miércoles, 23 de agosto de 2017

Negro Hernández


Ese lunar  
Negro Hernández

La empresa periodística donde trabajo recortó mis horarios de laburo por cuestiones de reconversión, dicen,  entonces tengo más tiempo para ir el café y ocuparme de otras cosas. A veces me da fiaca, no vuelvo a mi casa y me quedo a almorzar con el Gallego.
En la esquina unos obreros están todavía cavando un foso enorme como una trinchera para cambiar unos caños de agua,  tuvieron que levantar los adoquines de la calle amontonándolos a un costado de la vereda dificultando el paso de los caminantes. Los vecinos esperan que los vuelvan  a colocar para que el barrio conserve su encanto de siempre.
El Gordo y Sandoval, cada tanto, pasan por la esquina se quedan a charlar un rato, luego se van para cumplir con sus obligaciones cotidianas quejándose de la situación económica del país.
El otro día, mientras corregía unos textos de un amigo que quiere publicar un libro de cuentos entró un joven y se dirigió a mi mesa después de hablar en la barra con el Gallego.
-¡Buenos días, usted es el Negro Hernández!, preguntó.
-Así es muchacho, soy yo.
-Me llamo Pablo Manzini, mucho gusto.
Traía un sobre papel madera debajo del brazo. Lo invité a sentarse, acepto con gusto y pidió un café.
- Mi abuelo falleció el mes pasado y entre las cosas que dejó fue este sobre dirigido a su nombre y con la dirección del café Tres Amigos, dijo.
Su figura, su manera de hablar pausada, su mirada franca, sus gestos me resultaban conocidas como si nos hubiéramos cruzado alguna vez en la vida hace mucho tiempo, aunque por nuestra diferencia de edad, tendría 30 años, podría ser mi nieto.
-No sé lo que contiene el sobre pero supongo será de su interés. Mi abuelo fue un gran lector y  hombre apasionado por sus ideales sociales y mi familia guarda por él mucha  admiración. El respeto y la seriedad con que me hablaba y su lenguaje algo antiguo me representaban un hombre mayor.
-Soy médico pediatra, dijo, y estoy estudiando para trabajar con grupos de adolescentes, hay que cuidar a los jóvenes, afirmo.
Antes de irse me dejó una tarjeta personal y me dio la mano con la calidez de haber encontrado a un amigo.
Me quedé mirando por el ventanal del café un rato pensando en el encuentro. ¿Por qué a mi?, me dije, ¿Por qué se repite este destino de escuchar al otro y ocuparme de sus necesidades?.
Dejé el sobre a un costado de la mesa y seguí leyendo los cuentos de mi amigo pero la curiosidad de ver el contenido del sobre era tan fuerte como la de ver a la maestra del colegio en enfrente del café que me saluda agitando la mano cuando se, dirige a la parada del colectivo en el atardecer de Barracas.
Eran 12 hojas manuscritas con tinta azul, cada una llevaba la fecha del mes, desde el 4 de enero de 1955 al 4 de diciembre del mismo año. No estaban dirigidas a ninguna dirección ni persona en particular. Supuse que se trataba de una mujer porque todas estaban encabezadas con la frase: “Mi querido amor” y firmadas por A.M.
Respiré hondo y le pedí al Gallego un café doble y una copita de ginebra. Sabía que la lectura de esas cartas me llevaría su tiempo y que me iban a guiar por los caminos azarosos de una historia entre un hombre y una mujer.
“Cuando te vi entrar al consultorio con esa solera blanca y tu pelo ondulado supe instantáneamente que me iba a enamorar de vos hasta los huesos…”, decía un párrafo de la primer carta. “… supongo que la criatura que trajiste para el tratamiento era tu hijo, y eso lejos de intimidarme, le acercó mas fuego a mi corazón…”.
Era un romántico, pensé, uno de esos empedernidos románticos que ya no existen y que te mueven el piso.
No tuve respuesta de la carta que te entregué el otro día, espero ansioso tu llegada. Te imagino cruzar la puerta en puntas de pié para iniciar el vuelo hacia mis brazos. Se que parecen cursis mis palabras pero acaso no resulta gracioso ver a un hombre enamorado…”   
Sin duda A.M. estaba viviendo en otra realidad. Pero hasta ahora de ella yo no sabía nada, ¿Era ella o él?
“La sonrisa de tus labios me besan en un sueño… amor, te ofrezco mi corazón si lo quisieras. Mi alma ha desaparecido tras tus pasos en cada despedida, y se hunde en las tinieblas como en un desierto… todavía espero un gesto, una mueca, una señal que me indique el camino de la esperanza…”
Hice una pausa en la lectura y busque la tarjeta que me dejó el joven, avenida Casero no se cuanto, Parque Patricios, pensé, cerca de aquí. Y si A.M. era médico también y atendía al hijo de su amada. Conjeturas, en mi cabeza había comenzado a escribirse una novela.
“Mi querido amor, mi deseo va más allá de la conciencia, no lo puedo controlar y muero porque sientas lo mismo… Te seguiré escribiendo aunque no leas mis palabras y te suenen vanas…”
Bueno, apareció el poeta, me dije, un buen poeta. En las próximas cartas ahondará en la poesía, me dije.
Mientras leía se aparecieron pensamientos sobre los amores actuales, esas relaciones virtuales que comienzan por Internet y continúan a través de los celulares, donde cada encuentro es un desencuentro, donde ya no hay un último café, donde todo es rapido. Pero borre mis especulaciones para seguir leyendo.
“Estoy feliz, ayer me devolviste tres cartas arrugadas en la mano y me dijiste GRACIAS, mirándome a los ojos. Y renacieron mis expectativas. Te quedaba muy bien el pelo recogido y pude descubrir un lunar en tu cuello, detrás de la oreja“.
Llamé al trabajo y le avise a Rita que me sentía mal, que estaba con fiebre, que tal vez mañana iría por ahí. Hice otros tres llamados suspendiendo citas y a mi amigo le prometí la corrección de su libro para la semana entrante.
“La otra tarde te fuiste dejando tus ojos colgados como dos soles transparentes mirándome en el adiós, en el hasta pronto… entonces te apareciste como un
pájaro de arena y viento, barajando un destino prohibido”. ...“Tu hijo esta mejor, el tratamiento va dando resultado”.
A esa altura del relato empezaron mis asociaciones, en esas fechas yo todavía no había nacido, soy del 56, pero mi hermano mayor sí. El había padecido la polio en la epidemia de los 50. Supe también que alguna vez que un famoso traumatólogo lo trató durante un año para recuperar la pierna afectada. Todavía se le nota cierta renguera al pobre.
“En tu vuelo fuiste niebla, grises sobre la piel, pechos, madre…Y te posaste desnuda sobre el agua del adiós, como una ausencia. Tu seno se abrió como misteriosos bandoneones de mármol y cielo. Y tú lunar, ese lunar que encendió la noche, y tu parto fueron estrellas… mi querido amor”
El atardecer de Barracas trajo a la maestra que saludó con una sonrisa y me acorde del lunar de mi madre, ese lunar que hacía suyo mi padre cuando la besaba. No, no puede ser. Pero ¿por qué el joven me trajo las cartas?
“Tus nervaduras fértiles de fuego laten junto a mi corazón y las espigas buscando el sol cantaron una plegaria de adoquín y esperanza”… y mas adelante:”Tengo que irme del país, la cosa se está poniendo pesada y están persiguiendo a muchos compañeros…”
Llamé a mi hermano para ver si recodaba algo pero atendió el contestador.
“Te pido un último encuentro, amor, quiero volver a besarte ese lunar antes de partir. La vida es tan breve como tu y yo. Solo quedan signos, huellas grabadas en la tierra como curvas, rectas y olvido. En el principio fue el verbo, después, palabras. Si me das un beso todo se volverá eterno.

JORGE CASTAÑEDA

Mercedes Sáenz


Una Madrugada  
Mercedes Sáenz


Es la hora de los duendes y las hadas. No hay luz todavía, todo es color de plata, pintado por la llovizna que acaricia lo que toca. Hamaca la copa de un árbol liviano y deja sus hojas, con un beso de sabia.

La llovizna no hace ruido, cuando es blanda como la luz y se desparrama sobre los cordones de las veredas, las piedras y las plantas.

No le importan los techos, con que la mires le basta.

Es la hora en que las luces se quiebran en mil fragmentos, tan pequeños que intimidan al soberano. No tiene por donde salir al mundo, sólo por los relojes de ventana, alguno que transparente le diga que es hora de dejar el oeste y subir por la montaña.

Es la  hora de los silencios que han muerto, hace pequeños segundos, por que los primeros pájaros ya cantan, entibian la garganta, ya que se mojan sus alas.

Es la hora, entre la vigilia y el sueño del que recién se levanta

El sol intenta subir por el río, pero también allí hay una tranquera de nubes que no deja pasar a nadie.

La llovizna persiste, parece un llanto de niño sin su nodriza.

¿Por qué llora si conoce el mundo, si le es permitido acariciar cuanto existe?

¿Por qué se enoja de pronto, y de niña se convierte en un ejército celta?

Y arranca su territorio, el propio, porque todo su planeta es agua y quiere sacar de cuajo los árboles y las casas. Cosas que no hubieran crecido si ella no estuviese cerca.

Qué sucede esta madrugada… Habla la lluvia, llora la llovizna.

Hace un rato, lenta se paseaba pintando color de brillo cualquier cosa que tocara.

Esta mañana era una música que en el medio del silencio, oía caer de una hoja la gota y se la veía rodar hasta donde llegara, como una lágrima anónima ¡porque son tantas!

Las voy a contar una por una, porque algunas son mías y otras de quien me las guarda...



Fernando Dawidzon


Los libros son hermosos  
Fernando Dawidzon

¡Hola! ¿Qué tal? Me encanta que seas una persona que me inspire llegar a vos mediante la escritura, a diferencia de usar el teléfono, tan rápido e incomunicante. La escritura sigue en mi cabeza pero sin aquellos estimulantes miércoles en que nos reuníamos. Todo es muy raro; más que escribir, en este momento, estoy leyendo. La verdad, sin orden alguno (como si hubiese un orden para leer). Las sensaciones son distintas con cada uno de los libros. Creo que no puedo reflejar de mejor manera lo que estoy viviendo por adentro. ¡Me llenan!
Quiero contarte que estuve leyendo, entre otros, Crimen y Castigo de Dostoyevski. ¡Qué libro tan increíble! Es una novela que no tiene dos líneas de desperdicio. La descripción que el autor hace de los personajes, de los paisajes por los que camina el protagonista te va envolviendo en una realidad oscura, densa. La ferocidad de Raskolnikov no tiene límites. Es increíble cómo va creciendo el crimen que todavía no cometió, quiero decir, la manera en que se va desplegando la idea del asesinato en la cabeza del protagonista sumándose a su vida cotidiana. Me impresionó mucho el sueño, al quedarse dormido en la plaza, ese sueño del caballo que azotan hasta matarlo unos borrachos al salir de una taberna. ¿Te acordás? El dueño de la yegua es un campesino que sale borracho junto con otros diez, y los invita a todos a subir a su carreta; una vez arriba todos comienzan a pegarle latigazos y la yegua no se puede mover por la carga que lleva, y porque es muy vieja. Y la descripción que va creciendo, y le pegan cada vez más duro, hasta que finalmente el campesino agarra una especie de hierro y le da golpes en el lomo con el hierro. El gemido de la yegua, te puedo asegurar que lo escuchas, que lo sentís hasta que te duele a vos.
Lo mismo pasa durante la escena del crimen. Una vez que asesinó a la vieja, y después a la hermana, en el momento en que escucha los pasos de dos personas que están llegando a la casa donde Raskolnicov limpia la escena del crimen, cierra la puerta y, mientras de un lado están los hombres tirando de la correa haciendo sonar la campanilla para que la vieja les abra... del otro está el asesino (Raskolnicov) con la sangre fresca entre sus manos, mirando como se mueve la campanilla. En ese momento, te aseguro, una malla de angustia envolvió todo mi cuerpo.
Además de Crimen y Castigo, hubo otros libros que me gustaron, aunque no tienen nada que ver unos con otros.     
Por  ejemplo,  hay un libro de Victor Hugo  que se llama El Ultimo Día de un Condenado. Es un libro que lo escribió, si mal no recuerdo por el año 1830. Es un alegato contra la pena de muerte; en ese momento la guillotina hacía estragos.
Mi desordenado orden de lectura, comandado por el sinsentido, hizo que me encontrara con otro libro que también me gustó. Y a pesar de que fue un best-seller, me gustó mucho. El Anatomista, es el libro del cual te estoy hablando, al que le vi mucha dinámica, a pesar de ser un libro que... no es que tenga un ritmo lento ¡todo lo contrario! Aunque sí tiene un tiempo lento. Esto sucede, como sabrás, en mil quinientos cincuenta y pico, y sucede todo muy rápido, en un tiempo muy lento. Además creo que desperdicia, o, mejor dicho, siento que cuando comenzó a escribirlo seguramente ya tenía previsto el total de páginas. Y esa condición lo apuró. Lo apuró en el sentido de que a su creatividad la tuvo que encajar en el tamaño, por ejemplo, de una valija con tal y cual medida. Quiero decir que coartó la libertad de su creación. Además de tensar la novela (porque hay muchos momentos de tensión y equilibrio), creo que él se tensó, se restringió, en lo personal, respecto de su acto creativo.
Por otra parte, el tema, el amor veneris, es atrapante ¡y él lo hace atrapante! Cosa que le saca brillo a sus    cualidades de escritor. Me gustó mucho el recurso que usa cuando dice algo así como: "...a las cinco de la tarde llegaba Mateo Colón al burdel a retratar a Mona Sofía cuando el sol dejaba sus últimas huellas sobre "su" idílica Florencia...; ...a las cinco de la tarde, en la esquina de tal calle, se aprontaba con su cartera de filigrana Mateo Colón..."  (no es literal sino tan sólo un reflejo de lo que recuerdo haber leído). Pero lo que quiero rescatar es el recurso como de la cámara filmadora, por decirlo de algún modo, esa cosa de repetir la misma situación de muchas maneras diferentes.
Está bien, no quiero extenderme demasiado de una  sola vez, no voy a tomarme el mar de un solo trago.  ¡Voy a los otros!
El Túnel es otro libro que,  ¡me lo comí! ¡Qué frenético me puso conocer a Juan Pablo Castel! Esa  forma neurótica de manifestar el amor, y cuánto más y  para decir... Yendo del amor al odio, del amor enfermo
obsesivo a una exacerbación de la destrucción, que Sábato supo decir de una manera genial.
Tengo muchos libros que están alistados para ser leídos, tengo muchas historias para conocer. Los libros son hermosos, son objetos que relaciono directamente con mi tardía infancia; más bien con mi temprana adolescencia. No es que yo me la pasara leyendo ni nada por el estilo. Sin embargo, no sé cuando, posiblemente en algún cumpleaños,  recibí un libro de regalo y sentí una sensación de que con mis pulmones respiraba todo el oxígeno que me rodeaba, me llenaba el solo acto de abrir el regalo y descubrir con él el prometido título que se escondía bajo el papel. Esa sensación convivió conmigo muchos años. De chico tuve pocos libros (de eso me dí cuenta más tarde). Hoy, hace rato que cuando cierro mis ojos me veo rodeado de libros, con una biblioteca de piso a techo, junto a una escalera para acceder rápido a todos, y los acerco a mi nariz y sentir el olor de las letras, del papel viejo que contiene las ideas de un hombre, o de una mujer.
Llevármelos a los ojos y extraer sus ideas y degustar ese sabor particular que me deja cada uno, ¡es vitamínico! ¡Es vital!
 Estuve leyendo los Paraísos Artificiales, de Baudelaire. Creo que leí una mala traducción porque, o le estoy exigiendo más a Baudelaire de lo que Baudelaire es, o me fue duro llegar al final. Pero sí tomé cosas que no tienen que ver con el tema que trata en sí mismo. Baudelaire recomienda leer La Piel de Zapa, de Balzac. Dice que es un libro muestra algo así como las pieles del Hombre. Ya lo tengo en la mesa de luz, aguardando ser atrapado.
Te cuento que a los Paraísos... llegué mediante La Historia de los Estimulantes, un precioso libro que cuenta la historia de la sal, la pimienta, el café, el aguardiente, el rapé y el opio como estimulantes en diferentes culturas y épocas, apoyando un pie en la his -toria económica, política y social y otro en los estimulantes en sí mismos. No está escrito científicamente sino en forma literaria.
En este momento estoy con Nombre Falso, de Piglia. Me parece, e insisto con esto, es una lectura difícil de seguir, en el sentido de la puntuación, específicamente. Creo que Piglia no es para cualquiera. Le pide mucho al lector de su concentración para poder llevarlo amenamente y seguir el hilo de los cuentos. Escatima mucho en luz y desborda en oscuridad, y cuando leo algunos de sus cuentos a veces soy apenas una mecha, otras soy una vela y pocas veces tengo el sol sobre la mesa de luz.
Tambien estuve hojeándo…, bah! Un poco más que hojeando, La Dama del Perrito: cuento que más de una vez me nombraste. Chajov es el padre del cuento, me decías, entre café y cigarrillos. También EL Limonero Real me esta esperando en la cartera que me acompaña a mi trabajo. Y así ando por el mundo de las letras, tomando lo que encuentro, sin un hilo determinado.
Me siento frente a la computadora para escribir y escribo cosas que hoy no me conducen a ninguna idea, a trabajar, a seguir. Quisiera convertirme en un profesional de la escritura, en un  trabajador de la escritura, de la lectura de textos, pero, por ahora, no aparece nada que deje huella en mi pensamiento, nada que surque mi mente y me conduzca a arar el campo de mis ideas. ¿Podré? No o sé. A veces quiero que mis manos tomen mi voluntad y la sacudan, la aviven, la despierten, para acercarse a mis ideales. Otras, pienso que es mi voluntad la que debe tomar mis manos y ponerlas a trabajar para estar más cerca de mis ideales. Mi brújula apunta hacia el norte, espero no cambie el viento. Me despido con un fuerte abrazo, y nunca me olvido de lo que siempre recuerdo:  las cosas terminan cuando no hay nada más en común.


Fernando Dawidzon es psicólogo. Publicó La Hipocresía y el Cinismo en el Amor Brujo de roberto Arlt. Ed.Fudación del Libro. Abril 2000. Premio Edenor.

Silvia Schmith

                   
TOMATES Y GLADIOLOS 
Silvia Schmith

 Yo nunca me iba a imaginar. Porque mi papá nunca me contó lo que le pasó a él. Tampoco mi mamá. Sólo ellos me decían siempre tenés que ser un chico bueno, tenés que portarte bien siempre. Yo no entendí nunca lo que era. PSICOSIS EPILEPTICA CON IMPLEMENTACION HISTERICA. Acá no se entiende la vida. Allá comprás un campito y podés hacer gladiolos, tomates. Acá está todo muy cerrado. Portarme bien. Ser bueno. Yo nunca hice cosas malas. ¿Cuáles son las cosas malas ? Ellos me pegaban para hacérmelo entender. Para enseñarme. Hasta que aprendí. UNA HISTEROEPILEPSIA DONDE SE ALTERNAN LOS. Vas vendiendo tomates y le vas pagando a la estancia. A ese lugar lo llevo en la raíz. Mi mamá cultivaba gladiolos en Entre Ríos, es ese pueblito nací, en el campo. A ella le gustaban mucho los gladiolos de todos los colores. Con sus varas largas. Nosotros le traíamos flores silvestres y ella armaba unas hermosas coronas cuando se moría algún chico o algún viejo. CRISIS EPILEPTICAS. MUY CHICO. UNA REMISION IMPORTANTE. Yo andaba buscando una changa de jardinero para cortar el pasto. Y en eso pasó un helicóptero y me rayé. El frío les cortaba las piernas. Vinieron unos jefes y te agarran así nomás, de sopetón. Y nos coheteaban. Los bichos esos, guncas, cuncas, gurkas. Son grandotes, como el médico ése. PEQUEÑAS AUSENCIAS PASAN DESAPERCIBIDAS. DESENCADÉNANTE: MALVINAS. Terroristas, violadores. Sentimos afano. Agarrábamos el coraje. En el café te ponían el coraje. Nos poníamos a gritar que por qué matábamos a la gente.

Ella,  por  unas  chirolas las vendía. Y quedaban lindas, muy lindas, esas varas de gladiolos, formando como las aureolas de los santos de la capilla. Parecía que en el medio tenía que estar Cristo crucificado y yo siempre me imaginaba al muerto como un Jesucristo sangrante rodeado por los gladiolos que cultivaba mi mamá. Yo pensaba con el tiempo. REACTIVADOR. FOCO EPILEPTICO. De frente march. Así, de sopetón, y antes de decir “a “ ya estábamos arriba de los aviones, a Ganso Grande, la Tres de Infantería. Eramos un montón. Los presidentes, los jefes están lo más chochos. Yo estoy acá en el manicomio, Servicio 28 del Borda, ¿ eh ? Y otros compañeros, todos locos. Yo hice grabar esta medalla. Paz. Fuimos al matadero. FOCO EPILEP. SE LOGRO UN BUEN RAPORT. Ir cultivando muchos gladiolos, porque llegué a pensar que era un buen negocio, porque se moría la gente bastante seguido en mi pueblo, cuando yo era chico. Y yo pensaba que iba a cultivar otras flores también. Y así podía hacer coronas más grandes y más vistosas. Trabajo no me iba a faltar. Siempre morían. IMPEDIMENTOS PARA SU RECUPERACION. PEQUEÑAS AUSENCIAS. No sabíamos manejar un arma, un chiquito, diecisiete, dieciocho años. De frente march. Si te tengo que degollar te degollamos, de frente march, y te lo hacían y no importaba. Los he visto que degollaban a la gente. Guachos. Terneros para degollar. ¿ Le vas  a pegar a una paloma indefensa ? Vos me estás haciendo esto. Arriba tuyo viene alguien para que me tengas que hacer esto. TIENE QUE VER CON UNA INFRAESTRUCTURA MAS ALLA DE LA ORBITA MEDICA. Así que yo pensaba que era un trabajo seguro. Y así iba a poder ir comprando con el tiempo mi parte de la estancia, mi parte de la tierra, para que fuera solamente de mí. Y no siempre como mi papá y mi mamá que nunca les alcanzaba lo que ganaban porque tenían que pagar siempre el arriendo. Y así. Por eso también. DESPLAZANDOSE HACIA LO SOCIAL. TERAPIA. Y hubo compañeros que volvieron ciegos, sin brazos. ¿A vos te gustaría a un compañero que le pase eso? No . . a mí tampoco. Si llega el día, Dios no lo permita, a mi hijo aunque sea lo pongo abajo de una baldosa. Pero como yo lo pasé no quiero. Porque no quiero que el día de mañana él sufra y diga, ¿cómo?, mi papá no me dijo todo lo que pasó y me manda a a pasar yo. INDIVIDUAL . TERAPIA..  Aparte  del negocio de los gladiolos y de las coronas yo iba a cultivar tomates como mi papá. Y con eso y todas las demás verduras, porque mi papá ya estaba muy cansado y parecía muy viejo y entonces ya no quería sacarle más nada a la tierra, sólo se interesaba por alguna vaquita para la leche y alguno que otro chancho que a veces mataba alguno para la navidad y entonces comíamos todos y teníamos un gran festejo. FAMILIAR. TERAPIA. UN FOCO EPILEPTCO. HISTEROEPILEPSIA. QUEDANDO COMO RESIDUO. Cazar ovejas. Corderos en medio del campo para poder comer. Crudos, los comimos crudos. Tenían silenciador infrarrojo los bichos esos. A veces siento que cometo errores y ya es tarde. Y yo pensaba que la tierra era tan grande que era mejor que los animales, y que de la tierra yo podía sacar todo para vivir. Yo me los arrancaba a la siesta, bien maduros, a los tomates, con los otros chicos, cuando nos escapábamos bajo el sol. Y los comía calientes, con la tierra, sin tiempo para limpiarla de tan ricos que eran y el hambre que teníamos también, más que siempre estábamos apurados para que mi papá no nos descubra. MEDICACION. RUTINA. UNA REMISION IMPORTANTE. PSICOSIS. QUEDANDO COMO RESIDUO. DE POR VIDA. Tengo que fijarme bien antes de hacer la macana. Cuando salga pienso hacer mi vida. Hacer la mía. Ayudarme yo mismo. LAS CRISIS. DESENCADENANTE MALVINAS. Foco epi. SE VUELVE NETAMENTE ECONOMICO. A veces comíamos tantos, de apurados, de miedo a que papá nos descubra y tan calientes y maduros que eran, y después por varios días nos agarraba una cagadera que teníamos que ir corriendo a la letrina, pero igual me seguían gustando. Tan colorados. Mamá no decía nada cuando papá pre- guntaba qué les  anda  pasando  alos chicos, pero para mí que ella sabía. Porque a veces la vi sonreir de costado, como para que no la viera él, cuando papá preguntaba. PEQUEÑAS AUSENCIAS. No se olvida así nomás. Ni con soda cáustica ni con kerosén. A la noche voy al baño y me pongo a rezar ahí. Y pido borrarme lo que pasó. Yo estoy loco. IMPLEMENTACION. Histé. QUEDANDO COMO. Resíd. Esquizofré. Y yo daba en pensar, siempre, que con el tiempo, cuando yo ya iba a ser grande, yo no iba a tener que robar los tomates porque iban a ser  todos míos. Y yo iba aprendiendo a cultivar los tomates y ya había sacado otros gladiolos de más colores que iba  a poder vender más caras las coronas, más grandes y más vistosas. Y en eso estaba. Los bichos esos, gunkas, cunkas, gurkas. Nos poníamos a gritar que por qué matábamos. Violadores. Ni con soda cáustica ni con kerosén. Quizofrén. Una remi. Rutina. Se vuelve netamente. Y pido borrarme lo que pasó. Hacer la mía. Ataques epilép. Esquizofrén. Quizofrén. Fren. Crisis. Pasan desapercibidas. Me hice grabar esta medalla. Paz. Ni con kerosén. Yo me daba cuenta que ellos estaban contentos porque yo había aprendido a ser bueno como ellos me habían enseñado. Y me portaba bien como ellos querían. Y ahí fue cuando vinieron. Y ahí me agarraron.       


Del libro MABEL SALTA LA RAYUELA, Legasa, 1987, 1er premio Fondo Nacional de las Artes.rraron.           

Marta Becker

TODOS LOS  JUEVES  
Marta Becker

La conocí en un baile una noche de abril.  No era muy alta, de formas generosas y bien proporcionadas, cabello abundante color caoba que caía sobre sus hombros, rostro ovalado de mentón prominente, nariz aguileña y pómulos marcados. En realidad, me llamó la atención  no porque fuese linda, exactamente, sino por la mirada. Sus ojos, oscuros y profundos, se perdían en una distancia indefinida  y, cuando me miraron, ambos supimos al instante que éramos complemento.
Toda ella se envolvía en una nube de misterio. Sus gestos, sus palabras cuando conversamos, su falta de pasado. Desde un principio estableció que no tenía nombre, era una desconocida y así debía mantenerse y mantenerme, en una relación con alguien anónimo y subyugante. Porque me atrapó desde el principio. Estar en su compañía era como tocar el cielo, transportarme, vivir en una nebulosa, algo que nunca soñé me ocurriría, yo, que justamente era rápido para el enamoramiento y más rápido para el abandono.
Establecimos vernos todos los jueves. Después del baile nos íbamos a un hotel o a mi departamento, nunca a su casa. Tampoco sabía dónde vivía.
Desnudarla lentamente, extasiarme con su perfume, acariciar su piel de seda, sentir que todo su cuerpo se tensaba ante mi roce, abrirse en todo su esplendor y sin negaciones  me cambió la vida. Yo era otro a su lado. Cada encuentro era diferente, con el mismo sabor de la aventura y al mismo tiempo como si nos conociéramos de siempre. 
Irradiaba una extraña belleza, pero nunca pude interpretar el lenguaje de sus ojos, de su mirada, a veces  alegre, otras de llanto sin lágrimas, impenetrable. 
Por mi cabeza pasaban mil historias respecto a su vida, y obtenía sólo silencio cuando, sutilmente, la indagaba. Supongo que sus secretos eran parte de su atractivo, que la hacían tan especial.
Cierto día estábamos charlando en el bar cuando su expresión se transformó. Perdió color, se le borró la sonrisa y enmudeció. 
¿Qué pasa, a quién viste? le pregunté y ante su silencio  yo también callé. Pasé la vista por entre los presentes pero no pude darme cuenta de qué o quién se trataba para que ella cambiara de esa manera. 
Se levantó de inmediato y con un gesto rápido se despidió. 
No la volví a ver.
Sentí su ausencia en todo, en el cuerpo, en la mente, en el alma. Se me había penetrado como un vicio. Todos los jueves la esperaba sentado a la misma mesa, impaciente, dolorido e intrigado.
El tiempo cubrió las heridas pero ya nada fue lo mismo. Pasaron diez años y yo seguía fiel a un recuerdo que me mantenía vivo pero solitario.
Regresó un jueves de lluvia.
Había ganado algunos kilos, llevaba el cabello corto y sólo su mirada profunda y misteriosa seguía igual.
Se sentó y comenzamos a conversar como si nos hubiéramos visto la semana anterior. No hice preguntas, me limité a contemplarla como un adolescente embelesado. 
Pero de golpe sentí que algo se quebró. Se vinieron encima los años de ausencia, la curiosidad ya no tuvo el mismo sabor, mi piel no buscó su piel.
Y desperté.
No volví más al lugar.

Haide Daiban


CLIO 
Haide Daiban

Clío caminaba erguida, sus ojos clavados en un punto del horizonte. Un mechón cano caía elegante sobre la frente surcada de finas arrugas.
Llevaba en la mano un primoroso paquetito de confitería, como si fuera un delicado, cristal ,casi suspendido.
Con paso marcial. Aunque algo cansino, siguió por la calle alamenada, llevando consigo, también una serie de apellidos cargados de historia.
Cada tanto oteaba las casas de enfrente , sombrías, centenarias, quizá deshabitadas, por su aparente soledad, todas ellas rodeadas de jardines umbríos, centenarios, que le hacían el marco adecuado. Esa vista tan conocida la llenaba de recuerdos y alegrías.
Aspiraba el aroma de las flores que la circundaban y tenía ante sí ,otra vez, aquellos pincelazo de tiestos cargados de colores y aromas. Aquellos, de la vieja casona paterna.
Los jacarandaes estaban en flor y como una sonámbula continuaba por la vía violeta, pisando impávida, las flores caídas, como si estuviera acostumbrada, ( y lo había estado), a pasar sobre las corolas que en otro tiempo  habían echado a su paso los mejores pretendientes de la ciudad.
De pronto, su rostro cejijunto, desaprobaba alguna fachada atrevida que importunaba con sus “modernidades” al barrio.
Llegó a la Avenida y cruzó manteniendo siempre su mano erguida, que sostenía aún el paquetito. Pasó frente a la antigua iglesia, se persignó y observó el campanario. El reloj marcaba desde lo alto las cinco en punto, aceleró el paso. Era la hora del té.
Revió instintivamente, todas las tardes de su vida y comprobó por enésima vez que nunca faltó en su cuenta una sola tarde sin el reglamentario five o’clock tea. Como decía su madre inglesa debía sorberse en tazas de transparente porcelana, y con delicadeza y elegancia, sin levantar el meñique.
A Clío le parecía verlas brillar  aún, sobre el mantel bordado, rodeado de cakes y puddings. Mamá cuidaba de aquellas piezas,  con celo y ella , las admiraba tras la vitrina del comedor. Suspiró quedamente. Clío sabía que solo tomaría el té en ellas cuando su hermana Anastasia la invitara. ¡La heredera!. Frunció la nariz con desdén cuidando que nadie notara el  gesto.
Se detuvo de repente frente a una vidriera, observó los encajes y puntillas. Arrobada sonrió para sí. Mi vestido, pensó, ese sí que era de encaje de Bruselas, padre nunca olvidaba de traérmelos en cada uno de sus viajes.
Acomodó el paquetito y siguió, soberbia, calle abajo, trotando sin querer  con el declive que imponía la vereda. Así solía hacer de chica cuando la acompañaba su nodriza-madre Francisca,¡Si!, Francisca fue su sombra. Donde ella estuviera, Francisca la seguía. Aunque en la estancia de su padre, allá por Casares, más de una vez la engañó. Y sus buenas escapadas se hizo al pueblo.
Entre la gente aquella, mezclada en la feria, en la placita, ella era  una  más.   Y se     olvidaba de la rigidez de los muebles, de la frialdad de los mármoles que tenía el casco de “La Augusta”, como le decían todos.
Mientras recordaba, Clío caminaba con paso lento. Por fin, jadeando un poco, se detuvo frente a la casa. Estaba deteriorada y emergían mechones de color debajo del muro descascarado. Era de una sola planta, faltaba el jardín, que  había  sido  tapiado burdamente, sin consideración. A su lado crecía un monoblock rígido, enhiesto. Era un dedo de cemento que apuntaba al cielo.
Clío estaba cansada de la caminata, sosteniendo con el dedo meñique el paquetito, sacó su llavero de plata y abrió la puerta de entrada. Cruzó el patio enmacetado, giró la llave que abría la puerta de su cuarto y entró.
Estaba oscuro, dentro y no se escuchaban ruidos en la casa. Aún no habrían llegado la señora Martín con sus niñas, que volvían del colegio .Eran una compañía  aunque tuviera que compartir la casa y el alquiler ayudaba un poco, la jubilación todavía no la habían aumentado como prometió el gobierno. Ya vendrían tiempos mejores, o quizá nunca suceda, no se sabe.
Se acomodó el cabello con las manos. Se lavó y tendió el pequeño mantel bordado por su abuela, colocó las dos masas recién compradas en el último platito de porcelana que le quedaba


Sacó de la vitrina la taza de porcelana para el té y se dispuso a merendar.

Cristina Villanueva


La niña lee 
Cristina Villanueva


Cuando cesó la búsqueda de dios en la terraza, vi suicidarse el cielo y sólo ser trazos de tiza en la vereda.

Los labios coágulos de color como espéculos de la tarde, se mecen en miradas, preanuncio del mar, para abordar secretos naufragios, viajes donde todo quedaba atrás. Tierras anteriores a los labios y los ojos, se secan los dolores en el delantal luminoso de la isla  desembarcada en Buenos Aires.

La niña lee con ojos de voyeur. libros que fosforecen en el verde de las encuadernaciones. ¿Es la mirada una punta de palabra imposible? Los dedos piel de navajas, redes que abren, cierran, papel, hojas, sueños. Castigo por el Crimen de la fuga del patio desflorecido donde la niña lee, acostada en uno o todos, regazo enredadera de voces. Manón, Ema Bovary, o un jardín desplomándose en cerezas. Ahuyentando a una muerte en celo que la buscan. Inocente perversa, revancha contra las sombras. La niña lee.

El recuerdo de mi mano contorneando los caracoles, con ojos en los dedos. Un animal marino bicéfalo, el interior suave, el exterior rugoso complejo,  erguido en picos. Contraste vivificante, lo pruebo con el dorso y con la  palma. El afuera despierta, el adentro te envuelve con una tersura cada vez más irreal. Lo deslizo en la cara, en el cuerpo, lo se, el animal vive, frío, nítido. Cuando llega al pelo le arranca música. Los rulos cantan, lo buscan, lo cercan, quieren guardarse en lo íntimo que brilla, juntarse con el mar en ese ruido del centro, sonido cóncavo y convexo fuerza disparada, fuerza que vuelve y se anilla, fiesta. Después lo rozo con las uñas y cruje en las marcas que el viento le trabajó. Poro a poro de arena como si un inmenso eco me envolviera, una ciudad entera de camellos me camina, me levanta y me suelta, laberinto de múltiples salidas, donde el juego es posible.

Vivencias acompasadas en el borde de la espuma. Nado en un mar de caracoles, hacia el lado escondido. Los bebo, me buscan el hilo rojo de los pezones Vaivén, arabesco secreto al que nunca se llega. ¿Son una boca, una mano, una pregunta? ¿Una metáfora del tiempo o del deseo?



Jenara Garcia Martin


DOS COPAS  
Jenara Garcia Martin

(síntesis de un relato de un excombatiente de la guerra de Malvinas: Durval Díaz, de Salta)
“Fue una noche fría,  típica de los inviernos salteños, allá a fines de Julio de 1.982, cuando por segunda  vez en mi vida, entraba al boliche BALDERRAMA. Si bien me gustaba el folklore, no era lo que se llama, un amante; ni siquiera sabía bailar, pero tenía otra razón para estar allí, y ni bien me ubiqué en una mesa, llegó el mozo muy solícito …muy profesional y al darme las buenas noches, me preguntó ¿Qué le sirvo?
“-Le pedí una botella de vino y dos copas, al tiempo que recostaba una silla contra la mesa, en clara señal que estaba ocupada. Observador el mozo, o tal vez sólo por decir algo, me preguntó: ¿Espera usted a alguien?
“-Sí, a alguien que nunca vendrá. El mozo me miró y acostumbrado a tratar todo tipo de clientes no le sorprendió la respuesta y se limitó al estricto  acto de atender el pedido y no sirvió  las copas.
“Yo mismo lo hice. Serví las dos copas y observándolas unos minutos, tomé una en cada mano, y  “BRINDÉ… BRINDÉ” …por la persona que no había acudido a la cita y me quedé evocando recuerdos, sin mirar el reloj... El Boliche empezó a tener el movimiento habitual: alegría, música, baile y el Espectáculo central con la presencia del SALTEÑO MOLINA: Chacarera, Zamba, Gato, Carnavalito…Yo escuchaba la música pero estaba ausente, solitario en mi mesa… Pasados unos minutos no soporté más ese ambiente y me retiré.
“LA NOCHE PARA MI, HABÍA TERMINADO. “Pasó el tiempo y recordando esa noche, pensé en cuántas historias tienen los mozos para contar, pero ese mozo, ese mozo, tendría una historia inconclusa. Conocía el comienzo: Una silla reservada  y dos copas vacías, pero nunca conocería el final.
“Me hubiera gustado volver y decirle: La primera vez que estuve aquí, hace  seis meses, me acompañaba Panfilito, compañero y gran amigo. Éramos militares, marinos para ser más exacto, con destino en Malvinas. Y nos habíamos divertido tanto aquella noche, que prometimos volver a encontrarnos en este mismo lugar en la próxima  licencia ordinaria, que sería, normalmente, en el próximo mes de Julio.
“Pero el tiempo trascurrió y los acontecimientos hacen de los hombres unas “marionetas”, a quienes les está permitido tener deseos, soñar, pero verlos cumplidos… es muy difícil para algunos…así es como yo acudí solo a la cita.
“YO ESTABA VIVO ¡VIVO!…SI ES QUE ESO ERA ESTAR VIVO. EN CAMBIO, MI AMIGO PANFILITO, NUNCA MAS TENDRIA LICENCIA ORDINARIA NI DE NINGUNA OTRA CLASE, porque era uno de los 323 argentinos que murieron en el crucero Belgrano torpedeado por los ingleses en la guerra de Malvinas.
“El Belgrano había salido de USUHAIA con 1093 tripulantes y ya estaba a 210 millas de la isla GRAN MALVINA, 55° latitud Sur. Era Domingo 2 de Mayo de 1.982, cuando el primer torpedo impactó en el centro del buque. Sin haber podido reaccionar a la tragedia que estaban viviendo, les impactó el segundo que cortó veinte metros de la proa. Era catastrófico, desesperante, el BELGRANO no se salvaba estaba herido de muerte. El Capitán, último en abandonar el buque dio la orden de evacuarlo a horas 16,23 y en quince minutos ya lo habían logrado. Todo fue rápido, y el BELGRANO DESAPARECIO DE LA SUPERFICIE EN MENOS DE UNA HORA. El mal tiempo, la turbulencia y baja temperatura de las aguas, hicieron el resto. Ayudaron a que la tragedia fuera más dramática.
“Se salvaron unos setecientos marinos…Pero en qué condiciones. Sus heridas fueron extremadamente graves y profundas, tanto físicas, como psíquicas”
Doscientos  cuerpos nunca fueron encontrados, como tampoco EL BELGRANO.
La historia le recuerda a mi amigo Panpilito como el Cabo Primero: Artillero  José Luis Ramírez,  el que faltó justificadamente a la cita.
“Yo, nunca más pisé el boliche BALDERRAMA, pero cuando paso junto a su puerta, miro hacia dentro, sin saber lo que busco”
EPÍLOGO
Esos doscientos cuerpos no rescatados siguen navegando por el mar, sin destino,  como EL BELGRANO,  esperando un refugio seguro que los acoja eternamente, pero entre las aguas, donde está su vida. Aquí, en la tierra, aunque tengan una cruz con su nombre, no podrán tener nunca una tumba con sus restos.

Si alguna vez tenemos oportunidad de arrojar una flor al mar, lo hagamos como un humilde homenaje hacia esos héroes que lucharon en la guerra por Malvinas y con seguridad que las olas, los buscarán y  la llevarán a cualquiera sea el lugar en que se encuentren…

Lulú Colombo

Mi Daniel 
Lulú Colombo



"Le dieron casi once años por asesinar a su novio". No es verdad, pero así dice el titular del diario. La única verdad es que mi Daniel está muerto. Quién puede compadecerse de mi tormento. Una frase..., pido sólo una frase de compasión. Ni yo ni nadie puede redimirse de un pecado que no ha cometido. Si en algo he pecado, ha sido en amar más que a mi vida. Me es difícil creer que yo lo maté. La ley lo dice. Estoy postrada y sé que la mano del destino ha dispuesto que viva así, con el corazón revuelto en un cuerpo inerme. He repasado una y otra vez el momento en que le di muerte, según los autos, y me palpo todavía para comprobar que estoy viva. Prefiero el refugio cuando mirábamos el río, plenos de amor. Veo su rostro intenso y su fuerza. Por eso me fui con él. Y él me puso a trabajar de noche. Y yo acepté porque lo amaba. Amar es perderse de sí. Un día lo vi en la parada con esa mujer. Supe allí que me traicionaba y lloré. Escuchó mi reproche con estupor y furia. El puño me partió la boca. Pero el amor es eterno y yo juré vivir el amor hasta la eternidad. Lloro ahora esa eternidad porque me quemo en el ardor de un pecado que no cometí. Vi su cuerpo joven caer bañado en sangre pero no sé cómo ocurrió todo. Abrí los ojos y Daniel estaba muerto. Me debato en la duda de mi deseo de matar y la muerte en sí. Hubo otra mujer en la escena del crimen y el fiscal lo niega. La bala que encerró en esta prisión de ruedas no salió de mi deseo, lo juro. No recuerdo que yo quisiera morir pero sí a la otra, la que nos sumió en la desgracia. Me indago hasta desfallecer  si puede el puro deseo matar o si yo habré realmente apuntado el arma y disparado. Y ése es el instante que busco. Insisto en que no maté porque no tengo pruebas reales del hecho. Si el juez tuviera razón yo me salvaría. Yo que he amado a Daniel desde el primer instante en que lo vi y que lo lloro, estoy postrada en esta silla, atada para siempre a la penitencia de estar en esta cárcel que el destino me ha creado. Una mano disparó dos veces, según el fiscal, pero yo no sé si es la mía. Se me acusa de dispararle dos tiros a quemarropa y luego intentar suicidarme. No hay testigos. Sólo pruebas de balística. Yo jamás he usado un arma. Me pregunto, ¿quién no ha tenido las entrañas incendiadas por la furia? ¿o por el amor? Todo se ha apagado ya. Que el juez me haya condenado no significa nada para mí. Recuerdo la bella voz de Daniel y su andar. Siento su presencia y lo veo llegar y sorprenderse de verme postrada. Nunca sabremos de donde salió el tiro que me quebró la espina y mató a mi bebé el día en que Daniel iba a saberlo.

martes, 18 de julio de 2017

Carlos Margiotta


La Tipa  
Carlos Margiotta

Estacionó el auto cerca de la peatonal, tomó su portafolio y se dirigió a visitar a unos clientes. El calor de la mañana le ajustaba la camisa y la corbata le apretaba el cuello, tuvo ganas de sacársela pero sabía que un productor de seguros no podía presentarse desaliñado. Su trabajo, no sólo le gustaba, sino que además con él había ganado mucho dinero y un buen prestigio en pocos años. Tenía un departamento grande en Belgrano, un auto nuevo, una casa de fin de semana en un country, y podía enviar a sus tres hijos a un colegio privado.
Con la primer cliente no tuvo problemas: le renovó los seguros del comercio y además hizo otro de vida. Con el segundo, discutió agriamente, el sujeto pretendía extenderle el pago noventa días y se fue sin la cobranza. Son gajes del oficio, pensó, aunque su orgullo no le permitía aceptar una derrota. Cuando terminó de visitar los negocios de la calle Rivadavia, caminó hacia el edificio de oficinas, el más alto de Quilmes, y trabajó hasta el mediodía.
Su plan era subir al auto y continuar con las entrevistas por Berazategui, Florencio Varela, y por último La Plata, pero decidió hacer una pausa. Tenía hambre, apenas había desayunado un café en el quiosco de la estación de servicio. Cruzó la calle y entró al bar que frecuentaba en la zona. Estaba cansado. Se sentó a la mesa y miró el menú, no había nada que podía comer. El corazón le avisó meses atrás con una arritmia, tenía la presión alta y debía hacer una dieta para bajar el nivel de colesterol. Pidió un agua mineral y una ensalada de tomate, lechuga y palmitos, sin sal.
Mientras le preparaban el pedido, prendió su celular, tenía varios mensajes de la Compañía y los contesto uno por uno. Después llamó su esposa: Acordáte que esta noche tenemos la reunión de padres del colegio. No quiero que la nena se pierda el viaje de egresados. Se quejó interiormente por el compromiso y llamó a su madre, que estaba delicada de salud, para excusarse por no poder visitarla.
Cuando terminó de comer volvió al estacionamiento y repasó mentalmente las tareas de la tarde. Añoraba aquellos días despreocupados donde disfrutaba de largas tertulias en el viejo café de Villa Crespo con los amigos. Dejaban pasar el tiempo hasta que las horas se apagaran con el último pucho arrugado contra el cenicero. Hoy hubiese calificado aquellas reuniones de ociosas e improductivas. Extrañó el rumor de las fichas de dominó que se desparramaba sobre el hule de la mesa, y el taco de billar que se estrellaba en una carambola. Pero eran jóvenes y todo era más lento, lo suficientemente lento que bastaba los sentidos y la amistad ¿Qué será de la vida de los muchachos? pensó.
Sorprendido por el recuerdo puso en marcha el auto. En la autopista soleada llamó a Mónica, la amiga de su mujer, con la compartían la cama y los sueños. Ahora no puedo, entendéme. Tengo que terminar de pagar la hipoteca de la casa. Me metí en un crédito para comprarte un dos ambientes y vos encima me reclamas, le había dicho semanas atrás. No era el momento de cambiar su vida, de perder lo que había ganado, y además tenía miedo que la medicación que estaba tomando le provocara cierta impotencia.
Quería descansar, dejar de correr detrás de las responsabilidades y bajarse un rato del vértigo cotidiano para recuperar la memoria y suspender el progreso. ¿Cuánto hacía que leía un buen libro?. Con estos pensamientos recorrió los lugares previstos y olvidó algunas de sus entrevistas de agenda. Decidió ir al Bosque, y tirarse debajo de un árbol. Se van todos a la mierda, masculló. Acomodó el auto cerca del Observatorio junto a una frondosa Tipa y reclinó el asiento hacia atrás para convertirlo en una cama. Se quitó el saco, descorrió el nudo de su corbata y se dejó ir con la brisa verde de la tarde. En el ensueño apareció su madre en la azotea de la casa de la infancia colgando la ropa al sol. ¿Dónde te duele, hijo?
onó el celular y se despertó, era un llamado intrascendente. Miró el reloj, tenía sólo una hora para regresar a la capital y cumplir con sus obligaciones. Cuando subió a la autopista puso la quinta marcha y aceleró. Ahora sabía que por delante estaba la nada, tan eterna y sin prisa.  


Octavi Franch


LOS ANIMALES: 
PROTAGONISTAS LITERARIOS
Octavi Franch

Cuando escribo un cuento o novela infantil nunca me planteo si los animales tienen que ser más o menos protagonistas que las personas, ya que para mí son todos iguales en el mundo de la ficción. Porque si los escritores hacemos hablar, por ejemplo, a los animales que aparecen en nuestras historias, ¿por qué motivo tendría que haber diferencias entre ellos y los humanos de los cuales hablamos en nuestros libros?
Por lo que respecta a mi obra literaria dirigida a los más pequeños, tanto la publicada como la inédita, siempre ha habido y habrá un protagonista animal más especial que los demás: mi perro Drac. Mi hijo peludo, como siempre le he llamado y siempre me dirigiré a él, era un west-highland white terrier, un westie o westy como se conoce en el universo perruno. Era blanco, pequeño y el ser vivo más cariñoso y leal que nunca he conocido, y que muy probablemente nunca conoceré. Por desgracia, murió de un infarto el 31 de julio de 2009 con solo nueve años y medio de vida. Durante ese tiempo, fue mi mejor amigo y el ser que más he amado juntamente con mi madre y mi esposa.
Curiosamente, Drac ya era uno de los personajes principales de una de mis primeros libros para adultos, una novela policiaca publicada en 2001. Pero lo fue sin haberlo conocido todavía. Me explico: creé el personaje antes de tener al perro. Y la verdad es que cuando conocí a Drac era exactamente igual que el que había creado para la novela. Misterios de la vida. Pero volviendo al Drac personaje, ha aparecido ya en tres de mis historias publicadas para los más jóvenes: en dos cuentos y en una novela. En uno de los cuentos, ¡Aprende a maullar!, es además el protagonista principal.
Aparte de este entrañable y juguetón perrito, en otras de mis obras infantiles aparecen otro perro, un gato, tres gusanos, una mariposa y hasta un murciélago. Como veis, todo un mini zoológico que convive, con total naturalidad, con los niños y niñas de mi universo literario.
Pero como soy un fanático de los dragones (de ahí el nombre de mi querido y ausente perro: Drac significa Dragón en catalán) —de hecho colecciono cualquier figura alegórica y los tengo ordenados en estanterías por colores, desde el blanco hasta el negro, pasando por el rojo, mi favorito— lógicamente éstos también aparecen en mis libros, tanto los que son para adultos como los que aquí tratamos. En concreto han aparecido en dos de mis libros: un cuento largo que también es obra de teatro y en un cuento breve, ambos ambientados en el bosque y con personajes medievales clásicos por en medio, como caballeros y princesas.


Eso sí: mis dragones siempre son los más buenos de las historias.

Gustavo M. Galliano


POEMAS de Gustavo M. Galliano

EL CREYENTE 
Cuando niño creí que los niños mayores
jugaban con las respuestas de las preguntas todas,
y pedí, rogué, supliqué, en vano,
pues ellos fingían los saberes.
Cuando joven creí que los jóvenes mayores
despreciaban las respuestas a las preguntas todas,
y escuché, repetí, recité, memoricé, en vano,
ellos no eran más que viles mercaderes.
Cuando adulto creí que los adultos mayores
fabricaban las respuestas a las preguntas todas,
y dudé, examiné, confronté, discrepé, en vano,
ellos manipulaban, abusadores de dialéctica.
Cuando anciano creí que los ancianos mayores
ocultaban las respuestas a las preguntas todas,
y presentí, comprendí, accedí, no en vano…
la avidez de respuestas, no necesita preguntas.-

RECUERDO SAPIENS

Me detuve en el tiempo,
y el silencio fue sicario,
ignorante del presente
se ha cobrado mi pasado.
Amigos devenidos en pompas de jabón,
familiares conceptuales de nylon,
compañeros dibujados en  spray,
nadie es corpóreo, ya nadie.
Aquel pasado no fue exorbitantemente mío,
pero la marca preña a fuego,
sonrisas fotográficas encuadran la ciudad
en el libro espurio de la hipocresía.
Tiempo, que  solo muta en  tiempo,
creí antes del silente sicario,
pero el viento se detuvo, antojadizo,
hasta convertirme en sapiens.-



Vale Dujovny


                                      SUBTE 
Vale Dujovny

Entonces aparece esa joven con esa calza.
La observo y puedo intuir cada detalle de su intimidad, cada mínimo pliegue de su anatomía.
Está desnuda, con cien mil pequeñísimas flores pintadas en el sexo.
Vende Beldent a 2 por 10.
¿Qué edad tiene…20, 200 años?
Pasea sus largas piernas de langosta y su hermoso culo por el pasillo. Carga esa cajita llena de chicles. Deja un paquete en las rodillas de los pasajeros.
Su carne tiembla levemente en esa marcha. Muerde con fuerza para sostenerse. En una mano el producto, y con la otra, reparte. Asida de ningún lugar. Va y viene. 
Dudo si lo que escucho es el chirrido metálico de las vías o los ratones de los pasajeros, aullando a su paso. 
No mira a nadie. Todos la miran. Algunos con celo. Otros en celo. 
Ellos resisten en sus asientos, con los labios apretados, con miedo de que la baba se les escurra, caiga y ruede por el piso… Incómodos, resbalosos… 
Algo ha sucedido, y no es que se haya detenido la formación. 
Esa joven acaba de recordarles el estribor negado de sus existencias. 
El sonido de las chancletas que ella arrastra despierta a las bestias encerradas, susurra afónico, lubrica las bisagras de sus prisiones.
Sudan salados los mares en sus caderas, y trepa el agua hasta la boca de otros.
Todos se yerguen a su paso, suavemente, en la marea vaivén que los mece al mismo tempo que sus ancas. Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos. 
Disimulan, complacidos por ese oleaje inesperado, fuente que mana memoria y vida. 
Respiran el aliento ajeno. Recuerdan… Abren la boca para exhalar.
Tragan saliva a la vista de ese parque de diversiones.
Algunas gárgolas la observan desde la puerta, bajo el cartel de las estaciones.
La miden, la destazan, la cortan en pedacitos, la rebanan con el filo de sus lenguas y el revés de sus postizos. La sazonan de impudicias.
Al postre, eructan y la crucifican.
Ella pasa, como un viento anónimo, con la lucidez vacía de quien no espera nada, de nadie, nunca más. Sigue una senda que se va a abriendo a cada paso de sus pasos. Solo ella la ve.
Llega al final del vagón. Encaja la zanja de su trasero en la barra del fondo, se mete los dedos sucios en la boca y cuenta los billetes con experiencia de tachero.
La miran… Ese movimiento en cámara lenta, de su lengua mojando el pulgar, el chasquido de sus dedos contando los de a 10, prodiga polvos de hada en el Nuncajamás de bajo tierra.
El tictac cáustico del paso por los durmientes abre una brecha matutina de ensueño en la imaginación de los topos que habitan ese espejismo.
Recién entonces vemos su rostro.
Ella nos odia.
Sus ojeras oscuras nos odian. Sus pestañas con rimmel azul nos odian. Sus talones resecos nos odian. El olor a aceituna de sus axilas nos odia. Su pelo mal teñido y mal planchado nos odia. Las aletas de su nariz, expandiéndose por debajo del piercing, inhalando el aire inmundo del Subte, 15 horas al día, nos odian.
Todos bajamos la mirada.
Somos culpables de este escarnio. De sus sueños podridos de antemano. Del agujero negro en su mirada.
Ella nos odia y todos lo merecemos.
Somos culpables.
Estación Plaza Miserere. Su culo pasa frente a nosotros como un último alegato en su defensa.
Suena el sinfónico silbato, en un réquiem a su partida. Está muerta, por nuestra mano. Sus uñas sucias ya están escarbando la tierra de su olvido. 
Y tiene ese culo perfecto que no le sirve para nada. 
Desciende.
Juro que atravesó la puerta antes de que se abriera.