miércoles, 25 de septiembre de 2013

Alicia Chillifoni




Perdone la molestia

Perdone la molestia. ¿No me saca un sachet de leche?
 La miro, saliendo de mi autismo de ama de casa en supermercado. Se trata de la mujer con quien me he cruzado algunas veces, y cuya manga derecha siempre flamea, vacía. Le falta un brazo. Eso creía yo.
 Abriendo la conservadora vertical pregunto ¿cuál de ellas? La descremada, me aclara. Yo tomo el producto indicado y  me dispongo solícita, a colocarlo en la bolsa de lona blanca que lleva colgada por su única manija larga, desde el hombro izquierdo, rodeándole diagonalmente el torso, hasta la altura de la cadera derecha.
 Esperaba que ella entreabriera la boca del bolso con su mano única, pero sólo señaló, agachando un poco la cabeza y arqueándose para adelantar un poquito su cintura, como única contribución a mi intento de guardar el sachet.
 Me di cuenta recién entonces de que también su manga izquierda estaba vacía: le faltan ambos miembros superiores. Para justificarse, como si hiciera falta, me explicó “si le pido al chinito, me acompaña y me va haciendo la compra, pero me da no sé qué distraerlo, está muy ocupado. Por eso la molesto, discúlpeme”.
 Y seguimos recorriendo las góndolas, ella por sus cosas y yo por las mías.
 Cuando llegué a la caja, justo era su turno. El cajero iba sacando la mercadería, y entre bromas la pasaba por el escáner. Cuando tuvo el ticket con la cuenta, le comunicó el importe, y él mismo extrajo el monedero del fondo de la bolsa que ella acercaba con el gesto coordinado de cintura y cabeza que deduje habitual, automático.
 El chino desparramó los billetes en el mostrador, contó, y le dijo: esto es pala mí, lo demás pala usted. Y así diciendo, colocó el vuelto en el monedero, y éste en el sitio del que lo había sacado. Encima de él acomodó en la bolsa los bultos de la compra, y se despidió de ella con una leve reverencia y su acostumbrado glacias.
 Mientras caminaba hacia mi casa pensaba en las tantas veces que reniego de tener sólo dos brazos. Quisiera ser pulpo para poder hacer, por lo menos, cuatro cosas a la vez. Ahora me siento avergonzada.
 No imaginaba que alguien sin manos lograra hacer sus compras. En realidad nunca se me había ocurrido pensar en algo así. Acabo de comprobar que es posible. Entonces me distraigo buscando mentalmente otras actividades que le resultaran accesibles, pero no se me ocurre ninguna.
 Me arranca de mis pensamientos el empellón que me propina alguien que cruza la calle en dirección opuesta a la mía, con su mochila colgada displicentemente a un costado, aumentando lo ancho del espacio que abarca su espalda, de por sí considerable. Reacciono y me doy vuelta para mirarlo, esperando un gesto de consideración. Pero sigue ajeno a todo lo que no sea su andar imperturbable, sin darse por enterado de que casi me tira al suelo. Avanza como embistiendo, en arremetida, acompañando su marcha el vaivén de sus dos soberbios brazotes.
 Y siento que éste es el discapacitado, aunque nunca se entere, y no la señora de las compras. Ella llega al producto que necesita, mira a su alrededor, y confiando en la solidaridad de la persona que está más a su alcance en ese momento, comienza con la frase que abre todas las puertas, y que seguramente este joven prepotente no sabe pronunciar: disculpe la molestia. Colgada del tema, sigo tratando de adivinar qué cosas podría hacer yo sin estas manos mías, que hasta hoy me parecieron insuficientes.

Nuria Barbosa León


Relación de amor  


Fue un día a pleno sol, en el verano cubano donde las nubes se esconden, el calor se multiplica, la tierra hierve y el polvo se expande. 
Yunior, de cinco años, destellaba emoción, haría terapia con un caballo. Su ceguera congénita lo privó de conocer los animales y las plantas pero tampoco distinguía los colores, las figuras, el brillo, la oscuridad, necesitaba entonces, palpar, oler o degustar.
Imaginó los caballos como héroes de guerra o compañeros de trabajo, según las historias narradas, pero también lo pensaba dócil, obediente, amigo en cualquier circunstancia, fiel y cariñoso.
Su maestra, los médicos y terapeutas, de la escuela especial Abel Santamaría de la capital cubana, explicaron en clase de los beneficios de la equinoterapia, todo consistía en algunas horas de ejercicios junto a un caballo.
Al llegar al lugar, su agitación creció porque sintió el trote y le presentaron el animal nombrado Nevado, de raza Appaloosa.
Fue suficiente que la mano infantil diera unas palmaditas en el lomo, acariciara el hocico y le dijera unas palabras cariñosas para que el caballo brindara amor.
El domador Luis Alfonso Cruz Rodríguez, en ese primer día le enseñó la monta, pero para Yunior no era bastante, necesitaba más y el caballo le brindó confianza y sin que nadie lo percibiera se puso de pie a todo trote, dejando confuso a los presentes.
Luego vinieron muchos días y largas sesiones, hubo una relación de afecto entre ambos. El niño jugaba y el caballo permitía todo tipo de acrobacia sobre su lomo.
No sería fácil explicar por la ciencia por qué, después de una estrecha relación que duró 11 años, el animal murió ciego y el niño se llenó de fortalezas.

Elizabeth Oliver (Eliza Abalos)


Amnesia



Subió lentamente las escaleras del Estadio casi vacío y se sentó allá arriba, en la última grada de la tribuna. No sabía por qué había entrado ni qué lo había impulsado a subir tanto. Miró hacia la cancha por un instante, sin interés, y dejó que su mirada se perdiera en la nada. Estaba confuso, tratando sin suerte de hilvanar algún pensamiento, de recordar algo, por lo menos, dónde había estado antes de llegar ahí.
Buscó en sus bolsillos... sólo tenía unos pesos, la entrada y un boleto de estacionamiento, marcado a las 19:30. Miró el reloj, eran casi las 9 de la noche. Había salido en el auto, pero ¿a dónde?, ¿en qué garaje lo había dejado?, ¿y por qué?
Sintió el murmullo sordo de la gente festejando un gol. Los oía más lejos de lo que realmente estaban. Tenía que hablar con alguien, preguntar, tratar de recomponer el vacío instalado en su mente. Bajó las escaleras y llegó a la salida. Afuera, las boleterías ya estaban cerradas, sólo se veían unos cuantos guardias dispersos, en grupos de a dos, y un manisero, avivando el fuego interno de su carrito.
Se arrimó al vendedor y le compró maníes para entrar en conversación. Quería saber si lo había visto llegar al estadio, y empezó contándole que no recordaba nada, ni siquiera dónde había estacionado el auto. El hombre lo miró extrañado, le preguntó si se sentía mal, le palmeó el hombro y lo invitó a sentarse en su banquito. En eso, se oyó una voz a sus espaldas:
-¿Qué le pasa, señor, lo podemos ayudar en algo?
Eran dos policías uniformados, de los que andaban en la vuelta. Les respondió la verdad de lo que estaba sintiendo. Necesitaba volver, aunque no sabía a dónde. Si pudiera encontrar el auto, tal vez recuperara la memoria. Les mostró el boleto, los dos agentes lo guiaron hasta el estacionamiento más cercano, en Avda. Italia y Albo y entraron con él.
-Vamos a ver el coche, pero antes de dejarlo ir, le vamos a llamar una emergencia para que lo revise -le dijo uno de los agentes mientras el otro hacía la llamada por el móvil-, no puede irse sin saber a dónde, no se preocupe, va a estar bien.
Al abrir la puerta, vieron un zapato de mujer en el piso, un taco muy alto asomaba por debajo del asiento. No lo tocaron... se miraron de reojo.
-Parece que andaba acompañado... y que la dama salió apurada... ¿por qué no nos cuenta lo que pasó?
No podía contar lo que no recordaba, pero empezó a ponerse nervioso.
-A ver, déme los documentos -abrieron la guantera y los sacaron ellos-, ¿se acuerda cómo se llama?
-Sí, Mario Suárez.
-¿Y la dueña del zapato, quién es?
-Ella es... no sé... es... no la recuerdo...
Llegó la ambulancia, lo empezaron a revisar y a hacerle preguntas. Tenía la presión un poco alta y el pulso agitado, le dieron un comprimido y querían llevarlo al hospital para hacerle estudios, pero se negó. Mientras tanto los policías, uno con cada uno de sus documentos, hablaban por los móviles. Apareció un patrullero y lo invitaron a subir. Los uniformados de a pie se fueron sin explicar nada; presintió que los motorizados ya sabían lo que le pasaba.
-Vamos a dar unas vueltas, a ver si se acuerda de algo.
Se metieron en el Parque Batlle y enfilaron hacia la fuente luminosa, adelante se veían dos patrulleros con las luces del techo girando y varios haces de luz de linternas moviéndose entre los árboles. Se detuvieron junto a los otros, lo hicieron bajar y sosteniéndolo de un brazo se internaron en el parque. Estaba cada vez más nervioso, sudaba.
-¡Acá!  -gritó uno desde lejos- ¡vengan acá!, ¡traigan más luz!
Había una mujer tirada en el pasto, quieta, con un pie descalzo.
-¿Está viva?
-No sé, a ver... Sí, tiene pulso, pero muy débil, llamá una emergencia, está muy golpeada... pero... ¡es un travesti!
Mario se zafó del agente que lo sujetaba y corrió internándose en el parque.
-¡Alto!, ¡alto o disparo! ¡Correlo, este hijo de puta se acordó de todo!
Uno o dos tiros al aire no lo detuvieron, pero tropezó y lo pudieron alcanzar. Cuando la ambulancia se llevó al travesti, que ya recobraba el conocimiento, volvieron a subirlo al patrullero, ahora esposado.
-Lo reventaste y te tenemos que llevar por agresión, pero más que nada por tarado. Si no nos hubieras hecho el verso de la pérdida de memoria, nunca habríamos sabido quién le pegó.
-No fue verso, me quedé en blanco... me asusté, creí que lo había matado. Es que cuando lo subí al auto pensé que era una mujer y cuando me di cuenta me puse furioso. Se escapó y corrió, pero mal, con un zapato solo, lo alcancé enseguida y le empecé a dar y a dar... hasta que cayó.
-Sos un tipo de mala suerte... nos avisó otro marica de los que laburan por acá y por eso lo encontramos. Si nadie hubiera llamado, se despierta solito y se va, como hacen todos cuando les mueven la calavera. Ya están acostumbrados, ni siquiera van a la seccional a hacer la denuncia. Si el juez que está de turno ahora es el que yo pienso, te va a procesar sin prisión, él tampoco se los banca. Pero igual te vas a comer 48 horas ó un poco más, no mucho. Y para la próxima, aprendé a reconocerlos antes de levantarlos, gil... ¡mirales las patas!, ¿dónde viste una mujer que calce más de 42?.
 

Susana del Negro



La mudanza 



-Mamá, ya no podés vivir solita, es muy peligroso con tanta inseguridad, mejor  te compramos un departamento cerca de mi casa. Le dijo un día su hijo Martín.
Y así fue como llegó el día de mudarse, de abandonar esa casa que había cobijado a su familia tantos años. Fue repartiendo entre sus hijos algunos de los muebles y la vajilla que no iba a necesitar en su nueva vivienda. Donó parte de su ropa y la que aún conservaba de su marido a la iglesia y fue cerrando roperos y placares como se cierra esa etapa de la vida, con dolor y resignación. De los libros se negó rotundamente a desprenderse, serían su compañía en la nueva vida.
¡Eran tan jóvenes, ella y su esposo, cuando fueron a vivir a la antigua casona!, 3 habitaciones, una gran cocina, un patio  y un jardín que se llenó de flores y árboles frutales muy pronto.
El crédito hipotecario que les otorgó la Cooperativa les llevó cancelarlo 30 años, pero a fuerza de trabajo y ahorro lograron pagarlo.
Los recuerdos, las risas de los hijos que fueron llegando,  las enfermedades, la estadía de los abuelos, la tía solterona que se quedaba a cuidar a sus sobrinos, las reuniones de los compañeros de escuela de los chicos. Algunas lágrimas, enojos y reconciliaciones. Los asados con amigos. Las fiestas de fin de año.
La construcción de la piecita para Martín, en la terraza, con la ayuda de sus cuñados, los fines de semana. El cumpleaños de quince de las mellis, Laura y Mabel, que se festejó en el patio adornado con globos y banderines color rosa.
El día que Laurita se casó y salió de la casa del brazo de su padre vestida de blanco.
La despedida a Mabi cuando se fue a vivir a EE.UU. recién recibida de economista.
La llegada de los nietos y sus juegos en el patio y en el jardín.
Cuando todo parecía que volvía a empezar, la enfermedad de su esposo, que lo postró en cama por muchos meses hasta el día que se lo llevaron para internarlo y no volver nunca más.
Tristeza, soledad y su empecinamiento de no abandonar su mundo pese a todo, hasta que fue inevitable.
Cuando atraviesa la puerta con paso lento del brazo de su hijo, llevando la vieja cartera que llenó con los recuerdos más indispensables,  siente que como duendes traviesos algunos se aferran tenaces y no la dejan avanzar

 

Celia E. Martínez



CORTOS

LA LLUVIA
Estoy sentada en la poltrona más cómoda de la galería de mi casa de Carmelo. De pronto se nubló y empezó a soplar viento del sur. Cierro mis ojos. Aún así veo las nubes negras, oigo los teru-teru de los teros que revolotean cerca de sus nidos y el sonido de los pájaros que vuelan a refugiarse en los árboles. Puedo sentir el típico olor  de cuando va a llover,  el de los eucaliptos cuando llueve. Me levanto y toco el agua que cae, siento que mis sentidos me dan el agradable sabor de la tormenta que se avecina. La placidez es intensa y siento la quietud del momento. Entro. Detrás de los vidrios puedo ver la serenidad del caer del chaparrón. Me gusta oir el golpeteo en las ventanas y el despertar de todos mis sentidos. Estoy en paz.

DON ROQUE

Pareciera que le pesan los años vividos, por su forma de andar tambaleante, la gorra sucia que usa todo el año, su ropa limpia, pero desprolija, el saco despeluzado y con un botón de cada color, sus pantalones de otro tono, arrugado y embolsado. Se sabe poco de él en el pueblo, ni demasiado de su vida. Llegó un día, solitario, triste. Apenas sonríe,  habla poco con alguno del pueblo, pero no cuenta. Come solo en el bodegón del puente. Su apariencia no deja entrever su edad, podría ser viejo, sus manos rugosas dicen que ha trabajado duro durante años. Alquila una habitación en la vieja posada. Sus ojos tienen una extraña mirada, lejana, como llenos de recuerdos. Ninguno de nosotros, los pueblerinos podemos ahondar demasiado en sus gestos cargados de una existencia que no ha sido buena. Todo en él es tristeza, su cara llena de arrugas, sus manos callosas, su andar, todo nos muestra que escapa de su pasado.  Poco es lo que podemos sondear en ese hombre lleno de misterios.

QUIEN ME MATÓ

No logro concentrarme, me siento, escribo algo sobre un crimen perpetrado y no se me ocurre como seguirlo. Lo guardo en documentos. En la computadora alguien escribe: “Por favor sigue no sé que me pasó sólo sé que estoy muerto y sin saber quien me mató”. Tres días después sigo la narración, pero mi mente vuela por mi propio problema, escribo algunos párrafos y dejo, vuelvo a guardar. “Socorro, quiero saber porqué todos me abandonan, ninguno está presente, sólo sé que alguien investiga quien fue”. A la semana me acuerdo del cuento, me siento ante el teclado y nada, no logro darle fin. No puedo más y lo abandono. “¿No entendés que necesito saber como termina esto? Es mi vida y mi muerte me tienes que decir quien me asesinó. Alguien entra y me mata”. Nunca podré terminar el texto de mi novela. “Por favor escribe, que ocurrió conmigo, nadie más me lo dijo, estoy aquí encerrado de por siempre”.

EL SOMBRERO MÁGICO

Willy había comprado un sombrero en un viaje a Maruecos. Le gustaba tanto que lo usaba siempre. Sus cosas empezaron a mejorar, lo ascendieron en su trabajo, se casó enamorado, tuvo dos hermosos hijos, pudo comprarse una casa y auto. Un día con un fuerte viento se le voló el panamá comprado y no pudo alcanzarlo. No le dio mayor importancia. Lo encontró Jon, un joven mendigo. Éste enseguida consiguió un buen empleo y fue  progresando prontamente por sus buenas aptitudes. Todo en su vida mejoró, pudo vivir en un departamento digno. Nunca se quitaba el sombrero porque le gustaba, a pesar que se vestía mejor, pensaba que le quedaba bien con todo. Mientras tanto Willy fue despedido de su trabajo, un día de regreso a su hogar encontró la casa semivacía, una carta de su mujer que lo había dejado y se  había llevado a sus pequeños, perdió todo lo que tenía y se convirtió en mendigo.

AMORES QUE MATAN

En un parque forestal había un bello pino azul. Estaba cada día más hermoso. Cercano a él había crecido una enredadera rastrera. Ésta se enamoró del magnífico árbol, y se fue arrastrando hasta él y comenzó a enredarse en su tronco, creció, creció y creció, hasta abrazar al macizo pie de su amor. Con el tiempo comenzaron a amarillear sus ramas, adelgazar su enhiesto tronco. La enamorada estaba cada día más verde y lozana, ésta vivía a expensas de la savia del pobre pino, un día él le dijo, me estás consumiendo, por favor despréndete de mí, pero ella le contestó, que no podía, sus lazos eran muy fuertes, lo envolvía todo. Un día el pobre cayó, sus raíces estaban secas.

lunes, 23 de septiembre de 2013

MARTA L. PIMENTEL ÁLVAREZ



POEMAS 
MARTA L. PIMENTEL ÁLVAREZ
a Emmanuel(el Río Paraná se lo llevo en una noche de tormenta)

No me atrevo entre los párpados
Rosa, rosa está el cielo que antes de azul pálido
Es que el río tiene rosas rojas en su pecho,
Es que el río tiene rosas en su lecho
Es que el río tiene rosas de espinas largas,
Largas hasta el cielo
¡Ése, ése río turbio
tiene sangre y ceniza de tu cuerpo !
Mirarlo, no puedo,
¿Cómo podré navegarlo
el día que naveguen los veleros?
¿Cómo podré planear con las garzas
Y los pájaros el infierno?
Es que ése río despiadado salió del cuadro
Nostálgico del verso
A llevarte en su cintura al compás
De los vientos huracanados
De los vientos
Mojigato de los giros de las olas
Remanso que entró en vuelo,
Envoltura de las nubes en los cielos,
¡Qué nombre tiene el espanto en tu recuerdo!
No me atrevo, no, a mirarlo
Río abajo, río arriba entre los párpados.
Aún,
Las espinas cruzan bruscas el firmamento
Y las rosas siguen rojas en su lecho!
¡Ése, ese río turbio
Tiene sangre y ceniza de tu cuerpo!
Yo Neruda
1.
Desde el tren sentía el canto de las montañas,
frío de la inmensidad
Desde el quejido del aire en los aceros
venía la luz del magma a los ojos entreabiertos,
Y era un pájaro herido contra el fuego.
Y era cóndor y era mástil y era cierto
Mi perplejo adormecer
en el silencio de las olas,
allá en el mar                       frío, gélido,
2.
Era tarde, yo recuerdo,
A un niño entusiasmado con los ecos
de los dioses que recitan en los pueblos.
Eran ellos mi secreto, y era cierto,
Que habitaba en mí el suspiro de los cielos
A temporales casi eternos…
Era yo un distraído en el desierto
Oía voces legendarias de otros pueblos
Araucanos, todo sangre, todo hierro.
Lejanía de la muerte a los versos.
Lejanía de aquel niño y su silencio.
3.
Fue mi madre sembradora de nostalgia en mi alforja,
Que callaba y callaba en pausa suave
de la ausencia que dolía más que el cielo,
A ella debo mi voz como a un quebranto,
rajaduras de los vientos,
Fui yo Pablo Neruda su semilla puesta al suelo,
Y así como las plantan crecen    frente al firmamento
Han estampado con mi nombre su recuerdo
Y a mi pueblo dejo escrito hasta mis versos
Nada debo, todo dejo.
He dejado a  mi Matilde en la casa
Junto a mí como señora de su huerto,
Jamás fuimos forasteros, ella sabe,
Jamás fuimos mal vecinos, aún estamos.
Beso el mar que me saluda cuando paso.
Vivo entero en mi casa, no he muerto.

Mirta L. Rohr



Un traje a medida  
Mirta L. Rohr

Esa mañana de abril, Rubén se levantó más temprano que de costumbre. Entró lentamente al baño, se lavó la cara y se miró un largo rato al espejo. Descubrió uno a uno los pelitos de sus cejas, sus pestañas, su piel.
Miró su boca y sonrió, al ver sus dientes tan blancos sintió al mismo tiempo una mezcla de orgullo y satisfacción. Pensó sin querer en la noche anterior. En ese cielo oscuro teñido de miles de luciérnagas brillantes, en la leve brisa que movía, apenas perceptiblemente, su flequillo. Recordó entonces a Eloísa, la joven con la que había bailado la mayor parte de la noche, una preciosa morocha de ojos tan oscuros como el cielo y con un cuerpo esbelto y bien formado... Vinieron a su mente los comentarios de sus amigos, las miradas sorprendidas de quienes siempre lo veían solitario, el cuchicheo por lo bajo que hacían las jovencitas que nunca habían aceptado bailar con él. Pensó entonces en Joaquín, el sastre de la otra cuadra, el viejo amigo de su padre. Recordó uno a uno sus consejos, sus palabras de aliento en aquel día en que le confesó su soledad y tristeza. Pensó en el momento en que lo miró seriamente y le dijo: - pibe, ¿no probaste con un traje a medida?
¡Qué acertado estaba Joaquín!, ¡El si que la tenía clara!
Dio una última mirada a su imagen en el espejo, apagó la luz y contento como nunca emprendió el camino que lo llevaba a la escuela.

Patricia Tejero



Un lunes bien negro  
Patricia Tejero

La canción de Sui Generis sonaba en la radio, me despertó su estridencia y me quedé pensando en la letra "… lunes otra vez, sobre la ciudad…"
Comenzaba así otra semana, larga, pesada, llena de reuniones y expedientes para sacar. Tomo aire, suspiro y ¡arriba!. Voy al baño, abro el grifo del agua caliente de la ducha y nada; pruebo entonces con el del agua fría y no salía ni una gota. En un segundo recé cien rosarios en todos los idiomas. Acudo al agua de la heladera, por lo menos me lavo la cara y los dientes, pensé. El agua helada me hizo visitar en un segundo las estrellas, en ese momento recordé la propaganda de pasta dental, ¿será cierto?... Mientras me higienizo, como puedo dadas las circunstancias, sigo rezando en un tono más audible. El frío era aún peor. Entre un Ave María y otro Padre Nuestro pensaba en la blusa que me iba a poner. Luego de vencer mi dura batalla contra la falta de agua, un corte sin previo aviso, algo común en esta ciudad; voy al dormitorio, abro el placard y ¡sorpresa!... lo que buscaba no estaba

Laura Delfino



Un gran día  
Laura Delfino

Suena el despertador como todas las mañanas. A la misma hora y como todos los días, salvo que hoy Claudia prefiere quedarse unos minutos más en la cama. Cuando logra despertarse se prepara su desayuno. Unas deliciosas tostadas con dulce y un café con leche. Repasa su agenda del día. Decide almorzar con una amiga a quien le manda un mensaje combinando la hora. Luego de vestirse agarra sus cosas y se dirige al trabajo.
Ese día prefiere cambiar su recorrido y pasar por el parque donde nota los colores de las flores, sus perfumes. Todo indicaba que iba a ser un gran día. Llega al trabajo, busca su escritorio y comienza con su tarea. Cuando de repente se escuchó un timbre, una muchedumbre avanzó por los pasillos hacia la escalera. Ella preguntaba que pasó. Las miradas se cruzaban al bajar la escalera. María decidió hacer lo mismo. Se sentía asustada por no saber lo que sucedía.  Corrió hasta llegar a la puerta. Una puerta que nunca había entrado antes. Toma el picaporte, la abre e intenta entrar sin saber a donde. Siente un lugar oscuro y frío donde sin saber decide permanecer ahí. No había ventanas sólo un escritorio. Un compañero la logró ver. Le dice "vámonos, tenemos que irnos de acá". María sin entender se sienta a esperar. Prometía ser un gran día. Quizás ella tenía razón. Al día siguiente suena el despertador como todas las mañanas. Sonaba y sonaba pero esta vez nadie lo apagó.

Marta Becker



Ese perfume  
Marta Becker

Estaba por entrar a mi casa cuando unos brazos fuertes me paralizaron e inmediatamente me pusieron una capucha. Sin darme tiempo a reponerme de la sorpresa me dijeron –calláte, no grites porque te va a ir mal- y me arrastraron hacia el asiento de atrás de un coche que ya estaba en marcha y cuya presencia yo no había reparado al llegar.
Viajamos alrededor de una hora, calculé, sin que nadie contestara a todas mis preguntas, el por qué, para qué, quién…
Tenía un hombre a cada lado que cuando el coche se sacudía por el empedrado desparejo o cuando agarraba alguna cuneta muy profunda me sostenían. Nada más. Ninguna palabra. La capucha tenía un olor rancio, olor a sucio, a viejo y me cortaba la respiración. Se los dije, pero nadie dio pie a mis quejas.
Cuando paramos me empujaron hacia el interior de una casa. Con los tacos altos pisé mal el pasto de la entrada -eso imaginé que era- y otra vez dos brazos me sostuvieron para no caer.
Su perfume atravesó la tela que me cubría la cabeza, me envolvió con movimientos danzarines, jugó con mis sentidos y quedé como extasiada.
Así embobada me dejé llevar. Recién allí escuché por primera vez la voz, potente, enérgica, que dio la orden de llevarme al sótano -encapuchada por supuesto- dijo. Y así me dejaron, además de atarme los brazos hacia atrás con unas esposas a una silla que noté bastante desvencijada.
Comencé a temblar, no sé si de frío, de miedo, de impotencia, o tal vez por todo.
El lugar olía a humedad, a orines, a suciedad. Traté de dominar las arcadas para no vomitar.
Divagué por varias horas entre la conciencia y la somnolencia, hasta que oí abrirse la puerta e invadió el ambiente el mismo perfume que reconocí de inmediato.
Una mano de dedos suaves comenzó a tocarme, pero comprendí que no era con la avaricia de la lujuria sino con la intención de las caricias. Se deslizó por mis brazos, mis piernas, rozó la cabeza a través de la tela, entrelazó sus dedos por el cabello que sobresalía de la capucha. Despacio, despacio, tomándose su tiempo. Eso me puso más temerosa, la parsimonia en los gestos, el aparente deseo de no hacerme daño, la paciencia de quien sabe lo que hace y espera.
Le hablé con las pocas palabras que me salieron de la boca reseca y la convicción de que no lo iba a conmover. Tranquila- dijo- todo va a salir bien.
Y se fue.
Me dejó sola. Comencé el ejercicio de escuchar. Una canilla perdía en forma
insistente. Alguien fue al baño, oí la descarga. Arrastraron unas sillas y sentí el tintineo de vasos. Eso me dio sed. Comencé a pedir agua a los gritos.  Me oyeron. Alguien trajo el agua, que bebí con una pajita, y se fue. Fue una bendición sentir el líquido en mi boca y cómo se deslizó por mi garganta.
Otra vez sola.
Moví varias veces las manos y las esposas me produjeron dolor en las muñecas.
Perdí la noción de las horas en esa posición incómoda, sin respirar aire puro, hasta que oí que la puerta se abría y nuevamente entraba el perfume. Esta vez no me tocó. Calculé que sólo se quiso cerciorar de mi estado y  salió. No se molestó siquiera en cerrar con llave, igual yo no me podía mover.
No sé cuánto tiempo pasó. Me volvieron al mundo unos gritos y,  por sobre todas las voces, la voz, dando órdenes, esa que intentó tranquilizarme, como una disculpa.
Sentí corridas, puertas de coche que se cerraban, más gritos. Luego el silencio.
Esperé. Intenté adivinar qué ocurría arriba sin resultado.
Supongo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba rodeada de policías, tendida en la camilla de una ambulancia que iba camino al hospital.
No pude hacer ninguna declaración que llevara a solución del caso, no había visto a nadie y sólo había oído ruidos y una voz que no pude describir.
Lo único que guardo para mí es el deseo de reencontrar ese perfume, esa voz, ese hombre y pedirle que me aclare todo y después rogarle que me vuelva a tocar de esa manera, con esa dulzura, con esa tranquilidad…

Juana Rosa Schuster

El intruso   
Juana Rosa Schuster


No lo detiene ni el frío que se enrosca en el arabesco de las persianas. Está allí como si fuese una sombra. Siempre lo veo. No deja de caminar, como si su cuerpo tuviese una cuerda interior, como si se hubiese convertido en un juguete con corazón artificial.
Yo, que elegí este lugar montañoso  de Gales para poder escribir tranquila. Me perturba el atrevimiento que posee. Se adueñó de mis papeles, mis libros, el abridor de cartas, el cenicero de ónix. Me provoca todo el tiempo, sabe que me siento atrapada por su mirada esquiva  y esa agilidad que posee.
¿Qué se habrá creído ese granuja?.
Debo concentrarme en este trabajo sobre las costumbres del lugar, sus habitantes, la idiosincrasia del pueblito.
 En este momento lo estoy mirando otra vez. Su piel me recuerda el cuello del tapado que usaba mi madre en Liverpool.
 Me está empezando a agradar el ratoncillo.


SONIA FIGUERAS




Es la cuestión  
Sonia Figueras


Un aire agradable me vuela los cabellos y cada tanto saco el mechón sobre los ojos que me molesta. Parada en la puerta de la salita del centro médico trato de no parecer un pez fuera del agua. Lo soy.
Adentro, en la sala de espera algunas mujeres, impasibles, me observan. Con sus chicos, todos con la idéntica mirada triste, hueco profundo negro a la búsqueda y encuentro de respuestas. Me incomodo. Sería bueno sentarme entre ellas, mostrarme una igual, una par una más.  No lo soy. Soy distinta.
Sus ropas, las de ellas,  sencillas como las mías pero diferentes, algo nos distingue, hay un porqué.
Mi tez blanca, ni siquiera ruborosa o con el tono exquisito de la cama solar. Soy distinta. Mi cabello rubio teñido se refleja en el vidrio de una puerta y aunque no haya ido a la peluquería se ve el brillo y el cuidado que recibe este pelo.
Mi origen de clase media acomodada, las posibilidades para estudiar que me dieron mis padres, el casamiento con un profesional, los hijos con la ocasión de adquirir también una profesión, la casa confortable, todo es contrapuesto.
Vuelvo la mirada a la platea de ojos carentes en hilera, y similares.
 Desde un triciclo, Emerson mira con sus casi dos añitos y su tremenda sonrisa, bolivianito hermoso, cara redonda, ojos negros tan negros que lastiman. Manitas paspadas por el frío, mejillas rojitas como el tomate, coloradas y ásperas. ¡Ah! esos pinchos cortitos desparejos cortados a cuchillo, el cuerpo chiquitito los pies descalzos. Cómo quisiera abrazarte niño que hoy conozco, besarte, entibiarte. Igual te sé. Te veo en cualquier esquina cuando ese pudor ineficaz hace que no haga lo que deseo.
Intento un paso adelante y se cruza una enfermera. Ya pasa.
Me animo, toco su cabecita lacia. La madre desconfía hasta que sus labios emiten el esbozo de una mueca sonriente.
Inflada como sapo gordo hubiera querido levantarlo, acariciarlo, mimarlo.
Tengo vergüenza. Me voy. La vida está a la espera. Dejo atrás a las otras, mujeres a las que no puedo ayudar a mi antojo.
 A no ser…
Será mi decisión. Es la cuestión.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Marcos Rodrigo Ramos


Los ojos del minotauro 
Marcos Rodrigo Ramos

Ciudad Verde queda a 600 kilómetros de la Capital, pese a que está pegada al mar nunca pudo desarrollarse del todo como centro turístico. Es por eso que el hotel “Minos” permanecía abierto todo el año con escasísimo hospedaje. La mayor afluencia de gente se daba en el verano y sin embargo jamás llegaba a cubrir un cuarto del total de las habitaciones. Por suerte, lo que sí funcionaba bien era la confitería del hotel, famosos eran sus desayunos con medialunas y dulce de leche casero elaborado por su  propietaria, la señorita Liliana.
Ella había heredado el hotel y la escasa afluencia de público la había obligado a vivir prácticamente todo el tiempo allí y no contratar personal de servicio. De joven había demostrado un gran talento para el dibujo y la pintura pero la muerte prematura de sus padres y el ocuparse tanto del hotel le habían hecho olvidar de su vocación. Sola, con treinta y cinco años ya cumplidos, Liliana era de aquellas mujeres de las que cuesta creer que no pueda conseguir novio, no es que no los haya tenido pero nunca le duraban demasiado. No era que se llevara mal con ellos pero su dedicación exclusiva (y obsesiva) con el hotel hacía fracasar todas sus relaciones. ¿Cómo te vas a casar con un hombre si vivís casada con el hotel? Le había dicho más de uno y ella sabía que tenían razón.
De su vieja vocación le había quedado de recuerdo su último cuadro que había terminado a los veinte años. Era una tela de un metro por un metro en la que había dibujado un minotauro. Sus padres de chica le habían contado la leyenda de aquel ser que vivía encerrado en un laberinto y devoraba  los jóvenes que le eran entregados en sacrificio. A pesar de lo que le contaban todos, le costaba ver su maldad, lo imaginaba, lo sentía, triste, único y por ello solo, anhelando la presencia de alguien que fuera como él, de un hermano. Era así entonces que su cuadro no podía reflejar más que esos sentimientos: su minotauro tenía una mirada triste pero a la vez esperanzada y carente de toda maldad, tal como ella lo sentía, tal como ella lo había soñado.
Octubre ese año estaba inusualmente frío. Ese día preparó la habitación para el señor Jorge que se había comunicado con ella la noche anterior haciendo la reserva. Cuando lo vio venir Liliana se dio cuenta que el señor Jorge se parecía a su voz, de traje y medianamente gordo, era un hombre de 43 años que aparentaba más edad de la que tenía. Venía de Buenos Aires. Cortésmente le pidió a Liliana que escribiera sus datos en el libro de huéspedes. Cuando lo firmó se acercó exageradamente a la hoja para firmar. Luego dejó su valija en la habitación y regresó a la confitería a desayunar.
Su hambre era feroz, tomó dos cafés con leche y seis medialunas a las que untó abundante dulce de leche. En su glotonería había hasta placer y eso le gustó a Liliana porque el placer de ese hombre había sido producto de sus propias manos.
-Usted es un ángel.
A Liliana le sorprendió la frase amable, no por la amabilidad en sí, sino porque intuía algo más en esas palabras, en la forma en que las dijo. Fue al verlo a la cara que lo notó, sus ojos la miraban con deseo y a la vez con infinita timidez.
-No quise molestarla-  dijo bajando la cabeza.
-No me molestó. Al contrario, hace mucho tiempo que ningún hombre me dice un piropo, así que muchas gracias.
Sonrió complacido, por momentos le pareció que se había puesto colorado. Mientras atendía a las otras mesas, Liliana pensaba que si el minotauro existiera llevaría sus ojos. Antes de retirarse, el señor Jorge se detuvo frente al cuadro y comenzó a mirarlo de cerca, sobre todo la zona del rostro.
-¿Le gusta?
-Si, claro. El viejo Asterion. Sabe,  me  recuerda a alguien pero no sé a quién.
-Se parece a usted.
-¿Tan feo soy que parezco un animal?
-No diga tonterías. Se parece a usted en los ojos.
-Es cierto, son del mismo color que los míos.
-No, no es sólo eso. Es la expresión.
-Tiene ojos tristes, solitarios, como los míos.
-Tristes, son ojos que esperan a alguien.
-¿A una mujer?
-No. Esperan a un hermano. Ya sé que el mito dice que el minotauro es cruel pero, por más que me esfuerzo, yo no puedo ver maldad en él, por eso lo hice así.
-¿Usted lo pintó?
 -Claro, pero fue hace demasiado tiempo. Ya no pinto.
-¿Por qué? Si talento se nota que le sobra.
-No tengo tiempo. Me paso trabajando todos los días en el hotel.
-¿No tiene momentos libres?
No, porque al hotel puede llegar una persona en cualquier momento.cualquier momento.
-Hace mal. Usted tiene un don que tendría que compartir con toda la humanidad.
-Discúlpeme Jorge, tengo que hacer- le dijo Liliana yéndose a su cuarto. Allí se acostó y empezó a llorar. Por un momento sintió odio por ese hombre casi desconocido que le había dicho, quizás, demasiado. Cuando regresó se había retirado dejando la llave sobre el escritorio de la recepción.
En un impulso que hacía mucho no sentía,  Liliana tomó una tela y su vieja caja de oleos con unos pinceles. Llamó a su prima para que se encargara del hotel por un tiempo. Fue hasta la habitación más alta, abrió la ventana, desde allí podía ver el mar,  entonces se dedicó sólo a pintar, inclusive a la noche no se detuvo para comer o dormir. Al amanecer había terminado su obra.
Ya eran casi las siete,  bajó a la recepción y encontró al señor Jorge sentado en la mesa.  De buen humor se acercó a saludarlo y llevarle el desayuno.
-Hoy me voy Liliana. He decidido adelantar mi partida.
-¿Por algo en particular?
-Pensé en nuestra breve discusión de ayer, en que quizás la ofendí con mi impertinencia.
-¿Porque me dijo la verdad? La impertinente fui yo al reaccionar así ¿Me perdona?
-No tengo nada que perdonar. La veo mejor.
-Gracias a lo que me dijo me di cuenta que en verdad vivía (o mejor dicho) vivo encerrada,  pendiente siempre de este hotel, de este trabajo. Me sentía como el minotauro, encerrada en mi laberinto sin poder salir.
- Todos vivimos encerrados en nuestros propios laberintos que vaya a saber Dios quién los construye y quién nos encierra en ellos. Pero siempre es bueno recordar que así como tienen entrada, también tiene salida. Usted ha comenzado a encontrar la salida de su laberinto, no la pierda.
-¿Y usted Jorge?
-Yo también vivo encerrado en mi laberinto, lo malo es que las murallas que me rodean son invisibles, pero a la vez más gruesas. Soy un hombre que no se imagina con mujer e hijos en el futuro y no porque no quiera una familia, pero… Son los muros Liliana.
-Quizás algún día pueda enfrentarlos y así encuentre lo que necesita.
-Seré como el Asterion de su cuadro. Solo, esperando la llegada del otro que lo complete. Solo, pero con esperanza.
-Hay que intentarlo- le dijo Liliana y besó su mejilla.
-El beso de un ángel siempre es un buen motivo para seguir luchando. No creo que nos volvamos a ver, pero esté segura que nunca la voy a olvidar.
-Yo tampoco. Dicen que un amigo es alguien que quiere lo mejor para uno y siempre va con la verdad, así que usted es mi amigo.
-Usted también  quiere cosas buenas para mí, así que usted es mi amiga.
-Por supuesto. ¿No va a volver entonces?
-No. Como su Asterion del cuadro, viviré esperando al alma gemela que me libere de este laberinto cruel que es la vida. Creo que es hora de buscar mis maletas. No se preocupe porque voy a despedirme como corresponde antes de irme.
-Lo espero- le dijo Liliana guiñándole un ojo.
A los diez minutos llegó el señor Jorge con sus maletas.
-¿Qué le sucede Liliana? Se nota que está triste ¿Pasa algo?
-Es que se va un amigo que me importa mucho y sé que nunca va a volver.
-Liliana. Usted vale demasiado, tiene tanto para dar. No llore usted, que lloré el tonto que se va porque no sabe todo lo que se pierde al dejarla. O que llore yo, que la he amado en secreto y, aunque nunca la tuve, también la he perdido.
Liliana se dirigió hasta donde estaba Jorge y lo besó en la boca.
-Que tontos estos dos hombres, él y yo, que somos y no somos el mismo,  que teniendo la felicidad al alcance de la mano nos vamos para no volver. Gracias Liliana por hacerme feliz.
-Gracias Jorge por ser mi amigo.
-Suyo siempre, Liliana.
En 1942 Jorge Luis Borges escribe el cuento “La casa de Asterion”.En la obra Borges nos muestra un minotauro más bien humano que se siente solo y añora la presencia de un igual a él. Humaniza así lo bestial del mitológico ser. El cuento llevaba una dedicatoria que, más por cuestiones editoriales que por voluntad del autor, fue eliminada del texto impreso.
“Dedicado a Liliana”- decía.