miércoles, 21 de junio de 2017

Carlos Margiotta


Como entonces 
Carlos Margiotta

Recuerdo bien aquel 9 de julio cuando nevó en la cuidad de Buenos Aires. Yo estaba acostado en la cama mirando a través de la ventana caer los primeros copos de nieve sobre las terrazas vecinas. Mónica se paseaba por el living fumando los cigarrillos que había dejado mi padre en dos cartones antes de morir.
-¿Vamos a pasear por parque?- dijo con su voz ronca.
-Vamos-, dije, aunque no tenía ninguna ganas de salir. Nuestra relación se había ido desmayando desde que tuve que atender la enfermedad de mi padre y dejé de ocuparme de sus demandas.
Me puse un pantalón de franela, un pulóver grueso, mi camperón de invierno y una gorra de lana que había comprado en el Bolsón. Cuando salimos a la calle el barrio era una fiesta, las confiterías llenas de gente, familias caminando hacia el parque, chicos juntando nieve al pie de los árboles. Puse mi mano en el hombro de Mónica y ella se acurrucó debajo de mi brazo como entonces.
Nos sumamos a la muchedumbre y nos dirigimos al parque. La noche temprana hacía que las luces del alumbrado público brillaran como nuevas y una caravana de autos tocaba sus bocinas festejando la nevada. En el fondo del parque había abierto la calesita, desde lejos parecía un fuego giratorio aclamado por los nativos a su alrededor. Cuando llegamos tuve ganas de subirme con ella. Vi a don Pascual ofreciendo la sortija y yo estirando mi cuerpo para agarrarla, vi a mi madre tejiendo en un banco, vi a mi hermano mayor corriendo entre los autos, los caballos, los leones y las jirafas de madera, vi a mi prima con miedo tomándome del brazo, no te vayas, no me dejas sola. Vi a mi padre volviendo del trabajo a buscarnos con el Billiken bajo el brazo. Vi a Jorge, Santiago, Ramón y Norberto, la barra de Boedo, corriendo a las chicas del barrio que reían asustadas, vi a mis abuelos paseando de la mano, y a Carmen dándome el primer beso en sombra del aquel árbol. Vi a mi tío Antonio haciéndome debutar en un prostíbulo de San Fernando, vi a Taton amasando en la mañana navideña y la abuela María sirviendo  la pasta en la mesa grande, vi a mi primo mayor disfrazarse de Papa Noel, y a los Reyes Magos bajando por la escalera del peache de la infancia. Vi a la tía Irene besarse con mi padre en un pasillo, vi guardar el secreto con odio, vi estallar mi corazón en mil fragmentos. Vi a Fellini filmando Amarcord en el colegio secundario y a un montón de mujeres acosándome en una manifestación, vi a Borges escribiendo el Aleph y al Negro Hernández sus cuentos del café, vi mi tristeza detrás de la risa y mis adioses a las que amé. Vi el último día de Jorge en la tierra, vi a Mónica llegando apurada a la facultad, vi su primer sonrisa apuntando a mi mirada, vi su cuerpo estremecerse entre el mío el día de la primavera, vi sus labios, su lengua, y sus ojos diciendo te amo. Vi los libros de estudio entre las sábanas, vi la ducha donde nos bañábamos juntos, vi nuestra graduación, vi nuestro primer departamento de un ambiente, vi mis poemas de amor desparramados sobre su cuerpo. Vi la muerte de sus padres, vi su desesperación, vi su disimulo ante el dolor, vi su ausencia y su duelo. Vi otra vez la calesita girando bajo la nieve, vi las lágrimas congeladas de mi madre, vi mis hijos, a Pablo ganado un Oscar, a Cecilia bailando tango en París y a Gabriel cantando con “Matagallo”, vi a mis nietos estirando la mano hacia la sortija. Vi a Mónica pidiéndome un beso, vi nuestro beso, vi el regreso a casa con urgencia, vi toda mi descendencia saludándome con la mano desde un tren, vi desaparecer el miedo al mañana, vi el fin de la pobreza y una sociedad mejor. Vi la ilusión de enamorarme otra vez de Mónica y arrodillarme en una iglesia para pedir perdón, como entonces.

                                     

Antón Santamaría Delgado

                                                           POEMAS
                  Antón Santamaría Delgado

CAMPESINO ABORIGEN...
a quien el alambre y la tranquera dejó en la vía
no más te queda el recurso del conchabo
lazo firme para vos, para tu gente,
atados a la noria de la estancia
que heredó de las armas el hacendado.
Sólo el sol es ficticia imagen de libertades
allá... en lo alto,
y camina por senderos sin acceso:
pero existe una ciudad en la que nunca es noche
ceñidita a la orilla del Río de la Plata
subrayada por el ensueño de la esperanza,
intuida en el tumulto de una doma,
de una yerra,
tras el horizonte que el ocaso enrojece
y vos la buscás en toda alborada de color naranja
en tanto tus labios rodean la bombilla
para el sorbo placentero de un amargo
que colma tu boca enmudecida en el cansancio
de veinticuatro horas uncido cada día
bajo el sol que incendia el ala de tu sombrero...
la lluvia que no alcanza a eludir el poncho...
el colchón que ansían tus párpados cerrados...
pero existe una ciudad en la que nunca es noche,
ceñidita a la orilla del Río de la Plata
y hacia ella vas en tu disconforme ensueño
sin pensar si allá campean otras estructuras
en las que podés no encajar
aunque tu empeño en ello empeñes...
y ya en el reducido espacio de un parque,
de una placita,
artificiales
con veinte árboles plantados a porfía
y siete bancos para apoyar tu aburrimiento
brotará de nuevo la pregunta incontestada
que tantísimas veces te habrías hecho
ahora entre añoranzas del canto del zorzal,
del vuelo entrecruzado del tero y la cigüeña,
la ráfaga de la vizcacha astuta,
y el trote torpe del peludo,
asustados de tu estrepitosa carcajada,
mientras incólume provoca a la intemperie
el nido que el hornero izó en la punta ’el poste
donde el cablerío toma el camino selectivo
al tambo, a la chacra o a la estancia
haciendo refilón a tu mísero rancho
como un insulto injusto del progreso
a quienes como vos suplican con las uñas
el abundoso fruto que Tatitadiós
esparce por doquiera
en tanto vos pensás, sin llegar a comprenderlo,
recordando todo aquello que tan atrás dejaste:
¿pa’ qué querrá tanta pampa y hasienda el amo,
si yo... con un puchito tendría sufisiente? 




María A. Escobar


El entierro 
María A. Escobar


Vos lo mataste, gritó Micaela furiosa.
No, yo no fui, respondió Agustina llorosa.  No soportaba que su hermana mayor se enojara con ella, porque Micaela era como su madre, su aliada, frente a una madre indiferente y a un padre que 
nunca tenía tiempo para nada.. 
Sí, porque está aplastada, seguro que por tu zapato.
Esta vez, sorbiéndose los mocos, Agustina negó y negó con energía.
Bueno, dijo su hermana, traé  un papel, lo enterraremos en el fondo. 
Obediente, ella fue hasta donde estaba su maltratada mochila, tomó el cuaderno y le arrancó una hoja. Total… ya tenía unas cuantas hojas arrancadas por lo que había merecido varios tirones de oreja de su madre y retos de la maestra 
Tomá , le dijo a su hermana que estaba arrodillada, mirando al
bicho con pena.
Está chiflada, pensó , tanto lío por un insecto.
Micaela tomó sin mirar la hoja de cuaderno . Luego envolvió al grillo con la delicadeza de quien envuelve a un muerto con una mortaja.
Nunca les habían permitido tener un perro o un gato, por eso, tal vez,  Micaela se encariñaba con cualquier bicho, siempre que no fuera una araña o una cucaracha (no le gustaban pero no las mataba).
Vamos al fondo, lo enterraremos allá, debajo del ciruelo.
¿Ahora? Está oscureciendo, ¿no podemos hacerlo mañana?
No, lo hacemos ahora, buscá una cuchara o algo para remover la tierra, dale,  andá. 
Andá vos ¿Creía su hermana que ella era su mucama?  Pero miró el pequeño envoltorio y fue a buscar la cuchara a la cocina.
¿Qué llevás ahí? preguntó su madre. 
Enseguida la traigo…Y salió corriendo sin darle tiempo a detenerla. 
Vamos a hacerlo rápido antes que se haga de noche.
Se hincó en el suelo, hizo un hoyo pequeño en el cual pusieron el grillo envuelto en su mortaja de papel rayado. 
Vení, arrodillate, le diremos algunas oraciones, ordenó Micaela. 
No sé rezar, contestó Agustina. Ya empezaba a tiritar aunque todavía no estaban en invierno.
 Sin mucha convicción se arrodilló junto a su hermana y murmuró algo parecido a una oración que acabó con un ferviente pedido: Diosito, por favor, que hoy mamá no cocine lentejas.



Ruben Amato

Ternura  III  
Ruben Amato

El único que no dormía la siesta era Luciano. Su abuelo le regalaba casi todos los veranos una libreta con espiral que a él le gustaban tanto y después de comer, antes de tirarse a descansar, le decía:         
-“Vos quedate acá y escribí que yo duermo un poco y después te voy a dictar una cosa”
Luciano se quedaba medio jugando, medio dibujando hasta que a eso de las cinco la casa volvía a ser la de siempre. Pero claro, después el abuelo estaba muy ocupado arreglando algo con enchufes y tornillos. O acomodándose para tomar mate mientras le lustraba los zapatos a todos. Y a Luciano lo venían a buscar los chicos de al lado para jugar un cabeza en la vereda. Después se tenía que bañar para tomar la leche con pan con manteca. Y más tarde salir con la bici a dar vueltas a la manzana… que la libretita quedaba por ahí, arriba de la heladera o en lugares increíbles.


El niño, mientras pedaleaba, pensaba: “no se puede ser escritor con tantas ocupaciones”

Pedro Juan Soto

Campeones Pedro Juan Soto

El taco hizo un último vaivén sobre el paño verde, picó al mingo y lo restalló contra la bola quince. Las manos rollizas, cetrinas, permanecieron quietas hasta que la bola hizo "clop" en la tronera y luego alzaron el taco hasta situarlo diagonalmente frente al rostro ácnido y fatuo: el ricito envaselinado estaba ordenadamente caído sobre la frente, la oreja atrapillaba el cigarrillo, la mirada era oblicua y burlona, y la pelusilla del bigote había sido acentuada a lápiz.
¿Qui'ubo, men? -dijo la voz aguda-. Ése sí fue un tiro de campión, ¿eh?
Se echó a reír, entonces.
Su cuerpo chaparro, grasiento, se volvió una mota alegremente tembluzca dentro de los ceñidos mahones y la camiseta sudada.
Contemplaba a Gavilán -los ojos, demasiado vivos, no parecían tan vivos ya; la barba, de tres días, pretendía enmarañar el malhumor del rostro y no lo lograba; el cigarrillo, cenizoso, mantenía cerrados los labios, detrás de los cuales nadaban las palabrotas- y disfrutaba de la hazaña perpetrada.
Le había ganado dos mesas corridas. Cierto que Gavilán había estado seis meses en la cárcel, pero eso no importaba ahora. Lo que importaba era que había perdido dos mesas con él, a quien estas victorias colocaban en una posición privilegiada. Lo ponían sobre los demás, sobre los mejores jugadores del barrio y sobre los que le echaban en cara la inferioridad de sus dieciséis años -su "nenura"- en aquel ambiente. Nadie podría ahora despojarle de su lugar en Harlem. Era el nuevo, el sucesor de Gavilán y los demás individuos respetables. Era igual... No. Superior, por su juventud: tenía más tiempo y oportunidades para sobrepasar todas las hazañas de ellos.
Tenía ganas de salir a la calle y gritar: "¡Le gané dos mesas corridas a Gavilán! ¡Digan ahora! ¡Anden y digan ahora!" No lo hizo. Tan sólo entizó su taco y se dijo que no valía la pena. Hacía sol afuera, pero era sábado y los vecinos andarían por el mercado a esta hora de la mañana. No tendría más público que chiquillos mocosos y abuelas desinteresadas. Además, cierta humildad era buena característica de campeones.
Recogió la peseta que Gavilán tiraba sobre el paño y cambió una sonrisa ufana con el coime y los tres espectadores.
-Cobra lo tuyo -dijo al coime, deseando que algún espectador se moviera hacia las otras mesas para regar la noticia, para comentar cómo él, Puruco, aquel chiquillo demasiado gordo, el de la cara barrosa y la voz cómica, había puesto en ridículo al gran Gavilán. Pero, al parecer, estos tres esperaban otra prueba.
Guardó sus quince centavos y dijo a Gavilán, que se secaba su demasiado sudor de la cara:
-¡Vamos pa'la otra?
-Vamoh -dijo Gavilán, cogiendo de la taquera otro taco para entizarlo meticulosamente.
El coime desenganchó el triángulo e hizo la piña de la próxima tanda.
Rompió Puruco, dedicándose en seguida a silbar y a pasearse alrededor de la mesa elásticamente, casi en la punta de las tenis.
Gavilán se acercó al mingo con su pesadez característica y lo centró, pero no picó todavía. Simplemente alzó la cabeza, peludísima, dejando el cuerpo inclinado sobre el taco y el paño, para decir:
-Oye, déjame el pitito.
-Okey, men -dijo Puruco, y batuteó su taco hasta que oyó el tacazo de Gavilán y volvieron a correr y chasquear las bolas. Ninguna se entroneró.
-Ay, bendito -dijo Peruco-. Si lo tengo muerto a ehte hombre.
Picó hacia la uno, que se fue y dejó a la dos enfilada hacia la tronera izquierda. También la dos se fue. Él no podía dejar de sonreír hacia uno y otro rincón del salón. Parecía invitar a las arañas, -¡Cuidado con echarme fufú! -dijo, encrespándose.
Y Gavilán:
-Ay, deja eso.
-No; no me vengah con eso, men. A cuenta que estah perdiendo.
Gavilán no respondió. Centró al mingo a través del humo que le arrugaba las facciones y lo disparó para entronerar dos bolas en bandas contrarias.
-¿Lo ve? -dijo Puruco, y cruzó los dedos para salvaguardarse.
-¡Cállate la boca!
Gavilán tiró a banda, tratando de meter la cinco, pero falló. Puruco estudió la posición de su bola y se decidió por la tronera más lejana, pero más segura. Mientras centraba, se dio cuenta de que tendría que descruzar los dedos. Miró a Gavilán con suspicacia y cruzó las dos piernas para picar. Falló el tiro.
Cuando alzó la vista, Gavilán sonreía y se chupaba la encía superior para escupir su piorrea. Ya no dudó de que era víctima de un hechizo.
-No relajeh, men. Juega limpio.
Gavilán lo miró extrañado, pisando el cigarrillo distraídamente.
-¿Qué te pasa a ti?
-No -dijo Puruco-; que no sigah con ese bilongo.
-¡Adió! -rió Gavilán-. Si éhte cree en brujoh.
Llevó el taco atrás de su cintura, amagó una vez y entroneró fácilmente. Volvió a entronerar en la próxima. Y en la otra. Puruco se puso nervioso. O Gavilán estaba recobrando su destreza, o aquel bilongo le empujaba el taco. Si no sacaba más ventaja, Gavilán ganaría esta mesa. Entizó su taco, tocó madera tres veces y aguardó turno. Gavilán falló su quinto tiro. Entonces Puruco midió distancia. Picó, metiendo la ocho. Hizo una combinación para entronerar la once con la nueve. La nueve se fue luego. Caramboleó la doce a la tronera y falló luego la diez. Gavilán también la falló. Por fin logró Puruco meterla, pero para la trece casi rasga el paño. Sumó mentalmente. No le faltaban más que ocho tantos, de manera que podía calmarse.
Pasó el cigarrillo de la oreja a los labios. Cuando lo encendía, de espaldas a la mesa para que el abanico no apagara el fósforo, vio la sonrisa socarrona del coime. Se volvió rápidamente y cogió a Gavilán in fraganti: los pies levantados del piso, mientras el cuerpo se ladeaba sobre la banda para hacer fácil el tiro. Antes de que pudiera hablar, Gavilán había entronerado la bola.
-¡Oye, men!
-¿Qué pasa? -dijo Gavilán tranquilamente, ojeando el otro tiro.
-¡No me vengah con eso, chico! Así no me ganah.
Gavilán arqueó una ceja para mirarlo, y aguzó el hocico mordiendo el interior de la boca.
-¿Qué te duele? -dijo.
-No, que así no -abrió los brazos Puruco, casi dándole al coime con el taco. Tiró el cigarrillo violentamente y dijo a los espectadores-: Uhtedeh lo han vihto, ¿veldá?
-¿Vihto qué? -dijo, inmutable, Gavilán.
-Na, la puercá esa -chillaba Puruco-. ¿Tú te creh que yo soy bobo?
-Adioh, cará -rió Gavilán-. No me pretgunteh a mí, porque a lo mejol te lo digo.
Puruco dio con el taco sobre una banda de la mesa.
-A mí me tieneh que jugar limpio. No te conformah con hacerme cábala primero, sino que dehpueh te meteh hacer trampa.
-¿Quién hizo trampa? -dijo Gavilán. Dejó el taco sobre la mesa y se acercó, sonriendo, a Puruco-. ¿Tú diceh que yo soy tramposo?
-No -dijo Puruco, cambiando de tono, aniñando la voz, vacilando sobre sus pies-. Pero eh qui así no se debe jugar, men. Si ti han vihto.
 Gavilán se viró hacia los otros.
-¿Yo he hecho trampa?
Sólo el coime sacudió la cabeza. Los demás no dijeron nada, cambiaron de vista.
-Pero si ehtabah encaramao en la mesa, men -dijo Puruco.
Gavilán le empuñó la camiseta como sin querer, desnudándole la espalda fofa cuando lo atrajo hacia él.
-A mí nadie me llama tramposo.
En todas las otras mesas se había detenido el juego. Los demás observaban desde lejos. No se oía más que el zumbido del abanico y de las moscas, y la gritería de los chiquillos en la calle.
-¿Tú te creeh qui un pilemielda como tú me va llamar a mí tramposo? -dijo Gavilán, forzando sobre el pecho de Puruco el puño que desgarraba la camiseta-. Te dejo ganar doh mesitah pa que tengas de qué echártelah, y ya te creeh rey. Echa p'allá, infelih -dijo entre dientes-. Cuando crehcas noh vemo.
El empujón lanzó a Puruco contra la pared de yeso, donde su espalda se estrelló de plano. El estampido llenó de huecos el silencio. Alguien rió, jijeando. Alguien dijo: "Fanfarrón que es".
-Y lárgate di aquí anteh que te meta tremenda patá -dijo Gavilán.
-Okey, men -tartajeó Puruco, dejando caer el taco.
Salió sin atreverse a alzar la vista, oyendo de nuevo tacazos en las mesas, risitas. En la calle tuvo ganas de llorar, pero se resistió. Eso era de mujercitas. No le dolía el golpe recibido; más le dolía lo otro: aquel "cuando crehcas noh vemo". Él era un hombre ya. Si le golpeaban, si lo mataban, que lo hicieran olvidándose de sus dieciséis años. Era un hombre ya. Podía hacer daño, mucho daño, y también podía sobrevivir a él.
Cruzó a la otra acera pateando furiosamente una lata de cerveza, las manos pellizcando, desde dentro de los bolsillos, su cuerpo clavado a la cruz de la adolescencia.
Le había dejado ganar dos mesas, decía Gavilán. Embuste. Sabía que las perdería todas con él, de ahora en adelante, con el nuevo campeón. Por eso la brujería, por eso la trampa, por eso el golpe. Ah, pero aquellos tres individuos regarían la noticia de la caída de Gavilán. Después Mamerto y el Bimbo. Nadie podía detenerle ahora. El barrio, el mundo entero, iba a ser suyo.
Cuando el aro del barril se le enredó entre las piernas, lo pateó a un lado. Le dio un manotazo al chiquillo que venía a recogerlo.
-Cuidao, men, que te parto un ojo -dijo, iracundo.
Y siguió andando, sin preocuparse de la madre que le maldecía y corría hacia el chiquillo lloroso. Con los labios apretados, respiraba hondo. A su paso, veía caer serpentinas y llover vítores de las ventanas desiertas y cerradas.

Era un campeón. Iba alerta sólo al daño.  

Ivan Wielikosielek


El hijo durazno y su 
crucifijo espantamaricones
 Ivan Wielikosielek

La última vez que fui a visitar a mi padre (ésto fue en la casa de mi abuela del pueblo) mientras comíamos el postre, yo le pregunté si los duraznos no tendrían padres y abuelas también.
-Por qué no te dejás de preguntar pelotudeces...-me dijo él.
 Mi abuela no abría la boca. Simplemente servía adamascadas mitades de duraznos al natural conservados en almíbar en unas compoteritas de cristal. Las mitades de duraznos se parecían a ojos arrancados de vacas anaranjadas. Me acuerdo que ésto fue lo que pensé pero no lo dije.  Por ese entonces yo me imaginaba cosas sin pies ni cabeza todo el tiempo, quizás como reacción natural a los momentos de mortal aburrimiento que me tocaba vivir en la escuela o familia. Era el primer día de lo que sería mi estadía estival y entonces apenas tenía nueve años, ya extrañaba mi cuarto con libros de cuentos en la casa de mi tía, el vértigo de la ciudad, mi barrio de las afueras y las siestas en las que nos juntábamos en la placita con Luis y su hermana lila, que años después terminaría siendo mi primera novia.
-Pero si en este mundo todo tiene padre y madre, también los duraznos tendrían que tenerlos ¿ no?. Al menos así nos explicaron en la clase de biología cuando nos enseñaron la polinización de las flores... Y si algo tiene padre y madre...
-Acabala- me cortó mi padre abruptamente.
Si algo tiene padre y madre -retomé-, con cierto temor al reto, a la vez que con un tono que desafiaba el cachetazo- entonces todas las cosas deberían tener también hijos y abuelos; nietos y bisnietos... 
Mi abuela me miraba sin decir nada, como si yo fuera un extraño que divagaba y al cual había que seguir para el lado que disparaba; esa estrategia tan burguesa de ignorar; como si ante sus ojos viera un lunático y no lo que en realidad era yo por esos tiempos, un insoportable pibe de la ciudad que sencillamente estaba en otra frecuencia.
...Y si un durazno es hijo de un duraznero, y ese duraznero es a la vez hijo de otro duraznero, entonces quiere decir que los duraznos que estamos comiendo...
-Terminala y no me hagás repetir las cosas, maricón de mierda -me dice mi padre "calificándome" por primera vez en la vida, mientras tritura con un ruido de mordiscos de manzanas del Edén un pedazo de pulpa endurecida.
...Son los nietos decapitados del duraznero viejo...
Silencio tenso. 
-A ver, chico, dame que te sirvo- dice mi abuela para romper el hielo.
Mi abuela, que viene del norte, conserva la costumbre de la servidumbre y el silencio. Aquí sólo aprendió la inclinación a la superstición de la gente del campo.  Si yo hubiese dicho que vi un durazno fosforeciendo como la luna y que los colonos lo tomaron como una aparición; ella se hubiese persignado y diría, poniéndose muy seria, " son mensajes secretos, presagios", como le dijo a Doña Delia cuando ésta le contó aquella historia. Resulta que un "croto  con un perro herido que se parecía a un lobo", le había golpeado la puerta. El hombre le pedía agua y vendas para curar al animal. Pero cuando la mujer salió con los auxilios, el hombre ya no estaba. En su lugar había un perro muerto, que no era el mismo que había traído el croto sino otro más chiquitito; el perro de Doña Herminda, la vieja del almacén del barrio. "Son mensajes secretos, presagios" había dicho mi abuela. Doña Delia no tenía dudas: quien le había golpeado la puerta era el diablo. Pero si en vez de hablar de ocultismo yo hacía una sencilla pregunta sobre el árbol genealógico de una fruta, ya se me trataba de imbécil, de "maricón de mierda", y la única respuesta a mi inquietud era el silencio. Porque para mi abuela y mi padre, hablar era solamente afirmar; pero jamás construir castillos de pensamiento. Ni qué decir de una simple chocita con la imaginación.
-Entonces- le digo a mi padre mientras tritura la cuarta mitad y el jugo color miel se le cuela por el mentón recién afeitado, casi feminoide... entonces yo voy a ser el primer hijo de un durazno... Así que te hago una pregunta " papá durazno" ¿ por qué mordés a los nietos tuyos que fueron asesinados, descuartizados, enlatados y ... 
El cachetazo de "papá durazno" cruza la cara del hijo dejándola como una fruta machucada y vieja.
-Este boludo me va a salir puto, yo siempre te dije, mamá, este boludo me va a salir puto...
Yo me reí. Es decir, "el hijo durazno" se rió.
Mi padre, que vivía bajo las polleras de su madre, mi padre, que no había sabido qué hacer cuando mi madre se envenenó aquella mañana y yo apenas tenía dos años; mi padre que no se había opuesto a que yo me fuera a la ciudad a vivir con su cuñada, él, justamente él, mi padre, acababa de arriesgar una hipótesis acerca de mi "futuro sexual". 
Estuve varios años sin ir a visitarlo desde entonces. Mi tía ya no me dejó volver al pueblo al ver las marcas que me dejó en la espalda con el cinto. Esto fue días  después cuando yo le pregunté al verlo despertar"¿Y?      ¿cómo amaneció el papá del puto?.
Pasó el tiempo y contra todos los pronósticos, yo no me convertí en maricón, sino en un escritor de literatura para niños.  Cuando empecé estas líneas pensé que estaría escribiendo un nuevo cuento infantil para mi libro "El hombre Choclo y su  Crucifijo Espantacuervos".  Pero no fue así. Lamentablemente cuando apareció la imagen de mi padre, yo sentí, como aquella vez de los duraznos, que se me terminaba la imaginación, que se me terminaba la niñez.
 La última vez que lo vi fue hace cuatro años desde la ventanilla del colectivo.  Caminaba como perdido por la estación de servicio del pueblo.  Estaba muy cambiado. Flaco hasta los huesos y con una ropa celeste y verde pegada a la piel.  Según me dijeron, hace un tiempo que ronda por los paradores y estaciones y que por cinco pesos se la... a los camioneros que se aprestan a pasar la noche al costado del camino.

Isabel Ali


Metamorfosis 
Isabel Ali

No saben que están creciéndome. Nadie sabe. Y nadie debe saberlo. Es mejor así. Si se lo contara a papá o a mamá, tal vez querrían ver… y me da mucha vergüenza. No voy a decirles. A esta altura ya estoy grandecita y no irrumpen en el baño cuando me ducho. Golpean la puerta de mi cuarto antes de entrar y eso me da tiempo de cubrirme para que no me vean. No voy a la playa, no salgo con chicos, no me exhibo. Trato de que no se noten. Cada vez me cuesta más porque empiezan a sobresalir y son turgentes. Al principio eran como dos lunares con relieve, unas ínfimas protuberancias del color del té con leche, simétricas a simple vista, aunque siempre supe que la derecha era una pizca más grande que la izquierda. Lo sé porque pasé horas mirándolas en el espejo, con el estómago anudado por la curiosidad morbosa que me provocaba que estuvieran allí. Todos los días volvía a observarlas con ojo crítico, cotejando la variación del color y del tamaño con la visión grabada en la memoria del examen del día anterior. ¡Cuántos interrogantes me surgían en aquel tiempo! ¡Cuántas ideas locas! Recuerdo que uno de mis mayores temores era que “algo” les saliera desde adentro. Fantaseaba con un líquido amarillento y maloliente que chorrearía, sin que pudiera controlarlo, pringándome la piel y manifestándose ante todo el mundo por medio de aureolas inmundas embebidas en mi ropa. Armaba pañuelitos de papel higiénico y los usaba para comprobar que estaban secas y, a veces, me dejaba los pañuelitos debajo de la camiseta ajustada para prevenir un posible derrame mientras dormía. Ésa fue mi primera obsesión. Nunca me causó ansiedad ni angustia alguna otra parte de mi cuerpo. Ni tampoco otra parte me produjo el orgullo que me producen.  Tuve una época de palparlas a diario, inicialmente para comprobar su textura y su volumen. Después lo hacía porque me provocaba un placer enorme rozarlas con la yema de los dedos, masajearlas, dejar que el chorro del agua les cayera encima como una lluvia reconfortante. Todavía lo hago de vez en cuando. Y sé que cuando alcancen su dimensión total podré darme el lujo de permitir que el sol les resbale encima, que el viento las acaricie. Ya sé cómo se siente la caricia del viento. Lo sé porque, a solas y con la puerta cerrada con llave, algunas noches las pongo frente a la ráfaga fresca del ventilador. Primero se erizan; dura un instante. Inmediatamente se distienden y se inflaman como si el aire se les metiera adentro y las hiciera vibrar suavemente, como si al aire le pertenecieran y la libertad entrara desde allí para desparramarse por todo mi ser. Si bien comprendo que la sensación tiene mucho que ver con la ausencia de la ropa, tengo la certeza de que, también, existe una cuestión más profunda. Evidentemente, a medida que crecen, la ropa que necesito usar para ocultarlas se vuelve más pesada, más voluminosa. Ya no puedo vestir algo ajustado o llamativo, ni algo que al trasluz deje adivinarlas. Incluso mi postura se modificó: irremediablemente, en público, debo torcerme para disimularlas. Pero ninguno de esos inconvenientes opaca la satisfacción que me embarga, la felicidad, la maravilla de saber que ahí están y que en un futuro podré usarlas. Ahora caben en el hueco de mi mano. ¿Cómo serán dentro de un par de años? Las imagino inmensas, cubiertas completamente por esas suaves plumas que me están naciendo desparejas, desplegadas en una amplitud que me permita planear en aras de la levedad del cielo despejado. Las imagino tendidas desde el extremo de uno a otro de mis brazos abiertos en cruz. Y podré volar a mi antojo por encima de todo lo que hoy me aísla.

No saben que mis alas están creciendo. Nadie sabe. Y nadie debe saberlo.

Nacha

Haide Daiban


                                            REFORMAS  Haide Daiban
        
Una puerta en la pared se abre a otra puerta y a una tercera.¿Cada vez más pequeñas?, no cada vez más grandes…Traté de abrirla justamente ayer, y no, no se abrió, parece que es solo pared o que la sellaron.
 Y si usted viera qué hermosa puerta vi yo, pintada en un verde pastel con manijas y picaportes de oro.
 Tenía la ilusión de llegar solo por allí al jardín  y me imaginé los rododendros,(porque es época de rododendros), y los plantines de primavera, los jazmines del país cayendo por las paredes, las glicinas, tan violetas ellas, colgando de la glorieta y un pequeño cenador rodeado, atrapado por hiedras y bignonias, esperándome con su cálida sombra.  
 Yo, por supuesto, me hubiese sentado allí a tomar un exquisito té inglés con dulce de naranjas, si las abejas me lo permitieran.
 Bien, concluyo, lo cierto es que el pintor decorador me hizo la mejor jugarreta sin consultar siquiera si el arte me interesaba, si aceptaba bloquear esa supuesta y romántica salida en la pared del comedor.


 Y me negó el Edén

Jenara García Martín


               
                           CARTA A PLATERO 
                                            Jenara García Martín 

¿No sé cómo hacerte llegar esta carta, Platero? 
Yo te la quisiera llevar en persona a Moguer, a ese pueblo donde naciste, pueblo blanco de Andalucía – Sur de España – con una geografía de épocas remotas y sus callejuelas estrechas, empinadas, floridas (…)
“Platero es pequeño. Peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos; es tierno y mimoso igual que un niño” . 
Cumples cien años de éxito entre los lectores que te admiramos y yo quiero decirte “FELIZ CUMPLEAÑOS”, porque fue en 1917 cuando  gracias a la edición definitiva de la Editorial Calleja te liberaron de vivir en esa semioscuridad que te encontrabas desde la Navidad de 1914, y  fuiste reconocido con destacado lirismo, y tuviste el éxito que te merecías. 
Me pregunto ¿acaso habrá un servicio de correos que llegue hasta  tu cielo de borriquillo humilde, donde ahora trotarás feliz? 
Claro está,  que tal vez sea suficiente llegar a Moguer, hasta el huerto escondido de la Piña, junto al pino redondo bajo el cual eligieron el lugar para que tu cuerpo peludo que se decía “era de algodón”, descansara rodeado de todos los elementos de la naturaleza que tú contemplabas en tu  trote juguetón y que estallarán para que  Abril vuelva a cubrir la tierra con su alfombra de “lirios amarillos.” 
En Moguer  -lo ha contado  Don Juan Ramón -: ”El aire es transparente y huele - según sea la estación, según de qué costado sople el viento- a naranjal, a viña, a pinos, a marisma”.  Aquí en cambio, ¡si vieras qué tristeza! La suciedad ha obscurecido el cielo y el aire huele a humo, y a gas-oil y a polvo de alquitrán. Sólo por respirar profundo y a gusto,  valdría la pena de ir a Moguer.  Pero es que además,  ¡es tan hermoso lo que quiero decirte!
¡Escúchame Platero! Tú vas a revivir. Fíjate bien que no te he dicho que vas a resucitar. Para resucitar tendrías que haber muerto, y tú Platero, gracias a tu creador eres inmortal, no morirás jamás. Revivir sí que puedes. Y lo harás en un mundo, nuevo ¿de verdad?, ¿de mentira?, lleno de magia, en todo caso.
¿Por qué? , preguntarás.
Por que los niños que jugaban contigo, han crecido: son hombres y mujeres, eso es cierto. Pero detrás de ellos, vinieron otros niños. Niños que nada saben de Moguer, - “pueblo dorado y blanco – dorado como una hogaza de pan; transparente,  como una caña de cristal grueso y claro que espera todo el año bajo el  cielo azul, su vino de oro”. Otros niños que quizá nunca oyeron el canto de los grillos, que tal vez no han visto nacer el pan, ni el vino. Ni florecer los lirios: “tus lirios amarillos”; que a fuerza de aprender cosas extrañas, Platero amigo, han olvidado las cosas más humildes, más bellas, más sencillas (…)
¿Quién podría enseñarles esas cosas mejor que tú, Platero?
Tal vez nadie. Por eso es importante que vivas otra vez, verás cómo te gusta el nuevo escenario y sus actores. Verás cómo te gusta hacerte amigo de estos otros niños Verás como te quieren y cómo te vas a divertir, trotando junto a ellos.
Platero, tú nos ves ¿verdad? ¡Tú nunca nos dejarás!-

          

Negro Hernández


Mi amigo Felipe 
Negro Hernández

Te lo cuento a vos porque me vas a entender y no te vas a cagar de risa ni pensar que soy un boludo y a mi jermu menos, va a decir que soy un romántico fuera de époc. Me da vergüenza contarlo, tengo miedo que me vean aflojar, vos como yo nosotros nos criamos cuando los hombres no debían llorar. Te imaginás, yo que soy de familia vasca si me ven mis primos,  mis hermanos, mis viejos que están en el cielo, seguro que me destierran del clan.  El asunto es que una noche llego a mi casa después del trabajo y Felipe me estaba esperando detrás de la puerta como es su costumbre. Yo entré recaliente con él por lo que había sucedido a la mañana cuando salimos a pasear. Lo miré fijo, él sabía que lo iba a retar y casi se puso a llorar. Se me aflojaron las piernas, junté coraje y me lo lleve al cuarto donde tengo la computadora, los libros y los cuadros con las fotos de Racing, ¿lo conocés?. No quería que me escuchara mi mujer. Lo senté enfrente mío y lo miré fijo a los ojos, él se hacía el distraído como si nada hubiera pasado, como silbando para un costado, pero me mantuve firme y lo encaré. Mirá Felipe, lo que hiciste esta mañana no tiene perdón de Dios, me hiciste quedar mal con todo el vecindario. No, no me hagas así con la cabeza, ¡Escucháme!. Te dije veinte veces que no podes andar husmeando en el trasero de las hembras, no podes manosearlas por atrás y más aún cuando estoy hablando con la vecina del cuarto piso, esa a la que le hacés las gracias cuando viene a cobrar las expensas.  Todos los transeúntes se daban vuelta para mirarte. No, no me digas que andás alzado, que es el instinto, que son las hormonas de la adolescencia, ni que necesitas una descarga emocio. Si hasta el policía que cuida el banco de enfrente me hacía  señas para que te separe. Acordáte que un tachero detuvo el taxi y te aplaudía, el colectivero del 60 hizo sonar la bocina cagándose de risa, el repartidor del super te gritaba ¡ídolo! y hasta la monjita del Sagrado Corazón cruzó la calle para evitar la tentación. Y vos dale y dale saltando por atrás en dos patas. No, no me digas que a ella le gustaba y  que fue con su consentimiento. Mientras lo iba retando Felipe fue bajando la cabeza hasta que escuché un gemido de dolor, esta acongojado y respiraba con dificultad. Me callé, levantó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas y se subió a mis rodillas pidiendo perdón. Yo le acaricié el lomo suavemente y nos quedamos así un buen rato. Entonces mi jermu abrió la puerta y empezó a rezongarme por las cosas de siempre. Me levante del asiento y Felipe se puso al lado mío. Mientras escuchaba los reproches él me miraba piadosamente como diciendo las cosas que tenés que aguantar. Felipe la miró con odio y se le puso a labrar. Te juro que nunca lo había visto así, tuve miedo que la atacara y le mordiera el cuello.  A vos te parece, resulta que unos minutos antes yo lo cago a pedos y me sale a defender. Ese es mi amigo Felipe. La voz del Gordo se entrecortó y su cara se puso colorada como cuando toma vino con soda. Yo la anécdota ya la conocía, me la contó 20 veces. El  dolor del Gordo es tan grande que se conmueve como una criatura. Perdonáme la escena Negro, hoy hace un año que Felipe se fue al cielo de los perros. Esa noche subí al auto con Felipe envuelto en una manta y me fui con mi mujer al pueblo donde están enterrados mis viejos. Lo velamos en la casa de mi prima toda la noche. Al día siguiente lo llevamos al cementerio. Don Germán, el cuidador del lugar y amigo de la familia, me dejó enterrarlo debajo de un árbol junto al camino central, mañana voy a llevarle unas flores, ¿me acompañas? En el café se produjo un silencio profundo que duró más de un minuto, como si los parroquianos hubieran escuchado el relato y le hicieran un homenaje a Felipe. Vos sabés Negro que más de una vez se me aparece de noche y se sube a mi cama para que lo acaricie, después se baja, y se acuesta sobre mis chinelas.  En esoel Gallego trajo las cervezas. Paga la casa, dijo. 
                

Carolina Gorlero


                        Amasijo Carolina Gorlero

Alejandro toma la masa del molde que está junto al horno, tibia, levada. La deja a un costado y esparce la harina por la mesa en un acto casi mágico. Apoya las manos gruesas sobre el polvo blando y las deja reposar un rato allí. Duda entre hacer pan o pizza con ese bollo que espera. Lo toma. Sigue tibio y espumoso. Penetra la masa moviendo circularmente los dedos, dándole forma. La arroja por los aires y observa, maravillado, cómo se transforma en paloma hasta que vuelve, tibia (más que antes) a sus manos. Repite la acción una y otra vez Alejandro, y el bollo va tornándose gorrión, águila batiendo sus alas contra la densidad del aire; aire enchastrado de harina.
 Ahora golpea contra el mármol, con fuerza, con furia ; lo estruja contra el borde de la mesa, lo exprime, lo amasija como queriendo darle vida. Y el bollo responde; es conejo, ciervo, la barba de papá Noel, una nube. “Ahora estáte quieto”, le susurra y huele su delicado aroma fresco. Lo deja reposar otro poco. ( Aún ni ha decidido entre pizza o pan ). Advierte, divertido, su delantal desabrochado y su cocina embadurnada de polvo de color. Nuevamente mira la pasta con ternura y, como si se tratara de una hija propia, la acaricia, la peina, le juega. Se pregunta, inquieto, qué hará con ella.
(No puede definir su destino, tema cometer un error ).
Sobre una melodía conocida, Alejandro inventa una letra que canta para sí: “Loco, ¡loco ! Me he vuelto en este instante . . .  loco de amor por vos”, grita, riendo a carcajadas con risa de burbuja, risa de pompas de jabón. Sí, se ha encariñado con aquella masa.
Todavía riendo, escoge el palo de amasar del cajón de utensilios culinarios y, con pasos de baile, gira recorriendo la cocina. Entona su canción, modificando siempre la letra, utilizando el palo como micrófono. ¡Quién lo viera a Alejandro!, tan feliz, tan espontáneo, tan artista.
Terminada la danza, se sienta junto a la mesa, empapado de sudor y de alegría. Se estira para alcanzar el bollo y, una vez que lo logra, frota sus manos frenéticamente para formar con él una pelota.  Vuelve a  ponerse  de  pie,  empujando hacia        atrás la silla, concentrado. Coloca con cuidado la nueva pelota en el centro de la mesa, mira de reojo a su alrededor y, tomando una rápida decisión, lanza un tiro que derriba las botellas allí apiladas.
“¡Chuza!”, dispara sonriente, sin importarle el desorden ocasionado. “¡Chuzita, mi amor para vos!” .
Alejandro acomoda la masa que se ha caído al suelo, sobre su cabeza, intentando caminar, sin que se caiga, por una línea imaginaria. El piso está sucio, lleno de harina, de trozos de vidrio, de manchas de manteca. En conjunto, la cocina parece un gran circo. Como si fuera un equilibrista, Alejandro camina por la unión de las baldosas hasta llegar al horno; con un encendedor en la mano que le ha quedado libre (la otra sostiene la masa en su cabeza) lo abre. Se asoma para cerciorarse de que está vacío. Por un momento cree encontrarse en la boca de un león al que debe domar, pero es sólo una idea suya. Finalmente acerca el encendedor a la boca y el horno se enciende. Se levanta de un salto y advierte sorprendido que el bollo se le ha caído. “¿Así que querés jugar a las escondidas?”, pregunta ansioso y comienza a contar en una voz muy alta, mientras observa a su alrededor en busca de algún movimiento. “Sólo contaré hasta cincuenta, así que date prisa”, avisa. Una vez terminada la cuenta sale en su búsqueda. Corre los muebles, mira debajo de los trozos de vidrio que recoge uno por uno, abre la heladera y todas las puertas de la alacena, se fija en cada cajón. No encuentra nada. Para tranquilizarse, canta la canción que ha inventado: “ Loco, loco de amor por vos”.
Continua buscando dentro de los tapers, en la yerbera,  en  los  frascos  de  vidrio.  Y nada. . . . .
¿Dónde estás?”, murmura con un hilo de voz. Se escucha un barullo en alguna parte, pero es un sonido lejano, indefinido. Se le ocurre entrar al lavadero (contiguo a la cocina) con la ilusión de hallarlo  escondido, pero  allí  tampoco hay  nadie.
Vuelve a oír esa especie de alboroto, como explosiones de maíz, pero no logra descifrar de dónde sale  el sonido.
Alejandro está nervioso, ya no le gusta el juego.
“¡Salí de ahí, dondequiera que estés!”, le ordena. Pero no obtiene respuesta. Mueve las manos, nervioso. Las retuerce, las friega contra su delantal, da palmadas contra los muebles. Está realmente fuera de sí. Y ese sonido que vuelve a oírse como un revoloteo, como un revoloteo. Alejandro se para en medio de la cocina. Frunce el ceño (tiene las cejas gruesas, los pómulos porosos). Patea el suelo, llenando el aire de harina. No comprende qué sucede.
“¿Qué mal te he hecho yo, por qué te escapás de mí, mon amú ?”. Está frenético. Y ese sonido que lo exaspera, un ruido como un revoloteo. Vuelve a patear el piso y a mover las manos. Sigue quieto en medio de la cocina. “No me dejes solo, no quiero estar solo”, dice mientras se rasca la oreja. “No me abandones, vos también”.
Alejandro escucha nuevamente ese sonido proveniente de no sabe dónde. Da unos pasitos hacia delante. Otros más. Comprende que aquello tan molesto sale del horno; ese ruido como un revoloteo, y lo sobrecoge un repentino miedo. “No quiero domarte, maldito león”, le grita furioso. “Aléjate de mí”.
El sonido sigue escuchándose más y más fuerte, más rápido, constante. Ese sonido como un revoloteo, un revoloteo. Ahora el temor se transforma en odio y Alejandro corre contra el horno que cree animal y le tira su cuerpo repetidas veces, dando patadas en el aire, escupiéndolo.  Decide abrirle la la boca. Toma una escoba y le pega con fuerza. “Ahí tenés”, le grita. Pero, el ruido no cesa.
 Ya cansado, mete el palo como palanca para abrir la boca del felino. Lo intenta una vez, fracasa.
Vuelve a probar: esta vez lo logra.


Para su sorpresa, de la boca del león sale una bandadas de palomas, que revolotea inquieta, da unas vueltas en círculo y se va por la ventana abierta del lavadero, dejándolo solo en medio de la cocina. 

Adela Leonor Carabelli

ANDABA A TIENTAS 
Adela Leonor Carabelli

Andaba a tientas. Tal vez la misma arena siga volando cerca. O una gota en la piedra. Es un paisaje interno entre resina y árboles. Más allá, en el mar abierto. Punto en el agua. Por aquí anduve y fui feliz. Asombro de estar viva. Es natural a mis pasos y me afirmo. Tanto tiempo pasé a la buena de Dios, que persisten montículos de ramas caídas, hojas secas, pastos. Materiales orgánicos de un bosque por el que caminé hace años, conservan su aliento fresco. Habrá que abrir caminos. Que la luz nos dé voz para cantar, y el abrazo nos reúna.


jueves, 25 de mayo de 2017

Carlos Margiotta

                                                   Coma profundo 
Carlos Margiotta

La noche es cálida. Una ligera brisa se escurre por la ventana entreabierta moviendo las cortinas de hilo blanco. Anita me ha cubierto con una sábana recién planchada, me ha besado en la frente y ha dejado todo en orden antes de irse a su casa. Anita es la más fea de todas pero la que mejor me cuida. Escucho caminar a la gente por los pasillos y veo sobre el triángulo luminoso que deja la luna sobre la pared que está frente a mí, las sombras dibujadas de las visitas que atraviesan el patio que conduce a la calle. Las noches aquí son tranquilas y yo las aprovecho para repasar los sucesos del día cuando nadie me molesta. Últimamente me cansan mucho las conversaciones a media voz de los parientes y que me muevan continuamente de un lado para el otro. Hoy vino mi mujer y lo primero que hizo fue protestar por la limpieza. ¿Acaso no sabe que la gorda Miriam viene a las diez de la mañana y pasa el lampazo? Después se quedó como una hora leyendo el diario y hablado por el celular. Por suerte, apenas me dirigió la palabra. Me tenes cansada, dijo antes de irse, y dejó ese perfume barato que usa ahora, impregnado la habitación de odio y resentimiento. Yo sé que son muchos meses que estoy aquí, que eso de venir casi todos los días para ver si necesito algo es tedioso, pero podría tener un poco más de decoro, de buena educación. A veces me avergüenza imaginármela paseándose como una puta, moviendo el culo por todo el sanatorio. El otro día escuché chusmear a las enfermeras de la mañana diciendo que mi mujer se encamaba con mi médico de cabecera, el doctor Donato. En mi estado ya no me importa, es más, creo que me metió los cuernos desde el día en que nos casamos, con aquél alumno que estudiaba matemáticas en el bachillerato para adultos, en fin.
Después vinieron dos compañeros del trabajo, Osvaldo y Norberto, hacía mucho que no los veía. No sé si vinieron por las suyas o los mandó el trompa para ver cuando me daban el alta. Osvaldo está más achacado y cuenta los mismos chistes de siempre. Norberto se está quedando pelado por tantos nervios y me contó las últimas novedades del laburo. Parece que Cristina se casa después de once años de noviazgo, ¿quién la aguanta?. Pero habitualmente estoy solo, hay días en que no veo a nadie y es cuando mejor la paso. ¡Anda a jugar a la calle, hacete amigo de los pibes del barrio!, decía mi vieja. Pero yo siempre fui un solitario empedernido, me gustaba jugar solo en la terraza de vieja casa, quizás es por eso que puedo soportar mi padecer. A la tardecita vino el señor -del que nunca me acuerdo el nombre- de los aparatos, y estuvo un rato revisando el monitor que esta conectado por un cable a mi cabeza y el otro que esta enchufado por una cinta adhesiva a mi pecho. Yo no los puedo ver porque están a los costados de la cabecera de la cama, pero seguro que me voy a dar cuenta cuando dejen de funcionar. Está en estado de coma profundo, dijo el jefe de guardia después del accidente. Ellos creen que uno no se entera de nada, pero se equivocan. Por ahora está inconsciente lo único que queda es esperar lo peor, le informaron a mi hijo mayor después de otra consulta con el neurólogo. Yo, aunque no lo parezca, escucho y veo todo. No me pida eso, no corresponde a nuestra ética profesional, le dijo el responsable de terapia intensiva a mi mujer mientras le tomaba las manos. Como estoy rígido y con los ojos cerrados piensan que estoy en otro mundo, más cerca del cielo que de la tierra. Tenga fe y paciencia señora, puede vivir unos días o en el mejor de los casos recuperarse en unos meses. Todos me tratan como una cosa, soy un objeto inútil que se interpone en el camino como un obstáculo. Lo único que quieren realmente, los muy hipócritas, es que me muera de una vez por todas para volver a vivir en paz.  Yo lo recuerdo todo perfectamente y podría contarlo si tuviera alguna manera de hacerme entender. Después del tortazo que me pegué en la autopista, juro que lo escuche y lo vi todo. Te puedo contar cuando llegó la policía y me sacaron entre los escombros del auto. Te puedo decir qué conversaban el chofer de la ambulancia con la mina que me sostenía la máscara de oxigeno en la boca, y hasta te puedo detallar lo que pasó cuando llegué al hospital. Menos mal que se enteró el monseñor y me trasladaron rápidamente al sanatorio de la congregación donde me atienden diez puntos. Las monjitas me tratan con mucha compasión y rezan por mí todos los días... también, con los favores que les hice. 
A veces pienso que estoy jugando a las escondidas y los recuerdos se agolpan en mi cerebro mutilado como para despedirme. ¡Punto y coma el que no se escondió, se embroma! Y yo estoy escondido. Me gustaba ver cómo jugaban los chicos en la vereda. Yo me sentaba en el escalón de la puerta de entrada y disfrutaba mirándolos correr y esconderse apretándose contra los árboles, en los zaguanes o entre los yuyos del baldío. Los pibes ponían cara de miedo y las chicas se hacían las asustadas. Una vez me invitaron a participar y me animé. Me hicieron contar hasta cien y fui descubriendo a uno por uno, yo conocía bien los escondites. Esa tarde de septiembre me excite por primera vez... No seas tontito, apretame fuerte, me pidió Norita detrás del auto estacionado. Y ahora, al recordarlo, me excito como entonces, en estado vegetativo y todo... si supieran.  
Amanece, los murmullos del pasillo vuelven cada mañana como la corriente de un río. El tren de las 5,30 hs. que va para San Miguel deja su estela de sonidos, cincopesospocaplata... cincopesospocaplata... cincopesospocaplata... al atravesar las manzanas del barrio. Entra Mirta y levanta las persianas, mira los monitores y anota los datos en una planilla, controla el suero que se clava con una aguja en mi brazo izquierdo. Después entra el médico de turno con unas ampollas azules en la mano que deja en la bandejita de metal junto a la jeringa. Mira mis ojos con una pequeña linterna subiéndome los párpados. De ahora en adelante dale esto. Bueno doctor. Son ordenes superiores. Bueno doctor. La enfermera coloca la medicación en nuevo envase de suero y lo cuelga en su lugar. Lo sospechaba, reconozco que diez meses es mucho tiempo, que deben necesitar la habitación para otro pobre desgraciado, o tal vez la obra social dejó de pagar la prestación y me tienen que rajar. Entra la monjita de los ojos grandes y se sienta a mi lado, dice una oración en un murmullo que no entiendo, creo escuchar... bendice a los que van a partir. Me empieza a doler la cabeza otra vez como en los primeros días. Podrían haber esperado un poco más los hijos de puta, hasta mi cumpleaños por lo menos. Lloro, estoy llorando desconsoladamente pero nadie se da cuenta. La veo a mamá pasearse entre las tinieblas con el vestido a lunares. ¡Mamá!... ¡Mamá!... grito. Ella se da vuelta, sonríe y me tiende la mano. ¡Vení, vení!, dice.

Lulú Colombo


                               El sueño del arpa
                                cuento de Lulú Colombo

En la calle Montevideo, cerca del río, una tibia tarde de otoño fluía la encantadora melodía de un arpa jugueteando con el aire y con todas las ventanas. Los delicados acordes acariciaban viejos plátanos que languidecían desnudándose de hojas y de pájaros. Nadie sabía quién tocaba con tanto virtuosismo. En un desván, Paulina acariciaba las cuerdas de una vieja guitarra. Tenía apenas seis años. Pronto se dio cuenta que al tocar las duras cuerdas, la guitarra sonaba como un arpa española. La ciudad, meticulosamente plana y cuadriculada, vestía sus grises calles con doradas hojas que jugaban al sol. Un vendedor de churros proclamaba su mercadería a gritos y soplos de corneta. Los ventrudos balcones con sus hojas y flores de hierro dejaban ver cortinas y sombras. Pero la ciudad era otra cuando Paulina tomaba aquella guitarra vieja, los acordes del arpa salían disparados hacia el cielo y todo lo llenaban. Fue creciendo con aquella música que la envolvía como un manto protector. La madre pronto descubrió que su hija tenía inclinación musical y la mandó a aprender piano. La casa de la maestra de piano tenía cortinas pesadas que encubrían otras muy tenues. Paulina temblaba y sus pies no le obedecían. En el silencio de la saleta del piano, Beehtoven la acechaba con sus ojos vacíos y su cabellera en desorden. Ella era capaz de concentrarse y producir la más bella melodía del mundo siempre que el miedo no la tocase con sus alas negras. Las clases se sucedieron bajo la mirada severa de la maestra. La niña, aterrada, debía concentrarse para producir errores en "Para Elisa" porque su profesora hubiera encanecido de golpe si tan siquiera hubiera vislumbrado el secreto de Paulina. Juan, su compañero de escuela, también iba a piano.
Pasaron los años y en la plana ciudad, Paulina tocaba el piano y soñaba. Tenía alumnos pequeños y el sueño del arpa en el desván había quedado atrás. Un día, no obstante, a los veinte años, sueña que toca el harpa en una iglesia de piedra. Hay un coro esperándola y ella avanza hacia el arpa que la espera erguida como un caballito de mar. Inclina la cabeza y oye los aplausos de bienvenida. Otro día, sueña que cruza en tranvía el puente Dreirosenbruke rumbo a un conservatorio con fuentes y estatuas donde la esperan en una pequeña sala con ventanas engarzadas de rosas gigantescas. Se siguen los conciertos con el arpa virtuosa. La aqueja, por fin, una melancolía de lugares donde nunca había estado. Ve un hall inmenso donde se acumulan instrumentos musicales y hay bullicio de voces. Allí se ve entrando y todos la saludan. Agita los párpados pero la sensación de realidad perdura. La atormenta a paradoja de ser y no ser ella, estar y no estar en ningún lugar. Su alma comienza a sentir que el velo del tiempo está corrido y que  no puede evitar acariciar el arpa y cantar acompañada por un trombón medieval y un clavecín en una portentosa iglesia de piedra con una araña de mil brazos de cobre que la llaman hacia sí dulcemente como los brazos de miles de madres. Comienza a preguntarse por qué ocurre todo esto. Ha vivido en Rosario, cerca del río, toda su corta vida. ¿Cómo puede ser que yo tenga la memoria falseada?, se pregunta sin obtener respuesta y continúa en sus cavilaciones: esto es una memoria falseada porque no es sueño y tampoco es deliquio. No estoy soñando. Estoy tocando el arpa en esta maravillosa iglesia y eso me cansa pero me hace vibrar. Es posible que haya un pase de la conciencia a la naturaleza virtual.
Paulina era una joven pianista sin preocupaciones hasta que empezó a aparecer el arpa nuevamente en su vida. Seguía dando clases de piano, pero se iba encerrando porque las vivencias eran cada vez más fuertes y maravillosas y no podía sustraerse a ellas, ni quería. Así fue como se enfermó de esa melancolía irresistible que postra a las almas curiosas. Pálida pero radiante, escribía fervorosamente en un cuaderno esos paseos por los huecos del tiempo. Escribía con una letra n febril en alemán o austriaco. Nadie sabía qué decían esos cuadernos. Se fueron acumulando mientras Paulina, siempre de camisón largo y blanco, parecía una virgen en su calvario sonriendo castamente ante el placer de esos mundos.
Por esos tiempos, Paulina oyó hablar del arribo a la ciudad de un guía espiritual que enseñaba a producir  milagros y como ella estaba convencida de que sus vivencias eran milagros y temía compartir esas perlas, se vistió con sencillez y fue a consultarlo. Contó su historia doble un poco avergonzada. No puedo mencionar el nombre del guía sin estremecerme por la sincronicidad de una serie de experiencias reales. Paulina le había llevado al guía algunos de sus cuadernos y en ellos, entre partituras enteras y notas en alemán, estaba dibujada una joven. Seguramente era ella misma, aunque Paulina aseguró al guía que esta joven se llamaba Ranjil Vön Ruckert. Con una calma despojada, contó al gurú que sencillamente no tenía la sensación de continuidad que debería darle la memoria. Se producen "huecos", y aparezco tocando el arpa en un castillo del siglo XV en Alsacia. Nunca salí de Rosario, vivo en una casa antigua en el centro viejo. Doy clases de música pero esto es bastante irreal pues no soy yo, aunque tampoco creo que sea un sueño, dijo. Supongo, agregó, que una coincidencia es que dos o más hechos pasen al mismo tiempo y creo que hay una coincidencia entre Ranjild y yo. El guía la escuchó sin inmutarse y con la voz amable de un buda le explicó que la continuidad y solidez del mundo existen en la imaginación y son alimentadas por sentidos que no pueden discernir las ondas de energía e información que conforman el nivel cuántico de la existencia. Ella dijo: Entonces, quiere decir que yo soy Ranjild y Paulina. No es mi memoria la que revive a Ranjild, ni la que sueña a Paulina. El gurú sonrió. Le explicó la naturaleza dual de la partícula y la onda y cómo ella podía pasar de la una a la otra y producir el milagro. Entonces Paulina se calmó y fue muchos atardeceres a cantar mantras con el guía. Seguía anotando sus conciertos de arpa por toda Europa y los cuadernos se apilaban en el desván donde también dormía la vieja guitarra. Durante un tiempo se la vio bella y traslúcida como a un sueño, con su ropa leve y blanca sentada dando clases junto a la ventana barriguda de hierro. El guía partió a su India ancestral y Paulina siguió tocando el arpa y dando clases de piano. Un libro cayó en sus manos en forma casual. Su madre, que había muerto recientemente, tenía un libro de Borges. Era una vieja edición de tapas verdes y  Paulina hojeaba el libro como si su madre pudiera volver a la vida a través del papel, o como si ella tuviera el poder de devolverle la vida cuando acariciaba esas gastadas tapas. Un día  tomó el libro y lo abrió al azar. Leyó azorada a un Borges que evocando a Hawthorne asegura que la mente que una vez ha soñado los sueños, volverá a soñarlos. Y lee. Lo extraordinario es que ella siempre está en lugares diferentes tocando el arpa y cantando, jamás se repite el lugar.
Paulina había quedado sola en el caserón, o con Ranjild tal vez, pero nunca pudo soñar a su madre ni traerla a la vida. Así fue como percibió que en realidad ella era el simulacro de una idea original: Ranjild es quien me sueña, pensó, Ranjild me ha soñado pequeña en el desván, y como aquí no hay arpa, hizo sonar la guitarra. Ranjild me ha soñado tocando el arpa en el desván. Allí ha comenzado todo, en el sueño del arpa.
A partir de aquel día, Paulina, como Hawthorne, comenzó también a registrar listas enormes de eventos y detalles de lo que veía o creía ver. Era un modo de asirse a algo y de librarse de la sensación de irrealidad que la poseía. Se tocaba y la consistencia de su cuerpo le era la de un ser fantasmal. Cada vez le parecía más evidente que alguien la soñaba y ese alguien era Ranjild. Siguió escribiendo interminables listas de conciertos. Todas las veces que Juan, que siempre la siguió visitando, iba a su casa, la escuchaba tocar el piano admirado y la sonoridad que ella arrancaba al instrumento a él le parecía que tenía el sonido de un arpa. Juan, ciertamente ignoraba el secreto de Paulina. En el desván al que alguna vez había entrado, reposaba una verdadera biblioteca de de cuadernos apilados junto a la vieja guitarra. Jamás vio nada extraño. Después de todo mucha gente escribe y guarda manuscritos en el desván de infinitas casas en todo el mundo. La relación entre ambos estaba pautada por la música y todas las veces que ella parecía estar enferma, Juan acudía a su casa para acompañarla. Él también tocaba el piano pero en forma totalmente amateur. Posiblemente Juan la amaba desde la infancia. Ella era para él una concertista nata enseñando piano en una ciudad perdida de esta América del Sur. Juan recordaba cuando eran niños e iba a jugar a casa de ella. Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, se escuchaba el sonido de un arpa celestial. Juan no podía imaginar que era Paulina tocando, ni que era un arpa: ¡tenían seis años!
En el 2001, cuando se produjo la debacle en Argentina, Paulina, pálida como una muerta,  reveló a Juan que debía irse a Europa. Que tenía que hacer algo allá.  Juan, en su ignorancia, entendió que ella iba a "encontrarse con su sueño", como miles de compatriotas que se iban  escapando de la crisis.  Por eso a él no le pareció extraña la decisión. Aquí en la ciudad, a esas alturas, pocos estudiaban ya el piano. A la desolación de la falta de trabajo se unía el dolor por los que se iban. Ella le vendió su casa con todo lo que contenía por  poco dinero a condición de que la conservase inalterada. Él lo prometió. La insistencia de ella era ineludible. Paulina prometió escribirle. Se marchó y jamás lo hizo. Él leía todo sobre los argentinos en el exterior como un modo de estar cerca de ella.
Pasó el tiempo. Todo esto es pura ilusión, pensaba Juan, no la veré más. Estuve todos estos años tratando de entender lo que ha escrito en los cuadernos. No sé si debo seguir. El alemán me es demasiado dificultoso. Paso noches y días traduciendo los cuadernos del sueño del arpa ¿para qué? Estoy a fojas cero nuevamente. Estoy perdido.
El deseo de conocer a Paulina a través de esos extraños cuadernos llegó al paroxismo cuando Juan recibió una carta de Reinjald Vön Ruckert. Él pensó que era un chiste de mal gusto de Paulina. Abrió el sobre y el espanto subió por sus venas hasta dejarlo seco en medio del pantano de sus pensamientos. Buscó su traducción horrorizado. Reinjald está tocando en Leyden el mismo concierto que acabo de traducir, comprobó aterrado, aunque el texto de Paulina, que es idéntico, sea de 1994 y la carta de Reinjald fechada nueve años después. En uno de los cuadernos leyó el texto idéntico al de la carta: "Estoy en Leyden, en la Peterskerk. No hace mucho frío. Acabo de dar el concierto y aprovecho este momento para escribirte. Los solistas han recibido rosas. Han cantado el Sabat Mater de Scarlatti. Cuando pueda hacer un hueco en el tiempo tocaré el piano en una ciudad muy plana y gris del Nuevo Mundo y tendré mucho niños a mi alrededor. La voces salieron estupendas... ", y sigue el relato exactamente igual al que Juan había acabado de traducir pocos días atrás. Las firmas son también idénticas. Junto con la carta viene un programa escrito en alemán y holandés donde aparece el nombre de Reinjald Vön Ruckert, es la solista de arpa.


Todavía desconcertado, Juan recordó algo de lo que había traducido con tanta dificultad. Su corazón bate alocadamente. Trata de serenarse pensando que es posible que Reinjald no haya sido el sueño de Paulina. La lógica del deseo lo hace concluir que si lo que ha pasado más de una vez puede muy bien volver a ocurrir,  es posible también que el velo del tiempo vuelva a rasgarse. Entonces, la delgada silueta de Paulina allí, junto al piano, no sería un sueño.