domingo, 25 de marzo de 2018

Negro Hernández



El invasor 
Negro Hernández

El carnaval del barrio se había extinguido sin pena ni gloria mientras miraba por el balcón de mi departamento el desfile de la última murga triste por las calles húmedas de Barracas. Esa noche de enero estaba otra vez solo recordando las palabras de Marta en su adios.
“Negro vos sos demasiado sensible para mi, y un gran amante pero a esta altura de mi vida necesito un hombre con guita que me haga recorrer el mundo”. Dijo antes de despedirse con una sinceridad tan cruel que solo atiné a desearle suerte y esquivar el abrazo que me ofrecía.
El Gordo estaba en la costa de vacaciones con la familia y Sandoval en alguna de sus reuniones como administrador de grupos por facebook.
Hacía una semana que no iba por café y decidí volver después de purificar mi espíritu con la meditación oriental y hacer mis ejercicios de relajación para una vida plena.
Cuando  entré al Tres Amigos el viernes a la noche dispuesto a comer una picada me doy cuenta que al Gallego se le ocurrió colgar un gran televisor debajo de la esquina húmeda formada por las dos paredes de ladrillos a la vista y el techo.
¡Ahora van a venir a ver los partidos del codificado! ¡Se viene el mundial de Rusia!, dijo, relajando las cejas cepillo que apretadas sobre el nacimiento de la nariz de daban ese aspecto de severidad eterna.
En un intento modernizador y para no quedar afuera de la nueva realidad mediática, que acusa, condena y absuelve, pone y saca jueces, oculta las protestas, silencia los despidos  y nos muestra rostros sonrientes de los gobernantes mientras endeudan al país.
¡Te felicito! Atiné a decir, puteando para mis adentros. Justo a mí, que vengo religiosamente al café buscando un lugar tranquilo donde escribir, a estar un rato lejos del mundo, a charlar con los amigos, donde encuentro siempre algún romántico que me presta un sueño, o a veces a mirar por el ventanal a las lindas mujeres que se pasean por Barracas alegrándome  la vida, me viene a pasar esto.
¡Tengo que competir con el barcito que abrieron en la estación de servicio! Continuó diciendo el Gallego, mientras la pantalla aceleraba las imágenes entrecortadas por grandes carteles en un canal de noticias y la puta música hacía tachín... tachin... a todo volumen. Para colmo, mi mesa junto al ventanal estaba ocupada por una parejita tomada de las manos, y la piba campaneaba el televisor disimuladamente por encima de los hombros del muchacho. Yo más desorientado que un boxeador después de un cross de derecha, tambaleaba de un lado a otro tratando de encontrar el rincón del ring que me salvara, hasta que el viejo don Anselmo se acercó y me dijo vení con la mano palmeándome la espalda como a un chico desconsolado.
Sentáte Negro, no te hagas mala sangre. Lo que pasa es que te estas poniendo viejo, y los viejos no toleramos ciertas cosas.
Me senté, tuve ganas de prender un cigarrillo y me contuve, finalmente Joaquín me trajo la famosa picada para dos con un balón de cerveza.
El viejo escudriñaba mis pensamientos con esa mirada clara de los tipos de 80 años. Desde que enviudé me tomo las cosas de otra manera. Trato de no calentarme y de aprovechar las pocas ventajas que me ofrece la vida. El mundo nos va desplazando porque ya no les servimos, y nos van tirando poco a poco al tacho de la basura, pero yo todavía me resisto. Fijáte lo que hicieron con la jubilaciones y los remedios del Pami.
A esa altura, la bronca se me había disipando de a poco cuando me acordé del triste ´82. Los chicos peleaban en Malvinas y los grandes miraban por TV el mundial de España. Recuerdo que entonces el boliche de se llenaba de gente para ver los partidos, y a mí me daba tanta indignación que me borré del café hasta que terminó la mentira.
Después el Gallego me hizo caso y le regaló el televisor al Hospital de Niños.
La tele es una fábrica de objetos virtuales, es un gran verso organizado para que sueñes otros sueños, para que consumas sin pensar, es un olvidador de preocupaciones, un asesino de conversaciones, un encantador de serpientes sin piedad.
Como un invasor despiadado, la TV se te mete en la intimidad de las sábanas apagándote el deseo por la mujer que amas, marginándote de la realidad por un rato. Mentira tras mentira te taladra el bocho para que pienses lo que los poderosos quieren que pienses.
Después vine el miedo a ser marginado y el terror a caer en la pobreza. Pero que importa del después.
Hacé la tuya Negro, seguí viniendo al café que los amigos te necesitamos. Vos sabes que la amistad no pasa por el cable. Tomate una ginebrita y contame como te trata la vida con esta
Mishiadura.
Dijo Don Anselmo, mientras la parejita de besaba intensamente y me dieron ganas de volver a ser joven.


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