lunes, 26 de noviembre de 2018

Carlos Margiotta



POEMAS SIN RUIDO  Carlos Margiotta
LOS CIPAYOS   
A la memoria  de Oliverio Girondo

Te explotan, te someten, te dominan,
te sumergen, te excluyen, te marginan,
te roban, te saquean, te confiscan,
te estafan, te expropian, te vacían,
te gobiernan, te dictan, te legislan,
te juzgan, te imponen, te obligan, 
te amenazan, te persiguen, te secuestran,
te condenan, te torturan, te encarcelan, 
te hambrean, te empobrecen, te vejan, 
te chupan, te muerden, te exprimen, 
te pisotean, te estrangulan, te retuercen, 
te aplastan, te dividen, te mutilan, 
te engañan, te burlan, te ríen, 
te venden, te alquilan, te hipotecan, 
te silencian, te censuran, te cercenan,
te acosan, te plagian, te confunden,
te ofenden, te agreden, te hostigan,
te insultan, te drogan, te alcoholizan,
te lastiman, te enferman, te enloquecen,
te maltratan, te castigan, te asesinan,
te escupen, te cagan, te orinan, 
te penetran, te eyaculan, te violan, 
te desprecian, te abandonan, te olvidan, 
te ignoran, te discriminan, te desaparecen,
te indignan, te revelan, te avergüenzan,
te enfurecen, te revientan, te sublevan,
te unen, te levantan, te convocan,
los miserables cipayos del imperio.

LA MIRADA DE MI MADRE
La mirada de mi madre
se posa sobre mis palabras
como un ángel, y me acaricia
y me consuela y me sana
y me sostiene, y me abraza
y me besa y me llena de imágenes,
y me cuenta cuentos:
“Había una vez…


SIN OLVIDO

La piedra rueda
por tu lugar herido
entre el ayer y el mañana.
En su inocencia
no sabe, aún
que entre los dos
hay sólo presente,
tiempo eterno
sin memoria
sin olvido.


PLIEGUES
Un gesto
Una mirada
Un abrazo
Un beso
Un deseo
Entre los pliegues
de la palabra
 
ESCRIBO
                                                                                       
Escribo sobre los restos
sobre los bordes
sobre las orillas
sobre los remiendos
sobre las huellas
sobre lo perdido.
Escribo con las viseras
con tinta sangre
con nudos calientes
con mis sombras
con mi desesperación.
Y me desgarro y me fragmento
y estallo, y lloro, hasta no ser.
Entonces me suelto, me voy,
me enamoro, me  consuelo,
me junto, me alegro y vuelo.
Vuelvo a ser y río y canto y gozo.
Hasta que de pronto
el cuerpo puja otra vez
como una madre
y escribo, escribo y escribo

ME DICEN
                                                                                                                 
Me dicen negro
porque soy negro,
peruano, cabecita,
extranjero.
Me dicen desocupado
porque así lo decidieron,
vago, prescindible,
marginado.
Me dicen villero
porque en la villa vivo,
traficante, violento,
falopero.
Me dicen ilegal
porque no hay ley,
ladrón, usurpador,
bandido.
Me dicen pobre
porque soy pobre,
mendigo, indigente,
piquetero.
Me dicen negro,
me dicen pobre,
me dicen.

Leticia Ruiz Rosado



                              POEMAS  Leticia Ruiz Rosado

Calidoscopio 

La vida es desde el naranja origen
hasta el rosado violeta
arcoiris de algodones
mañaneros, sempiternos
la mano que colorea es un pintor exclusivo
borda sin nadie verlo
majestuoso colorido.

Ese caminar...  
 
Ese caminar de verdes bordea
un horizonte de grises tenues, imperceptibles a veces
cuando otea mi automóvil raudo
a su destino matutino
y deseo detenerlo mas prosigo…
se me deshacen los colores
que se repiten al otro día
cuando entonces
duermo y me pierdo deseando hasta
otro sábado de naranjas y amarillos que me sonrían
mientras quisiera atraparlos entre mis manos.

Rosa somalí 

Entonces qué nos queda
aguardar como la primavera llega…
sin que podamos añadir a su naturaleza un ápice de trinitarias nuevas
sólo mirar revolotear mariposas rojas entre los verdes
que todavía quedan
luego nos preguntamos:
qué nos queda
cuando una chica somalí arrastra
piedras ensangrentadas de cabellos rizados
debilitados entre risotadas
de los pocos o los muchos
que miran sin mirar a una chica somalí
y negra.



Jenara García Martín



Recuerdos 
de un pasado histórico 
Jenara García Martín
.
La importancia de esta narración  reside en el destino incierto,  en el viaje y las personas que deciden emprenderlo, hacia el exilio.
Me remonto a una época en que España estaba divida en dos bandos, lo cual provocó una guerra fraticida que comenzó en 1936 y finalizó en 1939.  Fueron tiempos cargados de terror; de miedo a la muerte. Todos perdimos familiares, amigos,  y hasta hogares enteros se quedaron vacíos o derrumbados por los ataques aéreos.  La lista de los caídos en cualquiera de los bandos, nunca fue publicada completa. Porque quien muere ya no vive más. Un pequeño pedazo de metal  le ha robado todo lo que fue y todo lo que pudo llegar a ser.  La guerra cambia al mundo y el mundo cambia a la guerra, pero ¿quién gana en una guerra? 
Aquel verano, en que volvía a mi tierra natal después de la temporada de clases en la capital, todo se había convertido en un caos.  Residíamos en la zona republicana y mi padre respondía a esos ideales.   Transcurría el año 1937 y la  guerra ya había cambiado todo a nuestro alrededor.
Era una noche del mes de Julio, con una luna llena que iluminaba como si fuera de día y con mi hermana Araceli, de sólo seis añitos,  disfrutábamos de ese fresco de un verano ardiente  por la orilla del arenal, cerca del río,  cuando sentimos un estruendo que hizo temblar la tierra y todo el entorno de lo que alcanzaba nuestras retinas se cubrió del color del fuego, opacando  el brillo de la luna. Las dos nos abrazamos y el eco sordo de las explosiones retumbaba en nuestros oídos. Así permanecimos escondidas detrás de un montón de arena, entre unas piedras.  Estábamos las dos asustadas,  pero vivas. Lo que siguió fue obscuridad y miedo a salir  del escondite. Pasado ese momento de terror, decidimos  averiguar qué había sucedido en el pueblo y con nuestra casa.  Una nube de polvo  se extendía impenetrable  que no nos dejaba ni ver ni avanzar. Tropezábamos con escombros de todo tipo de materiales  que procedían de las casas destruidas. Todo lo cual nos anunciaba  el resultado del bombardeo.  Angustiadas   por los obstáculos que encontrábamos para avanzar,  llegamos al lugar que era nuestro hogar. ¿Dónde estaba nuestro hogar? Una columna de humo y fuego  brotaba del derrumbe de lo que se suponía había sido una casa.
Quedamos sin habla, aterrorizadas y empezamos a buscar entre los escombros a nuestros padres y a nuestro hermano, menor que yo, y mayor que Araceli.  No los encontramos.  El llanto, la ira, el dolor tan profundo  nos dejaron exhaustas.  No encontramos sus cuerpos.  Mi hermanita, con sus seis añitos,  me hacía preguntas para las que no tenía respuestas, pues ella lloraba y lloraba y yo suponía que los tres estaban muertos y sus cuerpos calcinados entre las cenizas.  Empezamos a caminar por las calles y las personas que nos encontrábamos que huían del desastre, no se detenían para responder a mis preguntas.   Como se acercaba la noche buscamos entre el derrumbe, un lugar donde refugiarnos   y protegiendo a mi hermana entre mis brazos, nos quedamos dormidas, cansadas por el llanto y  angustiadas por  la soledad.
Ahora se inicia el viaje sin futuro, comienzo de esta historia. Cuando despertamos, frente a nuestro destruido hogar, oí voces distantes  desconocidas para mí. Se fueron acercando  y surgió un grupo de personas de todo tipo de edades que avanzaban hacia la salida del pueblo. Y aparentemente dirigidos por un joven a quien obedecían y sin tener otra alternativa nos unimos a ellos. A las afueras del pueblo consiguieron en una granja semidestruida,  buscando   hasta  en el último rincón,  alimentos y enseres que podían sernos útiles. El establo estaba en pié y recorriéndolo hallaron una mula y en la parte posterior de la granja un carro. Pudieron amarrarla al carro con los elementos que encontraron, en forma precaria,  y cargaron  todo lo que íbamos a necesitar y siguieron el camino polvoriento por el cual creían que podía dirigirnos hacia el monte,  sin ser descubiertos. Siempre aconsejados por el joven que nos dirigía, subieron al carro los niños que integraban esa caravana, que con mi hermanita eran seis.  Alguien del grupo comentó que era el maestro de un  pueblo cercano.  Su nombre, lo supe después, era Antonio, mas todos le decíamos “maestro”.
Sentía curiosidad cómo un maestro de escuela se ocupaba de dirigir ese grupo de personas que no sabíamos cuál era el destino. Observé que se acercaba a nosotras y nos entregó una manzana diciéndonos:
 -“Tomen, tendrán hambre” y el camino será largo.
  Yo clavé la mirada en la escopeta  que llevaba al hombro y una navaja en la cintura y él se dio cuenta.
 -Yo sólo soy un maestro  huyendo al exilio.  La escopeta era de  un tío que sí era cazador, pero ni él ni mi padre la podrán utilizar ya. – No era necesario que explicara el por qué de esa ausencia.- No tema Luciana.
La escopeta no sé utilizarla y la navaja siempre hará falta, pero no para matar a un ser humano -Clavó su vista en el grupo  y tras un silencio,  me dijo con  cierta preocupación:
- He podido apreciar que no soy el único con una historia trágica entre los que me acompañan. ¿Sabe tu hermana lo que ha sucedido con tus padres?
- Ha presenciado a nuestra casa, destruida,  pero a pesar de que yo pienso que estarán  muertos entre los escombros, a ella le he dicho que habrán podido huir antes del  fuego y el derrumbe total.
- Mejor así. Uno de esos  niños que nos acompaña, Emilio,  ha perdido a sus padres. Otro de ellos Tomasito, que va con su madre,  a su padre y abuelos, y a todos les he dicho que los están guiando desde el cielo. A veces la mentira puede dar felicidad.
- Gracias por esa piadosa mentira. A un niño ¿Cómo se le puede explicar lo que es la muerte?
- En algún momento sabrán la verdad, pero ahora no , -contestó el maestro.
Seguíamos caminando por senderos polvorientos,  lo más distanciados de la carretera y alejándonos de la civilización, silenciosos,  y cansados, dirigiéndonos hacia el monte, antes de que llegara la noche.
Cuando amanecía,  el joven maestro y otros de los hombres mayores que formaban la comitiva nos iban despertando y llevándonos un pedazo de pan y agua. Era el único alimento con el que podíamos empezar el día.
Al reanudar  de nuevo  la marcha por esos caminos solitarios y sin ver a un alma, se acercó a  mí llevando de la mano a mi hermanita y con él venía otra señora de las que iban en el grupo y nos dijo que nos separábamos juntas con él, pues debía enseñarnos algo muy importante. Y que después nos reuniríamos de nuevo con todo el resto. El camino se bifurcaba.
- Lo único que os voy a ofrecer es la verdad.  ¿Lo soportaréis? – Nos preguntó. – Ambas asentimos, aunque confusas.
Una arboleda bastante tupida se alzaba en una elevación del terreno y el maestro nos dirigió hacia  un claro entre esos árboles donde se divisaban ocho cruces. Yo aceleré el paso y la otra señora, de nombre Aurelia,  me siguió. Adelita se quedó con el maestro un poco distante. Al acercarme a esas cruces, sentí un escalofrío por todo el cuerpo. Temblé de miedo, de dolor. Leí los nombres de mis padres, el de mi hermano, el mío y el de mi hermanita. Y Aurelia leyó el de su marido,  el de su madre y el de ella.- No puedo creerlo, Adelita y yo estamos vivas,- grité, arrodillándome y llorando.
 A  Aurelia tuvo que sostenerla el maestro,  pues estuvo a punto de desplomarse  sobre su tumba.
- Lo siento. A veces la muerte nos sorprende sin siquiera anunciarse. En ninguno de vuestros hogares, según me comentaron, pudieron llegar a tiempo para salvar a los que reposan bajo esta tierra y vosotras todos creyeron que estabais ocultas en el entretecho y os dieron por muertas. Con esta mentira  y las tumbas,  salvasteis la vida. Debéis aceptar que habéis fallecido. No es la primera vez que he visto casos similares.  
Ya llevamos casi dos años con esta maldita guerra. - Maestro, Aurelia no lo aceptará, - exclamé entre lágrimas y desgarrada de dolor, abrazando a mi hermanita. - Lo siento,  Aurelia.  Nadie llegó a tiempo para evitar tu supuesta muerte. Yo lloré  una eternidad, hasta secarse el caudal de las lágrimas, sin dejar de mirar las tumbas. Con la cabeza negábamos ese destino, engañada por el velo de la muerte ocasionada por esa guerra fraticida  de cuyas zonas de combate teníamos que alejarnos más cada día. -Acéptenlo y descansen.  Cientos de historias llenas de dolor se producirán en cualquier lugar de la España de hoy. Sigamos el polvoriento camino al encuentro del resto de los sobrevivientes. Una vez ya reunidos todo el grupo, el maestro nos  habló: - Estamos cerca del final del viaje por terreno español. Cruzaremos los Pirineos y llegaremos a Francia, evitando el control de la zona fronteriza. He conocido a muchos amigos y no amigos, que ya se han exiliado y puedo guiaros por alguno de los desfiladeros menos vigilados. Antes de llegar debemos dejar el carro y la mula, pero hay que  conseguir, de la forma que sea, algunos alimentos, agua  y elementos de abrigo. Para ello debemos tener astucia y separarnos para evitar sospechas. Aún estamos en terreno republicano, pero nunca faltan espías. La travesía será penosa, pero lo lograremos. Ese será el final del viaje, sin pensar en el futuro que nos puede esperar en Francia. pero encontraremos otros compatriotas. Todos le agradecimos su compañía, su compromiso por el peligro que corría por llevarnos hacia ese exilio obligado, sin emplear muchas palabras, puesto que a él se le reconocía su actitud con un gesto, con una mirada y respetando sus decisiones. Su solidaridad hacia esa caravana en la cual no tenía ningún familiar, era impagable.  Yo pensaba qué sería de nosotros si él cuando pisáramos territorio francés, se volvía a España. Nadie  emitía una opinión sobre el destino del maestro. Sólo se escuchaba decir: ¡Es un héroe! No tengo fuerzas para describir la penosa travesía de los Pirineos. Puede se fácil imaginársela. Pero gracias al apoyo y ayuda entre todo el grupo, lo logramos. Mi hermanita fue mi estímulo en ese largo y penoso derrotero  para llegar al final y aceptar la realidad de nuestra muerte. Y cuando ya habíamos cruzado la zona de frontera,  y estábamos en suelo francés, el maestro volvió a reunirnos, anunciándonos lo que pensaba. -Escuchadme todos. No os abandonaré.  En España la guerra me ha arrebatado a los seres más queridos. Yo me he salvado, como la mayoría de vosotros,  por esas casualidades del destino.  Y la vida me ha brindado la oportunidad de  ayudarles a llegar hasta aquí, por lo que me siento satisfecho y he conseguido formar una familia numerosa y a vuestro lado me convertiré en un exiliado más. Tú, Aurelia, que has visto tu propia tumba y te he visto como te has encariñado con Emilio, que no tiene a nadie, ahí tienes una misión. Es difícil reemplazar a una madre, pero buscando lo que te dicta tu corazón, estoy seguro que puedes lograrlo. Ninguno de los dos sentirá tanto la soledad. Amelia, tienes que pensar en que no está sola, tienes a tu hermana y juntas sabrás enfrentar ese futuro inesperado. Todos en esta travesía, hemos aprendido a que la vida nos brinda oportunidades impensables de compartir lo poco o mucho que tengamos para ofrecer, pero existe ese corazón que no mide las consecuencias. Si hemos llegado hasta aquí, podemos seguir adelante. España está del otro lado de las montañas (muy cerca) lo habéis comprobado y estoy seguro que la noticia del fin de la guerra la conoceremos y quiénes serán los vencedores, también. No perdamos la esperanza de volver algún día. Ahora con la bandera en alto, lograremos sobrevivir enfrentando con todas nuestras fuerzas a este futuro incierto, pero encontraremos el camino seguro, “en este obligado exilio”

             


Enrique Epelbom



Existencia Sencilla   
Enrique Epelbom

Soy la menor de las hermanas, la mimosa, como suelen decir en la familia. Me crié en esta casa inmensa del barrio norte, casi sin salir a la calle. Sus amplias habitaciones y grandes jardines cubrían todas mis necesidades de niña y aparte de eso la distancia entre la casa y la calle, eran para mis piernitas un camino sinfín, sin contar que el portero no me dejaría salir sola. Pero crecí y debí ir a la escuela y allí conocí el otro mundo. Mis compañeras utilizaban palabras desconocidas, en especial cuando regañaban y despacio fuí aprendiendo y también supe que no las debía utilizar en casa. Pero lo que mas me dolió saber, era que todas mis compañeras tenían madre y también padre, yo no conocí al mío, solo tengo una vieja foto que en resumen es la única que existe en casa.
Mi padre murió al caerse su avioneta al mar y eso fue poco después de mi nacimiento. Mis hermanas lo recordaban, pero yo, "la mimosa" debía conformarme con la foto. La muerte de mi padre había marcado profundamente la vida en la casa, nosotras repetíamos todo el tiempo la escena de la tragedia, pero siempre en nuestros cuartos, sin que nadie nos escuchara, pues mi madre nos lo tenía prohibido. Ella casi no estaba en casa, atendía los negocios de la familia que redituaban el dinero que mantenían todo eso que nos rodeaba, incluso el silencio de la muerte de mi padre. Cursé todos mis estudios en institutos privados, pero la universidad, decidí debía ser la del estado.
Después de las clases tenía el ritual de sentarme en el café Opera en una mesa fija en el rincón mas alejado de la entrada y allí escribía las tesis o alternaba con algún compañero hasta las siete de la tarde, en que el chofer pasaba a buscarme y volvía al barrio norte.
Nunca me había pasado que mi mesa en el Opera se encontrara ocupada a las cinco cuando yo llegaba, pues para eso repartía propinas generosas y aseguraba mi propiedad. Pero ese lunes, justo una semana después del fallecimiento de mi madre, regresé a la universidad y por supuesto al café y grande fue mi sorpresa al llegar a la mesa y comprobar que estaba ocupada, y no solo ocupada. En la silla enfrentada a la que yo ocuparía, se hallaba sentado un hombre mal vestido, limpio pero desprolijo, había depositado sobre la mesa un maletín de cuero desgastado que alguna vez había sido de color marrón. El mozo se acercó disgustado tratando de justificarse, pero el ocasional visitante lo alejó con buenos modales. Lo tenía frente a mí y no sabía que quería, su pelo blanco y descuidado caía sobre su cara y él nerviosamente lo acomodaba nuevamente. Fijé mi mirada en el rostro ajado, el que me resultaba familiar, traté de descubrir su parecido, pero en ese momento sus labios resecos comenzaron a moverse.
-Tu eres Morena?, preguntó con seguridad y sin esperar a que yo contestara, agregó: -No te asustes, vine a contarte una historia. Me quedé muda, nunca había estado tan cerca de un vagabundo, cuando los veía por la calle los evitaba y ahora uno de ellos me propone un diálogo, ya mas adaptada al encuentro acepté, mas por curiosidad que conociera mi nombre que por la misma historia.
-Yo fui hijo único de una acaudalada familia y con el tiempo heredé una fortuna que me posibilitó ser un próspero industrial, con todas las ventajas que eso supone, buenas casas, autos, viajes y todo lo que normalmente muchos soñaran poseer. Me casé con la mujer que quería y tuve tres hijas. Cuando mi mujer estaba embarazada de la tercera, comprendí que toda mi vida había sido un fracaso, no había vivido nunca en familia, no tenía ni idea de lo que pasaba en el país, solo sabía hacer plata y colmar en exceso todas las necesidades de mi familia. En ese momento decidí cambiar radicalmente mi vida, para evitar que mis hijas fueran el mismo modelo de fracasado en la vida que yo irradiaba. Le propuse a mi esposa abandonar ese mundo de falsedades, intrigas y superfluidades y comenzar de nuevo en un nivel medio que permitiera a nuestras hijas ser seres humanos normales y sanas de espíritu. Tenía la ilusión que aceptaría, pero no fue así y allí comenzó un conflicto, que, a los pocos meses era tan profundo, que yo ya había decidido abandonar todo.
Estaba anonadada, por la historia, por la rectitud de ese hombre de apariencia vulgar, pero había recobrado la calma y entonces ordené trajeran mi café habitual y a pedido del desconocido un coñac doble que lo tomó de un solo trago. Esta pausa me permitió observarlo mejor, detrás de esa barba desprolija se denotaban rasgos finos y me reí para mí pues lo encontré parecido a Amanda mi hermana mayor, ya me imaginaba cizañándo para reírme de ella como "la vagabunda sin barba".
-No conocí a mi tercer hija. El mismo día del parto abandoné la ciudad con lo que tenía puesto y advertí a mi mujer que no me vería más. Mi avioneta me llevó a un país vecino, donde la vendí y con ese dinero y mi trabajo diario en una fábrica viví dignamente treinta años, como yo quería, pero siempre pensando que mis hijas estaban perdidas. Esto y la soledad me llevaron al alcohol y pasado el tiempo he descubierto que lo único que cumplí fue que mi esposa no me vería mas. Salvar a mis hijas no pude, viví privado de ellas y por eso ahora vuelvo. –Morena, dijo, bajó la cabeza, abrazo con sus manos la copa vacía y agregó: -Soy tu padre, no estoy muerto, esta es la verdadera historia. Apoyó la cabeza sobre la mesa y lloró como un niño.
Incrédula lo miraba sin entender, un hombre que no conocía ni por quien sentía nada se encontraba abatido en mi mesa. Por espacio de diez minutos no dijimos nada, en este tiempo fui conciente que ese hombre era el mismo de la foto de mi padre, mas viejo y descuidado. El se levantó de su silla miró el reloj que pendía en la pared de enfrente: -Son casi las siete y seguro que el viejo Marcus vendrá por ti, volveremos a encontrarnos, necesito el perdón de tus hermanas. Me ayudó a levantarme y nos quedamos frente a frente, mirándonos llenos de preguntas y miedos. Tomó su maletín y se marchó.
Al verlo alejarse, volví a sentarme, pasó por mi cabeza todos esos años que viví sin padre, el orgullo de mi madre y el accidente inventado para justificar su abandono y todo solamente por que él pretendió una existencia sencilla. La bocina de un auto me hizo reaccionar, era el chofer que se impacientó por mi demora. Salí del Opera. Aquí debía comenzar mi vida. –Marcus, vuelve a casa, hoy viajo en colectivo. ■


Cristian Vitale



La lluvia convocada  
Cristian Vitale

La poesía es el arte de esperar; podría decirse. Pero esta ecuación, que en principio seduce, cae rápidamente desmentida por esta otra certeza: la mera espera es siempre infecunda o infeliz. Y entonces... El concepto de espera es válido pero hay que precisarlo. En el otro extremo de las disposiciones estéticas se halla el verbo forjar, que supone trabajo a destajo, fuerza férrea frente a la resistencia, hierro en la voluntad, materiales rebeldes, sudor, chispas y olor a galpón. Esta ética de la creación no parece ser madre de gran poesía. Ni forjar ni esperar. Y entonces... Que la poesía sea hija de la Inspiración supone una idea de Trascendencia. Salvo que pongamos los nombres en minúscula, de modo que algo simplemente externo al poeta ilumine el acto creador. Esa idea es tan cierta como banal. Que algo que no es exactamente mi voluntad colabore en el acto creador es, hoy, tan ampliamente aceptado como descarnado y vacuo. También acá hacen falta algunas vueltas. Ni esperar ni forjar ni inspirarse. Y entonces...
Voy a ayudarme con una imagen. Me gusta pensar la maquinaria poética como una mano que sin cesar tira piedras, cuya caída nunca se produce o al menos no es objeto de espera. Es una imagen ciertamente fantástica puesto que rompe las reglas de lo real. Pero insisto con la escena. La creación poética también desdice las lógicas más cotidianas. Una mano, entonces, que lanza piedras que no caen. Y la poesía dónde está. En otro lado, sin duda. Pero no ajena a esta rutina. Porque las piedras que no caen, no son piedras que se pierden. Y hay algo de mentira en decir que no son objetos de espera. El poeta simplemente espera la desfiguración de la piedra, su trasformación, su reencarnación en los casos más extremos. Por otro lado, nunca sabe de dónde vendrán ni cuándo ni cómo las piedras que no sin fingida indiferencia ha lanzado. Y entonces...
La poesía es el arte de arrojar piedras como al descuido y esperar sin ansia pero con deseo que al fin nos llueva. Cuál es el contenido de la lluvia será en parte culpa de la piedra arrojada, será en parte culpa del tiempo de la espera, será la manera de arrojar, será la mano, será la intensidad, los modos, serán incluso los caprichos de la lluvia.
Nunca se empieza un poema. Es que siempre ya se ha empezado. La datación es la de la escritura, no la de la concepción. La creación poética es un estado, no un fenómeno. El poetizar es una manera de estar en el mundo, una posición del cuerpo ante la experiencia, ante la existencia incluso. La forjación es previa y posterior a la revelación. La poesía ya está. El sudor es tan necesario como secundario. La voluntad y la pericia se someten a la lluvia que ya pasó. Después de la lluvia el tiempo es menos ansioso y más la patria de los relojes. El artesano trabaja la descendencia remota de las piedras que él mismo, cuando fue poeta, arrojó durante siglos. Antes y después la poesía es un arte de taller, de panadería, de galpón. Y otra cosa. Casi siempre la lluvia sabe dónde caer. Podrá de golpe llover a cántaros o venir en gotas. Lo que importa es la constancia, la insistencia, la falta de resignación de la mano. La fortuita o atinada puntería. Y la fe ciega de que algún día nos lloverá.

Easton Ellis


En estos días tan extraños…  
Easton Ellis

24: PASADO. Noche buena sin ser buena. Esta vez no hubo ningún parecido con todas esas “comidas familiares” de todos los años en casa de alguno de mis tios, en la de mis abuelos o en la mía. Las razones: Sara. Por primera vez ninguna de las personas que “componen” mi familia por parte de mi madre tenía ganas de celebrar nada estando “todos reunidos”. Ni siquiera estuvimos juntos mi hermano, mi padre, mi madre y yo más de dos horas pero sobró tiempo para que yo discutiera con mi padre, como casi siempre. Son cosas que pasan y por cierto, no soporto la frase “en las mejores familias”.
25: Navidad. El aniversario del nacimiento de dios en la tierra, pero en realidad solo es un día puesto por la iglesia católica ya que en el gran libro no dan fechas de ningún tipo . Fui a algún sitio pero no hice mucho y al volver a casa pensaba: “es navidad… pues vale”.
26: Viernes. Salir por ahí. Dani, Rehtse, Magaz. Beber en una comunidad en la que vive gente adinerada(la mayor parte). Fumar, fumar, fumar. Groenlandia. Bonos. Vómitos en la puerta de un garage. Robo de cubatas. Taxi. Buenas noches amor. Cajero. Aqui tiene señor taxista. Sonido de puerta abriéndose. Ropa a la terraza. Frio, frio, frio. Cama, sueños, sueños, sueños…
27: Sábado. En casa de una persona que había preparado un ambiente cálido que hacía semanas que no recordaba… Cigarros en la terraza mirando a un descampado cercano a la estación de trenes y autobuses. “Desde aquí no se ven tantos balcones parpadeantes” pensé. Llamada. Autobus. Burguer. Llamada. Café. Trivial. Cola Cao. Bofetones. Búho. Casa.
28: Cumpleaños de la abuela y el día de los inocentes. Creo que no hice mucho más que estar terminando de escribir el guión de un mediometraje (sii, he conseguido terminar algo)
29: Ayer. “Oye tio, tendremos que quedar para empezar el guión del musical para Representaciones Escénicas(asignatura de grado superior de Realización Audiovisual)”… “Claro, pasaros por mi casa…”. Ding Dong. Estaban JP y SG y su simpático compañero de piso, creo que se llama G. Empezar el guión. Risas. Ron Negrita con Coca Cola. Llamada. Apareció DB. Yo estaba borracho y le conté mi mediometraje y se lo pasé por correo. También se lo pasé a JP. Vimos Wall-E. Está algo sobrevalorada pero me gustó. Aparecieron en la casa el guitarrista y el bajista del grupo de SG. Ambos también se llamaban G, aunque cada uno con su mote. Bebimos más pero demasiado lento para mi gusto, lo que hizo en mi estómago una incomodidad soportable. No se puede beber durante 4 horas, hay que hacerlo en 1. Todos salvo JP y SG desaparecieron. “JP deja el tuenti ya, piensa que Kubrick no lo haría”. SG conocía a la prima segunda de mi difunta y querida prima, de modo que me la puso al teléfono para que habláramos. Se llamaba M y yo ya la conocía de antes por que Magaz fue a su clase y todo eso, y un día por casualidad me enteré de que en realidad era algo así como mi prima 3ª o algo así, en fín, “si, yo también lo siento, fue inesperado y una gran tragedia, ya nos veremos algún día, chao”. Ding Dong. Una de las amigas de SG apareció y se metió directamente a su cama después de saludarnos, sitio donde estarían durante sus siguientes horas SG y ella. JP dijo que olía a que sobrábamos. JP y yo nos fuimos de ahí ya que no nos dejarían mirar el espectáculo. “Esto no se hace”. Fuimos a la Z, buena música pero demasiado treintañero patético, hasta dentro de diez años no seré uno de ellos, ahora me conformo con ser un veinteañero patético. Nunca juntes a treintañeros patéticos con veinteañeros patéticos. Hablé durante casi tres horas con JP sobre temas bastante interesantes, existencialistas y personales. Él se cogió un taxi y yo me bajé en bus. Cama.
30: PRESENTE. Hoy. Estoy escribiendo esto. FUTURO. Dentro de un rato iré ha comprarme un pantalón o una camiseta(quizá) a un asqueroso centro comercial a las afueras de la ciudad en el que para llegar hay autobuses del propio centro. Rodeado de la sociedad consumista en su propia casa.
31: Mañana. Noche vieja. Dios sabrá lo que ocurrirá (mentira)… pero yo se que será como todas, cena familiar y luego a salir por los sitios en los que se reune la gente más parecida a los inquilinos del infierno.
1: Año nuevo y tendré que hacer una cena familiar de primos(por parte de mi padre). Una cena en un restaurante carísimo, seguro.


No me apetece predecir que pasará a partir de esos días porque “la vida es todo aquello que te pasa mientras tu te preocupas en hacer otros planes”.

Raúl Brasca



                               PERPLEJIDAD 
Raúl Brasca

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?.
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

                               Algunas tardes  
Cristina Villanueva

Del lado de la luz, la mesa con su mantel bordado de flores de Guatemala tiene cajas que guardan poemas, pequeños cuentos que se ofrecen. En un labrado porta Corán se sirven tanto servilletas como textos, asoman inesperados giros.
Los libros cercanos invitan a navegar ese mar del lenguaje. Convidar palabras: muelle, mórbido, huella, preciosa, almohada, hada, Alhambra.
Como si las palabras bien hiladas, bien dichas, obraran como  bendiciones, agradecimientos sobre lo que nutre.
¡¡La vida es bella!! a pesar de, las tragedias, la muerte, la maldad, la vida bulle, intenta, busca resquicios por donde pulsar en medio del dolor, arma escenas para hacerle frente  a lo que va a llegar y ganarle pequeñas batallas.
Resbalo por la tarde como el cansancio por la piedad del declive, un regalo de Borges para esta mesa.
Sobre el pan, antiguo compañero de la humanidad, resbala el queso su ternura salada. El tomate rojo es como una flor abierta, orégano, rúcula, algo verde, completan la imagen simple y sabrosa. El calor del horno  precalentado, si el pan es lacteo  mejor, se le sacan los bordes. Es tan simple, trae, como cuando la magdalena de Proust se moja en el té, un universo complejo de recuerdos.
Surge una casa blanca  cerca del mar, los picaflores, los amigos.
Con el silencio verde alrededor, otra casa, un arroyo, amigos, niños y un hombre que plantaba árboles y flores.
Detrás de la palabra está el caos, cada palabra es una valla, nos dice Henry Miller. 
Intentos para formar la reja con olores y sabores.
Receta, un poema, rodajas de ese pan  como ya les conté, y el café que despierta como un antiguo espantamuertes. Leche que sació la sed primera y si pueden lo verde, un jardín, una maceta o una  hoja.



Teresa Godoy



Una escritora de la paz  
Teresa Godoy

Un  nuevo premio Nobel de la PAZ fue entregado, a los setenta años de edad en nuestro país, a Nadia Ivanov, escritora que nació en Rusia el 21 de setiembre de 1930. A los tres años de  edad fue traída por sus padres a Argentina, Su madre, poco conocida por realizar sus tareas en forma anónima, fue destacada al final de sus días como una gran filántropa por su solidaridad y amor desinteresado a toda persona que conocía por sus necesidades primarias, a través de la televisión  de aquella época. Asimismo su padre, un importante arquitecto, construía viviendas a personas que lo requerían sin pedirles nada a cambio.
 Estaba en los genes de Nadia Ivanov  la importancia de los valores que durante su vida intentó transmitir por los distintos medios de comunicación hablando sobre la escala de valores y dando ejemplos de cada uno, cómo practicarlos, con quienes practicarlos y solicitando a sus seguidores a través de un hashtag ¿qué valor practicas? No todos habían captado muy bien a qué se refería, o no entendieron sobre qué debían encararse el hecho de ser: responsables, solidarios, respetuosos, etc., y las respuestas no eran del todo convincentes para ella. Dado esto, luchó siempre por dondequiera por su verdadera finalidad, que tenía que ver con establecer una sociedad munida de dichos valores, virtudes o capacidades, para construir una PAZ verdadera entre los hombres.
Nadia Ivanov  ha escrito varios libros sobre el tema, entre los que podemos citar: “La PAZ está en vos”, “En el nombre de la PAZ”, “Cualquier persona desea la PAZ”, “Aquí y ahora está la PAZ”, “La solución social tiene tres letras: P A Z”.
En el mismo día internacional de la PAZ, 21 de setiembre, se le entregó el premio Nobel de la PAZ., quien pregonara que “para conseguir la PAZ hace falta VALORES”, y  “que los hombres de buena voluntad están llamados a construir la paz” prediciendo palabras del Papa Juan Pablo II.
Ella, recibió el premio, pero hizo una sugerencia de cambiar el día de esa celebración internacional, dado que, siendo tan importante el revalorizar este concepto año tras año,  ese mismo día hay múltiples conmemoraciones que hace perder su importancia. Estas son: comienza la estación de la primavera, es el día del estudiante, del fotógrafo, del trasplantado, el día de la sanidad, de la cosmetóloga, del artista plástico, el día de la lucha por la enfermedad del Alzheimer.
El día Internacional de la Paz, fue instaurado desde el año 1981 en todo el mundo y la escritora en el momento de la entrega del premio opinó e hizo prometer, el darle un día especial, para rendir culto y recordar que la PAZ reinará, siempre que se la considere como un eslabón importantísimo que hay que llevar a cabo entre los hombres, mujeres, jóvenes y niños involucrados en la salud, el estudio, los oficios y profesiones y así rescatarían esa escala de valores perdida.
Ella recibió igual el premio y quienes se lo entregaron le indicaron que tendrían en cuenta su pedido.
Habiendo pasado ya diez años y comprobando que su solicitud no era tenida en cuenta, a pesar de habérselo prometido, Nadia  Ivanov, tuvo una grave depresión y por un derrame cerebral, murió en Argentina a los ochenta años de edad, el mismo día de todas esas celebraciones y además en el día de su cumpleaños.
Ella siempre abrió su corazón para que la PAZ prospere especialmente  entre todos los hombres  que la rodeaban en ese final de su vida.


Gabriela Carrera


Marta 
Gabriela Carrera

La brisa fresca y húmeda entra a hurtadillas por la ventana, apenas abierta. Las cortinas se inflan como globos a punto de estallar y vuelven a desinflarse. Afuera el árbol deja que la ráfaga juguetona lo despeine y en cada balanceo escurre en forma de gotas gruesas el agua que la lluvia acaba de dejar en su copa.
En las macetas blancas que adornan el patio los helechos se mecen de un lado a otro pesados, húmedos, limpios marcando el paso del aire con gracia. Los charcos de agua en el piso, recibiendo aún las últimas gotas, reflejan como espejos el paso de las nubes que parecen jugar una carrera.
La calma que flota en el aire después de la lluvia podía observarse a través de los vidrios de la ventana, apenas abierta.
La naturaleza se anuncia. Gime la tierra que absorbe agua, ladra un perro, el vuelo corto de un ave en busca de refugio, un relámpago, el sonido del trueno.
Comienza a llover nuevamente.
Y vuelvo a mis anotaciones. Y un pensamiento se encadena con otro. Y un recuerdo que asalta.
Y las ideas que van más rápido que la lapicera en mi mano.
El tiempo que Marta se quedó conmigo fue corto, chiquito, breve, efímero.
Para poder recordarla debo soplar los velos de la mala memoria, sacudir el polvo que deja el tiempo en el rincón del olvido y hurgar dentro de mí para traerla de a ratos, intentar retenerlos y nutrirme de ellos.
Marta era mi mamá.
Marta era música.
Marta era alegría.
No recuerdo el sonido de su voz, sí su enorme sonrisa.
Marta era inquieta, siempre activa y en cada empresa iba yo colgando de sus faldas. Quizá intuyendo que se iría pronto, no perdió tiempo en enseñarme lo que tarde o temprano descubriría sola.
Marta no cocinaba guisos de madre, ni postres de abuela pero sus rayuelas en el piso de la cocina nos llevaban de la tierra al cielo en un par de saltos. No me enseñó a coser.
No me enseñó a bordar. Sí me enseñó a andar en bicicleta, sentir el viento en la cara sin importar cuanto enredara mis pelos, que pacientemente por las noches desenredaba.
Con Marta vivíamos en una casita con patio donde cultivaba rosas. En frente había una plaza. Allí, como si fuera una extensión de nuestro patio, tendía una manta en el pasto y espaldas al suelo veíamos pasar las nubes.
De su mano conocí a Serrat, amaba sus canciones. Teníamos un tocadiscos chiquito, de color gris que al son de la música paseábamos por el Mediterráneo y nuestra calle se vestía de Fiesta.
También me mostró el camino de los palotes, los dibujos y las letras. Abrió la puerta de mi curiosidad por las historias. Le gustaba leerme cuentos, no de noche y antes de dormir, lo hacíamos acostadas al sol en la plaza.
Los sábados por la tarde me llevaba a una iglesia. Mientras Marta, cantaba en el coro, recuerdo quedarme sentada en un banco duro al cuidado de una señora que llevaba puesto un gracioso sombrero, anteojos y unos bigotes que lograban acaparar toda mi atención.
Recuerdo además los disfraces para carnavales bailarina de Charlestón, de Pirata, de Hormiguita Viajera porque las princesas quedaban en los cuentos.
La primera vez que nos separamos, fue para un viaje que ella hiciera a la provincia de Córdoba, en busca de una cura milagrosa. Después de ese viaje ya no jugamos a la rayuela y nuestros paseos en bicicleta eran alrededor de la plaza, yo daba vueltas y ella me esperaba.
Nunca dejó de cantar y jamás perdió la sonrisa. Dicen que llevo el color de sus ojos, aunque poco los recuerdo, un par de fotos dan cuenta de ello.
Se fue un jueves de octubre, llovía y una leve brisa entraba a hurtadillas por alguna ventana, apenas abierta.

domingo, 28 de octubre de 2018

Negro Hernández



Ese lunar Negro Hernández

La empresa periodística donde trabajo recortó mis horarios de laburo por cuestiones de reconversión, dicen,  entonces tengo más tiempo para ir el café y ocuparme de otras cosas. A veces me da fiaca, no vuelvo a mi casa y me quedo a almorzar con el Gallego. 
En la esquina unos obreros están todavía cavando un foso enorme como una trinchera para cambiar unos caños de agua,  tuvieron que levantar los adoquines de la calle amontonándolos a un costado de la vereda dificultando el paso de los caminantes. Los vecinos esperan que los vuelvan  a colocar para que el barrio conserve su encanto de siempre. 
El Gordo y Sandoval, cada tanto, pasan por la esquina se quedan a charlar un rato, luego se van para cumplir con sus obligaciones cotidianas quejándose de la situación económica del país. El otro día, mientras corregía unos textos de un amigo que quiere publicar un libro de cuentos entró un joven y se dirigió a mi mesa después de hablar en la barra con el Gallego.   
-¡Buenos días, usted es el Negro Hernández!, preguntó. - Así es muchacho, soy yo. -Me llamo Pablo Manzini, mucho gusto. Traía un sobre papel madera debajo del brazo. Lo invité a sentarse, acepto con gusto y pidió un café. -Mi abuelo falleció el mes pasado y entre las cosas que dejó fue este sobre dirigido a su nombre y con la dirección del café Tres Amigos, dijo. Su figura, su manera de hablar pausada, su mirada franca, sus gestos me resultaban conocidas como si nos hubiéramos cruzado alguna vez en la vida hace mucho tiempo, aunque por nuestra diferencia de edad, tendría 30 años, podría ser mi nieto. -No sé lo que contiene el sobre pero supongo será de su interés. Mi abuelo fue un gran lector y  hombre apasionado por sus ideales sociales y mi familia guarda por él mucha  admiración. El respeto y la seriedad con que me hablaba y su lenguaje algo antiguo me representaban un hombre mayor. -Soy médico pediatra, dijo, y estoy estudiando para trabajar con grupos de adolescentes, hay que cuidar a los jóvenes, afirmo. Antes de irse me dejó una tarjeta personal y me dio la mano con la calidez de haber encontrado a un amigo. Me quedé mirando por el ventanal del café un rato pensando en el encuentro. ¿Por qué a mi?, me dije, ¿Por qué se repite este destino de escuchar al otro y ocuparme de sus necesidades?. Dejé el sobre a un costado de la mesa y seguí leyendo los cuentos de mi amigo pero la curiosidad de ver el contenido del sobre era tan fuerte como la de ver a la maestra del colegio en enfrente del café que me saluda agitando la mano cuando se, dirige a la parada del colectivo en el atardecer de Barracas. Eran 12 hojas manuscritas con tinta azul, cada una llevaba la fecha del mes, desde el 4 de enero de 1955 al 4 de diciembre del mismo año. No estaban dirigidas a ninguna dirección ni persona en particular. Supuse que se trataba de una mujer porque todas estaban encabezadas con la frase: “Mi querido amor” y firmadas por A.M. Respiré hondo y le pedí al Gallego un café doble y una copita de ginebra. Sabía que la lectura de esas cartas me llevaría su tiempo y que me iban a guiar por los caminos azarosos de una historia entre un hombre y una mujer. “Cuando te vi entrar al consultorio con esa solera blanca y tu pelo ondulado supe instantáneamente que me iba a enamorar de vos hasta los huesos…”, decía un párrafo de la primer carta. “… supongo que la criatura que trajiste para el tratamiento era tu hijo, y eso lejos de intimidarme, le acercó mas fuego a mi corazón…”. Era un romántico, pensé, uno de esos empedernidos románticos que ya no existen y que te mueven el piso. No tuve respuesta de la carta que te entregué el otro día, espero ansioso tu llegada. Te imagino cruzar la puerta en puntas de pié para iniciar el vuelo hacia mis brazos. Se que parecen cursis mis palabras pero acaso no resulta gracioso ver a un hombre enamorado…” Sin duda A.M. estaba viviendo en otra realidad. Pero hasta ahora de ella yo no sabía nada, ¿Era ella o él? “La sonrisa de tus labios me besan en un sueño… amor, y te ofrezco mi corazón si lo quisieras. Mi alma ha desaparecido tras tus pasos en cada despedida, y se hunde en las tinieblas como en un desierto… todavía espero un gesto, una mueca, una señal que me indique el camino de la esperanza…” Hice una pausa en la lectura y busque la tarjeta que me dejó el joven, avenida Caseros no se cuanto, Parque Patricios, pensé, cerca de aquí. Y si A.M. era médico también y atendía al hijo de su amada. Conjeturas, en mi cabeza había comenzado a escribirse una novela. “Mi querido amor, mi deseo va más allá de la conciencia, no lo puedo controlar y muero porque sientas lo mismo… Te seguiré escribiendo aunque no leas mis palabras y te suenen vanas…” Bueno, apareció el poeta, me dije, un buen poeta. En las próximas cartas ahondará en la poesía, me dije. Mientras leía se aparecieron pensamientos sobre los amores actuales, esas relaciones  virtuales que comienzan por Internet y continúan a través de los celulares, donde cada encuentro es un desencuentro, donde ya no hay un último café, donde todo es rápido. Pero borre mis especulaciones para seguir leyendo. “Estoy feliz, ayer me devolviste tres cartas arrugadas en la mano y me dijiste GRACIAS, mirándome a los ojos. Y renacieron mis expectativas. Te quedaba muy bien el pelo recogido y pude descubrir un lunar en tu cuello, detrás de la oreja. Llamé al trabajo y le avise a Rita que me sentía mal, que estaba con fiebre, que tal vez mañana iría por ahí. Hice otros tres llamados suspendiendo citas y a mi amigo le prometí la corrección de su libro para la semana entrante. “La otra tarde te fuiste dejando tus ojos colgados como dos soles transparentes mirándome en el adiós, en el hasta pronto… entonces te apareciste como un pájaro de arena y viento, barajando un destino prohibido”. ..“Tu hijo esta mejor, el tratamiento va dando resultado”. A esa altura del relato empezaron mis asociaciones, en esas fechas yo todavía no había nacido, soy del 56, pero mi hermano mayor sí. Él había padecido la polio en la época de la epidemia de los 50. Supe también que alguna vez que un famoso traumatólogo lo trató durante un año para recuperar la pierna afectada. Todavía se le nota cierta renguera al pobre. “En tu vuelo fuiste niebla, grises sobre la piel, pechos, madre…Y te posaste desnuda sobre el agua del adiós, como una ausencia. Tu seno se abrió como misteriosos bandoneones de mármol y cielo. Y tú lunar, ese lunar que encendió la noche, y tu parto fueron estrellas… mi querido amor” 
El atardecer de Barracas trajo a la maestra que saludó con una sonrisa y me acorde del lunar de mi madre, ese lunar que hacía suyo mi padre cuando la besaba. No, no puede ser. Pero ¿por qué el joven me trajo las cartas? “Tus nervaduras fértiles de fuego laten junto a mi corazón y las espigas buscando el sol cantaron una plegaria de adoquín y esperanza”… y mas adelante: ”Tengo que irme del país, la cosa se está poniendo pesada y están persiguiendo a muchos compañeros…” Llame a mi hermano para ver si recodaba algo pero atendió el contestador. “Te pido un último encuentro, amor, quiero volver a besarte ese lunar antes de partir. La vida es tan breve como tu y yo. Solo quedan signos, huellas grabadas en la tierra como curvas, rectas y olvido. En el principio fue el verbo, después, palabras. Si me das un beso todo se volverá eterno.