viernes, 25 de octubre de 2013

Susana del Negro



  Recompensa pública  Susana del Negro

¡Hay mi Maxi! Cuándo te recuerdo palpitando entre mis brazos la primera vez que la enfermera te puso en mi pecho! Qué susto tenía! No sabia que hacer con vos, tan chiquito, tan débil…Así que enseguida la miré a la abuela y sin palabras pasaste a ser su responsabilidad! Otro hijo más para criar!, todavía me estaba criando a mi con 16 y el sueño que me recibiera para conseguir un buen laburito, algo que le permitiera a ella poder descansar un poco.
¡Hay mi Maxi!  $50 y unas facturas para el mate me pidió la comadre del barrio para el aborto, cuando tú papá me llevó porque no quería saber nada. Como no los llegué a juntar le di para adelante. Dios proveerá decía la abuela.
¡Pobre mi Maximiliano! Mucho nombre y poca comida, mucho nombre y poca escuela, mucho nombre y poco amor. Criándose solito, a los ponchazos, guachito.
Sin papá, porque desde el día de la comadrona, se borró. Y con una abuela-mamá, envejecida antes de tiempo.
Y yo probando suerte en la Capi, con trabajitos de limpieza, cuando el cuerpo ya no me dió para bailar en los boliches, ni atender clientes y entre el chupi y el paco quedé perdida.
Después que murió tú abuela no tuve más noticias tuyas, porque yo siempre preguntaba por vos y cuando podía te pasaba unos pesitos, como para ir tirando. Ella me mandaba alguna foto para que viera como estabas creciendo, creo que esta es de cuando te ficharon la primera vez y le pidió al cana que le hiciera una copia para mandármela.
¡Hay mi Maxi! Hoy después de tanto tiempo te re- encuentro en este afiche que dice que estás muerto y por información por los responsables de tu homicidio ofrecen $200.000! ¡Cuánta plata!

Marta Becker



El cuartito del fondo Marta Becker

Domingo de invierno. Lo que comenzó como una llovizna es ahora un diluvio que oscurece el pueblo. La tierra se convierte en barro y el fuerte viento desgarra las pocas hojas de los árboles, que se van correntada abajo hacia las alcantarillas atestadas. 
En el bar están reunidos los de siempre, más tres o cuatro ocasionales que se escaparon de sus casas para matar la tarde y se refugian de la lluvia entre las cuatro paredes del único punto de reunión abierto.
Venancio, el más viejo de los todos los viejos que quedan en el pueblo, encuentra que la ocasión es propicia para los recuerdos y les propone a los presentes contarles una historia.
Mientras todos se acomodan a su alrededor –Venancio es famoso por sus cuentos- el viejo le hace una seña al hombre ubicado detrás del mostrador –Traéte una botella de ginebra y varios vasos- dice – que la ocasión bien lo vale-.
-¿Se acuerdan ustedes de la enorme casona ubicada en los terrenos que alguna vez fueron del general Paz? Bueno, el tema empieza por ahí. O mejor dicho, comienza cuando don Moisés se escapa de Polonia y se viene para estos pagos. Enseguida lo bautizan el Polaco, porque su apellido era impronunciable de tantas consonantes juntas.
Como todos los europeos, llegó sin nada, sólo con las garras suficientes como para empezar una nueva vida. Trabajó como un burro, removió la tierra con sus propias manos y de a poco se fue armando de un capital. También tuvo tiempo para arrimarse a una moza del pueblo –la María-  hija del encargado de campo del Gral. Paz.
El general, que estaba bastante mayor, conocía a la muchacha desde su nacimiento y la quería como propia. Ella lo cuidó hasta el momento de su muerte, luego de lo cual se enteró de que había sido nombrada única heredera de toda la propiedad, casa y terreno incluido.
Fue una buena oportunidad para el Polaco, que no era lerdo ni perezoso, y se casó con la chica.
Como la casa estaba bastante destruida la demolió y mandó construir una casona enorme, que se fue llenando de hijos. Pero aclaremos un tema –continúa contando Venancio- cada vez que el Polaco volvía borracho –porque la bebida era su debilidad- le hacía un hijo a la María , y ya iban por el quinto varón. Ah, se jactaba a los cuatro vientos de que él sólo hacía  machos, que las mujeres servían para lavar, cocinar y estar a disposición, nada más. Para trabajar la tierra y mandar, sólo los hombres.
A esta altura del relato todos escuchan con atención y la botella de ginebra está vacía.
-Trae otra botella que nos va a hacer falta- dice el viejo- y se acomoda mejor en la silla.
Como casi todos saben –continúa el viejo relator-  a la casa nueva el Polaco le adjuntó un galpón para guardar animales y forraje y, al fondo del terreno, bien separado de la casa, mandó construir un cuartito que servía de depósito para herramientas y cosas en desuso.
Los hijos se hicieron mozos y trabajaban de sol a sol junto al padre.
Un día el Polaco les da la orden de vaciar y limpiar el cuartito del fondo porque les tiene preparada una sorpresa. Curiosos y obedientes cumplen con el pedido.
Una mañana el padre se aparece en la casa con una jovencita flacucha, desabrida, de cabellos largos y mirada triste. Llama a los hijos y les dice con una sonrisa maliciosa –les traigo esto de regalo para cuando la necesiten, vivirá en el cuartito del fondo-.
Los cinco muchachos pasan la vista sorprendidos del padre a la muchacha y vuelta al padre, hasta que se dan cuenta de que el viejo habla en serio, que es solo para ellos, la tendrán a disposición sin necesidad de ir al pueblo a visitar a las prostitutas, sería una comodidad servida en bandeja. Nuestro padre sí que piensa en nosotros, se dicen entre sí mientras disfrutan por anticipado.
Esa noche el Polaco vuelve del bar totalmente borracho. Su mujer lo está esperando y lo encara, reprochándole la presencia de la joven – intuye que su marido también la desea- cuando el hombre se abalanza sobre ella y a los gritos y risotadas le dice –vieja estúpida, llorabas por tu hija, esa que no fue macho, tanto la querías acá te la traje-
María no daba crédito a lo que oía. ¡La hija que él le había arrebatado al nacer y escondió por años era esa muchacha, y ahora la traía para que fuera usada por su propio padre y sus hermanos! ¡Dios mío, cuánto pecado y odio!
Detrás de una de las puertas el hijo mayor, atraído por la discusión, alcanza a oír las palabras del padre.
Venancio hace un paráte del relato, está algo cansado y con la garganta seca, pero los oyentes que lo rodean están ansiosos por seguir escuchando la historia.
Otra vuelta de ginebra y el viejo continúa.
-María siente un fuerte dolor en el pecho, una quemazón que le sigue por el brazo y le falta el aire. Cae al piso como fulminada, el color se le va de la cara y se extingue sin tener tiempo siquiera de llorar.
El Polaco sale de la casa dando tumbos, saca del establo su caballo favorito y enfila para el campo. Está tan borracho que no se puede sostener en la montura y cae sobre unas piedras para no volver a levantarse.
Días después de acomodada la situación por la muerte de los padres, el hijo mayor reúne a sus hermanos y les cuenta la verdadera historia de la chica instalada en el cuartito del fondo, rogándoles, casi en forma de orden, que la dejen tranquila, es su propia hermana.
Ninguno le cree.
De mente tan cerrada como su difunto padre los muchachos no dan crédito a los hechos, sólo piensan que el mayor se quiere quedar él solo con la chica, privándolos a ellos de su compañía. Deciden seguir adelante con los planes del Polaco.
-Y acá se viene lo más feo de todo –dice Venancio a los atentos y sorprendidos parroquianos- el hijo mayor se apostó como guardia frente al cuartito y, cuando aparecieron de a uno sus hermanos con las intenciones que ya sabemos, los enfrentó negándoles el paso. Cada encuentro terminó en una feroz pelea seguida de muerte.
Los fue enterrando también de a uno, con el dolor profundo que se siente al eliminar la propia sangre.
Ahora el silencio en el bar es completo.
¿Y de la muchacha qué fue? preguntan los azorados oyentes.
-Cuando se enteró de la verdad salió corriendo con lo puesto y no se la volvió a ver nunca más- contesta el viejo. Se los juro como que me llamo Venancio… de apellido… impronunciable-.

 

Celia Elena Martínez

 
El abuelo  Celia Elena Martínez




En el verano siestaba bajo  en su reposera  favorita, bajo la sombra del viejo paraíso por momentos abría los ojos porque sentía caer las gotas del árbol sobre sí y también escuchaba el canto de los canarios y el cardenal, éstos estaban en el corredor de la también vieja casa.
La casona era de las antiguas con entrada a ese espacio techado, dos habitaciones que daban al mismo, un baño que seguía la construcción y la cocina que también daba a esa larga estancia, todo era sin lujos, sencilla con un portón que daba a un pequeño jardín a la calle, otrora la entrada del sulky con el caballo, desde allí se iba al fondo, donde el anciano cuidaba a sus gallinas, limpiaba a sus pájaros. Allí tenía un galpón pequeño  con herramientas donde le hacía a su nieta bancos y mesitas, con que la esperaba cada año. Los techos de chapa sonaban con la lluvia y chirriaban en verano.
El frente era sencillo,  pintado de blanco con un antiguo farol.  
Mientras dormitaba sonreía seguramente soñando con otros tiempos en que la casa estaba más habitada, ahora sólo quedaban la abuela que muy coqueta peinaba sus largos y blancos cabellos con un rodete. Con ellos vivía una hija soltera que se había quedado para cuidarlos, como era entonces.
La anciana cosía en su máquina Singer, regalo del hijo mayor que se había ido a Buenos Aires, porque en el pueblo no tenía modo de prosperar, desde allí los ayudaba a mantener la casa, que habían comprado con un largo crédito del Banco.
La abuela también esperaba a la pequeña a quien le cosía ropa de cama, con hermosas puntillas.
Las habitaciones eran amplias, también el baño y la cocina. Había un gran tanque que juntaba el agua de la lluvia. El cuarto de adelante daba a la calle con una amplia ventana, que hacía las veces de comedor y durante el verano se transformaba  en el dormitorio de los huéspedes a quien la tía llamaba turistas, decía: -Llegaron los turistas- la gente del lugar en cambio los llamaban porteños. En esa época del año se comía en una gran mesa en el corredor.
La abuela era pequeña y caminaba rapidito. El abuelo conservaba su cabello color caoba, era suave y a la niña le deleitaba peinarlo, tenía ojos claros y caminar ya cansino la tía le contaba cuentos y le leía cartas de amor que algún novio le había mandado alguna vez. Había nacido para abuela, a la falta de hijos propios.
La chiquilla se deleitaba con los paseos a la plaza los domingos con  el viejo  nano, quien sentía orgullo por llevarla, iban a las fiestas de carnaval a ver las comparsas y mascaritas.
En el fondo de  la casa había una gran higuera que daba sabrosos higos en ese tiempo del año. También había una palangana de pie, ésta era de loza y se usaba para lavar la cabeza con el agua llovida que daba un hermoso brillo. Allí también daba otra puerta del baño, donde había una parra de uvas chinches que también saboreaban “los turistas”.
Los tres habitantes repartían las tareas, la abuela cocinaba, la tía hacía las compras, y limpieza y el abuelo cuidaba de sus gallinas, de sus pájaros y algunas labores de carpintería a pesar de no ser tallista, lo hacía para pasar su tiempo.
Hasta que un día partió la abuela. A los pocos años el abuelo. Juanita en cambio vivió muchos años, tal vez porque era muy joven en los recuerdos de la sobrina.
Ya nada volvió a ser igual para la adolescente que volvía cada año, a pesar del amor de Juana. Faltaban las raíces. Ya era una mujer casada cuando su padre fue un verano y allí quedó para siempre, descansando y tal vez cruzando el arroyo donde aprendió a nadar.



viernes, 4 de octubre de 2013

Negro Hernández

Volver a casa   


Tengo ganas de volver a casa, de caminar las tres anchas cuadras custodiadas por los jacarandaes estallados en flores que alfombran las veredas de azul desvanecido. Pasar por la vieja estación de tren, cruzar las vías y llegar hasta la avenida que desemboca en la plaza donde la conocí, dijo el Mirón poéticamente, mientras saboreaba un caudaloso vaso de escocés. 
El Gordo y yo nos miramos sorprendidos cuando Rogelio nos sirvió una cerveza en una bandejita con maníes salados, queso y jamón cortado a cuchillo. La esquina del Tres Amigos se oscureció de repente como una tristeza. Después que se jubiló empezó a sentirse viejo, pensé. ¿Vos estás loco o nos estás cargando?, dijo el Gordo. Y tenía razón. Si siempre fuiste un porteño de ley, no nos vas atraicionar ahora. 

Lo miré al Gordo tratando de disimular mi emoción por el relato. Nunca lo habíamos  escuchado hablar de esa manera. Me acordé de  Marta, mi primera novia, y de todas las Martitas que amé mi vida. Entonces el Gordo hizo un gesto pidiendo otra cerveza. Hacía demasiado calor en un septiembre nublado y creí entender lo que le pasaba al Mirón.  
Sin conocerla la imaginé María está sentada en el banco de la plaza del pequeño pueblo, donde empezó todo. La plaza rodeada por la iglesia, el edificio municipal, la escuela normal, el teatro de la Sociedad Italiana, la farmacia, el almacén de ramos generales, el bar, la tienda del turco, el consultorio del doctor Donato y la comisaría. Lo vi al Mirón acercarse con un ramito de flores y sentarse a su lado, tomarle la mano y darle un beso en la mejilla.  
Sé que todavía vive allí, hace unos años que enviudó y sigue atendiendo la mercería, me lo dijo Mario, el comisionista del pueblo que viene de vez en cuando por algún trámite. Además tengo ganas de dejarle la academia de tango a mi hijo mayor, él lo necesita más que yo. Total ya cumplí con creces con la cultura nacional y popular. Las gambas no me dan como antes, es hora de darle lugar a los jóvenes.  
Ella, sentada el banco de la plaza escribe sobre su falda una carta, una carta que nunca enviará, como aquellas guardadas en el cajón de la mesita de luz, desde el día en que él se marchó hacia el sur para hacer la colimba. Es sábado, María termina de escribir mientras los muchachos y las chicas del pueblo salieron a dar la vuelta al perro. La ronda de los jóvenes gira entre risitas y miradas cruzando el aire templado del crepúsculo anaranjado que desciende sobre el horizonte de trigo.  
Después la colimba me vine a la capital estudié, me recibí, me casé, tuve a mis hijos, a mis nietos, y cuando murió mi mujer volvieron los recuerdos de mi juventud y la culpa. Sé que en el afán por progresar me olvidé de María, aunque en las noches de estrellas escucho su calida voz llamándome: Vení amor, te espero.  
Un silencio largo atravesó el café como una daga en la piel, y me pareció escuchar a un bandoneón desahogándose sobre la mesa de billar.  
Cuando quieras te llevamos en la camioneta con el Negro. Tiene que ser un fin de semana así zafo de la bruja y nos comemos un asadito al lado del río y compramos unos buenos salamines, dijo el Gordo, y asentí con la cabeza.  
Te agradezco Gordo, quiero estar allá para de fin de año y de paso me pueden ayudar a arreglar la casa de los viejos. Quiero llevarme algunos discos y los libros, tengo las fotos, la tele… No veo la hora de volver y poder dormir una buena siesta.  
La noche de Barracas encerró sus palabras y las mías como tantas veces en que los muchachos nos confesábamos entre hombres. Esas noches que uno teme desvelando los viejos fantasmas. ¿Vendrán a llevarme otra vez?  
La sonrisa dibujada en los labios del Mirón me decían que había comenzado a volver a casa, y en ese viaje empezó a olvidarse de todo, a sentir ajenas todas aquellas cosas que deseaba tanto cuando partió de su pueblo natal, se sentía dichoso, pleno, capaz de cualquier locura. Y había que acompañarlo.  
Al despedirnos los tres nos abrazamos con fuerza. El Mirón prendió un cigarrillo agachando la cabeza sobre el hueco de su mano izquierda y miró al cielo buscando la estrella que lo guiará por un nuevo camino.

 

Analía Pescaner


Con voz propia
Cuentos publicados en la revista virtual dirigida por Analía Pescaner


A las ocho en punto - Emilio Núñez Ferreiro
Ya es la hora. Son más de treinta, todas a la espera. Escuchan que la persiana comienza a levantarse y la ansiedad les crece.
Aguardan en hilera, sobre el cable que alimenta de energía eléctrica al barrio. Se mueven un poco y varias miran hacia abajo.
La mujer del kiosco acaba de salir con el tacho lleno de maíz y la conmoción que las invade las obliga a revolotear entre una acera y otra.
Adela desparrama todo el contenido sobre el césped de la plaza y en tanto cruza la calle de regreso a su negocio, la avidez de las palomas se lanza a dar cuenta del desayuno cotidiano.
Otras, que desde el techo del cine parecían desinteresadas, acuden a la cita con más predisposición que las primeras.
Ese pedazo de plaza es un enjambre de plumas. La patota voraz, poco a poco, consume los puntitos rojos y el verde de la pastura regresa.
De pronto, la inocencia de un niño echa a correr por entre medio de ellas y una explosión de vida acontece, formando una nube oscura, que se diluye, en cuanto el niño se aleja.
Al rato, granos y aves desaparecen, dejando en la plaza un vacío fugaz, el que se ha de llenar mañana, a las ocho, exactamente, cuando Adela deje que entre el sol a su kiosco, al mismo tiempo que a la vuelta, los chicos ingresen a la Escuela, en el mismo instante que yo, sin que me importe la frialdad del banco de cemento, sentado en él, contemple nuevamente, la misma escena.
Éramos viento - Ester Vallbona
Recuerdo el día en que tú y yo nos conocimos. Tú y yo, dos soledades encontradas. Éramos, por separado, dos vientos temibles, huracanados -uno del Norte, otro del Sur-, que lo arrasaban todo a su paso. Sin embargo, al encontrarnos, nos fundimos en un cálido abrazo que nos hizo torbellino diablillo y juguetón.
Éramos entonces el viento que sobrevolaba los árboles, acariciando levemente sus copas y meciendo sus frutos; el que descendía en picado y, con su estela, deshojaba respuestas de los pétalos de tímidas margaritas.
Éramos uno solo surcando las olas, salpicándonos, riéndonos de los peces que saltaban a saludarnos y que, atrapados en nuestra espiral, se preguntaban aturdidos cómo habían llegado a tocar las nubes.
Éramos el aire que jugaba a levantarle la falda a las mujeres por la calle, a arrebatar las gorras de las cabezas de los hombres, a despeinar a los jóvenes primorosamente peinados.
Éramos la brisa que sacudía un hola y un adiós en una sábana tendida, y que nadie respondía porque nadie lo entendía.
Éramos desbarajuste, locura, pasión, cuando nos encontrábamos.
Sí. Éramos viento, entonces.
Nunca mienten - Hebert Poll Gutiérrez (Cuba)
Ángel ríe, mira con desprecio a sus compañeros de aula y dice orgulloso:
---¿Tristeza? La tristeza para entrar en mi casa tiene que pagar en dólares. El Treinta y uno de Diciembre lo pasé bárbaro. ¡Imagínense! Había de todo. Puerco asado relleno con puerco, casco de elefantes enanos en almíbar, fricasé de cebra lisa, manzanas alemanas que se dejan morder sólo por cubanos y muchas cosas más que pueden probar si…
---También la pasé bien. Mi mesa no se llenó tanto como la tuya pero mi papá mató un pollo de quince metros y el tuyo no.
Risas y aplausos. Salvador es el ganador del concurso “Pinocho Vive”.
Dos horas después, el padre del muchacho que ganó el ansiado premio escolar es arrestado por la policía. Su crimen: secuestrar y comerse el avestruz del zoológico.
Con la vida en un hilo - Rosa Beatriz Valdez (España)
La mujer de negro se levantó del sillón, dejó el tejido sobre la mesita y miró -a través de los visillos de la ventana- la calle desierta. “¿Cuánto tiempo había pasado desde que él se marchó? ¿Dieciocho años?, quizás veinte… ya no lo recordaba.” Volvió a su tarea: un derecho y un revés, un derecho y un revés…
De pronto, sintió que los dedos se le amortiguaban y las agujas cayeron en la alfombra. Un dolor impreciso se apoderó de su cuerpo; se acurrucó en el sillón y un profundo sopor la invadió. Tuvo un sueño extraño: sus brazos y piernas se multiplicaban y todo su cuerpo se cubría de una oscura vellosidad. Se despertó sobresaltada con los golpes en la puerta.
-¡Querida, soy yo, he regresado! Penélope, ¿dónde estás?
Al entrar a la sala, Ulises sintió que un hilo invisible lo envolvía con fuerza, alzándolo hasta el cielorraso. Quiso gritar, pero la hebra de seda le oprimía la garganta. Una sombra fugaz se deslizó por el muro y en un beso de bienvenida lo devoró.
 Sueños derramados - Walter Rago
Otra vez mi hermana ha tenido sueños derramados. Al abrir la puerta de casa veo que está ocupada por un bosque, las raíces de los árboles cubren el piso y escucho el murmullo suave y acariciador de un arroyo. Me di cuenta demasiado tarde, abrí sin precaución, regreso con un compañero de la escuela para completar una tarea de matemática y ahora no sé que hacer, él incluso alcanzó a ver pasar una liebre. Resignado, termino de empujar la puerta, aparto algunas ramas y lo hago pasar. No puedo hablar, con la cabeza gacha pienso en lo que ocurrirá mañana cuando cuente lo que vio a todos los de nuestro curso. Cuando entra camina unos pasos con calma y mira hacia el cuarto de mi hermana, ella aún duerme, desde su cama ahora van surgiendo unas piedritas marrones que caen lentamente sobre el colchón de hojas formando el principio de un sendero…
Mi compañero sonríe, piensa un momento y me dice “A mí me gustan las piñas, los hongos y los huevos de pájaros... ¿Juntamos?...
La espera de Tobías  - Betty Badaui
Don Tobías prepara la yerba, retira el agua antes del hervor.  Algo de azúcar quemada.
Busca la mecedora -¿dónde está?-  Se apoya en el bastón y trae  el mate listo para que le respondan con una sonrisa.
La siesta calcina los yuyos, el mate espera; sin embargo el hijo le aseguró...
A la noche, don Tobías tiene el corazón liviano como un pájaro.
Algo se desprende del viejo Tobías y remonta buscando altura.
Un barrilete cayó, pesadamente, sobre el viejo mate.
Antonia  - María Julieta Salusso
Su cara se percibía desde lejos, por detrás del cristal de la ventana. Creo que Antonia era su nombre.
Tenía el cabello corto y prácticamente blanco, la cara poblada de huellas del tiempo. Siempre vestía de negro, quizás era eso lo que tornaba su figura aún más misteriosa… No sé, pero no podía dejar de observarla; su presencia me resultaba enigmática.
Era mi vecina… Cuando de noche salía a la vereda, disimuladamente miraba de reojo y ahí estaba: parada detrás de su ventana con la mirada clavada en mí, urdiendo su hechizo. Bueno, eso era lo que yo pensaba en aquel momento…
Hoy cuando recuerdo mi infancia, no puedo dejar de sentir nostalgia por Antonia y su oscura y fantasmal silueta tras el cristal.
Todos mis amigos decían que era una bruja… Cosas de niños. La pobre mujer, noche a noche, agonizaba, masticando su propia soledad.
Los novios de la Luna - Hebert Poll Gutiérrez Cuba
---¡Traidora! ---grita el Sol y le da un súper piñazo ultravioleta a la Luna, al agarrarla besándose conMarte.
-¡Perdóname!-ruega ella. Los golpes de su esposo queman mucho.
Él se detiene y…
-No estoy bravo porque me hayas engañado. Yo también te he sido infiel. ¡Que levante la mano la estrella que no ha sido mi novia!
-¿Por qué me das si hiciste lo mismo que yo?
-¡Muy fácil! Yo soy el Sol y a mí no se me engaña con cualquiera. Te perdonaría si me hubieras engañado con Júpiter, el mejor traficante de cometas del cosmos o con Plutón, es oscuro, vive lejos pero tiene un excelente grupo de salsa que viaja por galaxias mejores que ésta. Pero… te gustan las cosas difíciles. Tenía que ser Marte, el más pobre del barrio, alguien que no tiene dinero ni para comprar oxígeno.
Escu… trata de decir la acusada. El Sol la interrumpe y ordena mientras le apunta con su fusil convence planetas:
-Si te vuelvo a ver con Marte, te mato, te matooo.
Nunca más la Luna salió con Marte. Ahora tiene un nuevo novio… MIÉRCOLES.
Un café con mi padre  - María Fabiana Calderari
Cuando llegué al bar, no había otras mesas ocupadas.
Me senté en un rincón, junto a una mesa redonda y pequeña pegada a la ventana. Acomodé la silla y disimulé la mirada hacia la calle. Podía olerse la lluvia a través del cristal humedecido.
No hizo falta ocultar la nostalgia ni el desahogo de las palabras encerradas. Como siempre, mi padre, sereno y sabio; acompañó el café, caliente y rebajado.
No recuerdo cuanto tiempo estuve sentado. Me levanté aliviado. Las monedas quedaron esparcidas sobre la mesa solitaria.
Estos diálogos, desde la eternidad, me alimentan.     
Botero - Maritza Álvarez (Chile)
Se aleja el botero y su carga preciosa. Las aguas tranquilas respiran de la paz de este hombre, que con su sabiduría y su remo avanza río abajo. Su rostro vívido, dorado por el sol y expresivo como él, manifiesta esa plenitud que sólo es reflejo de una felicidad esquiva pero alcanzable.
Camino por el sendero adjunto. Sospecho sus pensamientos y mi corazón tiembla al sentir las voces que cantan en el agua transparente.
Los árboles tiñen de amarillos y rojos. El otoño les ha hecho el amor. Yo piso algunas hojas caídas. Siento la potencia de esta hora dentro mío.
Pronto llega hasta el lugar que buscaba. Siempre llega. Siempre lo hace.
Justo en una desembocadura, donde se abre la tierra para dar paso al remanso, los brazos hermanos, corrientes de aguas leves, siguen su curso. A otros guiarán. A otros les hablarán. Y sólo ellos entenderán.
Se ha sentado a descansar y contempla el cielo maravillado y sereno. Los arreboles lo sorprenden aún.
Los desafíos son de él
Las victorias también.
Vientre profeta sin tiempo - Miguel Ángel Bustos
Yo no soy de ningún siglo.
Vivo ausente del tiempo. Soy mi siglo como soy mi sexo y mi delirio.
Soy el siglo liberado de toda fecha y penumbra.
Pero cuando muera, el profeta que hay en mí se alzará como un niño sin moral y sin patria. Un niño loco con lengua de alaridos. Entonces amanecerá en el millón de Galaxias.
Madres del futuro; cuidado; cuando muera puedo volver.
Entonces, ay, vientre que me aguardas, dulcísima catedral de tinieblas.
¿Qué haremos siempre? - Miriam Cairo
Desprovistos de toda profecía, él y yo somos memoria. Detallada memoria.
Sorprendente memoria. Y la memoria siempre habla como uno la necesita: lo rememorado no es lo ocurrido, es lo viviente. Y en el recuerdo se vuelve más vivaz que la vida, siempre envuelta en su amortajada cotidianidad donde se va anulando a sí misma.

Aleqs Garrigóz


                             
POEMAS


(Puerto Vallarta, México, 1986). Autor a la fecha de una decena de títulos de poesía. Premio de Literatura Adalberto Navarro Sánchez 2005, otorgado por la Secretaria de Cultura de Jalisco. En 2006 aparece incluido en la antología Nueva poesía hispanoamericana, a cargo del escritor peruano Leo Zelada. Premio de Literatura 2008 de la municipalidad de Guanajuato. Periodista cultural. Ha publicado poemas en diversos medios impresos y electrónicos de México e Hispanoamérica.

FRAGILIDAD

Pequeños fuegos somos, cuando niños,
iluminando el corazón de la tiniebla, sin saberlo.
Como chispas que danzan en un mísero caserío
en el que la madre es lo único verdaderamente amado.
Más, infortunados,
crecemos hasta alcanzar la dimensión letal del incendio
de cual ya no podemos sustraernos.
Aun así, puede bastar sólo una lágrima
para apagarnos,

DESVELO

Mi madre dijo que el mundo era hermoso
y me besó. ¡Oh, cuánto ha ella mentido!
De esos días en los que pudo bajar el ángel a velar el sueño
no ha quedado ninguno.
La pesadilla despierta es, en este instante,
que un río de lava del infierno me arrastre
hasta sus últimos confines,
más no quiera ahogarme.

NOCTURNIDAD

¿A qué hemos venido, vida, a tus dominios?
Como unas fauces te abres
para que te conozcamos en lo profundo:
sólo humo y polvo de la devastación…
Eres un cuadro de horror
con un jardín carnívoro, del cual queremos desencajarnos.
(Preferiría vivir en un lodazal, y yo ser un cerdo, a esto.)
Inagotable fuente en medio tuyo,
a tus pies cae nuestro llanto
como la semilla que hace florecer la única belleza posible.
¿A qué…?

Celia E. Martínez



Mi viejo Caballito



Estoy sentada junto a una de las mesas del lugar, Una  vieja casona ahora un bar literario. Estoy  sentada observándolo todo con nostalgia. Miro las antiguas sillas, las mesas, las añejas lámparas. Todo ambientado como en los años 30. La estufa con leños, las luces mortecinas que ambientan el lugar, las viejas fotos mostrando artistas y cantantes ya muertos, las callecitas de Buenos Aires transitadas con tranvías y colectivos de época. La entrada con una pesada puerta de hierro destartalada, los escalones que llevan al café rotas por el tiempo no han sido restaurados, haciendo  dificultosa la subida y el patio delantero cubierto por un triste toldo de chapa. La escenografía parece comprada seguramente en un remate, hasta el vetusto piano con sus teclas amarillas y saltadas. Nada es lindo aunque le dan al ambiente un aire del pasado.
El lugar ha sido otrora una de esas casonas con quinta del  antaño Caballito, un lugar de paseo para los habitantes de la ciudad.
¿Quienes vivirían allí?  imagino a los niños corriendo por el patio que hoy es el salón. Las escaleras de madera que lleva al piso superior que daba a los dormitorios, deslucidas para darle ese aire a vetusto. De pronto veo con claridad sentado al pintor  Berni, en el lugar que lo hacía siempre, con su boina caída hacia un costado, sus excéntricos sacos, su pipa ladeada, allí soñando con su próximo cuadro donde ilustraba a niños con caras tristes y pobremente vestidos, hasta veo la pintura de los púberes con la camiseta de San Lorenzo en el arco, con gorros y el hombre con la niña y la bicicleta en su mano puestos como para una foto.
Recuerdo la cascada voz de Antonio contando historias que me fascinaban, veo sus manos agrietadas y sucias de pintura. Allí me llevaba mi padre donde mantenía largas charlas con él. Y yo mirándolo absorta con los ojos que sólo una chiquilla asombrada puede hacerlo. Todavía siento el dulzón olor a tabaco, sus charlas,  cuando salíamos de caminata hasta el parque Rivadavia. 
Siento el crepitar de los leños de la salamandra, cada foto un recuerdo, mis actores favoritos, mi amada Marylin Monroe, las calles de mi Buenos Aires de niña, las multicolores casas de madera de la Boca, donde solía ir algunos domingos con mi padre.
Todo es añoranza. El patio delantero con su pérgola repleto de glicinas, que al caer me hacían soñar con un mar azul .
De pronto me saca de mi embelezo el mozo que grita: -qué va a tomar-. Pido y recuerdo.
Ésta fue mi casa rodeada por una quinta con la entrada de alamedas antes de ser un bar y antes de los encuentros con Antonio Berni. Veníamos con papá a recordar nuestro hogar.
Yo corría por el largo patio, subía y bajaba los escalones de madera a saltitos y me bañaba en el mar azul de glicinas. Sólo guardo los recuerdos, nostalgia, añoranzas de una niñez feliz.

 

Susana del Negro


Subte
 
Bajo tierra, latente, replegado, escondido entre los intersticios de su alma, un llanto calmo y silencioso que tiene mucho de impotencia y resentimiento. 
Así era cada día en la vida estudiantil de Jose , el bolu, el cara de pavo; nariz ganchuda, orejas elefantinas que se suman a la lista de características que usan sus compañeros para la cargada sin descanso de cada día. Figura sombría y desgarbada que aumenta el rechazo total del aula. 
Silencio y mirada huidiza, con un único interlocutor, su amiga Mica, rubia, ojitos celestes, linda y la mejor alumna, que por lástima o vaya a saber por qué, siempre le pregunta como anda, si estudió o si lo puede ayudar. 
Todo los días el mismo calvario, risas, burlas, cargadas y él callado, guardando resentimiento y odio en su interior dolido y sufriente. 
-Mañana no vengo, acompaño a mi mamá al médico……, le dice Micaela, el día que habían estado más crueles que nunca con la maldad típica de los adolescentes. 
Esa noche no duerme… piensa… revée su plan una y otra vez…madruga…busca por sobre el armario el revolver reglamentario que su padre, gendarme, deja limpio y cargado cada noche… lo observa detenidamente, se asegura que todo esté en orden y lo guarda en un bolsillo de su campera junto a la caja con balas de reserva.  
Cuando entra con la cabeza agachada y arrastrando sus grandes pies por el piso descolorido de la escuela, solo levanta sus ojos para mirar a cada uno de sus torturadores cara a cara y con una sonrisa vacía de alegría, saca del bolsillo la 9 milímetros y sin dejar de mirarlos a los ojos comienza a gatillar sobre los cuerpos adolescentes que se van quebrando, sin entender, cubiertos de sangre y muerte.