viernes, 26 de octubre de 2012

CRISTINA PAILOS


LA LEY ES UN VIEJO ASCENSOR DE PUERTAS TIJERA 

 Los días pasaban rápido, rapidísimo y yo creía enloquecer. Pasaba de la más frenética hiperactividad a la dejadez  afiebrada. Me sentía fuera de mí, fuera del mundo. La gente que pasaba a mi lado me provocaba extrañeza. Eran diferentes. Quizás entre tantos habría alguno angustiado pero todos reían tranquilos, hasta los mendigos.  Mi búsqueda de trabajo no había dado resultado y la deuda contraída con aquellos usureros creo que crecía minuto a minuto. Como último impulso, casi sin esperanzas, decidí hablar con el abogado. Ante la gravedad de la situación, quizás me ofrecía alguna alternativa. Al fin y al cabo, él me había recomendado aquella oficina de hipotecas y préstamos.
La tenue ilusión se deshizo al llegar a la entrada del edificio. Empecé a temblar, a transpirar. Tuve miedo de desmayarme pero intenté sobreponerme y no pensar. Entonces descubrí  que estaba vacía, que sólo en apariencia era yo misma y que en realidad, era un ojo, una filmadora que me registraba a mí misma y a todo lo que me rodeaba.
El viejo edificio era casi idéntico a muchos otros en los alrededores del Palacio de Tribunales. Enceguecida por el sol del mediodía, al ingresar en la planta baja en penumbras, no podía enfocar bien el transparente donde figuraban oficinas de abogados, escribanos, contadores, agentes de bolsa, despachantes de aduana y prestamistas.
Me costó encontrar allí los datos del estudio jurídico que buscaba. En un momento, detrás de un mostrador oscuro que servía de conserjería surgió un hombre corpulento con el entrecejo arrugado de desconfianzas cuya voz atronó en todo el palier -¿Adonde va?-
El círculo de luz que apenas iluminaba su rincón de vigilancia lo destacaba con siniestra teatralidad. Vestía un traje negro que brillaba gastado y una camisa blanca arrugada. Me alcanzó un cuaderno para firmar mi ingreso y me retuvo el documento que me sería devuelto al salir del edificio.
Caminé unos pasos por el hall de entrada de altísimos zócalos de mármol veteado en blanco, negro y verde oscuro. Los peldaños de la escalera no me inspiraban confianza. Tantos años de tránsito incesante habían dejado hundimientos, ondulaciones o sospechosos balanceos, además de estar también, muy poco iluminada. La luz duraba tan sólo unos segundos y enseguida la más absoluta oscuridad. Se oían gritos provenientes de distintos pisos o tramos de la escalera: la luz, luuuuz, ¿donde se enciende?
¿Cómo dicen? Que me apure. Que resuma, que vaya al grano. No señores. Ahora esperen ustedes. Necesito recordar en voz alta todo el tiempo en que fui perdiendo la sombra y me convertí en ésto. Aguanten- Yo sigo.
 En el primer piso decidí tomar el viejo ascensor de puertas tijera a pesar del recelo que me producía su estruendosa decrepitud mecánica. Muy lento entre ruidos de roces y chirridos de metales y cada tanto con una fuerte sacudida -trocotrón, trocotrón- parecía que también él reclamaba su paz definitiva o que se vengaría en cualquier momento con un fatal desenlace.
El estampido de la puerta tijera al cerrarse y el eco inmediato que produjo me trajo imágenes y sonidos de cárcel que conocía por el cine o la televisión. -porque como sabrán, señores, quien espera el  veredicto de un Tribunal está viviendo una de las más serias situaciones límites que puede sobrellevar un ser humano .Las novelas de todos los tiempos, las series de televisión, las películas hace mucho que lo saben. Yo sigo
Cada uno de los pisos lúgubres e iguales por los que pasaba eran presagios malos pero indefinidos. Se demoró bastante hasta llegar al cuarto piso.
Ya en el palier, me fijé en las puertas numeradas y los datos correspondientes.
Oficina 158
Dr. Salvador Invierno
Estudio Jurídico
Una mujer de mediana edad, enteramente gris, dijo desganada: -El Dr. Invierno no está. Espérelo ahí, por favor.
Me señaló un sillón de cuero oscuro de tres cuerpos, tan vencido y desinflado que me resultaba difícil no resbalar hacia adelante. Las maderas del piso alguna vez sólido roble de Slavonia crujían lastimeras. La computadora parecía un adorno de graciosas líneas ante tantos muebles antiguos, oscuros y encerados para enmascarar la mugre. Mis ojos vagaban por todos los objetos para no reparar en el tiempo caprichoso que ahora se había detenido. Ante la justicia, los relojes de Dalí siguen chorreando, se derriten.
Finalmente llegó el Doctor.
Era un hombre más bien obeso, de baja estatura y aunque parecía muy satisfecho consigo mismo, a juzgar por sus gestos arrogantes, el traje oscuro algo pasado de moda le daba apariencia de contrahecho.
Entró a su escritorio y la secretaria fue tras él pero en unos segundos volvió a su lugar pequeño y casi a media luz en una esquina de la enorme sala de espera. Desde la puerta abierta el doctor me invitó a pasar. Supuse que me invitó a pasar porque no había nadie más. Su mirada errática parecía no dirigirse a nadie.
Me señaló la silla opuesta a la suya en el escritorio y ambos quedamos frente a frente. Él buscaba papeles en un cajón de la enorme mesa y estaba tan sumido en su mundo, que hasta me pareció una indiscreción mirarlo. Llegué a sentirme más invisible, aunque mi otro yo-ojo-cámara maniobraba el zoom, captaba primeros planos que me aterrorizaban y volvía a pasar tipo travelling por toda la habitación.
Empecé a exasperarme. Mi transformación en máquina filmadora ya no me estaba dando resultado. Me volvieron los mareos, el sudor frío, el temor a desvanecerme y el odio. -Basta. Ya es suficiente -quería gritar, agredir y desaparecer. Tenía pereza de hablar, de defenderme.
De pronto, se acomodó en el asiento y dijo, (ahora con voz pausada y fría): -Leí el informe y los antecedentes que usted me envió y antes que nada quiero aclararle que la ley es objetiva e igual para todos. No la podemos  adaptar a nuestro gusto. Puede ser que usted tenga razón y que la situación que está viviendo sea muy grave, pero las pruebas no son suficientes, la ley no está de su parte por más frío que le parezca lo que estoy diciendo. En el momento que usted dejó de pagar hace tres meses se habrá dado cuenta que las cosas serían así, y por más que haya pagado treinta cuotas anteriores, perderá la casa. No hay otra alternativa por más que sea la única casa que tiene y por falta de recursos no esté en condiciones ni siquiera de alquilar.-
Siguió hablando pero ya no escuché más. No sé si la desprotección tan próxima me ardía tanto en el pecho como aquella frialdad. El peligro para mí avanzaba ahora vertiginoso.
Volví a sentirme ojo-cámara pero a mí no me registraba, como lo espejos que no reflejan a los muertos en la literatura o en el cine, o como entre la gente de campo cuando dice: esa ya  no tiene sombra.
Toda esa lentitud aplastante desde el momento en que ingresé al edificio ¿habría sido una burla? ¿Una burla? Esa perversión me agravió más que el veredicto del abogado.
Al día siguiente, sentada en un banco de Plaza Lavalle, con un libro recién comprado cuyo título no recuerdo, mi ojo cámara enfocaba hacia la entrada del edificio y lo esperé.
Dr. Invierno- le dije en voz bien alta. Volteó la cabeza y me miró con desprecio -¿Usted otra vez?
Ya le dije como son las cosas. No se puede hacer nada ¿No entiende?¿Para que vino?
-Vine para esto- le dije. Y así, sin más, apreté el gatillo y lo maté.
Por suerte, Tribunales es un barrio donde se puede conseguir cualquier cosa: el libro lo compré en los puestos de la plaza y el arma en un negocio chiquito, muy cerca de allí. La oportunidad me tentó. No fue ese mi propósito al salir. No recuerdo bien.
-Ahora sí, hablen ustedes. Reciten la condena de una vez ya que están tan ansiosos. Adelante, señor Juez; lo escucho, señor fiscal. Yo sólo quiero descansar.El tiempo es de ustedes. Yo ya perdí la sombra.


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