sábado, 26 de mayo de 2018

Carlos Margiotta




El ángel de la guarda  
Carlos Margiotta

Ahora puedo dormir de corrido toda la noche. Me acuesto como a las once y cuando me despierto son las siete de la mañana. Después de tantos años de insomnio creo haber descubierto la manera de dormir sin tomar las pastillas que usted me recetaba. ¿Se acuerda? Al principio me causaban efecto y al poco tiempo terminaban excitándome cada vez más, y entonces tenía que volver a verlo y usted me daba otras pastillas más fuertes, hasta aquel día en que tuvo que internarme por una intoxicación hepática, casi me muero. ¿Se acuerda? Bueno, yo sí, pero a pesar de todo no le guardo rencor. Entonces éramos camaradas, los dos estábamos en la misma, y además yo reconozco que era medio loquito, el colo Almada me decían.
El asunto es que venía a verlo para agradecerle la paciencia de tantos años, y para contarle cómo fue que logré dormir, por ahí le puede servir con otros pacientes y tal vez hasta pueda ayudarlo.
¿Se acuerda del ángel de la guarda? Ese que cuando éramos chicos nos decían que nos protegía. Bueno. Resulta que una noche, a la tres de la madrugada, mientras miraba las cinco ventanas iluminadas del edificio torre de enfrente de casa, encontré al mío. Esas mismas cinco ventanas que le contaba cuando venía a verlo, que creía habitadas por otros tantos insomnes como yo. Esas casas que imaginaba con seres atormentados llenos de horror y tristeza. Bueno. Le cuento. Mientras miro la torre siento que alguien se mete en mi cama y empieza a acariciarme la espalda. Al principio me asusto y no quiero darme vuelta para ver quien es, y dejo que siga con las caricias que empiezan a recorrerme todo el cuerpo.
Siento sólo la presencia de una mano sedosa, ningún ser concreto en particular, como un ángel inmaterial que me tranquiliza y me hace dormir. Cuando despierto pienso que todo ha sido era un sueño, pero... ¿qué sueño? Si hacía años que no soñaba. ¿Se acuerda que le decía? "Lo que más me jode de todo esto es que no puedo soñar".
Ese día no le di más importancia al asunto, hasta que volví a casa y llegó la hora de meterme otra vez en la cama. Esta vez no tuve que esperar tanto, el ángel como la noche anterior, comenzó otra vez a acariciarme tan dulcemente que me entregué sin resistencia, de inmediato. Y así me visitó noche tras noche, y en la medida que nos fuimos conociendo por el contacto cuerpo a cuerpo, la mano fue adquiriendo la forma de una mujer. Poco a poco fui reconociendo su cintura, sus piernas, sus caderas, y sus senos voluminosos apoyándose sobre mi espalda. Una vez quise darme vuelta para abrazarla y desapareció. ¿Se acuerda que me una vez me dijo que no pretendiera controlarlo todo, que me dejara llevar por los sentimientos y me entregara al sueño reparador? Bueno, ahora lo entiendo.
A llegar la primavera empecé a acostarme totalmente desnudo esperando el placer de esas manos eternas, acariciadoras, que fueron avanzando sobre las partes más íntimas de mi cuerpo excitándome. Mire, se lo cuento y me avergüenzo. El ángel se había convertido definitivamente en una mujer tierna y hermosa, pura y diabólica, como jamás he conocido. Le juro que no tengo recuerdos de algo parecido, nunca sentí que me hayan querido de esa forma, sin palabras de por medio, sin pedir nada a cambio. En algún momento creí que era otra alucinación. ¿Se acuerda?. Como esas que me agarraban después de una misión importante, cuando usted me daba licencia hasta que se me pasara. Pero no, es una inmensa felicidad la que me invade secuestrándome de la realidad cotidiana. Me siento poseído, esclavizado a merced de todos sus deseos que no puedo rechazar. Al mismo tiempo estoy desesperado por conocer a mi visitante nocturna y contarle mi historia, decirle que no era merecedor de su amor, que soy un tipo jodido.
Una noche de luna llena la vi, la luz se escurría entre las rendijas de la persiana del dormitorio cortando la oscuridad con líneas blancas, como un pentagrama. Estoy seguro que me creyó dormido y en un descuido se levantó de la cama, atravesó el haz luminoso totalmente desnuda. Vi su imagen de una belleza inconmensurable y celestial, caminando hacia la puerta, cuando quise alcanzarla desapareció.
Se lo cuento y se me pone la piel de gallina. ¿Se acuerda cuando la conocí a Susana y usted me aconsejó? "Cuidala, es una mina bárbara, si la maltratas las vas a perder".
Tuve miedo de que no regresara, como lo habían hecho otras mujeres, pero después de tres noches de insomnio volvió. Las reglas de nuestra relación son claras e implícitas. Los ángeles no tienen sexo, a cambio del soñar debo renunciar a toda iniciativa. Entonces que me dejaré someter pasivamente. Cada noche ingresaré a un mundo desconocido de sueños encadenados unos a otros en un perpetuo continuo de imágenes donde todo era posible, donde no había límites, donde lo deseado se realizará antes del amanecer. A veces tengo miedo de tanto placer y siento mi cuerpo estallar en mil fragmentos que no puedo juntar.
¿Se acuerda cuando usted me decía: "Déjese llevar por el sueño, no tenga miedo que no se va a morir"? Tenía razón. Ahora no le temo a la muerte, la muerte es la felicidad, es terminar con las pesadillas que me persiguieron durante treinta años. Recuerdo perfectamente cuando lo vine a ver por primera vez. Quería abrirme de todo esto y pedirle la baja. Usted me dijo que no sintiera culpas ni remordimientos, que era la guerra, que solamente se trata de cumplir ordenes.
Bueno, quería que supiera lo que he sufrido y lo que he gozado. Ahora le toca a usted, el ángel de la guarda me lo pidió y yo cumplo.







Juana Rosa Schuster


POEMAS Juana Rosa Schuster


Los vi pasar

Aletear de pájaros,
sinfonía de alas.
En la sombra de los alerces,
engarzamos los labios,
con la timidez de la noche
en armónica compañía.
Pero, los vi pasar.
atrapada en mi propia tela
camino por la cornisa del desamor.
Tarareo un soneto de reproche.
Sin vos, no puedo andar mi camino.
El desequilibrio me hace tambalear.
Los vi pasar.
sin haber arrojado espinas,
me crucificás.
La sombra de tu ausencia
persiste en permanecer aquí
en cada suspiro del día.
Te vi pasar.

 Desilusión    
              
La tarde estaba quieta en las montañas,
azul y quieta como adormecida.
El sol tendía gasas de oro
sobre la esmeralda de los campos.
Todo era una sinfonía de luz, aves, aromas.
Fuego el sol, llanto el rocío, las palomas, blanca nieve.
Entonces volví a verte.
otra vez.
Y lo supe.
Pero el murmullo eterno del viento
me empujó a tus brazos.
Más una íntima voz me advirtió
que tu boca ya no sería mi refugio.
Mis ilusiones fueron frágiles copas rotas.
Regresé.
Dios, ¿qué pondrá en mis ánforas
el cruel destino?
Tal vez se colmen de rosas,
tal vez, para siempre se queden vacías.















Teresa Godoy


POR UN CAFÉ  
Teresa Godoy

Era muy tarde,  ya entrada la noche.
José, casado, 4 hijos y suegra con asistencia perfecta en su hogar que hacía de éste una conjunción de peleas y discusiones. Llegó el día… mejor dicho, una noche que no la pudo soportar más, menos con los incidentes que seguían en su casa por su participación activa en los mismos. Quería escapar de allí. Miró el pasillo largo de su casa, y sin que lo notaran, se animó y salió sigilosamente hacia la calle. ¡Pucha, esta puerta siempre chilla, susurra, y todavía  siento los gritos en mi cabeza! Se dijo.
Noche oscura. Ni un alma en las calles, camina por sus rotas veredas, ni un auto alguno por sus calles en el empedrado lleno de baches.
José camina  y arrastra consigo la angustia por lo vivido. ¡Todos los bares cerrados! ¡Allí podría relajar mi alma! Canturrea.
Sigue caminando y a unas cuadras ve unas luces. Es un barcito casi en penumbras.
Llegó muy cansado y observó que sólo hay una mesa ocupada por una pareja. Entró casi sin ganas y furioso por la escapada de su casa.
El dueño le grita: ¡No, ya estamos cerrando!
- Pero, déjeme un rato nomás, señor, contesta extenuado, para que lo deje entrar, sólo tomaré un café en la barra.
No quedaba ni una mesa disponible, todas las sillas estaban patas para arriba sobre las mesas, así, como estaba la casa de José.
Aún, no se le puede juzgar, ni por bueno ni por malo. Hay que escuchar todas las campanas.
Los mozos rezongan, pero le llevan el café. Luego, sacan la basura que se juntó durante el día.
Así ha de sentirse el desafortunado José que salió de su casa como sacan algunos la basura a la vereda por  la noche, mirando para todos lados, si lo hacen fuera del horario establecido.
El café lo reconforta, pero el buen aroma de ese café se confunde ahora con el olor de los trapos que usan para la  limpieza y el polvo que levantan al barrer.
La pareja que aún allí estaba, comienzan a mirarlo con disimulo. Es que lo conocen y saben de su dramática situación. Ellos han escuchado todas las peleas durante muchos años, la de los vecinos, la de la familia y la de ellos personalmente. Y murmuran casi para que los escuchen: “No es la primera vez que sale como rata por tirante, este don José, cada dos por tres se manda una macana” . La pareja paga la cuenta y queda desierto el bar.


El dueño le pide al hombre de la barra, que pague y se retire. José pagó insultando, y no le quedó otra alternativa que caminar hacia la plaza y juntarse en con los cartoneros del Barrio.

Ana Ojeda



El vibrante roce de la realidad  
Ana Ojeda

Toda mi vida es una pura concesión. Me despierto cerca de las siete de la mañana porque tengo una hora de viaje hasta el trabajo y entro a las nuevo en punto, clavado. Cualquier minuto de retraso debe estar acompañado de excusa relevante: suicidio colectivo en medio de transporte público, episodio de violencia à la Columbine (en caso de haber tomado el subte), muerte súbita bajo rodado de varios cuerpos, o similar. No es raro que antes de enganchar la bici en el poste del semáforo tamborilee con los dedos sobre los postigos de la ventana para avisar que ya llegué; así evito tener que jugar a la salida en el tiempo de descuento.
La empresita funciona en un ph de tres ambientes (todos dan a la calle) y patio cubierto. Baño y cocina quedan frente a la puerta de entrada, de madera centenaria, y hay además un pequeño depósito oscuro y húmedo, usado para acumular trastos viejos. En total, somos cinco y dos jefes. Yo entré con cargo de administrativa, pero la (concesiva) realidad es que hago un poco de todo.
A la mañana no bien llego pongo en orden la cocina, que por lo general es un chiquero. Se desayuna, se almuerza y se merienda, pero no se lava. Desde que trabajo acá, odio la pizza: la muzzarella derretida de ayer es una especie de chicle con anfetaminas. Imposible de remover. Lo otro que no soporto es el cigarrillo. Mi jefe el mayor, ocupado en salvar vidas, así dice él, se desentiende de las normas más elementales de la higiene. Para él, cenicero es todo: vaso, tasa, botella, cuchara o platito. La semana pasada hubo un principio de incendio porque tiró un pucho encendido en el tacho. El episodio nos dejó mal, sobre todo porque tuvimos que comprar un tacho nuevo con los fonditos de La Coope. Mi jefe el mayor nos explicó que los bienes muebles perecederos son más de todos que de la empresa y que por eso tenemos que bancarlos con el fondito común.
A mi jefe el menor lo veo poco. Casi nunca va por el ph, así que cuando lo veo charlamos más que nada de la vida. De la suya, porque es un gran viajero y siempre nos trae noticias del mundo y de sus novias. Yo me limito a escuchar, sé que no corresponde que me aproveche de la supuesta reciprocidad del diálogo para agobiarlo con la larga retahíla de concesiones que engarzo día tras noche tras día. Mi psicóloga no entiende esta manera que tengo yo de ver las cosas. Siempre me dice que lo mío es que no puedo con la vibrante. No digo que no, pero creo que lo mío es algo más global.
Mis tareas en la empresita son sencillas. Sobre mi escritorio hay una computadora y tres bandejas. En la primera hay pedidos, en la segunda reclamos y en la tercera envíos. Un pedido puede ser que vaya hasta el banco a pagar la luz o hasta Dispita a compararle pañales a la nena de mi jefe el mayor. A esa bandeja le temo, nunca sé qué me va a deparar. Me acuerdo la vez que, tras lavar y ordenar en la cocina, me acomodé frente a la máquina sorbiendo el primer café de la mañana y al levantar una A4 agujereada, leo: “9:00 tomate un taxi y pasá a buscar a Ivette. Acompañarla donde quiera ir”. Fue una patada de adrenalina. Primero, porque yo era administrativa y no personal para todo servicio. Segundo, porque no me había dejado plata para el taxi. Tercero, porque las nueve eran pretérito pluscuamperfecto.
Todo el tiempo es así. Voy, no voy, qué hago. Tal como yo lo veo, desobedecer una orden es causal de despido, pero ir era gastar mi propia plata sin saber a qué hora iba a terminar, ni dónde. Además, a esa hora todavía no había nadie, ¿quién iba a atender el teléfono? Migue, Lore, Juancho y Liso (se llama Lisandro, pero le quitamos una sílaba para que no desentone con nosotros, todos bi) llegaban a las diez. No tendría que haber ido, pero fui. Concesiones, concesiones, siempre.
Por ese tipo de cosas, prefiero la bandeja 2. Los reclamos son por lo general de proveedores o clientes descontentos, con lo cual mi función es clasificarlos por tema y mandar el mail “automático” de recibimos su consulta y estamos trabajando para usted. Después cuando mi jefe el mayor tiene un momento le comento más o menos de qué se trata como para que esté al tanto. La mayoría de las veces prescriben y nadie hace nada.
Los envíos también me gustan. Cuando toca el servicio mensual, Ramón me pasa a buscar con la combi. Tomamos mate, charlamos y mientras vamos haciendo las entregas. A veces la cana jode porque Ramón no tiene los papeles en orden, por eso su flete es más barato, y hay que cometearla para poder seguir. Yo pasaba la coima como “viáticos” hasta que mi jefe el menor me indicó que mejor lo pasara como “insumos”. De esa manera se puede descontar de los impuestos.
Como el lugar es chico, cuando estamos todos me cuesta concentrarme. Sobre todo porque Lore es una máquina de hablar. No para. Se cuelga del teléfono y te enterás hasta del color de bombacha que eligió para que combine con la funda del celu. Por eso detesto los días que no están ni mi jefe el mayor ni mi jefe el menor, son ocho horas que me tengo que tragar de interiorización radical en la vida de Lore y, la verdad, me satura. Menos mal que Migue es callado. Cuando no está, Juancho dice que tiene un retraso, pero no creo que sea verdad. Pasa que es tranquilo, nada más. Y come como un elefante. La otra vez se compró una pizza para él solo. Menos mal que al final Liso lo convenció para que compartieran. Yo los miraba tragar y pensaba en el baño, otra de mis ocupaciones tácitas, pero obligatorias. Hace un año que mi jefe el mayor decidió prescindir de los servicios de Mónica, que antes venía una vez por semana. El tamaño de la empresa no lo permite, no hay superávit como para que siga viniendo, así que hubo que repartirse sus tareas. Yo no tengo problema en limpiar el baño, el tema es que nunca hay con qué. La semana pasada traje el Mr. Músculo de casa porque el detergente lo guardo para los platos. Desde que Migue encontró una rata muerta entre las cajas del patio, todos coincidimos en que tenemos que extremar las medidas de higiene.
En realidad, además de administrativa, en la empresita también cumplo funciones de secretaria. Llego primero que todo el mundo y me voy última, almuerzo siempre en el escritorio para poder atender el teléfono y le llevo la agenda a mi jefe el mayor. Sirvo café cuando tenemos visitas, me encargo de que no falten galletas dulces ni té, y me encargo de la coordinación general de las tareas de Migue, Lore, Juancho y Liso para que los tiempos se cumplan. Hago mucho y me gustaría ganar un poco más, sobre todo porque con la inflación, mi sueldo quedó desactualizado. Hace tres años, cuando empecé, la situación del país era otra. También me gustaría que me pusiera en blanco, para tener vacaciones y obra social. Quiero pedir un aumento o un ajuste, pero no lo hago porque Juancho se lo pidió el otro día y mi jefe el mayor le dijo que la empresa daba aumentos cuando la situación estaba como para dar aumentos. Que él no iba a soportar que le fuéramos con la huevada sindicalista ni mucho menos y que al que no le gustara, que se mandara mudar.
Como lo que facturo en la empresita me alcanza solo para el alquiler, ayer agarré viaje en un ciber de mi barrio que buscaba personal para el turno noche. Levantarme a la mañana me cuesta un triunfo y mi jefe el mayor ya me llamó la atención porque nota que no estoy dejando todo en el laburo como antes. Yo le dije que estaba equivocado y que ando mal dormida, pero no me gustó que su respuesta fuera encajarme a la beba de Mariana para que me hiciera cargo mientras ellos se iban a almorzar. Tendría que haberle dicho que no. ¿Y si se lastimaba? ¿Y si no paraba de llorar? Yo soy administrativa, no tengo porqué contar con conocimientos de baby-sitter. Además de que yo también quería almorzar y no pude porque la nena era un demonio que se metía todo en la boca, dos segundos la dejabas sola y ya te había localizado un tomacorrientes para ir a a enchufar sus deditos babeados. Al final, terminé comiendo dos empanaditas a las cinco y media de la tarde, mientras esperaba el colectivo. Ni hambre tenía para esa hora porque el almuerzo se alargó y al final Mariana pasó a recoger a la nena a las cuatro y yo en la hora que me quedaba tuve que resolver las tres bandejas corriendo como una loca porque mi jefe el mayor me avisó que a partir del jueves hacíamos inventario.
Quisiera irme de la empresita pero no lo hago porque tengo miedo de no encontrar nada más. ¿Cómo pagaría el alquiler? Con lo del ciber apenas me alcanza para la comida. Mi fonoaudióloga dice que es un problema en la vibrante, pero yo sé que hay algo más. Yo siento que tengo una vida de perro. ■

Nora Coria


IDENTIDAD 

Nora Coria


Donde la lluvia es nostalgia y la soledad escucha los velados sonidos que el tiempo emite, existen pueblos antiguos. Han echado raíces en los cerros, a orillas del Altiplano, donde el cielo es el milagro y el río es un misterio. Los he visto con el sol generoso del mediodía y en la clara quietud de noches consteladas. Habitan entre pircas ancestrales, permanecen como paradigmas incorruptibles, siempre en pie; soportan recuerdos punzantes que evocan ausencias. Son promesantes del sol, peregrinos de la altura, enemigos férreos de la sombra, respetuosos del silencio, custodios inflexibles del pasado. Honran la Tierra y su destino es eterno.  En secreto van trepando las laderas. Con constancia milenaria avanzan, aún en las noches más oscuras; cuando la luna se hace cómplice, se encaminan y se elevan.  ¿Cardones? ¡Así se empeña en llamarlos la gente! Pero yo los he descubierto prosperando sin prisa, a plena luz. Juro que los he visto y que ellos me han reconocido anhelando mis raíces… y me han llamado. ¡Es cierto que ascendí con ellos y hemos sorteado las mismas piedras y me han alentado a vencer cada repecho! Puedo afirmar que en las tardes en que el viento se hace música, cuando roza sus espinas, de sus voces melodiosas surgen verdades, como antiguas plegarias desde el punto clave de la Historia. Una noche luminosa he acudido a la cita. Pude oírlos. No gritan ni susurran. Simplemente me han nombrado en lengua originaria. ¡Desde entonces yo comprendo tantas cosas!


Mención especial Fundación el libro - Feria del libro infantil y juvenil de Buenos Aires - 2010 – Certamen “Escribir para encantar”


Marta Díaz Petenatti



LA  PIEZA 
Marta Díaz Petenatti

Tenía 9 años y el coraje infinito que sólo da la falta de vivencias en la vida.
Es por eso que haciendo caso omiso a los rumores que había mamado desde mi nacimiento  relacionados con “la pieza” , estuve varios días agazapada estudiando todos los movimientos de la casa para poder descifrar quién tenía la llave de entrada a la misma y dónde estaba escondida.
En ella vivían mis abuelos. Desde siempre perteneció a la familia, y  por conversaciones que se interrumpían drásticamente cuando llegaba o me aproximaba, había llegado a la conclusión de que algo pasaba relacionado con la misma, pero nadie me lo quería decir.
Además, cada vez que inútilmente quería entrar en ella, los gritos de quien estaba más cerca en ese momento, coartaba mi  impulso, recibiendo  además, una larga y muy bien estudiada reprimenda.
Entonces, cansada de tanto misterio, resolví develarlo personalmente.
Me fue difícil encontrar el escondite de la famosa y bien cuidada llave, pero lo logré por un descuido verbal de mi querida  y recordada abuela Teresa, quien nunca supo de su indiscreción.
Ese día estuve demasiado nerviosa, a tal punto que las horas, otrora lerdas y monótonas, pasaban cual vuelo de águilas.
Y la noche llegó, y con ella los preparativos minuciosamente programados.
Me puse el pijama, saludé a todos y me acosté. Debajo de la almohada ya tenía preparada la linterna.
Esperé ansiosa a que todos se acostaran. Mi corazón parecía un caballo desbocado corriendo por el prado sin lazos ni alambrados, tal eran los sonidos que producía y repercutían en mi adrenalina que circulaba a muchas revoluciones por segundos. Lo sentía latir en mi garganta y en mis sienes.
Cuando comprobé que todos dormían me levanté sigilosa y fui hasta la cocina a buscar la llave que estaba escondida detrás de un ladrillo flojo de la marlera, donde mi abuela almacenaba el indispensable combustible para su cocina a leña.
Ya los latidos repercutían como bombos en mi cabeza, y al poner la llave muy despacito en la cerradura comenzó a erizarse mi espinilla haciéndome sentir una sensación que iba del calor al frío y  del quedarme al huir.
Pero me quedé… y entré.
Todo estaba en la más absoluta oscuridad. Prendí tímidamente la linterna y  me petrifiqué.
Cerca de la ventana que daba al patio trasero, había una pequeña mesa, y detrás de ella, entre un humo verde que flotaba en casi toda la habitación,  había  un espectro sentado, con un turbante negro en su cabeza.
 La penumbra  sólo permitía que se notara su contorno por la iluminación que producían las velas que despedían un claro olor a incienso.
 Comencé a desandar lo recorrido calculando el lugar de la puerta que estaba a mis espaldas con el sólo objeto de salir corriendo.
La figura se levantaba despacio, con una mano extendida hacia mí que ya hasta había perdido la noción de quién era, y en su avance, con una voz ronca y gutural decía cosas ininteligibles, suplicando que fuera a su encuentro, aunque me parecía que lo único que quería era atraparme y llevarme con él.
Cada vez estaba más cerca. Me parecía sentir su respiración caliente y putrefacta danzando sobre mi cara.
Mi mano  volcada hacia atrás,  tomó el picaporte que, negándose a que lo pudiera abrir,  quemó intensa y profundamente mi piel.
Ya desmayaba. El terror me producía  un dolor tan intenso en el pecho que creía que un infarto terminaría con mi corta vida.
De pronto sentí que me sacudían bruscamente. Abrí los ojos cargados de pánico  pero  encontré la cara dulce y serena de mi abuela.
Di  un salto en la cama y la abracé tan fuerte que mi ímpetu desmedido le produjo mucha risa.
 Me invitaba  a desayunar, así que solamente calcé mis chinelas y fui tras ella dando gracias de haber despertado de esa terrible pesadilla.
Ya sentada, y mientras servía su siempre exquisito café, refunfuñó diciendo como todas las veces:
-¿A ver cómo están de limpias las manos? Las levanté rápida para mostrárselas, porque el aroma de ese brebaje me atrapaba, cuando  escuché que me decía:
-¿Qué te pasó? ¿te quemaste?
Mientras la garganta se me cerraba nuevamente del susto,  miré mis manos y ahí, justo ahí, en la palma de una de ellas  y como grabado a fuego, estaba la marca irrefutable e inexplicable del picaporte de “la pieza”.


Liliana B. La Greca


                                 Confesiones 
Liliana B. La Greca

Una y otra vez me descubro dispuesta a perdonarte. Repaso en mi mente con callada certidumbre cada ausencia, cada llegada postergada, cada gesto omitido.
Arrimo mi alma a tu mirada perdida, dibujando quien sabe qué secreto y descubro sin piedad que allí no están mis momentos plenos, ni tu sonrisa cierta, ni mis mañanas, ni siquiera el camino.
Cómo seguir entonces.
Cómo volver a creer en un te quiero olvidado en ese pedacito de historia.
Te espero.
Amanece, y mis ojos cansados de tanto desencuentro busca el consuelo del sueño para no estallar otra vez.
Cuando la palabra se espesa hasta diluirse y la magia del creerte un sin sentido, apuesto al milagro una vez más y desespero.
Respiro, me digo, y suspiro el cansancio del resultado recurrente y testarudo que desmorona cada por qué.
Amanece. Un rayito de sol apenas perceptible se filtra por la ventana y llega justo hasta mí como un dardo agudo que regenera mi alma blindada por tanto olvido.
Imágenes aladas se concentran en forma de recuerdos y me empujan hacia arriba desde el vacío. Y me escucho susurrar un “te perdono”.
Extraña sensación de ensueño.
Y  un  nuevo envión desmenuza los motivos del fracaso y teje esperanzas con hilos de sueño, para poder simplemente vivir en ti.
                

Jenara García Martín


                         Desde una cafetería (I) 
Jenara García Martín

Era un día Lunes. A esa primera hora de la mañana, aún el sol no brillaba en su plenitud a causa de las nubes bajas, muy común en un día otoñal.  Entré en una cafetería a desayunar, como es mi costumbre cuando hago el primer turno  en la imprenta, y paseé mis observadoras pupilas por los clientes madrugadores. Entre las mesas ocupadas, me detuve en una ubicada cerca de la gran vidriera que da  a la calle.
El ocupante era un joven de unos 20 años. Frente a él un pocillo de café que saboreaba con lentitud. Afilado de cara. Cabellera de corte prolijo de tono  rojizo, hacía que destacara la blancura de su piel.  Por su actitud estaba ajeno a todo el entorno, absorto en la lectura de las noticias del diario. Algo le llamó poderosamente la atención, puesto que la palidez de su rostro puso en evidencia que ese artículo le había afectado.
Mi vista se desvió hacia la vereda de enfrente y divisé a un agente de policía,  que disimuladamente observaba  la cafetería. No sé por qué grabé en mis retinas sus proporciones atléticas:  estatura como de 1,80; de unos 40 años;  de tez trigueña y por la gorra no se podía precisar  el color del cabello. Mi  incorregible curiosidad, me impulsó a seguir sus movimientos.  Recibía instrucciones (…) a través de un transmisor, sin que él respondiera.  No lo podía relacionar con un estudioso de esa sociedad de árboles que destacaban su desnudez en la vereda por la estación climatológica, o que estuviera destinado a controlar los peatones que esperaban al autobús en la esquina, o el movimiento de la Ciudad a esa hora matinal. En fin, que a pesar de que se desplazaba tres o cuatro pasos con firmeza y ritmo, mi teoría de improvisado investigador me  decía que su objetivo era la cafetería, pues su miraba no la desviaba. Debido a mi obsesión de vigilar al misterioso policía me distraje.
Me había perdido la actitud del joven de la otra mesa.  Me concentré de nuevo en él. Ahora estaba hablando solo, aunque tenía un celular sobre la mesa,  y en un volumen de voz que yo podía escuchar con claridad ciertas frases, entrecortadas:     
- ¡Entonces, es cierto, (…)  el diario! ¡ La pata izquierda! - Hizo un silencio y prosiguió expresándose casi en susurro y  aflicción,  pero yo podía entenderle.
 - ¡“Alado”  No volverá a correr!...  Ese caballo  forma parte de mi vida. Y si lo tienen que sacrificar, mi vida se va con él. Lo vi nacer, cuando yo  ya era jinete. Lo preparé para  campeón y  lo logramos juntos. Los apostadores vitoreaban su nombre mientras corríamos. Era el mejor. Se quedaban sin boletos. 
Hablaba como si estuviera contándoselo a otra persona y lo expresaba  con mucho sentimiento y sin levantar la vista del diario  seguía con sus comentarios…
-Y…ahora,  ya  seremos dos ausentes en la pista,  no seguiré una carrera más. Mi ausencia ayer en el hipódromo fue un aviso. Si hubiera estado presente, no sé cómo hubiera reaccionado-. Pagó al mozo y se retiró  con el rostro desencajado -No puede haber sido accidente. Como no lo fue cuando volé yo. También  entonces “Alado” llegó primero a la meta, pero a él no le afectó el acercamiento del otro jinete. Tengo que investigar qué jinete lo montaba  y tengo que salvarle-, y cruzó  la calle.
El mozo se dio cuenta que yo le observaba al retirarse de la cafetería, y me dijo. “Fue un gran jinete y al final de una gran carrera montando al campeón, “Alado” que ganaron por una cabeza,  cayó del caballo y debieron amputarle una pierna. Usted habrá observado que camina con cierta dificultad y su baja estatura. Debe estar desolado al leer la noticia del diario. “Alado” ha tenido un accidente y se ha quebrado una pata y ya sabe cuál es el destino final de un caballo que ya no puede correr, aunque haya sido campeón, y el jinete tiene  una pierna bastante dañada.
-Ahora comprendo- respondí  pensando en ese joven ex - jinete.
Cuando volví a dirigir mi vista a la vereda de enfrente, el policía ya no estaba en ese lugar. Sin poder resistir mi curiosidad, apresurado salí a la calle.
Los dos habían desaparecido.  Pensé que se habían ido juntos. Algo les había conectado. Con el apoyo del Policía llegó con más rapidez a la Veterinaria.
Volví a la cafetería y pedí el diario al mozo. Leí el artículo completo. Había sido la carrera más importante de ese domingo.  Con detalles destacaban el comportamiento de “Alado” durante toda la carrera. Siempre a la cabeza. Pero cuando ya estaba por llegar a la meta, otro jinete se le acercó demasiado y el jinete de “Alado” que casi estaba de pié se sujetó a las bridas del aparejo y cayeron  pero después de cruzar la línea de la meta  y ganar la carrera. El auxilio fue inmediato. Las consecuencias de ese accidente o incidente, relataba el diario: El jinete, tenía la pierna derecha quebrada  y “Alado” la pata izquierda delantera. Para ambos era el final de su carrera, y  hacían referencia a otro accidente que había sufrido hacía un año, cuando le montaba uno de los mejores jinetes, con quien no había perdido ninguna carrera. Y agrega la nota periodística que le decían el “POTI” y que  no pudo volver a montar. “Alado” siguió corriendo, pero el POTI, sólo puede observar las carreras y apostar por su caballo favorito, puesto que debieron implantarle una pierna ortopédica.
La historia de “Alado” y Poti no termina aquí. POTI, llegó a la Veterinaria  que funciona en el hipódromo junto con el Policía y apoyado por un criador de caballos,   logró que a “Alado” lo trasladaran  a su  granja y le salvaron la pata y por lo tanto la vida. No volvió a correr en la pista, mas con POTI a su lado lo incluyeron entre los caballos pertenecientes a la Escuela de Instructores para montar,  y lograron volver a trotar juntos.

Blanca Tamborenea



                                       El piojo 
Blanca Tamborenea

La historia se repite nunca igual; el piojo está contento con su familia y con su hábitat.  Él y su señora se pasean a gusto por la cabeza de Ayelén y establecen su hogar en la nuca. Van y vienen despacio para no molestar, pero confiados, en el fondo. La nena odia el agua y el jabón y más aún que le metan un peine en su espléndida cabellera enmarañada de rulos y de mugre. Ellos la quieren porque es muy divertido acompañarla. Unas pocas horas duermen, a veces en el suelo, a veces a la intemperie, otras, las menos, en la cama destartalada con la abuela y varios hermanos. Lo bueno es que esas veces no tienen frío. Los días de sol saltan, giran, del piso a una montaña de basura, para arriba, para abajo, para el otro lado, para arriba, para abajo. Los días de tormenta los saltos son bruscos, desparejos, y se agrega el sonido de los charcos a los de los gritos y las risas, casi todos conocidos.
Les gusta lo nuevo, el peligro, lo imprevisto. De pronto están en la rama de un árbol que se balancea hasta hacerlos caer dando tumbos en el suelo. Pero Ayelén es como un gato, siempre cae bien. Otras veces se arman juegos que terminan en peleas, con revolcones por el pasto, por la tierra dura de la calle aplanada por los carros, o por cualquier superficie que nunca es limpia. Entonces entran dedos ajenos en la selva de rulos, dedos que tiran, pegan, arañan, y los piojos se encogen de susto por Ayelén, por los gritos, por ellos. Si pudieran, cerrarían los ojos y se taparían los oídos. Ellos siguen con perfil bajo, por las dudas; la nena sigue con su vida, alegre, saltando, riéndose, con hambre, rascándose la cabeza cada tanto.
Un día tranquilo los despertó de su sopor el ruido de un motor que se apagó justo frente a la casilla. El piojo, medio viejo, oyó una voz desconocida y después, la voz de la abuela. Le preguntaban, ella contestaba, la otra voz seguía un rato largo, la abuela preguntaba… La otra era amable, como un mal presagio. La muchachita traveseaba contenta como si nada hubiera pasado, pero ellos se durmieron preocupados.
A la mañana siguiente, doña Leoncia agarró a su nieta y a otro hermanito y, con uno de cada mano, salió por el camino de cascotes. Manitos suaves cobijadas en las manos curtidas, llenas de arrugas, y el resto de los cuerpitos brincando, riendo, como dos campanitas, hacia una nueva aventura.
El piojo vio a lo lejos la bandera de la escuela. Se abrazó a su señora con los ojos llenos de lágrimas y pronunció una sola palabra: Sonamos.

Gabriela Carrera




Marta  
Gabriela Carrera

La brisa fresca y húmeda entra a hurtadillas por la ventana, apenas abierta. Las cortinas se inflan como globos a punto de estallar y vuelven a desinflarse. Afuera el árbol deja que la ráfaga juguetona lo despeine y en cada balanceo escurre en forma de gotas gruesas el agua que la lluvia acaba de dejar en su copa.
En las macetas blancas que adornan el patio los helechos se mecen de un lado a otro pesados, húmedos, limpios marcando el paso del aire con gracia. Los charcos de agua en el piso, recibiendo aún las últimas gotas, reflejan como espejos el paso de las nubes que parecen jugar una carrera.
La calma que flota en el aire después de la lluvia podía observarse a través de los vidrios de la ventana, apenas abierta.
La naturaleza se anuncia. Gime la tierra que absorbe agua, ladra un perro, el vuelo corto de un ave en busca de refugio, un relámpago, el sonido del trueno.
Comienza a llover nuevamente.
Y vuelvo a mis anotaciones. Y un pensamiento se encadena con otro. Y un recuerdo que asalta.
Y las ideas que van más rápido que la lapicera en mi mano.
El tiempo que Marta se quedó conmigo fue corto, chiquito, breve, efímero.
Para poder recordarla debo soplar los velos de la mala memoria, sacudir el polvo que deja el tiempo en el rincón del olvido y hurgar dentro de mí para traerla de a ratos, intentar retenerlos y nutrirme de ellos.
Marta era mi mamá.
Marta era música.
Marta era alegría.
No recuerdo el sonido de su voz, sí su enorme sonrisa.
Marta era inquieta, siempre activa y en cada empresa iba yo colgando de sus faldas. Quizá intuyendo que se iría pronto, no perdió tiempo en enseñarme lo que tarde o temprano descubriría sola.
Marta no cocinaba guisos de madre, ni postres de abuela pero sus rayuelas en el piso de la cocina nos llevaban de la tierra al cielo en un par de saltos. No me enseñó a coser.
No me enseñó a bordar. Sí me enseñó a  andar en bicicleta, sentir el viento en la cara sin importar cuanto enredara mis pelos, que pacientemente por las noches desenredaba.
Con Marta vivíamos en una casita con patio donde cultivaba rosas. En frente había una plaza. Allí, como si fuera una extensión de nuestro patio, tendía una manta en el pasto y espaldas al suelo veíamos pasar las nubes.
De su mano conocí a Serrat, amaba sus canciones. Teníamos un tocadiscos chiquito, de color gris que al son de la música paseábamos por el Mediterráneo y nuestra calle se vestía de Fiesta.
También me mostró el camino de los palotes, los dibujos y las letras. Abrió la puerta de mi curiosidad por las historias. Le gustaba leerme cuentos, no de noche y antes de dormir, lo hacíamos acostadas al sol en la plaza.
Los sábados por la tarde me llevaba a una iglesia. Mientras Marta, cantaba en el coro, recuerdo quedarme sentada en un banco duro al cuidado de una señora que llevaba puesto un gracioso sombrero, anteojos y unos bigotes que lograban acaparar toda mi atención.
Recuerdo además los disfraces para carnavales bailarina de Charlestón, de Pirata, de Hormiguita Viajera porque las princesas quedaban en los cuentos.
La primera vez que nos separamos, fue para un viaje que ella hiciera a la provincia de Córdoba, en busca de una cura milagrosa. Después de ese viaje ya no jugamos a la rayuela y nuestros paseos en bicicleta eran alrededor de la plaza, yo daba vueltas y ella me esperaba.
Nunca dejó de cantar y jamás perdió la sonrisa. Dicen que llevo el color de sus ojos, aunque poco los recuerdo, un par de fotos dan cuenta de ello.
Se fue un jueves de octubre, llovía y una leve brisa entraba a hurtadillas por alguna ventana, apenas abierta.

Mercedes Sáenz


Humo   
Mercedes  Sáenz

La prohibición de fumar festejaba instalada en casi todo lugar cerrado de Buenos Aires, no aquí, dónde el humo era el aliento de todas las bocas, era el silencio sin movimiento, la espesa caricia de todas las manos en las caras, la última palabra, callada y muerta, la que no discute, un espacio en el aire capaz de contener todos los mensajes sin dueños.
Yo los miraba detrás del mostrador, oculta por una máquina de cerveza tirada que tenía casi mi misma anatomía. Más de una vez no se daban cuenta de mi presencia, ni de mi escote más subido, ni de mi boca pintada, ni del amor al que alguna vez jugué con casi todos ellos, eso sí, de a unito.
Los veía medio girado el cuerpo y el codo sobre la madera, arrugada ya la camisa sucia con olores rancios, la boca seca y algunos músculos que solitos ya sabían donde descansarse.
Frascos de colores vagos en la curva del mostrador y una vela corta en un plato de barro. Ya no hay botellas después de las últimas embestidas, emboscadas.
Ya no se buscaba el estaño después de algunos golpes en la nuca de quiénes no volvieron a levantarse
No se daban vuelta, los triángulos de espejos detrás de la barra partían sus caras en callecitas poco iluminadas, partidas así cómo pequeñas cicatrices.
-¿La dejaste?
Los párpados bajos apretaron la mirada contra el suelo sabiendo que el piso a veces se nubla, a veces se mueve y es bueno pensar que no son los ojos los ariscos.
-Tengo que sacar un papel antes de contarte, traté de anotarlo.
Metió la mano en el bolsillo y escuchó la candorosa amabilidad de las monedas, su salvoconducto en las tardes de rabiosas borracheras. Llevaba el cambio justo y en un confuso desorden de palabras le extendían un boleto hasta dónde alcanzara. Podía dormirse tranquilo sabiendo que lo despertarían cerca de su barrio.
-La dejé –continuó-, empezó a hablarme raro, cada vez que quería estar un rato con ella me salía con cosas como- levantó el papel a la luz de la vela y leyó: estudiarse para adentro, ver el interior de cada uno, tratar de hacer un proyecto para cambiar mi vida aunque no fuera con ella. Parecía la secretaría general de un sindicato que integraba yo solo. No es que no le entendía, las iglesias ésas que pasan por televisión a las mil de la madrugada de brasileros que no se les entiende ni una jota, dicen lo mismo.
-¿Y todo eso para qué?
-Dice que es para ser mejor, que lo único que conoce de nosotros es la forma de tomar hasta que nos sacan arrastrados de los brazos hasta el callejón. Que nunca vamos a ser nadie.
-¿Por qué me hablas en plural si se supone que se trata de vos solo?
-¡No me vas a dejar solo en esta podrida! Si me dejas vas a tener que buscar palabras en el diccionario para entenderme.
¿Qué les pasa a todas que hasta mi señora habla de plantar zapallos en un balde?
Hablaban de lo que decía mi boca, la mía, la de tantos besos sobre sus heridas, la de tantos murmullos en diminutivos para que pudieran entender los oídos que seguramente sangraban alcohol por dentro, mi boca, la mía, empezó a torcerse hacia un costado en dónde mi lengua moja mis labios antes de vociferar sin detenerse. Y no hablaron de mis brazos, no hablaron, ni de mi pecho, ni de mi cama. Y entonces, nada dijo mi boca.
En mi memoria el silencio se desbocó desesperadamente en olvido.
Tiré el libro que me enseñaba esas cosas en el mismo callejón de barro cerca del Riachuelo, muy pegado a la basura, dónde los hombres que no levanto quedan por mucho rato.
Cualquiera desde la calle de la otra orilla, mirando salir el sol sobre el río menos oscuro, pueda ver tal vez como la luz de una vela me deforma la cara, hasta divinizar esta expresión un poco bestial, la de advertir este cementerio lento, esta tristeza dónde un cielo de humo baja pegajoso como un ojo feroz en la noche hasta rozar mis polleras otra vez mañana y otra vez después de mañana.

Martha Goldin

                       Solo  Martha Goldin                               

Finalmente encontré un buen lugarcito. Es pequeño pero me  acomodé sin dificultad. Me preocupa que sea un invierno muy frío o lluvioso pero no sería el primer año difícil para mí. Otra vez pensando, siempre pensando .
 Prefiero dormir. Duermo mucho, casi todo el tiempo . Es que cuando estoy despierto pienso, pienso. ¿Cuándo perdí mi casa? ¿En qué momento me encontré en la calle con unas pocas pilchitas , estas frazadas, el mate y eso sí, mi termo. No sería yo sin mi termo. Pero ¿acaso soy yo durmiendo en la calle, agazapado en la noche oscura, con la memoria intacta?
Cierro los ojos y te veo. Veo la mesa familiar, escucho las risas , huelo la comida humeante
Fueron los noventa, ya sé . Escucho a otros que, como yo, se quedaron así en esos días.
La familia se desintegró. Me alejé avergonzado, loco de dolor y de furia. No conseguía trabajo, rodaba de un lado a otro.
 Primero se fue Rosarito vaya a saber con quién, después Raúl que se metió en un grupo muy raro y un día vos,  con esa tos persistente, cerraste los ojos y me dejaste aquí.
Solo. 


domingo, 22 de abril de 2018

Carlos Margiotta


Los duendes de La Subasta 
Carlos Margiotta

a Norberto

Finalizaba el mes de febrero y mi hija estaba en Buenos Aires con mis nietos y su marido. Ella quería festejar su cumpleaños cuarenta junto a la familia y sus amigos antes de volver a París donde vive y baila tango. Entonces pensé que el lugar ideal para celebrar el acontecimiento era La Subasta. Una clásica casa de Caballito trasformada en café que administra mi amigo Norberto, compañero de la escuela primaria y secundaria, y a la que voy hace 20 años a leer, escribir y coordinar talleres literarios. 
Es un ambiente mágico, suelo comentarle a mis invitados, allí pueden disfrutar de la melancolía del lugar rodeado de fotos viejas, un piano vertical, un combinado que todavía pasa discos, un antiguo reloj colgado frente al mostrador, una chimenea a un costado que calienta el invierno y de las paredes con ladrillo a la vista que albergan a los fantasmas de varias generaciones.
Mi amigo colecciona, además de recuerdos, relojes, llaveros y otros objetos sin uso como cortaplumas, alicates, tijeras y pequeños objetos decorativos entre otras debilidades. 
“Esta casa la compró mi viejo en el ´52 y nos vinimos a vivir con mis madre, mis dos hermanos y mi abuela.” Había contado una vez en nuestras rigurosas picadas mensuales de fiambre y queso regadas con buen vino donde nos reunimos con ex compañeros para volver a sentirnos adolescentes.
Un domingo después de las seis de la tarde paso frente a sus puertas y las encuentro cerradas. El lunes repito la misma visita y las vuelvo a encontrar de la misma forma. Pensé que se debía a las vacaciones o a la necesidad de hacer algunos arreglos en piso superior de la casa donde hacía mucho estaban los dormitorios, después hubo unas mesas de pool que Norberto mando sacar porque se encontraron en varias ocasiones a parejas haciendo el amor, y últimamente se había convertido en una sala de teatro espontáneo.
Recién el martes estaba abierto, subo los cuatro escalones que me llevan a su interior y le pregunto a Víctor que estaba acomodando las sillas. 
-¿Qué pasó? Viene el domingo y el lunes y estaba cerrado. 
-Si, cerramos por que hay poca gente en la ciudad y no vale la pena abrirlo por los gastos. Contestó.
Me quedé tomando un café un rato con un extraño presentimiento, cuando la veo entrar a Dorita, la cocinera, una paraguayita muy simpática que suele hacernos una tortilla a la española espectacular y un postre de budín de pan con pasas de uva maravilloso. 
-¿Se enteró? Me dice.
-¿De qué?
-Se vendió la casa… no quiere comprarla así no nos quedamos sin trabajo. Dijo
Yo ni siquiera atiné a contestarle. Un fuego me atravesó el pecho como un puñal. Pagué y me fui del salón con la sensación de estar presenciado la muerte de un club de barrio. Baje los cuatro escalones hasta la calle Río de Janeiro y camine hasta el puente del ferrocarril tratando de digerir la noticia. Todo lo que aprendí en la vida no me sirve un carajo. Pensé. 
La tarde empezaba a cerrarse y la luna asomaba por encima de la manzana que había sido de editorial Haynes, propietaria del diario El Mundo, donde nació Mafalda, ahora estaba ocupada por unas grandes torres sin gracia. 
Todo se derrumba, me dije. 
Estamos rodeados de objetos perdidos, somos marginados, exilados en un nuevo mundo incomprensible. Sentí que detrás mió me perseguían unos pequeños seres a la altura de mis rodillas que iban saltando y cantando como en una murga. Yo los miraba desde arriba, eran mis compañeros de colegio, ahí estaban los desaparecidos, el cura, el comisario, Jorge, Nicolás, Balón y tantos otros que se fueron al Padre antes de tiempo. La puta madre que los parió.
La noche la pase como en un velorio. Miles de recuerdos me asaltaron sin compasión. La gente de los talleres de escritura, millones de palabras, cuentos, relatos, voces, historias, presentaciones de libros, concursos, entrega de premios… en La Subasta. 
Me imaginé varias veces las imágenes recortadas en blanco y negro que como en una vieja película habrán pasado por el delicado corazón de Norberto.
A la mañana no aguanté más y lo llamé a mi amigo. “Si, Negro mis hermanos quisieron vender la propiedad y no puedo hacer nada. Me siento como el culo.”
No quise preguntarle por el valor de la propiedad, ni cuanto era su parte, pero me contestó aclarado mis interrogantes. “Vos sabes que yo vivo de mi profesión de abogado y La Subasta es mi rincón sagrado donde vuelvo a correr por el patio como un chico, subo por las por las escaleras hasta las terraza para mirar a las minas y me gusta juntarme con los amigos”.
Arreglamos la fecha de la última picada y me comuniqué con el Pelado (otro de nuestros referentes) para convocar a los compañeros de la edad feliz. La cena de despedida estaba organizada: el 21 de marzo, comienzo del otoño, y de la despedida.
“Nos conocemos hace más de 60 años”, se escuchó decir a uno de nosotros. “En plena  guerra de Correa”, dijo otro. “Te acordás cuando en quinto te elegimos el mejor compañero y los curas no quisieron reconocerlo porque tenías mala conducta” se escuchó.
Y continuamos con los recuerdos de los campeonatos de fútbol, los profesores y las mil anécdotas que vivimos juntos. Las diferencias habían desaparecido mágicamente para mantener la ilusión de que éramos todos iguales y el tiempo no había pasado.
Sobre el final uno trajo el estribillo de la canción de despedida: “Dulcísimo recuerdo de mi vida, bendice a los que vamos a partir... recibe Tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí”.
Sé que no alcaza con el reconocimiento a su generosidad pero la cena se vivió como un homenaje para quien se la pasó tejiendo vínculos como una abuela y  nos fue reuniendo uno por uno después de muchos años.
Los compañeros se fueron despidiendo de a poco con grandes abrazos. Mientras yo subía a los sanitarios del primer piso se me cruzó la imagen de ella, la mujer que tanto amé. “Negro vamos a La Subasta así me lees los últimos poemas de amor que escribiste”. Todo pasa y todo queda.
Me ofrecieron llevarme a casa pero decidí volver caminado. 
La luna de Caballito brillaba sobre el parque Centenario. Sabía que dejaba atrás un cacho de mi alma y también que podía convocar a los duendes de La Subasta en algún escrito. No pude imaginar que le pasaría a Norberto después de tanto amor. 
Que importa del después. 

Daniel de Culla



EL ORINAL 
Daniel de Culla

Diego Velázquez se llama mi viejo abuelo. Yo tengo que estar pendiente de él porque, al menor despiste, se me escapa. Sobre todo de noche, pues le gusta salir de casa, aprovechando que dice que va a mear, y marcha a los jardines de la Universidad de Burgos a ver películas de terror al aire libre. Pero, también, para agarrarle a algún mancebo de la polla, pues es algo mariposo y le he visto salir  con postura de galas con plumajes muchas veces.
Siempre me dice, cuando va al retrete:
-Dios me la ha deparado buena. Todavía se me eleva, hijo.
Como quiero que se quede en casa, le he comprado un orinal de cerámica, que me ha regalado un boticario amigo mío, y se lo he dejado debajo de su cama. Nada más verle se ha puesto contento, pues dice que le hace recordar  los orinales cuando estuvo hospitalizado en el hospital militar por causa de una picadura de avispa en su glande; pero yo creo que fue porque visitaba asiduamente las casas de putas de la calle Fernán González.
Él mea como un Asno, y cuando mea se le quita el cansancio. Sin embargo hoy, yo no sé si por  la pesadilla de la película que vio anoche,  dice que mea a dosis y con dolor. Se ha levantado de la cama haciendo ruidos  en la noche, espantando sus fantasmas, encendiendo un cabo de vela, que usa porque dice que la luz es muy cara, y la factura eléctrica es un dolor de muelas.
-Ya está el diablo tramando la orina; me cago en el obispo de Brenes, de Sevilla, exclamó; comenzando a orinar dentro del orinal cuando ya era de amanecida.
Cuando hubo terminado, removió con el glande la orina y, al instante, dándose cuenta de mi presencia, me preguntó que si veía, como él, a una moza con un orinal en la cabeza, y a un viejo con una albarda de años a cuestas, intentando alzarle las faldas  y penetrarla.
Acabado el trabajo,  me miró directo a los ojos, examinando lo que tenía entre manos y, al  darse cuenta que era su gata, exclamó:
-Mucho te quiero, María; pidiéndome que le ayudase a meterse en la cama, y le atase los pies por debajo.