirlos de frente, había que buscar una estrategia y pronto la encontró. El Rambler Ambasador convertido en misil apuntaba directamente a los ruedas que eran el talón de aquiles. Un certero golpe, de costado, sobre los neumáticos, era capaz de romperles el eje e inmovilizarlos, y una vez que aprendió el truco comenzó a chocarlos. Los choferes lo querían matar y más de una vez se tomaron a golpes de puños. De tanto en tanto Antonio volvía a la casa con un ojo hinchado. Clara estaba desconcertada y ya no sabía qué pensar. Jamás se imaginó las andanzas de su marido.
Luego de cada choque y de cada gresca, aparecía la policía. Iban todos a declarar. Encontraban culpables a los choferes que eran multados, y las empresas tenían serios problemas con las compañías aseguradoras...
Y así eran los días de Antonio y su rutina de siniestros. Todas las tardes, después de trabajar, salía a cazar infractores. Fue cambiando de barrios y de ciudades, y llegó a conocer todas las comisarías. Su economía comenzó a verse resquebrajada por los continuos repuestos que debía comprar. Pero nada del mundo podía detenerse. Él sabía que le iba a resultar difícil educar a todos los ciudadanos, era una empresa faraónica en la que estaba en juego, además, su salud. Por cada choque, por cada enseñanza de buenas costumbres, Antonio esperaba dejar una lección de vida que no habrían de olvidar. En el fondo de su alma sabía que no estaba equivocado, y que sus impactos iban a dejar huella en la forma de conducir de la gente. Tuvo que enfrentar uno y mil juicios de los que salió indemne. Contrató a un buen abogado que se la pasaba haciendo contra juicios, y con el tiempo comenzó a vivir de las indemnizaciones. A veces, cuando bebía, llegaba a la triste conclusión de que estaba enfermo. Pero sabía también que estaba enferma la sociedad. El era un fruto extraño de esa locura en la que vivía, y por más que se había propuesto dejar de chocar, cuando estaba en la calle no podía dejar de hacerlo. Los demonios atroces se apoderaban de su alma y sobre todo de su pie, que noche a noche volvía a surcar la ciudad, apretando a fondo el acelerador.

PEPE MANCINI


CORAJE

Hubo una vez un emperador que convocó a todos los solteros del reino, pues era tiempo de buscar pareja a una de sus hijas.
Todos los jóvenes asistieron y el rey les dijo: "Os voy a dar una semilla diferente a cada uno de vosotros, al cabo de 6 meses deberán traerme en una maceta la planta que haya crecido, y la planta más bella ganará la mano de mi hija".
Así se hizo, pero hubo un joven que plantó su semilla pero no logró germinarla, mientras tanto, todos los demás jóvenes del reino no paraban de hablar y mostrar las hermosas plantas y flores que habían crecido en sus macetas.
Llegaron los seis meses y todos los jóvenes desfilaban hacia el castillo con hermosísimas y exóticas plantas. El joven estaba demasiado triste pues su semilla nunca germinó. Ni siquiera quería ir al palacio, pero su madre insistía en que debía ir pues era un participante y debía estar allí.
Con la cabeza baja y muy avergonzado, desfiló último hacia el palacio con su maceta vacía. Todos los jóvenes hablaban de sus plantas, y al ver a nuestro amigo se rieron y se burlaron de él, en ese momento el alboroto fue interrumpido por el ingreso del rey, todos hicieron su respectiva reverencia mientras el rey se paseaba entre todas las macetas admirando las plantas.
Finalizada la inspección hizo llamar a su hija, y llamó de entre todos al joven que llevó su maceta vacía. Atónitos, todos esperaban la explicación de aquella acción.
El rey dijo entonces:
"Este es el nuevo heredero del trono y se casará con mi hija, pues a todos ustedes se les dio una semilla infértil, y todos trataron de engañarme plantando otras plantas, pero este joven tuvo el coraje de presentarse y mostrar su maceta vacía, siendo sincero, real y valiente cualidades que un futuro rey debe tener y que mi hija merece".

Aristóteles decía que el coraje es la primera virtud humana porque es la que hace que todas las demás sean posibles.
El coraje es como un músculo que puede ser fortalecido y desarrollado con el ejercicio adecuado o puede crecer flácido en el camino de la resignación.
¿Cómo te observas a vos mismo en este ámbito?
¿Sos de las personas que enfrentan con coraje los desafíos de la vida?
¿O te quedas esperando que cambien las circunstancias afuera?

El coraje no es la ausencia de miedo. Es ver la posibilidad de que lo peor ocurra y hacer lo que hay que hacer de todos modos.
Ronit Herzfeld

Veamos que dice el diccionario de esta palabra. Se define al coraje como la cualidad de carácter que te permite enfrentar el peligro o las cosas desconocidas con valor aunque no sientas confianza.
Y como dijimos que lo podemos considerar como un músculo a desarrollar.
¿Cuál podría ser una rutina de ejercicios que nos permitiera fortalecerlo?
Lo primero que se me ocurre pensar es ejercitarlo
¿Cuál fue la última vez en que un miedo te frenó?
¿Qué precio pagaste por eso?
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo aun sintiendo miedo?
¿Cuál fue tu premio?

El coraje es el poder de abandonar lo conocido.
Raymond Linquist


Una forma de fortalecerte en esta rutina es que pudieras hacer una lista de todas aquellas oportunidades en que actuaste con coraje sintiendo valor y haciendo mas allá de tus limitaciones y confianza.
Es importante recordar estos momentos y cuáles fueron sus resultados porque en ellos encontrarás la fuerza futura para enfrentar otras circunstancias con coraje y valor. También podría ser interesante que te relacionaras con que otras cosas te hubieran sucedido si no hubieras actuado con ese coraje.

Todos tus sueños pueden convertirse en realidad, si tienes el coraje para perseguirlos.
Walt Disney.

Ponerte en contacto con él también puede ser un ejercicio que lo fortalezca.
Por ejemplo recordar la última vez que sentiste valor, ponerte en contacto con eso. Reconocer en que parte del cuerpo lo sentiste. Tocar con la mano esa parte y volver a sentirlo como si tocando ese lugar el coraje apareciera. Hacer dos respiraciones profundas y volver a sentir como el poder surge.

Coraje es hacer aquello a lo que le temes. No puede haber coraje sin miedo.
P. Haynes

Piensa que el coraje es parte de ti mismo. Imagina que en un tiempo muy cercano lo puedes necesitar. Visualízate teniendo coraje, recordando las veces que lo tuviste con éxito, dándote la fuerza que necesitas para enfrentar lo que te da miedo
¿Cómo se siente sentir coraje?
Recuerda que te pertenece, es parte de vos mismo y está siempre disponible cuando lo vayas a necesitar.

¿Qué caracteriza un buen líder? Curiosidad, empatía, inteligencia práctica y coraje.
Beberly Pearson.

Si en estos momentos estas sintiendo un deseo interno de producir un cambio en tu vida, será necesario atravesar un nuevo camino donde nunca antes has caminado. Escuchas una "llamada" para internalizarte en un espacio desconocido. Todo esto requiere coraje. Crecer requiere coraje. Para crecer necesitas atravesar caminos que son difíciles de transitar y enfrentarte con situaciones que preferirías no hacerlo. Vas a sentir emociones que no estas acostumbrado a sentir. Muchas veces esos sentimientos son muy fuerte y hasta pueden ser dolorosos. Crecer requiere coraje y confianza en uno mismo y el premio es encontrarse, reconocerse y animarse a SER.
Yo tengo el coraje de:

- Enfrentar y transformar mis miedos.
- Confiar en mi mismo.
- Hacerme responsable de mis propias elecciones y decisiones.
- Honrar mis necesidades.
- Estar en contacto con mis emociones y mostrarlas.
- Poner límites cuando así lo considero.
- Decir SI sólo si quiero decirlo.
- Tomar riesgos y aceptar desafíos.
- Ser totalmente honesta conmigo mismo.
- Planear el futuro , pero vivir en el presente.- Dejarme guiar por mi intuición y sabiduría.

CORA STÁBILE


EL AYER COBRÓ VIDA

Habían pasado muchos años de la aparición del libro "Memorias de una ...", en 1974 César Tiempo publica una obra llamada "Clara Beter y otras fatamorganas". En ese entonces ya era un adulto de 68 años, con una vasta experiencia en distintas disciplinas del mundo artístico.
Grande fue su sorpresa cuando un par de meses después de dicha publicación, recibió una carta de una mujer que estaba enojadísima, le recriminaba con dureza el haber hecho pública la vida privada de una gran persona que había sido su madre.
A esta altura el estupor del escritor era enorme, continuó leyendo con avidez y supo así que Clara Beter había existido, que se entregó a una vida licenciosa después de ser abandonada por su hombre cuando le comunicó que estaba embarazada.
Esa era la única forma que había encontrado para brindarle a su hija una estupenda educación, una vida cómoda y sin sobresaltos.
Esa Clara Beter, increíblemente real, había fallecido seis meses antes y su hija le pedía, más que pedirle le exigía que de cualquier manera reparara el daño que les había causado.
El escritor releyó varias veces la carta, ¡no lo podía creer! ¿qué había sucedido? ¿cómo reparar algo que él no quiso provocar?
Durante tres días estuvo tratando de resolver la cuestión y finalmente decidió contestar la carta.
Señorita
Clara Beter:
Me dirijo a Ud. para tratar de explicar el suceso más increíble del que he sido involuntario protagonista ....."
Las palabras le fueron surgiendo unas tras otras, llenó cuatro hojas, al día siguiente fue al correo y la despachó.Nunca tuvo respuesta, jamás supo si eso había sido una broma de mal gusto o si la vida se había burlado de él tomando venganza por aquel revuelo enorme que había causado su ingeniosa broma, mucho tiempo atrás.

NORMA TRAFERRI


SIESTA A LA HORA DEL MATE

Estaban las dos sentadas en la mesa de la cocina, era de fórmica amarilla, las sillas de metal con sus asientos tapizados en cuerina de color lila. Sobre ella una carpeta simulando encaje y un recipiente con frutas de plástico.
Frente a frente, en la hora de la siesta Matilde ha invitado a Rosita a tomar unos mates. Tienen mucho para aclarar, piensa Martilde, y quince años esperando, es demasiado. El día será hoy y la tarde ésta. La pava sobre la mesa, la yerbera, el mate y un plato con bizcochitos de grasa, para acompañar. Serán los cómplices de sus confidencias.
¿A qué hora te llega el Reynaldo del trabajo?, pregunta Matilde. Como a las ocho y media, casi para comer, le contesta Rosita. ¿Por que me preguntás si lo sabés? Mirá, vos y yo tenemos muchas cosas de que conversar Rosita, y vos siempre me andás disparando. ¡Ché, vivimos al lado! cualquiera diría que no nos vemos nunca. Como vernos, todos los días. Decirnos lo que tenemos que decirnos... Nunca. Pero quedate tranquila Rosa, yo tengo muy masticado tantos años sabiendo más de lo que quisiera y dejando de ver lo que tengo frente a mis ojos ¿no te diste cuenta? ¿De qué me hablás Matilde? No te entiendo. ¡Ché! para artistas y teleteatros prendo la tele. Hablemos de lo nuestro, y lo nuestro es que yo hace más de diez años que me hago la tonta... y tu marido, con vos, padece de ceguera crónica, ¿sabés? así oí por cable, lo dijo un médico, cuando lo escuché, me dije, justito como el Reynaldo.
¿Para qué me hiciste venir Matilde? Te hice venir para decirte que sé que el Ruben es tu hijo y del Francisco. Reynaldo siempre estuvo en babia, si le decís vos Rosa que ayer diste una vuelta en un plato volador por Palermo, te cree el pajarón... ¿Cómo dudaría entonces de que el Ruben no es su hijo?... ¿Cómo pensás vos que pude aguantarme tanto? Matilde, vos tenés mucha imaginación... Te equivocás Rosita. Lo que tengo es buena vista y buen oído, y a eso sumale que muchas veces los seguí.
Pero el Francisco es mío y tenemos dos hijos juntos, ¿sabés?
¿Y qué querés qué hagamos?... dejemos todo como está Matilde. Si querés convenso al Reynaldo para que nos mudemos. Te prometo... No prometas nada Rosa. No te creería. Nada cambiaría, el Ruben y los míos son medio hermanos... Quería decirte Rosa que te odio. El Francisco ha sido mi único hombre y el padre de mis hijos. Por él me privé de todo. Lavé, planché para afuera. Sabía que no alcanzaba la guita porque se la gastaba con vos... ¿Tenés idea de cómo te odié? Matilde, estás alterada, somos más que vecinas, somos amigas también... ¡No me insultés desgraciada! Hoy fuí al médico. Tengo "la papa" confirmada. En el higado y ya no recuerdo donde más. No hay vuelta. Con éstos hospitales de mierda, con turnos tan largos...todo avanzó. Bueno, sos la primera a la que se lo digo. Sé que me queda poco, que te lo voy a dejar para vos solita. Tendrás cancha libre. Pensá, los dos para vos solita. Todos tuyos. Yo, calladita Rosa, ésto morirá entre nosotras. Eso si, yo voy a dejar una carta, no sabrás a quien, que se abrirá si no cumplís con el pacto que haremos. ¿Matilde... de veras estás tan mal?... Yo no me alegro, ché, lo mío es con el Reynaldo, no contra vos, no se si me entendés... ¿De qué pacto hablás? Yo no hago ninguno. La vida, lo que me quede, me da ésta revancha Rosa. No la disfrutaré ni la festejaré, pero que te quede claro, si la carta se abre, Reynaldo te mata y mata al Francisco. Tenelo por seguro. Si vos no cumplís. ¿Y cuál es Matilde? (los ojos de Rosa están muy abiertos y con una mano se tapa la boca, como para no gritar). Cuando yo me muera, creerán todos que me querías tanto, como una hermana. Y te harás cargo de mis hijos. Y cuidadito, cuidalos igual que a los tuyos. Si querés vivir.
¡Matilde no se si voy a poder! Perdoname...Yo... ¿Otro matecito, Rosita? Tenemos tiempo hasta que los chicos vengan del colegio. ¡Ah!, mañana invitalos a tomar la leche. Para que se vayan acostumbrando...¿viste?

RICARDO ALLIEVI


UN HOMBRE DE PALABRA

¡Cómo maneja Cacho!... Se dice interiormente por primera vez.
¿Es un reconocimiento o un remordimiento?... se pregunta.
Lo piensa solo, apoyado un la barra de un bar perdido un la ruta. Pide una ginebra para recomponerse de lo pasado y vivido juntos.
El siempre fue un hombre de palabra, jamás faltó a su promesa y siempre cumplió.
¡Cómo maneja Cacho...! Vuelve a decir en voz alta y se toma la segunda ginebra.
El mozo lo mira y escucha decir eso, pero lo ve solo. Sabe que Cacho está en el baño porque los vio entrar juntos y los observó cuando dejaron la ruta y estacionaron el auto en la puerta.
Se apresta a poner otra copa y deja la botella pensando que, cuando llegue Cacho también tomará una ginebra.
¡Cómo maneja Cacho! El mozo le oye decir otra vez, pero Cacho no viene.
Aburrido sin clientes a esa hora intenta iniciar una conversación mostrando interés en esas palabras de admiración para saber qué pasó. Le pregunta si les sucedió algo en la ruta y recibe esta respuesta: -Otra ginebra... por favor - y le cuenta...
Salimos de Buenos Aires a las cinco de la madrugada. Era una noche cerrada, sin luna, oscura y densa. Al llegar a Dolores empezó a llover torrencialmente. Era una lluvia de espesos flecos de agua. Parecía que iba a caer por mucho tiempo y que no aclararía nunca.
Los limpiaparabrisas empezaron a fallar. No veíamos casi nada. Había mucho tránsito especialmente camiones de carga. Cuando amainó la lluvia, la ruta se cubrió de una densa niebla. Teníamos apuro. Debíamos llegar temprano, antes de las ocho de la mañana para empezar un trabajo muy importante.
La decoración de un hotel. Los dos estábamos nerviosos y alertas. El agua y el barro salpicaban el parabrisas y tapaban el cristal de adelante.
¡Cómo maneja Cacho!... Salvaba todos los obstáculos y los inconvenientes eficazmente... Hasta esa curva peligrosa. Ahí se equivocó. El apuro por pasar a varios autos hizo que traspusiera la línea amarrilla que indicaba no adelantarse. Pisó el acelerador a fondo, llegó a ciento sesenta kilómetros y se lanzó a pasar a todos.
Ahí se equivocó. Estábamos en mitad del avance, en mitad de la curva pronunciada, cuando vimos aparecer de frente, en sentido contrario, un camionazo con acoplado, un Scania que nos advertía el peligro haciéndo nos luces desesperadas. Sentimos que la desgracia se nos venía encima. No podíamos intercalarnos en la fila de ida ni hacernos un lugar en la de vuelta. En la desesperación, creyendo sólo en el accidente y nuestras muertes, le dije:
-Cacho, si salimos de ésta te doy un beso en la boca.
... Y lo logramos con suerte y porque Cacho maneja muy bien...
Y yo soy un hombre de palabra y he cumplido siempre la palabra dada. Estamos acá buscando algo fuerte para salir de la tensión y recuperarnos de lo sucedido.
Por eso repito ¡Como maneja Cacho!
Sirva dos ginebras. Creo que ya vendrá del baño si se aflojó por completo y se recuperó del susto y del chupón en la boca que me salió del alma... porque yo siempre cumplo mi palabra y esta vez lo hice con más ganas.
¡Qué bien manejas Cacho!...Vení, sentate y tomate una ginebra. Te invito para que brindemos por nosotros y no olvidemos lo que nos pasó en la ruta.

ALICIA CHILIFONI


SIN ALCOHOL

Pollera de rafia blanca con tablones encontrados, hasta las rodillas, bien tapadita. Pulovercito de banlon, también blanco, sin el saquito, que hoy no da para el conjunto. Pero sí, da para las medias de nailon, así de paso calzo y domino mejor los tacos altos, que ya cumplí los quince. No son blancos sino marrón africano. No me pegan con nada, pero son la última moda. Y marcho tiecita al encuentro de Ana, para dar la vuelta del perro, a la tardecita.
Es el día de la primavera. Hoy el pueblo se llena de forasteros, porque los pic nics del Club Mitre son famosos en toda la región. Ese club hecho por los ingleses, en el barrio ferroviario, el de los chalets misteriosos, tan intrigantes como los motivos por los que a mí no me dejaban ir al pic nic. ¡Se dicen tantas cosas!, dice mi mamá. También dice, papi ni loco te va a dejar ir. Y papi no dice nada, pero yo sé que no, y no.
Pero cuando era chica sí me dejaban. Y yo iba con mi canastita con olor a huevos duros y manzanas, y la infaltable Chinchibira, con los chicos de la escuela y la maestra. Y yo nunca vi nada raro. A lo mejor porque yo no sabía qué era "algo raro", y aparte, porque andaba ocupadísima con la carrera de embolsados, único deporte en el que me destaqué en toda mi vida y al que me aplicaba con verdadero entusiasmo; o con la carrera del huevo y la cuchara, en la que me descalificaron por usar un huevo cocido, creyendo que hacía trampa, pero yo no sabía que tenía que ser crudo. Además a María Luisa, que llevó, como Dios manda, un huevo crudo, y que para protegerlo lo metió en la pavita, le llegó roto, y se le enhuevó todo . . .
Sumida en esas meditaciones, cuando iba por la casa de Marieta, la partera, veo venir un jeep descapotado, con un racimo de jóvenes a bordo. En Pérez conocemos todos los vehículos del pueblo, que no son muchos, y ése no es de aquí. Yo sigo derechita, vista al frente, piloteando mis Luis XV, con miedo a que me digan alguna guarangada. Cuando se me ponen a la par, se detienen para dar marcha atrás, y retroceden despacio, acompañando mi paso, yo por la vereda, ellos por la calle ancha, de tierra bien apisonadita.
La omnipresencia del folklore, que caracteriza la época, se derrama entonces desde el jeep, como el perfume de un jazmín. Suena una guitarra en zamba. Pero una guitarra, guitarra, no hay pasacaset; y cantan solemnemente a coro, una estrofa que termina con eso de "no me pidas que me quede, si toda mi vida contigo se va".
¡Es una serenata al paso! Quedo atónita, deslumbrada, sin atinar a un gesto de gratitud, cosa que lamento aún, después de tanto tiempo. ¡Yo y mi timidez!De todos modos, ellos disfrutan su galantería, sin esperar nada a cambio. Sus vidas deben ser muy buenas, blancas como mi banlon, transparentes como mis medias, y como esos pic nics. Seguro el papi estaba equivocado, no había nada raro . . . Eran sin alcohol.

sábado, 6 de septiembre de 2008

MARISA PRESTI


DE IDA

A esa hora la estación era un conglomerado humano. La gente iba y venía chocándose entre sí, como si el apuro fuese la única ley que los regía. El silbato de los trenes, unido al chirriar de los hierros contra las vías aumentaba la sensación de catástrofe suspendida. Desde otra mirada, las personas parecían pequeños juguetes en manos de las enormes máquinas. Amadeo podría haberse angustiado; cuando estaba en medio de la masa su conciencia desaparecía, como si se disolviera en el anonimato de un ganado sumiso camino al matadero. Pero ese día no le prestó atención al alboroto habitual a pesar de recibir dos empujones violentos y el golpe de una valija contra su pierna derecha. Llevaba el dinero apretado en el puño mientras con paso firme se iba acercando a la boletería. Esquivó a varios pibes que le pedían monedas, pasó por arriba de unos bolsos y pidió permiso en varias oportunidades.
Ahora, el tipo de la boletería lo mira: ¿Adónde?
Viajo a Grecia, a Atenas.
¿Especial o común?
Común. ¿A qué hora sale?
20 minutos. Andén 9. Son mil ochocientos...
Sírvase.
Guarda cuidadosamente el boleto, se dirige al andén 9 y espera. Tiene ganas de tomar un café, pero no se anima. A ver si el tren llega antes, piensa, mejor me quedo aquí. Al rato, se ve obligado a ir forzosamente al baño. Camina casi corriendo, recorre media estación hasta que encuentra un baño público. Sale con alivio a los pocos minutos, y toma aire para volver corriendo a donde estaba. El andén ya se llenó de gente, le cuesta hacerse un lugar cerca del borde. Un silbato fuerte hace girar su cabeza hacia la izquierda.
Se estira sobre el asiento de cuerina verde, satisfecho de estar en camino. Su rostro tiene un esbozo de sonrisa permanente sostenido por la alegría que parece brotar constantemente de sus ojos maduros. Observa, en cambio, las caras sombrías que lo rodean. Piensa que son como una franja gris que exhala desesperanza, como cuando él se sabía condenado a la rutina eterna, al día tras día sin otro sentido que ganarse el pan, encarcelado en ese trabajo aburrido en pleno microcentro.
Miró a su compañero de asiento, un joven que no parecía tan oscuro como los demás. Miraba por la ventanilla mientras su pie derecho marcaba el ritmo silencioso de su walkman. Amadeo tuvo ganas de hablarle. El chico le contestó dos o tres preguntas con cierta indiferencia, hasta que escuchó el destino de su viaje.
¿A Grecia? ¡Pero qué dice! Éste va a Berazategui
Sonrisa y paciencia. Con voz amable le reitera que tiene el boleto pago hasta Atenas.
Viejo, ¡estás pirado!
Da vuelta la cara y lo deja en el silencio de su alegría. Amadeo piensa lo difícil que es compartir buenos momentos con los otros. Siempre nos quieren apagar la pequeña luz, destruir las más inocentes ilusiones, sumirnos en la misma oscuridad en la que ellos naufragan. Cuando él supo que este tren iba a Grecia, nadie en su familia lo quiso creer. Sus hijas se burlaron, amenazándolo con un geriátrico prematuro, y su mujer, como de costumbre, le echó en cara que perdiera el tiempo en pavadas en vez de traer más dinero a fin de mes.
Cerró los ojos. Desde ese momento decidió no contar a nadie sus planes. Se iría temprano, cuando todos ellos dormían, sin valijas, total llevaba varios cheques de viajero para comprar lo que necesitaba. No tenía remordimientos. Los pocos años que le quedaban merecían algo mejor.
¡Atenas! ¡Próxima parada!
La voz aguda del guarda lo sacudió. Se incorporó con apuro, acomodándose el traje y entonces notó que el vagón estaba vacío. Bueno, la gente se habrá ido bajando antes, razonó, y sin darle demasiada importancia se acercó a la puerta para bajar.
Veinte días recorriendo las islas griegas, quince más disfrutando de Atenas y toda su cultura, treinta que se agregaron y que fueron absolutamente inesperados compartiendo el cuarto del hotel con una elegante señora italiana. Amadeo se sentía realmente bien, decidido a quedarse para siempre en ese paraíso que tanto le había costado encontrar. Pero una sutil molestia, una basurita ínfima en su conciencia, empezó a inquietarlo. Algo le decía que por lo menos sus hijas merecían una explicación, no podía abandonarlas de esa manera.
Tomó la decisión de volver por unos días, hablar con la familia y después despedirse para siempre. Besó con cariño a la signora, prometiéndole volver antes del fin de semana.
Frente a la ventanilla de la boletería, Amadeo pide:
A Buenos Aires, Argentina
¿Buenos Aires? No, no tenemos servicio a ese destino
¿Cómo que no? Yo viajé de Buenos Aires a Atenas, hace unos días.¡Ah, sí! Es sólo de ida, no tiene regreso.

JUAN CARLOS VECCHI


¿HOMBRE PREVENIDO VALE POR DOS? A LA PERINOLA...

Aquella gélida y ventosa mañana antártica del 24 de agosto de 1960 se levantó de mal humor, decidida a marcar un récord y de hecho lo logra a las 07:16 hs. clavando los 88,3 grados bajo cero en el termómetro de la base rusa Vostok.
Vientos de hasta 320 kilómetros por hora, ni lentos ni perezosos para despeinar pestañas rusas, producen una sensación térmica de 176 grados bajo cero y ponen en aprietos a las ventanas de protección, en la urgencia improvisadas por el equipo de investigadores: cuatro gabinetes de computadoras para cada ventana y dos tomos - II y CCCIV - del ensayo "Robin Hood y Robin de Batman no eran hermanos, es más, no pudieron haberse conocido, doy fé de ello, ay mancha.", de Sir Nathing, para la ventanilla del insignificante - pero fundamental - baño de la base, el único disponible en cuatro mil kilómetros a la redonda sin gajos.
A ese pequeño e incómodo escenario entra el biólogo ruso Dimitri Kaspatengov, de acuerdo a lo registrado por Ivan Septoctnov en la planilla de control, a las 07:18 hrs. del 24 de agosto de 1960. Dicho registro apunta con mira telescópica, las últimas palabras de Kaspatengov, antes de traspasar la puerta del baño:
-¡No llego, no llego! ¡Aguante Pérez Troica!
Kaspatengov nunca más saldría de allí, hasta su muerte acaecida el 16 de noviembre de 1988.
Fueron veintiocho años que duró el plus laboral para el resto del plantel científico, quienes lo alimentaron y contuvieron con nota-
ble esfuerzo y destreza.
Imagínese el lector el pulso que requiere, por ejemplo, hacer pasar un tenedor con un bocado por un espacio de dos centímetros y medio, pues esa exactamente era la distancia entre el marco de aluminio y el borde lateral de la puerta, una vez que Kaspatengov entró. ¿Sería necesario detallarles la lógica dificultad al intentar pasar una cuchara verticalmente por esos escasos centímetros? ¡Y con sopa capaz de hervir un jabalí anciano!
Al contrario, no fue difícil hacerle llegar al hígado de Kaspatengov, la probeta con vodka, revolucionaria bebida que Kaspatengov idolatraba.
Hubo, sí que los hubo, esfuerzos en vano. Uno fue el intento de penetrar la bicicleta fija que, a gritos calvos, Kaspatengov suplicaba todos los días, o la heladera personal del entonces biólogo prisionero.
-¿Y para qué demonios quiere Dimitri la heladera con el frío que hace? -preguntó el arqueólogo forense, Sergei Mocorich.
No existe en el diccionario del misterio enciclopédico una palabra capaz de nombrar esta extraña, podría sospecharse hasta absurda anécdota antártica, pero sí hubo ropa, mucha ropa, toda la que se puso encima Kaspatengov, antes de acostarse la noche anterior.
De acuerdo a lo registrado en la planilla por Septoctnov, he aquí los números y tipos a los cuales me refiero, de piés a cabeza de Kaspatengov, empezando por abajo: 4 pares de borceguíes, desde el número 39 hasta el 42; 8 pares de medias tres cuarto de lana y encima media docena de cancanes negras (algunos dicen, pero eso no se pudo comprobar, se había puesto portaligas); 4 joggins, talles 40 a 44, y encima 2 polleras escocesas, las cuales las habría tejido su abuela materna, exiliada en el año 1935 de Stalingrado a La Paz, Bolivia; 24 camisetas de frisa, 11 buzos y encima de todo esto, 6 pulóveres de corte y confección noruegos (3 escote redondo y 3 escote en "V", "V" de verdad que inicia un párrafo); 2 camperas leñadoras (ambas de cuadros verdes con cuadros verdes), 16 bufandas (todas de diferentes colores, pero ninguna combinaba con ninguna), y finalmente, en la cima de Kaspatengov, 21 gorros de lana, del tipo piluso. Comprenderá ahora el lector por qué Dimitri Kaspatengov, durante 28 años vivió en el interior del diminuto baño de la base Vostok, y por qué la puerta del mismo no se pudo abrir más de dos centímetros y medio.