martes, 28 de junio de 2016

Claudia Delli Quadri

                       
El cuarto  Claudia Delli Quadri
 
Martina descubrió arriba de la mesa el llavero del papá, era el objeto por ella más deseado ya que abría esa puerta del cuarto del altillo, ése que siempre fue un misterio. Miró hacia todos lados para cerciorarse que no había nadie, tomó el llavero rápidamente, lo metió en el bolsillo del pantalón y comenzó a caminar hacia aquella habitación que estaba a lo alto de la escalera.
¿Qué habrá del otro lado?
A veces se escuchan ruidos, gente que habla, hasta un grito le pareció oír en medio de la noche. Cada vez que pasa frente a esa puerta apoya su oreja en ella para tratar de descubrir algo, hasta trató de espiar por la cerradura pero sólo se ve todo negro. El otro día se acercó y preguntó gritando. ¿Quien está ahí? ¿Hay alguien? Sólo había silencio, a ella le pareció que del otro lado la estaban escuchando pero no pudo comprobarlo.
Mientras se iba acercando a la puerta le transpiraban las manos y el corazón parecía que se le iba a salir del pecho, ya estaba parada frente a ella era su oportunidad no había nadie a la vista.
Tomó la primera llave  pero era demasiado pequeña, la metió en la cerradura pero casi se traba, tiró con fuerza y logró sacarla. Ahora elige la llave dorada, esa que tiene un punto rojo, pero es grande ni siquiera entra en la cerradura.
Se escucha un golpe, desde otro lado, Martina se asusta y se le cae el llavero y las llaves se  mezclan. Ya no se acuerda cuales probó. Trata de calmarse, toma aire, apoya la oreja en la puerta y sólo hay silencio. Elige la llave que tiene un montón de puntos, la pone en la cerradura, entra sin problemas, Martina la gira y la llave da la primera vuelta, no puede creerlo está a punto de descubrir el secreto, ese misterio que la atormenta, está nerviosa... da la segunda vuelta solo resta bajar el picaporte...
-¡Martina! Acá estabas, dame ese llavero que me tengo que ir a trabajar.
El papá giró nuevamente la llave y se fue con el llavero, ese que tiene la llave del cuarto misterioso. Martina se quedó parada mirando la puerta cerrada y le pareció que del otro lado había alguien que se estaba burlando.


Amanda Pedrozo Cibils

EL GALLINERO Amanda Pedrozo Cibils

Tenía diez años cuando se decidió a irrumpir en la vida de las gallinas, casi sin que ellas se dieran cuenta. Aprovechó una tarde olorosa a reciente aguacero y la fascinación de las gallinas por el arco iris. Los círculos amarillos de sus ojos estaban pegados al cartón azul de arriba cuando Benefrida comenzó a formar parte del gallinero, ya para siempre desde ese lado donde era posible bambolear el maíz entre los dientes hasta hacerlo puré con leche de saliva.
Para eso las había observado por años, desde el mismo momento en que la dejaron salir del pozo de tierra apisonada que su abuela había cavado para que no se arriesgase demasiado en ese gateo que estaba cerca del desvarío. A aquel horizonte de tierra colorada le siguió en su vida ese otro límite de alambres cruzados y pronto sus ojos se hicieron tan baqueanos a esa única visión, que podían seguir repitiéndola hasta cuando no estaban abiertos.
Su obsesión por el gallinero fue un alivio para la abuela, que ya decía que no había que encerrarla tanto. Nadie tenía tiempo para quebrantarse en esa casa. A un niño siguió otro y puchar por la vida les llevó tanto tiempo, que terminaron dejándola instalada en ese pequeño espacio entre la batea de los chanchos y la planta de pomelo.
Entre todos pero sin decir una palabra concluyeron en que Benefrida salió tilinga como la tía Prudencia, y que igual que ella ya no tenía solución. También entre todos la olvidaron, ayudándose unos a otros en ese trance familiar vergonzoso.
Cuando dejaron de fijarse en su presencia, la niña ingresó al gallinero, entre un aletear silencioso de las gallinas que miraban con fascinación un arco iris colocado en el medio del olor a aguacero reciente y la procesión que le pasaba por dentro justo en ese momento.
Las gallinas se habían acostumbrado desde hacía años a verla, y para decir la verdad completa, ni se percataron de que alguna vez había estado del otro lado del alambre tejido. Esa misma noche la inquilina subió a la planta de pomelo con las gallinas, ahuecando los brazos y cediendo las ramas de privilegio a las más antiguas. La abuela fue la primera que la vio al día siguiente escarbando con las manos para elegir los granos de maíz e irlos aplastando despacito entre los dientes.
Hubo una corrida familiar y nadie supo nunca quién entró primero al gallinero para tratar de sacarla. Apenas los vio, Benefrida se tumbó al suelo echando espuma por la boca. Nadie tenía tiempo en la casa para quebrantarse demasiado, así que la dejaron y se fueron a revolver cada uno sus cosas, sin falsos remordimientos. Al día siguiente la abuela entró al gallinero seguida por los chicos más grandes de la casa, para intentar nuevamente volver a Benefrida al ámbito familiar. Pero la niña aleteó salvajemente, se prendió por el alambre tejido y desde allí se defendió con las uñas. La abuela salió horrorizada.
-Esa niña salió tilinga.
-Igualito que tía Prudencia.
-No, más todavía, yo me acuerdo bien.
Al otro día los despertó un cloqueo como de gallina enferma. Todos supieron que era Benefrida, así que se taparon mejor y volvieron a dormirse pensando vagamente que las cosas estaban saliendo en su hora. Todos evitaron mirar hacia el gallinero ese día y el otro y el que venía después, hasta que resultó inevitable dar de comer a las gallinas. Así fueron descubriendo uno a uno que a Benefrida le gustaba más que nada el afrecho mojado, que odiaba los restos de comida de la casa y que prefería el agua de lluvia que quedaba preso en un pedazo de teja vieja.
Un día, hizo su aparición por la casa pa'i Setrini. Nadie tenía tiempo para quebrantarse, así que enseguida le dieron la razón: había que sacar de allí a Benefrida. Tampoco tenían tiempo para esperar, por lo que entraron seguidamente al gallinero, dispuestos a hacer lo nenecesario. Un largo lamento marcó el comienzo de ese primer acto de la vida inerte de la niña.
El segundo acto puede ser resumido así: Benefrida sentada en el sitio exacto entre la batea de los chanchos y la planta de pomelo. Benefrida mirando las gallinas cuando comen, las gallinas cuando cacarean, cuando ponen huevos, cuando cuidan a sus pollitos que dicen pío pío, cuando pelean por una lombriz. Benefrida controlando minuciosamente el rectángulo de sol sobre el horcón del gallinero. Benefrida viendo llegar la noche presa de feroces ataques y desvarío.
El doctor dijo al instante que era epilepsia, la abuela calculó que se trataba de calentura natural, el pa'i dijo que era pecado. Ningún medicamento, ningún rosario, pudo evitar ni uno solo de los ataques: llegaban puntales apenas las gallinas subían a la planta de pomelo. De eso hace cuarenta años, y todavía hoy Benefrida sigue mirando el gallinero, done ya no hay gallinas sino sólo la pobre planta de pomelo vieja y carcomida por los horribles gusanos que se trajo una vez el viento del norte y que terminaron comiéndole el caracú hace cinco años.


Pero en la casa, donde nadie tiene tiempo para quebrantarse y tampoco está para aguantar los golpes de la vida además de las enfermedades propias de la vejez, sólo cuentan de vez en cuando -si se les pregunta- que es demasiado trabajo puchar por la vida, y encima tener que estar sacándole a la tilinga las dos o tres plumitas que le salen en la espalda, fenómeno que se le repite cada vez que alguien, por compasión, asco o descuido, procura moverla de su sitio.

Marta Becker

HISTORIAS BREVES Marta Becker

OPTIMISMO
Quiso demostrar optimismo, desbordar optimismo, que rebalsara en su vida y que brotara por todos sus poros el optimismo. Y de ser tan optimista comenzó a reír y reír y reír. Y de tanta risa brotaron las lágrimas, que fueron tantas que lo inundaron y… ahí se terminó el optimismo.

FALTA DE AMOR
Clarivel está en el balcón. Desde allí ve pasar la vida con actitud estática. Todos la ven, ella, desde esa altura, no ve a nadie. Hasta que un día alguien se acerca y en vuelo rasante le estampa un sonoro beso. Clarivel despierta, se despereza, desciende y sonríe como nunca lo hizo.

INDIFERENCIA
La pareja que antes caminaba tomada de la mano hoy ni siquiera se mira. Van por la calle hacia un destino incierto cuando al cruzar la bocacalle ella se diluye por una alcantarilla. Él sigue su ruta impasible.

FESTEJO
El hombre pasa la mirada sobre las mujeres presentes en la milonga. Tiene algo personal que festejar y lo quiere hacer acompañado. Elige una morocha alta, de figura estilizada y mirada soñadora. La saca a bailar y, directo, le propone una noche de placer. Cuando despierta a la mañana con ella al lado comprueba que el festejo era sólo calentura.

AMOR CIEGO
Todos los días la huele llegar. En su ceguera, la reconoce por el perfume. La siente acercarse y todo él se altera. Ella deja una moneda todos los días y sigue. Él la visualiza en su imaginación, le da cuerpo, color, vida. Un día toma la decisión y le habla de sus sentimientos. Ella lo escucha hasta el final y le contesta afirmativa que comparte todo. Él no sabe que ella también es ciega.


domingo, 12 de junio de 2016

Carlos Margiotta

Entre paréntesis Carlos Margiotta

Los escritores son libres cuando escriben frente al papel. En ese lugar pueden transformar la realidad en ficción y la ficción en la realidad
de sus deseos.

Escribir es detener el mundo entre paréntesis, y uno está afuera del mundo, sin hambre, sin sed, sin necesidades. Sólo existe una compulsión de palabras que brotan para ser elegidas.

No escribo para comunicarme, ni para contribuir a la cultura nacional, tampoco lo hago para trascender ni ser reconocido. No busco el éxito, ni dar testimonio de una época, menos pretendo asumir un compromiso social mediante la literatura, ni hacerme rico. No me importa si lo que escribo es bueno ni malo, sólo escribo porque me gusta.

El escritor se mueve en una incertidumbre que le agota los nervios hasta que se encuentra con las palabras adecuadas que lo albergaran, sólo esas palabras y ninguna otras.

Si no podemos escribir sobre el amor sin haber amado, ni sobre el odio sin haber odiado, ni de la muerte sin haber muerto, entonces podemos imaginarlo.

Tengo la impresión de que todo ha sido escrito y por lo tanto abandono la tarea de escribir, pero al mismo tiempo creo que nada ha sido dicho, y me pongo a escribirlo.
Siempre escribimos sobre el mismo tema y contamos lo mismo de diferentes maneras en una eterna reiteración.

Cuando sentimos que las palabras nos cansan o nos aburren, lo mejor es no escribir nada.
Las palabras aparecen en un lugar casi sagrado que existe entre el cuerpo y el alma, por eso no escribimos sólo con el intelecto ni sólo con el corazón. Escribimos con las entrañas.
A veces sabemos por donde empezar un relato, o por donde terminarlo, otras veces tenemos frases sueltas alrededor de las cuales construimos una historia. Escritor, no hay palabras se hace palabra al andar.

Para la mirada de un escritor cada hecho cotidiano, simple e intrascendente, contiene una historia que puja por ser contada.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, sin embargo la palabra mamá incluye
infinitas imágenes

La diferencia entre la literatura y la poesía consiste en que la primera nace después del
lenguaje y la segunda mucho antes.

No hay que tomarse en serio lo que uno escribe sino la literatura es sí misma.
Un escritor no debe preocuparse por el tiempo que esta sin escribir, un escritor escribe
siempre.

Cuando más zonas oscuras y huecos haya en un 
relato, más puede imaginarse el lector.

Los escritores son grandes tímidos y mejores mentirosos.

Escribir es sacar a pasear los propios fantasmas para que jueguen sobre el papel

disfrazados de palabras.

Héctor Zabala


Encuentros en el mar  Héctor Zabala

El viejo apoyaba los antebrazos en la barandilla. Ya se conocían de vista, aunque jamás se habían correspondido el saludo. El recién llegado se puso a la par, casi codo con codo, imitando la postura del viejo. Las sirenas del barco se escuchaban cercanas.         
–Así que contemplando las estrellas para gastar el tiempo. Se ven brillantes, ¿no?
–Ay, joven, ¿a mi edad se puede dejar morir otra cosa que no sea el tiempo? Mire, no me gusta esta música moderna. No, no voy a perder el poco oído que me queda, por más que ese hombre quiera insistir con sus fiestitas.
El viejo y el joven (que no era tan joven como el otro pensaba) se miraron un instante, creyendo reconocerse. Era algo difícil de explicar. Estaba ahí y no estaba. Al fin y después de una pausa, enojosa por cierto como suele ocurrir con esas pausas, el que aparentaba más joven se atrevió a decir:
–Tiene usted razón. Las melodías no van con este asunto del mar, por más que el mandamás se imagine lo contrario. Si yo fuera él, no dejaría que interfiriese la música. Y en cuanto a la sordera, no se preocupe, yo descubrí hace tiempo que las hay beneficiosas. Mire, le diré, hará un montón de años, yo...
Y su alma se explayó en la anécdota, y los recuerdos surgieron como aparecidos a los que el mundo debía cobijar de nuevo. Palabras que el viejo en parte dedujo y en parte no; más por culpa de la sordera que de las neuronas.
De nuevo la pausa enojosa. Ese espectro brutal que llamamos silencio. Ese escollo, en forma de sigilo educado y modoso, entre seres cultos pero distintos, que aparecen de pronto y están como obligados a permanecer quietos y frente a frente, sin saber cómo continuar ni qué decirse ni cómo o dónde poner brazos y manos. Sí, como dos mundos disímiles que ocupan un mismo mundo.
Al fin, el que parecía ser más joven rompió los pensamientos del compañero:
–¿No habría que intentar avisarles?
El otro sonrió desolado sin mirarlo siquiera:
–¿Avisarles?, ¿para qué? ¿Para qué hacer cosas heroicas? Somos inútiles y viejos para ellos. Ni nos verían. Tendrán menos oído que los marineros de su anécdota o que yo por mi vejez. Y en cuanto a ceguera, créame, no hay generación que les gane. Mejor déjelos, que sigan felices, envueltos en su mala música y abismados en su baile ridículo que en todo hace agua. No hay nada, absolutamente nada en lo que podamos ayudar.
Y otra vez el silencio, apenas roto por la carraspera del viejo tras la brisa helada que venía del norte y se hacía sentir como nunca.
–¡Pero, ahora que caigo en la cuenta, no nos hemos presentado! –dijo el que aparentaba ser más viejo, tanto por decir algo.
–Bueno, digamos que no me hace mucha falta –rió el otro–. Usted debe ser el que aparece nombrado en casi toda cartelera de concierto del mundo. En cuanto a mí, no sé si la gente me recuerda tanto. No faltará quien crea que apenas soy un mito –terminó riendo.
–Bueno, de todos modos me presentaré: Soy Ludwig van Beethoven.
–Y yo, Odiseo, rey de Ítaca, aunque algunos prefieren llamarme Ulises.
Y siguieron apoyados con los codos en la barandilla, contemplando el cielo nocturno. Las agujas del reloj indicaban casi la medianoche. El almanaque, catorce de abril de mil novecientos doce. Pese a la vejez y a la niebla, ambos espectros ya empezaban a divisar la enorme masa blancuzca.
Este cuento obtuvo 2º Mención en el Certamen Literario Nacional “Prof. Argentina Harrand de Travi" Año 2006, de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Belén de Escobar, provincia de Buenos Aires, Argentina, diciembre 2006.


Marta Becker

Invierno difícil Marta Becker

Isaías Levy escapó junto con su mujer y cuatro hijos de una Europa en ebullición a principios del siglo XX. Junto con él salieron del continente cientos de perseguidos, quienes depositaron todas sus esperanzas en la Argentina, país que prometía mucho y conocían poco. Se hablaba de miles de hectáreas de tierras prósperas en espera de ser trabajadas y ellos traían mucha voluntad y necesidades. 
Viajaron cuarenta días en un barco medio desvencijado, hicieron parada en Cuba, Río de Janeiro y por fin llegaron al puerto de Buenos Aires. La travesía fue agobiante, sobre todo porque no era gente acostumbrada a navegar y, además, hubo falta de comida y atención sanitaria.
Cuando Isaías Levy vio la ciudad, abrió grandes los ojos y mirando al cielo agradeció a su Dios la bendición de tan hermoso lugar. Abrazó a su familia y aún siendo un hombre duro unos lagrimones asomaron en su rostro. 
Pero la alegría duró poco, ya que las autoridades, necesitadas de mano de obra, decidieron enviarlos al campo, lejos de Buenos Aires y cerca de las inclemencias del tiempo y la dureza de todo por hacer. 
Isaías no se quejó, al igual que los otros inmigrantes, pues no tenían opción y allá fueron, con casi lo puesto, hacia un rumbo desconocido y prometedor. 
Las tierras eran áridas, los vientos fuertes, el frío muy frío y el calor abrasador. Pero Isaías trabajó duro, como todos, y de a poco conformaron un pueblo en donde hablaban su propio idioma y seguían sus costumbres religiosas, al mismo tiempo que se adaptaban al nuevo lugar. La comunidad respetaba y era respetada.
Los hijos de Isaías concurrían a la escuela del estado, donde aprendieron a hablar el nuevo idioma con la facilidad propia de la juventud, integrándose así a la sociedad local.
Isaías curtió su rostro al sol y el trabajo fortaleció sus músculos acostumbrados antes a otros menesteres. Su mujer, educada como todas las demás mujeres en la idea de que su función era atender al marido y a los hijos, aceptó sin comentarios la nueva vida y con el tiempo sumó  los hábitos campestres a los suyos propios.
Pasaron unos años y los campos de cubrieron de sembradíos de maíz, que cosechaban en el momento oportuno, siempre y cuando no hubieran pasado por una tormenta fuerte o un período de larga sequía. No era fácil su vida, pero todos los días agradecía, a pesar de las durezas, dónde estaba y lo que tenía.
El invierno de 1940 comenzó temprano. Isaías auguró una temporada difícil, había que almacenar provisiones, así les comentó a sus vecinos en la reunión semanal y entre todos decidieron organizar una cooperativa para afrontar juntos los problemas. 
Todo parecía encarrilado cuando comenzó a llover. 
Y no paró.
Llovió y llovió sin lástima ni descanso durante un mes. 
Y entonces pasó.
El agua barrió literalmente la tierra, la lavó, arrastró todo y en ese acontecer aparecieron miles de huesos humanos que flotaban a la deriva siguiendo la corriente.
Isaías Levy, junto con toda la población, no daba crédito a sus ojos, que de tan grandes que estaban se le salían de las órbitas.
No hubo comentarios, sólo una decisión generalizada que se organizó en silencio, unánime y firme como nunca se armó otra. Salieron como pudieron de los campos anegados, mientras chocaban con los huesos y demás elementos que llevaba el agua, en una huida descontrolada y sin rumbo. Huyeron con la sensación de que la tierra prometida les daba la espalda.
Fue en ese invierno cuando desaparecieron las chacras sembradas de maíz.

Estela Parodi



La rajadura  
Estela Parodi

El tío Andrés llegó a mi casa el día de mi séptimo cumpleaños. Los ojos de la abuela se pusieron tristes al verlo. El rostro desgastado, la barba semicrecida y un aspecto andrajoso en su vestimenta, mostraban que el tío Andrés no volvía precisamente de una victoria.
Pasaba horas encerrado en su habitación, lugar vedado hasta para la sirvienta. Mi curiosidad aumentaba con esos encierros y a veces hubiera querido destrozar a patadas, la pared que separaba su habitación de la mía. Recostado en mi cama, mirando la mancha de humedad del cielo raso pensaba sólo en cómo hacer para descubrir el secreto. ¿En qué ocupaba el tío Andrés toda la noche? ¿Por qué elegía esa música?
Como el vidrio de la puerta rozaba casi el techo, la única posibilidad era encontrarle una falla a la pared. Durante días y días hurgué en cada poro buscando alguna ranura, algún agujero que me permitiera acceder al espectáculo. Pero la pared estaba lisa, espantosamente lisa. Cuando llegué a esta conclusión, me senté sobre el piso desilusionado, exhausto, observando el montículo de cosas que había amontonado para elevar mi estatura y entonces fue cuando, por casualidad, mi mano lo descubrió. Encima del zócalo, el revoque se estaba descascarando. Con un lápiz amplié la rajadura hasta perforar la pared. Luego me tiré boca abajo para mirar por el boquete. La visión de la otra pieza era perfecta. Sólo quedaba esperar.
Poco antes de la medianoche, cuando el silencio aplastaba ya la casa, me levanté. Cuidando de no hacer ruido me tendídasobre el piso nuevamente, pegué mi ojo derecho al agujero y apoyé el mentón sobre el zócalo. A cada rato tenía que refregarme las pestañas para despejar la humedad que licuaba mi mirada y el nerviosismo que me había tensado hasta el último de los músculos. Mientras tanto, del otro lado, el tío Andrés intercalaba su atención entre un grueso libro de páginas amarillentas y el reloj, que a cada rato descolgaba del bolsillo. Sin embargo, los ruidos que yo había escuchado durante tantas noches habían sido demasiado extraños para que pudiera creer en esa intensa quietud de mi tío.
Después de la tercera vez que me limpiaba la nariz y las pestañas para sacudir el polvillo, y ya con los codos doloridos por la madera, vi que colocaba el libro sobre la cama, suspiraba profundamente y empezaba a desabrochar, tranquilo y meticuloso, uno a uno los botones de la camisa. Supe que podía suceder en cualquier momento. Debería controlar ese cosquilleo molesto, aguantar el dolor de los codos y descubriría enseguida ese secreto tan hermético que el tío Andrés guardaba en la semipenumbra de su pieza, después que el carrillón de la sala sonara el último de los doce compases.
Se había quitado ya el pantalón y acomodado las dos prendas con prolijidad encima de la colcha tejida, al lado del libro. La ampulosa desnudez de su barriga brotó sobre las piernas, apretadas con calzoncillos grisados que terminaban en grandes zapatones negros. La luz, escasa, sombreó la desproporción de su figura en la pared y tuve que taparme la boca con las manos para atajar la carcajada.
Abrió el ropero y sacó unas telas y algo más que no alcancé a distinguir muy bien. Cuando acomodó todo sobre la silla, la blancura de sus brazos hizo chirriar el brillo de los colores. Entonces, mi ojo asombrado se abrió al máximo y lo vi colocar encima suyo aquellas telas, que en ese momento, sí, reconocí como un vestido. Cuando terminó, se sentó en el tocador con espejo que había sido de la abuela y que unos hombres (sin saber yo por qué) habían trasladado hasta su pieza. De uno de los cajones extrajo un cofre y tomó unos collares de gruesas perlas que enroscó en su cuello. Del otro, una caja con maquillaje que abrió para pasar rubor sobre los costados de la cara, pintar labios y párpados y engrosar las pestañas.
Me corrió un frío por los huesos. Ése ya no era mi tío Andrés. Con esa peluca enmarañada que ponía sobre su cabeza, era casi una mujer. 
Me senté sobre el piso y traté de contener mi agitación. Creo que en ese punto ya había olvidado el polvillo, la humedad y los codos. No me sentía bien pero mi curiosidad pudo más y nuevamente me tiré sobre el piso tratando de llegar al final. Estaba mirándose al espejo sonriendo satisfecho. Luego caminó hacia el rincón y colocó la púa del fonógrafo sobre el disco. Era la misma música que yo había escuchado cada noche desde mi cama deseando que la pared fuera cristal. Era la misma música. Y el tío Andrés bailaba. Sonreía, gesticulaba con sus labios furiosamente pintados, movía las manos con delicadeza y volvía a reflejarse en el espejo. Por un instante me pareció que el tío Andrés le hablaba a alguien, que sentía la presencia de alguien, allí, junto a él. Por un instante también, me pareció ver una silueta esfumada, reverenciando con alguna galera, a mi tío Andrés.
El sonido siguió con acordes cada vez más graves, pesados, estrepitosos, que chocaron contra mis oídos haciéndolos estremecer. 
Entonces, levantó sus brazos intempestivamente, como si él también hubiera llegado a su clima más alto. Con los ojos desorbitados y las venas a punto de estallarle en la garganta, lo sentí temblar, sacudirse en contorsiones violentas y secas que transmitía a toda la pieza, a las paredes, a mí. Estuve a punto de gritar justo cuando se desplomó sobre la silla. La música se acalló de golpe y la púa repitió ronca un quejido que acompañó al tío Andrés que, encorvado, con los volados en desorden entre las piernas abiertas y las manos cansadas sobre el vientre fajado, lloraba. Vetas negras y rojas chorreaban sobre el rostro, desfigurándolo, convirtiendo al tío Andrés en una máscara destruida por las lágrimas que seguían cayendo, manchando el azul vestido, los tremendos zapatones, la oscuridad del piso. 
Sentí náuseas. Ya no era una mujer, ni siquiera aquel tío que alguna vez yo había conocido. Los codos no aguantaron más y el pecho se me desbocaba. Caí sobre la cama temblando y creo que me quedé dormido, empapado de sudor y llanto.
Al otro día vino mi padre a despertarme. “El tío Andrés ha muerto del corazón”, dijo. “¿De cosas del corazón?”, pregunté.
Más tarde vaciaron su cuarto y pude ver a otros hombres cargando el viejo ropero del secreto. Llevé yeso y agua a mi pieza, y tapé el agujero.

Del libro Cuentos Desnudos

Hernán Garay



La carrera y el corredor  
Hernán Garay     
         
La carrera estaba iniciándose, el lugar de la partida ahora estaba solitario, sólo allí,   el Monumento al Soldado de Infantería, punto de partida de renovados sueños veía como los corredores se alejaban por la ancha avenida hacía el campo.
La columna ya comenzaba a alargarse. La distancia, los obstáculos, los fuertes desniveles del terreno y por sobre todas las cosas, la personalidad de los corredores, harían que esa, ahora apretada columna de atletas, se alargue y  disminuya con el paso del tiempo y los kilómetros.
El corredor con su experto ojo, podía observar a aquellos que por distintas razones, aceleraban y se desprendían de la columna. Sabía que pronto perderían sus fuerzas y no ofrecerían ninguna resistencia.
El  plan de carrera que había seleccionado le producía algo de ansiedad, ya que para guardar energías para el final, debía dejar pasar a todos. Estar entre los últimos nunca le agradaba.
Los primeros dejaron la avenida y doblaron hacia el campo encarando la recta hacia el primer obstáculo.
Sereno y guardando todas sus fuerzas, pasó a algunos, que a poco de iniciar ya estaban casi caminando. Veía como más adelante ya estaban cruzando el primer obstáculo.
 Cuando se aproximaba al foso con agua, sabía que sólo debía saltarlo, sin detenerse.
Midió los pasos y se largó a cruzarlo, se apoyó sobre el pie derecho y saltó. Limpiamente alcanzó el otro lado y así evitó embarrarse. En el instante que saltaba otro competidor cayó en el agua, el corredor sólo pensó que ya había un competidor menos.
El sol y el calor comenzaban a hacerse presentes, sin alterar su paso continuó su avance, sabía que empezaba un tramo difícil, ya que al no estar desgastado la mente le indicaría acelerar.
Distinguió más adelante uno de los tantos equipos que se organizaron para correr,  estaba orgulloso de no haber aceptado ninguna invitación de las tantas que le hicieron para integrar uno. Para él,  los equipos eran un invento de los débiles para beneficiarse con la potencia de los más fuertes y como ahora nadie se anima a decir que no, los más veloces aceptaban perder sus capacidades en beneficio de otros.
Alcanzó a uno de los equipos, más fuertes era el “32 al pecho”, estaban parados tratando de arreglarle el calzado de uno de ellos que se le había destrozado. Los pasó sin mirarlos.
Esa situación le confirmó su pensamiento sobre la inutilidad de los equipos y su vez le aseguró una vez más que iba a ganar la carrera, esta era su carrera.
Los obstáculos y los kilómetros fueron desgastando a todos.
El corredor trataba de saber que lejos de él estaban los dos equipos más fuertes, “los bayonetas” y los “7,62”.
Al llegar a una de las tantas alturas vio más adelante a los “7,62”, iban en columna relevándose en la punta de la fila a  cada rato.
Por un momento abandonó su plan de carrera y aceleró, les hizo la “aproximación silenciosa”, se acercó a ellos sin hacer ruido y sorpresivamente los pasó acelerando. Con placer escuchó los gritos de sorpresa y le pareció que se estaban peleando. Se concentró nuevamente. Estaba pasando la mitad del recorrido. Un dolor apareció en su pierna derecha, trató de ignorarlo.
A lo lejos divisó la pared de rejas, allí comenzaría el mayor esfuerzo.
Había descubierto que desde lo alto de esa reja se podía observar,  el tramo hasta la última altura, allí podría ubicar a los competidores que estaban delante de él, especialmente a “los bayoneta”.
Tenía la seguridad de que quien llegara primero a la última altura ganaba la carrera, porque después quedaba una suave bajada que daría un descanso y luego una recta de un poco más de un  kilometro, que allí había que poner el corazón, allí no había espacio para ningún plan.
Pasó a algunos y llegó a la reja, se detuvo un momento y con gran asombro vio que uno de los bayonetas había pasado la última pared y corría hacia la altura.
Abandonó todo plan y aceleró, alcanzó al resto de “los bayonetas” en la última pared, estaban ayudando a un “gordito” a subir. Pobres pensó.
Pasó el obstáculo y aceleró entregando todas sus fuerzas, allí se ganaba la carrera. Lo alcanzó unos metros antes de la cima, cuando lo pasó vio que se reía.
Pensó: - Que débil, estar contento de que lo pasen.
Llegó a la altura, pudo percibir  a lo lejos las tribunas y la llegada, le pareció oír el grito de los espectadores
Terminó la bajada y encaró la recta final. Corría haciendo un movimiento casi automático, ya no tenía fuerzas, pero faltaba muy poco.
Un bramido de la tribuna lo alertó….. Miró hacia atrás y vio venir a gran velocidad  al “gordito” de “los bayonetas”, intentó acelerar pero no pudo ya había entregado todo. Unos metros más adelante “el gordito” lo pasó sin mirarlo.
A la transpiración y el sol de frente se le sumaron las lágrimas, su carrera se le escapaba, un instante después a quien había pasado en la altura y se reía lo pasaba a gran velocidad
Comprendió que estaban trabajando en equipo, uno se había desprendido para obligarlo a hacer un gran esfuerzo mientras, los otros no ayudaban al “gordito” sino que le ahorraban esfuerzos para el tramo final.
Luchaba por llegar y nuevamente el rugido de la tribuna lo alertó, giró su cabeza y no pudo creer lo que veía. El corredor que había perdido su calzado avanzaba descalzo y con los pies sangrantes, supo que por lo que faltaba no lo iba a poder pasar.
De algún lugar del corazón salió una orden para la única parte del su cerebro que todavía funcionaba, que deje pasar sin que nadie lo note a ese corredor, que estaba haciendo un terrible esfuerzo.
El sangrante corredor lo pasó unos metros antes de la llegada, la tribuna explotó y se abalanzó sobre el sacrificado atleta.
Cuando el corredor llegó sólo lo advirtió el cronometrista. Corrió unos metros más y se dirigió a su alojamiento. A lo lejos escuchó la ceremonia de premiación.
En el comedor el héroe fue el de los pies ensangrentados, que ahora se movía en una silla de ruedas.
Permitieron a todos los participantes acostarse sin participar en la formación de la noche.
El corredor se acostó y no podía conciliar su sueño, un rato después el silencio cubrió todo el alojamiento. El sueño no le daba la paz que necesitaba.
Un ruido extraño le llamó la atención, por la ventana vio pasar a alguien en una silla de ruedas, los golpes en distintos lugares de las puertas y de los armarios le indicaron que estaba entrando en la pieza. Se hizo el dormido.
El de la silla de ruedas le dijo:
-Estoy seguro que estas despierto, sólo te digo muchas gracias, nadie lo notó pero yo si.
Dicho esto se retiró.
El corredor cerró sus ojos y una sensación de paz lo cubrió.
La respuesta que tanto tiempo había buscado y que al no hallarla, ocultaba su búsqueda en dureza y aislacionismo. La había encontrado en los últimos metros de la carrera-
En los metros en que se corría con el corazón.


Jenara García Martín


POEMAS Jenara García Martín


ETERNIDAD

Frente a ti oigo el latido del tiempo
Retumbando en tus vísceras,
Momento en que descubro tu cuerpo
Que brota entre las aguas.
Deseo transformar el aire
En un anillo transparente y mágico
Que flote en el instante
Y se burle extasiado de los siglos.
Estoy sentado sobre el risco
Y oigo
Batir la espuma entre los acantilados.
Afirmo que el bamboleo
Que tu cuerpo adorna
Existía mucho antes que mi mirada.
Cierro los ojos.
Todo perdurará después que yo desaparezca.
Mucho después….

ANHELO POR VIVIR

Yo un don nadie
pregunto a la luna
compañera de la noche:
Luna, si es que vivo
¿por qué vivo?...
Si me atormentan
las tormentas de odio.
Las infelices trampas
que arruinan el amor
me entierran.
Me destierra la vida
que seca las flores
y moja a pedradas
las sendas del sol.
A la poesía
le pido rayos  de luz,
versos de sonrisas
que no arrastren la tierra.
Demanda mi corazón,
la única llave
capaz de cerrar llagas
y  abrir crepúsculos de ilusiones.
El hechizo lunar se filtró en mis poros
y volví de la anestesia sin heridas,
sin cicatrices,
con un impetuoso anhelo por viví


Cora Stabile


Nunca lo había planeado 
Cora Stabile

Cuando volvía del trabajo pasaba siempre por esa boutique, se detenía un rato ante la vidriera y soñaba con ese top negro que lucia el estilizado maniquí.
No se animaba a entrar, tal vez So que la inhibía era el lujo del lugar, sentía que ella no pertenecía a ese mundo, pero, cada vez con mas frecuencia comenzó a preguntarse... ¿Por qué no?.
Aquel día gris, lluvioso, como a ella le gustaban, sin pensarlo mucho entro.
Fue recibida por una madura y muy elegante mujer cuya aterciopelada voz la hizo temblar un poco.
La intensa mirada de esos grandes ojos verdes le producían una sensación hasta ahora desconocida pero que le causaba gran placer.
A la suave pregunta respondió cual era su deseo, la dama sonriendo se dirigió hacia la vidriera y saco el top que era el único que le quedaba.
Discretamente corrió la cortina y espero a que la joven dijera algo. Alicia no sabia bien que sentía pero pidió ayuda alegando que no podía calzarse la prenda que, según dijo,  le ajustaba mucho.
La experimentada mujer ingreso sonriendo y no se sorprendió al ver los desnudos senos de la joven que parecían estar esperándola, se acercó y ayudo con suavidad a colocar la prenda. Al hacerlo acariciaba con delicadeza la piel virgen de la jovencita
Alicia sintió que se le nublaba la vista, se le oscureció el mundo y rodeo con fuerza el talle de la mujer.
El desenfreno de ambas fue absoluto, se acariciaban ansiosamente, la ropa fue cayendo de a poco y finalmente los dos cuerpos desnudos tendidos desprolijamente en el piso se entregaron al placer.


Juana Rosa Schuster

                  
LA CUNA VACÍA  
Juana Rosa Schuster

Y te he observado, mujer. Siempre a estas horas. Cuando las sombras de tu cuerpo parecen proyectarse sobre una pared.
Las lágrimas se deslizan dispersas, rápidas y golpean el piso de tablas marrones con tus largos suspiros. No llores Isabel. A veces las cigüeñas se pierden a causa de la bruma, o no saben abrir las cartas con el pico. ¿sabes tú cuánto trabajo tienen?.
Debes tener paciencia y alimentarte bien. Ya te veo yo mismo cuando te sientas a la mesa. Apenas pruebas bocado. Así te debilitas y pierdes energías.
Sé que las mujeres de la aldea murmuran cuando vamos al mercado los sábados. Me doy cuenta cómo te miran. Tú tapas el vientre con la canasta. También hablan de ti al lavar las ropas en el Duero.
No llores, Isabel. Escucha el sonido de la campanilla de la yegua mansa desde el establo. Su tintineo arrulla al oído. Pronto nacerá el potrillo. Tú serás una madre como ella.
Tiempo al tiempo, Isabel. Me ayudarás cuando le llegue el momento. Verás aparecer las patas traseras primero. Tú le acariciarás la panza. Y habrá dos nacimientos para celebrar.
Ven, siéntate junto al fuego. Mira la luna de Lorca. “Por el cielo va la luna con un niño de la mano”. (canta).
A la ermita irás tú con un pequeño en los brazos, que tendrá mis ojos y tu nariz.
Y el niño será un alfarero de luces en su forma tenue de ser chiquito e indefenso.


Rosa de Schottlender


No ser una piedra  Rosa de Schottlender

Llueve estruendosamente. Relámpagos. Truenos.
La lluvia cae a borbotones, y yo, piedra que me van pateando mientras la gente abre sus paraguas.
Quiero no ser una piedra vulgar y sentirme pateada. ¿Intercepto el paso? Sola tampoco vine rodando. Soy una piedra sensible, me patean y voy saltando la vereda emitiendo quejidos, las asentaderas me duelen. Quisiera ser una de esas que la exhiben en una vitrina dotada de una naturaleza exótica. O quiero verme en un jardín, hermanada a las plantas decorativas y al lado de la pareja de enanitos que la custodian.
No quisiera ser piedra de lápida, vivir en un ambiente de muertos, tristeza llanto y soledad. Tampoco estar mezclada con argamasa junto a mis semejantes y volverme tapia. Mi deseo sería ser ponderada, halagada. Ser piedra preciosa, la que se talla y pasa a ser una joya. ¿Y si fuera piedra azul, nacida en Afganistán? Azul como el pájaro de la felicidad. Traída por un viajero afgano, en su equipaje como emblema de su tierra y colocarme en una repisa, junto a otras esculturitas y portarretratos…
Otra vez me patean, aunque haya dejado de llover sigo mojada y soñadora. Pero me avergonzaría ser piedra pómez. Eso de estar a los pies no me digan que no es humillante. El agua de lluvia nubló mi conciencia riscosa. Insisto en no ser piedra vulgar. Hay muchas cofrades mías que tienen formas armónicas. Yo ni eso. De lo contrario, aquellos que se llaman coleccionistas, me levantarían, me llevarían victoriosos a aumentar su colección y para mí qué felicidad compartir con mis pares. ¡Quimérica ambición! Mi realidad es reconocer que cuando salga el sol y me seque, me pareceré más a una papa endurecida vieja de piel áspera y oscura. ¡Otra pateadura…! Si ahora no molesto. No, juegan conmigo. ¡Soy un entretenimiento! Y voy a parar justo ante un charco, residuo de la lluvia, agua limpia, transparente. Me miro en su espejo. La mirada ilusionada me muestra como un diamante. La Reina de las piedras preciosas, la más brillante, dura y límpida. La gente pasa y las aguas se ondulan, se irisan de tenues colores. Soy verde Esmeralda. Zafiro azulino. Cristal de roca. Cuarzo tornasolado le dicen. Soy una belleza. Y bien al fondo, un punto rojo. ¿Sangre? ¿De dónde? ¡Oh! rojo vivo de un Rubí. Si fuera esa alúmina traída de la India, en cuántas manos me luciría llevada como anillo! Ser ópalo, me desecho, a pesar de ser tornasolada, divina. Dicen que los supersticiosos le atribuyen una influencia nefasta. ¡Creer o no creer!...


Sé que soy vulgar, común, pero netamente sabia. Doy rienda suelta a mi fantasía y elijo ser: la “Piedra Filosofal”. Los alquimistas dicen que estaría dotada de propiedades extraordinarias, como la capacidad de trasmutar los metales vulgares en Oro. ¿Qué tal? Con esa idea dentro de mis neuronas de arenilla sólida, ensimismada mirándome en el charco, tranquila, a la espera de Aladino que con su magia obre el sortilegio sublime de mi trasmutación, cuando alguien que pasa me vuelve a patear.

Negro Hernández

El loco de los naipes  Negro Hernández

Antonio o el loco de los naipes, como lo llaman los muchachos, esta siempre en la mesa situada en el rincón de la ochava del Tres Amigos, allí donde cuelga el viejo teléfono público que dejó de funcionar hace años cuando nacieron los locutorios y más tarde fueran arrasados por la invasión del celular (el Gordo dice que lo llaman celular por el camión donde llevan detenidos a los presos).
Parece una pieza de museo como el propio café y algunos paisajes del mismo barrio que se van extinguiendo lentamente con la tecnología. En otra época lo usábamos para pasarle algún número al quinielero o para avisarle a la patrona que llegaríamos un poco más tarde porque se había armado un buen truco.
Antonio llegó al barrio en los primeros días de marzo, cuando el verano empieza a despedirse entre el calor de las ilusiones que no fueron y las hojas de los árboles de otoño poniendo de amarillo y ocre las calles de Barracas.
Todas las mañanas, de lunes a viernes, lo trae una joven mujer que según versiones del Gallego, es la hija (dice llamarse Inés). Lo acompaña a sentarse en ese lugar lejos de las ventanas, y le pide un café con leche con medialunas de grasa. Después, al mediodía pasa a buscarlo y se despide con cortesía.
Calculo que tendrá más de 80 años y la pinta de haber sido un hombre elegante, de aquellos de buen porte como los galanes de los 50. Es limpio, cortés y educado, con cierto aire de seductor, parece haber sido un viejo director de escuela o algo por estilo.
Cuando entra al salón me saluda con un gesto de su cabeza y trata de sonreírme aunque esforzadamente. Yo le retribuyo el saludo de la misma manera y le doy los buenos días a la joven acompañante.
Los comentarios sobre el nuevo parroquiano comenzaron a circular como los chimentos de un pueblo. Que la hija esta refuerte, que sufrió un ACV, que en su juventud fue un ajedrecista famoso, que estuvo casado con una bailarina de tango, que era escritor y poeta y no sé cuantas cosas más. Lo único cierto es que lo habían visto más de una vez  sacar un paquete de naipes del bolsillo del pantalón y barajarlas sobre la mesa con una mano como si fuera René Labanc.
Pero el más interesante de los chismes lo relató con lujo de detalles Joaquín, el mozo.
-Negro, te juro que una mañana de lluvia lo vi jugar solo al truco. Repartía las cartas como si tuviera un oponente, orejaba las cartas, se cambiaba a la silla de enfrente, orejaba las cartas y volvía al lugar de origen y cantaba envido. Después ocupaba el sitio del otro jugador y pensaba en qué contestar.
Un día estuve tentado de no ir a trabajar para observar a Antonio jugar a los naipes y comprobar con mis propios ojos la historia pero desistí. Los recuerdos de mi madre me dolían cada vez que esa otra  escena se volvía a aparecer disfrazada de enfermedad mental cuando solo se trataba de una sana locura.
El Gordo, el Mirón y Sandoval que tenían horarios de trabajo más libres se turnaban para observarlo y al atardecer compartíamos las experiencias. Te juro que es cierto, yo lo oí mentirse a sí mismo y creérselo, decía el Gordo, mientras agregaba un comentario sobre el culo de la hija. Y lo vi reírse y lamentarse a la vez, no es uno son dos jugadores distintos en uno solo, dijo el Mirón. La máxima la hizo el día lo escuché putearse y reputearse en un genial truco, retruco, quiero vale cuatro, agregó Sandoval.
Una mañana se acercó la hija a mi mesa para pedirme que por favor lo vigilara, que Antonio tenía un mal día, que le siguiera la corriente, que de ser necesario le avisara al Gallego para que la llamara si hacía falta. Y sin dudar compartí la opinión del Gordo acerca de sus atributos.
Entre nuestras risas e ironías sobre el loco de los naipes un dejo de compasión rodeaba siempre la charla y casi nos convertimos en cuidadores celosos de su salud.
A veces cuando lo observaba a Antonio veía a mi madre de 90 años sentarse a la mesa de la cocina para jugar a la escoba de 15, la vi cambiar de lugar, barajar y echar las cartas. Recuerdo como si fuera hoy, verla levantarse para encender la hornalla y prepararse un mate, y pedirme:


-Negrito, cuidame por favor que no me mire las cartas.

Liliana Isabel González

Abrir y otros cuentos Liliana Isabel González

ABRIR
Daba miedo entrar. La pieza era una trinchera en medio de una guerra no declarada. El lugar latía. Se expandía al ritmo del acopio desordenado. Tanto acumulado ahogaba la vista. Un hilito de pinotea libre habilitaba el ingreso desde la puerta al escritorio. Telgopores cuadrados cúbicos y trapezoidales recortes, maderas, pilas de maderas superpuestas, apoyadas unas sobre otras, en actitud defensiva ante cualquier posible intromisión, herramientas, caños, un teclado nuevo y polvoriento, un cuadro de alguien encadenado a su frustración, un brazo de animatronics, latas de pintura, un tacho de basura plástico y rebalsado, una lámpara que no prende, platos y tazas con rastros de comida, un placard lleno que vomita ropa, una cama marinera testigo mudo de un conflicto no resuelto, una ventana con prohibición de ser abierta, un sol que se queda con ganas de iluminar tanta tristeza.

CUANDO
Cuando se encontraron, la vida los miró asombrada, se desperezó y descubrió la esperanza.
Cuando se encontraron, sus cuerpos recuperaron la alegría del movimiento.
Cuando se encontraron, el mundo se detuvo detrás de ellos para escuchar  palabras  nunca escuchadas.
Cuando  se encontraron, se reconocieron y recordaron que juntos, habían vivido en otro tiempo.
Cuando se encontraron, las manos suavizaron los gestos, hasta hacerlos alas.
Cuando se encontraron, se preguntaron donde habían estado.
Cuando se encontraron  ...
Quiero estar con mi mamá

¡QUIERO ESTAR CON MI MAMÁ!
No me da vergüenza susurrarlo al oído de la maestra. La extraño. El banco es una montaña de pañuelitos de papel húmedos y apretados. Los chicos me acompañan si me ven moquear. “Dale Manuel somos tus amigos” dicen. Yo solo quiero escaparme y no volver más. Miro por la ventana y juego con el cielo celeste Me vendrían bien un par de alas. La garganta me aprieta. Las lágrimas se escapan a borbotones. Lloro sin parar. Escucho que la escuela es mi lugar. Abro la carpeta escribo el día y pruebo ser grande aunque sea un ratito nada más.

¿CÓMO SE HACE PARA NO TRABAJAR TANTO?
Suplicó la anciana verdulera del barrio, con su cuerpo empequeñecido, vestido de cansancio melancólico  y con la mirada dirigida a su Bolivia amada.
Yo puedo pegarle porque soy el hermano más grande la desafió el niño a ella, que vestida de colores, intentaba organizar la fila para que cada uno recibiera dulces envueltos con donaciones.
¡Dame más! repetían los pequeños que volvían a enfilarse vestidos de ilusión y con la sonrisa borrada.
Dame plata! le ordenó el niño a la mujer vestida de ilusión. Tengo monedas le respondió. ¡Dámelas!  la increpó vestido de fuego y reclamo.
No se separen caminen juntas hasta la parada del colectivo! les advirtió la mujer vestida de prudencia.
¿Cómo se hace para no vestirse de miedo?
¿Cómo se hace…?
CURANTO

Curanto para degustar solo o en compañía.
para festejar la estación con las verduras disponibles
para saciar el hambre que nos habita
para ¡cocinar! para uno y para todos
para que la casa se llene de olor a comida
para que quien camine por la vereda le despierte un lindo recuerdo


¿para que cocinamos?...para alimentar nuestro día!