martes, 28 de agosto de 2012

CARLOS A. MARGIOTTA


LA FUENTE DE MORRONES

Compré unos morrones bien colorados para acompañar la carne; a ella le gustaban por su forma de corazón. " Si parece que laten" decía, viéndolos expuestos en la góndola como un rey entre las otras verduras simplemente verdes y oscuras, débiles y sumisas ante tanta presencia. Quería sorprenderla con mi habilidad culinaria y nada más sensual para una noche de amor y primavera.
            Prendí la llama de la hornalla de la cocina con el fuego mínimo, y coloqué el primer morrón apoyado sobre la base mayor. El fuego se pegó a la piel carmín acariciándola como la mano de una madre. Poco a poco se fue oscureciendo de ampollas negras  y estallando en gritos de  delicados perfumes de oriente. Después lo di vuelta en el sentido contrario hasta quemarlo totalmente, y continué con los demás, uno por uno, imaginando en cada crepitar nuestros cuerpos abrazados en una hoguera lenta y paciente,  prolongando el instante inevitable de la muerte.
            En una cacerola con agua fría se desinflamaron juntos, y comencé a despellejarlos. Mi mano reconoció cada pliegue como a su cuerpo desnudo dejándose tocar eternamente. Los abrí con un cuchillo de hoja pequeña y separé las semillas acaloradas. Tendidos en una tabla de madera, los corté a lo largo en forma de labios, y en una fuente transparente los acosté entre rodajitas de ajo y poca sal. Los bañé con mucho aceite de oliva, a la italiana, y los abandoné agotados de amor, descansando hasta la noche, cuando el alma volvería a la fuente de morrones, como ella con su aliento encendido.
            Probé uno elegido al azar, acaso el más pequeño, y pude ver su boca confundida de rouge, mordiendo desesperada, y su lengua deslizándose entre llamas jugosas, como en mi boca. Pude ver su mirada caliente suspendida sobre la mesa, esperando el vino, para ahogarse en una copa, y en otra, y en otra más, hasta el basta. Pude ver una fuente gigante de morrones, como un incendio, con nosotros adentro, quemándonos con ajo y sal, sobándonos en el rubí del aceite; los dos hambrientos, y desaparecer en cada bocado con pedacitos de pan.

    


1 comentario:

Analía Pascaner dijo...

Apreciado Carlos, me dio gusto leer tu escrito.
Saludos cordiales
Analía