martes, 22 de noviembre de 2016

Carlos Margiotta

Sábado a la tarde 
Carlos Margiotta

Aquel sábado a la tarde, el hombre estaba esperando a su esposa frente al viejo edificio de dos pisos habitado por varios pehaches. Ella salió por el largo pasillo con su pequeño hijo tomado de la mano. Era una bella mujer de ojos grandes y piel muy blanca, vestía una pollera amplia y  un abrigo de lana tejido a mano. El niño, de pantalón corto, se parecía a ella pero su piel era más oscura. Cuando cruzaron  el umbral el hombre abrió la puerta delantera del Morris 8, bajó el respaldo del asiento y dejó pasar a su hijo a la parte trasera. Después subió la mujer y se sentó adelante junto a su marido.
El auto arrancó suavemente sobre el empedrado y a las pocas cuadras ella le pidió pasar por la iglesia de Nuestra Señora del Rosario para ofrecer una oración. El coche se desvió hacia la izquierda y tomó por avenida La Plata. El chico miraba el paisaje urbano con atención.
-¿Adonde vamos?, Preguntó.
-A la provincia, contestó el padre.
A las pocas cuadras tomaron avenida Sanz y se detuvieron en una esquina de Pompeya frente a la iglesia. Él encendió un cigarrillo rubio sin filtro.
-Esperáme acá, -dijo la mujer- Enseguida vuelvo.
Ella atravesó la amplia puerta y entró en la iglesia, a esa hora poco iluminada, y se cubrió la cabeza con un tul negro. Caminó hasta el altar de la virgen y se arrodilló frente a la imagen, juntó las manos, cerró los ojos e inclinó su cabeza.
Cuando el chico apoyaba su nariz sobre la ventanilla del Morris vio salir a su madre y la saludó con la mano. Ella se acomodó en el asiento y a los pocos metros cruzaron el puente La Noria.
El camino mostraba a sus costados enormes tinglados, talleres, depósitos, y  pequeñas fábricas. Las humildes casitas se esparcían en el territorio entre enormes baldíos. Calles de tierra, techos de chapa, paredes sin revocar. Un gran cartel a la derecha anunciaba el “Segundo Plan Quinquenal” con una foto en colores de Perón y Evita.
-Andá más despacio- dijo ella.
-Se hace tarde- contestó.
Dieron varias vueltas por la zona de Gerli y  Lanus para dirigirse finalmente a Monte Chingolo. El olor a  aguas servidas invadía el lugar. Allí el hombre detuvo la marcha y sacó un mapa del bolsillo.
-Es acá nomás. Dijo
Doblaron al final de la cuadra y entraron a una calle de tierra, cuando se acercaban a la dirección vieron a Josefa agitar las manos. El hombre bajó del auto, saludó a la mujer con un beso y ésta se aproximó a la ventanilla para darle un beso a la esposa que permanecía en el auto. Hicieron bajar a chico y Josefa lo llevó dentro de su casa.
-Te vas a quedar un ratito con Ernestina, mi hija. Ella va a jugar con vos y te va a dar la leche.
El nene tuvo miedo, amagó salir a la calle pero Josefa cerró la puerta. Escuchó arrancar al Morris y volvió hacia la habitación. Una maquina de coser y una mesita llena de telas para ropas a medio hacer ocupaba una de las paredes del  comedor.
-Vení sentate ¿querés jugar?, dijo la adolescente.
En el aire se olía a tuco del mediodía y a kerosene de la estufa.
-Quiero que venga mi mamá- dijo como llorando.
Ernestina le acarició la cabeza y lo llevo al fondo de la casa. Abrió la puerta de metal con un vidrio en la parte superior y salieron al fondo. El chico se quedó  un rato mirando el gallinero a través alambre tejido y se entretuvo con las aves. El gallo se le acercó para curioseando mientras el perro salió de su cucha saltando a un costado.
El cielo empezó a nublarse y el frío del atardecer caía sobre el barrio morocho mientras  las pequeñas lamparitas se iban encendiendo alrededor como antorchas. El chico entró a la casa, Ernestina estaba junto a la mesa escribiendo en un cuaderno.
-¿Vas al colegio?, preguntó la adolescente.
-Sí, a primero inferior. Contestó.
Ella le alcanzó unos papeles y lápices de colores para que el chico se puso se entretuviera a dibujando. Se levanto y le trajo una taza con Toody de la cocina.
-¿Querés?
-No, mi mamá no deja tomar chocolate porque me da urticaria.
-Tomálo, ahora tu mamá no está.
El chico sacó unas galletitas que tenía en el bolsillo del abrigo y le convidó a la anfitriona. Habrían pasado dos horas cuando escucharon detenerse un auto frente a la puerta de la casa. Josefa y el hombre entraron a la habitación y el chico corrió al lado del padre.
-Todo esta bien, quedáte tranquilo. Dijo la mujer.
-Gracias por todo. Vamos.
El chico subió al asiento de atrás y quiso abrazar a su madre, ella lo evitó disimuladamente y lo acarició.
Volvieron despacio por la noche suburbana sin hablar. El chico se estiró en el asiento y se quedó dormido. El hombre miraba el camino, ella se cubrió la cara con el pañuelo de cuello, los ojos le brillaban de lágrimas.
Cuando llegaron a la casa ella se dirigió al baño y estuvo un largo rato si aparecer.
El se quitó el abrigo y desvistió a su hijo. Después en encendió la estufa y calentó una sopa de verduras sobre la hornalla de cocina y la sirvió en dos platos hondos. Ella salio del baño con la ropa de cama puesta y se fue al dormitorio para acostarse en la cama matrimonial.
El chico bajo de la mesa y se fue corriendo junto a su madre, se acostó junto a ella.
-¿Te duele?, preguntó.
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y se quedó dormido.

Lulú Colombo

                    EL  BOLICHE DE LOS  SUEÑOS IDOS 
                                                           Lulú Colombo
                       
                                 A Ulises.  Su muerte permanece impune.
El tiempo se arremolina en el boliche del caserío
Un penumbroso almacén de sueños viejos y avideces
junta soledades hirsutas emponchadas de silencio,
alforjas de lana raídas por el monte y las herencias
impolutas de aires urbanos, rebosantes de dichos y refranes
Se oyen voces entre risas cortas y tragos de ginebra.
Por aquella oscuridad que reniega del sol y de las moscas
asoma un changuito flotando en su pantalón remendado
(Que la harina, que la grasa, que el azúcar, que el ancua)
-Manda a decir la mama, que es pa´ notar; murmura, ojo bajo.
El bolichero mira el papel y mira al chango, sin hablar;
la manaza extiende la ilusión de niño: un caramelo.
Sueños con olor a papas húmedas y a cebollas transpiradas:
a comprar un toro, a llevar piedra de la cantera a la ciudá,
a conocer la capital, el mundo más allá del Inti Huasi
Él solo sueña con la vaca que parirá y le dará leche
A él, tan sencillo y dispuesto para la sonrisa
Por tanto desamor hay un vale a su favor en el cielo.
El agrio tiempo desanda su vida en mi recuerdo
Aquel chango de sonrisa tierna y de alforja al hombro,
baja la mirada y muestra en la mano un papel arrugado
-Manda a decir la mama, que es pa ´notar, murmura, ojo bajo.
Un día irá al sur. Se le rajarán las manos en las cosechas
Conocerá el trago y las putas y volverá con lo puesto.
Por unos vinos alevosos, la veleta del destino lo señaló
Una constelación de ángeles fatídicos marca su suerte
Por una amante vieja y agorera. Ajena y voraz urraca
Por un hermano bailarín y por el último trago
Allí; allí donde se agolpan los sueños idos
del convoy de la mala fortuna se apeó la parca
La gresca del boliche lo derriba entre injurias y golpes
Lo suben al caballo y lo largan por el viejo carril al Rayo
Y por todo cortejo y compañía la luna ciega y el caballo.
Lo llora el cerro envuelto en manto de fieras lágrimas
Lo llora el carril al verlo tumbado sobre el apero
Lo llora el rancho, al sentir su cuerpo ensangrentado
Él, tan sencillo y dispuesto para la sonrisa
Él, tan solo él, que no ensilla con dos caronas
por tanto desamor tiene una cuenta abierta en el cielo
Suenan guitarras en febrero y hay fiestas patronales.
Un chango sencillo y dispuesto para la sonrisa
sentado en el umbral del boliche de los sueños idos,
mira la calle polvorienta y ve pasar a sus verdugos.
                                                               Cerro Colorado, 7 de octubre de 2016


















Elsa Janá

La mirada   
Elsa Janá

Los ojos que me miran detonan este quiebre que me pudo. Conocía mi origen pero ignoraba esta realidad que arrastro. Y al estrellarme en vos, mirada, me identifico con la desolación y el abandono de los que, por costumbre, no me había hecho cargo. Soy tocado por tus chispas en estalactitas pendientes de añoranza. Entonces quiero huir corriendo de mi mismo, pero me quedo. Quién sabe si aún se pueda una salida. Hay destinos que mandan tanto como marcan. Son los que tocan en suerte, esos que otros promueven y unos pocos fomentan. 
           
En los viajes, el sentido de la vida. Ir y volver, la razón del movimiento. Limitado a estas fronteras cuya nacionalidad me corresponde y hasta a veces, un poquito más allá, voy y vengo sin salirme de los carriles. Me he elevado hasta las nubes y me han bajado sin piedad… Andares y pautas, prefijadas desde que nacieron mis ancestros, allá por los Caminos de Hierro, con su poco más de ocho kilómetros y medio y mucha lana para transportar. Ricachones y elegantes ellos. Muy venidos abajo y pobres, yo y mis pares. De la gala al despropósito actual medió siglo y medio y plus. La concepción de mis abuelos se produjo exactamente dos años más tarde de la idea de su gestación. Y hoy, vos y yo aquí, mayores de edad y frente a frente, casi de Retiro.
Hora de haberes y debes que ni poseo ni adeudo. Concebido para justificar lo injustificable, pude haberme mantenido digno de no mediar esos otros siempre presentes en cualquier parte para desvalorizar lo que sea. Y la devastación por añadidura. Empleos perdidos, obreros despojados de su dignidad, familias sin brújula. Y la pobreza prendida como cola de un barrilete que ya quién para remontar. Vías en desuso. Demasiado yuyerío en torno. Y en donde todavía yo, tu mirada que me pudo.
Veo descolgarse de tu mirar, un sentir dolido que rueda por las mejillas pálidas de espanto y enardecidas de rabia. Nadie la seca y, entonces, merodea su curso natural por las arrugas de un rostro aun joven ya viejo. Su curso natural… Igual que yo: recorriendo mi propia humedad no humana por los durmientes. Subes y bajas, mirada. De lado a lado, exploras las ranuras y agujeros de mis cuerinas rasgadas hasta lo insoportable. Estrujas en silencio, tu humedad indefensa, tierna, temerosa, que se espanta, envuelta en esa rojedad denunciada en la punta de la nariz y alrededor de los párpados.
Más irritada que mi impotencia, posaste tu destello helado por las escrituras y pintadas en mis paredes y en los otrora asientos que, hoy, despojos. Por esos agujeros se escapa la goma espuma de los esqueletos. Húmeda entonces hasta los  mocos, me obligas a retroceder en mi propia historia que quién podrá cambiar sin los demás. Me duelen los resortes a la vista, los cortes adrede de los incivilizados ajenos a mi función de servicio incluso para ellos. Rulos metálicos se saltan de entre mis hierros pinchando traseros, como marioneta descontrolada cuando le quitan la tapa de control. Solo lamento. Y lo lamento tanto…
Observas mis basuras olorosas que se continúan en los andenes, en los túneles y en las escaleras como en la vida. Caras de espanto en torno… Si, siempre espanta la pobreza. Un pibe mugroso y flaco echado como perro bajo un trozo de mi esqueleto -que ya ni para asentaderas sirve-, tal vez soñando un colchón bajo este trozo sucio de metales a los que ya ni asomo de pasado les queda. También lloro mi vergüenza, mirando la tuya que me contempla. Años intentando sobrevivirle a la agonía. Agradezco tu contemplación, mirada.
Se arrastran pies como sin destino y hacia dónde ahora. Sombras y fantasmas recorren mis vagones durmiéndose hasta parados cuando el stress no perdona. Mujeres con niños en los regazos extienden su mano en mis túneles oliendo a orines. Alguna vez les cae una moneda al lado. Otras, la pura indiferencia. Y de qué podríamos culparla, si los que tienen que dar son siempre los que tendrían que recibir. Muchos sin casa, sobre cartones y entre papeles de diario, ocupan el asiento en la sala de espera que ya nadie reclama, protegiéndose de la intemperie tras la mampara de vidrios tan rotos como los de mis ventanillas. Y el frío y el calor filtrándose impiadosos. La lluvia cayéndome adentro, como la tuya y la mía cayéndonos, afuera.
¿Oyes el silbido insistente que se acerca? Empiezan a temblar los tablones del andén. La barrera no va a levantar. Rápido. Ruego porque nadie ose cruzar de todos modos. No nos hace falta más llanto; hay tanto en mis talleres y galpones deshabitados y abandonados al andar del tiempo… Y eran tan bellos, con tanta música de maquinarias, la calidad humana de familias generando sus salarios. Unas primeras privatizaciones reglamentadas sumaban su aparición al crecimiento agropecuario. Tiempo de abundancia…Medida en millones de pasajeros, de toneladas de carga, de metros de vía…Vagón tras vagón, vagones de carga, coches comedor, coches cama, coches cinematógrafo…la estatización del 46-48… Pan y trabajo.
Puja que te puja tren que pujas ahumando el espacio en llamaradas de esfuerzo y vapores de gloria…Tj-Tj-Tj, rueda que rueda portando la vida y generando riqueza, los ferrocarriles. Y el 91.  Servicios cancelados, pueblos fantasma sin fuente de trabajo ni medio de transporte, incomunicados…Y promesas.  Vahos de memoria que se nubla. Nombres que van y vienen temblando almas y alertando desconciertos: La Tronchita… de las Nubes… de las Sierras… del Fin del Mundo… Ecológico de la Selva…Tj-Tj-Tj, rincones, como a desgajo de alma de los que deseo renacer.
Barreras que se elevan y bajan. Pitares zigzagueantes al aire y pitares desoídos… Accidentes... Descuido… Muerte…Y Once como broche dantesco: la culpa es de la locomotora que se ha desbordado. Silencio y paso del tiempo. Expendedoras en desuso. Tren de dos pisos que trata de acallar la incomodidad de una barbarie en rieles que ya empieza también a marcar su huella por ellos. Y tu mirada que se aleja de mí igual que el murmullo del andén que voy dejando atrás.


Me das la espalda junto a la puerta. Y ya a punto de abordar el andén, miras el pañuelito de papel humedecido que se te cae. Casi te entrampa la puerta al cerrarse cuando te agachas a recogerlo. Y retornando yo a mi curso de rieles y alto voltaje, te veo arrojarlo en un pote de basura. Tal vez, ese papelito extra mojado de vos, entre tanto otro hediondo, no me resultara molesto. Pero lo significativo es que hasta partiendo, dignificas mi presencia con tu accionar, mirada atenta. Entonces, me escurro en el tiempo con la sensación de que por ahí, todavía se puede. Adiós. Me has humanizado en tu mirada y sus humedades. Ahora un llanto tuyo me pertenece.

Héctor Zabala


Encuentros en el mar  
Héctor Zabala

El viejo apoyaba los antebrazos en la barandilla. Ya se conocían de vista, aunque jamás se habían correspondido el saludo. El recién llegado se puso a la par, casi codo con codo, imitando la postura del viejo. Las sirenas del barco se escuchaban cercanas.         
-Así que contemplando las estrellas para gastar el tiempo. Se ven brillantes, ¿no?.
-Ay, joven, ¿a mi edad se puede dejar morir otra cosa que no sea el tiempo? Mire, no me gusta esta música moderna. No, no voy a perder el poco oído que me queda, por más que ese hombre quiera insistir con sus fiestitas.
El viejo y el joven (que no era tan joven como el otro pensaba) se miraron un instante, creyendo reconocerse. Era algo difícil de explicar. Estaba ahí y no estaba. Al fin y después de una pausa, enojosa por cierto como suele ocurrir con esas pausas, el que aparentaba más joven se atrevió a decir:
-Tiene usted razón. Las melodías no van con este asunto del mar, por más que el mandamás se imagine lo contrario. Si yo fuera él, no dejaría que interfiriese la música. Y en cuanto a la sordera, no se preocupe, yo descubrí hace tiempo que las hay beneficiosas. Mire, le diré, hará un montón de años, yo...
Y su alma se explayó en la anécdota, y los recuerdos surgieron como aparecidos a los que el mundo debía cobijar de nuevo. Palabras que el viejo en parte dedujo y en parte no; más por culpa de la sordera que de las neuronas.
De nuevo la pausa enojosa. Ese espectro brutal que llamamos silencio. Ese escollo, en forma de sigilo educado y modoso, entre seres cultos pero distintos, que aparecen de pronto y están como obligados a permanecer quietos y frente a frente, sin saber cómo continuar ni qué decirse ni cómo o dónde poner brazos y manos. Sí, como dos mundos disímiles que ocupan un mismo mundo.
Al fin, el que parecía ser más joven rompió los pensamientos del compañero:
-¿No habría que intentar avisarles?
El otro sonrió desolado sin mirarlo siquiera:
-¿Avisarles?, ¿para qué? ¿Para qué hacer cosas heroicas? Somos inútiles y viejos para ellos. Ni nos verían. Tendrán menos oído que los marineros de su anécdota o que yo por mi vejez. Y en cuanto a ceguera, créame, no hay generación que les gane. Mejor déjelos, que sigan felices, envueltos en su mala música y abismados en su baile ridículo que en todo hace agua. No hay nada, absolutamente nada en lo que podamos ayudar.
Y otra vez el silencio, apenas roto por la carraspera del viejo tras la brisa helada que venía del norte y se hacía sentir como nunca.
–¡Pero, ahora que caigo en la cuenta, no nos hemos presentado! –dijo el que aparentaba ser más viejo, tanto por decir algo.
–Bueno, digamos que no me hace mucha falta –rió el otro–. Usted debe ser el que aparece nombrado en casi toda cartelera de concierto del mundo. En cuanto a mí, no sé si la gente me recuerda tanto. No faltará quien crea que apenas soy un mito -terminó riendo.
-Bueno, de todos modos me presentaré: Soy Ludwig van Beethoven.
-Y yo, Odiseo, rey de Ítaca, aunque algunos prefieren llamarme Ulises.
Y siguieron apoyados con los codos en la barandilla, contemplando el cielo nocturno. Las agujas del reloj indicaban casi la medianoche. El almanaque, catorce de abril de mil novecientos doce. Pese a la vejez y a la niebla, ambos espectros ya empezaban a divisar la enorme masa blancuzca.
Este cuento obtuvo 2º Mención en el Certamen Literario Nacional “Prof. Argentina Harrand de Travi" Año 2006, de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Belén de Escobar, provincia de Buenos Aires,



Ernesto Ramírez

De Inés 
Ernesto Ramírez

Poco o nada ha logrado olvidar de Inés. Acaso sus arrebatos de tedio y las fidedignas infidelidades. Ambas facetas al principio redimibles por el fermento de sus virtudes. Olvidado esto, mejor dicho, soslayado como al inicio -ahora por comprender que en verdad pesaba menos- inalterable al paso del tiempo Inés sigue incrustada en cada recodo - demasiados - de su piel y en el interregno de su memoria. Mientras piensa, mientras la recuerda y la huele y la escucha, el hombre juega, haciendo incisiones con su viejo escalpelo en la manzana que está comiendo y que peló minuciosamente, cómo a diario, con el instrumento.
Mucho alcohol y soledad transcurrieron desde entonces y de Inés no ha perdido ni el sabor ni la voz azulada. Sí, Inés tenía la voz azul. Sus palabras sonaban a mar, olían a mar, le inundaban los oídos. Su voz era azul como el océano, como el viejo barco azul encallado donde se encontraron por primera vez nadando. Cuando estaban en la cama haciendo el amor -él siempre amándola con ansiedad, con esa ansiedad que le producía el miedo a perderla- los gemidos y expresiones de Inés olían a mar agitado, a profundidad abisal, a grandes y encrestadas olas que acababan deslizándose calmas por la orilla de la sábana.
Inés había nacido y crecido en un pueblito salobre hacinado entre  pequeños barcos y escuadrones de gaviotas. Y allí la descubrió un verano de hace doce años. Y de allí la trajo a vivir con él ni bien ella cumplió los dieciocho justo el año en que se jubiló del Museo de Historia Natural. Sus manos, tras 30 años de taxidermia, reclamaban una piel viva. Pero pronto la piel arenada de Inés, la mirada de arpón de Inés –que se clavaba en los ojos que miraba y ya no se podía retroceder porque al intentarlo uno sentía como se le rasgaba el alma- y la voz azul de Inés acabaron rodeándola de hombres jóvenes más atrevidos que él, más vigorosos que él, más firmes en las tormentas que él.
Poco a poco fue percibiendo como el arpón rehusaba clavarse en sus ojos y la voz azul se volvía parca y desinteresada llegando apenas celeste a sus oídos. Incluso los regalos -tan efectivos en la conquista y a la hora de traerla con él- apenas si surtían el efecto de entonces. De Inés cada vez sabía menos, tenía menos, respiraba menos. De Inés olía negativas, indiferencia, semen bisoño. Aún así las cosas cuando lograba entrar -como un Ulises terco y libidinoso- en aquella sirena azul, sentía que valía la pena soportar la denigrante travesía para escuchar aunque más no fuese un único tono azulado.
El día en que se cumplían cinco años de vivir juntos, cansado ya de soslayar lo insoslayable, la llevó de nuevo a su pueblo. Pretextó reeditar los días en que se conocieron. Ella en principio rehusó. El sólo hecho de revivir aquella pobreza le revolvía las tripas. Pero resolvió aceptar por complacerlo, total sería sólo un fin de semana y al fin y al cabo él lo merecía. Durante el viaje casi no hablaron y apenas compartieron dos manzanas peladas con precisión por el hombre. Inés cerró los ojos largo tiempo aunque sin dormir. Sólo pensaba. Imaginaba cómo estaría todo aquello. Qué diría su familia al enterarse de que había vuelto. Qué dirían los pescadores al verla por la playa con ropa bonita. Imaginaba…


Lo que no imaginó fue que de Inés ya ningún hombre sabría nunca nada en la capital. Ni en las peores pesadillas del último lustro se volvió a ver enterrada en esa aldea miserable. Justo a ella que tanto temía a la oscuridad y al silencio. Jamás pudo habérsele pasado por la cabeza que volvería a vivir en el mismo ranchito en que nació junto a la puta de su madre, el borracho de su padre y sus hermanos menores. Y peor aún, nunca pensó que el mar -único consuelo de la miseria allí- se fugaría un día para siempre de sus ojos y que ni siquiera podría preguntarle a alguien por su belleza. 

Juana Rosa Schuster

  Me preguntás  
Juana Rosa Schuster

Y me preguntás porqué lloro.
Lloro ante tu presencia vestida de ausencia.
Y me preguntás porqué no te olvidé.
No te olvidé porque mi mente guardó fragmentos tuyos.
Y me preguntás porqué te extraño.
Nunca mis vertientes buscaron otro camino fuera de tu cauce.
Y me preguntás porqué te imploro con la mirada, los ojos turbios te miran y te ven desde un espejo roto.
Te fuiste por escarpados desfiladeros, montes gibosos y universos despiadados.
Y me preguntás porqué te busqué entre la gente.
Ni siquiera te acordás que crecía en mis entrañas una nueva vida.
Y otra vez, me preguntás porqué este llanto.
Estas lágrimas dejan detrás de ellas un tornado de nubes negras.
Y no te contesto, no te cuento, no te lo digo.
Te veo sosegado, apacible, imperturbable.
Estoy persuadida, otros brazos ocuparon mi lugar.


Entonces, ¿Para qué? Entro en mi caparazón y ya no te escucho.

Elena Rubins

Estoy muy triste y lo extraño 
Elena Rubins

Cada vez que te preguntábamos por tu niñez y adolescencia antes de tu llegada a la Argentina, no podíamos sacar conclusiones. Todo lo que sabíamos era por terceros. Nunca hablabas de tu familia, ni siquiera de tu mamá.
Maldita sea. Creo que te moriste para dejarnos en la ignorancia. ¿Tan mala era la vida en tu pueblo?
Según cuentan tus paisanos eras algo así como la oveja negra de la familia: el único que no estudió, que peleabas contra las banditas de los no judíos durante la Primera Guerra, juntabas las colillas de los cigarrillos de los soldados, los rearmabas y los revendías para comprarte golosinas. Aunque eras hijo del “monopolista” del tabaco y las bebidas del pueblo, hijo de uno de los “acomodados”. Parece que tan mal no la pasabas.
Siempre me asombraste por tu facilidad para sacar de oído melodías que interpretabas en el piano, la flauta, la guitarra y cualquier instrumento que se te cruzaba, incluso una cacerola. Me enteré que en tu familia había músicos profesionales.
Nunca supe cuál fue el destino de tus antepasados, salvo el del que te salvó al no dejarte volver a tu pueblo antes de la guerra y el de esa hermana que vivía en Israel y trajiste para mi casamiento.
Hablabas un castellano bastante fluido, eras un experto en cuentas mentales, nos enseñabas los juegos que conocías (naipes, dominó, damas y ajedrez). De tu negocio no sabíamos nada, ni siquiera mamá. Sólo que era tu gran pasión.
Conocimos Córdoba, tempranamente, porque había casino (al que no faltabas ni una noche). De adolescente, descubrí que algunas de tus “cenas” de amigos eran para jugar al póker y que algunos domingos, ibas a los pingos (como llamabas al hipódromo).
Hoy, a raíz de tu embolia, me enteré de varias cosas importantes. Descubrí algo que alguna vez intuí: ¿por qué mamá permanecía el verano completo en Córdoba con nosotros y vos te quedabas en Buenos Aires?
Estaba en el negocio, tratando de entender el mecanismo del comercio cuando se me acercó una mujer que me dijo:
–Ud. perdone…yo conozco muy bien a su papá. Lo acompañaba cuando se quedaba solo. Hoy me acerqué al hospital; quiero que llamen a un médico amigo. Siempre me trató muy bien y fui muy feliz con él. A veces nos encontrábamos durante la semana…muchos años. Estoy muy triste. Lo extraño.


Estoy muy triste. Lo extraño.

Estela Parodi

La rajadura 
Estela Parodi

El tío Andrés llegó a mi casa el día de mi séptimo cumpleaños. Los ojos de la abuela se pusieron tristes al verlo.
El rostro desgastado, la barba semicrecida y un aspecto andrajoso en su vestimenta, mostraban que el tío Andrés no volvía precisamente de una victoria.
Pasaba horas encerrado en su habitación, lugar vedado hasta para la sirvienta. Mi curiosidad aumentaba con esos encierros y a veces hubiera querido destrozar a patadas, la pared que separaba su habitación de la mía. Recostado en mi cama, mirando la mancha de humedad del cielo raso pensaba sólo en cómo hacer para descubrir el secreto. ¿En qué ocupaba el tío Andrés toda la noche? ¿Por qué elegía esa música?
Como el vidrio de la puerta rozaba casi el techo, la única posibilidad era encontrarle una falla a la pared. Durante días y días hurgué en cada poro buscando alguna ranura, algún agujero que me permitiera acceder al espectáculo. Pero la pared estaba lisa, espantosamente lisa. Cuando llegué a esta conclusión, me senté sobre el piso desilusionado, exhausto, observando el montículo de cosas que había amontonado para elevar mi estatura y entonces fue cuando, por casualidad, mi mano lo descubrió. Encima del zócalo, el revoque se estaba descascarando. Con un lápiz amplié la rajadura hasta perforar la pared. Luego me tiré boca abajo para mirar por el boquete. La visión de la otra pieza era perfecta. Sólo quedaba esperar.
Poco antes de la medianoche, cuando el silencio aplastaba ya la casa, me levanté. Cuidando de no hacer ruido me tendí sobre el piso nuevamente, pegué mi ojo derecho al agujero y apoyé el mentón sobre el zócalo. A cada rato tenía que refregarme las pestañas para despejar la humedad que licuaba mi mirada y el nerviosismo que me había tensado hasta el último de los músculos. Mientras tanto, del otro lado, el tío Andrés intercalaba su atención entre un grueso libro de páginas amarillentas y el reloj, que a cada rato descolgaba del bolsillo. Sin embargo, los ruidos que yo había escuchado durante tantas noches habían sido demasiado extraños para que pudiera creer en esa intensa quietud de mi tío.
Después de la tercera vez que me limpiaba la nariz y las pestañas para sacudir el polvillo, y ya con los codos doloridos por la madera, vi que colocaba el libro sobre la cama, suspiraba profundamente y empezaba a desabrochar, tranquilo y meticuloso, uno a uno los botones de la camisa. Supe que podía suceder en cualquier momento. Debería controlar ese cosquilleo molesto, aguantar el dolor de los codos y descubriría enseguida ese secreto tan hermético que el tío Andrés guardaba en la semipenumbra de su pieza, después que el carrillón de la sala sonara el último de los doce compases.
Se había quitado ya el pantalón y acomodado las dos prendas con prolijidad encima de la colcha tejida, al lado del libro. La ampulosa desnudez de su barriga brotó sobre las piernas, apretadas con calzoncillos grisados que terminaban en grandes zapatones negros. La luz, escasa, sombreó la desproporción de su figura en la pared y tuve que taparme la boca con las manos para atajar la carcajada.
Abrió el ropero y sacó unas telas y algo más que no alcancé a distinguir muy bien. Cuando acomodó todo sobre la silla, la blancura de sus brazos hizo chirriar el brillo de los colores. Entonces, mi ojo asombrado se abrió al máximo y lo vi colocar encima suyo aquellas telas, que en ese momento, sí, reconocí como un vestido. Cuando terminó, se sentó en el tocador con espejo que había sido de la abuela y que unos hombres (sin saber yo por qué) habían trasladado hasta su pieza. De uno de los cajones extrajo un cofre y tomó unos collares de gruesas perlas que enroscó en su cuello. Del otro, una caja con maquillaje que abrió para pasar rubor pintar labios y párpados y engrosar las pestañas. Me corrió un frío por los huesos. Ése ya no era mi tío Andrés. Con esa peluca enmarañada que ponía sobre su cabeza, era casi una mujer.
Me senté sobre el piso y traté de contener mi agitación. Creo que en ese punto ya había olvidado el polvillo, la humedad y los codos. No me sentía bien pero mi curiosidad pudo más y nuevamente me tiré sobre el piso tratando de llegar al final. Estaba mirándose al espejo sonriendo satisfecho. Luego caminó hacia el rincón y colocó la púa del fonógrafo sobre el disco. Era la misma música que yo había escuchado cada noche desde mi cama deseando que la pared fuera cristal. Era la misma música. Y el tío Andrés bailaba. Sonreía, gesticulaba con sus labios furiosamente pintados, movía las manos con delicadeza y volvía a reflejarse en el espejo. Por un instante me pareció que el tío Andrés le hablaba a alguien, que sentía la presencia de alguien, allí, junto a él. Por un instante también, me pareció ver una silueta esfumada, reverenciando con alguna galera, a mi tío Andrés.
El sonido siguió con acordes cada vez más graves, pesados, estrepitosos, que chocaron contra mis oídos haciéndolos estremecer.
Entonces, levantó sus brazos intempestivamente, como si él también hubiera llegado a su clima más alto. Con los ojos desorbitados y las venas a punto de estallarle en la garganta, lo sentí temblar, sacudirse en contorsiones violentas y secas que transmitía a toda la pieza, a las paredes, a mí. Estuve a punto de gritar justo cuando se desplomó sobre la silla. La música se acalló de golpe y la púa repitió ronca un quejido que acompañó al tío Andrés que, encorvado, con los volados en desorden entre las piernas abiertas y las manos cansadas sobre el vientre fajado, lloraba. Vetas negras y rojas chorreaban sobre el rostro, desfigurándolo, convirtiendo al tío Andrés en una máscara destruida por las lágrimas que seguían cayendo, manchando el azul vestido, los tremendos zapatones, la oscuridad del piso.
Sentí náuseas. Ya no era una mujer, ni siquiera aquel tío que alguna vez yo había conocido. Los codos no aguantaron más y el pecho se me desbocaba. Caí sobre la cama temblando y creo que me quedé dormido, empapado de sudor y llanto.
Al otro día vino mi padre a despertarme. “El tío Andrés ha muerto del corazón”, dijo. “¿De cosas del corazón?”, pregunté.
Más tarde vaciaron su cuarto y pude ver a otros hombres cargando el viejo ropero del secreto. Llevé yeso y agua a mi pieza, y tapé el agujero.


Del libro Cuentos Desnudos

Gustavo Marcelo Galliano

CONFESARÁS TUS PECADOS
                                                Gustavo Marcelo Galliano

No pude controlarme más. Esa noche tenebrosa discutimos acaloradamente, más de la cuenta, y lo confesé sin tapujos ni reparos. Sabía muy bien que la ofendería, se sentiría humillada, bastardeada. Que no lograría superarlo ni perdonarme jamás.
Pero estaba realmente harto. Hastiado. Ya no toleraba sus celos infundados, sus persecuciones dialécticas. Sus falaces acusaciones plagadas de malicia. Que revisara en cada madrugada mi agenda, mi teléfono, mis bolsillos, mis recuerdos, hasta mis sueños por soñar. Siempre tratando de capturarme “in fraganti”.
Exploté como un volcán incontenible y colocando mi rostro muy cerca del suyo, se lo confesé gritando. Gritando a rienda suelta. Gritando desde lo profundo del alma. Mi esposa irrumpió en llanto, en convulsiones, en reproches entrecortados. Su histriónica histeria se desplegó en chillidos, chirridos, gemidos, pataleos. Se babeaba furiosa cual hiena desorientada, mientras balbuceaba frases como: -“Mi madre siempre me previno… que eras un degenerado… un desgraciado  infiel… un pervertido…”-.
Me serví un trago,  respiré profundo y me senté en el sillón. Sinceramente gozaba contemplando su desquicio. Su andar de fantasma errática. Frenética. Despeinada. Gocé de mi vodka doble, tridestilado, con zumo de naranja y observé el ir y venir por la sala de sus pasos incoherentes, inconexos.
Poco a poco fue recobrando la calma, y se dirigió hacia nuestro cuarto; preparó sus maletas y se marchó en silencio, regalándome un estruendoso portazo, que tronó de maravillas. Se llevo nuestro auto.
Suspiré aún más profundo, feliz, relajado. Me serví otro trago. Resultaba un enorme alivio haber confesado mi pecado, aquella culpa que me corroía en silencio, en el momento apropiado.
La síntesis del éxtasis en el preciso génesis.
Era imposible continuar callando.  Ya no podía seguir ocultando, que allá, por el sexto grado, portando mis once años, me enamoré de mi maestra. Imposible continuar callando. Aún la recuerdo, era magníficamente bella.
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Cuento Finalista del II Certamen Internacional de Cuento “Jorge Luis Borges” 2008, organizado por SESAM, BuBuenos Aires, Argentina. 30 de Junio de 2009.


María A. Escobar

Los tíos 
María A. Escobar

Pasado el tiempo supimos algo de la verdad. Solo algo, porque Malena y yo éramos entonces demasiado chicos. Yo iba a primer grado y Malena a jardín de cinco. Mamá nos llevaba y nos traía, ya en casa tomábamos la leche y después mirábamos la tele que hacía muy poco papá había comprado.
No sé si éramos felices porque mamá parecía siempre como crispada y no nos prestaba mucha atención, hacía las cosas como distraída.  Por eso, por la noche, cuando llegaba papá, se lo veía, por el contrario, hasta casi eufórico.
Hablaban en la cocina, con la puerta cerrada  Durante la cena también mirábamos el televisor en silencio, solo un -alcanzame el pan- , o mamá nos decía algo como -arrimate a la mesa o te vas a manchar-, pero entre ellos
ya no hablaban, después mamá levantaba los platos y nos mandaba  a la cama, y nosotros oíamos que hablaban casi en un susurro.
El que más hablaba era papá y ella respondía con monosílabos. El televisor seguía prendido pero creíamos que no le hacían caso. Después era el silencio, la canilla que goteaba y el miedo que era una sensación difusa, que no tenía objeto pero que estaba como una presencia permanente cuando todo quedaba a oscuras.
Malena se dormía de inmediato así que no podía hablar con ella. El televisor quedaba mudo y entonces yo oía todos los ruidos de la noche: la madera de los muebles que crujían, las ramas del árbol que el viento agitaba,
alguna ambulancia que pasaba a gran velocidad. Finalmente metía la cabeza entre las frazadas y me dormía, rezando porque ninguna pesadilla me despertara.
Un día papá vino con unos tíos.  Eso nos dijo que eran, pero no eran con los que habitualmente pasábamos las fiestas de fin de año. Eran, nos explicó, porque éstos venían de muy lejos, en avión. Tenían dos hijos más grandes que nosotros y que tenían la costumbre de hablar en voz baja, no sé porqué. 
Al fin terminamos hablando de la misma manera, simplemente porque sentíamos que algo nos acechaba. Mamá estaba más seria que nunca, pero igual nos llevaba a la escuela. De la comida se ocupaba Delia, así se llamaba ésta nueva tía.  Parecía buena y trataba de no molestar, aunque la casa era chica y era todo un lío, sobre todo cuando había que ocupar el baño.
De noche aquello parecía un campamento y nosotros (Malena y yo) teníamos que compartir la cama con los otros chicos. Papá y los tíos se quedaban despiertos hasta muy tarde y hablaban pero no se oía lo que decían. Mamá estaba pálida y callada, sobre todo cuando llegaron los otros tíos, uno de ellos con la camisa llena de sangre.  Lo había atropellado un auto, nos dijeron, “¿y porqué no lo llevan aun hospital?” pregunté y papá me dijo “cerrá la boca”. Lo acostaron sobre mi cama y lo vendaron con las sábanas que estaban en el placar.
Ese día mamá  no nos llevó a la escuela. Nos bañó y nos cambió.  Preparó el bolso grande que usábamos cuando íbamos a veranear con ropa y algunos juguetes y nos fuimos a la casa de un tío de verdad, hermano de nuestro padre. Tomamos el tren a Brandsen.


Nunca volvimos a ver a nuestro padre, tampoco la casa que quedó destruida, así nos dijo Mateo, con voz normal.  Los secretos habían terminado y yo deje de tener miedo por las noches.

Cristian Vitale

La lluvia convocada  
Cristian Vitale 

La poesía es el arte de esperar; podría decirse. Pero esta ecuación, que en principio seduce, cae rápidamente desmentida por esta otra certeza: la mera espera es siempre infecunda o infeliz. Y entonces... El concepto de espera es válido pero hay que precisarlo. En el otro extremo de las disposiciones estéticas se halla el verbo forjar, que supone trabajo a destajo, fuerza férrea frente a la resistencia, hierro en la voluntad, materiales rebeldes, sudor, chispas y olor a galpón. Esta ética de la creación no parece ser madre de gran poesía. Ni forjar ni esperar. Y entonces... Que la poesía sea hija de la Inspiración supone una idea de Trascendencia. Salvo que pongamos los nombres en minúscula, de modo que algo simplemente externo al poeta ilumine el acto creador. Esa idea es tan cierta como banal. Que algo que no es exactamente mi voluntad colabore en el acto creador es, hoy, tan ampliamente aceptado como descarnado y vacuo. También acá hacen falta algunas vueltas. Ni esperar ni forjar ni inspirarse. Y entonces... Voy a ayudarme con una imagen. Me gusta pensar la maquinaria poética como una mano que sin cesar tira piedras, cuya caída nunca se produce o al menos no es objeto de espera. Es una imagen ciertamente fantástica puesto que rompe las reglas de lo real. Pero insisto con la escena. La creación poética también desdice las lógicas más cotidianas. Una mano, entonces, que lanza piedras que no caen. Y la poesía dónde está. En otro lado, sin duda. Pero no ajena a esta rutina. Porque las piedras que no caen, no son piedras que se pierden. Y hay algo de mentira en decir que no son objetos de espera. El poeta simplemente espera la desfiguración de la piedra, su trasformación, su reencarnación en los casos más extremos. Por otro lado, nunca sabe de dónde vendrán ni cuándo ni cómo las piedras que no sin fingida indiferencia ha lanzado. Y entonces... La poesía es el arte de arrojar piedras como al descuido y esperar sin ansia pero con deseo que al fin nos llueva. Cuál es el contenido de la lluvia será en parte culpa de la piedra arrojada, será en parte culpa del tiempo de la espera, será la manera de arrojar, será la mano, será la intensidad, los modos, serán incluso los caprichos de la lluvia. Nunca se empieza un poema. Es que siempre ya se ha empezado. La datación es la de la escritura, no la de la concepción. La creación poética es un estado, no un fenómeno. El poetizar es una manera de estar en el mundo, una posición del cuerpo ante la experiencia, ante la existencia incluso. La forjación es previa y posterior a la revelación. La poesía ya está. El sudor es tan necesario como secundario. La voluntad y la pericia se someten a la lluvia que ya pasó. Después de la lluvia el tiempo es menos ansioso y más la patria de los relojes. El artesano trabaja la descendencia remota de las piedras que él mismo, cuando fue poeta, arrojó durante siglos. Antes y después la poesía es un arte de taller, de panadería, de galpón. Y otra cosa. Casi siempre la lluvia sabe dónde caer. Podrá de golpe llover a cántaros o venir en gotas. Lo que importa es la constancia, la insistencia, la falta de resignación de la mano. La fortuita o atinada puntería. Y la fe ciega de que algún día nos lloverá.


Rubén Amato

La señal del adiós 
Rubén Amato

 

El pequeño, desde su silla de comer, estira su brazo y señala hacia el televisor. Es su manera de avisar a mamá que los dibujitos se han marchado. La madre revisa las conexiones, todo en su lugar. (Adiós Bugs Bunny) No le queda otra ahora que alzar al bebé y entretenerlo hasta la hora de la cena. (Adiós telenovela) Al llegar papá confirma con resignación que va a ser una noche rara. Así y todo va a revisar la antena del cable y la caja del disyuntor, hasta los tapones. No hay caso. (Adiós fútbol nocturno) Cenaron en silencio. De vez en cuando se miraban reflejados en la pantalla gris.

Un vecino llama a la puerta. Viene a despedirse. (Se iba del pueblo y con él otros tantos) Sugiere que lo siga. Que venda todo y que se instalen en un pueblo vecino donde hay trabajo y no hay problemas de satélite para la tele.

Al recibir la noticia piensan que ni locos. Pero a los dos meses rifan casi todos sus bienes y parten por el mismo rumbo (Adiós proyectos) La puerta se cierra y la casa se queda en silencio hasta que aparece la cuadrilla de demolición que comienza su trabajo.

En tres horas el pueblo se ha convertido en escombros, y en una montaña de piedra y cascote está el televisor, que misteriosamente se enciende de repente. La imagen de Bugs Bunny aparece con su conocido “¿¡Qué hay de nuevo, viejo!? que ya nadie mira a las cinco de la tarde.

jueves, 20 de octubre de 2016

Negro Hernández

        Como un retrato  
Negro Hernández

La reconocí cuando entró al café porque su pequeña figura coincidía con la que imaginé en nuestra conversación telefónica. Se fue acercando despacito como dudando de la señal que habíamos acordado: un ejemplar de Los Siete Locos sobre la mesa. Entonces apuró el paso y pude verla mejor desde el lugar elegido junto a la ventana adonde el sol de invierno la iluminaba de frente.
Vestía un largo tapado bordó mostrando apenas sus tobillos finos, y un sombrero tipo cosaco del mismo color abrigándole su cabeza enrulada. Se presentó levantando sus gruesas cejas (me gustaron) que se abrieron como una boca amenazando un beso. No era precisamente una bella mujer, pero no desentonaba con el paisaje del café refugio de hombres, poco habituado a recibir a damas finas y misteriosas.
En un gesto desabrochó el tapado sujetando en la otra mano un sobre de papel madera, y cuando terminó de acomodarse en la silla, sacó una agenda de su cartera y una lapicera del bolsillo. Su cuello emergió del suéter azul con rombos, (¿o era con dibujos de una cultura aborigen?). Su piel, blanca, demasiado blanca para esos ojazos celestes ocupándole la totalidad de la cara, algo aniñada, casi ingenua, aunque su mentón apuntando al cielo le daba un toque atractivo de malicia. Una delgada línea negra dibujada en sus párpados era todo el maquillaje (eso creo), enmarcando una mirada intensa que poco a poco fue haciéndose más lenta hasta posarse sobre sus palabras llevadas por una voz ronca, incapaz de ser contenida en su breve cuerpo.                              
Hablaba moviendo sus manos con pasión como dirigiendo una sinfonía. No llevaba anillos ni pulseras, sólo un reloj plateado alrededor de su muñeca huesuda. La escuché con atención (tengo esa virtud), de a ratos distraído, hasta que perdí el hilo de la charla tendida entre los dos como si alguna imperceptible violencia hubiera atravesado el recorrido de mis pensamientos. Ella se inquietó percibiendo mi fuga y habló del tiempo. A partir de ese momento algo familiar y a la vez ajeno nos fue rodeando como una esfera cálida colgando del cielo, en esa tarde de agosto que se escurría entre su pocillo de lágrima y mi café cortado.
 "Es tarde" dijo amagando llamar al mozo para pagar la consumición, pero la detuve. Nos levantamos para despedirnos y le di un beso cerca de la comisura de los labios, prometiéndole llamarla después de haber leído los poemas que descansaban dentro del sobre de papel madera, como un puente. Su imagen desolada cruzó el empedrado tanguero buscando la parada del colectivo. Con impaciencia abrí el sobre (contenía varias hojas escritas en computadora) mientras trataba de ubicarme sin ansiedad frente a ellas.
No eran los detalles de su vestuario, ni su voz, ni su mirada, ni siquiera la suma de las partes. Era su totalidad unida con hebras invisibles volviendo como un retrato. Tomé el primero de sus escritos y leí:

Tu mirada se posa
sobre mis palabras
y me lleva en una tarde
de agosto
hacia la esfera
colgada del cielo
como un retrato.


Liliana Souza

1936 - Pizarnik - 1972  
Liliana Souza

Dos fechas.  29 de abril de 1936.  25 de setiembre de 1972.   Dos extremos que marcan los vaivenes exactos del poema.  Una voz lanzada, perdida en algún territorio, en aquel pequeño mundo de Alejandra Pizarnik.
 Como escritoras, analizamos la obra y la magnitud de su palabra, la que no conduce a respuestas únicas o fijas, sino ambiguas, múltiples. 

Aquí, algunos textos.


Retrato                                                                      de María del Carmen Catalán


Bebió de la vida

hasta emborracharse

buscando en ese corto  trayecto

algo que le permitiera descubrir

que valía la pena recorrer ese camino.

En su primera persona del singular

guardó más que un tesoro,

un cúmulo de dudas sin respuesta.

Sufrió.  Padeció.  ¿Gozó?

Imposible saberlo con certeza.

Sólo anduvo y en el andar

dejó las huellas de su sentir.

Caminaba sonámbula, transparente,

buscando quién sabe qué,

para dar sentido a la vida.

Y así, se fue.

Buscando quién sabe qué,

para dar sentido a la muerte.     


Porque la poesía no ocurre en las palabras sino entre ellas, Alejandra escribió.  

Mariposa de cristal, como restos fósiles de la poeta que fue y continúa.


Destellos                                                                                  de  Mabel Enriquez


Hoy aleteas sin rumbo

                     mariposa de cristal.

Para herirte,

descerrajaron sin piedad

                                 la red.

Te astillaron las alas.

No pudieron matarte.

Te buscaron en las flores de los jardines.

 Vos aleteabas,

        entre las flores de los cementerios,

                                    impulsada por la muerte.

La sangre coloreaba las alas astilladas.

Hasta que decidiste dejarte caer.                    

Más no lograste la quietud.

Hoy, aleteas sin rumbo,

                       mariposa de cristal,

con las astillas

                           dando brillo y reflejos,

                           sobre flores de poesía.  


Esa mujer distante, sin edad y suspendida en su lugar vacío, abrió un nuevo claro en el bosque de la palabra.   Esa mujer, su deseo y la gestación casi imperceptible.


Alejandra, ya sin voz                                                                 de Graciela Lewis


Los espíritus del monte le dijeron:

Sólo silencio e inmovilidad habrá en los árboles. Conviene que haya quien los proteja.

Entonces nacieron los guardianes. Así, se perfeccionó la obra cuando la ejecutaron, después de pensar y meditar.

En esa tierra, días y noches distintos, un algo fue surgiendo luego de sacar capas de hermetismo total.

Eran poemas, relatos. Cada uno mostraba su esencia en la búsqueda balbuceante de calor y luz.

Vivencias, sentires, gozos, no explicados.

Ése era el precio de una vida infeliz. La savia nueva corría a borbotones, en busca de su camino, hasta encontrar el sonido de una campana opaca que le marcara los días entre cielo y tierra.

Magia callada y sutil, fácil de gozar y absorber.

Pudo esperar, porque así lo estableció desde el principio, por siempre.


Como escritoras, analizamos a Alejandra Pizarnik.  Una traza, apenas fugaz, como el acto de romper espejos para que surjan más superficies, más Alejandras.  Para que regrese. Para que vuelva, una y otra vez, luego de cada muerte.