domingo, 5 de junio de 2011

MARÍA GREVER



¿RECUERDAS AQUEL BESO?

¿Recuerdas aquel beso
que en broma me negaste?
se escapó de tus labios sin querer
asustado por ello buscó abrigo
en la inmensa amargura de mi ser

Cuando vuelva a tu lado
no me niegues tus besos
que el amor que te he dado
no podrás olvidar

No me preguntes nada
que nada he de explicarte
que el beso que negaste
ya no lo puedes dar

Cuando vuelva a tu lado
y esté a solas contigo
las cosas que te digo
no repitas jamás, por compasión

Une tu labio al mío
y estréchame en tus brazos
y cuenta los latidos
de nuestro corazón.

ALBERTO NOGUEROL


UN DUENDE

Un Duende
ronda que te ronda
los espacios
cargado de enigmas
y misterios,
lleva la fatiga
interminable de lo eterno
y el vértigo existente
de lo efímero,
un espíritu rebelde
una esencia sin estancia
arrasador absoluto de todo
lo que encuentra a su paso,
se intersecciona en el vacío.
Su llegada es una huída
a la ansiosa búsqueda
de una maternal galaxia.
El tiempo es una incógnita
un interrogante sin respuesta
un Dios sin templo
ni milagros,
un Rey sin corona
ni palacio,
un duende
orondo y elegante
que ronda los espacios.

ARACELI OTAMENDI


SIN  PALABRAS

.............
En Homenaje al Día del Periodista

Así me sentía, así estaba: sin palabras. El auto pasó a buscarme a las seis. Sí, a las seis. Era un remise alquilado, dispuesto para mí a las seis de la mañana. ¿Qué iba a hacer entre las seis y las once, cuando llegara el avión?
Llevar las revistas a las radios y a los canales de televisión. En eso había quedado con él. Si salía bien, festejaríamos con champagne. Si salía mal, tal vez comeríamos un sándwich en algún lugar.
El avión llegaría a las once, había que ir a Ezeiza. Esperaría una hora, tal vez hora y media antes, aburriéndome en el bar hasta tener la confirmación del horario.
Mientras, camino al aeropuerto el conductor me contaba su drama; su mujer y sus hijos estaban lejos, de vacaciones, en la playa. Cuando ella llegara, porque no la veía hacía dos meses se iba a separar. Para eso había hablado ya con un abogado. Ella no sabía nada, los hijos tampoco. ¿Qué disparate se le había ocurrido? No podía estar lejos de ella tanto tiempo. ¿Y por eso iba a destruir una familia? Le dije. Me miraba a través del espejo retrovisor. Tal vez tuviera razón, dijo. Piénselo, dije, no haga locuras. Entonces yo era una psicoanalista, lo estaba asesorando, ¿tan fácil había sido escucharlo, decirle eso para que cambiara de opinión? El hombre se quedó callado, seguramente pensando en lo que había decidido apenas unas horas antes. Mis palabras lo hacían pensar: no haga locuras, piénselo…
¿Cómo escribir lo que ocurrió antes? Era de noche. El camino asfaltado nos llevaba por la ruta y ahí empecé a ver todo: cada uno que salía de la casa y ataba el caballo a la puerta del garage como si dos épocas transcurrieran juntas; era de noche, y faltaba mucho para hacer el reportaje a ese desconocido que llegaría en un avión, vestido de fama y de honores al que no conocía, al que nunca había visto. Y para eso habíamos arreglado todo: vestirse lo mejor posible, peinarse, estar antes en el aeropuerto y lograr una nota, una buenísima nota porque había que festejar con champagne el éxito de la revista.
Y esto era algo que estaba ocurriendo, íbamos de noche, por la ruta, había visto a varios hombres en las puertas de su casa atando caballos en la puerta de los garajes, seguramente estábamos en la provincia, y también había visto calles inundadas, casas a las que les había subido el agua al techo y los únicos que se salvaban eran los niños, tan niños, tan pequeños, festejando en los techos, saludando y yo también saludaba porque ellos se habían salvado del agua…
El visitante llegó una hora después, el avión se había retrasado. Al verlo me pareció que tenía una actitud de conquistador que llega a nuevas tierras: Francisco Pizarro pisaba América. Lo saludé, me saludó, eso fue todo. Mis palabras fueron: le voy a hacer una entrevista.
Francisco Pizarro - lo llamaré así - no contestó. Nos dirigimos, yo pensaba, al remise que estaría esperando afuera.
Pero no, todo era tan raro que de golpe se había hecho de noche, afuera del aeropuerto y alrededor todo estaba oscuro, apenas iluminado con algunas estrellas.
Un auto estaba esperando a Pizarro y el remise que debía esperarnos se había ido. Tal vez el conductor iba a buscar a su mujer y a las hijas a la playa lejana.
Pizarro indicó el auto como si yo supiera lo que me decía: dentro del auto estaba una mujer y otra pareja, la radio a todo lo que da tocaba música de tango. La mujer y la pareja comían trozos de sandía y el chofer esperaba que Pizarro y yo nos acomodáramos. No tuve más remedio que pensar que todos eran extranjeros: querían escuchar tangos en Buenos Aires y querían hacérmelo notar, que yo supiera que a ellos les gustaba esa música y que también comían una fruta como la sandía porque era verano y se acomodarían a cualquier cosa que les ofreciera la gran ciudad.
Ya estaba en el baile y había que bailar. El auto disparó por la autopista y me pregunté hacia dónde. Yo tenía otros planes en mente: hacer la entrevista, editarla, llevarla a la revista y de ahí seguir y a otra cosa.
Pero después de unos diez minutos el auto se detuvo en una especie de restaurante. Pizarro seguía mudo, y yo pensaba en las preguntas que iba a hacer para que la entrevista saliera lo mejor posible. En el lugar, todo se había dispuesto como un espectáculo. Parecía más una pulpería antigua, hecha a propósito para turistas. Nos sentamos, pedimos un café, bebidas. Y entonces apareció el mago y se dedicó a hacer sombras, animales en una pantalla. Eran sombras chinescas y afuera, por la ventana se veía la noche azul, oscura, como en un cuadro. Y yo me preguntaba qué estaba haciendo ahí, en ese lugar, con una entrevista y mil preguntas en la mente, cómo explicaría lo ocurrido, cómo explicarme a mí misma esa situación…
la mente, cómo explicaría lo ocurrido, cómo explicarme a mí misma esa situación…
-¿Otra vez escribiendo? - preguntó él, varias horas después que Pizarro, la mujer y la otra pareja llegaron a un hotel céntrico y yo me fui tan desconcertada como lo había estado a partir de la llegada del personaje…
- Sí - otra vez
- Me imagino que habrás hecho una buena entrevista, el personaje daba para mucho.
- Sí, tal vez
- Lo decís dudando…
- Es que … no sé, cómo decirlo…
-¿Por qué?
- Es un personaje que no habla.
- ¿Y entonces?
- Nada, entonces, nada. No dijo una sola palabra desde que pisó Buenos Aires.
-¿Qué hizo?
- Escuchó música de tango y comió sandía.
- ¿Y no podés escribir algo sobre eso?
- Lo estoy haciendo
- Quiero leer la nota esta tarde, apuráte.
Era cierto. El personaje no había dicho una sola palabra y yo me había olvidado de relatar algo: durante el viaje desde el aeropuerto hasta el hotel, antes de llegar al restaurant nos encontramos con unas ovejas. No eran ovejas comunes, eran azules, verdes, de color naranja. Algunas estaban esquiladas y envueltas en lanas de colores brillantes, fosforescentes. Pizarro y la mujer se empeñaron en tocarlas. Las ovejas, muy contentas cruzaban el camino de un lado a otro. Y era entonces que nadie tenía palabras para explicar lo que ocurría. Y por eso escribo, por eso escribí esto, para dar testimonio. Porque hacer la nota con ese personaje mudo fue imposible, no dijo una sola palabra. Y tengo que cumplir, entregar la nota como sea, esta tarde es el cierre de la edición, y seguramente no habrá champagne como habíamos planeado, tal vez un sándwich, tal vez, quién sabe.

Publicado en la revista Con voz propia, dirigida por Analía Pescaner

MARA ROBLEDO

EL POLVILLO DE LA PÁGINA MARCADA

Esta vez le toca a Carmen mudarse. Hoy cumple 30 años. A la dueña del Residencial de los Viajantes, no se le escapa la edad de sus empleadas. Las quiere jovencitas. Cumplidos los 30, deben irse. Esto es un trato que las empleas suscriben de entrada.
Con todo, a Carmen le cuesta saberse en la calle. El tiempo y el espacio se le han vuelto por demás tangibles. Tiene 30 años y ha quedado en la calle. Parece mentira, piensa. O eso cree que está pensando. La mente no se expresa únicamente con palabras. La voz en off de alguien que piensa, es un recurso del cine. No es cierto que se piense en voz alta. Las palabras nunca son lo bastante precisas. Las imágenes, tampoco.
Carmen no lo puede creer, si eso es decir algo. Hace un momento, descendía por una escalera, en el interior luminoso del Residencial, cargando con unas pocas ropas y unos cacharros de cocina... ah, y "The Woman at the Whashington Zoo", el libro de Randall Jarrell que le regaló el viajante de "Lamium", poco antes de que la editorial se fundiera. Los ventanales traslucían un resplandor empañado de luz verdosa. El brillo de un solo árbol, desde la vereda, esmaltaba la blancura del interior. Ahora Carmen parece desandar imágenes cóncavas, ecos blandos de un sueño. El fondo de la calle por donde camina, vacila en los pasos de un hombre y una mujer -una pareja de hombre y mujer, es evidente- que avanzan contra la resolana. Como esquemas de moldes de costurería, el busto rojo, la oscura pollera acampanada de ella, y la camisa inflada, el pantalón azul remarcando las piernas encorvadas de él, se juntan y se separan, se superponen y recuperan el tono diferenciado de cada pieza -ella resaltada por sus ropas, él por las suyas.
Hace un momento, una música maquinal colmaba hasta el último rincón del edificio, como ahora el reflejo de sus acordes metálicos vibrando por las vértebras de Carmen. La empujaba, la música la empujaba a subir por la escalera hasta el altillo que estaba desocupando. Al salir, cargando con su equipaje deforme, sintió que la música crecía hacia fuera, ayudándola a despedirse de algunas cosas, lo que no significa que esas cosas la saludaran. Las cosas no saludan a nadie, y nadie es una mujer que cumple 30 años y está en la calle.
Encandilada por el asfalto, ha buscado a tientas la puerta de un bar. Nadie adentro, nadie más que el mozo mirando a un comentarista deportivo en el televisor. Sentado en la barra, no ha girado en la banqueta, sigue de espaldas a Carmen. 10 minutos así, lleva Carmen con el libro de Jarrell abierto sobre la mesa, cuando un golpe de aire del ventilador de techo descubre la página 181, marcada por una mancha pálida. Carmen huele entre sus dedos el polvillo de un pimpollo prensado. Fue esa última noche con el viajante de "Lamium", cuando le regaló el libro, que Carmen se reía a gritos viéndolo acuclillado en la cama, sin conseguir una mínima erección. El viajante no paraba de decir: "Pensé: si no pasa nada... Y no pasó nada. Aquí estoy." Se reía de sus palabras enigmáticas. Carmen no sabía que el viajante estaba citando a Jarrell. Ahora sí, ha empezado a leer ese poema, "La cara", en ese libro de nombre sugestivo, "La mujer en el Zoológico de Washington". Carmen ha desempolvado su espejo.

  (Santa Rosa, La Pampa)

NORMA PADRA



ABISMO

El más espumoso vino del abismo
cauteriza un instante de tristeza
la perdida de un dios
en el ritmo del océano.
El ritual de un oficio
fermentado destino de
un cuerpo olvidado;
de tu nombre frágil
trémulo, se revela
como fiera subterránea.


FLOR

Nunca besé un poema,
aunque él esté aquí
rozando suavemente
             mis labios,
en las horas
      de los
             más
dolorosos
             silencios.
Y dejo
una flor en él,
para compartirla
            contigo.


 COSTA

Llega el atardecer
la playa de oro
arde.
Hay un mar
                  nocturno
y otro más
                  con luna
reflejada
hasta la madrugada.
Y otro mar
más profundo
de sabor amargo
con arrecifes sangrantes
sediento
que me apuñala.


FRAGIL

El corazón del ángel
        viste orquídeas
                  blancas
para los niños muertos,
los que abrazaron las estrellas
                   solitarios
olvidados
              deshabitando
los secretos de las palabras.

sábado, 4 de junio de 2011

LILIANA B. LA GRECA


CASI LLUVIA

La sensación extraña de esa gota que fluía pausada y libremente por el camino sin rieles de mi espalda, me anunciaron otra vez la llegada del verano.
Será por eso que el mal humor se empecinaba en aflorar caprichosamente en cada una de mis acciones del día.
Soportar la interminable cola fuera del banco, los eternos e infaltables cortes de luz, los ocho pisos por escalera después de todo un día de trabajo y el calor de la hornalla, incisivo e imperturbable flameando ante a mis ojos como burlándose frente al castigo de cocinar ese día.
Quietud. Ni una sola gota de aire. Gotas y gotas. Gotas de agua para cuidar, porque el motor hace casi un día que no puede subir agua al tanque del edificio… Gotas, las que veo caer desde mi balcón, provenientes del aire acondicionado del vecino del edificio iluminado de al lado... El ruido de aquella gota que cada noche perfora mis silencios desde la canilla del baño…
Golpean la puerta y al abrir… la gota que rebalsó el vaso…

GLADYS LUNA


EL DÍA QUE TE PERDÍ
 
Era una tarde fría, gris, de lluvia, del mes de julio. Comenzaba la hora de literatura, yo sentado debajo de la ventana; a mi lado Martín, inquieto, distraído, conversador. Ese día cuando ella comenzó a leer, se notó que no era un día más. Generalmente mi compañero ante las historias o cuentos, se reía o realiza bromas en voz baja.
Pero ese día se podía notar que estaba concentrado, expectante.
Quizás fue la historia de una abuela que cuidaba desde muy pequeño a su nieto lo que lo atrapó, las frases que escuchaba, las estrofas de canciones, a medida que la vida de la abuela se apagaba en el cuento los ojos de Martín brillaban, como si algo recordará.
De pronto se abrió la ventana, por ella apareció la abuela Anita, que se me acercó y me dio un beso en la frente como siempre, yo no sentí vergüenza a pesar de estar junto a mis compañeros, después me regalo una caricia, su sonrisa tranquila y se esfumó tan rápido como había aparecido, sin que pudiera emitir palabra.
Cuando finalizó el cuento, sonó el timbre y con él llegó la hora de retirarse, al ver a mi mamá en la puerta, sus lágrimas se confundían con la lluvia, yo ya sabía porque lloraba.

SILVINA M. SÁNCHEZ



LA LIBRERIA

Ingresé a ese lugar y la primera sensación que tuve fue de frescura, tal vez porque venía de la calle y el día se presentaba muy caluroso y húmedo lo cual me molestaba mucho… en cambio aquí todo era diferente, un aroma a perfume floral inundaba el salón fresco por el aire acondiciona, el ambiente era confortable y bastante tranquilo.
Comencé a avanzar con mi fiel amigo (el bastón blanco) que me acompaña a todos lados, el lugar parecía bastante desolado.
Continué caminando en forma pausada intentando acercarme hacia donde escuchaba voces, aún algo alejadas, cuando de repente me choqué con unas sillas y una pequeña mesa que se encontraba en el lugar. Entonces me di cuenta que estaba en el sector de lectura y que el ambiente estaba tranquilo.
Retomé la marcha por el camino inicial y de repente sentí que se me acercó alguien, que muy gentilmente, me acompañó hasta el sector de ventas de libros.
Al llegar allí un gran murmullo inundaba el lugar, voces de chicos, vendedores, ruidos de una máquina (tal vez la máquina registradora). Me quedé ahí con un número en la mano esperando ser atendido...

MÓNICA ISCHIO



EL BIKINI AMARILLO 

Apenas tenía 17 años, se supone que es una edad donde una se ve espléndida, sin embargo nunca me lo creí, trataba de estar al último grito de la moda pero siempre caía en la "MODA CLÁSICA".-
Hacía mucho frío, era el 29 de Julio, el día que se casaba Lady Dí, caí enferma con muchos vómitos, y a medida que pasaba la semana, iba bajando de peso, 1 kilo por día; diagnóstico: Hepatitis.-
Mi estómago no aceptaba nada ni siquiera las cucharitas de seven up, que me daba mi mamá.-
Después de 3 días, sin alimento, me costaba levantarme e ir al baño, estaba tan débil que me sostenía de las paredes.-
Mi padre me llevó al Hospital a upa para sacarme sangre y ahí ratificaron la enfermedad, con el clásico 45 días de cama.-
Nadie podía visitarme por el contagio así que hablaba por teléfono con voz moribunda.-
Lo que más recuerdo de ese momento, fue cuando fui a bañarme y me conté las costillas, y en mi soberbia tipo modelito quinceañera, pensé: por fin voy a poder usar bikini….

UNA LEYENDA...


LEYENDA DE LAS AGUAS TERMALES DE COPAHUE
Publicado en la revista El Mangrullito Patagónico, dirigida por Paulina C. Uviña

Las leyendas pretenden explicar el origen de las cosas a través de la ficción.
Y los mapuches, que vivían cerca de la cordillera de los Andes, también lo hicieron para narrar el porqué de las aguas termales de Copahue.
Ellos cuentan que Copahue era el nombre de un cacique muy guerrero y valiente, temido por todas las tribus cercanas.
Sin embargo, pese a esa fama, dicen que su batalla más terrible la libró solo y fue por amor y no por ambición y así lo cuentan:
"Una tarde, Copahue y sus hombres regresaban de Chile cuando el viento constante, que los había acompañado desde el inicio del cruce de la cordillera, empezó a soplar cada vez más y más fuerte, hasta convertirse en un verdadero huracán levantando polvo y haciendo volar hasta las piedras. Grandes rocas comenzaron a rodar ladera abajo amenazando a la expedición que continuaba avanzando penosamente.
Finalmente, un derrumbe disperso a los hombres de Copahue y este quedó solo y herido por los proyectiles que el viento había lanzado contra su cuerpo. En esas lamentables condiciones intentaba orientarse en la semioscuridad del crepúsculo y encontrar un refugio para pasar la noche. Entonces divisó un resplandor hacia donde se dirigió para descubrir la curvatura de un toldo iluminado por el fuego.
Debajo de ese toldo encontró a una bellísima joven que le dijo:
-Hola, Copahue, podés entrar. Mi nombre es Pirepillan.
La hermosa muchacha curó las heridas de Copahue y cuando ya se retiraba le predijo:
-Estoy segura de que llegarás a ser el más poderoso de los mapuches, pero eso te costará la vida.
Copahue, mientras regresaba a su pueblo, no hacía más que pensar en Pirepillan sin darse cuenta de que se había enamorado perdidamente nada menos que de la hija de la montaña, el hada de la nieve.
Y tal como se lo profetizara Pirepillan, Copahue llegó a ser el más grande, rico y poderoso cacique mapuche, admirado y temido por todos.
No obstante, el recuerdo de la bella joven lo acompañaba siempre y ninguna otra mujer podía complacerlo. Entonces, salía a caminar solo, con la esperanza de encontrar nuevamente aquel resplandor en la montaña que le había hecho conocer a Pirepillan.
Un día, un mapuche que venía del Norte, contó la el hada de las nieves estaba presa en la cumbre del volcán Domuyo, donde un cóndor de dos cabezas y un tigre feroz cuidaban de que nadie se acercase.
Copahue decidió ir a rescatarla y, bordeando la Cordillera del Viento y siempre siguiendo hacia el noroeste, se preparó para escalar la gran montaña.
Los machis de la tribu trataron de desalentarlo y le explicaron que se trataba de un hechizo y que, por lo tanto, no debía ir y agregaron que para vencer ese hechizo necesitaba un talismán especial, más valioso que el oro y más fuerte que el poder.
Pero el amor que Copahue sentía por la hija de la montaña fue más fuerte que las palabras de los machis, y partió.
Escalar el Domuyo era una aventura difícil porque la ladera rocosa, casi sin puntos de apoyo y llena de filos y puntas traicioneras, lo ponían en peligro de caer al abismo a cada paso.
Pero Copahue estaba tan decidido a salvar a su amor, que continuó subiendo y le rogó a Nguenchen que lo ayudase y le diera la oportunidad de luchar contra el temible cóndor de dos cabezas y el feroz tigre, a cambio de toda su riqueza y poder.
Y Nguenchen escuchó su ruego porque, inmediatamente, Copahue divisó el resplandor que brotaba de una grieta de la montaña, pero antes de poder llegar, un enorme puma colorado se abalanzó sobre él. Copahue rechazó el ataque con su lanza y el tigre cayó al abismo.
Al entrar en la caverna, Pirepillan dijo:
-Por fin llegaste.
Copahue iba a abrazarla cuanto el cóndor de dos cabezas arremetió ferozmente dando picotazos con sus dos poderosos picos. A Copahue solo le quedaba su pequeño cuchilo y con él se defendió y pudo cortarle las dos cabezas.
Pirepillan guió a su salvador por una pendiente que ella conocía, accesible y empedrada de oro.
Copahue, sin creer lo que estaba viendo, gritó:
-¡Era verdad!, este es el famoso tesoro de Domuyo...
Pero Pirepillan no le dejó tomar una sola pepita y le dijo:
Copahue, el tesoro siempre fue da la montaña y vos no subiste hasta acá por el oro. Ya estamos juntos y no necesitamos más.
Y así regresaron hasta el pueblo de Copahue, donde vivieron felices durante muchos años. Sin embargo, la gente del pueblo nunca quiso a Pirepillan porque pensaban que por culpa de ese amor, su jefe había dejado de ser el gran guerrero que ellos querían y admiraban y, cuando los mapuches de Chillimapu los derrotaron y mataron a Copahue ellos decidieron vengarse matando a Pirepillan.
Ella, condenada a morir, invocó con todas sus fuerzas a su amado que una vez la había salvado:
-¡Copahue, Copahueee...!!!
Su grito enfureció aún más a los mapuches que se apuraron a derribarla y con sus lanzas hicieron brotar su sangre transparente de hada de la nieve.
Es por eso que allí, en ese mismo lugar, al pie de la montaña, aún hoy sigue corriendo su cuerpo deshecho convertido en agua sanadora.

RICARDO ALLIEVI

 
BENDITA SEA LA TURCA

Decidió interesarse en las Leyes de Mendelson. Buscó libros en librerías nuevas y viejas. Revolvió kioscos del parque hasta que encontró un libro viejo que las tenía. Fue al café de la esquina, pidió uno y se dispuso a leer. No pudo concentrarse ni siquiera en el índice del libro que estaba arrancado. Buscaba algo sobre los genes o factores dominantes y recesivos de la herencia. No era sencillo de entender.
Un montón de chicos gritaba y jugaban al fútbol. Pasaban autos y colectivos. Ruido de bocinas y motores. Cerró el libro, pagó el café y se fue al negocio de la turca. La Turca lo volvía loco y algo más- Le sonrió del otro lado del vidrio y fue correspondido. Se metió adentro del local con una excusa cualquiera y empezó a conversar con ella. Eran imposible tantas cosas lindas y juntas en una sola persona.
Extendió su conversación lo más que pudo en preguntas. Suerte que no entraba nadie. Estaban los dos solos. Volvió a mirarla otra vez y entendió las leyes de Mendelson sobre la herencia, sin haber leído nada; solo mirándola hasta quedarse bizco siempre que lo havía al pasar por el negocio de la turquita.
Tez blanca, apenas rosada, nariz justa y proporcionada a esa cara, con ojos celestes verdosos claros, pestañas negras y muy arqueadas, cejas tupidas, negras, cuello, busto, cintura, caderas, glúteos, piernas… una verdadera diosa, su justo arquetipo. Recién se enteró que su apellido era Favale y quería decir la favorita de Alá. En su sangre había mezcla de turcos, árabes, alemanes y paraguayos. Un hermoso crisol de razas con lo más dominante de cada una.
Al irse, dejó el libro sobre el mostrador para tener la excusa de volver a buscarlo al día siguiente. Ya no le interesaron las leyes de Mendelson y los factores dominantes y recesivos de la herencia. Ahora le interesaba Alá y la turquita. Ella le había conquistado el corazón y no se cansaba de mirarla y admirarla. Seguiría pasando por el negocio y conversando con ella. Volvería todos los días hasta que le diera una chance para salir juntos. Cuando dejó el negocio para volver otra vez más tarde, se dio vuelta y dijo:
-Benditos sean ella y Alá. Me conquistó el corazón. Espero que Alá ablande el de ella. Me mata. No aguanto más.

MÓNICA TARRAB


INCONCLUSO

Te pedí desde el comienzo, que no me dejaras encerrada justo vos, que me enseñaste a odiar los bordes del tiempo. Como te dio igual, el resultado está a la vista de nadie. No me conocerán por tu culpa. Tu cuento duró lo que la vida de un insecto.
Intelectual de estopa, me hiciste bailar en todas las pistas terrenales, me completaste con las piezas que habías escamoteado al mundo, por desearme imperfecta.
En el único lugar donde estuve, lloraba de risa y balbuceaba palabras de ensueño, que no fueron mías. Jamás te creí, cuando tratabas de convencerme de que era real.
El límite fue menos de una página, lo que tardó tu insomnio y mi desconcierto. Yo quería amanecer un día más ahí, cuando me imaginaste huyendo. No respondí la vez que me entregaste el corazón. Supe desobedecerte para ser libre, y me negué a crecer.
No alcancé a ser tu sueño, sino protagonista de un invento creativo; de aquel relato breve que un accidente archivó. Ya tiene un contorno ajado, amarillo y seco.
En cualquier tiempo que vuelvas tendré la misma edad que guardó tu memoria, en esa hoja de papel.
La inspiración será entonces, y traerá otro cuento, con una mujer parecida a mí.

ALICIA PARACAMPO



OBJETIVO CUMPLIDO

...Te levantaste de la silla lentamente, mirando a tu alrededor incrédula, buscando respuestas en los rostros de todos los que te rodeaban sin hallarlas, ni escuchaste siquiera todas aquellas frases que retumbaban en la habitación y se amontonaban dentro de ti, aunque no eras capaz en ese momento de decodificar ninguna de ellas, miraste hacia la ventana, a través de la cual podía observarse un día claro con un cielo cristalino de color azul celeste teñido por los rayos de sol que inundaban el recinto. Con el correr de los segundos que parecían una eternidad, la expresión de tu cara fue variando del asombro inicial a una serenidad absoluta que trasmitía la inmensa satisfacción que henchía tu pecho. Juntaste todas aquellas hojas que habías desparramado en busca de esas respuestas que parecía que nunca ibas a encontrar y las guardaste en el portafolios que te había acompañado últimamente a todas partes.
Y así, feliz, cruzaste la puerta para reencontrarte con tu mundo, ése que habías dejado de lado los últimos días.

JUANA SCHUSTER


LA MAGIA DE LA NOCHE

En la magia de esta noche,
aparecés con tu colmena de palabras dulces.
La cajita se abre y la melodía
captura dos almas que se reencuentran.
Cuando me abrazas, me despojas
del temor de volver a naufragar.
Y las caricias se mecen en la luna menguante
que nos espía celosa.
No digas nada.
En la luz de tu mirada,
está escrito el abecedario
más corto y más largo del mundo.
Porque en la magia de esta noche,
el destino se suspende…
Y ya pertenecemos a lo invisible.



FLORES DE INVIERNO

Aquí, en la cabaña, junto al fuego,
tengo el corazón dolido de viejos amores.
Se va la noche por la colina celeste del alba
y caen con lentitud los copos de nieve,
cual flores de invierno arrojadas sin prisa.
Mi espíritu se echa a andar solo
como en un velamen soplado por vientos
y te encuentra en las aguas azules
embriagado por hondos recuerdos.
Aislados estamos por sauces muy blancos
mi mano se desliza hasta alcanzar la tuya
y en mi menuda muñeca siento tu presión.
Mi boca aguarda ese beso que hoy se demora
te pido palabras, te ruego caricias, pero
me doy cuenta que aquí en la cabaña…
estoy yo muy sola.

CLAUDIA VITUZZI


HOMENAJE A LOS MINEROS

…y fueron bajando por ese túnel estrecho, pasaron por cuevas oscuras y pequeñas grietas, vieron arroyos, piedras, lava, se estremecieron con el silencio, la soledad, la sed, el hambre.
Pensaron en sus familias, sus casas, la calle, el aroma humeante del café y el pan tostado del desayuno; los atardeceres rojos y las heladas lluvias del invierno. Sintieron miedo. Permanecieron tristes, mugrientos, desolados, sin esperanza. Lloraron. Pasaron días y noches sin ver el cielo; ni sol ni estrellas. Interminables horas callados, con frío, sin sueño.
Fueron recordados por su pueblo.

EVANGELINA MENDOZA


MIRADAS QUE NOS HABLAN

Tu mirada me enternece; tus pestañas caídas mirando hacia la nada... o hacia todo… Miro las grietas de tu piel, seca, gris, y pienso en el transcurso de tu existencia, tus tristezas y felicidades; si habrás sido lo esperado por tu naturaleza. Tus párpados muy oscuros, son como un pozo profundo… y me pregunto por qué no logro ver la felicidad en tu mirada y que tan responsable somos que esto así no sea…

VALERIA VACCA


LA BUENA VIDA

Prruuuu, prruuu, miau, miau, ¡qué cansancio que tengo! ¡Cómo me hizo correr éste ratón, de un lado a otro, de aquí para allá! ¡Encima el perro de enfrente cada vez que pasaba me quería morder!
Prruuuu, prruuu, y que se le va a hacer, todo el día, todos los días es la misma historia. Si no es el gato del baldío es el perro de enfrente. Si no es el perro de enfrente es este ratón que se le ocurrió aparecer hace un par de días... ¡Hace un par de días!, pensar que antes si vivía una vida de príncipe, todo el día tirado en esos almohadones mullidos, esponjosos, con olorcito a lavanda…Y si, la buena vida se acaba y me toca trabajar, porque sino espanto a los ratones a mi me sacan tarjeta roja y me mandan al jardín botánico, o lo que es peor al jardín japonés, con todos esos peces… ¡Hummmm, peces…! Grandes, de colores,¡Hummm...! ¡Miauuuuuu…! Mi plato está todavía vacío, ¿se habrá acordado de comprarme mis trocitos?

 

ROXANA DE LA VALLINA



LAS TARDES DE BERENICE

Era una tarde de verano casi oscureciendo. Berenice estaba esperando con ansias ese momento, ya que era el único momento en que se encontraba con ella y con su verdadero placer. Tenía que terminar su obra, así ella las denominaba cuando las exponía: -"¡Miren mi obra!", exclamaba alegremente y con orgullo. Ese era su momento, en el que se desconectaba del exterior y se dejaba ser. Para lograrlo, desechaba su ropa, la dejaba a un costado y se conectaba con su arte. El patinado era su momento preferido, lo hacía con mucha dedicación y una especial concentración. Este era el paso previo para terminar. Como era muy perfeccionista, siempre encontraba algo para reparar.
Con esta actividad acompañaba el atardecer, recibiendo con este la llegada de la noche. Mucho silencio a su alrededor, pero con una alegría bulliciosa en su corazón.

JERÓNIMO CASTILLO

 
..........................SONETOS

VECINDAD CERRIL

Por donde fija el ojo en la ladera
imaginario límite preciso
para que el canto aurífero y conciso
arme con notas musical carrera,

saltando entre las piedras la primera
canción del cerro que el murmullo quiso,
fundó el itinerario como aviso
de los mensajes de la primavera.

Y así las voces hablan de colores
y en los matices nacen incipientes
arsenales de pintas y rubores.

Airosos los entornos y salientes,
magnifican los frutos y sabores
con la vida que entregan en sus fuentes.

 
RESPUESTA II

Cuando cierro la página del día
en el cuaderno donde tomo nota
de todas las penurias o derrota
con que la suerte borra mi alegría,

siento que vuelco en la blancura fría
la parte oscura que de pronto brota
con rebalsado vaso gota a gota
para iniciar la noche que hago mía.

Pero a la aurora de regazo tierno
tengo de nuevo página dispuesta
donde inscribir el contenido interno.

Si es que por ello me consumo en esta
búsqueda inútil del igual cuaderno,
respiro cuando encuentro mi respuesta.


OFRENDA LUNAR

Porque se fue el asombro comedido
desde la luna impávida y naciente
como un fugaz destello de la fuente
que se perdió en el último latido,

aro nació, exánime y perdido,
sendero arriba de la faz doliente
mientras en torno y consecuentemente
se hacía uno el canto junto al nido.

Las esquirlas de rayos señalaron
un distinto camino y geografía
donde albores de insomnios se crearon.

Ya en la ruta del cenit la porfía
se hizo cuerpo de luz donde ofrendaron
nacimiento y paisaje al nuevo día.


(San Luis - Argentina)

ESPACIO NORMA PADRA
Café literario

TU CITA ES EL SABADO

18 de Junio a las 18.30 hs.


y todos los terceros sábados de cada mes.
Programada en "La Subasta"
Río de Janeiro 54, cap.

-Entrada libre y gratuita-
Coordina: Norma Padra

www.revistapapirolas.blogspot.com
normapadra@gmail.com