jueves, 12 de abril de 2012

MARTA BECKER


MALASARTES

Malasartes… ¿te acordás? Allí nos vimos por primera vez. El viejo café nos recibió una soleada tarde de otoño, vos, veinteañera, yo, recién recibido y con aires de suficiencia, una actitud que se diluyó con el correr de la charla, o más bien, que modifiqué ante tu madurez y frescura.
Malasartes, qué recuerdos, y no todos gratos. Allí también nos encontramos para la despedida, y todavía lo sufro.
Hoy estoy sentado en la misma mesa que compartimos tantas veces, donde entrecruzamos nuestras historias pero no pudimos unir nuestras vidas.
¿Qué nos pasó? Una pregunta  común  de difícil respuesta. ¿Tu juventud, mi intolerancia, tu impaciencia, mis deseos, tus necesidades, mis arrebatos? ¿Qué fue?
¿Dónde estás? Te busqué, llamé, deambulé por todos tus lugares habituales, nada, desapareciste arrastrada por un viento malo que se presenta sólo  cuando el amor se convierte en pesadilla y los sueños no alcanzan para sostenerlo.
Te extraño. ¿Vos no? Cómo me gustaría preguntártelo ahora mismo, acá, en este mismo lugar. Porque en Malasartes nada cambió, solo la ausencia de nosotros dos para darnos las explicaciones que nos debemos. Porque eso faltó, sí, sincerar los sentimientos, ponerlos sobre la mesa sin tapujos y afrontar la verdad.
Pero pienso, ¿cuál verdad? ¿La tuya, la mía? Qué dilema trillado, novelesco.
Malasartes… sus ladrillos absorbieron nuestras promesas junto con el odio que brotó después, casi sin darnos cuenta. Hoy, donde hubo perfume y sabor a miel, huelo una mezcla híbrida, carente de matices.
¿Siento nostalgia? Sí, totalmente. Y una cierta lástima, por los dos, en definitiva. Porque éramos dos a querernos, y fuimos dos al separarnos, nunca uno fusionado en el otro. Tal vez fue lo mejor, no sé, ¿vos lo sabés? ¿Quién puede responder?
Hoy brindo por un año más de ausencia, y espero, siempre espero,  verte entrar veinteañera, como la primera vez, mientras en Malasartes las paredes hablan del tiempo igual que mis arrugas.
¿Dónde estás?

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