sábado, 26 de mayo de 2018

Gabriela Carrera




Marta  
Gabriela Carrera

La brisa fresca y húmeda entra a hurtadillas por la ventana, apenas abierta. Las cortinas se inflan como globos a punto de estallar y vuelven a desinflarse. Afuera el árbol deja que la ráfaga juguetona lo despeine y en cada balanceo escurre en forma de gotas gruesas el agua que la lluvia acaba de dejar en su copa.
En las macetas blancas que adornan el patio los helechos se mecen de un lado a otro pesados, húmedos, limpios marcando el paso del aire con gracia. Los charcos de agua en el piso, recibiendo aún las últimas gotas, reflejan como espejos el paso de las nubes que parecen jugar una carrera.
La calma que flota en el aire después de la lluvia podía observarse a través de los vidrios de la ventana, apenas abierta.
La naturaleza se anuncia. Gime la tierra que absorbe agua, ladra un perro, el vuelo corto de un ave en busca de refugio, un relámpago, el sonido del trueno.
Comienza a llover nuevamente.
Y vuelvo a mis anotaciones. Y un pensamiento se encadena con otro. Y un recuerdo que asalta.
Y las ideas que van más rápido que la lapicera en mi mano.
El tiempo que Marta se quedó conmigo fue corto, chiquito, breve, efímero.
Para poder recordarla debo soplar los velos de la mala memoria, sacudir el polvo que deja el tiempo en el rincón del olvido y hurgar dentro de mí para traerla de a ratos, intentar retenerlos y nutrirme de ellos.
Marta era mi mamá.
Marta era música.
Marta era alegría.
No recuerdo el sonido de su voz, sí su enorme sonrisa.
Marta era inquieta, siempre activa y en cada empresa iba yo colgando de sus faldas. Quizá intuyendo que se iría pronto, no perdió tiempo en enseñarme lo que tarde o temprano descubriría sola.
Marta no cocinaba guisos de madre, ni postres de abuela pero sus rayuelas en el piso de la cocina nos llevaban de la tierra al cielo en un par de saltos. No me enseñó a coser.
No me enseñó a bordar. Sí me enseñó a  andar en bicicleta, sentir el viento en la cara sin importar cuanto enredara mis pelos, que pacientemente por las noches desenredaba.
Con Marta vivíamos en una casita con patio donde cultivaba rosas. En frente había una plaza. Allí, como si fuera una extensión de nuestro patio, tendía una manta en el pasto y espaldas al suelo veíamos pasar las nubes.
De su mano conocí a Serrat, amaba sus canciones. Teníamos un tocadiscos chiquito, de color gris que al son de la música paseábamos por el Mediterráneo y nuestra calle se vestía de Fiesta.
También me mostró el camino de los palotes, los dibujos y las letras. Abrió la puerta de mi curiosidad por las historias. Le gustaba leerme cuentos, no de noche y antes de dormir, lo hacíamos acostadas al sol en la plaza.
Los sábados por la tarde me llevaba a una iglesia. Mientras Marta, cantaba en el coro, recuerdo quedarme sentada en un banco duro al cuidado de una señora que llevaba puesto un gracioso sombrero, anteojos y unos bigotes que lograban acaparar toda mi atención.
Recuerdo además los disfraces para carnavales bailarina de Charlestón, de Pirata, de Hormiguita Viajera porque las princesas quedaban en los cuentos.
La primera vez que nos separamos, fue para un viaje que ella hiciera a la provincia de Córdoba, en busca de una cura milagrosa. Después de ese viaje ya no jugamos a la rayuela y nuestros paseos en bicicleta eran alrededor de la plaza, yo daba vueltas y ella me esperaba.
Nunca dejó de cantar y jamás perdió la sonrisa. Dicen que llevo el color de sus ojos, aunque poco los recuerdo, un par de fotos dan cuenta de ello.
Se fue un jueves de octubre, llovía y una leve brisa entraba a hurtadillas por alguna ventana, apenas abierta.

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