martes, 4 de mayo de 2010

STELLA MARIS TABORO


LA CINTA QUE CAMBIÓ DE COLOR

Era su silueta inconfundible. El casco de la estancia se elevaba como un señor feudal soberbio. En la inmensidad de la pradera. Verde y fértil alfombra. En su monotonía sólo salpicada con la sinfonía de coloridos trinos, la estancia se erguía, atractiva como una joya y con un entorno de verdes paraísos.
Para llegar hasta allí, había que recorrer un camino estrecho y largo, custodiado por prolijísimas columnas de eucaliptus. Las tejas coloniales se encendían más en los días de claro cielo y sol. Casi un lugar celestial, la tranquilidad se afanaba por marcar el aire de la estancia.
Así eran todos los días que enhebraban un tiempo lento en ese lugar. Eso fue hasta que un día lunes, el primero del mes de octubre, Julia había despertado sobresaltada. Estaba sola, su esposo había salido muy temprano. Una sombra azabache se alejó de la ventana y se perdió en el campo abierto.
Era la primera vez que ocurría. Ahora entendía por qué despertó asustada.
Le pareció ver una cinta renegrida que sacudió la ventana y que se alejó después.
Un relincho de cadenas, vampiros galopando, planetas diabólicos errantes. Toda una mezcla de confusión.
Se levantó malhumorada, confundida, turbada. Ese día para Julia fue tan oscuro, un refugio de fieras en su alma la torturaba. Temblaba como una hoja en el ojo de un huracán y para colmos estaría todo el día sola. Su esposo regresaría recién el fin de semana. Un ardor de filosos diamantes parecían hincarse en todo su cuerpo.
No quería que llegara la noche. Quiso prolongar la claridad de ese día. Pero las inexorables horas marchaban... Otra vez una noche cerrada, de sonidos extraños y otra vez la cinta negra se agigantaba llegando hasta la alcoba de Julia. Se había depositado en el umbral de piedra en la ventana.
Julia recostada en su cama estaba congelada de miedo, casi conteniendo la respiración, el aire hería su entorno. Estaba prisionera en ese misterio que quería develar.
Llegando la medianoche, la cinta negra casi con la voz de un sepulcro abierto y entre quejidos, empezó a contar que había sido una cinta alegre y colorida cuando andaba libre por esos campos que eran suyos aún sin títulos, sin papeles.
Una cinta coronando la frente de un nativo, una cinta que siguió la historia por el viento, enlutándose, perdiendo su color de libertad, cuando ya su lugar no era el rostro del dueño de estas tierras.
Allí donde estaba la estancia, las tribus hermanadas habían respirado los amaneceres, adorando a la tierra, las ráfagas de viento le pertenecían, las aves del cielo compartían su libertad. ¿Por qué robaron la libertad? -preguntaba la cinta negra. ¿Por qué nos arrebataron el suelo y nos desplazaron?¿Por qué el hombre, con su ambición, sembró dolor e injusticia?
¿Por qué? ¿Por qué?Y todos los por qué, retumbaron en las estrellas y cosían respuestas sin hilos, porque todo lo robaron, hasta los hilos de la historia nativa.


-San Jorge, Santa Fe-

3 comentarios:

Analía dijo...

Querida Stella:
Admiro tu crecimiento, siempre lo reitero pues estoy convencida de tu esfuerzo.
Recibí mi cariño
Analía

Anónimo dijo...

Un relato bello con final inesperado.
Abrazos

elba

Maria Rosa dijo...

Atrapante relato al que ya nos tienes acostumbrada, la magia de tus letras hacen posible tanta belleza,
Un abrazo
María Rosa