martes, 17 de febrero de 2015

Joan Mateu



Breves Joan Mateu
Publicado en la revista virtual Con voz Propia

Hojas muertas

Cuando amaneció, el bosque era un gran cementerio. Nadie sabía el motivo de tanta mortandad. Los árboles estaban caídos unos sobre otros en una informe montaña de cadáveres. Hablaban de una guerra nuclear, algunos de un ataque con pesticidas, otros simplemente se horrorizaban en silencio.
Sin embargo todo el mundo sabía que eso podía pasar porque año tras año, el bosque iba avisando. Cada otoño las hojas caían de los árboles dejándolos desnudos. Era el cementerio de las hojas muertas. Era el aviso. Sólo era cuestión de tiempo que también los árboles murieran.

Críticaliteraria                                                                                                                                     

Sus cuentos son sencillos, sugerentes y fáciles de leer. Tienen algunos errores ortográficos que deben ser debidos a la prisa en escribirlos y algún defecto de forma, pero eso no quita la calidad que subyace. El desarrollo de la historia a veces se complica en cuanto que mezcla acciones actuales con cosas pasadas en tiempos anteriores, pero debe tratarse de una licencia que adopta. A mí, personalmente me gustan, aunque los personajes no son creíbles y se complica mezclando historias de varios a la vez que son inconexos. Podría ponerle “peros” a los argumentos que a veces pecan de poco cuidados y no se entienden del todo, pero en líneas generales no están mal. Es cierto que parece que haya algún plagio en alguno de ellos, pero sinceramente, a mí no me disgustan en general. Son leíbles. Bueno, que tampoco hay que ser demasiado exigentes…

El mensaje en la botella
  
Las olas llevaron a la playa aquella botella con el mensaje en su interior. Con mucho cuidado consiguió sacar el papel de dentro y lo leyó:
“¡Socorro! Estoy perdido en una isla desierta. Llevo más de un año tirando botellas al mar con mensajes y estoy desesperado porque el mar me las devuelve”
Con parsimonia garabateó unas palabras en el mismo papel. Lo enrolló y metiéndolo dentro de la botella la tiró al mar lo más lejos que pudo.
Añadió: “Te entiendo, a mí me pasa lo mismo”

Los hombres con alas  

No se sabe si fue producto de una mutación hormonal o quizás fue una variación del ADN en algún experimento poco controlado, la cuestión es que empezaron a ser habituales los nacimientos de hombres con alas.
Esto creó confusionismo y también envidias. Las facilidades de desplazamiento, la nula polución y los ahorros en viajes, fueron factores determinantes para que se fueran introduciendo rápidamente en la sociedad.
El hecho de que cada día hubiera más hombres con esta característica, hizo temer una dominación de los alados, lo que creó temores en el resto de la población. Sin embargo todo se solucionó cuando se pusieron de moda los colchones de plumas.

El regreso del montañero

Después de aquella expedición de tres meses y medio regresaba a casa con unas ganas enormes de hacerle el amor. Los días pasados en lo alto de la montaña y los esfuerzos realizados, lejos de haberle debilitado, parecía que habían actuado de reconstituyente, sintiéndose pletórico y ansioso. Cada noche había soñado que la tenía en sus brazos con tal intensidad que por las mañanas parecía que notaba su olor.
Nada más llegar a aeropuerto la llamó y anunciándole su llegada le gritó al teléfono, deletreando con voz estentórea, "PRE-PA-RA-TE". Ella lo recibió en salón, al cabo de veinticinco minutos, con una taza humeante en su mano derecha.

Eclipse de artesanía
 
 Estaba absorto mirando al cielo con una mano ejerciendo de visera, protegiendo los ojos de los fuertes rayos solares. Al preguntarle qué hacía, me respondió lo obvio:
-Ya ves, mirando al sol.
-Eso ya lo veo, pero ¿qué miras realmente?
-El eclipse - respondió lacónicamente.
-Pero, hoy no hay eclipse - respondí - de haberlo, yo lo sabría por los periódicos o por alguna de las revistas de astronomía a las que estoy suscrito.
-Tú observa y lo verás…
Puse la mano de forma que no me cegara la luz y oteé el cielo sin ningún resultado.
-Lo siento, pero no veo ningún eclipse.
-Es que lo haces mal. No pones bien la mano.
-No entiendo nada - dije mientras me contorsionaba con la mano en alto.
-Debes sostener la mano recta y la vas corriendo muy despacio de forma que vaya tapando el sol, primero con los dedos y luego con la palma. De esta manera consigues un eclipse perfecto.
Al ver mi mirada de sorpresa y mi semblante en el que se podía leer que creía que se había vuelto loco, me dijo muy serio y circunspecto, mientras desplazaba la mano sobre sus ojos:
-Estamos en una época en la que se valora mucho la artesanía. No sería de recibo que los eclipses no se pudieran manufacturar. Yo acabo de conseguir uno, realmente espectacular, y además, hecho a mano.

2 comentarios:

Analía dijo...

Estimado Carlos:
Gracias por compartir estos cuentos breves con los lectores de Redes de Papel.
Gracias por mencionar la fuente de la revista con voz propia.
Saludos cordiales
Analía Pascaner

Analía dijo...

Gracias por compartir estos cuentos de Joan Mateu. Aprecio que hayan mencionado la fuente de la revista con voz propia.
Saludos cordiales
Analía Pascaner