sábado, 22 de septiembre de 2018

Carlos Margiotta



El espejo de agua  
Carlos Margiotta

Acaso la decisión de realizar aquel viaje era sólo una excusa, un paréntesis entre dos eternidades que se otorgaba a sí mismo para suspender por un momento las cosas que tarde o temprano debería enfrentar. Dejó a Mónica y a los chicos dormidos en la casa y subió al auto.
El día fue creciendo en la medida que avanzaba por la autopista mientras se iba llenando de vehículos que desembocaban en el camino ancho como los afluentes de un río. Necesitaba salir, romper con la atormentada rutina de los días sin sentido. ¿Hacia dónde? Hacia cualquier parte, pensó.
Cerca del mediodía, después de atravesar el segundo peaje, decidió abandonar la autopista para bajarse de la velocidad de los otros conductores y encontrar la propia. Sí, era eso, quería desviarse de las urgencias y del ruido. Tan acostumbrado estaba a responder a las exigencias de los demás que cual se sentía postergado, dependiente, siguiendo el deseo ajeno y no el propio. ¿Lo conocería?.
Se aproximó a una estación de servicio cargó nafta, compró cigarrillos y preguntó por el ac-ceso a la ruta provincial. El hombre del camión estacionado a un costado lo orientó amablemente. "Tenga cuidado, es una ruta solitaria", dijo. Tomó un café y volvió a andar. En el trayecto escuchó sonar su celular y lo apagó, no quería que nadie interrumpiera su viaje hacia quién sabe donde, o hacia sí mismo. A los pocos kilómetros el cartel indicador le anunció el cruce con la ruta que lo llevaría a una localidad cercana a Bragado.
El sol del verano estallaba en el parabrisas azotando su cara como un sopapo caliente, y los anteojos negros parecían derretirse sobre su piel mestiza. El horizonte de la llanura, el más lejano que hubiera visto, parecía huir con él varios kilómetros adelante y sintió que una inconmensurable paz lo invadía como aquellas caricias de su madre.
Más adelante, bajo la sombra de unos eucaliptos erguidos al lado de la banquina detuvo la marcha, bajó del automóvil y respiró profundamente. El aire liviano del lugar le trajo el perfume de los sembradíos y por primera vez en mucho tiempo sintió que una sonrisa de satisfacción le arrugaba los labios.
Se quedó un largo rato contemplando el campo cubierto de girasoles, escuchó los pájaros y vio a lo lejos un espejo de agua que brillaba en el fondo del paisaje como un charco. Subió al auto dirigiéndose hacia la izquierda de la ruta por donde había llegado, dispuesto a encontrar lo que suponía era una laguna, cuando  el cielo comenzaba a atardecer detrás de las primeras ondulaciones del camino.
El viaje lo hizo lento obligado por las curvas y el cansancio. Quería disfrutar de aquel momento de plenitud y tuvo la sensación de estar volviendo a un lugar donde nunca había estado.
La laguna se le apareció por sorpresa a un costado donde nacía un camino de tierra, giró el volante y puso segunda marcha. El cartel de madera clavado en un árbol decía Huecufú Mapú. Unos caballos que pastoreaban al pie del alambrado le dieron paso. Después de unos pocos kilómetros llegó al borde del espejo de agua mientras el sol se desvanecía en la otra orilla con una reverencia mojada. Bajó del auto, se arremangó los pantalones, se quitó los zapatos y se puso a andar entre los juncos sobre el fondo pantanoso de la laguna, mientras hacía equilibrio con los brazos. Recordó aquella sensación resbaladiza de entonces y tuvo miedo, miedo de volver encontrarse con aquello que creía perdido para siempre.
 Volvió a la costa cuando las sombras cubrían la tierra. Se veían las estrellas colgando del cielo, infinitas, eternas, (ahora lo recordaba) como las había visto de chico. Encendió un cigarrillo sin dejar de mirar la noche entre el humo y la memoria que lo asaltaba para quitarle y devolverle todo. Subió nuevamente al coche y supo que esta vez debería enfrentarse con un dolor olvidado.
Dio marcha hacia atrás y tomó el camino que bordeaba la laguna, abandonando el que lo había llevado hasta allí. Vio unas luces que brillaban en la costa de enfrente y se dirigió al lugar atraído por ellas.
Detuvo el auto lejos del poblado y se acercó a pie donde unos hombres sentados alrededor del fuego hablaban en voz baja y creyó recordar las estrofas de aquella oración del ritual sagrado tantas veces aprendida.
La pobreza del lugar se desparramó triste en su mirada y le dolieron las entrañas. Hizo un rodeo en el silencio para no ser visto, pero sus pasos se escucharon junto al canto de los grillos. Un hombre, el más anciano, se levantó del círculo buscando la oscuridad de su escondite hasta encontrarlo. ¿Hijo, por qué tardaste tanto?

Claudio Steffani



Mañana soñada 
y cálida de abril del 94
                                  Claudio Steffani

Por las ventanas de los bares mandé a caminar varios sueños, muchos de ellos quedaron empapados en alcohol y se diluyeron con el segundo vaso de ginebra, otros fueron apareciendo de a poco hasta instalarse en mi vida cotidiana. Sueños de una madrugada que no sobrevivieron una suave caricia al atardecer y otros que se quedaron apasionados algunos brillantes años. Los sueños de amores, viajes y pasiones cumplidas e incumplidas, marcaron el pulso de mi vida.
Clara es una vecina que aún vive en mi edificio, la veíamos pasar por la esquina y Charly cada vez que la miraba, siempre decía que ella era lo más parecido a un sueño, todo el bar se daba vuelta para mirarla, a veces la veía en el andén de la estación de Ramos Mejía, tomaba el tren de 9.25hs. que venía de Castelar.
Una mañana cierro la puerta de mi departamento, abro el ascensor y allí estaba, bella, radiante y con un libro de Pezoa en la mano, me quedé sorprendido, no la hacía interesada en la literatura siendo una mujer tan pendiente del gimnasio, con la botellita de agua en la mano, siempre perfumada y con  ropa fina. Salimos del edificio charlando como buenos vecinos, caminando las cuatro cuadras hasta la estación.
Empezamos de a poco a coincidir con los horarios de viaje, yo estaba fascinado con sus ojos y las charlas sobre Pessoa y Benedetti. Ella trabajaba en Utpba, sindicato de periodistas. Una mañana veníamos muy juntitos en el Sarmiento, a esa hora viajaba mucha gente y de pronto el mótorman acciona el freno de emergencia cerca de la estación de Flores y el tren se para abruptamente.
El Guarda que estaba cerca hablaba de un posible arrollamiento, se abren las puertas del tren y la gente se baja y empieza a caminar por las vías hasta el paso a nivel más cercano, dejo que baje la mayor cantidad de gente posible, me bajo yo primero y ayudo a bajar a Clara por la escalerilla del vagón, que portaba zapatos con tacos y una criminal minifalda negra.
Empezamos a caminar despacio por la dificultad de los tacos y sorteando las toscas de las vías, le estiro mi brazo para que se agarre y así llegamos hasta la barrera, caminamos riéndonos de la situación hasta la Avenida Rivadavia, llegamos a la esquina y paramos, nos miramos como nunca antes, ella gira su cabeza hacia la Avenida, me vuelve a mirar y pregunta.
¿Y ahora que tomamos?....... Un café, le respondo.
                                                                                                               










Juana Rosa Schuster



 La Soprano  
Juana Rosa Schuster   

Nadie en las butacas y ella no lo sabe. La están maquillando. Las pestañas postizas son muy exageradas, pero no se notará. Tampoco ninguna de las asistentes se lo quiere decir. Le prueban los vestidos en los camarines. Está excedida en peso. No es fácil encontrar el talle adecuado. Apremia a las costureras. Se mira al espejo en una especie de éxtasis y hace gestos aprobatorios con la cabeza.  El teatro está vacío, como un árbol donde no anida ningún pájaro o un camino que no lleva a ningún sitio.          
Saldrá igual a escena. La sala está repleta.  Cuando las luces la enfocan, escucha los aplausos del público. Interpreta a Rigoletto.   Su voz es una cascada de perfecta armonía. Túnicas de agua caen en los precipicios del alma.  No sabe que no hay orquesta. Su interpretación es sublime. Rosas llegan desde los palcos. .Aplausos sonoros. Exclamaciones de damas muy elegantes. Aroma a perfume francés en la atmósfera.
Pronto vendrán contratos en el extranjero. Conocerá gente célebre y la entrevistarán los periodistas más conocidos. No sabe. Ignora por su delirio que será trasladada a un lugar del que ya no volverá.

Teresa Godoy



Un niño me inspira  
Teresa Godoy

Todo empezó en el túnel. Era un oscuro pasadizo. Gracias a la tecnología, tenía mi teléfono móvil, que aún le quedaba carga. Al iluminar con su linterna, se vislumbraron ases de luces de colores que se cruzaban. Parecía todo cubierto de alarmas. Pero ¿por qué alarmas aquí? Y ¿qué significarían los distintos colores? Me quedo observando y analizando, cada color y qué dirección tomaba cada uno. Los amarillos estaban a la altura de mi cabeza, los rojos por mi  pecho y los verdes cerca de mis pies.  ¿Cuáles serán los que se pueden tocar o atravesar? ¿Habrá que hacer algún cálculo? Las matemáticas no son mi fuerte, por lo tanto busco otra alternativa. Hay muchas personas esperando, pero tampoco pasan. Algunas tienen algo en la mano, parecen paraguas cerrados… Mejor pregunto a alguno, sí, a uno que no tiene paraguas en la mano, como yo, pero me contesta que no tiene ni idea de lo que sucede, ni de qué se trata. Parece que los que no tienen paraguas, ninguno sabe nada. Me dirijo a otro:  -Señor ¿por qué tiene ese paraguas en la mano? -Disculpe, no es un paraguas es una sombrilla. Si usted se la merece, le van a dar una al final del túnel. -¿Cómo sé si me la merezco? - Si sortea los obstáculos de las luces correctamente,  describiendo cada as de luz, su color y de acuerdo al lugar dónde le toca en la parte de su cuerpo y su significado es válido, pasa al final del túnel. -¡Es como un acertijo! Viene conmigo un niño como de ocho años y le pregunto a él, los chicos tienen respuestas insólitas. Pero, sólo me dice: responde bien el acertijo, porque yo sé qué hay del otro lado. ¿Qué hay? Le pregunto. No señora, sólo cumple con el acertijo. Bueno, pienso y pienso: El amarillo me representa la luz y da en mi cabeza, diría que: Mi cerebro está iluminado por la luz de la Sabiduría, mi pecho, dónde está mi corazón con uno rojo representa al Amor y los verdes a mis pies, por lo tanto, diría que debo tener la Esperanza que voy por buen camino. -Perfecto me dice el señor de la sombrilla y llegamos al final de ese pasadizo oscuro. Ahí nos dieron las sombrillas, porque según este niño, las necesitábamos para el otro lado del túnel, porque allí hay una hermosa playa con mucho sol, en realidad: es un bello paraíso.

       


Jenara García Martín


Poemas Jenara García Martín

AMOR POR GRANADA
    (A mi amiga Antonia de Granada, España.
Residente en Argentina)
                                                
“Dame limosna mujer
Que no  hay en la vida nada
Como la pena de ser
Ciego en Granada”
I
¡Granada, Granada mía,                      
  Por qué te amo tanto!
Yo ya te amaba
Y ni siquiera  te conocía.
En tu hermosa tierra
Nací.
Y con apenas tres años, de ella salí.
Recuerdos de ti no tenía,
Más la necesidad de conocerte
Se iba acrecentando en mí,
Día a día.
Me atraía tu historia.
Tus costumbres.
Tu música.
Tus canciones.
Todo lo iba conociendo
A través de lo que iba estudiando.
II
Por fin llegó el ansiado día.
¡Viajábamos a España... Toda la familia!
Mi sueño se cumplía
Y a mi amada Granada conocería.
¡Qué emoción!..¡Mi alegría era infinita!...
Apenas era una adolescente.
Lo que significó para mí ese viaje
Describirlo no puedo,
Pero quedó grabado en mi corazón
Y en mis retinas
Como un imborrable tatuaje.
Fue emocionante volver a  cruzar el Océano.
De cuando lo atravesé  con tres años,
No puedo tener recuerdos...
Mas dicen que me lo pasé llorando.
Ahora era diferente.
Extasiada, e inmóvil como una estatua
Elegía un lugar especial en la cubierta.
Para mí el paisaje era alucinante.
De todo disfrutaba.
De la inmensidad del mar
 y de  sus aguas de diferentes azules.
De sus noches misteriosas y del rielar de la luna.
Del sol brillando al amanecer.
Del ruido de las olas que, alocadas, vienen,
Se estrellan contra el barco y se van...
¿Puedes estar ausente a tanto encantamiento?
¡No! ...¡NO!..¡Mil veces no!
El  viaje  llegó a su fín
Y desde el barco, la costa española vi....
¡Ahora volví a llorar...Pero fue de alegría!...
Porque al fin, mi tierra conocería.
Ávidos estaban mis ojos por recorrer
Todo el panorama que ante mí tenía.
III
Era ¡España!...¡Mi España!...
Y por esa carretera que nos llevaba
Desde Algeciras a Granada,
Sin tener alas,
. ¡Volaba!...¡Volaba!...
Mis sueños se cumplían
 Y llegó el día en que las calles de Granada recorría.
¿Alguien puede decir que sus calles no tienen magia?
Pues sí la tienen y te seducen, te hechizan.
Un rincón. Una esquina.
Una piedra en sus estrechas y antiguas callejuelas.
Y por fín, también iba a conocer  “LA ALHAMBRA”.
¡La Alhambra de mis sueños!
¡La Alhambra embrujada!
Y era cierto. Su embrujo es indescriptible.
Su recinto amurallado te atrapa.
Fui recorriendo  los emblemáticos
Y más afamados lugares:
 Los Jardines  del Generalife,
 El Patio de los Leones,
 El Palacio de los Almohades,
 El Palacio de Carlos V,
 La Torre de la Vela...,
Y otras tantas y tantas bellezas
Que te embelesan por su arte Mudéjar.

Cristina Pailos



            
La nostalgia es peligrosa  
Cristina Pailos


“La vejez es un estado de ánimo. Si se alimenta bien, señora,  se mantiene activa, y no piensa en que hay placeres prohibidos para usted, verá como se prolonga la juventud. Cante , baile, no le tema al amor, viaje y eso sí: cuide su estética”.


Cada vez que escucho a las charlatanas de los programas femeninos, me vuelvo un erizo. Es fácil decir no le tema al amor, son absurdas, si no se trata de miedo sino que le echas el ojo a alguno  y te contesta: Debió ser linda usted cuando era joven. ¿Quiere que la ayude a cruzar la calle? Ayer un grupo de amigas comentaba uno de esos programas y lo que agregué  no cayó muy bien: Hacé todo lo que quieras pero la vejez es contundente, autoritaria, antipática e impredecible.  Tenés achaques y límites .¿O no? Cuantas veces escuchaste: ¿Murió? ¿Cuándo? Si ayer la ví y estaba regia. No es cuestión de hacerse la piba ni tampoco de estar pensando siempre en el final .  Si no podemos aceptar nuestros límites y movernos con alegría y naturalidad dentro de ellos, entonces seamos pacientes, no nos apresuremos: la vejez es patética pero por suerte pasa pronto. Una amiga del grupo, Elsita, es la que peor aceptar la vejez. Nunca fue muy lúcida pero ahora está insoportable. Es mayor que nosotras. Cuando yo estaba en primer año , ella ya estaba en quinto. Después que enviudó la vimos tan tirada, que pensamos ésta va a ir detrás del marido en cualquier momento.  Lo peor es que ni siquiera lo haría por amor, sino por nostalgia de cuando él le decía : que bien que cocinás el pescado, que mugre que hay en otras casas; no son todas como vos. Me acuerdo un día en la peluquería. Ella pensó que como yo estaba en el secador no escuchaba así que contó  barbaridades del marido al insectito chusma del peluquero que revolvía y revolvía el caldero de deshechos matrimoniales para sacar cucharones de chismes.   Después que enviudó empezó a hablar bien  del pobre.  Reconozco que fueron otras del grupo las que se propusieron integrarla. Para mí, con decirle hola que tal cuando la encontraba era suficiente. Creo que la vejez no te transforma, sólo magnifica deficiencias; quien fue idiota toda la vida se vuelve idiotísimo, a quien le gustó el dinero se vuelve avaro, quien fue crítico se vuelve lengua de víbora,(éste último es mi caso) Elsita vive envidiando a los jóvenes. Cuando ve una bandada de chicos y chicas riendo y en moto o en bicicleta, siempre dice: como quisiera volver a esa edad. Me encantaba andar en bicicleta. Si mira un programa donde hay gente bailando, empieza: eso no es bailar, yo sí que bailaba… En nuestra época se bailaba, bueno la música era otra también. ¿Se acuerdan cuando gané un trofeo en un concurso de rock and roll? Yo amaba a Elvis Prestley , a Bill Halley y por supuesto a Little Richard. Después de esos genios, para mí, se terminó la música, excepto algún tango de la Guardia Vieja, como Leguizamo o Madreselva.  Llegué a la conclusión de que se le terminó hasta la ciudad porque seguía nombrando calles con nombres que ya nadie conoce o negocios en cuyo terreno hubo tres o más demoliciones desde aquel tiempo que ella llama “ mi época” Le pregunté, al estilo del insectito peluquero: -¿Tenés discos de Elvis?--Claro- me contestó – y no sólo los escucho sino que dentro de lo que me permite este cuerpo viejo como de madera, también lo bailo. Sola, claro, pero lo bailo y me imagino que estoy en otros tiempos. En dos días organizaría la fiesta que ella denominó: Cuando el mundo era una fiesta, y yo la imaginaba como de sonidos de postguerra que llegaban retrasados al Atlántico sur. Cuando nos abrió la puerta, no lo podía creer. Se había puesto una pollera acampanada que entonces se la llamaba pollera plato, con enorme vuelo, unos zapatos de taco aguja altísimos y arriba una blusa con mangas abuchonadísimas, tipo plato, también. Maquillaje blanco , los ojos bien pintados de negro al estilo Cleopatra, o mejor dicho, Elizabeth Taylor en la película Cleopatra, una peluca negra, y una gargantilla dorada pegada al cuello que representaba a un aspid con la lenguita afuera para cleopatizarse aún más al estilo Hollywood. No calculó que la orografía del cuerpo de entonces ahora, había sufrido todo tipo de embates hasta modificarlo . Donde ayer había montañas erguidas con orgullosos picos, ahora había mesetas y hasta valles y hondonadas. Se notaban hundimientos y hasta deslizamientos de algunas superficies. Al salirse todo de su asentamiento original, algunos rincones habían quedado con sobrantes de otros lados en forma de rollos. Todo el mapa se había bajado. De manera que la pollera plato no encontró la cintura de avispa de entonces y  ella tuvo que hacerle algunos añadidos y calzársela  como de tiro bajo, hasta donde pudo subir. Las pinzas de la blusa que señalaban y daban forma al busto habían quedado arriba del verdadero busto, de manera que parecía un doble busto: dos tazas chatas arriba y dos tazas chatas abajo. Había sándwiches y mucho Cuba Libre (fernet con coca cola, creo) . Sacó los discos y un viejo winconphone que según nos explicó lo había hecho arreglar hacía poco y fue trayendo los discos. Volvió a repetir que cantaría y bailaría y yo miraba los tacos aguja y pensaba: otra operada de cadera. Puso un disco de Elvis y cantó al unísono. Love me tender Love me sweet. Never let me go You’ve made my life complete And I love you so. Parece que a último momento se le prendió una lucesita  porque dijo: para contonearme , prefiero estar descalza . Preguntó quien se animaría a bailar con ella, y la más ágil de todas, Magda, profesora de gimnasia jubilada , se ofreció. Desde el principio, se notó que los cuerpos, sobre todo el de Elsita, parecían de gente divirtiéndose en un cumpleaños de geriátrico, y Magda se posesionó, la levantó para después pasarla entre las piernas pero el peso de Elsita pudo más y el cuerpo retumbó en el suelo como madera. Magda también quedó con bastante dolor pero Elsita se desmayó y no reaccionaba. Vino el portero asustado y atraído por  ese ruido seco a mueble pesado al que se le vencieron las patas y cuando vio el cuadro , se persignó. Vino la ambulancia y se la llevaron. Llamamos a la hija y en un rato nos encontramos todos en el sanatorio. La hija primero se preocupó mucho pero cuando la vio dijo: ¿Y ese espantoso disfraz que quiere decir?. Ella sola estaba disfrazada. ¿Qué está pasando? Diganme la verdad, ¿Está para internar en un neuropsiquiátrico, como yo creo? Es difícil de aceptar. A veces tengo nostalgia de cuando ella era joven y hermosa y nosotros éramos chiquitos. Alcancé a decirle: guarda querida con la nostalgia. Es peligrosa.


Cristina Pailos

Gabriela Carrera



Gregorio  
Gabriela Carrera


Cuando era niña, antes de ir a dormir, su papá le contaba cuentos. Para despejar los temores nocturnos y fomentar así, curiosidad por las historias. De todas la que más le atraía era la de Gregorio, el Dragón que había perdido su amuleto. Una y otra vez le pedía que se lo contara. Algunas veces Gregorio traía chaqueta de cuero porque tocaba en una banda de Rock y otras tantas llevaba armadura de caballero, necesaria para ayudar al Rey Arturo a salvar su reino.
Las historias continuaron hasta llegada la adolescencia. Más tarde se las obsequiaría  escritas en papel. Llenó su cuarto de bellos libros que devoraba cada vez que tocaban sus manos. Y llegó la universidad, los amores, los viajes, la independencia.
En vísperas de su boda, había vuelto a la casa paterna. Instalada allí por unos días hasta el gran acontecimiento. Esa mañana desfilaron modistas, para terminar con los últimos detalles del vestido, el peluquero y la maquilladora que la tuvieron frente al espejo toda la tarde, acordando venir bien temprano la mañana siguiente. El fotógrafo con muestras de estilos al que le fue imposible negarse, un amigo de la infancia que pasó a saludar. Los chicos de la florería, que trajeron el ramo y el tocado. Y más tarde los de la confitería, con el pastel. No faltaba nada.
Para la hora de la cena, en la gran mesa del comedor se apilaban las cajas de pizza, queso sólo para los pequeños diablos de sus sobrinos, jamón y morrones para sus hermanos, rúcula y parmesano que compartía con su mamá y para él, el contador de cuentos, roquefort. Risas y anécdotas de sobremesa para coronar un día lleno de emociones. Un brindis por la futura esposa y el deseo de una boda colmada de buena fortuna. Sus amores más queridos estaban allí alrededor de la gran mesa.
Mañana comenzaría a escribir su propia historia con el amor de sus sueños. De quien estaba locamente enamorada.
Ya en su cuarto y con la casa en silencio, tomó nota de un par de ideas para la nueva revista que la agencia quería lanzar. Estaba trabajando desde hacía un tiempo en ello. Se tomaría un par de semanas hasta volver del viaje de bodas, necesitaba mandar un par de mails. Bajó a la sala en busca del ordenador, del cuarto de lavado que se encontraba en el sótano, oyó un ruido. Por debajo de la puerta se veía luz, su madre estaría poniendo ropa a lavar, pensó. Abrió la puerta y comenzó a descender los escalones. El espacio se colmó de una luz azul tenue, por la minúscula ventana podía verse el jardín, y parte de la vereda, recordó cuando de niña se refugiaba en ese lugar para sumergirse en las historias de sus cuentos, cuando notó su presencia. Estaba allí parado en sus dos patas traseras, sus ojos azules mirándola, las escamas grises que cubrían su cuerpo le brillaban. Así lo recordaba de sus sueños. Gregorio. La respiración tibia le salía de sus enormes narices. Sus alas pegadas al cuerpo, hacía que se moviera con dificultad, en el espacio reducido del sótano. Atinó a darle un abrazo, como se abraza a un viejo amigo de la infancia. Él la rodeó con su cola para acercarla a su pecho. Notó que no llevaba chaqueta de cuero, ni armadura de caballero, vestía un elegante frac de color negro y moño anudado al grueso cuello. –Qué elegante estás esta noche Gregorio, le dijo - Vine por mi amuleto, madame le contestó en una voz pausada y ronca. Con sus manos y ayudándose con los pies trepó por el costado del dragón, como un jinete intrépido se tomó del lomo y le dijo – Estoy lista. Partieron dejando una estela gris y un gran hoyo en el sótano.

Gabriela Carrera

Claudio Simiz



Los pájaros  
Claudio Simiz

El  hombre se distrajo un instante en el vuelo espiralado del cóndor, casi incalculable en la distancia. Bajó los ojos y sacó sus cuentas. Tenía que llegar al otro lado del Cerro Bayo. Así visto, no parecía tan lejano, allá, en el segundo cordón, como una pirámide algo más clara que su entorno pardo con manchones verdosos. Pero en el medio corría, más desatado que nunca, el Huayra, y había que cruzarlo. “Voy caminando en la tierra…” Y había que llegar con los remedios cuanto antes, porque la fiebre se estaba devorando, uno a uno, a los changos del caserío. Acababa de repechar la cuesta más empinada, y se dijo que tenía derecho a un pequeño descanso; desde la altura todo era más pequeño, más al alcance de la mano, como en un mapa. El hombre fue dibujando, acompañándose con el índice, el camino más corto, buscando el vado más tolerante del torrente. Nada fácil, no. El cóndor, remontando otra corriente de aire, reapareció a su izquierda, como parido por el lomo del cerro. El hombre bebió el último sorbo de agua sin quitar la vista de la majestuosa ave oscura. Reparó, a su izquierda, en una mancha clara, de forma extraña. Le llamó la atención y decidió invertir un centenar de pasos cansinos para ver de qué se trataba. Era un improvisado refugio, tres cañas medio desbaratadas que habían intentado, en su momento, dar forma de carpa a una tela gruesa, de espaldas a una gran roca. “Habrá hecho noche el hombre”, pensó, revolviendo los restos del minúsculo fogón…quién sabe de dónde vendría… a dónde iría…por qué lo había abandonado… las ataduras de cáñamo habían ido aflojándose; el hombre maniobró unos instantes hasta devolverle al cobertizo algo de su hidalguía original… no vendría mal un rato de sombra… sobre todo para pensar lo del cruce…”Voy caminando en la tierra/ lo miro al cóndor volar…” No podía demorar más de un día. Los remedios serían vanos si llegaba retrasado. La sombra le cayó bien, como un jarro de agua fresca. Se detuvo unos instantes en la consideración del improvisado toldo: caña resistente, de otra región…no estaría mal para intentar pasarle por encima al Huayra, que en ningún punto dejaba la esperanza de un vado…tal vez las dos cañas más cortas... comenzó a desatar las tiras de cáñamo, que fueron cediendo de a poco, Pudo usar su cuchillo, pero algo le dijo que tratase de conservar esas cuerdas resistentes pese a la sequedad. Sí, usaría de pértiga o bastones las cañas para tratar de pasar el río en la zona más angosta, media legua hacia la naciente. Nunca había hecho nada parecido, pero…los dedos agarrotados por el esfuerzo le respondían torpemente, no así su cabeza que intentaba dibujar el paso salvador sobre el hilo de plata que se desperezaba allá abajo. Finalmente las cañas quedaron a un lado, la soga enrollada en pequeños manojos y la tela hecha un bollo desdibujado y tieso. Comparada con el cóndor que se cernía desde la hilera de cerros, parecía un torpe remedo de la sombra del pájaro gigante. El hombre las contempló a ambas, tan lejanas y distintas…pensó en su pueblito, abrochado a la falda del cerro… se inclinó, tomó la caña mayor, luego las otras dos y dibujó un triángulo con ellas; luego, con ritmo calmosamente decidido, desplegó la tela , tomó una distancia apreciativa y comenzó a desenrollar el cáñamo “… lo miro al cóndor volar/ bienhaiga bicho dichoso…” Varias horas le llevó el aparejo, el sol ya comenzaba a despedirse alargando las sombras de los cerros. El hombre, finalmente, elevó en sus brazos su criatura, como ofreciéndola a los dioses. El ala de caña y tela parecía responderle con un estremecimiento. 
Como un gesto postrero, el hombre arrojó su sombrero al aire, sus pausados, cada vez más lejanos giros, acompañaron la carrera  hacia la sima: de cualquier modo, ya no le haría falta. “… bienhaiga, bicho dichoso/ tus alas me habías de dar”    


Sonia Figueras



Lunfardo que hiciste bien…  
Sonia Figueras

-Seño, usted me preguntó por qué hablo en lunfardo. Yo no sé si hablo en ¿cómo me dijo? ah, lunfardo ¿Como yo hablo se llama lunfardo? -Sí, fijate que decís palabras que otros chicos no las saben o no te entienden. -Y cuáles ¿a ver? La señorita Dora se sonrojó. El lunfardo le sonaba tan antiestético. Ella no se animaba a hablar así. Pero siente la obligación de explicarle a Daniel qué significa el término lunfardo. -Daniel, ¿cómo te puedo aclarar. El lunfardo no es un idioma, ni un dialecto Por ejemplo, idiomas son el español, el francés, el alemán y dialectos son los que se hablan en diferentes provincias o pueblos de algunos países ¿Me entendés algo? La seño continúa, el lunfardo aparece en Buenos Aires y en Uruguay cuando vinieron a colonizar estas tierras y con la mezcla del español, el italiano y también el portugués se forma esta forma de lenguaje. ¿Más o menos te queda claro? 
El niño la miró dudoso en tanto ella trata de demostrarle la diferencia con el hablar suyo y de los otros alumnos. -El lunfardo, sigue la maestra, lo hablaban, aún lo hacen las personas… bueno… las personas de un ambiente raro.  Entre ellos algunos entonces, robaban…no quiero decirte con eso que vos o tu familia lo hagan. Pero vos te expresás, hablás como esa gente. Es evidente que la señorita Dora se queda con el tema en el medio de un naufragio y no conoce bien que el lunfardo resulta ser uno de los rasgos lingüísticos del dialecto rioplatense y con gran implicancia en la poesía, las letras, especialmente en las de los autores de tangos. Le es difícil hacerle una buena aclaración al pequeño. Suena el timbre de recreo y la cuestión queda allí. En la siguiente de gimnasia que termina con el timbre correspondiente y Daniel se va a su casa. Al llegar deja la mochila, se saca el delantal que chiquito le quedaba y se hace un mate cocido. Por suerte queda garrafa, dijo. Se asoma por la ventanita de la cocina y ve pasar al “punga”. Quiere preguntarle si van a jugar, pero el punga pasa corriendo. Grita, pero el punga no lo oye. Toma su mate cocido, lava la taza presuroso y sale en busca de los chicos. ¡Tan apurado  se olvida el barrilete! Vuelve a buscarlo no fuera cosa que los otros lo tuvieran hecho. Su papá el domingo le había ayudado a hacerlo y tenía una cola bien lunga. Encuentra al Mario, al Pepe y al tano en el baldío de la esquina. El barrilete del tano es el mejor… los otros dos está bien, pero el mío, dice compungido,  el mío está el peor ¿Por qué mi viejo no sabe hacer un barrilete mejor? Cuando había ido al quiosco la chica le aseguró que el pelpa era del mejor. ¡Les había dado un trabajo! Azul y amarillo, como Boquita, no de otros colores, no. Se le pasa la tarde en el baldío con los chicos que dicen viejo, mina, engrupir y a él no le cambia en nada. Los entiende Está acostumbrado, en poco tiempo se ha adecuado a hablar como ellos. El padre viene esa noche más tarde que otras. Le cuenta que cuando sale del trabajo busca otro que le prometieron. Así pasan unos días. La seño lo llama aparte otra mañana. – ¿Tu carpeta Daniel? La seño bastante seria le llama la atención por la falta de las tareas. Se quiere morir. Está re atrasado. Desde hace una semana que no hace los deberes por culpa del barrilete. Las tardes las pasa aprendiendo a manejar el piolín, que levantara muy alto, mantenerlo en el aire, que no coleara, ¡a ver si se caía el primero! Esa noche, al llegar su papá, toma la sopa en un santiamén, se baña y duerme muy pronto. No quiere que el padre le preguntara por la escuela! Se salva. Por suerte.  El padre, (semidormido lo ve desde su camita), está con unos papeles sobre la mesa y tiene los anteojos puestos. El lunes se reitera un buen reto y un “quiero hablar con tu mamá”. Baja su cabecita primero. Un movimiento de su cuerpo lo delata. Está llorando. -Daniel, ¿llorás porque tenés miedo a tu mamá? La maestra se acerca a él, levanta esa cabeza gacha, ve lágrimas en sus ojitos de niño acongojado y lo abraza con ternura. -¿Te va a castigar? Vení Daniel, vamos al escritorio le dice, mientas con su pañuelo seca los ojos y las mejillas pálidas y mojadas. ¿No me podés decir a qué le tenés miedo? De su boca, niño triste, apenas surge entrecortado…no tengo mamá. Dora, conmovida lo conforma como puede. Ternura y cariño a ella le sobran. En calidad de nueva en el colegio desconoce aún los casos particulares de los alumnos, por lo tanto el de Daniel. Concierta con la Directora una cita con al padre y ese día confirma la ausencia de su mamá  fallecida en el parto del pequeño y que son nuevecitos del barrio. Desde la citación pasa un mes. Roberto Fontana pide una mañana en la Dirección de una de las cátedras en que dictaba Lengua para presentarse en la escuela. En ese encuentro habla sobre la orfandad de su hijo, el tema de la soledad y el uso común del lunfardo, que es conversado de la manera correspondiente. Llegan a la conclusión que Daniel lo utiliza en las clases de lengua, justamente en las que dicta su papá en la Universidad. Quedan en ver que el niño equilibre su uso. Algo pasa allí dicha mañana porque Roberto regresa más temprano a su casa las noches siguientes. Dos domingos después le pide a Daniel que se prepare para ir Zoológico con él. Por segunda vez, de asombro, el niño casi muere del susto,. En la puerta del Zoo, parada, sin delantal, está la seño Dora. Hoy Daniel está en séptimo preparando el viaje de egresados mientras la seño cocina, espera a Roberto que llega de la cátedra y ya en la cena, el jovencito trata de explicarle a su hermanito menor, en pequeños trazos, qué es el lunfardo. Yo soy la maestra de segundo grado de Rodrigo el hijo de Dora y Roberto que forman una espléndida familia. ¿No les parece que el lunfardo, nuestro decir popular, hizo bien su obra?


Manuel Vicent


Lágrimas  
Manuel Vicent

Mi habitación en La Habana daba a un patio interior que tenía mucha resonancia.
El ama de casa me advirtió que hacia la medianoche oiría el orgasmo de la mulata del primero derecha; luego, al amanecer, me despertaría el canto de una docena de gallos que los vecinos criaban en las terrazas y enseguida, abajo en el solar, comenzaría a llorar Camilito, el hijo de la negra Teresa.
Todo se producía según lo esperado cada noche, aunque el llanto del niño parecía no tener fin cuando empezaba a llorar después de que cantaran los gallos. Camilito berreaba sin parar, a veces se encanaba y al quedarse más de un minuto sin respiración yo creía lleno de angustia que había muerto, pero ese silencio sólo era un punto de apoyo para redoblar el sollozo con más fuerza todavía. En medio de su berrinche, que podía durar una hora o más, se oía la voz melodiosa de la negra Teresa, que decía: "Camilito, mi amol, qué te paaasa". Al final el niño conseguía ser atendido y su llanto había tenido un sentido.
Los bebés lloran como un mecanismo de defensa cuando sienten hambre, sed, frío, calor u otra molestia. Basta un mínimo problema, el biberón, el chupete, los pañales, para que el bebé llame la atención. Madres amorosas, niñeras solícitas, criadas cariñosas o enfermeras profesionales acuden a la cuna tan pronto como oyen que un niño mimado emite el primer vagido.
Camilito lograba que su madre le atendiera después de desgañitarse durante una hora seguida; muchos niños afortunados lo consiguen en menos de un minuto, pero hay millones de niños que no obtienen nunca una cosa ni otra. En el campamento de refugiados ruandeses en Tanzania me di cuenta de que los niños no lloraban. Sólo miraban fijamente a sus madres. Un médico me explicó que allí los niños no lloraban porque su cerebro ya había codificado a través de su larga miseria heredada que el llanto no les servía de nada.
El dolor estaba asimilado al silencio.
En la tragedia de Haití se ha visto en una foto famosa al bombero Óscar Vega con un niño de dos años en brazos, rescatado de los escombros. El niño tiene lágrimas en los ojos, pero tampoco llora. Sin duda ha aprendido bien la lección mucho antes de nacer. Sabe que al final del llanto no hay nada ni nadie.
Sólo parece asombrado de seguir vivo.

Susana Kleiban



Ida y Vuelta  
Susana Kleiban

Los zapatos con la punta abierta como sonrisa falsa dejaban ver unos dedos morados.
Sentado en un escalón en la puerta de aquella mansión de dos plantas con amplio parque en el frente, tiritaba mientras se miraba la ropa. Quería adivinar el color original de aquel buzo que tenía adherido a su piel desde hacía tanto tiempo. Ese extraño color actual lo angustiaba. Era el calendario de su suciedad y desamparo. Su ropa y él eran uno Su olor lo protegía, era como reconocerse en la inmensidad de calles sueltas..
De tanto en tanto observaba la casa y los autos que entraban y salían de ella por el portón cercano a donde estaba. El reparaba en ellos, ellos no parecían verlo.
También de tanto en tanto recibía el eco de risas y gritos de chicos jugando en la pileta, sólo divisaba una pequeña isla azul de la misma, él con tanto frío y ellos en el agua...
Los imaginaba y reía pensándose uno de ellos, luego volvía a mirar su ropa a conectarse con ese olor que ahora salía de la entrepierna de sus rodillas, de su pantaloncito corto.
Miraba la casa y suponía  la mesa tendida con gran variedad de comidas, galletitas y jugos de colores, iguales a los de las confiterías donde entraba a pedir limosna o a que le regalaran algo para comer.
Una y otra vez volvía a volvía a su olor, su ropa su cuerpo, intentaba moverse, pararse, pero no podía, su buzo color distancia, sus rodillas sucias y su hambre lo apretaban quería gritar pero la voz se le moría en los dientes.
Miraba la mansión y le parecía conocida pero también se reconocía en ese miedo, ese dolor como puño abrochado a las costillas  ese frío que lo hacía arrugar los dedos de sus pies al aire.
En ese momento sintió que alguien le tocaba delicadamente el brazo y lo movía suavemente. Lejanamente escuchó unas palabras confusas: Señor Aristóteles creo que tuvo un mal sueño, porque no deja de agitarse en la cama.
Tardó en abrir los ojos Onassis no entendía dónde estaba, miró a su alrededor vestía  una blanca bata de seda con doradas iniciales y estaba acostado en una cama inmensa. De su ropa raída nada, de las rodillas sucias tampoco. Sin embargo no le importó la presencia de su secretario privado y lloró y lloró hasta hidratar esos recuerdos que su sueño le había lanzado  desde un pasado a un presente de desmemoria.
Pensó que tal vez achicara su culpa sacar de la caja fuerte una de sus chequeras y firmarla completa con un número seguido de bandadas de cero y que su secretario distribuyera sobre instituciones de caridad pero prefirió otro recurso. Se sirvió un vaso de agua, y tomó tres pastillas de somnífero. Se acostó y volvió a su sueño.
Al retornar a la puerta de la casa vio que el portón estaba abierto y que el dueño, se acercaba y lo invitaba a entrar abrazándose mientras acariciaba el buzo.

Anónimo japonés



                       La fuente de la juventud 
Anónimo japonés

Había una vez un viejo carbonero que vivía con su esposa, que era también viejísima. El viejo se llamaba Yoshiba y su esposa se llamaba Fumi. Los dos vivían en la isla sagrada de Mija Jivora, donde nadie tiene derecho a morir. Cuando una persona se enferma lo mandan a la isla vecina, y si por casualidad muere alguien sin síntomas, envían el cadáver a toda prisa a la otra ribera.
La isla, la más pequeña del Japón, es también la más hermosa. Está cubierta de pinos y sauces, y en el centro se alza un hermoso y solemne templo, cuya puerta parece que se adentra en el mar. El mar es más azul y transparente de lo que se puede imaginar, mientras que el aire es nítido y diáfano.
Los dos ancianos eran admirados por el resto de la aldea, que los admiraba por dos virtudes: su resignación y persistencia a la hora de aceptar y superar los avatares de la vida, y el amor mutuo que se habían profesado durante más de cincuenta años.
El suyo, como tantos otros en Japón, había sido un matrimonio concertado por sus padres. Fumi no había visto nunca a Yoshiba antes de la boda, y este solo la había entrevisto un par de veces a través de las cortinas, y se había quedado admirado por su rostro ovalado, la gentileza de su figura y la dulzura de su mirada. Desde el día del casamiento, la admiración y adoración fue mutua. Ambos disfrutaron de la alegría de su enlace que se multiplicó con creces con tres hermosos y fuertes hijos, pero ambos también se vieron sacudidos por la tristeza de perder a sus tres hijos, una noche de tormenta en el mar.
Aunque disimulaban ante sus vecinos, cuando estaban solos lloraban abrazados y secaban sus lágrimas en las mangas de sus kimonos. En el lugar central de la casa, construyeron un altar en memoria de sus hijos y cada noche llevaban ofrendas y rezaban ante él. Pero últimamente una nueva preocupación había devuelto la congoja a sus corazones. Ambos eran mayores y sabían que ya no les quedaba mucho tiempo. Pero Yoshiba se había convertido en las manos de su esposa y Fumi en sus ojos y sus pies, y no sabían cómo podrían superar la muerte de alguno de ellos. ¡Oh, si tuviésemos una larga vida por delante!
Una tarde, Yoshiba sintió la necesidad de volver a ver el lugar donde había trabajado durante más de cincuenta años. Pero al llegar al claro del bosque, y observar los árboles, tan conocidos, se dio cuenta de que había algo nuevo. Tanto años trabajando allí, y nunca se había fijado en que debajo del mayor árbol había un manantial de agua clara y cristalina, que al caer parecía cantar, y su crujido, como el de hojas de papel arrugadas, se mezclaba con el murmullo de la hojas al ser movidas por el susurro de la brisa al atardecer. Yoshiba sintió una terrible sed y se acercó a la fuente. Cogió un poco de agua y bebió. Al rozar sus labios, sintió la necesidad de beber más, pero al ir a cogerla observó su reflejo en el agua y vio que habían desaparecido las arrugas de su rostro, su pelo era otra vez una hermosa y negra cabellera, y su cuerpo parecía más vigoroso y fortalecido. Aquel agua tenía un poder misterioso que lo había hecho rejuvenecer.
Entonces sintió la necesidad de ir corriendo a decírselo a su esposa. Cuando Fumi lo vio llegar no reconoció a aquel mozo que de pronto se acercaba a la casa, pero al estar junto a él observó sus ojos y lo reconoció. Cayó desmayada al recordar sus años de juventud, pero Yoshiba la levantó y le contó lo que había ocurrido en el bosque. Decidió que fuese por la mañana, porque ya era de noche y no deseaba que se perdiera.
A la mañana siguiente Fumi se fue al bosque. Yoshiba calculó dos horas, porque aunque a la ida tardaría más por su edad y la falta de fuerza, a la vuelta llegaría enseguida porque habría recuperado su juventud.
 Pero pasaron dos horas, y tres, y cuatro, y hasta cinco, por lo que Yoshiba empezó a preocuparse y decidió ir él mismo al bosque a buscar a su esposa. Cuando llegó al claro, vio la fuente, pero no encontró a nadie. Entre el murmullo de las hojas y el crujido del agua oyó un leve sonido, como el que hace cualquier cría de animal cuando está solo. Se acercó a unas zarzas, las apartó, y encontró una pequeña criatura que le tendía los brazos. Al cogerla, reconoció la mirada. Era Fumi, que en su ansia de juventud había bebido demasiada agua, llegando así hasta su primera infancia. Yoshiba la ató a su espalda y se dirigió hacia casa. A partir de entonces, tendría que ser el padre de la que había sido la compañera de toda la vida.


lunes, 20 de agosto de 2018

Teresa Godoy



                     Operación sin luz  
Teresa Godoy

Caía la tarde. Sólo se podía vislumbrar el reflejo de la puesta del sol en el horizonte. Una delicada luna quería asomarse a través de los estratos que recubrían el cielo con una neblina grisácea.
- Ya me subí al techo, viejo, pero sos vos el que sabés de cablerío, de conexiones y de estas herramientas.
- Bueno Juancito, ya te expliqué mil veces, qué cables tenés que unir para que vuelva la luz.
- No se ve muy bien papá, prefiero observar el atardecer.
Después de una hora, la luna se tornó más grande y su color era tan nítido como deslumbrante por el reflejo del sol.
-¡Mirá qué hermosa luna naranja, pa!
-Juancito, naranja es el cable que tenés que unir con el verde.
-Pero lo único que veo verde son los árboles de los vecinos, allá un ficus enorme, en la otra cuadra un pino espectacular y al lado el árbol de papaya.
-Sí hijo, me vas a poner nervioso, porque me pierdo el partido y no me hables de las papayas, que, con esas hojas tan grandes cuando se secan, vienen a parar a nuestro patio y tu madre protesta cada vez que tiene que barrerlas.
La noche avanza, la luna ya es blanca pero casi sin brillo, no colabora con la situación.
-Entonces, que esperás que haga, dice Juancito, si ya aquí no se ve nada.
-Haber, dice el padre, dejá que subo yo.
-No, papá, esto está muy alto y te podés caer. ¿Trajiste la linterna?
-Uy, me la olvidé!
-Entonces no sé qué hacer a oscuras, ya no veo ni los colores, ni los cables.
El padre rezonga susurrando: -Si estuviera su hermano Pedro, él sabría bien lo que le enseñé.
Y le grita de abajo:- ¡Juancito! Vos quisiste estudiar instrumentista en la Facultad, y no sabés ni usar las herramientas.
-Sí papá, pero éstas no tienen nada que ver con las de medicina.
-Si te doy un bisturí, a lo mejor logras algo.
-Sí, sí, hago una incisión en el cable negro, con las tijeras corto lo que está quemado,  tomo con las pinzas el verde y el naranja, los separo con cinta  adhesiva negra, para que no se toquen, después pongo compresas juntándolos dentro del cable…y suturo. Ahora tendría que volver a reaccionar y ver la luz, bueno, tiene haber electricidad.
-Ahora pruebo hijo.
- Mientras, me saco los guantes quirúrgicos, pues esto fue una verdadera operación.
-Ya hay luz, Juan!
-¡Bravo papá, ya bajo y aviso a todos nuestros familiares que todo esta en orden.