domingo, 20 de diciembre de 2015

Cristina Pailos



La Barca de Caronte  Cristina Pailos

Abandonamos la vida social. Nuestros amigos se extrañaban y al principio se sucedían los llamados telefónicos todos los días, después se fueron espaciando y con el tiempo, sólo unos pocos siguieron llamando de vez en cuando. Con  discreción, les decía que Cesar estaba muy agotado y parecía que la recuperación le llevaría un tiempo. Necesitaba reposo.
Lo cierto era que mi intención era evitar las miradas de asombro de los demás. Él no parecía consciente de su transformación. Las secuelas de la enfermedad o de la operación, no estoy muy segura, habían sido devastadoras. Su apariencia era normal. Seguía elegante y cordial pero en cuanto intentaba construir una frase, o llamar a alguien por su nombre o nombrar cosas o situaciones, el daño no se podía ocultar. Entendía el uso de los objetos y quienes eran  las personas pero se confundía al nombrarlas.
El médico me habló bastante y quizás por mi nerviosismo o porque las explicaciones me resultaron difíciles, no entendí nada. Consulté con otro especialista y creo que me dijo más o menos lo mismo. Ambos coincidieron en que había que esperar días o meses para que fuera saliendo de la confusión verbal. Mi  desconcierto crecía día a día. El tiempo seguía corriendo aunque se lo sintiera pesado e inmóvil, sin cambios. Llegamos al año. ¿Por qué me engañan? ¿Por qué me dicen que se curará si  está siempre igual? Era una pesadilla insoportable.
Lo miraba, lo escuchaba y lo confrontaba con su imagen anterior. Abogado de profesión y dedicado desde el colegio secundario a la actividad política, la oratoria era su fuerte y aquellas alocuciones precisas y convincentes fueron los principales recursos que le permitieron llegar a ser intendente, después legislador provincial y por último, nacional.  Se destacó también en la cátedra universitaria. Ahora, la conciencia del lenguaje lo había abandonado, y las palabras parecían querer imponerse con una libertad absoluta, quizás resentidas por haber abusado de ellas y hasta en más de una ocasión, vaciado de contenido.
A la cama la llamaba mesada, a la mesita de luz, inodoro y a nuestra habitación comité central; los otros dormitorios eran las regionales, por enumerar algunos ejemplos.
No me podía descuidar. Una mañana, al llegar de hacer las compras, escuché que le decía al pintor: -empiece por pintar las regionales que dan al potrero (el jardín)-. El muchacho miraba para todos lados hasta que me vio y me demostró su alivio con un saludo exagerado de bienvenida. Con disimulo lo llevé hacia las habitaciones que César  le había indicado y sin ahondar en detalles, le dije que para todo se dirigiera a mí.
Yo ya no soy petisa, negra, diosa . Soy la cumpa o la bataclana. No sé de que depende el cambio de apelativo.
Al despertador lo llamaba recreo:
-por favor bataclana- pará el recreo que está sobre tu inodoro. Dejá que me quede un rato más en la mesada. Mañana no lo quiero escuchar.
La mesa empezó a llamarse cama. Hace unas semanas le dijo a la mucama: -por favor, pongase ya a preparar la cama. Mi bataclana y yo queremos zambullirnos en la cama porque tenemos un hambre que usted no se imagina. La chica conocía muy bien la situación pero se le escapó la risotada.
Después que se levanta de la mesada, va al retrete , abre las manivelas y se da un enjuague. Como imaginan ,eso significa que se levantó , fue al baño y se dio una ducha. Luego salió al atrio (porch) o al potrero (jardín) para leer el mangrullo (diario). Aunque a veces lo leía en el Ayuntamiento, palabra que antes nunca usó salvo, cuando se refería a alguna noticia de España, pero que ahora designaba al Bar de la esquina. De pronto me decía: -Andá al chusmiadero  (ventana) y fijate si paró de joder/llover) porque tengo ganas de salir.
Una noche llamó mi amiga Elsa para invitarnos a tomar un café en su casa y él le contestó: -gracias, vos siempre tan melosa (quiso decir amable), pero mejor lo dejamos para otro evento (oportunidad) . Según el pronóstico se viene una  feroz tos convulsa (tormenta). Después llamé a Elsa para disculparlo. Ella no lo podía creer. Había quedado muy angustiada pero admitió que en primer momento lo de melosa le había caído pésimo.
Un fin de semana nos visitó Pedro Inocenti, un amigo de César de toda la vida, a quien yo algo le había advertido sobre la sorpresa que encontraría. Quedó azorado y por momentos no podía disimular su incomodidad. Ya cuando se había puesto de pie para irse, preguntó:
-¿Hace mucho que no van al cine?  Cesar con toda naturalidad le contestó: -Sí, hace bastante que no vamos al bolígrafo.
Y ese es otro ejemplo de rareza. Entendía qué quiere decir cine  pero él tenía que llamarlo  bolígrafo, ni siquiera la antigua palabra biógrafo  que con seguridad usó hace mucho tiempo su abuelo .
A los taxis les decía barcas y a los taxistas Carontes. La mitología siempre fue su debilidad y por lo visto la siguió recordando muy bien, pero la elección de esas espectrales imágenes bien podía ser una sombra de terror, según mi análisis precario.
La nómina de palabras y expresiones es tan extensa  que opté por escribir un glosario, aunque como ocurre en todas las casas bilingües me daba igual decir tormenta o tos convulsa.
Mi furia contra las mentiras de los médicos me causaba miedo de mi misma. ¿Para qué mentir? ¿Qué es todo esto? Hasta fantaseaba a veces que César podría haber planeado esta puesta en escena con la complicidad de los médicos para volverme loca…y si fuera así, un día los mato a todos. La idea me asustó. Repasaba toda la historia para ver si encontraba algún indicio de farsa y de tanto en tanto se me aparecían entrecruzamientos de miradas entre César y el médico que podían interpretarse como sospechosas. Descartaba inmediatamente la idea. No. Algo en mí ya no andaba bien.
Pero una mañana: la gran sorpresa. Desayunó en silencio y al terminar ,  me dijo: -Voy a salir un rato -y le pregunté: -¿Vas a ir a leer el Mangrullo en el Ayuntamiento? Mirá que está por joder y se viene una tos convulsa brava, según el pronóstico.
Se dio media vuelta como espantado y con fastidio me dijo: ¿Estás bien? ¿Qué te ocurre? Hay que llamar un médico urgente. ¿Te diste algún golpe en la cabeza? No tiene sentido nada de lo que decís. ¿No me estarás cargando? Espero que no te hayas vuelto loca porque me partís por el medio, me arruinás la vida. Ni se te ocurra. Se curó abruptamente y sin preaviso.
Yo quedé con la mente en blanco. No sabía que hacer pero me sentí en peligro. Siempre recordé esas palabras de Edgar Allan Poe que cuando los locos parecen curados es cuando están peor y le pedí que llamara al médico que lo había atendido a él durante todo este tiempo. Que no viniera uno cualquiera de emergencia. Tenía que ser el médico que conocía la situación que habíamos vivido.
Aceptó. Cuando llegó el médico y habló unas palabras con él, obviamente lo encontró normal. Se acercó a mí y muy sonriente me dijo: -¿Vio que en poco tiempo se le iba a pasar la confusión lingüística? Me puse nerviosa, no sé que sentí. Con enorme esfuerzo le contesté: - Discúlpeme. Está sonando el recreo sobre mi inodoro al lado de la mesada.
Hace dos meses que me instalaron en este Neuropsiquiátrico.

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