sábado, 12 de abril de 2008

FRANCISCO D. GONZÁLEZ

TINKU

El acullico inflaba como un globo el rostro enrojecido de Antonio Quispe, y por más que seguía rumiando hasta el infinito las hojas de coca tan necesarias como el agua y el aire, siempre había lugar para seguir mascando, metiendo hojas en la boca.
El joven peruano mordió una piedra de yisca y el ardor fue como una brasa en la lengua... Para apagar ese fuego bebió de una jarra comunitaria que tenía vino y limón. Entonces llegó el alivio, la alegría del acohol subiendo por la sangre, la frescura que volvía en cada trago...
Guardó la piedra. (Se la había regalado su compadre que acostumbraba sacar plantas de la orilla del río, y junto a las cenizas de la quema de otras plantas, hacía esa piedra tan picante con la que se acompañaba para coquear). Alternaba la yisca con el bicarbonato, ya había perdido cuatro dientes y otros tantos estaban picados...
Poco a poco fueron llegando sus amigos y vecinos, todos con el acullico y la bolsa de coca. Bebían de la jarra, hablaban animadamente...
El hombre arrimó unas ramas al fuego y revolvió la olla con el locro, luego comenzó a servir... Debían pasar el frío. Debían estar fuertes y tener energías para el Tinku... No tardaron en reunirse en el rancho de adobe del anfitrión, los pastores del pequeño paraje, y al locro le siguió la chicha y sus eternas libaciones en las que encontraron calor y temple... Cuando ya el mareo comenzaba a hacer estragos con el equilibrio de estas almas nacidas en las montañas de los andes, sonaron los sikus y los redoblantes. Y así, como en una procesión, marcharon por el sendero estrecho. Bebiendo, coqueando, soplando cañas, recibían el sol de las tres de la tarde y se armaban de coraje...
Los sikus de ocho cañas eran tocados por los hombres y los de siete por las mujeres... Así había sido desde siempre, la música, las danzas, la coca, el vino... se transmitían de generación en generación desde tiempos inmemoriales. Cada hombre y cada mujer llevaban en su sangre la raíz milenaria y el legado de los incas. Llevaba en su memoria de siglos sus creencias, y el culto a la Pachamama...
El tinku era la más guerrera de las danzas. El ritmo endiablado llevaba el pulso de la sangre, y la sangre vibraba como los parches del redoblante y de la tierra...
Aturdidos por la música y el alcohol, con el color de las montañas encantándoles los ojos, con el vuelo glorioso de los cóndores que amaban y veneraban, fueron llegando al pueblo. Desde lejos pudieron ver las pequeñas casitas de piedra y adobe, y vieron, además, gente al lado de la huella, esperándolos...
Nadie sintió cansancio ni tuvo miedo, la sola presencia de los pobladores los había inflado de coraje y energía. Fueron más apasionadas sus danzas y soplaron más fuertes los sikus... Finalmente estuvieron cara a cara. Antes de enfrentarse, dejaron los instrumentos en la apacheta y mojaron la boca con el vino. Solo un puñado de hombres siguió tocando...
De pronto todo fue un torbellino, un viento huracanado levantando polvareda, una confusión de trompadas, patadas, codazos ... Las manos ya no llevaban la coca. Llevaban los puños cerrados que terminaban en los rostros del adversario...
Dos mujeres se tiraban insistentemente de los pelos hasta que la más joven se quedó con el botín; el mechón oscuro de su rival. Se rasguñaron la cara, y siguieron pegándose hasta quedar rendidas... luego hicieron una pausa en el vino y continuaron la batalla...
Las trompadas volaban aquí y allá en la tarde soleada, y los gritos de dolor cortaban el silbido del viento. Un hombre pegaba sin piedad al rostro entumecido de otro hombre que había perdido a su padre en el tinku anterior y fue resarcido con cuatro cabezas de ganado.
Antonio Quispe se había trenzado con un luchador fuerte y aguerrido, pero las fibras de sus músculos fueron más grandes, y fue más sabia su estrategia para el combate. En pocos minutos lo dejó tumbado, con el rostro lleno de tierra y la sangre brotando como un manantial... Los vencidos al fin ofrendaron su sacrificio a la Pacha mama. Su sangre habría de fertilizar la tierra que los seguía protegiendo, los seguía bendiciendo en sus cosechas, y hacía crecer a sus majadas...
Cuando los músicos vieron que ya todos estaban sangrando, dejaron de tocar, y la gente que recién terminaba de pegarse, ahora se abrazaba y se despedía amistosamente.
Con los tabiques rotos, con los labios partidos, los pómulos cortados, la fractura de algún hueso... emprendieron el regreso...
El sol se ocultaba detrás de los cerros y la noche caía implacable sobre los andes. Cuando Antonio llegó a su rancho encendió el fuego y comió el locro que quedaba...
Fue a buscar abrigo, y en la noche abierta se cobijó al calor de las brasas. El vino lo ayudó a templarse... Mirando el cielo estrellado se durmió dolorido, feliz, alzando sus plegarias a la madre tierra.

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