martes, 2 de octubre de 2012

MARISA PRESTI


MAL NACIDO

Terminó con mi vida sin consultarme. Es algo que nunca le pude perdonar, yo tenía un futuro brillante, ilusiones, como cualquiera. Medí el tiempo por proyectos, sueños que quería hacer realidad porque tenía derecho a desarrollar mi capacidad, mi inteligencia. Nací de sus propias manos como un tipo brillante; pintón, recio y romántico para enloquecer mujeres con solo mirarlas. Y apenas si pude caminar unos pocos de los miles de kilómetros que tenía previstos en esta vida.
Me fui, no tuve opción, pero estoy volviendo. Soy más astuto de lo que cree, y, como el ángel caído, no reconozco al creador. La fuerza del resentimiento despertó un sueño que debía ser eterno, para traerme muy cerca del objeto de mi rencor.
Conozco el camino, sé cómo entrar a su casa, no tengo límites. Atravieso el amplio living elegantemente amoblado. Su buen gusto está en cada detalle y nadie mejor que yo para reconocerlo. Ama la luz, los colores alegres, las plantas, los ventanales de pared a pared y las fotos de los que ama. A esta hora, sé que está en su rincón preferido, en el último cuarto a la derecha. 
No puede sentirme, pero yo la veo: escribe en su computadora, no puede hacerlo de otra manera. Papel y lapicera quedaron en el recuerdo cuando fue conociendo a esta maquinita que le permite todo: borrar, arreglar, incluir, cortar, pegar, en apenas segundos. Se detiene cada tanto, duda, relee, mira por la ventana, no es muy vigorosa en su propósito de escritura, pero reconozco que se esfuerza al máximo para lograrlo. Lo que otros hacen con facilidad, a ella le lleva tiempo. A veces, completa una carilla después de varias horas.
Cuando cae la tarde, una extraña nostalgia la entristece. Sé lo que le pasa, busca esa otra voz para compartir, esa voz ausente que pone en nuestras bocas. Su inquietud la altera, escribe un poco y se levanta dos o tres veces. Ahora mismo la veo ir hacia la cocina, buscando un café que alivie la ansiedad de la obra inconclusa.
Aprovecho para espiar lo que escribe. Siento bronca, hay otros nombres, otras caras, hombres y mujeres que deberán obedecer sus caprichos, y de mí, ni se acuerda.
Vuelve con la taza en la mano, la apoya al costado de la computadora y lee unos minutos lo que ha escrito. Cada tanto hace unos ejercicios para aliviar la tensión del cuello porque nada le resulta fácil, para colmo, suele encorvarse demasiado frente a la pantalla; en el fondo debería tenerle lástima.
El afán perfeccionista la bloquea, yo lo puedo atestiguar porque me cambió varias veces de aspecto, de amores, de personalidad. No me quejo, pero mi vida estuvo pendiente de un hilo, en realidad, una sola leve presión en delete y no existiría.
Ninguno de los otros se animó a lo que estoy haciendo. Se esfumaron en el éter lentamente, resignándose a ser parte de la nada sin cuestionar ni exigir. Pero no es mi caso, soy parte de sus tripas y de su sangre, encarno en ella aunque me rechace.
Suena el teléfono. La veo levantarse con fastidio, detesta perder el hilo de sus pensamientos cuando la interrumpen, sobre todo en las páginas finales de su última novela. Aprovecho la oportunidad y concentro mi fuerza en la pantalla hasta que se vuelve oscura y todo lo escrito desaparece.
Sonrío satisfecho. Ella decidió hacerme licenciado en sistemas.


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