lunes, 27 de agosto de 2012

LULU COLOMBO (CERRO COLORADO CÓRDOBA)


ÁRBOL DE ÁRBOLES
                                    
Árbol de árboles ser
soberano del monte; dondequiera
mi mirada encuentra tu estrategia
similar a la de Amor siempre bifurcándose
acosado entre la esperanza y las ansias
de cubrir todo este sol o crecer
como si  quisieras encerrar al cielo
en una burbuja de mantillas verdes
tenues diminutas brújulas de rebozo
sensores de la vida…  Sólo ilusión
Trivial hojarasca humeando en el patio
¿Puede el amor haberme escondido
sus secretos entre tus brazos?
¿Será cobardía o hastío no recordar
esos hombres que alguna vez
me estrecharon entre sus brazos
y a los que creí amar? ¿O algo me distrajo?
¿Serás el árbol que abrasa esta vida
con su corteza arrugada imponiéndome
el recuerdo de un amor que no ha sido?
¿O el del olvido, así,  sin más, donde se cuelgan
ropajes penumbrosos ya desvaídos
que ya no se sabe de quién son?  No lo sé.
Sólo sé que en suelos ajenos no te nombran
Tampoco te nombran los hombres ajenos
 Y aún así
aquí estás, sereno, sólido, siempre aquí
cada una de tus ramas es un pedazo de mí
de mis vísceras secas
Somos restos… sólo eso, alguna hojita mustia
sobras de aquel empeño inútil de amar
a pesar de todo y contra todo contra el plomo
y el grito y la derrota de esta hoja ya caída
¿Sabes lo que es ser el contrapeso de la muerte?
Sabes, sí,  lo que es desgajarse  yendo hacia un sol
muerto en una cansada tarde del ayer e insistir
Ir  a por un infinito instante de amor eterno
a repetirse más allá de mí, contra mí, lejos de mí
Los tordos pasean por tus ramas heridas
como aquellos muchachos que no sé si amé
se han paseado por mi cuerpo. Pájaros negros
copulando bajo un cielo de espejos empañados
Y la tarde apacible aquí conmigo derrama en mí
un juego de sombras como abanicos japoneses
y cae con un caer de agotados recuerdos disecados
Te contempla, ella, también, como yo,
reinando aún sobre los otros: árbol de árboles
Hoja sin palabras
Inmóvil a esperar que culmine el gran juego
del atardecer y  aún de pie a preguntarnos:
¿Habrá un mañana?


ALMA DESPEADA
A la memoria de Sebastián Peralta


Despeado de mucho andar
sin herraduras en el alma
Despeado el corazón callado
por el rigoreo de la soledad
Escribió unas líneas, alzó un alambre
y se marchó monte adentro
bordeando el río de la muerte
Andaba por esos días oscuros
de mala sombra y gacho
musitándole a la parca
su amarga soledad despeada.
La vida: una futilidad.
La pena, ramosa, copuda,
como el árbol de la memoria
de vejámenes y abandonos
torneó su sonrisa de niño,
rama nueva sin flor, vara,
leña delgada, fusta abatida
sobre su alma de seda y cristal

Crueldad y furia hilaron pacientes,
en él, trama acre de dolor y miedo
Crisálida fatal fundiéndose,
en él, el sin amor.
Coagulándose, en él, el sin nadie.
Y ya no pudo desprenderse. No pudo
ya despojarse de esa vil mortaja.
¿Yace? No, él, no. Nunca yacerá.
Él sólo descansa al fin de su tristeza
erguido dignamente para siempre
arrullado por la brisa suave
amado por los espíritus del monte
Alma de seda y cristal.


CELIA ELENA MARTÍNEZ


TOBY

Un matrimonio normal de abogados, trabajaba juntos. Tenían dos hijos adolescentes y una mascota llamada Toby.
Cada mañana desayunaban los cuatro juntos, los chicos partían para el colegio, ellos proyectaban el trabajo del día en el estudio. Almorzaban cerca de allí.  Regresaban y seguían con su labor, siempre juntos pero con un amor mutuo, se sonreían y a veces cuando no los veían el le robaba un beso o le cacheteaba en la cola en forma cariñosa, eran felices. Cuando regresaban en el auto hacían chanzas y reían por lo dicho,  ella preparaba la comida de la noche, y los cuatro se sentaban a la mesa a comer todos juntos.
Ella se disponía a limpiar la vajilla y le decía a su marido si por favor sacaba a Toby al paseo de cada noche. Lo hacía siempre y aprovechaba para hacer su caminata diaria, en total llevaba una hora, esa era la rutina de siempre. Él volvía contento y Toby también.
Ella cada noche después de asear la cocina, juntaba toda la ropa sucia de todos y la llevaba al lavadero. Se daban un beso cariñoso y se iban a la cama, algunas noches ella se ponía más sensual, se perfumaba, se ponía una lencería más osada a  lo que él respondía con entusiasmo y frenesí, otras veces era él era el que reclamaba hacer el amor, fundían sus cuerpos como en los primeros tiempos.
Una noche Liliana preparando todo para la lavadora pensó que también debía lavar el joguing de su marido, y como siempre revisó los bolsillos para que no fuera nada al lavarropas, y ¡OH! sorpresa encontró una prenda íntima de mujer que no era suya, y exasperada pensó pero -¿cuándo,  si siempre estamos juntos? ¿Tomás sólo sale por las noches un rato y con Toby?....



TERESA ISABEL VÁSQUEZ



MI JEFE EN EL ESPEJO

Cansado de los malos tratos el hombre decide enfrentar  a su jefe. Entra a trabajar a las 12. Se despertó a las 7, sobresaltado y transpirado. Él creía que ya era hora de estar en su trabajo y que llegaría tarde.
Se incorporó, se sentó rápidamente y miró el reloj, respiró aliviado y pensó -al menos no podrá gritarme que también llego tarde.
Se pasó la mano derecha por la frente para secarse la transpiración, buscó las chinelas y no las encontró. Decidió caminar al baño descalzo, se lavó la cara luego de orinar, bostezó. Se miró en el espejo y empezó a hablar en voz alta más bien a los gritos: hoy quiero hablar con usted. -al decir esto- vio la cara del jefe en el espejo, aprovecho y le dijo gritando -Estoy cansado de aguantar, sus reprimendas, sus gritos, el que me tire los papeles con desprecio así como quien tira hueso a los perros.
Se calló y empezó a examinar sus gestos  en el espejo. ¡No podía creer que se había atrevido enfrentar al jefe!
Salió del baño más tranquilo, miró por la ventana, pintaba una hermosa mañana otoñal. Volvió a su tema, se rascó la cabeza. Puso la pava en la cocina y sacó el mate y la yerba, a mitad de echar yerba en el mate, se detuvo y recordó lo que su madre le enseñó en chico: si quieres entablar un diálogo para aclarar algo, piensa bien cada palabra que vas a decir: como el otro va a reaccionar. Siguió con el mate e hizo una sonrisa. ¡Ya está, lo teniaaaaa…!  Era mejor enfrentar al jefe con  un tono suave, conciliador y no exaltado.
Tomo unos mates, encendió la radio, bailó haciendo honor al buen tango de Piazzolla. Luego se fue al baño y salió envuelto en una toalla blanca. Se vistió, se perfumó, buscó las monedas para el colectivo.
Salió de la casa,  acarició a su perro y se fue cantando.


miércoles, 22 de agosto de 2012

PILAR ROMANO (CORRIENTES)


EL OTRO REGRESO

Es la hora de los pájaros en busca de refugio, de los colores yéndose despacio, tal vez a descansar con el sol. Debí buscar otro horario para regresar, no éste en el que todo parece irse. Y yo vuelvo, ni siquiera sé bien porqué vuelvo, pero quiero llegar. Y llegar prolija, íntegra, aunque sea para ver la vejez de los míos - o de los que alguna vez fueron los míos- para conocer a los hijos de mis hermanas, que seguramente son ahora el motivo de vivir para mi madre y mi abuela.
Voy acercándome después de más de diez años y me alcanza el olor de la vieja casa, que se mete en el hueco que se me ha formado en el estómago. Y tengo la impresión de que me muevo en reversa. El hombre que pasea por la vereda quizá me vio alguna vez, pero no me reconoce y yo tampoco lo recuerdo. No tengo una hoja de papel con cosas escritas por mamá para comprar en el almacén de Don Tito, ¿para qué entrar? el lugar, siempre la misma esquina, tan sólo me sirve para que recuerde que estoy próxima a llegar. Quizá aquí no hayan pasado tantos años como los que yo viví; pero a ningún calendario se le da por dormir.
-¡Ay, muerte, ya es hora de que me lleves! solía decir la abuela; a Dios, un dios que quizá sólo ella conocía, le hablaba bajito, pero a la muerte le alzaba la voz. Sin embargo, sigue aún viva, de seguro con las rodillas callosas de tanto hincarse a rezar. Poco a poco van saliendo de la desmemoria su figura encogida y las palabras que parecían brotarle de cualquier parte. ¿Por qué reza tanto, abuela? le preguntaba a veces. -Porque los rezos son como alimento para mí, contestaba. Tal vez sea esa dieta de invocaciones y plegarias lo que la sustenta por tanto tiempo, me digo.
Pero no es a ella a quien veo primero al llegar a la casa. Veo a mamá, sentada en un sillón hamaca, en la galería que bordea el frente. Llama a los otros; de los que nombra, tan sólo sé quiénes son Ofelia y Ana María, así se llaman mis hermanas ¿y Marta? pero no tengo idea de los dueños de los otros nombres que incluye el llamado. La abrazo, le beso la cabeza y las mejillas y noto que huele distinto, como si ya no oliera a mamá.
Me llega también el zumbar de los mosquitos.
Entro. Está la mesa tendida para la cena y reconozco las flores bordadas en el mantel. Han sacado el mantel de las flores bordadas. Tengo la sensación de que toda la casa cruje como pan tostado. Doy un beso breve al retrato de papá que sigue en la cómoda, tal vez más descolorido, mirando hacia la cocina; aún en la fotografía persiste su ansiedad por la hora de comer. Llegan mis dos hermanas, secándose las manos con el delantal. Nos abrazamos, qué suerte que volviste, qué bien están ustedes dos, estarás muy cansada, no tanto, dame la valija, quiero conocer a mis sobrinos -¿porqué no pregunto por Marta?- la abuela está bien, en el patio de atrás.
Me parece una nube vaporosa el pelo blanco que enmarca su cara huesuda; tiene el libro de rezos entre las manos, gastado, flecudo; mido la inutilidad de los anteojos pegados con cinta adhesiva que están en su regazo, no creo que pueda ya leer. Me mira sonríe, mostrando sin coquetería su boca desdentada, siempre entre el silencio y la palabra. Es la que ha estado esperándome con más ansiedad, la que vive mi regreso con más alegría, pienso. Y esto me hace sentir bien, porque su sabiduría siempre me provocó admiración, porque creo que es, en la casa, la que tiene la verdad ajada entre las manos. Con el abrazo que nos damos siento que he sido al fin aceptada en esa atmósfera cuyo dominio había perdido. La abuela sabe lo que significa mi regreso, estoy segura. Habrá rogado para que ocurra y empezará ahora a rezar dando gracias porque estoy otra vez aquí. No sé porqué la miro y me parece que el sillón y la abuela se desdibujan, como si retrocedieran.
-No hables de Marta delante de mamá o la abuela, me dice Ana María en voz muy baja.
Y en la cena me cuentan chismes que no me importan y les cuento verdades y mentiras de mi vida en la ciudad. Pero ahora estás aquí con tu familia, sin la familia pocas cosas importan, ojalá te quedes un buen tiempo, estás un poco más gordita y te queda bien, ¿querés otra porción? Pero casi no escucho; trato de oír -o de no oír- lo que dice la mirada de mamá. Su dolor, su desolación, sus reproches fueron siempre mudos. Tengo la sensación de que ha estado sufriendo desde su nacimiento, pero sus dolores son como el horizonte, que uno sabe que está, pero que solamente en días muy claros deja adivinar alguna forma remota. En este instante sé, sin embargo, que nos habla a la Marta ausente y a mí. ¡Cuánta ingratitud! creo que dice, ¡cuánta ingratitud! Y me pregunto si quienes no saben decir su dolor en voz alta saben perdonar.
Para alejarme de los ojos de mamá me concentro en mis recién estrenados sobrinos, tres varoncitos y dos nenas. Es el momento de las presentaciones, Kevin se llama el menor, hijo de Ofelia. "Kevin Toledo"…me suena casi dramático pero efectivo, ya que me resbalan los nombres de los otros.
Ana María y Ofelia están cada vez más parecidas a mamá, pienso. Y evito mirar mi imagen en el espejo del aparador porque temo tener que incluirme en la comparación. Pero no es la apariencia física la que motiva mi reflexión, es su manera de enfrentar la vida. Sé que tienen cientos de reclamos que jamás dirán, sé que nunca tuvieron otros novios que no fueran sus maridos, que han dejado tan atrás su soltería que ahora creen que nunca existió, las veo como a seres siempre grises que se fueron aplastando contra el piso por la fuerza de la palabra que más sonaba en la casa: "no".
Marta fue totalmente distinta y yo estuve siempre en el medio. Por eso soy la favorita de la abuela, sé que lo soy y esta sensación de preferencia me fortalece especialmente en este momento de mi regreso. Del otro lado están el callado reproche de mamá y la mentira del modo en que les importo a mis hermanas.
Marta, en cambio, maldecía la vida cuando le negaba algo, reía a carcajadas cuando estaba alegre, iba a los bailes sin pedir permiso y si tenía ganas bailaba sola en la galería, a la vista de los vecinos. Chico Novarro era su favorito. Y hasta aprendió a nadar con una malla de dos piezas. Sé que todo esto perturbaba a la abuela, estaba fuera de lo que ella hubiera hecho en su tiempo. Era desaprobación y no ternura lo que le provocaba Marta. Yo sí admiraba a mi hermana díscola y hasta pretendí ser audaz como ella.
Todavía nos parecía escuchar el sonido de los terrones sobre el ataúd de papá cuando descubrimos que Marta planeaba dejar la casa. No lo negó. Se despidió con un breve abrazo de cada una de nosotras y se fue, sin comunicar su destino. Creo que mamá se sintió castigada por dentro por un latigazo más fuerte que su voluntad de aceptación. Cada una de nosotras imaginó una razón distinta para el abandono de Marta y no podemos saber si alguna acertó. Pero la vida siempre insiste y el naranjo del patio de atrás volvió a florecer.
Me parece que este momento se transforma en una sucesión de escenas que pasan sin sonido ni color y la imagen del retrato de papá se vuelve diminuta.
El toque de realidad viene de la puerta de calle que se abre; me suena casi escandalosa. Es el marido de una de mis hermanas, presumo; sin razón aparente se me ocurre que es el de Ana María. Y es el marido de Ana María, empleado de la oficina de correos, empeñado en hacer horas extras, me dicen, para intentar llegar con algunos pesos a fin de mes. Mi señora -¿mi señora?- me habla siempre de usted, imagino que bien, a veces bien a veces más o menos, sus razones tendrá, me alegra que mi hermana tenga un marido trabajador, paso al baño y enseguida vengo a la mesa…
En este punto me alegra el haberme ido -¿por qué tanta ingratitud? vuelvo a leer en los ojos de mamá- si bien mi intención no había sido dejar la casa y a sus cuatro mujeres, sino encontrarme en el pueblo vecino con el cantante que contrataron los Ojeda para animar la fiesta de sus bodas de plata, aunque yo tuve la sensación de que había venido a cantar para que me enamorara de él. Me voy con la hija de los Ojeda a la casa de una prima en La Cañada y vuelvo el lunes… El suegro del cantor también fue a La Cañada, no sé desde donde, y yo no volví a mi pueblo aquel lunes porque tenía que olvidar el desorientado charco dibujado por la sangre que brotó del cuerpo tendido junto a la cama. Nunca supe si el cantor murió, pero huí. La distancia es un aliado del olvido, pensé entonces. Nunca supe si las cuatro mujeres y el resto del pueblo supieron exactamente lo que ocurrió; en La Cañada no me conocían y la hija de los Ojeda no estuvo allí. Hubo cartas, parecía que aceptaban mis excusas y jamás preguntaron nada.
Sí, en este momento y por primera vez me alegra el haberme ido porque no me imagino viviendo días peligrosamente marchitos junto a una especie de maniquí que pega sellos de correo y me llama falsamente "mi señora".
No tengo necesidad de adivinar, el que llega ahora es el marido de Ofelia, más bien obeso y tosco; tiene una verdulería a pocas cuadras de la casa, dijeron; me estrecha la mano, la estábamos esperando, había sido joven usted y más linda que sus hermanas, gracias, ¿no se enojan ustedes dos? siempre la nombran por aquí, espero se quede unos cuantos días… casi no lo escucho porque me he quedado mirando las uñas con los bordes verdinegros y una semilla de zapallo atascada en el chaleco de lana. Otra vez, menos mal que me fui.
Necesito mirar a la abuela, la veo con esa palidez casi luminosa que les llega a algunos ancianos. Parece concentrada en sus voces interiores, mientras sus manos temblorosas y nervudas tratan de cortar un trozo de carne. Ella también me mira y creo que sus pupilas opacas me dicen que ahora está tranquila.
Por la ventana vemos que comienzan a caer algunas gotas. Es lluvia de bendición, dice una de mis hermanas, pero debemos irnos antes de que se venga un aguacero fuerte. Hay un alboroto de sillas, platos, empujones de los chicos. Apaguen el aparato de la música, mañana nos vemos mamá, chau abuela, pónganse los abrigos, chau tía, chau Kevin.
Quedo sola frente a la sentencia de los ojos de mamá y mientras la ayudo a ordenar algunas cosas tengo deseos de contarle porqué no volví aquel lunes. Pero es de noche y llueve, todo parecerá más tremendo e incomprensible.
…tu habitación está lista, es la de siempre, después de la pieza de la abuela, estarás cansada, mejor vamos a dormir. Y no hablemos de Marta, me parece que dice su silencio.
El cuarto de mamá es el primero del pasillo; sigo sola y para que el hueco en mi estómago se llene de paz, me detengo junto a la puerta entreabierta a escuchar los rezos de la abuela. Pero enseguida decido seguir hacia la habitación en la que dormiré, sería una irrespetuosa invasión a la intimidad de la abuela, me miento. Porque no soportaré comprobar que ella reza, seguramente, por otro regreso.







viernes, 27 de julio de 2012

NEGRO HERNÁNDEZ


LIBREPENSADORES
Finalmente, después de varios contratiempos, se realizó la reunión de la Liga Latinoamericana de Librepensadores en el Tres Amigos, presidida por nuestro amigo Mario, cuyo apodo el Mirón de Palermo lo identificó siempre con su barrio y sus mujeres. Entre los ilustres invitados figuraban varios personajes de la cultura nacional, escritores, filósofos, artistas, historiadores y demás representantes del pensamiento nacional. "Hagamos de Latinoamérica una gran nación" "La patria soñada por San Martín y Bolivar será realidad", decían algunos de los volantes de publicidad que estaban en las mesas del café. Por supuesto Sandoval, el Gordo, Jorge, Oliverio, otros muchachos de la barra  seríamos de la partida más allá de las distintas posiciones políticas de cada uno, el asunto pasaba por ayudar al amigo.
Estuvimos trabajando el mes entero en distintas actividades con ese fin. La mujer del Gordo, gallega también, tardó en convencer a Rogelio, que como dueño del local tenía miedo de las consecuencias políticas y sociales en el vecindario. "Como hijo de republicanos es tu obligación acompañar a los auténticos próceres latinoamericanos en la partida, si te oponés le cuento a tu mujer que sos un verdadero cagón." Esa fue la frase determinante que obligó al Gallego a tomar la decisión aprobando la realización del encuentro en el café.
Yo aproveché mis contactos en el diario para darle difusión a la convocatoria citando frases y cometarios de distintos historiadores que apoyaban la unidad del cono sur, hasta publiqué una entrevista a nuestro amigo donde habló de la vigencia de su pensamiento. Sandoval que nos había anunciado su próximo abuelazgo, cosa que mereció un brindis, además se ocuparía de ayudar en la cocina para preparar una buena carbonada criolla. Oliverio diseñó un plano del café con los cambios que debían hacerse en la disposición del mobiliario para que entrara mucha gente. El Gordo, que tenía contactos con el ejército, prometió traer banderas representativas de los países, fotos de los próceres y "Tal hasta me traigo a la banda del Regimiento Patricios", dijo.
También Tito Sánchez aseguró su participación entonando a capella una canción patria, y Abel, el acariciador de Barracas, se comprometió a relatar algunos de los dolores físicos que debieron soportar nuestros héroes en la lucha por la independencia. De la limpieza del lugar y en especial  de la higiene de los baños a los que el Gallego le da poca bola, se encargaran el Turco y Beto. Jorge tenía guardia en el hospital pero igual estará un rato presente con su legítima esposa y su hija Mariana.
El Mirón parecía un pibe con juguete nuevo, no era para menos, esa noche lo iban a designar presidente de la Liga y su mandato duraría justo un año, "Es para evitar la ambición del poder y las tentaciones de la corrupción", decía. Su entusiasmo era tal que sus dolores en las piernas habían desaparecido y su habitual cara de traste se convirtió en una sonrisa eterna.
Nuestras parejas fueron invitadas por la rama femenina de la organización y anduvieron gastando plata toda la semana en la compra de pilchas. "Yo vengo con una veterana refuerte que concurre a mis talleres de memoria... y es 20 años menor", dijo Sandoval. "Mi jermu me gritó que me deje de joder con esas pelotudeces, vengo solo." Agregó Oliverio. Marta tenía que ir hasta Caballito para ver unas antigüedades y arreglé que pasaría a buscarla  a las 8 y media de la noche. De los demás sabía poco y nada pero de seguro vendrían acompañados por alguna dama.
El Mirón se había mandado hacer un traje de medida en lo de Vicente, el sastre de Barracas y andaba buscando dos grandotes que oficiaran de custodios, no para él sino para el lugar que de noche se pone peligroso y también nos había anunciado una sorpresa.
La mañana de ese sábado, 30 de junio, nos encontramos temprano en el café. Según las directivas de Oliverio había que llevar las dos mesas de billar al patio para que en ese rectángulo del salón se armara la mesa para las autoridades de la Liga. Tito trajo un micrófono con el amplificador y se puso a probarlo. Sandoval, el Gordo y yo nos ocupamos de mudar los billares al patio, operación que nos dejó de cama. Sandoval tuvo que sentarse con el cuore agitado, "Me voy a la farmacia para tomarme la presión". "Ya no están para estos trotes, jovatos", dijo el Gordo mientras destapaba una cerveza. Yo disimulaba mi dolor de cintura para no parecer un flojo.
 Oliverio se puso a alinear los cuadros colgados en las paredes del rectángulo destinado al encuentro. En una de ellas estaban las imágenes que siempre vistieron al café: las grandes orquestas de tango del ´40, Troilo, Pugliese, Darienzo, Di Sarli... en la otra los grandes cantores, Gardel, Sosa, Vargas, Castillo, Morán, el Polaco... y por supuesto la foto de Alberto Marino autografiada sobre el saco blanco cruzado, la noche del estreno del tango Tres Amigos en el viejo café que ocupaba el centro de la gran pared. También brillaban la de otros próceres como Salgan, Piazzolla, Charlo, Cadícamo... y algunas minas de gran corazón como Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Ada Falcón... y mi preferida, Mercedes Simone.
Me senté en el fondo del café mientras recordaba mis viejos tiempos de militancia universitaria cuando muchos jóvenes nacionalizaron su pensamiento ideológico volviendo a las fuentes de nuestra verdadera historia. Las marchas, los reclamos, los curas tercermundistas, la revolución sexual y las mujeres que cambiaron el ideal femenino.
Al mediodía los deje a los muchachos comiendo una picada y me fui a casa, quería dormir una buena siesta y descansar. Esa noche tenia una cita muy especial con Marta, la iba a presentar oficialmente a mis amigos para demostrarle mi compromiso amoroso y además tendría que decir una pocas palabras de presentación en el acto de los Librepensadores. "Latinoamérica es una nación inconclusa, construirla es y será una gran utopía, y como toda utopía nos sirve para caminar hacia ese ideal. Este acto representa parte de ese camino", anoté en mi cuaderno de apuntes antes de acostarme.
Cuando desperté, recordé haber soñado con mi escuelita de la infancia en Necochea. El patio, las filas de guardapolvos blancos, el mástil, el Himno nacional, el discurso de la Directora y el frío cruzándonos las piernas de pantalones cortos. Después el chocolate con churros y la vuelta a casa para jugar a la orilla de la estufa a leña. Me di un baño, me cambié y salí caminado despacito hacia el café.
En la esquina estaban  Milone y el Loco, los grandotes que había conseguido Mario para vigilar el lugar. Adentro habían colocado en un atril la foto del histórico abrazo de San Martín y Bolivar en el centro del salón. Al Gordo lo vi sentado en la barra con cara de preocupado. "La banda de Patricios no viene, tiene otro compromiso, y para colmo hoy se pudre todo, se van a encontrar mi jermu y Anita la sueca". "Dejálo en mis manos, yo le digo a Marta que se ocupe de tu amada esposa y vos dale el raje a la rubia", le dije contrariado. En eso entró el Mirón con la sorpresa del brazo, era nada menos que Nelly Omar miembro honorario de la Liga.
A las 8 el local estaba lleno de gente y me fui por la salida de atrás para buscar a Marta. Me detuve en el umbral agitado por la emoción de volver a encontrarla. Toqué el timbre y cuando abrió la puerta me sorprendí, "Mi amor estás divina ¿que te pasó esta tarde que no me llamaste?, pregunté. "Nada especial, solamente dejé escapar un fantasma" y me besó con pasión.







MARÍA DEL CARMEN CHALLES



RESPUESTA
Homenaje a la poeta y amiga fallecida el año pasado y nacida en Buenos Aires. En su carrera literaria recibió el apoyo de Ulises Petit de Murat. Asistió a talleres de escritura de Isidoro Blaisten, Martini Real, Roberto Juarroz y otros. Entre sus libros de poesía podemos mencionar Frida de cerca, Turgencias y participó en varias antologías.


LA RUTA DE LOS PÁJAROS
            ("The Birds Une")

He visto:
              un escarabajo ebrio regresar al alba
        a su laberinto de oro
ángeles en fluorescente azul
reyes jugando sus reinas al ajedrez
una casa de prostitución abandonada
promesantes ciegos alrededor del fuego
furias del Mar del Norte
sombra de alas en un muy acá brumoso
pero pájaros no, no los he visto
¿Y tú que cada noche caminabas detrás
de un cuervo con impermeable
en Picadilly Circus los viste?

PAISAJE NATAL
"Lejos de mi, en mi existo"
 Fernando Pessoa

Largo de San Carlos. Lar al que alarga
la luna litoral. Hiedra y verdín. Casa
reloj de arena adonde se asfixia el tiempo.
Cerraron ya los cuartos sus puertas: temidos
puertos alucinantes.
Cómo de qué manera ser
personaje e intérprete de la saga familiar
en este vacío de niño solo un solo niño en
obsecuente obediencia, acorralado por pactos
alianzas de enfermedad locura y muerte
¿Encuentro o despedida?
¿Todo en todo ha de ser así, unísono, semejante?

GRANADA

          "La vida contra el niño
                          de Granada".
                        Alberto Ponzo

Noche del Sacromonte.
Arde en cava lunar
llama de nardo verde
negros ojos roja enagua
ahonda un antiguo cante
hasta rozar el caliente silencio
de su cuerpo.
Salteadora de asombros bebo en
esa boca un trago de áspero vino
aspiro su tabaco sin mañana.
Urgida de placer me viste su enagua
se viste mi vestido, ardiente duna
mi vestido y su enagua
sobre la tierra fría.
Ella la gitana no es tan niña
y Yo ¿quién soy? ¿turista compradora
de pasión por un mísero diezmo
por una pringosa dádiva?

LETRA PERDIDA

Regreso a esta isla en busca de esa
"rara letra" que una tarde me acercaste
"desde un sitio donde los cielos fáciles
no existen" quizá esté escrita en alguna
latitud de estrellas en la costra de
un árbol sin costa donde pájaros helados
se guardan de la ventisca
en el pinar que el viento del invierno
inclinó hacia el oeste
en trece idiomas desconocidos que un
mirlo recién al crepúsculo canta.
Fui descortés y no aprendí su mensaje
porque no fue fácil aquel impío cielo
nos  acosaron incansables tardes
de carmín y de luna
cuervos lanzando desde los techos sus
negrísimas flechas a la grama
¿se habrá perdido aquella palabra
que no supe guardar pensando en otro
olvido en un corazón vacío?
Lejos estaba París cuando mi taza
"Royal Doulton" rebalsaba lágrimas de
ausencia cuando regresabas en
aquel tren que no existía

HETERONIMIA
            "Y mi poesía es natural como
                           Levantarse viento..."
                                 Alberto Caeiro

La realidad ajena no me perturba
si desconozco mi propia ansia de
poseer alguna realidad cuando a cada
instante varía y no es la misma ni para
Dios.
No me asemejo a esos seres que creen:
realidad es absoluto, esencia de lo Divino,
sensación de lo intacto.
Aquí, a la orilla del Tajo, quisiera ser pastor
de un rebaño humilde y desposeído: un cuerpo,
nada, ni siquiera las preces con las que oro.
A la vera del agua, ser nube que se levanta de
sí misma a ser madre.

ORTONIMIA

Fernando Antonio Nogueira Pessoa

Hueco de luz la casa insomne. Péndulo del viento
marítimo que trae tormenta y rayo.
En el cuarto más alto un hombre
camina solo bajo la lluvia. Antiguos
ojos que vieron su pasado lo toman
como a un salmista loco que entre humo
y alcohol hace estallar a gritos el
silencio preguntando por el sentido
oculto de la cosas o si solo son
nombradas por poetas que cuentan sucedidos
saudosos o por otros hombres que viven
dentro de sí mismo voces de su verbo
que vibran al unísono y le preguntan
somos cuatro, ¿cuatro qué?

DOS DESNUDOS EN EL BOSQUE

¿Alguna vez he de habitar el Edén
adonde dos mujeres se acompañan
con femenina lisura
                               sin turbarse
bajo frondoso altar tallado en
mi imaginario territorio frente a
un frío espejo-caja cripta-que me
contiene sin bautizo de Dios?
Álamos blancos copales nopal amates
guanábana Laurel de Indias
unidos por enredaderas en esplendor.
¿Podré vencer esta corteza
y por el cristal huir por siempre
de esa espesura camal que me sojuzga
llegar al Paraíso sin Eras y con ardor
indígena
encender una candela en el confín?


Frida Kahlo. "DOS DESNUDOS EN EL BOSQUE".
Óleo sobre lámina. 1939.
Colección Mary Ann Martin

RESPUESTA

Remota edad presente.
Una propuesta escrita detrás
de la fotografía de los dos
juntos bajo los oímos en la plaza.
Lastimadura aquel primer verbo carnal
cicatriz en la memoria.
Esas cosas.








jueves, 26 de julio de 2012

MARISA PRESTI


CREMA DE ENJUAGUE 
Movió lentamente la pierna derecha, empujando la sábana arrugada. Entreabrió apenas los ojos, molesta por la claridad que se filtraba por las persianas bajas. Su cuerpo se había adueñado de la doble plaza; estirada en diagonal, parecía poseer todo el espacio del amplio colchón que apenas un rato antes había albergado a dos. Pensó en levantarse, se imaginó apoyando los pies en el suelo, poniéndose el deshabillé, arrastrando los pies hasta encontrar los zapatos, se imaginó el movimiento refugiándose en la quietud.
Sonó el teléfono, sólo tenía que estirar el brazo para alcanzarlo. Estuvo a punto de hacerlo, pero siguió aferrada a la almohada. La llamada se reiteró varias veces. La noche debía de ser eterna, pensó. Negocios, familia, chismes, buenas noticias, malas noticias, me da lo mismo, murmuró para sí. Sintió el ruido de la ducha, abierta al máximo como a él le gustaba. El baño ocupado la conectó con la necesidad de orinar, la noche había sido larga, cargada de reproches y silencios, de pastillas tragadas en seco, de tensiones en el cuello y en los muslos. Apretó las piernas, dispuesta a aguantarse, imaginando el momento en que se fuera para disponer a voluntad del inodoro. En realidad, si no fuera porque tenían un solo baño, no le importaba demasiado su presencia. Se había acostumbrado a compartir sin diálogo, a mirar sin verlo, a comer sola y dejarle un plato sobre la mesa.
El ruido del diario pasando por debajo de la puerta de entrada no modificó su postura. Le hubiera gustado ir a buscarlo, como hacía años atrás, cuando se apuraba a preparar el desayuno antes que él saliera del baño: el café, la leche, las tostadas tibias y el diario doblado en dos. Apretó las uñas contra la almohada, la suavidad le resultaba insoportable. Pensó en los fakires que descansan sobre un colchón de clavos, imaginó cada punta hundiéndose en su cuerpo mientras un grito sordo se detenía en su garganta. Necesitaba el dolor para contrarrestar la angustia.
Volvieron a su mente cada una de las acusaciones. Podía haberlas rechazado, pero no lo hizo. El enchufe de la heladera está flojo, puede producir un cortocircuito, te lo dije mil veces, ¿por qué mierda no lo hacés arreglar? Seguís encerando el piso después del golpe que me di, ¿querés que me mate? ¿Por qué ponés flores en el dormitorio?, sabés que me traen alergia. Limpiá la bañera después de bañarte, dejás todo resbaloso con esa crema que usás para el pelo.
Hundida contra la almohada, su boca dibujó una leve sonrisa mientras sus ojos seguían negándose a la luz que ya inundaba la habitación. En los últimos años, pensó,  su única resistencia era la rebelión silenciosa. El teléfono volvió a sonar insistente; creyó escuchar su voz gritándole desde el baño. Podía haber contestado, pero sólo apretó la sábana con el puño y fue en ese momento cuando escuchó un ruido seco. La ducha siguió cayendo. Pensó en levantarse para ver qué había pasado, pero no lo hizo.

 



ALICIA CHILIFONI


ULTIMO VIAJE EN IKEBANA
La ikebana me llama siempre. Siempre paso de largo, menos hoy. Le hago caso. Me siento frente a ella, a ver, tanto insistir, qué me quieren decir las mazorcas apretadas, casi petrificadas. Para oír mejor cierro los ojos. En lugar de palabras me dan un larguísimo viaje instantáneo.
Al cabo estoy ante ellas, pero no son como con mis ojos abiertos, ni yo, ni la mesa, ni nada. Son de color amarillo intenso y humean, reinas de la fuente del puchero, la comida casi diaria, con la sopa incluida.
Es verano y almorzamos en el patio de ladrillos, a la sombra de la morera, o en el de tierra, bajo la parra y la glicina. El calor es menos caliente aquí, y el puchero es lo más barato. Todas las verduras las tomamos de la quinta del fondo, vecina al gallinero. Sólo se agrega la carne de chuquisuela o de caracú comprada en lo de Armando. Si alguna gallina ya no pone huevos, va parar a la olla, y ni siquiera es preciso gastar en la carnicería.
Me toca pelar los choclos, retirando prolijamente las barbas, que van a secarse pacientemente al sol sobre una hoja de papel de diario. Ya deshidratadas, la mami las lava y las hierve. La infusión resultante, fría y bien filtrada, va a una botella bien tapadita con su corcho, a apoyarse en el cuarto de barra de hielo, envuelto en un trapo para que se mantenga más tiempo en la rudimentaria heladera. Es el refresco más eficaz y rico del mundo.
Me niego a abrir los ojos. Quiero seguir sentadita a la mesa rectangular, con su hule impecable. El papi en un extremo, a un costado, la mami y yo, y enfrente mi hermano, listo a patearme por debajo de la mesa ante la primera discordia. Ya es vox populi que los hermanos mayores son insoportables.
Sé que en el fondo del aljibe, casi rozando el espejo de agua, cuelga la canasta de alambre tejido en que se refresca la sandía y unas uvas. A la hora del postre, serán subidas con la seriedad con que se iza la bandera. Papi distribuye la fruta con cara de cura ante la ostia consagrada.
Fin del almuerzo en la otra dimensión. No queda otro remedio. Abro los ojos, y corro a buscar la parte reseca de la barba de los choclos que compré esta mañana, pensando que me van a echar en cara la ocurrencia de sopa y puchero, ¡con este calor!
Preparo aquel refresco, lo enfrío rapidito en el freezer, y cuando tomo el primer sorbo esperando degustar la gloria, lo encuentro horrible. ¿Será que los choclos no vienen como antes? Con tanto darle a las modificaciones genéticas … No, debe ser que yo no soy la mami. Será que no es tan simple. No tengo la receta. La cosa debe tener sus secretos.
De todos modos, sea por lo que sea, ya es demasiado tarde. Cómo se hace el agua de barbas de choclo es una de las preguntas que deberé meter en la petaca donde guardo los interrogantes que ya nadie contesta.
A ver si aprendo de una vez por todas a no darle bolilla a las ikebanas. Son tan insoportables como los hermanos mayores. Las divierte llevarme a un callejón sin salida.


ELLE PANIQUE (ESPAÑA)


... Y OTROS CUENTOS

¿Quién es el señor Martín?

El señor Martín se sentía de aquí y de allá por dónde pasara, rodaballo y sobretela, del ancho y del estrecho. Al llover no se sacaba de paraguas porque en llover era un todo al completo: era nube y gabardina, gota compungida por lastimarse de paraguas o mojarse de gabardina. Se alcanzaba de sombra las ramificaciones sensibles de señor Martín, de puntillas se sonaba de timbre y se cruzaba de calle para terminar de poeta encogido de conglomeración del tráfico precavido de no ser pitado en las bocinas para temblarse de aire. Se recogía de hojas caducas de los árboles en bolsas enormes de basura para proporcionarse algo de guarida de fría noche frente al Sena; y cuando de balcón próximo alguna señora en riña de su marido le tiraba de traje y de muda, pasaba apuro de su orden público al trasmitírsele una sensación de agravio al verse arrastrado de calle sin lo privado del cuento que echara de vecino de enfrente.

En la ciudad de las letras

En la ciudad de las letras no existen números, no se escriben, no se anotan y las cuentas se hacen a ojo de buen cubero, todos presumen la existencia de los demás, un mundo donde se cuenta con los dedos, la tiza suma y la raíz se desdobla en dos al menos. Un mundo más grande en que la gente no se pierde por contada, dónde los libros se pasan hoja numerada con el dedo… ¡Todo parece maravilloso!, y a altas horas de la noche no contada todos buscan en sus bibliotecas. Les desanima por contra la noción numeral en exceso, que la costumbre de llamar por teléfono con dígitos asignados haga imposible con un simple descolgar del auricular una telefonista amable, al invocar un nombre y una calle sin más, enchufe la clavija de la centralita a la casa que se le pide. También oyeron de contagios de alguna melancolía propia de la unidad, ellos que nunca saben de soledad,  a solas no se hayan, es un concepto que les pierde por no atentos y no demoran en ello.

La novela higiénica del señor Babineaux

Cuando las rues corrían por espacios inconmensurables, en donde no encontrar jamás el máximo común divisor de ninguna (por infinitas), ni el mínimo común divisor (por lo mismo), y al tiempo le sufría su ocupación que ni a un ras de hueco se vendía una ficción de sereno excitado, ni una mirilla, ni un rellano, ni un correveidile, vino el rollo a mudar, ahí estaba la olla. En deslizar el papel para que los nunca horas antes de tirar de la cadena tras ceñirse tirasen de los ojos en fragmentados de lector del verbo ser- y del verbo estar- entre los haberes y los hallarse. El que las palabras se entrecortaran con frecuencia en los márgenes creaba cierta incertidumbre por seguirlas en una ocurrencia de engañar lo eterno con lo breve del señor Babineaux. Y la crónica de la época a falta de tiempo nos dice: Los lectores se inquietan y curiosean el papel por averiguar quién la escribe, solo al final se descubre, y no conviene desmadrarla, desmadejarla a destiempo, asustarla con el perro. Cuentan que la tinta está tan fresca que se teme que las prisas de leer encuentre a los destiempos de autor en que pillarle la mano final. Ya nadie se atreve a ofrecer novelas sin el formato higiénico, ya no se dice el desarrollo de la ficción sino el desenrollo de la ficción y no existe meollo sino tubo de cartón. La estrechez de miras está de moda, leer en estrecho hace deseable el techo de gastos de tiempo.

De joven escritor

Quería mucho a Amalia pero no lo entendía así, ella se pensaba descuido que no pusiera signos en las cartas de amor que le enviara aunque yo la dijera: "Los signos de puntuación son un desprecio por seguir de carrerilla y contarte cuánto te quiero"
Pero a ella le parecían signos de amor:
-No vengas con nuevas que yo ya vengo de regreso, no pones la preocupación que en el escribir de los demás.
Y debía decirle de nuevo:
"No seas boba, a ellos no les ofrezco lo mismo porque les ofrezco solo lo suyo"
Y ella replicaba:
-Pues yo quiero lo mío.

Cuando las mujeres se anudaban a uno así de exigentes había de dejarlas. Al principio era bello, aún era un escritor nobel que vendía algún cuento, alguna ilusión  joven, y de eso proporcionaba el ocio bohemio de llevar a mi amada frente a los escaparates y susurrarla en mi derrota que todo aquello que veía era nuestro pues no era ni suyo ni mío. Ella se ilusionaba y con una sonrisa soñaba díscola en ese zaguán bajos de realidad pero altos de fantasía. Todo escaparate sumaba al amor hasta que vendía el siguiente cuento y ya no recordaba que todo era nuestro.

Vaya con Dios


Hace muchos nombres que me voy.
-Vaya con Dios.
-Antoine que quemas la leche.
-Vaya por Dios.
Se quiebra el apego de la mano a la cafetera, esa distancia tan tan corta.
-Toni que huele a humo.
-Vaya por Dios.
El brasero a la camilla, esa simbiosis tan tan casera.
-Bony que hace frío.
-Vaya por Dios.
La puerta al quicio, ese cierre tan tan seguro.
-Bobini que ya es la hora.
-Vaya por Dios.
El reloj al shock de las horas por devenir, ese contemporáneo tan tan exhibicionista.
-La luz Antonin.
-Vaya por Dios.
La luz a las hojas para pretexto de pagada, esa pagana tan tan deslumbrante.
Hace muchos nombres propios que me voy….
-Vaya con Dios.

Nota: En francés los diminutos de Antoine son todos los señalados.