jueves, 20 de febrero de 2014

Carlos Margiotta

Café de La Subasta Carlos Margiotta

Sobre la vereda, donde antiguamente había un jardín que en primavera estallaba en flores, habían construido un espacio de vidrio y madera con ventanas levadizas, como la de un vagón de tren, y un techo desmontable de fibra transparente cubría el cielo. Cuando atravesé el umbral del estrecho pasillo que conduce a la puerta de entrada de la vieja casa, un cartel fileteado en varios colores me decía: "Café de La Subasta. Bar".
 Hacía frío, anochecía, subí los cuatro escalones con miedo que me llevaban al lugar y entré. Una pareja de jóvenes me observó desde una de las mesas. Vi una negra salamandra llameando en una esquina y atravesé lo que fuera el gran ventanal de persianas de hierro, convertido ahora en  pórtico.
 En el interior del café, hacia la derecha, descansaba un piano de origen alemán, como el de mi madre. Recuerdo sus manos finas recorriendo el teclado, sus lecciones enseñando escalas y solfeos a los hijos malcriados del barrio que iban a aprender a tocar el instrumento sin ningún interés.
 Caminé hacia el final del mostrador de nogal lustrado, entre gente sentada que conversaba en voz baja, algunas parejas se mimaban con las manos entrelazadas, y los solitarios de siempre miraban detenidos en algún punto. Reconocí el patio trasero donde jugábamos con mis hermanos a la pelota; ahora estaba techado con ladrillos apoyados sobre vigas de madera y hierro. El ambiente era como un pequeño auditorio con mesas y sillas vacías, dispuesto para reuniones donde el micrófono reinaba en el improvisado escenario a nivel del piso, como esperando al animador y al público. Volví por el mismo camino y gire hacia la derecha, para sentarme a la mesa cercana al pie de la escalera que lleva al piso superior, donde estaban los dormitorios. Me vi deslizándome por el pasamano marrón como en el tobogán de la plaza.
 Después de tantos intentos, estaba ansioso y feliz de haberme animado a volver ese lugar sagrado, el lugar de la infancia. Llamé al mozo y pedí un café. El pasado se escurrió calentando mi memoria en cada sorbo, buscándome, asaltándome sin compasión.
 Tiraron abajo las dos paredes, pensé, la que separaba la sala de estar del comedor y las del pasillo donde estaba la puerta hacia la cocina, sólo las columnas quedaban erguidas a los costados evitando que todo se desmoronara.
 Marta volvía desde el ayer, entre neblinas y guardapolvos blancos, como todos aquellos martes, para tomar lecciones de piano, vestida con su pollera gris tableada y su suéter de lana azul que le abrigaba el pecho sobre la camisa celeste. Yo la miraba detrás de la cortina de hilo adornada con encajes que cubría los vidrios cuadriculados de la puerta de dos hojas. La  escuchaba desplegar sus partituras acariciando el teclado, aunque la verdadera música estaba en ella. Su cuello desnudo inclinado sobre el piano como el de un cisne excitaba mi infancia, pero entonces no sabía lo que era el deseo.
 Miré el reloj, todavía la noche era temprana y decidí subir por la escalera tantas veces transitada, creyendo que reconocería mis pasos en cada huella inscripta en los escalones vencidos. Al llegar a su desembocadura encontré dos mesas de pool en el lugar del dormitorio de los viejos; detrás estaba el balcón donde flameaba la bandera azul y blanca los días de fiestas patrias. Caminé por el corredor que separaba como un río a las orillas, las habitaciones de los varones de la de nuestras hermanas, hasta llegar al baño principal, la puerta tenía una foto de una mujer antigua diciendo: Damas. En el regreso me encontré con otra foto antigua, esta vez la de un hombre indicado el mismo destino.
 Aquí, también, las paredes fueron arrancadas dejando a sus ladrillos a la vista, como si en el revoque de arena y cal estuviera impresa la historia de aquellos tiempos, que era necesario olvidar. Sin embargo, esa rara mezcla entre lo nuevo y lo viejo vestían al café de un íntimo y secreto encanto, como la foto en blanco y negro que guardo en un álbum gastado de la pequeña Marta sonriendo en el jardín, y esa otra que vengo a buscar, como un arqueólogo, entre los restos de lo perdido.
 Las notas del piano vertical comenzaron a sonar y bajé rápidamente, retumbando mi andar en la caja hueca de la escalera y me senté en otro lugar más cerca de los recuerdos. "Esta me esta reservada para el Doctor", dijo el mozo, mientras preparaba una bandeja con dos balones de cerveza y una tabla de quesos. Me corrí unos metros más allá, me senté en el taburete alto del escaño y pedí un vino. El pianista, un hombre mayor que yo, tocaba su primer rutina compuesta por tangos y valsecitos criollos.  Entre tema y tema, el boliche se fue colmando de clientes, la mayoría parejas jóvenes y grupos de mujeres o muchachos que venían a compartir una copa y la soledad. La penumbra del salón acortaba la distancia entre el cielo raso y el piso con sus luces apantalladas y alguna que otra vela sobre las mesas encendían el fuego de las caricias entre ella y él.
 Así, suave, sin martillar, dejando que la mano lleve las notas a la yema de los dedos. "La música viene de las entrañas, el piano es sólo un instrumento que las hace resonar” decía mi madre. Así, sin grandes gestos, apenas un movimiento de la cabeza y los hombros acompañando como una orquesta, el pianista lograba el clima que yo necesitaba para encontrarme con mis fantasmas. Cuando terminó el último terma, aplaudí con ganas y muchos me siguieron. En la mesa reservada del Doctor había un hombre con traje y corbata. “¿Quién es?", pregunté. "Es el dueño" respondió el barman. Lo observé detenidamente hasta que él respondió con la mirada. Su rostro me resultaba familiar, quizás por esos bigotes negros que le juntaban las mejillas. El hombre se levantó, fue a la caja y se puso a revisar nos papeles. La noche, el alcohol y las voces de los parroquianos rodando por el Café, eran la envoltura perfecta que separaba al mundo real de ese instante mágico que la nostalgia me había provocado cuando decidí el regreso a la casa donde nací.
 Me sentía en paz, como si después de cuarenta años el destino hubiera pagado mis deudas. Sólo faltaba Marta caminado hacia mí, y tocándome el hombro por la espalda, me dijera: "Te estuve esperando".
 El Doctor se había sacado el saco y comía un bife con un panache de verduras, estaba acompañado por una mujer que me daba la espalda. Fue entonces cuando el hombre se levantó interrumpiendo su cena y acercándose me preguntó. Disculpe, ¿lo conozco de Tribunales?. No, contesté amablemente, aunque él se dio cuenta que le estaba mintiendo.
 Al rato, el pianista volvió para hacer su segunda entrada. Esta vez fueron temas melódicos, mi mano izquierda recorrió la música dibujando las notas sobre el mostrador, y tuve ganas de tocar. Pero yo necesitaba estirar las piernas, el alcohol me había mareado, quería salir a fumar un pucho y caminar por el barrio donde todo empezó. Llamé al mozo y pagué.
 El frío de la calle me despejó la conciencia. A esa hora, los únicos habitantes de la noche eran unos mendigos arrojados por la crisis que dormían juntos para darse calor en los umbrales de los comercios junto a bolsas de residuos. Di varias vueltas por las manzanas donde crecí. La casa de Jorge todavía estaba, el negocio de la Tana, también; la canchita de los picados ahora es una granja urbana, el almacén de don Pedro había desaparecido; el Club Italiano, adonde íbamos a bailar, había cambiado su frente por unos locales comerciales y el parque Rivadavia estaba enjaulado.
 Traté de juntar los fragmentos dispersos del pasado para ordenándolos antes hasta llegar a la esquina de Yerbal y Río de Janeiro. Allí Marta y yo nos dimos el primer beso adolescente. Más allá, las sombras vistiendo el puente sobre la vía del ferrocarril que terminada en el edificio del diario El Mundo. Tuve miedo, ese miedo ancestral que me asalta reiteradamente cada vez que escucho pasar al tren, y otra vez la vi arrojarse sobre las vías.
 Volví al café, como a un sueño, descendiendo por la calle. La Subasta se fue despoblando sin urgencias, mientras las luces, apagándose de a poco, estrechaban el círculo luminoso alrededor del piano en silencio. Dos mujeres de una mesa lejana se retiraron sonriéndome con malicia, y nos quedamos solos. El Doctor, en la mesa oscurecida, el barman, acomodando la vajilla que chorreaba en la estantería, y yo. Con un gesto pedí permiso para sentarme al piano, que el Doctor contestó asintiendo con la cabeza. Entonces baje de posición el banquito, haciéndolo girar, me senté y levanté la tapa que cubría el teclado.
 Cerré los ojos, Concierto para piano N° 26 en Re menor, de Mozat, me dije eligiendo la pieza, y toqué imaginando una función de gala del teatro Colón.
 Al finalizar escuché los aplausos, las ovaciones, los bravo, el público quería un bis…
 Entonces sentí los pasos de Marta con sus tacos altos y su perfume acercándose hacia mí por detrás, sentí posar su mano en mi hombro, diciéndome como ayer: "Te estuve esperando".    


2 comentarios:

Anahi García dijo...

Que hermoso relato, lo viví como si fuera propio y estuviera caminando entre los personajes. Una alegría haberlo leido y sentido. Gracias Carlos!!!

Anahi García dijo...

Genial, un relato para leerlo y recorrer el escenario viviendo y sintiendo los recuerdos y las emociones como si fueran propias una sensación inigualable. Gracias Carlos!!!