domingo, 26 de marzo de 2017

CARLOS MARGIOTTA

22 años

Este mes celebramos el nacimiento de nuestra revista, en marzo de 1995, con la aparición del número 249. El loco, dijo un amigo, y yo pensaba que hay que estar algo loco para sacar una revista literaria y gratuita durante tantos años soportando la incertidumbre producida por los cambios de los modelos de poder y distribución de la riqueza.
Mientras el deseo de escribir y publicar continúe pujando seguiremos haciéndolo acompañados por nuestros lectores.
En aquel el verano el calor agobiante derretía toda ilusión de proyecto nacional basado en la educación, la salud, el desarrollo industrial e inclusión de los más necesitados. Muchos buscábamos trabajo después de haber sido arrojados a la calle por la apertura de productos importados.
Las analogías ente ayer y hoy son muchas pero las diferencias son mayores: nunca las clases poderosas se apropiado tanto de la riqueza de todos los argentinos como ahora, ni se ha beneficiado escandalosamente a las clases mas privilegiadas. Nunca la patria contratista asumió todo el poder y sus gerentes dirigen el destino del país.
A pesar de todo y en medio de la lucha debemos volver a festejar nuestro nacimiento con nuestros lectores. Primero la revista, después el taller de escritura, mas tarde los concursos literarios, la editorial Aguatierra, la publicación de libros, las redes informáticas, siempre dando lugar  a los escritores noveles, a los integrantes del taller, a los textos que nos hacen llegar nuestros lectores,  después… qué importa del después.
Y nosotros afirmando: No me lo expliques, contalo. Escribimos para ser leídos.
Gracias a todos los que nos acompañan con su auspicio permanente y con su lectura.
                              
                                                                                                                Carlos Margiotta



Alejandra Zarhi

                                   POEMAS 
                                               Alejandra Zarhi

A MIS HUESOS

En el sombrío lugar de mis dolores
solo brillan las estrellas
de lo inimaginable.
¡Tanto tiempo tratando de ser mejor!
No se trata de dominar la mente
es algo superior a mis fuerzas:
! No lo puedo controlar!
¿Como una mariposa va a querer
quedar inmóvil?
¿Quién recorrería por mí
los lugares de mi bosque?
No, esa quiero ser yo
la que descubra
lo que antes
nadie buscó.
Animo huesos
que se quieren deformar.
¡Adelante! doblemos en la esquina
donde hace camino la felicidad!
DEL LIBRO ALONDRA SOLITARIA

ALONDRA SOLITARIA
Tengo cárcel
de mil fuegos
quemándome el pecho.
En una selva,
el temblor enjaulado.
Voy midiendo
el olvido de primaveras
dormidas.
¡Cómo enfriar la sangre ardiente
la gloría, el éxtasis!
Se teme ser alondra solitaria
de un triste final.


Marcelo Dughetti

Como un cerezo dormido 
Marcelo Dughetti

El Miguel pone los calefactores al taco, se te seca la garganta, es por eso. El reventado quiere guita y nos chupa la sangre con la coca y el fernet. Los viejos al lado  del baño de mujeres, toman gancia. El gancia los mantiene pálidos, olorosos, espumosos;  con esas meadas claritas que se echan después de estar toda la mañana pajeandose con la moza. Esta no es la de Gaiteri, tiene un culo esperpéntico y no baila .Además le da lo mismo si uno está solo o acompañado, atiende sin mirar. En las heladeras brillan las nuevas cocas “zero” esas que dicen no engordan. Prefiero la que hace mal además desconfío de la “Z” en el nombre. Le pedí fernet al Miguel por que los calefactores están altos .Fernet y coca, hace calor y es julio, el pino de la navidad pasada se desluce con telarañas, esferas reventadas por un botellazo y la fotito de una mina en pelotas que  algún gracioso puso al pie del pesebre. Los perros miran desde el frío como comemos lomitos resalados y aceitosos. Gracias que esta la neblina, el vapor, la nube que en los vidrios se condensa y te tapa la visual. Hay gente que le pasa una servilleta al ventanal necesitan ver y que los miren. La fotito de la mina en bolas, al pie del arbolito anacrónico, me hace acordar a María. No la María de la leyenda, sino a la putísima diosa que cogía detrás del zoológico en la época de los intendentes progresistas. “Si chasqueas los dedos se me ceca la ollita” decía. ¡Ja! Si  chasqueas los dedos,  que lo pario. Era rápida la cosa, para colmo de parado,   al borde de  los animales, el olor a  carne podrida no menguaba ni con el frio.  La María del zoológico era más que una mujer, estoy seguro, porque solo un inmortal podía aguantar esas temperaturas, con el culo al aire y no muy caliente que digamos por la eventualidad que se vivía. Cobraba poco y era hermosa. Eso era un regalo. Uno comprende con el tiempo que las cosas no son tan bonitas como el miembro parado y la proximidad de una boca te lo pintan. Uno aprende que es mas complejo el asunto que las minas están reventadas, que el laburo no es tan laburo, en fin. Además uno tiene hijas. Mi hija llega en pocas horas; se casó hace dos años. Algo que me tiene que decir me preocupa. La mamá murió salvajemente. Era enfermera de la salita del barrio San Nicolás. Era buena mina nunca llegamos a entendernos .Cogía con dulzura algo que no es para todos. Menos para borrachos. Los borrachos no entienden la ternura en el sexo. Necesitan del calor que el alcohol les  ha metido y los golpes le producen adrenalina. Lo sé. Lo sé. Mi hija lleva puesto un saquito de jean y botas de goma. Ahora llueve. Entra al bar y me congela  con un saludo lloroso. Todos nos miran. Su pelo esta nacarado por las gotas que llegaron a cubrirla. Nos abrazamos y sigue llorando. La insistencia de la miradas me duelen en la nuca, le bajo los brazos le digo que se calme y nos sentamos. Le pido un café, me dice que no. “Algo fuerte”- dice como en las películas. Algo fuerte. Me da risa y a la vez me dan ganas de pegarle un cachetazo. Pendejita pidiendo algo fuerte. Me olvido la edad que tiene por momentos y la veo jugar con los perros en el patio corriendo atrás del limonero, con un chunguito y el bebe de plástico. Le pido un licorcito de menta. Me dice que la menta le da asco. Termina siendo de café. “Papa” dice y repite tres oreja, prendido al maderaje de la puerta. “Papa, Gustavo me pega” y corre su cabello dejando al hambre de la luz un hermoso hematoma de un ancho inexplicable. Con que te pega le pregunto como si eso fuera lo importante y es lo primero que se me ocurre. La mirada de  Lucia es terrible y pido disculpas. Le tomo la mano, esta helada. Los curiosos se vuelven moscas. No hay mucho para ver en el bar del Miguel, solo pasar los colectivos de la Coata y el  viejo que abre las puertas de los taxis rascarse la entrepierna. Lucia no odia a Gustavo, sostiene que es una cuestión pasajera que todo se soldara en un mejor futuro .que no pasara mas .Sostiene también que está embarazada y no se lo había dicho antes del golpe. No puedo más que levantarme y pedir soda fría algo que aplaque el fuego que me quema las tripas. En la mesa de los viejos hay un chino que ha venido a morir al país que eligieron sus hijos. Le llaman el herbolario y en poco tiempo se ha hecho fama de consulta entre los que estamos estacionados en esa mugre de Bulevar España y Sarmiento. Vos lo conoces a Wan me dice Lucia, necesito algo que lo aplaque, que lo ayude. Sostiene Lucia que Gustavo atacó por primera y última vez, pero todos sabemos que esto no es cierto. Wan tiene un sombrerito gracioso de felpa azul con dibujos inclasificables. Lleva puesta una camisa negra y un pantalón corto incombinable  con los 10 grados de la calle. El herbolario se levanta a mi señal y deja las fichas de domino entre los demás viejos. Nos sentamos en una mesa cerca del arbolito. El chino mira serio la foto de la mina en bolas y después escucha como si lo hubieran fijado a una corriente imperceptible. Tengo un asunto, le digo, y necesito su ayuda. Wan se rasca la oreja con una uña afilada, se deja la uña larga del meñique para utilizarla en su oficio. “Problema de que tipo, bestia, hombre o espíritu” dice y sonríe. Lucia vuelve a entrar con un atado de cigarrillos sin abrir quiere sentarse junto a nosotros pero le indico la misma mesa donde habíamos quedado. Saluda a Wan y Wan la mira con cara de nada, la cara que tienen algunos chinos. Después vuelve a mí y repite la pregunta “¿Y ahora me dice usted  si es bestia, hombre o espíritu? Le sostengo la mirada  un momento y abro el juego, es las tres cosas a la vez. Wan se sorprende y mira a mi hija nuevamente. Llamo a Lucia, viene con una sonrisa a medias, está más tranquila. Los presento, Ella extiende su mano pero Wan solo mueve su cabeza en reverencial saludo. Después le corro el cabello y florece la carne azulada. El herbolario pasa de la nada, al rostro de un demonio  y luego vuelve a la nada, como si el hematoma hubiera ocasionado un eclipse en su semblante. Nos pregunta si conocemos las  nueces vómicas. Hay nueces que tranquilizan el alma dice Wan y nos habla de diferentes tipos de este fruto. Calmar a una bestia no se puede sencillamente, si hay también un espíritu y  un hombre .Después saca una bolsita amarilla con trozos de lo que parece un hongo pero es una nuez. Lucia mira todo como cuando era chiquita y me acompañaba al bar a desayunar;  no estaba Wan pero había un gran negro que solo con su presencia la fascinaba. Wan corta la nuez y la envuelve con una servilleta luego me la ofrece .No comer dice…  dar al hombre, a la bestia  y al espíritu. De a poco dice, eso calmara el calor y volverá al invierno feliz como un cerezo dormido. Le agradezco, no acepta guita y me regala una hoja de calendario de esas que traen frases de filósofos. Antes de  despedirse, me repite, no comer, dar a la bestia al hombre y al espíritu, sobre todo al espíritu. Salimos del bar cruzamos el bulevar y Lucia sube al colectivo luego de besarme las manos. El viento es un cuchillo para un hombre de mi edad me cierro la campera y escupo lo que parece la espuma de los viejos. Después me siento en el banquito de la galería donde duerme un linyera tradicional. No tengo para fumar Lucia se llevó todo. En la búsqueda doy con el papelito que me regalo Wan leo la frase “La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor.”


Ariel Félix Gualtieri

ESTO ES UNA SEÑAL  
Ariel Félix Gualtieri

Como ocurre con otros trastornos mentales, las personas que padecen este desequilibrio poseen una visión distorsionada de la realidad. Pero además, estos individuos son capaces de crear, dentro de la realidad ficticia en la que se desenvuelven, diferentes mundos ilusorios en los que no se vinculan directamente, sino que contemplan como si fuesen espectadores.
Este desorden puede pasar inadvertido fácilmente. De hecho, se piensa que algunos individuos llegarían a sufrirlo durante toda su vida sin ser descubiertos. De ahí que en el lenguaje popular se lo conozca como “locura escondida” o “locura guardada”. Esto se debe a que, salvo por raras excepciones, los sujetos que lo padecen no manifiestan señales externas de desequilibrio. Algo que logran gracias a su particularidad –ausente en individuos “normales”– de creer que están llevando a cabo determinada acción, cuando pueden estar realizando otra completamente diferente. Pero además, también consiguen almacenar los recuerdos de ambas acciones en su memoria. Sin embargo, en su conciencia sólo permanecerá el recuerdo de la acción ilusoria que creen estar realizando; mientras que la verdadera acción que desarrollan quedará registrada en su inconsciente.
Veamos el ejemplo siguiente. Cierto día usted se encuentra con una persona que padece este trastorno y mantienen una conversación sobre el estado del tiempo. Ahora bien, aunque efectivamente se encuentre hablando con usted sobre dicho asunto, el sujeto podría pensar que la charla gira alrededor de alguno de los mundos ficticios que él ha creado; como podría ser, pongamos por caso, cierto incidente en la vida de un hombre invisible. Por otro lado, aunque la persona no perciba en forma consciente la conversación real que está ocurriendo acerca del estado del tiempo, almacenará el recuerdo de la misma en su inconsciente. Pero al mismo tiempo, registrará en su conciencia la conversación imaginaria que cree estar manteniendo con usted acerca del hombre invisible. Por eso, si se vuelven a encontrar al día siguiente y usted hace alusión a la charla que mantuvieron sobre el estado del tiempo, el individuo manifestará –sin darse cuenta de ello– que la recuerda perfectamente; aunque en todo momento pensará que ambos se están refiriendo al asunto del hombre invisible.
Como dijimos anteriormente, la persona que sufre este desequilibrio puede crear mundos de ficción dentro de su percepción –ya distorsionada– de la realidad. Estos escenarios pueden ser de la más diversa naturaleza. Encontramos, por ejemplo, desde situaciones infantiles hasta crueles y aterradoras. Las hay también, entre otras, policiales, románticas, casi realistas e incluso algunas con contenido histórico. Además mencionamos –y es de suma importancia recordarlo, por eso lo repetimos– que el individuo no se vincula directamente en dichas ficciones, sino que las observa mientras permanece “fuera” de ellas. Ahora bien, generalmente no considera que él mismo ha creado todas esas fantasías. Por el contrario, tiende a pensar que la mayoría ha surgido de la mente de otras personas; y que desde las épocas más remotas, muchos hombres se han dedicado a dicha actividad, dejando un registro, generalmente escrito, al que cree tener acceso. El sujeto puede darle un nombre –y en algunos casos hasta una biografía completa– a la persona que identifica como creador de determinadas ficciones. Por ejemplo, podría pensar que, hace unos miles de años atrás, vivió un hombre en alguna antigua colonia griega, quien describió una guerra y una posterior travesía marítima, ambas repletas de elementos irreales. El individuo puede recurrir a la escritura, o a servirse de algún otro medio, para registrar estas situaciones ilusorias; cuando esto ocurre, es muy probable que su desequilibrio quede al descubierto. Seguramente, todos recuerdan el el caso de aquel hombre –una de las pocas excepciones donde el trastorno se manifestó en forma tan notoria– que quiso obtener una filmación de una de sus ficciones, y convocó gente –obviamente sin éxito– para simular el desarrollo de la misma. Sin embargo, la mayoría de las veces el sujeto no deja ningún registro, aunque piensa que lo está haciendo. Por ejemplo, puede creer que está escribiendo acerca de alguno de sus mundos imaginarios, cuando en realidad está redactando una carta comercial. También en este caso –de acuerdo con lo que mencionamos anteriormente– podrá retener los recuerdos de ambas acciones: de la primera en su conciencia; y de la segunda, en su inconsciente. De la misma manera, puede pensar que está leyendo un escrito referente a dichas realidades ilusorias, mientras sus ojos están puestos en un texto de cualquier otro tipo. Así, podría estar frente a un diario, pero creer que se encuentra ojeando algún tipo de publicación donde diferentes personas vuelcan sus descripciones de distintos mundos ficticios. Como podemos suponer, su inconsciente retendrá parte de la información contenida en el diario; mientras que su conciencia registrará las fantasías que haya elaborado su mente.
Como ustedes saben, este trastorno puede llegar a desaparecer espontáneamente. Por razones que aún desconocemos, el sujeto deja de padecerlo y recuerda su etapa de desequilibrio como si hubiese sido un sueño. La mayoría de los conocimientos que tenemos acerca de las características de este desorden mental –todavía escasamente comprendido– provienen de dichos recuerdos; los que aportan muy poca información, debido a que siempre resultan difusos e incompletos. Sin embargo, creemos con optimismo que el desarrollo de futuras investigaciones brindará importantes avances a mediano plazo.


Como es conocido por todos, la cura del sujeto comienza cuando su propia mente genera algún tipo de señal, dentro de alguno de sus mundos ficticios, que puede ser percibida conscientemente por el individuo, y que le hace sospechar que padece este curioso desorden mental.

Lulú Colombo


MUJER-YAGUAR  MUJER-AVE   
Lulú Colombo
                                  
                                                         A un año de la detención ilegal de Milagro Sala en Jujuy.
Al otro lado de la Ley, rejas para la mujer-yaguar
¡Tuntún, tuntún! ¿Quién es?
Es la Moral
¿Qué Moral es? Moral de banco; moral del blanco
¡Tuntún, tuntún!
¿Dónde están los grandes espíritus de la montaña?
El inframundo emana oscuridad y llora el cielo
Por ti mujer-yaguar, mujer-ave, fiera de la puna
al otro lado de la Ley, en el Alto del Comedero
¡Tuntún, tuntún! ¿Qué hay allí?
Una mujer de la tierra; mujer-ave mujer-yaguar
Una mano  blanca ciñe el grillete en sus carnes
¡Tuntún, tuntún! ¿Quién es?
Su perseguidor blanco y las togas de la Ley
a lacerar, roer, marchitar y abolir la Esperanza
Aplastar sus alas contra el hierro del Leviatán
Al otro lado de la Ley, en el otro margen
¡Tuntún, tuntún! ¿Quién es?
Es la Moral
¿Qué Moral es? Moral de banco; moral del blanco
¡Tuntún, tuntún!
¿Qué Moral es?


Moral del Perseguidor.

Marta Castagnino

Jesús y Perro  
Marta Castagnino

                                                                                    In memorian de los chicos de la guerra

Alguien alguna vez lo llamó Jesús y le quedó ese nombre.
En el pueblo casi no recordaban a su madre.
Del padre nunca se supo. Jesús hacia changas y Perro lo seguía y lo esperaba, regresaban juntos a casa.
La había armado Jesús, con chapas y troncos, recostada sobre un árbol antiguo y frondoso.
Jesús y Perro despertaban con el sol y el canto de los pájaros que anidaban en el árbol.
Una tarde, de regreso de su trabajo en el campo, Don Esteban, el viejo herrero del pueblo, le avisó que estaban entregando documentos a los muchachos de su edad.
Luego de varias semanas Jesús tuvo el suyo y con él, su primera fotografía.
Consiguió una bolsa de plástico para que no se mojara y lo colgó del techo de su casa.
El verano llegaba a su fin y Jesús se enteró que llamaban a los jóvenes porque LA PATRIA LOS NECESITABA.
¿El podría hacer algo por la Patria ¡¡¡? Pensó varios días y lo conversó con Perro.
Una mañana temprano decidió saber de que se trataba y allí fueron los dos, Perro lo esperó en la puerta.
Le hicieron muchas preguntas, la única respuesta afirmativa fue:
– Si, tengo el documento.
– ¿Sabe leer, escribir, tiene familia, ha estudiado algo?
La respuesta era simple y corta, no.
Lo citaron para siete días después. Debía partir en tren a otro destino.
Esa noche Jesús no pudo dormir. Se sentía inquieto, emocionado, temeroso, pero sabía que algo importante le estaba ocurriendo.
Desde la ventana del tren habló en silencio con Perro, su imagen se detuvo en su memoria, allí parado al final del andén.
Al llegar a destino todo sucedió a gran velocidad. Revisación médica, dentista, vacunas, grupo sanguíneo.
Y lo pelaron al ras.
El traje, los borcegos, el gorro, le resultaron confortables.
Debía aprender “a manejar” la ametralladora.
Recordó que tenia buena puntería cuando al volver del trabajo jugaba a tirar piedras en una hilera de latas.
Pocas semanas después viajaba “al sur”. Jesús estaba emocionado hasta las lágrimas.
Nunca imaginó ver la tierra desde el cielo ¡estaba volando!!!
Luego fue la oscuridad. El frío. La ventisca. El hambre… y el miedo que le apretaba el estómago.
Dormir casi era no despertar nunca.
Ensordecido por el ruido de su metralla, apuntaba y tiraba, apuntaba y tiraba.
En algún segundo recordaba la imagen de Perro, alejándose.
Al amanecer de otro día el cielo se veía claro y celeste, el viento se había llevado la niebla.
Detrás de su ametralladora giró su cuerpo y miró el cielo, respiró hondamente.


Así lo encontraron, con los ojos abiertos.

Guillermo Cabrera Infante


        La visita 
Guillermo Cabrera Infante

El hombre no estaba ahí y de pronto estaba ahí. Debía haberlo visto cuando entró pero no lo vi. Después de una peritonitis por ruptura de la vesícula, con un catéter a través del pene, una sonda en la herida y dos botellas goteando agua y antibióticos allá arriba y detrás de mí, no estaba preparado para nada que no fuera oír cómo ella contaba un cuento de su niñez allá en el Escambay.
Pero con quince kilos menos todavía era reconocible por mi barba y mi bigote y las gafas de aro de metal que son ya como una tarjeta de visita. Sólo que era yo el que recibía la visita ahora.
El hombre, que había empujado la puerta sin siquiera tocar, se instaló, sin pedir permiso, en la banqueta donde ella descansaba los pies, casualmente junto a la única puerta. Al otro lado de la cama estaba el timbre para llamar a la enfermera de turno pero quedaba fuera de mi alcance ahora. El hombre sonrió una extraña mueca de convidado de piedra. Iba vestido, pude notar, correctamente y por un momento pensé que era otro médico, con un traje sin embargo que no podía llevar ningún médico inglés porque era de una seda (era verano) que brillaba barata, como si quisiera al llevarlo dar la falsa impresión de ser importante. Fue, por supuesto, casi decisivo.
Cuando se sentó ella le preguntó quién era porque también creía que era otro médico: un especialista más de visita. Hubo tantos alrededor de la mesa de operaciones donde había quedado infectado por un estafilococo áureo, una bacteria de quirófano que se comporta como un virus oportunista.
-Who are you- preguntó ella de nuevo.
-Yo soy un cubano- dijo el visitante inesperado. Enseguida ella y yo supimos que era un cubano, casi un cubanazo por su desenfado y sus ojos maliciosos debajo de las gafas calobares, que se aclaraban ahora a la baja luz del cuarto.
-Pero ¿cómo supo que estábamos aquí?
-Señora, yo lo sé todo.
-¿Cómo supo que estábamos en este hospital?
Era el Cromwell Hospital, donde me habían ingresado del Chelsea-Westminster Hospital para combatir la infección aislándome.
-Ah, fue muy fácil. Fui a los bajos de su casa y le pregunté a la vecina del sótano en qué hospital estaba él (señalando) ahora.
 Así había hecho y así le habían dicho después de declararse, enfático, muy buen amigo mío y sabido que había sido trasladado a otro hospital. La mentira crecía creíble todavía:
-Me dijo que él se estaba muriendo.
Miriam Gómez lo encaró de frente.
-No, él no se está muriendo. Se le reventó la vesícula y tuvo después una infección.
El visitante era insistente y sabía inglés.
-Pero en la puerta dice que él está muy mal y que en este cuarto no se puede entrar.
-Solamente tiene un microbio fecal que puede contagiar a otros enfermos.
-Pero las enfermeras vienen siempre con delantal de plástico y guantes. Es lo que dice ahí.
-Yo estoy aquí sin delantal ni guantes -dijo ella decisiva. El visitante cambió de conversación cuando vio su resolución.
-Yo los vi a ustedes en el concierto de Rivera.
Como si hicieran falta más credenciales llamó Rivera a Paquito, como lo conoce todo el mundo, menos sus enemigos de Cuba. Luego, de pronto musical, preguntó:
-¿No fueron ustedes a oír a la Orquesta Aragón?
Sabía por qué quería saber: la Aragón es una orquesta oficial.
-Nosotros no vamos a esas cosas.
-Ya veo.
-¿A qué vino usted aquí?
-Señora, soy un testigo de Jehová y vengo a ayudar a su marido a pasar al otro mundo -y metiendo la mano en un bolso-sobre de cuero dijo:
Tengo aquí un librito para que él vea lo que pasa en el más allá cuando uno deja este mundo.
Casi dijo "este valle de lágrimas", pero con un ademán siniestro de su mano derecha me extendió un librito rojo. Que ella, rápida, interceptó y puso enseguida fuera de mi alcance en la mesita de noche para decir:
-¿Pero ustedes no fueron los que le llenaron la Plaza a Fidel Castro pidiendo el fin del embargo?
-Nosotros, señora, no hemos ido a ninguna parte -dijo y se puso de pie para irse como había venido el hombre que estuvo ahí y de pronto no estaba. Pero había cometido un error: habló demasiado y demasiado pronto. Ella, tan ágil como se lo permitió la banqueta, abrió la puerta pero no vio a nadie. Ahora apartó la parafernalia médica y fue a la ventana, con tiempo para ver salir a la calle a nuestro visitante y dar palmaditas en la espalda a un acompañante que vestía con el atuendo que hizo popular entre la diplomacia cubana Robertico Robaina cuando era ministro de Relaciones Exteriores. Sólo que éste no era Robaina, a quien en España llamaron el Embajador de la Salsa: la suya era otra misión, pero también era un agente a la moda de los años sesenta.
Ahora ella se movió hacia la puerta y el pasillo, donde se encontró por una casualidad más divina que humana con la enfermera-jefe, que se movía ignorante de todo. Ella le informó que nuestra habitación había sido allanada por un obvio ajeno: an alien, dijo ella. "¡No puede ser!", dijo la enfermera-jefe. "Ahí no está autorizado a entrar nadie más que nuestras enfermeras cubiertas. ¡Imagínese el peligro que corremos de regar la infección que padece su marido!"
-Nosotros hemos corrido algo peor que un peligro de infección. ¡Ha sido un peligro de exterminio!
Entonces la enfermera-jefe se dirigió rápida al servicio de seguridad del hospital y regresó con uno de los guardas.
Los visitantes nada bienvenidos habían penetrado sin saberlo en un sancta sanctorum árabe: el hospital donde van todos los jeques a morir. Había un servicio de vigilancia por control remoto que alcanzaba a todo el lobby. Allí, frente a la recepción. ¿Quién estaba atrapado por el video? Nada menos que nuestro visitante con sucarnal, a quien daba la señal del deber cumplido -pulgar arriba- y el video los delataba. Ella los reconoció enseguida: "¡Son esos dos hombres! Pero sólo uno vino arriba". Alguien que vio la película dijo que de haber sido un hitman profesional, al estilo de Bullitt, nos habría acribillado con una pistola con silenciador y habría salido por la puerta más próxima, tan tranquilo. Mi médico de cabecera disintió: "Una almohada en la cara habría sido más eficaz. De haber estado usted solo". Pero no era la obra de un profesional al estilo de El padrino: era un funcionario del ministerio del miedo: su misión no era matar, sino asustar.
De todas formas, vino un policía regular avisado por la seguridad del hospital y ella le relató todo: la visita inesperada, las amenazas veladas, la impostura, la cara de peligroso del falso testigo de Jehová que había dejado, además del librito rojo, una tarjeta de visita ¡de una peluquería! El policía se fue para volver, autorizado por Scotland Yard, a ordenar que me cambiaran de habitación. Viajé en mi cama con ruedas hasta la habitación 222, justo enfrente del servicio diurno de enfermeras. También me cambiaron de nombre: ahora me llamaría, para el hospital y todos sus servicios, Christian Smith.
Los visitantes no volvieron al hospital, por supuesto. Pero si ustedes creen que mi fallido impostor se había conformado sólo con mi miedo, se equivocan. Dado de alta, al día siguiente de regresar a casa estaba tocando mi timbre y pidiendo que le abrieran la puerta. "Señora", dijo una voz por el intercomunicador, "somos los cubanos que fuimos a ver a su marido al hospital y le llevamos el librito rojo. ¿Se acuerda? ¿Ya lo ha leído?" "No, yo no lo he leído, pero al hospital no fueron dos, subió uno solo". "Sí, es verdad. Nada más que subí yo solo. Pero ahora somos dos.
¿Nos puede abrir la puerta?" "¡No!", dijo ella. "No voy a abrirles la puerta", dijo y corrió hacia la ventana: frente a la entrada estaban los dos visitantes, mirando para todas partes.


Días después vino un inspector de Scotland Yard, quien tras identificarse -carnet y chapa- preguntó por los detalles de los visitantes: estatura, aspecto y al ser un policía inglés también preguntó por el acento del agente que habló. Pidió, además, ver el librito rojo y tomó nota en una libretica negra antes de irse. No volvimos a ver a ninguno de los visitantes.

Marta Becker


LA RUBIA 
Marta Becker

Juan Carlos Vergara es mi analista desde mi época de casada y después. Porque el después llegó luego de diez años de matrimonio con Gonzalo Díaz, cuando nuestros encuentros en la cama se fueron espaciando de forma tal que parecíamos dos extraños. Al preguntarle si me era infiel -mi duda  no estaba confirmada fehacientemente-  no me contestó,  por lo tanto lo reconoció con el silencio. Entonces nos separamos de común acuerdo, en realidad yo lo dejé y él aceptó.
Vergara no es lo que se dice un lindo hombre, pero tiene altura, cabello entrecano, una postura de maniquí, se viste de sport con elegancia, todo en compossé –camisa, saco, pantalón, medias- el masculino que toda mujer quisiera llevar al lado con orgullo.
A todo esto debo agregar que mi problema es que me enamoro de los hombres por su inteligencia, y Vergara cubrió siempre mis expectativas, aunque nunca se lo declaré por no parecerme apropiado.
Vergara fue mi confidente durante muchísimo tiempo, sabe todo de mí -infancia, temores, sueños, mi relación matrimonial- todo todo, porque para eso era y es mi psicoanalista. Llegué muchas veces llorando a la consulta, a los gritos o deprimida y siempre encontré en él la serenidad necesaria.
Con sus palabras justas sentí en todo momento que, sin acercarse, me abrazaba. Y después que me separé creí, en varias oportunidades, que intentaba un gesto de proximidad, una intención  de algo más –porque admito que soy mujer de no despreciar-  pero me cuidé de conservar cierta distancia para no entorpecer la relación. Aunque muchas veces me muero por tirarme encima y besarlo y decirle otras cosas que no sean las puramente profesionales, pero trago saliva, sacudo mi imaginación y no hablo del tema.
Hoy llegué a la sesión bastante alterada.  Le cuento a Vergara que no tengo noticias de mi ex desde hace un mes, todavía tiene sus cosas en mi casa y, a pesar de mis llamados, parece no tener intención de sacarlas. Le dejé dicho en el contestador de la oficina que si no se hace ver en una semana,  le tiro todo a la calle. No obtuve respuesta.
Juan Carlos –hoy lo miro con cariño- me calma, me dice que esto es común, que ya vendrá, primero tiene que organizarse mental y físicamente, en fin, trata de apaciguarme. Y con su voz baja y suave lo logra.
Salgo del consultorio tranquila, dispuesta a darle un plazo mayor a mi ex, cuando al bajar del ascensor del edificio justamente me encuentro cara a cara con él, con mi ex marido.
¿Oh, qué hacés por acá?
Vengo a ver a mi psicoanalista,  me contesta.
¿Tu analista? ¿Acá? ¿Quién es?
El Dr. Juan Carlos Vergara, ¿por qué me…
Lo dejo con la palabra en la boca y salgo corriendo a la calle. La cabeza me hierve. ¿Cómo es esto posible? ¿Mi psicoanalista, mi confidente, mi muro de los lamentos, mi todo es el mismo de mi ex? Me parece una traición, una falta total de ética, de moral, de… de… no encuentro las palabras justas. Reacciono, giro sobre mis talones y corro al ascensor para subir nuevamente al consultorio y aclarar la situación.
La secretaria me abre la puerta, extrañada de verme e intenta detenerme con un gesto, pero yo paso de largo a su lado hecha una tromba, enfurecida, indignada y sacudiendo la cartera.
Con un movimiento brusco abro la puerta del privado para encarar al Dr. Juan Carlos Vergara, el traidor y Oh… los veo a los dos, mi analista y mi ex fusionados en  un beso apasionado.

                                     



Elsa Janá



El legado de una madre que nunca conoció
Elsa Janá

Casi cerraban. Entró de prepo, pasitos apurados ganándole la carrera a la última lámpara que apagarían en la sala. Recorrió los estantes por años y llegó al deseado. El índice rozaba la pantalla, subiendo y bajando el cursor a la búsqueda de la información. Por dónde empezar con el tema de una herencia que nunca se reclamó, cuando la única referencia era “un diario de aquí entre el 94 y 95”. Incluso lo había confirmado con la tía, ya que había sido precisamente el tío quien leyó la noticia de que buscaban a los herederos de su madre que nunca conoció.
¿Por qué volver sobre el tema justo ahora? ¿Qué la había movido a quedarse inactiva aquella vez, cuando supo y no quiso averiguar ni reclamar? ¿De qué le sirvió aquel orgullo ante el abandono del que había sido víctima siendo una beba? ¿Qué otra cosa esperaba encontrar ahora, más que la imposibilidad de hallar los datos? Encima, se acordó tan tarde. El dueño de “bibliotecon por internet”, ya se acercaba a su escritorio. Señora, tengo que cerrar, voy a apagar la luz. La mujer apretó el “salir” y se quedó extasiada sobre el colorido y la rapidez de un monitor rumbo al cierre del programa. Recién al apagarse la luz, se puso de pie y se dirigió a la salida.
Toda la noche abriendo y cerrando páginas… El diario le escabullía ese retazo de información perdida que la llevaría a alguna parte de su vida, en la que ella omitió ingresar en el momento oportuno. Se masajeaba el cuello y estiraba la espalda cuando el bibliotecario reabría la sala a la mañana siguiente. Ni siquiera sospechaba que había transcurrido la noche entera. Tampoco que había amanecido. La media mañana la sorprendió junto al bibliotecario, sin siquiera hambre o sueño. Apenas ese dolor en 2el cuello, donde las vértebras parecían haberse enervado apretujándole todas las fibras motoras… Raíces…
Pero señora, ¿qué hace aquí, cómo entró? Es que nunca salí, porque usted cerró la puerta conmigo adentro. ¿Por que no avisó o me pegó un grito para que me detuviera? Porque me estaba muriendo de angustia y no podía hablar. ¿Y se quedó aquí, a oscuras toda la noche? No, a la luz de la pantalla. ¿Al menos encontró lo que buscaba? Lo que buscaba no sé, lo que me correspondía, sí. Buenos días y gracias por abrirme la puerta para salir.
¿Por qué siempre tantas baldosas flojas? El barro le salpicaba los zapatos. Entonces, había llovido. Pesaba el paso lento sobre las veredas, como de ¿hacia dónde yo? Abrió la puerta y se sentó en el macetero vacío del pasillo. Marcó el número de telefono rescatado en el bibliotecón. Tras explicar el motivo de su llamada, la voz al otro lado le indicó acercarse hasta el despacho y ella apuntó la dirección. Trámites y después, recibió el sobre con datos de puño y letra sobre el legado de una madre que nunca conoció… Y entonces, esa sensación inexplicable que ahora volcaría su vida en un sentido nuevo, desconocido … Abrió la puerta de casa y se fue a recuperar el sueño perdido.


Silvia Calderón


TRES AMIGOS 
Silvia Calderón

Hola Negro: ¿Qué puedo decir de tu libro? Que me ha gustado. Me parece muy lograda la construcción de ambiente del café porteño de barrio, clásico, que está en la base de todos los relatos. Cargado de reminiscencias tangueras, de cosas y recuerdos de otra época, lugar para el encuentro consigo mismo, con el amor y la amistad, especialmente con viejos amores y amigos.
A la onda melancólica, nostalgiosa y un poco escéptica de esos típicos cafés de billar y piano se suma la valoración subjetiva del Negro que lo siente como "una mujer que lo espera" (Simplemente ella). El café porteño da lugar, en general, a reflexiones "filosóficas" de distinto calibre, aquí se evita el lugar común y aparecen algunas que calan más hondo. También surge el humor en este grupo de varones que hablan de mujeres con mayor o menor dosis de misoginia (Todo es negociable, muy gracioso el final),
Me gustó el entramado entre presente y pasado de Sudestada (los pantallazos de la infancia en el momento de mayor angustia) y entre primer plano y telón de fondo (las letras de boleros en Tito Sánchez...)
De los "extraños personajes" que toman cuerpo en los "cuentos" contados (valga la redundancia) en el café o que lo frecuentan aparte del grupo de amigos, los que más recuerdo: el Flaco Gardel, Boris, el del piano y Abel, el acariciador (aquí destaco la descripción de la receta para acariciar, especialmente una imagen:" ...te ofrecerá un lugar dentro de su alma que no le ha mostrado a nadie, es un lugar vacío, misterioso, desértico, donde sufre, gime, es como un nudo que tendrás que desatar en un lugar que nunca ha sido amado").
Uno de los relatos que más me gustó fue Sudestada por el "crescendo" en la atmósfera de angustia y desamparo que asocio con la situación del país en ese momento, la cual se filtra en el estado anímico del grupo. También Café para melancólicos, Dos extraños, El tratamiento, Pantao, piantao. Hay más.
La idea de Don Anselmo es buena y la descripción muy poética, pero no me cierra el viraje hacia el "realismo mágico" (eso de que la gente estuvo 6 días y 6 noches a la intempe-rie para entrar a oirlo) lo cual no pega con el estilo realista del resto.
Demás está decir que reconozco a los "amigos" del Negro y otros personajes que se mencionan, como el sastre Vicente y los reiterados recuerdos de "la vieja". Veo en los textos y el libro en sí, un conjunto de afectos entrañables que lo embellecen Habría mucho más para comentar, pero como conclusión, fue un placer leerlo, felicitaciones.
Un beso.





Graciela María Casartelli



Reflejos amarillos sobre el teclado
Graciela María Casartelli

Hoy volví sobre las teclas de mi piano.
Mediaron varios años de silencio. La resonancia muda y el canto apagado.
Los dedos temblorosos y la contrición agradecida por haber salvado mi dedo anular tras aquel accidente. Ése que ocurrió en octubre del año pasado en un lugar de mi pequeña mansión. En realidad, un sencillo hogar; cuando se cerró la puerta de la cochera por la fuerza del viento mientras intentaba abrirla; incrustándome la mano derecha entre las bisagras de las dos hojas que le servían de cierre.
Una vivienda, sentida como la fortaleza creada por mis esperanzas e ilusiones; negadas para mi existencia. Se trataba quizás, del destino de simples sueños mundanos; a través de los cuales el ego exponía “bijouterie” fantasiosa, de quimeras imposibles para mí.
Hoy, con los ojos cerrados frente al mismo piano, en la nueva casa de alquiler temporario, interpreté como pude, aquel antiguo vals: “Desde el alma”… Melodía plasmada por mi madre; con partitura ante los ojos.
Pensar que en este día, apenas asomo las notas merced a un oído especial para la música. Extraña capacidad; pero no talentosa para lo que el mundo valora como arte. Esto es, ajustarse a las pautas de la música escrita sobre un pentagrama.
De mi parte, juego con acordes danzantes en mi mente desde corta edad, armonizados por intuición; pero sin la maestría requerida al ajuste de las partituras.
Mi interpretación es algo muy suave; así como suena una lira delicada en manos de un principiante joven y, doy gracias a Dios, porque de esa manera mi corazón se transporta a un mundo, en el que fui; o también seré.
De ese modo también extraño, apareció tu mirada y la expresión de tu rostro en mi mente; con un cúmulo de recuerdos encontrados, teñidos de emociones famélicas por el desgaste de los años. Y sólo a modo de una presencia fantasma, habitando los huecos creados por el vacío del otro, horadados por el paso del tiempo.
Porque, aún algo de fuerza vital se expande en mi sangre y en mis músculos, negándose tozudamente a envejecer; mientras la realidad me devuelve en el espejo, una imagen endurecida y tosca.
No obstante, tu recuerdo se asió a una lágrima tonta, que no supo dónde esconderse.
Reencontrarme con ese instrumento… Parte fundamental de toda mi vida.
Recuerdo los infantiles golpes con torpeza sobre las teclas; los intentos fallidos en el Conservatorio de Música durante la niñez temprana y la expresión forjada de sentimientos inexplicables, que a modo de hilo de agua marcada por el declive desde la vertiente, bulleron denunciantes de los caminos sinuosos de un confundido corazón, lleno de historias siempre truncas.


Este reencuentro después de tanto tiempo, inicia algo que desconozco; muy mío. Muy de este tiempo, de hojas amarillas abandonadas desde los árboles, danzando sobre el teclado…

lunes, 27 de febrero de 2017

Iris Díaz

Vencido  Iris Díaz

El tránsito es caótico; la mañana, plomo gris, sofocante. 
El hombre, apoyado en el poste del colectivo, mira a lo lejos. En el rostro tiene cicatrices profundas. Lleva grandes anteojos oscuros, que apenas cubren su ojo izquierdo, gigante, sin vida.
Una frenada. Las ruedas chillan contra el asfalto; el hombre baja la mirada.
Como trotamundos, los recuerdos desfilan en su cabeza.
Otra mañana, otra frenada, una camioneta golpeando su cuerpo. La tierra lo recoge blanda y tibia. Qué bien huele la tierra seca del oeste.
El viento, redondo y musical, aísla su dolor. 
El viento, le da aire a su cuerpo herido y derrotado. 
Qué bien huele la tierra blanda del oeste. 
No sabe cuánto tiempo estuvo tirado. Avistó la muerte cerca. 
Ruido de tierra y hojas secas. Alguien se acerca, lo observa.
-Terrible accidente, llamá la ambulancia - escucha
Los pasos se aceleran, las voces aumentan. Una sirena abre paso a la ambulancia.
La tierra blanda queda lejos, los ruidos son metálicos, la voces bajas. El olor a medicamentos le llena los pulmones. Intenta mirar. Sus ojos no se abren. Un pinchazo en un brazo; siente la camilla blanda. Se duerme o se muere, no sabe.
La muerte en vigilia, paciente.
El hombre siente el sudor en su cara deforme. Con esfuerzo abre el ojo derecho. Está en una camilla, en un hueco blanco y frío.
Intenta levantar un brazo y no lo logra. El dolor le da certeza de vida.
Siente que alguien toca sus pies. Los mueve. Escucha:
- ¿Che, este es el accidente de moto que entró a las diez?
- ¡Che, se mueve! Casi nos mandamos una cagada, menos mal que no lo mandamos al freezer…
- ¡Sacalo, sacalo, llevalo a sala, dale!
El hombre se desespera, se queja, no puede gritar, apenas ve por su ojo derecho pegado con sangre. Mueve las manos, trata de quitarse el trapo blanco que lo cubre.
- No; acá no se queda, mandalo al hospital del sur. Mirá si vamos a aceptar que estuvo 10 horas fuera de la morgue porque no tuvimos tiempo para entrarlo. Mirá si vamos a escribir que lo vimos muerto, que en la tomografía lo vimos muerto.
En el hospital del sur, el hombre fue curado con paciencia, suturaron las heridas de la cara, trataron de rescatar su ojo izquierdo; era tarde.
No consigue trabajo.
- Dr., necesito un certificado, algo
- Certificado de qué, negrito?
- Del accidente, a ver si consigo un subsidio
- ¿Accidente?, yo qué tengo que ver?
- Ud. me atendió en la guardia doctor, me dijo mi primo que trabaja acá
- No mientas negrito, no te conviene. No te conozco
- Ud. Me atendió, se acuerda que me dieron por muerto? Fue el día de muchos accidentes. No me metieron a la morgue, porque no tuvieron tiempo.
- Estás inventando, no te conozco, y no tenés cómo probar lo que decís. 
Llega el colectivo, sube. Se seca una lágrima con la manga.




Griselda Rulfo

   PEDACITOS de PAPEL  
Griselda Rulfo

 

Está sentada en el desnivel formando un banco con las rodillas y la tela del camisón que la cubre.  Las ojotas grises de hace tres veranos son un puente entre el pulgar y el índice del pie izquierdo.  Porque el derecho quedó desnudo en esa distracción de esa siesta calurosa de enero desocupado. Vacío de faenas.
 Hay un mar gráfico de diarios, revistas, folletos, hojas blancas, fotografías, cajas, cartones, tapas, carpetas, bolsas, llaves, candados, tuercas, alambres, silbatos, cronómetros, hilos, sobres.  Es un mar calmo y agresivo a la vez.  Sin ondas en la superficie lineal.  Pero con la fuerza avasalladora de la invasión de espacios y tiempos que el círculo de papeles y objetos lanza contra ella.
 Con muda desesperación mira hacia uno y otro lado, paralizando sus manos ante la indecisión que la invade: ¿ qué tirar? ¿Qué guardar? ¿Cómo? ¿Dónde?  Allí, desparramada sobre el piso de cerámica, está su vida: en recuerdo y en imágenes. El diploma de marinero de Don Pancho, su padre, la tarjeta de una misa de Don Teresio - su abuelo materno -, las figuras de Don Juan y Doña Catalina (sus abuelos paternos) , y un abanico de fotografías de ella con la nona María cuando era niña, cuando era adolescente, cuando estudiaba en el profesorado. Cuando, cuando. Y un sinnúmero de ojos extraños que la miran desde el fondo abismal de acciones que se han ido, autoaprisionándose en un inconsciente misterioso. Carcelero de horas y días vividos.
¿Y esos otros cartones con mujeres de altas hombreras y cintura anillada?  Enhiestas. Firmes. Haciendo guardia al lado de su pareja de finos bigotes y polainas entrecruzadas de cordones: ¿quiénes son?. Hay un aroma a vetustez en cada uno de los recuerdos que la asombran, la entusiasman pero la agobian.
 El polvo, guardián del tiempo, le queda en la yema de los dedos. Sonríe, musita, bosteza, llora, se increpa a sí misma.  Duda, se encoleriza, perdona, ama, odia.  Todo en un instante, en la fugacidad intensa de la emoción que crece desmedida entre su corazón y sus manos.
 Detiene el tiempo un segundo, así es la vida. Busca una bolsa negra y grande. Se sienta en el desnivel formando un banco con las rodillas y el camisón que la cubre.
Comienza a rasgar su vida en minúsculos trozos y los arroja al profundo sismo como si sólo fueran pedacitos de papel.



Marta Becker

  VIAJE INSOLITO 
  Marta Becker

Mientras lo espero siempre viene a mi mente la misma pregunta ¿hay algo más impersonal que un ascensor? El artefacto parece un gigantesco monstruo que abre sus fauces para tragarnos. Moby Dick que nos atrapa, cierra la boca y, cuando siente cosquilleos en su estómago, nos escupe de a poco en cada piso. 
Hoy es un día como cualquier otro. Llego al edificio donde trabajo –soy secretaria ejecutiva de una importante compañía de seguros- con unos minutos de adelanto. Somos varios esperando el ascensor y casi todos miramos el indicador para ver por cuál piso anda. Cuando llega, ingresamos ocho, cuatro hombres, una parejita joven tomada de la mano, una mujer mayor y yo. 
Nos acomodamos en el cajón metálico, sin hablar. En el piso 14 sube una señora muy bien vestida, saluda a todos en general y sólo recibe algunas respuestas por lo bajo, como si fuera una vergüenza contestar. 
En el piso 18 la boca tragagente recibe a una chica bastante rellenita y el panel luminoso que registra los pisos dice “Sobrecarga”. La muchacha se tiene que bajar, pobre, no quisiera estar en su lugar para recibir esta humillación. 
Seguimos viaje cuatro pisos más cuando el ascensor se para en seco –supongo entre dos pisos- y quedamos a oscuras. Calculo que responde a un corte total de energía –hecho que está ocurriendo a menudo en la ciudad- y todos emitimos un suspiro, mientras rogamos a que dure poco.
Pasan los minutos y nadie habla, sólo se escucha la respiración agitada de la señora mayor –tal vez fumadora empedernida- que cuando pasan algo más de 15 minutos empieza a protestar y lamentarse. 
Los cuerpos comienzan a moverse nerviosos, dos de los hombres iluminan algo con sus celulares, pero al cabo de 1 hora –sí, ya pasó 1 hora- se quedan sin batería. En el interín comienza el cruce de palabras, frases como “qué desastre, llego tarde al trabajo” o “¿nadie sabe que estamos encerrados?” o “¿cómo saldremos de acá?”.
El ambiente se torna tenso. Se oyen expresiones entrecruzadas, protestas contra nadie y contra todos y en medio de la oscuridad siento que alguien me toca el trasero. Doy un salto y pregunto con voz airada quién fue. Se escuchan unas risitas pero nadie se hace cargo. Debo admitir que en otras circunstancias me hubiera sentido halagada, pero ahora mi enojo me supera. 
A medida que pasa el tiempo la conversación se hace general. Surgen  las preguntas sobre nombre, actividad, lugar de trabajo, motivo de la visita al edificio… es decir, se arma una sociabilidad que hace más llevadero el encierro.
Presto atención cuando uno de los hombres le cuenta a otro que viene a visitar a su abogado, quien le está tramitando el divorcio y, en un arranque de amargura y debilidad, le cuenta que su mujer lo traicionó con su mejor amigo –que historia trillada, pienso-, mientras la señora elegante dice “ojalá no se me corra el maquillaje, tengo una entrevista de trabajo y no quisiera que se me noten los años” –qué confesión dura ante desconocidos, acoto para mis adentros-. 
La jovencita se abraza a su pareja –percibo el gesto- y llora. Seguro tiene miedo, como creo que lo estamos teniendo todos.
Otro de los hombres comienza a interrogarme. “¿Soltera, con o sin novio, vivís sola, qué es de tu vida?” por  su curiosidad deduzco que fue el que me tocó y no quiero darle muchos datos, pero el tiempo pasa y termino hablando de mí, de mi familia, del novio que me traicionó, del otro que me dejó y, así hablando, casi casi formamos una pareja. 
La vieja –porque a esta altura ya no es la señora mayor sino la vieja- tiene un acceso de tos, no sé si por el cigarrillo o por los nervios, y a mí ya me duelen los pies de tanto estar parada.
El joven saca unos caramelos y se los da a la pobre señora, que en la oscuridad nos toquetea hasta agarrar el paquete. “Disculpen, no tengo los anteojos” aclara, como si fuera necesario.
Menos mal que ninguno sufre de claustrofobia, pienso, cuando repentinamente uno de los hombres empieza a golpearse el pecho y tirarse de los pelos, desesperado.  “Quiero salir, quiero salir”, grita, sin escuchar las palabras de calma de sus vecinos, que lo palmean para tranquilizarlo.
-Qué suerte la gordita, de lo que se salvó- me acuerdo y ahora sí quisiera estar en su lugar.   
Ya pasaron cuatro horas –los ascensores deberían tener baño- y nada, ningún ruido, ningún movimiento. Casi no hay aire, traspiramos y ya no quedan palabras ni historias por contar. 
Cuando hasta yo misma estoy por entrar en pánico se prende la luz y el artefacto comienza a funcionar. Lanzamos grititos de alegría, la señora bien vestida se mira en el espejo lateral del ascensor, el claustrofóbico se arregla la corbata y limpia el sudor de su cara, la pareja se abraza, y todos suspiramos aliviados. La señora mayor da gracias a Dios y  nos besa.
Cada uno baja en su lugar de destino, ahora sí saludan a los que quedan. En la desesperación llegamos a formar una cuasi familia, pero a partir de este momento volvemos a ser ilustres desconocidos. 
Y lo más lamentable de todo es que no sé si me perdí al hombre de mi vida.