miércoles, 25 de septiembre de 2013

Gustavo Andrés Murillo


La niña y la tormenta 



Cuando los rayos del sol consiguieron atravesar la densa capa de nubes plomizas ya nada era igual. Habían bastado cuatro horas de lluvia para que el lecho del Río Seco movilizase una tromba de barro y enredados troncos de árboles que destruyeron en cuestión de minutos todo un barrio. La gente, las familias, muchos de ellos desnudos se amontonaban en techos, árboles o cualquier lugar alto y desde allí observaban las ruinas sin convencerse del todo de haber sobrevivido a ese sorpresivo ensayo del Juicio Final. Los primeros periodistas ya estaban llegando y en medio del pasmoso silencio un viejito vestido solo con un pantalón corto y ojotas sonreía a visiones de su pasado y comenzaba a tocar, con el entusiasmo de lo cotidiano, su violín; sus pies descalzos, flacos y blanquísimos por el forzoso baño, colgaban del árbol en que estaba sentado, tan eterno y enclenque como él.
Babel, el periodista, se demoraba. Sabía que los movileros de su programa ya estarían llegando hacia el barrio del desastre, él los había llamado al momento de enterarse de la gran noticia, sabía que de no hacerlo, sus chicos (como los llamaba con desprecio de padre déspota) se hubiesen quedado toda la mañana a la sombra del edificio municipal esperando a que hable cualquier funcionario con ganas de avanzar unos casilleros en su carrera.
Babel… Juan Babel se demoraba mirando con pena sus zapatillas importadas. Al final se decidió a salir de su casa, podían estar llegando ya los funcionarios provinciales y él debía estar vestido adecuadamente. Aunque al volver a su casa –quizás ya entrada la noche- iba a tener que tirarlas.
Al llegar empezó rápidamente a sacar fotos, mientras les indicaba a sus periodistas a quien entrevistar: debía asegurarse de que las entrevistas se desarrollasen sin ataques de histeria ni arranques de odio contra el gobierno. -¡Para que, si después los volverán a votar!- les explicaba a sus movileros. El sí, cada tanto, se peleaba pero eso era algo  diferente.
A un par de horas de dar vueltas al desastre, caminando sin saber si donde pisaba había sido casa o calle, Babel ya estaba sinceramente sorprendido de que no llegasen funcionarios de primera línea, -esos estarán tan desorientados como los de acá- pensó. Como pudo consiguió una charla informal con el hombre a cargo del rescate del barrio, el Comandante Piedras. Él le confió que habían recogido bajando por la crecida del Rio Seco tres cuerpos: una anciana que figuraría como un infarto, un hombre que vivía solo –este sería alcohólico- y otra mujer vieja, seguramente boliviana. Estaba claro que ella sería NN.
El Comandante dijo –y el periodista confiaba en su criterio a ojos cerrados- que la situación ya había sido controlada. Luego, pasado el mediodía, comieron juntos y llegados al postre Piedra le dio la gran primicia: Si se garantizaba la tranquilidad de la población, en una semana, vendría el Presidente. Babel en silencio maldijo su suerte, con semejante noticia él no debería haber almorzado. Su ulcera le cobraría su buen apetito.
Durante esa tarde se dedicó a observar el improvisado campamento, los militares lo estaban organizando bien. Las familias se acomodaban en carpas y un puesto de control regulaba quien entraba o salía, hasta el periodista tuvo que mostrar sus credenciales al par de soldados que le apuntaban (como si no lo conocieran) mientras lo miraban impersonales tras sus lentes oscuros.
La única carpa que no respetaba el orden y decoro administrados por el ejército era la del grupo de chicos que habían estado bailando en el boliche cuando estalló la lluvia. Los jóvenes parecían aun un poco bebidos -cosa ya imposible, serian solo esquina del campamento cantando cumbias en desafinado coro y alegremente. Entre ofuscado y resignado el Comandante les dio la libertad para que se retiren a sus casas solo luego del veredicto del cura que se había instalado para ayudar a poner orden en el campamento. Este había hablado con ellos y no había forma: solo iban a enloquecer a todos.
Ya entrada la noche Babel pudo irse a dormir. Antes pasó por el bar donde discutió un par de horas sobre el último gran interrogante del pueblo de Bermejo: Para el, debía respetarse el inicio del Carnaval si no se quería terminar de colmar la paciencia del pueblo, nadie lo entendió pero él ya estaba acostumbrado. Durmió con la tranquilidad del que ya sabe cómo amanecerá al día siguiente.
El día, por supuesto, amaneció radiante. Luego de recibir el permiso especial para montar la radio en el campamento Babel se encargó de recibir donaciones y apoyó, contundente, la decisión del Intendente de dar inicio al Carnaval. A unos cien metros del campamento se organizó el palco oficial y la pasarela a lo largo de la ancha avenida y llegando hasta el puente del Río Seco. Por allí pasarían las comparsas y carrozas, También los diferentes pimpines: en fiestas oficiales la presencia de los indios era siempre requerida.
Los refugiados miraban con un asombro alegre cómo se armaba la gran fiesta. Parados en las colas organizadas en los cuatro extremos del campamento: la fila de la comida, la del agua, la de los médicos y la de los baños químicos, descontaban que no les cobrarían entrada al espectáculo. Babel trabajo cruzando los dedos y dedicó el resto del caluroso día a tranquilizar almas. Aunque lo disimulaba bien, no salía de su asombro: familias separadas, sin propiedad ni trabajo y nadie enfurecía. Todo se debía –se dijo- al ejército. Nadie como los militares para organizar a las masas. Al llegar la tarde los indios del pimpín del barrio Gral. Roca llegaron para pedir a los guardias del campamento que permitiesen salir a su reina, la chiquita había salido a bailar la noche de la tormenta. Los indios habían confiado en que ella estaría allí, encerrada junto al resto de los refugiados. Babel se retiró preocupado esa tarde viendo los pálidos rostros de los guardias que no sabían cómo explicar (no manejaban el idioma y no contaban con el tacto necesario) que la reina de los indios no aparecía en los registros, ella nunca había estado allí.
La mañana llego con un sol potente, definitorio. El clima mismo confirmaba la importancia de la fecha: comenzaba el Carnaval, las aguas se calmarían y luego podría aterrizar el Presidente con parte de su gabinete. Babel, camino al campamento, condujo disimuladamente por frente de la Comisaría. Había allí un pequeño grupo de indios. Era la familia de la reina, su madre y hermanos mayores estaban detenidos. Sin embargo pudo averiguar que –quien sabe conque promesas- el pimpín del barrio Roca participaría en la apertura del Corso.
Las radios empezaban a cubrir el episodio, pero rápidamente el tema decayó. Porque quizás se había escapado con algún novio, o se estaría prostituyendo o drogando. En el fondo era responsabilidad de su familia que por algo había sido detenida.
Pasó el caluroso día y llegó la noche clara, llena de estrellas y guirnaldas en la avenida por la que desfilaría el corso. Babel con su cámara fotográfica estaba parado como todos los años frente al palco oficial pero no se atrevía a mirar los pálidos rostros, no quería retratarlos así y no sabía qué hacer. El locutor daba largas al inicio de la fiesta, hablaba de la alegría de la noche, de olvidar todas las penas. Hablaba de todo menos del penetrante olor a cadáver que trasminaba la noche e intoxicaba a todos los presentes. Unas cuadras más abajo, bajo el puente del Río Seco, el cadáver de una joven india se descomponía aceleradamente por el caluroso clima de los últimos días...
Cerca, en el palco, políticos y empresarios se culpaban mutuamente con mudas y expresivas miradas: todos se habían apurado, golosos de los subsidios que hubieran recibido cuando aterrizase el avión presidencial… Ese avión parecía ya solo parte de un bello sueño deshilachado. Las autoridades a punto de ser vencidos por las náuseas trataban de sonreír, de aparentar seguridad.
Babel bajaba los ojos para no ver, apenado. De repente dio un salto, sobresaltado al sentir que lo tironeaban de la manga del traje: un viejito vestido solo con pantalones cortos y ojotas le pedía que buscase al cura, que le hablase  para que le devuelva el arco de su violín. Se lo habían quitado hace tres días para que no molestase con su ruido al campamento.

2 comentarios:

Gustavo Andrés Murillo dijo...

Gracias Carlos!
Hoy se me ocurrió googlearme y hallé esto. Te juro, yo con mis escritos tengo una relación muy neurótica, muy doliente. Y a pesar de todo, agradezco y mucho la lectura y el compartir. :-)

HÉCTOR CABOT dijo...

Un relato en donde no se suprime el tiempo, la maestría de Gustavo es que sus textos, no sólo se pueden leer, sino tocarlos.-