sábado, 22 de febrero de 2020

María Fabiana Calderari



Cuentos breves 
María Fabiana Calderari  

Hidalguía Subastaban ideales en una antigua posada. -Invertid- dijo un ingenioso hidalgo. –Provechoso es quedar armado caballero.
  
El vínculo de la humanidad  
El mar hambriento abría sus fauces para devorar al sol anaranjado. Ellos lo observaban atónitos, tendidos sobre la arena. 
Un escorpión rojizo trepó la empalizada del castillo y entró en los aposentos del rey. -El enemigo acecha. ¡Preparemos las armas! -exclamó uno de los mosqueteros, desnudando la espada con liviana destreza. El otro lo detuvo asentando su pequeña mano sobre el pecho. -Abatiremos al intruso -recitó con voz de acero. Recogió la paleta aún humedecida y el baldecito con restos de arena y añadió hincado de rodillas: -Intentaremos primero con la palabra.
  
El funeral  
Hacía apenas unas horas que me sentía mejor. Decidí, por fin, no estar ausente en el funeral. Cuando llegué, el olor nauseabundo de las flores de la sala y la muchedumbre entretenida y atribulada casi me hizo regresar. Con interminables pasos llegué hasta el féretro. El muerto estaba solo, pálido, frío, desconocido. Me di cuenta que en la mano derecha tenía el anillo inconfundible de mi padre. No pude llorar mi muerte, me sentía mejor.
  
El otro Lo persiguen a él. Las sirenas de los vehículos de la policía han cesado y finalmente he logrado desorientarlos. Hace días que huimos. Ahora parece dormido. 
Quizá huir sea una manera de bifurcar el destino, de evitar confrontarlo, o ignorarlo. Me cuestiono la razón de tantos crímenes para saciar un apetito intenso y torcido; y luego me apena su fragilidad, las lágrimas, me conmueve su arrepentimiento. Será reconfortante descansar durante esta noche en un hotel. Despierto en una extraña habitación, con las manos esposadas y mi ropa manchada. Estoy sentado frente a un policía y un hombre de guardapolvo blanco mueve sus labios interrogándome. No logro escucharlo. Él me grita que les explique que no fui yo.
  
El museo

Me abofeteó sin titubear. Fue una ráfaga que penetró la mejilla humedeciendo los ojos hasta enterrarse en mi pecho. Sólo la había tocado con el índice. 
Apenas me ausenté unas horas. Había acompañado a mi mejor amigo al museo. Su padre resultó un guía asombroso. Quedamos boquiabiertos con las muestras que condensaban vidas apasionantes de héroes y villanos, de pueblos y espadas. 
Al final de un corredor angosto y lúgubre, se recreaba una famosa batalla. Nos asustamos cuando descubrimos unos soldados con uniformes raídos que estaban vivos. Acercándonos, nuestro guía nos explicó porqué no debíamos temer. 
Al llegar a casa, busqué a mi madre. La encontré sentada en la reposera junto a la piscina. -Pareces de cera- añadí, y me cayó esa ráfaga.




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