miércoles, 3 de agosto de 2011

VALERIA VACCA



EL RECORRIDO
 
Como todas las mañanas tomé el colectivo hacia mi trabajo. Llegué al lugar donde lo espero y a la hora exacta se acerca el 1 que va por Avenida de Mayo. Subo y saludo al chofer, que hoy tenía una mirada distante, saluda entrecortado y me marca el boleto. Me siento por el medio del micro y de pronto una corriente fría me hace temblar. Miro a todos lados y las ventanas se encuentran cerradas. Me acurruco y me acomodo en el asiento a la espera de que pronto par-ta. Pasan unos minutos, se cierra la puerta del micro y emprendemos el viaje. Vuelvo a tener una sensación de frío, miro y las ventanas están todas cerradas, y ahí me doy cuenta que en el colectivo sólo estamos el chofer y yo. Miro hacia la calle y observo que el camino de todos los días ya no es el mismo, me acerco al chofer y le pregunto el porqué del cambio de recorrido. No me contesta, por o que lo llamo tocándole la espalda y siento que está frío. Me siento y comienzo a temblar. Vuelvo a mirar por la ventana y reconozco la calle por la que estamos pasando, es aquella de mi infancia, en uno de los edificios una señora que limpia la vereda me mira y me saluda. La reconozco es mi mamá a la que vi por última vez en mayo del 93.
Sigue su recorrido y más adelante visualizo en una plaza a aquél ombú al que los militares cortaron para construir sus famosas autopistas. Cerca de él juega un perro y para mi sorpresa es Kuki, mi mascota de la infancia.
Seguimos viaje y personas y lugares de mi pasado van apareciendo poco a poco. Es todo tan raro que siento que ya no puedo respirar, el frío es más profundo y va traspasando toda mi ropa. Se me cierran los ojos, el cuerpo ya no me responde, ya no me siento aquí…
¡Señorita, señorita, ya llegamos a Once, se quedó dormida!, dijo el chofer
.

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