lunes, 6 de diciembre de 2010

CLAUDIA MUGNOLO


SEGUIREMOS RIENDO

Ahí está él, dijo el enfermero. Me costó reconocerlo quieto, pálido, inerte; él no era él. Sus manos eran huesudas y llenas de moretones, seguramente por el largo tratamiento que acompañó tu lucha, sus uñas largas y desprolijas.
Su rostro reflejaba tranquilidad, se veía su incipiente barba blanca, sus ojos hundidos, y su cabello desordenado.
Sí, ese no era el hombre que yo conocía, con el que jugaba ajedrez y siempre me ganaba, con el que compartía la ópera Madame Butterfly en su televisor de cuarenta y dos pulgadas en aquel living donde la música resonaba en nuestros como si fuera una sala de cine, era todo un maestro, siempre preocupado por el confort.
Aquel hombre reía y disfrutaba, bromeaba con su enorme nariz que la ocupaba gran parte de su cara y achicaba sus pómulos rosados, sus ojos saltones y brillantes que despedían alegría y vitalidad.
Era un poco más alto que yo, pero él creía que era gigante, daba vuelas para acomodar sus piernas cortas como si no lo fueran, decía que su abultada panza le dificultaba encontrar una posición cómoda, reía, reíamos; creo que seguiremos riendo.

No hay comentarios: