domingo, 6 de junio de 2010

NEGRO HERNÁNDEZ


FIESTAS PATRIAS

La noche húmeda de Barracas nos encontró otra vez en la esquina del Tres Amigos, después de los festejos de los 200 años de Revolución de Mayo.
Estábamos reunidos alrededor de la mesa de café compartiendo un aperitivo y la charla que los viernes se extendía hasta la medianoche. El Mirón bostezaba como siempre y la cabeza se caía hacia atrás abriendo la boca, como esperando que el cura le colocara una ostia. Sandoval sacó el pastillero del portafolio y empezó a seleccionar los remedios que debía tomar a esa hora. "Ando mejor de la presión y la diabetes" dijo, mientras clavaba el escarbadientes en los últimos trozos de salamín. Oliverio trataba de articular una palabra coherente pero el ataque de risa, producto del Gancia, no lo dejaba. Jorge hacía que fumaba jugando con el cigarrillo apagado. "Me gusto el festejo, yo estuve con mi mujer la mañana del 25 y no se podía caminar de la gente que había", comentó. "Lo que no me cierra es el término bicentenario", agregó el Gordo, "Me suena muy postmoderno, como bisexual, binorma, y lo que es peor a bípedo como nos decían en la colimba... ustedes que saben: ¿cómo lo llamarían? "Simplemente 200 años. 200 años suena fuerte, es más masculino, tiene otra identidad", dijo Sandoval.
Después la conversación derivó por otros caminos azules y blancos: el mundial de fútbol, los barras, las botineras y los jugadores de antes y los de ahora. ¿Cómo habrá sido aquel 25 de mayo? preguntó el Mirón que había vuelto de su ausencia. ¿Qué sé yo? Me imagino que la plaza estaría llena de pendejos como en el recital del obelisco, contestó Jorge.
El gallego trajo los cafés habituales después de la picada y el Gordo propuso un truco de seis. Oliverio debido a su estado etílico se excuso de la partida, y yo, que había sido invadido por las imágenes de las fiestas patrias, preferí abstenerme para que descansara mi agitada mente.
La escuela de mi barrio era tan pobre como sus habitantes, pero en las fiestas patrias se vestía de gala para celebrarlas. Nosotros, de pantalón corto, nos formábamos en el patio central cruzado por un viento fuerte que arrastraba las hojas secas de invierno. El frío tiritaba en mis piernas y el abrigo de lana debajo del guardapolvo blanco no alcanzaba para calentarme la cara ni las manos. Frente al mástil contemplaba cómo la bandera era izada mientras catábamos Aurora y me emocionaba hasta las tripas como ahora. Después venia el discurso de la directora y más tarde el chocolate caliente y los churros.
La señorita Esther conversaba un rato con las madres presentes y nos despedía uno por uno con un beso que entibiaba mi mejilla.
Truco, grito el Gordo, retruco dijo Sandoval, dando testimonio de la pasión que nos hermana y me hizo volver a la mesa de naipes. Los que perdían tenían que pagar la cuenta el próximo viernes. En ese espacio entre nosotros se entretejen la fantasía y la realidad, las imágenes se desvanecerán en el instante del juego, pensé.
Entonces todo era más claro, los próceres inmaculados de la patria era modelos a imitar, y creíamos en ellos como en nuestros padres. El sargento Cabral, el negro Falucho, y mi preferido: el tamborcito de Tacuarí eran mis héroes.
Cuando terminó la partida Oliverio se había recuperado y no hizo falta acompañarlo a su casa de Parque Patricios. Nos fuimos despidiendo uno por uno debajo del farol de la esquina que reflejaba su luz en el adoquín empapado, y me fui caminado por la calle blanca que desemboca en el Riachuelo acosado por interrogantes tan amplios como complejos. De los festejos del Bicentenario me llevo múltiples miradas, fragmentos, partes sueltas, piezas para armar, y el mismo deseo de la infancia latiendo con la esperanza de realizarse alguna vez: ser una gran Nación.

1 comentario:

Sonia Cautiva dijo...

Negro Hernández: un cuento bien actual, con reminiscencias, hermoso, latente y con el dejo de la esperanza puesta.
¡Qué linda narración!
Me pareció estar sentada a la mesa.
Un abrazo
Sonia