sábado, 22 de septiembre de 2018

Susana Kleiban



Ida y Vuelta  
Susana Kleiban

Los zapatos con la punta abierta como sonrisa falsa dejaban ver unos dedos morados.
Sentado en un escalón en la puerta de aquella mansión de dos plantas con amplio parque en el frente, tiritaba mientras se miraba la ropa. Quería adivinar el color original de aquel buzo que tenía adherido a su piel desde hacía tanto tiempo. Ese extraño color actual lo angustiaba. Era el calendario de su suciedad y desamparo. Su ropa y él eran uno Su olor lo protegía, era como reconocerse en la inmensidad de calles sueltas..
De tanto en tanto observaba la casa y los autos que entraban y salían de ella por el portón cercano a donde estaba. El reparaba en ellos, ellos no parecían verlo.
También de tanto en tanto recibía el eco de risas y gritos de chicos jugando en la pileta, sólo divisaba una pequeña isla azul de la misma, él con tanto frío y ellos en el agua...
Los imaginaba y reía pensándose uno de ellos, luego volvía a mirar su ropa a conectarse con ese olor que ahora salía de la entrepierna de sus rodillas, de su pantaloncito corto.
Miraba la casa y suponía  la mesa tendida con gran variedad de comidas, galletitas y jugos de colores, iguales a los de las confiterías donde entraba a pedir limosna o a que le regalaran algo para comer.
Una y otra vez volvía a volvía a su olor, su ropa su cuerpo, intentaba moverse, pararse, pero no podía, su buzo color distancia, sus rodillas sucias y su hambre lo apretaban quería gritar pero la voz se le moría en los dientes.
Miraba la mansión y le parecía conocida pero también se reconocía en ese miedo, ese dolor como puño abrochado a las costillas  ese frío que lo hacía arrugar los dedos de sus pies al aire.
En ese momento sintió que alguien le tocaba delicadamente el brazo y lo movía suavemente. Lejanamente escuchó unas palabras confusas: Señor Aristóteles creo que tuvo un mal sueño, porque no deja de agitarse en la cama.
Tardó en abrir los ojos Onassis no entendía dónde estaba, miró a su alrededor vestía  una blanca bata de seda con doradas iniciales y estaba acostado en una cama inmensa. De su ropa raída nada, de las rodillas sucias tampoco. Sin embargo no le importó la presencia de su secretario privado y lloró y lloró hasta hidratar esos recuerdos que su sueño le había lanzado  desde un pasado a un presente de desmemoria.
Pensó que tal vez achicara su culpa sacar de la caja fuerte una de sus chequeras y firmarla completa con un número seguido de bandadas de cero y que su secretario distribuyera sobre instituciones de caridad pero prefirió otro recurso. Se sirvió un vaso de agua, y tomó tres pastillas de somnífero. Se acostó y volvió a su sueño.
Al retornar a la puerta de la casa vio que el portón estaba abierto y que el dueño, se acercaba y lo invitaba a entrar abrazándose mientras acariciaba el buzo.

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