jueves, 21 de noviembre de 2013

Ana María Manceda


Derrumbe

Este cuento obtuvo el 1º Premio Internacional en narrativa por edit. Artes y Letras 2008


-Tome un mate y coma una torta frita, por ahí se le va esa cara tan seria, usté es muy  preocupada.  
  -¿Te parece? - Y ella se rió.

Al devolverle el mate la miro, Blanca tiene la risa más  cristalina y sonora que he conocido. Es como el sonido de las aguas  del bosque que caen en cascada. Es el paisaje de la infancia de Blanca ¿Tendrá que ver?¿Será mi desarraigo, esos pedazos de pieles arrancados a la vida , la nube que produce mi expresión preocupada?

-Tenés  razón Blanca, las tortas están exquisitas, en mi tierra  son distintas,  flaquitas, no usamos levadura, éstas son más ricas. ¿Así que lo de la casa va viento en popa?

-¡Ajá! Va bueno doña Eugenia, quería invitarla para el Domingo ¿Podrá ir?

-Sí por qué no, iré por la mañana debo regresar temprano, luego me encierro a corregir los trabajos de mis alumnos, el lunes los tengo que entregar.

Cuando terminó su rutina se despide. La veo salir por el sendero hacia la calle. Contradicción. Me siento feliz de quedar sola con Yuko, mi perro labrador, por otra parte siento su ausencia.  Podíamos estar largos ratos  sin hablar, cada una en sus quehaceres,  por ahí yo emito alguna frase para provocar su opinión y ella carga con esa lógica aplastante que no la da ningún libro. Estoy bien, mañana arribará de nuevo, debe atender a sus hijos.

El espejo me devuelve la cara de una mujer cuarentona y melancólica. Me excuso. Dejé todo. Familia, paisaje, olores, historias. Todo quedó a dos mil kilómetros de distancia y a dos mil años de ausencias. Llegué al sur, a la Patagonia,  tratando de empezar una nueva vida, pero uno viaja con su mochila. Siempre. Del Atlántico al Pacífico, tan solo me separa de sus playas la Cordillera de los Andes, solo eso. De todas maneras siento sus vientos en este pueblo de bosques, lagos y montañas. Y también las lluvias y la nieve.

Hora de clases. -Profe, Profe ¿ Cómo saco en el mapa los kilómetros de distancia con la regla?  Me perdí.

-¡Mm! Prestá atención, fijate en la escala, si te indica milímetros los pasamos a centímetros y más menos colocamos la regla sobre los puntos que queremos investigar.

Según los centímetros sabremos la cantidad de kilómetros ¿Estamos?

El trabajo nos había llevado dos semanas. Era una investigación de las posibles consecuencias ambientales que en  nuestra región  ocasionarían los ensayos nucleares en una de las islas del Pacífico.

Teniendo en cuenta que ésta zona es sísmica y volcánica, cualquier presión de esa envergadura sobre las placas tectónicas del continente que se expanden debajo del océano podría producir deslizamientos y consecuencias graves.  Las conclusiones de la investigación irían adjuntas a una petición de suspender los ensayos nucleares al Gobierno y a la embajada del  país que produciría las explosiones atómicas. Este tipo de trabajos les apasionaba a mis alumnos, se sentían protagonistas y  a mí me permitía dictar la materia  Geografía de una manera dinámica a la vez de crear conciencia ecológica. ¿Nos responderían?  Dictar clases en una escuela secundaria estatal en estos pueblos alejados de la Capital era un placer. Arquitectura adaptada al rigor climático, calefacción en todas las aulas. Concurren alumnos de clase media, baja y media alta. Hace poco abrió un colegio privado, bueno, semi-privado, ya que tienen subsidio del Estado. Hacia allí emigró una pequeña población de alumnos de clase media alta y de los que quieren ser. Cuotas caras y estima social. Así es. Pero se perdieron de realizar el trabajo ecológico, hasta el momento solo lo hacemos en la escuela estatal. ¿Qué le importa a los privados que la Placa de Nazca se deslice debajo de la Sudamericana y provoque terremotos? ¿Lo sabrán?

Domingo. Salgo a las once de la mañana, es otoño y la temperatura está bajo cero. Me dejo llevar por Yuko, tira fuerte de la correa. El paisaje es una ceremonia de colores, el crujido de las hojas, repito en mi mente, solo es una muerte transitoria, mi melancolía es una muerte transitoria, debo vivir, vivir. A medida que voy subiendo las laderas veo el pueblo, mezcla de edificios modernos y casas antiguas ¿Cómo las percibo? Sus chimeneas emiten el humo de las costumbres heredadas de los viejos hogares. Lo moderno es tener calefacción a gas, pero el olor a  Ñire quemado  invade una historia cálida de colonos; boers, franceses, alemanes, ingleses, argentinos de provincias norteñas  e indígenas, originarios dueños de estas tierras. Olores, siempre olores atados a losrecuerdos. Aquí no están los míos. Abajo, no tan lejos, el lago, azul, verde, y el sol jugando a las escondidas en  los bosques. Hay troncos caídos, admiro los líquenes que se adhieren como un tapiz a su corteza.  Sé de la importancia de estos seres como índices biológicos de la pureza del aire. Aire oxigenado. En las grandes ciudades ya no se ven, excepto en las ramas muy altas de los árboles. A veces.

Estoy llegando, las casas del plan social se ven casi terminadas, hay  más, muchos más troncos caídos, han desmontado la ladera para poder edificar. Los terrenos son fiscales, la discusión está a que jurisdicción pertenecen, si a la provincia o a Parques Nacionales. La gente necesita las viviendas pero es indudable que los políticos necesitan los votos y no se detienen ante nada. Este desmonte va a traer graves consecuencias.

Me recibe la algarabía de los chicos. Risas, gritos, la oscuridad del lugar, el suelo helado y la pobreza se desdibujan ante las caras coloradas.

-Señora Eugenia ¿Se queda a comer?¿ Se queda hasta la tarde? Me pregunta Pedro, el mayor de los hijos de Blanca. Lo acaricio, le doy la bolsa con los regalos. Se acercan sus hermanos y otros chicos vecinos.

Dentro de la casa, al lado de la cocina a leña charlamos con Blanca. Pedro y sus hermanos entran y salen, desesperados por comer las golosinas antes del almuerzo. Se escucha el ruido d las sierras eléctricas.

-¿ Siguen desmontando Blanca?

-Y sí, necesitamos espacio,  además para tener un poco de sol, esto es muy oscuro.

-No deja de ser peligroso, los árboles fijan el suelo y equilibran el ciclo del agua. En la época de lluvias se va a lavar ese suelo, pueden ocurrir desmoronamientos.

-¡Qué va! A nosotros no nos dijeron  nada.

No opiné más. No tenía derecho. Estaba tan ilusionada con su casa. Miré por la ventana, el cerro estaba ahí nomás, era un paredón de rocas amenazantes, debían hacerles una contención. ¡Basta de preocupación! A disfrutar con esta querida familia. Luego del guiso exquisito, el postre, la caminata por la zona y la felicidad de los chicos, regresé a mi casa con un Yuko agotado, igual que  yo, nos acompañó una caída violenta del sol tras los cerros y el frío que se adhiere insobornable, imagino el horizonte y el dulce atardecer de la llanura, rojo recuerdo. Llegamos, los hijos de Blanca son una cálida esperanza.  Fue un día pleno.

Y la época de lluvias comenzó, alternadas con fuertes nevadas. Reino de los turistas esquiadores. Pueblo de postal, hacia el este, cerros boscosos con pistas de esquí. Hacia el oeste cerros boscosos, oscuros, con humildes casas, en el centro el valle y la ciudad. Paisaje bello, incoherencia social. Todo sucede bajo las mismas estrellas.

Comienzo de Primavera, se advierte la nueva estación por los brotes de las plantas, aún sigue nevando. En esos días sopló la felicidad en la casa, Pedro venía de forma asidua a hacer las tareas mientras su madre terminaba la rutina diaria. Se entusiasmaba con mis libros, de manera especial con los libros del cosmos. Le daba algunas explicaciones sencillas del origen y evolución del universo. Blanca se ponía contenta, decía que iba a sacar un científico del chico.

-Usté es tan cariñosa con los niños Doña, debería tener su hombre, no es bueno que la mujer esté sola.

¡Hay Blanca! Ella sí estaba sola, con tres niños que mantener. Quizás la equivocada era yo, ella había logrado la eternidad, a pesar del abandono de la familia por parte de su hombre.

 A mediados de Octubre se armó  revuelo en el colegio, nos habían llegado respuestas del Congreso de la  Nación y del país involucrado en les ensayos nucleares. Por distintas leyes se había realizado el “TRATADO DE PROHIBICIÓN COMPLETA DE LOS ENSAYOS NUCLEARES en el CONGRESO DE COLOMBIA 2001”. Nos enviaron el tratado y agradecimiento por nuestra participación. Por supuesto nuestro pedido no fue  determinante ya que hace años venían tratando el tema en las Naciones Unidas  con resoluciones previas, pero para nosotros fue motivo de orgullo  saber que estábamos en la buena senda de estudio de la compleja temática ecológica.

Era una tarde agradable, el sol comenzaba a entibiar la atmósfera y algunos pájaros se animaban a trinar recibiendo la luz de primavera. Pedro tomando la merienda, su madre vendría a buscarlo más tarde, debió quedarse en su casa pues los albañiles tenían que terminar la habitación de los chicos. Una herida rompió el equilibrio, las sirenas de los bomberos comenzaron a sonar alertando un incendio o un accidente. Intuición. Llamé a la radio, pregunte qué sucedía. La primera reacción es la parálisis del cuerpo y la mente. Derrumbe. Había ocurrido en el nuevo barrio de las casas sociales, en las laderas de los cerros que dan al Oeste. Cuando reaccioné tomé a Pedro, mi cartera y pedí un taxi. El chófer no sabía más que lo comentado por la radio ¿Habría heridos? Nos dejó en la zona baja. Ya estaban las ambulancias cargando gente en camillas. Todo era un pandemónium. Tomados de las manos con Pedro subimos la cuesta, de mi boca salían palabras estúpidas, para brindarle calma pero el chico lloraba. Al llegar a la casa de Blanca vimos que estaba intacta pero las casas vecinas tenían destruidas algunas partes. Había heridos, algunos muy graves. Entre la multitud vimos a Blanca, comenzamos a gritar, nos vio y vino hacia nosotros corriendo, a su lado los hermanos de Pedro, llorando. Nos abrazamos, temblaba. Por seguridad no podíamos entrar, era posible que las rocas caídas del paredón sin contención  hayan debilitado alguna estructura  de la construcción. A la hora del crepúsculo nos fuimos hacia mi casa. Hasta que no estén seguros que no correrían peligro y hecha la contención de las rocas, vivirían conmigo.  
En ese tiempo descubrí que a pesar de mi mochila y mis dos mil años de ausencias había encontrado una familia. El Doña Eugenia de los chicos lo sentía cien veces por día, sonaba a música.  Para fin de año, al momento de brindar tuve una luz en mi terco cerebro. No era bueno que una mujer esté sola. Suspiré feliz, Yuko, recostado, miraba alerta a los chicos, como esperando un ataque. Blanca se ríe de sus pícaras ocurrencias y el hecho de estar compartiendo la fiesta con sus hijos. Y yo,  quizás aprenda a aceptar esta nueva vida, aunque el parásito de la nostalgia esté muy cómodo viviendo en mis entrañas.


 

Analía Temin


La mujer, las intrusas y la venganza de todas



En el pueblo todos conocían a Capuano, más que por tratarlo personalmente, por lo huraño y solitario. Le decían el “raro” de la casa amarilla descascarada. Con jardín al frente, algunas plantas guachas y pasto crecido. El dormitorio, de ventana muy alta con celosía, daba al jardín, en su interior una cama de bronce con flejes, dos mesas de luz altas, de madera, con tapa de mármol negro. Todo olía a humedad terrosa y a musgo combinado con naftalina.
A continuación del dormitorio, la cocina grande con muebles antiguos pero bien conservados, la mesa de campo cubierta con mantel de hule y en el centro una frutera de cristal con pie, en cuyo interior reposaba, como olvidado, un pequeño artefacto de hierro.
A la izquierda una puerta lateral comunicaba con el patio desde donde un pasillo conducía al jardín y a la entrada de la casa. El baño, separado de la vivienda, en el patio, contaba con una tina bastante oxidada y el excusado que no era más que una letrina antigua y hedionda.
A la derecha otra puerta comunicaba con una galería rectangular donde estaban colgadas las fotos tomadas a los muertos de la familia de Capuano.
 Hace treinta años que Capuano no está. Nunca se aclaró la causa de su muerte. Pudo haber sido suicidio pero también homicidio. Nadie lo investigó. Quizás, muerte por causas naturales o enfermedad. Alguien dijo que por una infección no curada a tiempo. Otros opinaron que fue un accidente, tal vez, una espina de hueso de pollo clavada en la garganta.
En la casa vivía una mujer, se decía de ella que era su ama de llaves, que limpiaba y cocinaba para el dueño de casa. Circulaban varias versiones sobre ellos. Que eran amantes, que ella pagaba, con favores de todo tipo, una deuda cuantiosa que su padre habría contraído con Capuano mucho tiempo atrás. Otros afirmaban con seguridad morbosa, que la había comprado a su abuelo en el monte, pagando por ella un caballo y dos vacas, o que, de no ser así, la habría secuestrado siendo ya un hombre maduro que rondaba los cincuenta años y ella una chiquilla. No faltó quien dijera que era su hija bastarda con la cual sostuvo una relación incestuosa.
Lo cierto es que cuando Capuano murió ella se encargó de su entierro, velorio no hubo pero, vino el fotógrafo  a tomar la foto del muerto para la galería de los retratos de los difuntos de la familia.
Capuano era el último pariente y con su muerte se terminaron el apellido y los herederos. Así fue que ella, cualquiera haya sido su relación con el viejo, pasó a quedarse con todas sus pertenencias y con la casa.
Solitaria, nunca se la vio circular por el pueblo durante el día, en cambio, sí salía de noche, a caminar siempre con su tapado largo, blanco, con una capucha que le cubría la cabeza.
Muy a menudo la frecuentaban en la casa diferentes amantes, vecinos del pueblo, solteros, casados y viudos. Dicen que también tuvo amantes mujeres y que hasta el cura la visitó una vez.
Lo misterioso y macabro fue que todos sus amantes morían trágicamente al poco tiempo de conocerla y todos aparecían con una pequeña letra C marcada a fuego en la frente. Así, el pueblo se fue quedando prácticamente sin hombres, proliferando las viudas y las huérfanas que temiendo por  la integridad de los pocos varones que quedaban vivos, decidieron unirse y tomar la casa para linchar a la mujer a quien acusaban de hacer brujerías y prostituirse con sus maridos y padres.
Una noche esperaron el momento más oscuro para ingresar, silenciosamente, por el pasillo que conducía al patio desde donde se podía acceder a la cocina. Revisaron toda la casa y comprobaron que estaba deshabitada. Con espanto, en la galería de los cuadros de los difuntos, descubrieron un retrato de la mujer que buscaban, colgado a continuación de la foto de Capuano.
Aterrorizadas, entraron en pánico y atropellándose unas con otras en medio de gritos desesperados, imploraciones e injurias, sucumbieron en un gran caos rompiendo todo y huyendo luego de provocar un incendio en la casa.
Se produjo un gran silencio y una vez afuera, las intrusas, se mantuvieron a una distancia prudente de la casa observando cómo el fuego se expandía ganando altura y destruyendo todo.
Por el pasillo lateral que conducía al jardín vieron salir una mujer, con tapado blanco, largo hasta los pies, la cual caminó por la vereda despreocupadamente hasta dar vuelta en la esquina. Las intrusas, estremecidas, no tuvieron el coraje de seguirla.
Cerca del alba, el fuego, que había devorado todo a su paso, se fue extinguiendo. Temerosas, las intrusas se acercaron para observar el siniestro, atraídas por el brillo cristalino de lo que comprobaron era la frutera de cristal, que misteriosamente intacta, contenía en su interior un hierro, candente aún, con la pequeña letra C.


 

Alicia Chilifoni


Por algo se empieza 


Hace rato que vengo dando a entender que quiero un regalo muy particular. Cuando me lo propongo soy suficientemente reiterativa como para lograrlo. En esto fracasé. Por eso decidí agasajarme yo misma con “el” verdadero regalo.  
Al promediar la infructuosa búsqueda, me di cuenta  de que una de las razones por las que no había sido complacida era la inexistencia del objeto en cuestión. Pero ¿por qué? Es tan indispensable que no sé cómo sobreviví hasta ahora sin su auxilio.    Perseverante recorrí, caminé, negándome a declararme vencida. Mis pies, adormecidos por el trajín, ya parecían colgar como marionetas, remontadas  por mi casi obsesión – si no lo consigo no vuelvo a casa –   
Por fin se me hizo el milagro: en uno de los estantes más altos de un bazar chiquitito, para nada especial, resaltaba ella, reina del local, mi sueño tan acariciado. Una sopera blanca, de loza, panzona, con sus dos poderosas asas y su base contorneada.    
Creo que recién entonces volví a respirar. Desde hacía un rato largo me deslizaba como una imagen flotante, inanimada. Volví a la vida.  
Mientras el vendedor envolvía cuidadoso, comenté lo arduo de mi largo peregrinar por ella. – Es que la gente ya no come en familia – dijo resignado.   
 Tiene razón. Alguien se lleva una bandeja a la cama, y picotea mirando la tele. Otro tarasconea un sándwich sin mirarlo, los ojos fijos en el monitor. También está el que tiene el sueño cambiado, imposible despertarlo.   
Mientras mi mente repasaba esas imágenes como diapositivas, me encontré contestando sin darme cuenta, como hablándome a mí misma – En familia o sola trataré a la sopa con el respeto que se merece. La llevaré a la mesa como es debido: en mi, su, nuestra merecida sopera.  
Durante el viaje de vuelta, distendida, comprendí que este Día de la Madre, invento capitalista para sacarle a la gente el dinero que a veces no tiene, me había tomado revancha. Mi regalo vale infinitamente más que los billetitos que pagué. Esta sí fue una revancha. Mi regalo vale infinitamente más que los billetitos que pagué. Esta sí fue una pichincha. Soy hoy la feliz poseedora de tal vez el último ejemplar de una especie extinguida, y que es todo un símbolo. Ícono de la familia reunida alrededor de la mesa. 
Que un día vuelva a ser como era, como nunca debió dejar de ser. En eso estoy. Ya tengo la sopera. Por algo se empieza…

Susana del Negro


    Mi cumpleaños de 8



Cuando llegué de la escuela, con la carita embadurnada de caramelo por los besos de mis compañeritas, el vestido de organza celeste estaba en una silla junto a mi cama toda primorosa con la colcha nueva que había cosido mamá, sobre el piso de brillante parquet los zapatos de gamuza blanca y los inmaculados zoquetes  de algodón.
En el comedor, cubriendo la mesa, el mejor mantel con sus servilletas de piqué almidonado y planchado con todo esmero por la abuela, las tazas de porcelana para el chocolate y en el centro, sobre una bandeja de plata reluciente, la torta que tanto me gustaba.
A mi alrededor, mi numerosa familia y todas mis pequeñas amigas, cantando: …qué los cumplas feliz… qué los cumplas feliz… …y yo sonriendo y soplando mis 8 velitas, y cuando  más soplaba (no se apagaban nunca)… iban desapareciendo uno a uno todos los que me acompañaban… y el comedor era la cocina y el mantel de hule, y las tacitas para el chocolate, vasos de vidrio verde… y yo sola con mi gata… sin torta, ni velas…sin coronita… con mis rulos cayendo desprolijos sobre mi frente…mientras mi vestido de organza se esfumaba dejando ver el gastado de algodón… y mis zapatos de gamuza blanca, se parecían cada vez más a las pampero que usaba todos los días.
…Feliz, feliz en tú día…amiguita qué Dios te bendiga y que cumplas muchos más…….
 

Braulio Senda


Mañana de domingo 



Jorge llegó al boliche después de media mañana, con anteojos negros, pálido y con el rostro tan demacrado, ¡que daba lástima! Se dejó caer en una silla y exclamó:
-¡Un maldito pájaro no me dejó dormir en toda la noche! ¡Cantaba y cantaba, siempre la misma tonadita! “si-len-cio, si-len-cio, si-len-cio, pí pí pí pí” y dále que dále “silencio, silencio, silencio, pío, pío pí”.
La carcajada fue general. Rubén bajó un poco el Ámbito que estaba leyendo, lo miró por encima de los anteojitos de lectura, sentenció: “-Era un zorzal, y por el fraseo, un ejemplar adulto.” Y volvió a la lectura.
“-¿No pudo ser un hornero? Hay muchos por estos lados.” Opinó Juan.
-No, no, no… Sólo el zorzal canta de noche. Además, el hornero no canta, ¡se ríe!
Coco  apartó un momento su atención de la picada y preguntó:
-¿Y vos qué sabés de pájaros? ¿Ese diario que lees tiene una sección de ornitología? Jajaja…
-No pibe, yo nací en “El Jardín de la República”. En el campo aprendí bastante de aves y de luchas sociales también. Este pasquín  lo leo para instruirme.
El flaco Juan paladea su trago, descruza las piernas y pregunta:
-¿Por qué será que ahora hay más pájaros en la ciudad que hace unos años?
-¡Yo quiero saber qué hacen los pájaros en la ciudad! ¿Por qué no se van al campo y se dejan de joder a la gente?
Otra vez la carcajada generalizada.
-Che, gallego, traeme un café doble, a ver si puedo tener los ojos abiertos…
-¡CA TA LAN! ¿Cuántas veces tengo que decirte que soy catalán? ¿Yo te llamo correntino o tucumano, acaso?
-¡Huy Dió! Disculpame Manoel; ¿me podés preparar un café doble?
-¡Cómo no! Ya se lo preparo.
Rubén cierra el diario, saborea un trago de su copa –es el único que no utiliza vaso para beber- y comenta:
-Yo creo que los pájaros volvieron a la ciudad por que los pibes ya no los cazan; se la pasan mirando televisión o jugando con la play. En mi época salíamos a hondear gorriones.
-Pero los gatos tampoco los cazan. ¡Claro, ahora los gatos son mascotas y se alimentan con ración balanceada!
-Puede ser que se deba a que los pibes y los gatos no se ocupan de ellos, pero yo creo que los pájaros no son tontos y se dieron cuenta que en la ciudad no hay veneno como en el campo hoy día. Fíjense que se siembran miles de hectáreas y que se fumiga con aviones. Eso mata yuyos, mata pájaros,  mata todo. Gente también, aunque no lo quieran creer.
Rubén deja la copa, se acaricia la barba y después de unos segundos dice:
-¿Sabés que tenés razón? Con esto de las semillas transgénicas y los métodos de cultivo intensivo, seguro que corrieron a los pájaros… ¡y a la gente también!
Coco suelta una risotada y responde:
-Excepto cuando estoy durmiendo, en los demás momentos, siempre tengo razón…
El flaco gira en la silla, vuelve a cruzar la pierna y apoya un codo en el respaldo.
-Bromas aparte, me parece un argumento racional y es bastante probable que sea así. En la ciudad hay menos veneno y casi no tienen depredadores.
-¿Queee? ¿Bastante probable? ¡No, no, no… posta que es así!
-Creo que más importante que el cambio de hábitat de las aves es el de las migraciones internas. Los pobladores del campo son empujados a las ciudades en busca de mejores condiciones de vida. ¡Eso sí que es todo un tema!
-¡Tá bien, tá bien, pero yo lo único que sé es que ese puto pájaro no me dejó dormir!
 

Ester Vallbona (España )


Cuentos



Memeces
Esta mañana, mientras navegaba por Internet, se me abrió una página por sorpresa de ésas que te asaltan cuando menos lo esperas y sin avisar. Era el horóscopo para hoy. Sin mucha convicción, pero con algo de curiosidad malsana, y porque no tenía nada mejor en qué perder el tiempo, lo leí: “Un amor perdido vuelve a tu vida, e intentará que todo sea como antes, pero cuidado, tú ya tienes algo bueno que puedes estropear”.
Inmediatamente me maldije a mí misma por haberlo leído. Cerré a toda prisa el ordenador, desconecté el teléfono, la radio, la televisión, bajé todas las persianas, me puse tapones en los oídos, eché la llave de la puerta y de mi alma, cerré los ojos y esperé, rezando para que no sucediera nada. A los cinco minutos, llegó la soledad. En ese instante, descubrí que la predicción se había cumplido. La soledad, ese amor perdido, había vuelto de nuevo a mi vida para tomar posesión de ella. Entonces, abrí los ojos con convicción, la cogí por la solapa, abrí la puerta y la eché a la calle; me quité los tapones de los oídos y se inundaron del murmullo de la vida; subí las persianas y me dejé acariciar por la luz de la mañana; puse la radio, la televisión, y me llené de voces, de risas, de música; conecté el teléfono, el ordenador, y me puse a escribir. ¿Quién me mandará hacer caso de semejantes memeces?, al fin y al cabo, soy tauro, y los tauro no creemos en esas cosas…

Sólo para valientes
Ven, acércate…, más, un poco más, hasta que tus ojos estén tan cerca de los míos que se reflejen en ellos, justo antes de que mi rostro se convierta en un borrón y tengas que cerrarlos para evitar el mareo. Ven, acércate, asómate a ellos, si no te asustan las alturas o, mejor, las caídas en picado. Atrévete a mirar y a preguntar. Ellos son sabios. Tienen todas las respuestas. Bueno, todas no. Las preguntas triviales para otro momento. Pero ésas que realmente te interesan, ésas sí las conocen. Puedes probar y verás. Pero, antes, un consejo: no busques una respuesta que no quieras escuchar.
Anda, acércate lo suficiente para que nuestras respiraciones se confundan, calientes, contenidas, para que nuestros labios intuyan sus respectivas formas, sus relieves, y da el paso, no te prives, adelanta un milímetro más el rostro y serán tuyos. Mis labios se dejarán llevar a donde quieras llevarlos, mecidos, sostenidos, pero no te fíes, en cuanto despierten tomarán el control, y entonces ya no podrás escapar a ellos. Entonces marcarán las reglas de este juego. Es mejor que huyas ahora que estás a tiempo.
O quédate, atrévete, si eres amante de las emociones fuertes, si crees que hay besos que pueden detener el tiempo, dar la vida, combatir la pena, encadenarte, liberarte, transportarte muy lejos, traerte de vuelta a cada embate, vaciarte para después llenarte, sólo eso y todo eso, en fin, tú decides.

Buen viaje
Como si de un sombrero se tratara, el viento se lleva hoy mi pensamiento muy lejos, en pos de ti, y tan rápido que resulta inútil que intente recuperarlo, me sería imposible alcanzarlo por más que tuviera las botas de siete leguas. Va en tu busca, lo sé, es cabezota como yo, y no cejará en su empeño hasta que te encuentre. Entonces mudará su forma y será invisible caricia, será perfume tibio o suave brisa. Luego regresará, acaso a lomos de otro viento, y traerá de vuelta un brillo mágico en sus ojos, profundamente conmovidos, y sabré que lo has reconocido, que me has reconocido, y has sonreído.

Sin tiempo
Hoy te escribo desde ningún lugar en concreto, en un día cualquiera, así que no voy a dignarme a procurarle a esta carta una estructura formal. ¿Para qué? Va a durar muy poco. Exactamente lo mismo que la anterior. Además, hace tiempo que desaparecieron los formalismos entre tú y yo. Hace tiempo que las palabras y los gestos se despojaron de sus ropajes y dejaron de significar lo que esperábamos de ellos.
Quizá fue ése mi error, consentir que fueran diluyéndose hasta dejar en desuso nuestro lenguaje secreto.
Por desgracia, no supe ver a tiempo las señales en tus ojos, no supe leer en ellos una huida desesperada hacia ninguna parte o hacia cualquier lugar, pero lejos
Y es que los cuentos ya no son lo que eran. Las princesas de hoy ya no creen en príncipes azules. Ya no suspiran por ser rescatadas de las garras de dragones por aguerridos caballeros de armaduras relucientes. Ya no tejen bordados esperando pacientemente a ser desposadas. Las princesas de hoy, como mi princesa, saben muy bien lo que quieren. Saben que hay mucho sapo suelto, disfrazado de príncipe, que seguirá siendo sapo tras el primer y último beso. Por eso están bien solas, tranquilas, dueñas y señoras de su castillo y de su vida, aunque de vez en cuando sientan una punzada de soledad. Quizá entonces hubiera estado a tiempo de hacer algo, y ahora no estaría escribiéndome esta ridícula misiva; porque sí, en realidad es para mí. Jamás podrá llegarte. Porque un día decidiste dejar de ser mi puerto y abandonaste el faro que guiaba mis oscuras brumas. Así, simplemente, sin acuse de recibo, renunciaste a su cuidado y su luz se fue apagando poco a poco, sin importarte que me hiciera añicos contra la roca al acercarme a ciegas.  
  Y ahora te escribo, me escribo, desde esta isla baldía, sin amarre, pero debo apurarme. Ya viene, ya la veo acercarse, apenas unos segundos… No falta a su cita. Cada minuto exacto llega esa ola, inusualmente intensa, para llevarse mis palabras, aún calientes, inacabadas, y borrar de la arena, una y otra vez, todo rastro de…


Hoy te escribo desde ningún lugar en concreto, en un día cualquiera…


De príncipes y princesas
 
  10:00 de la mañana. Imagino a mi princesa, despierta quizá no hará mucho, arrastrando sus cansados pies hasta el lavabo y, asomada al espejo, preguntándole a su rostro fatigado por qué narices se dejaría convencer para quedar con el aprendiz de príncipe.

No, este príncipe no lo va a tener nada fácil. Sobre todo, porque ella no está demasiado por la labor.

11:15 Seguramente, ahora, el aprendiz de príncipe, comido de nervios, ensayará una y otra vez su mejor perfil, su postura más varonil, y repasará mentalmente el listado de temas más o menos ocurrentes con los que confía llamar la atención de la princesa. Rebuscará en su memoria anécdotas divertidas que le hagan quedar bien y, si es necesario, no reparará en adornarlas con retazos de su propia cosecha. Por supuesto, no descuidará lo más importante: sacar brillo a su montura, que hay que dar buena impresión…
Lo que, sin duda, no imagina es que mi princesa no es como las demás. A ella no la encandilan los supuestos héroes con su retahíla de grandes hazañas, sino las pequeñas gestas de esos héroes anónimos que, día tras día, dan lo mejor de sí sin pedir nada a cambio. No la deslumbran los lujosos corceles, le basta un paseo a pie que le permita disfrutar de esos pequeños placeres que suelen pasar inadvertidos a la mayoría, la sonrisa de un niño, el sutil e inesperado aroma de una flor o el dulce y azucarado de una pastelería, una curiosa forma en la nube que se disipa, el aleteo travieso de dos pájaros, la curiosa disposición de colores de la ropa tendida en un balcón, un acorde misterioso mecido por el viento…  

Y entonces, sólo entonces, puede que él tenga la suerte de verla emocionarse, la mirada perdida, e incluso se haga la ilusión de que ha tenido algo que ver en ello y que todo va viento en popa, y puede que hasta se atreva a comentarle algo al respecto, pero lo que ignora es que, en ese instante, ella ya no lo ve ni lo escucha, su atención hace rato que voló muy lejos, en busca de la persona con quien le gustaría compartir realmente ese momento.


 

Orlando Mazeyra Guillén


LA TALEGA  


Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto. Algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando esté cara a cara con la Muerte.

 

Raúl Samartin


4x400



De pequeño se me concedió un don que solo con los años aprendí a manejar y valorar.        Desde hoy podrás saber cómo viven y piensan las personas que te rodean con solo interesarte por lo que sus rostros dicen -  Son las únicas palabras que recuerdo de aquel momento.
Ya no me resulta raro, ni molesto como al principio, el que las caras me hablen y yo pueda leerlas. Si, leo sus arrugas, rictus, gestos, cicatrices, formas, tamaños y estados. Todo. Y, como si fueran libros esperando mi elección, las elijo, a veces cuidadosamente y otras al azar.
Hoy saldré a caminar y leeré mientras acompaño sus cuerpos, pero esta vez elegiré mujeres que estén pensando sobre sus vidas amorosas. Me paro en una esquina concurrida y escojo a una joven con uniforme escolar  – Todos me presionan, que si las notas, las salidas, las compras, la música, la ropa, la comida, siempre hay una persona y un tema para romperme las pelotas. Pero hay un mundo sobre el cual todavía no saben nada y me pertenece solo a mí, aunque a veces tenga ayudantes cómplices. Mi amor por Julián es lo único que me hace feliz, si él supiera que muchas de las cosas que me pregunta y que pretende de mí aún me son desconocidas. Está dos años adelantado y posee mayor experiencia, así que yo prefiero usar el silencio o un beso como respuesta, porque creo que perdería su interés. Qué si yo he tenido otros chicos o he tenido relaciones, qué siento cuando nos acariciamos y qué hago cuando estoy sola. Yo solo sé que lo quiero, que quiero estar junto a él, que es mi novio y los otros solo son amigos. No tengo palabras ni coraje para decirle que me vida sexual no pasa de masturbarme pensando en sus caricias. Voy a cumplir 15 años y estoy sola para decidir cuándo dejar de ser niña y los que se preocupan por el tema tienen más miedo que yo. –
El siguiente rostro aparece acompañado por un sonido, es una joven que acaba de cerrar su celular, bastante molesta – Qué si yo lo quiero, qué por qué me comporto así con él después de una noche tan genial. Sí, es verdad, tuvimos una noche genial, nos encontramos en el restaurant y luego de una cena propia de bacanes, elegimos ir a mi departamento. Apenas se cerró la puerta del ascensor comenzamos a tironearnos de la ropa como locos, llegamos hasta la puerta a los tumbos y en un pie, abrir esa cerradura fue un suplicio que duro un siglo. Ya en el interior, nuestros ojos coincidieron en la búsqueda de lugares y suplementos que calmaran nuestra locura, anduvimos por sofás, sillas, pisos, bañera, mesas y por último la cama. Todo sirvió para el juego que mañana cumplirá un año, frutillas, crema, yogurth y champagne, bañaron y pintaron nuestros cuerpos colaborando en esa fiesta de suspiros y gemidos.  Qué si yo lo quiero… pelotudo, como todos los demás, yo esperando su saludo o sus flores de aniversario y él demostrándome que solo será un hombre más –
Una mujer que salía del súper, arrastrando un changuito, llamó mi atención – Bueno, creo que llevo todo lo necesario, hoy es viernes así que prepararé una buena cena y si Beto llega de buen humor y no muy cansado quizás podamos, después de dormir a los chicos, mirar algo en la tele o una peli, incluso le propondré mirar algo erótico como siempre me insinúa. Según la asistente social, tenemos que recomponer esa parte de la vida que se fue desdibujando entre hijos, obligaciones, deudas y rutinas con cansancios llenos de silencios. Solo Dios sabe cuánto deseo sentir la pasión que viví y ahora solo imagino en los demás. Sé que nos queremos porque aún están presentes la admiración y el respeto, lo noto en los chispazos fugaces de los abrazos y los besos que nos damos casi distraídos. Pienso en los polvos descomunales que nos echábamos de jóvenes, eran maratones olímpicas de sexo. Tengo preparado hasta el postre que a él tanto le gusta y que yo disfruto viéndole la cara, por suerte conseguí la crema y las guindas –
Una mujer gira de repente y me pregunta la hora, imposible no interesarse por ella – Separada, divorciada o viuda, que importa mi situación, solo tengo que decirle que me resulta agradable estar en su compañía y que desde que nos conocimos ya no disfruto tanto de mi soledad. Creía que lo había vivido todo y me equivoqué, ya no se trata de si es el más lindo o si tiene suficiente dinero, ni siquiera pienso en sus atributos físicos, todos los misterios y tabúes de las pasiones y el sexo fueron develados, y las posibilidades de unas caricias sinceras ocupan su lugar. Solo se trata de vivir, y la compañía de alguien no es algo que a mi edad se elige o se espera, solo sucede y punto.  Una charla agradable, buena música y una velada con cena compartida pueden significar mucho en la vida de una jubilada que también es abuela, no sé como tomarán los demás mi relación, pero seguro que les interesará verme feliz de nuevo –
4x400… 4 mujeres, 400 metros.
 

Celia Elena Martínez


Señoras decentes  



Era una aldea campesina de pocas casas y pocos negocios: la farmacia, el almacén de ramos generales, el correo y una pequeña mercería.
En la plaza la Iglesia, una oficina representando al municipio del pueblo cercano y un pobre dispensario que atendía de urgencia para derivar al hospital del conurbano.
Las mujeres del lugar se dividían como en castas: las casadas, las solteras y solteronas, las prostitutas que vivían al final de la villa, las engañadas, las infieles y el grupo de “señoras decentes”.
El conjunto de las “señoras decentes” lo conformaban señoronas viudas de avanzada edad: Juana,  Etelvina, Rosario, Manuela y Amalia. Éstas se reunían todos los sábados a tomar el té y jugar a la canasta, era la excusa 
que usaban en realidad para chusmear del resto de los habitantes,  Amalia era la dueña de casa..
Parloteaban sobre Sofía, que engañaba a su marido con el gasolinero, mientras el esposo estaba en el campo; del médico, el adusto Dr. Ronco, de sus amoríos con las pacientes jóvenes, fueran casadas, solteras o las “boquitas francesas” como llamaban a las mujeres que prestaban sus servicios a los hombres, también de Clotilde que tenía cinco críos de distintos padres, dueña de la mercería con que mantenía a los niños, decían que era fácil abrirse de piernas,  total después” Dios proveerá... “De Justina la solterona que había dejado pasar los años cuidando a sus padres enfermos y ahora ya no tenía ni la lozanía y belleza de joven y que Venancio el compañero de Magdalena la visitaba desde hacía más de veinte años atrás, pero sin ninguna ilusión de casamiento.
La Sra. Amalia, dueña de casa siempre bien vestida, peinada y teñida de un rojo fuerte, las esperaba con ansias porque era rara vez que salía  de su morada.
Las otras se vestían y adornaban sus cuellos con coloridos collares. Todas lucían sus cabezas teñidas y peinados con los ruleros que usaban durante todo el día hasta la hora de salir de casa.
Ellas las “decentes” cuchichiaban de todos porque no provocaban escándalos, iban a misa todos los días confesaban y comulgaban con fervor, única salida de Amalia. El párroco al que llamaban Padre Juan. oficiaba la misa ayudado por un muchacho llamado Benito en honor al santo.
Una noche hubo griteríos en la casa de Amalia, salió desesperada de su casona apenas articulando palabras diciendo que el Padre Juan estaba muerto en su casa, a quien había llamado para confesarse temprano y luego lo había invitado a la comida de la noche .Benito alertado corrió a lo de Amalia y trataba de calmarla, pero ella no tenía consuelo.
Entraron los de la policía llamados por la gente. Ella desesperada no lograba calmarse, les dijo que descompuesto el padre lo había llevado a su dormitorio. Entraron casi a la fuerza porque Amalia en un ataque de nervios se interponía entre la puerta y los hombres de la ley. Llegó un forense y el fiscal del condado vecino.
El forense dijo que había muerto de un infarto masivo y el fiscal anunció que el cura efectivamente estaba en la cama matrimonial de la sra. Amalia y que se encontraba denudo en el lecho..
Entró Benito llorando gritando -Papá, papá-
 Benito tenía 25 años, Amalia había enviudado 10 años atrás.
Ella la “decente” había pecado con su confesor. y abrazando a Benito en un gemido dijo: ¡¡¡hijo mío!!!