lunes, 27 de febrero de 2017

Griselda Rulfo

   PEDACITOS de PAPEL  
Griselda Rulfo

 

Está sentada en el desnivel formando un banco con las rodillas y la tela del camisón que la cubre.  Las ojotas grises de hace tres veranos son un puente entre el pulgar y el índice del pie izquierdo.  Porque el derecho quedó desnudo en esa distracción de esa siesta calurosa de enero desocupado. Vacío de faenas.
 Hay un mar gráfico de diarios, revistas, folletos, hojas blancas, fotografías, cajas, cartones, tapas, carpetas, bolsas, llaves, candados, tuercas, alambres, silbatos, cronómetros, hilos, sobres.  Es un mar calmo y agresivo a la vez.  Sin ondas en la superficie lineal.  Pero con la fuerza avasalladora de la invasión de espacios y tiempos que el círculo de papeles y objetos lanza contra ella.
 Con muda desesperación mira hacia uno y otro lado, paralizando sus manos ante la indecisión que la invade: ¿ qué tirar? ¿Qué guardar? ¿Cómo? ¿Dónde?  Allí, desparramada sobre el piso de cerámica, está su vida: en recuerdo y en imágenes. El diploma de marinero de Don Pancho, su padre, la tarjeta de una misa de Don Teresio - su abuelo materno -, las figuras de Don Juan y Doña Catalina (sus abuelos paternos) , y un abanico de fotografías de ella con la nona María cuando era niña, cuando era adolescente, cuando estudiaba en el profesorado. Cuando, cuando. Y un sinnúmero de ojos extraños que la miran desde el fondo abismal de acciones que se han ido, autoaprisionándose en un inconsciente misterioso. Carcelero de horas y días vividos.
¿Y esos otros cartones con mujeres de altas hombreras y cintura anillada?  Enhiestas. Firmes. Haciendo guardia al lado de su pareja de finos bigotes y polainas entrecruzadas de cordones: ¿quiénes son?. Hay un aroma a vetustez en cada uno de los recuerdos que la asombran, la entusiasman pero la agobian.
 El polvo, guardián del tiempo, le queda en la yema de los dedos. Sonríe, musita, bosteza, llora, se increpa a sí misma.  Duda, se encoleriza, perdona, ama, odia.  Todo en un instante, en la fugacidad intensa de la emoción que crece desmedida entre su corazón y sus manos.
 Detiene el tiempo un segundo, así es la vida. Busca una bolsa negra y grande. Se sienta en el desnivel formando un banco con las rodillas y el camisón que la cubre.
Comienza a rasgar su vida en minúsculos trozos y los arroja al profundo sismo como si sólo fueran pedacitos de papel.