martes, 2 de octubre de 2012

NÉSTOR HELFER


EL ARROYO CRISTALINO 

Juan vivía en el campo junto a su hermano Luis. Ellos vivían sólo con su papá porque su mamá había muerto cuando ellos eran muy pequeños. De todas maneras su papá se las arreglaba para poder criarlos, atenderlos, darles de comer y se encargaba de todas las cosas que hacen los papás cuando quieren mucho a los niños.
Habían pasado los años y era tiempo de que fueran a la escuela. Ellos todos los días se levantaban por la mañana muy temprano porque debían prepararse para ir a la escuela que quedaba muy lejos. Y como no había autos ni motos ni cuatri, la única forma de llegar era a caballo.
Había que cruzar un arroyo y era muy lindo jugar en el arroyo porque se veían los pececitos. El agua era tan clara y cristalina que se podían observar las plantas que crecen debajo del agua. A veces se observaban los renacuajos, las piedras de colores, las pequeñas plantitas que eran arrastradas por el agua.
Generalmente los niños salían temprano de su casa para poder jugar un rato en el arroyo. A veces se les hacía un poco tarde y debían apurarse para no llegar fuera de horario a la escuela. A la escuela había que llegar temprano todos los días.
Casi siempre llevaban un par de boleadoras que tenían a mano porque siempre se cruzaba una liebre o un charito a los cuales se los podía cazar si alcanzaban a bolearlos. Porque estos animalitos corren muy rápido. Las boleadoras tenían unas cintas o un pedazo de tela roja para poder encontrarlos más fácil después, porque entre los montes los colores son muy similares y la soga también es del color de los montes y de la tierra. Y se hacía difícil encontrarlas, y más cuando quedaban debajo de la presa que cazaban.
El papá siempre les encargaba que fueran derecho a la escuela y que no se distrajeran jugando por ahí. Siempre les recomendaba que la escuela era el lugar que les permitiría poder superarse, porque el campo y el trabajo del campo era para los adultos, no para los chicos.
Juan y Luis tenían muy en cuenta esto y sabían que, aunque costara sacrificios y tardaran mucho tiempo en llegar, debían estar allí porque aparte se encontraban con sus amigos, jugaban y disfrutaban mucho.
Un día cuando volvían al campo después de una ardua jornada escolar en primer y segundo grado, decidieron quedarse un rato más a jugar en el arroyo. De pronto saltó un pez gigante muy cerca de ellos. Terrible susto se pegaron. Jamás habían visto un pez tan grande. Intentaron sacarlo del agua, lo corrieron, el pez iba y volvía pero no lo podían agarrar. Saltaba, se sumergía, volvía a saltar, tan entretenidos estaban tratando de sacar al pez que no se percataron que su padre estaba al lado de ellos. Otro susto más. Pero el papá no les dijo nada. Observó, miró lo que estaba pasando, fue hasta su caballo y armó un guachen con un alambre. El pez pasó nuevamente, en la segunda pasada el papá de los niños pudo atrapar el pez con el guachen que había hecho. ¡Qué alegría! Los tres estaban muy contentos porque ese día tenían ganas de comer un rico salmón que, gracias al papá, pudieron atrapar. Lo mataron, lo abrieron le sacaron las vísceras, lo limpiaron y lo llevaron listo para ponerlo al horno esa noche.



CECILIA COURTOISIE NIN


ALMAS CON OLOR A CEBOLLA

Esta mujer tiene algo especial en las manos. Sus dedos gruesos hablan. Sus uñas negras, los nudillos apenas deformados. La resequedad de la piel.
Aprieta el cuchillo entre los dedos y corta la zanahoria casi sin esfuerzo. Pedazos chiquitos para la sopa. Calabaza, puerro, cebolla. Bandejitas de verdura en juliana.
Buen día ¿me da una banana? ¿una sola? Sí. Dos pesos. ¿Dos pesos? Por unidad es más caro. Bueno. ¿Algo más va a llevar? No, nada más, gracias.
Detrás de la expresión seria, un dolor atrasado. El estómago oprimido se oculta bajo la redondez del cuerpo. Cuerpo cansado. Lento.
Lejos quedaron los días de críos en la espalda. De palabras crueles de gente igual, pero con otra vida. Lejos, pero más presente que nunca.
Los anhelos se arrancan de los azotes recibidos, los sueños deformados por lágrimas imperceptibles. Inaceptables. El pecho que se incendia con la naturalidad del aire y trasmite en esa fuerza, generación tras generación, el sabio sigilo de la lucha imperecedera.
La victoria descalza deja huellas en la planta del pie.
La angustia en silencio. El silencio que asume la rabia del otro, la absurda intolerancia.
Los huesos sufren, pero se callan.
¡Deja las ciruelas quietas! Gabriel, vigila a tu hermano. ¿Qué le doy, señor? ¿Un kilo? Los zapallitos dos kilos cinco pesos. Un kilo, tres. ¡Gabriel, vigila a tu hermano te he dicho! El brócoli se lo dejo dos con cincuenta porque no vino bueno. ¡Quita tu mano de allí te he dicho! ¡Gabriel! El tomate de oferta se ha acabado, tiene esos a cuatro pesos. ¡Gabriel!
Muchos siglos esperando la esperanza. Con la esperanza a cuestas se sueña distinto, se lucha distinto, la dignidad es posible.
El día empieza mucho antes si se hacen trámites.
Filas eternas de personas que acampan, en busca de un sueño deseado por obligación. Dejar de pertenecer para ser de otra parte. Colas inacabables por una identidad legal. Prueba indeleble del exilio.
Madrugadas enteras desperdiciadas en un papel. Punto de partida de una aparente vida nueva. Sudamérica, hermanos latinoamericanos. Buenos Aires, la utopía disfrazada de anhelos tangibles. Sábanas limpias, un trabajo digno. ¿Digno de quién? ¡Sudamérica! ¿hermanos latinoamericanos?
La Patria Grande.
Falta la partida de nacimiento. Pero yo he traído todo. Todo no, le falta la partida legalizada en su país de origen. Pero yo he traído todo lo que me han dicho ustedes. ¿No entiende lo que le digo, señora? Falta la partida legalizada. A ver, ¿de dónde es usted? ¿y tiene familia allá? Bueno, mándeles la partida para que le hagan el trámite y vuelva otro día. Ya vine cinco veces. ¡Le falta la partida, señora! Vuelva otro día, hoy no puedo hacer nada.
Otra vez el silencio.
Las manos de esta mujer tienen algo. Hablan. Cuentan su historia.
Llega a casa cuando la noche está avanzada, con sus hijos de las manos. El más pequeño quizás en brazos. Abierta al reencuentro que la espera puertas adentro, donde todo está en calma.
La familia unida, por el exilio, por la historia compartida, por el porvenir que están creando. La familia toda, completa, los que ya están, los que van llegando.
La esperanza contenida en los sabores que pasan de mano en mano, hombres y mujeres, núcleo inseparable, inquebrantable. El aroma de los otros que allá están, que son pero no son. Desconocidos de la misma raza, humanos, seres que explotan de vida, de angustia, de anécdotas que son distintas y tan iguales. Rituales que son de todos y que ellos se llevaron a otra parte. Rituales compartidos a la distancia con aquellos que aún luchan en la tierra que los trajo. Pacha al rojo vivo que guarda en frasquitos los vientos huracanados.
Puertas adentro el alma se reconstruye, se comprende. Puertas adentro de casa, y del país que una vez fue nuevo. 


MARÍA MARTHA AGOGLIA


SOLEDAD GRANADOS  

"¡Soledad qué pena tienes!             
 ¡Qué pena tan lastimosa!   
 Lloras zumo de limón 
agrio de espera y de boca"                                                                                                                      
Romance de la pena negra 
de Federico García Lorca

No sé si es lo que quieren escuchar, pero esta noche de invierno quiero contarles lo que me sucedió con Soledad Granados, a quien Uds. han conocido en una época. Hace quince días debí viajar a nuestro querido pueblo para hacer una visita de condolencia. Paré en lo de mi prima Laura Quevedo, donde me quedé a pasar el fin de semana. Su casa está en la calle Juan B. Alberdi 101, justo donde se juntan las famosas cinco esquinas que dieran lugar a la zamba de los hermanos Guirimayo. El sábado a la tardecita, cuando volvía de misa, en una de aquellas cinco esquinas, me topé con Soledad Granados. No sé si la recuerdan, pero fue la moza más bonita de los años setenta, según decían las lenguas del lugar.



Me fue difícil reconocerla, tan lejos estaba de la última imagen que de ella guardaba la retina de mis ojos. El otro encuentro fue hace mucho tiempo, unos diez años, cuando recién había llegado a Trigales. Ocurrió durante una tardecita invernal, en el mismo lugar donde me la crucé en este viaje. En ese entonces era alta, bien proporcionada, la cintura fina y las caderas plenas de sugestivas redondeces. El amplio escote de su vestido revelaba algo más que el nacimiento de unos pechos abundantes y bien formados, que ella lucía con atrevido garbo. El porte gallardo, la vestimenta osada, no condecía con la habitual indumentaria o postura de las demás mujeres del lugar. Cuando nos cruzamos, me miró fijo a los ojos, y pude verla bien pese a la escasa luz del farol. En  su cara, de palidez crepuscular,  se destacaban un par de ojos oscuros atormentados, y una boca de labios sensuales pintados de rojo. Del hombro colgaba un bolso abultado que parecía contener ropa. Cada uno siguió su camino sin palabra  alguna.
Varias veces la vi pasar por la vereda enfrente a mi casa, cerca del lugar de nuestro primer encuentro, En ocasiones, iba gritando insultos vaya a saber a quién, tal vez a la vida. Otras, se reían con estruendosas carcajadas. Siempre sola,  con su bolso  al hombro. Intrigado, hice algunas averiguaciones. Me contaron que Soledad Granados había sido la muchacha más hermosa de Trigales, por lo cual, en varias ocasiones festivas, había sido coronada reina de la belleza. Incluso me mostraron varias fotos de ella, extraídas de viejos archivos, donde se veía a una jovencita de cabellos oscuros, ojos de paloma y sonrisa feliz, envuelta en un vestido  de tul blanco, saludando a la gente desde un trono rodeado de ramas de eucaliptos. Casada a temprana edad, su marido, un picaflor de aquellos, celoso y pendenciero, la había hecho víctima de malos tratos. En una de esas ocasiones, luego de sufrir una tremenda paliza inferida por el palurdo en cuestión, perdió su bebé cuando estaba embarazada de seis meses La familia de ella, por aquello de lo que dirán, como si no se hubiera dicho ya todo, tapó la cuestión y el matrimonio se separó. La muerte del bebé transformó a Soledad en una enajenada, con graves alteraciones de conducta En sus  horas de desvarío, imaginaba que terceros extraños caminaban por los tejados de su casa, intentando entrar en ella, que la acosaban con fines deshonestos, que le querían robar. Andaba por las calles del pueblo pintarrajeada, lanzando gritos e insultos a diestra y siniestra. En ocasión de este último viaje, luego de muchos años, me topé con ella en el mismo lugar de nuestro primer encuentro, pero lejos estaba de ser la gallarda Soledad de otrora, aunque algo conservaba de su anterior postura. Estaba muy envejecida, encorvada, los cabellos ralos, casi blancos. El rostro demacrado, con surcos profundos tallados por el dolor  más que por el tiempo, lucía como la máscara de una tragedia griega. Sus brazos cruzados delante, en forma de cuna, sostenían un bulto pequeño. Se acercó, y bajo la luz de farol, sus ojos de luna velada se fijaron en los míos, la boca se estiró en una mueca vacía. Señalando el bulto con su cabeza, musitó unas palabras ininteligibles. Quedé paralizado, sin entender nada. Ya imperativa, repitió las palabras, una vez más señalando sus brazos en cuna y alcancé a entender " tiene frío". Me acerqué a ella. En sus brazos, dentro de un lío de harapos, una muñeca de trapo y pelo de paja me miró con ojos vacíos y sonrisa ausente. Entendí. Conmovido, me saqué la manta con la que había reforzado mi abrigo del frío invernal, y con ella cubrí a la madre y a la niña. Dos lágrimas de agradecimiento brotaron de sus ojos sombríos y una angustia feroz atenazó mi garganta.
Retorné a la casa de mi prima y, cuando le conté la anécdota, asombrada me miró, y me dijo: "¡No puede ser, si Soledad Granados murió hace un mes, atropellada en la ruta!".

NORA JAIME



DIFERENTES

La tarde se derramaba despacio, dulce y perfumada como un licor. El hombre se quitó los anteojos para limpiar los cristales y en esa opacidad brumosa de sus ojos descubrió su medio perfil, sus ojos grandes, sus labios gruesos, su pelo. Ella miraba hacia el poniente, en la calle semidesierta a esa hora en que el día comienza a despedirse.
Con las lentes limpias vio una mujer atrayente de mediana edad  que  entre muchas pasaría desapercibida, pero allí sola era un figura enigmática. Quizás por su cabello recogido que dejaba al descubierto su largo cuello  ó  su vestido claro con flores largo hasta los pies. No podía perder la oportunidad y se fue acercando despacio para hablarle, a menos de un metro sintió su perfume y con su mejor sonrisa dijo" Perdón, la calle Zavala…"no terminó la frase, ella giró y él enmudeció. Una mancha violeta cubría todo su pómulo izquierdo. La mujer contestó tratando de sonreir, mirándolo con una mezcla de rabia y resignación. El balbució un "gracias" y se fue en dirección opuesta a la indicada, haciendo más visible su turbación.
Quería escapar de aquella situación, al doblar la esquina ya se estaba maldiciendo por su actitud, arrepentido volvió sobre sus pasos dispuesto a disculparse,  ya no estaba.
Ese hecho fue el disparador de una serie de cuestionamientos acerca de la soledad de  su vida, de la aceptación por lo diferente,  no se atrevió a comentar lo sucedido con nadie.
Recordó a Edith, su novia de la secundaria. El primer beso, las caricias. Pensaban casarse, tener hijos. Cuando llegaron a cuarto año, ella se quedó con dos previas y su familia aprovechó esta circunstancia para mandarla un año a Estados Unidos a casa de una tía para conocer el gran país del norte, perfeccionar su inglés y dejar tanto baile, canto y guitarra.
En realidad era una forma de separarnos, sabía que no le caía bien a los suyos. En su fiesta de quince escuché sin querer un comentario de su padre "un goy es siempre un goy".
Nos juramos amor y nos separamos llorando. Al principio nos escribíamos largas cartas, ella me contaba sobre Norteamérica y sus progresos en inglés y yo le mandaba poemas y canciones.
Cuando volvió la noté muy cambiada, habíamos crecido. En nuestro primer encuentro sentí  que la distancia que nos separaba era un continente, su forma de pensar era totalmente diferente de la mía, después supe que en realidad nos separaba un océano "Cuando termine quinto año, voy a Israel, a vivir en un kibutz." Yo no estaba en sus planes, fue mi primer gran dolor.
El tiempo pasó y en la última reunión de ex-alumnos, alguien trajo su recuerdo.- A vos esa mina te marcó para siempre- ¿porqué lo decís? Todavía repetís lo que le escuchaste al viejo "un goy siempre es un goy".
No es así, estamos en otra época, hoy las minas de la colectividad se casan con quién quieren,  nadie se mete. No creas.
¿Ves? el problema es tuyo, sos vos el que tiene el prejuicio. Te acordás de la mina que te presenté aquella vez, la morocha que estaba muerta con vos. Lo primero que le dijiste fue "Soy cristiano y siempre voy a serlo", y arrugaste.  Que si  son morochas ó rubias, gordas ó flacas,  de este cuadro ó del otro, nacionales ó extranjeras. Dejate de joder con tanta historia. Es verdad que todos somos diferentes, pero ¡Suerte que es así! al final te estás quedando solo. Pensá lo que te digo, consulta con un profesional para que te ayude a resolver tu problema, es  triste la soledad. 
Podía ser que tuvieran razón en algo pero yo tuve lo mío, aunque ellos no lo supieran. Salí con muchas minas y, es cierto que no llegué a nada con ninguna, bueno solamente la tana. Pero a veces no se da y las relaciones son de a dos ¿no? Admito que yo soy un poco jodido con eso del término medio. Ni tan claro, ni tan oscuro. Ni tan gorda, ni tan flaca, que se yo. Siempre tuve esa idea, desde que era chico. Una vez una mina me dijo que en realidad eso es cobardía. No atreverse a dar un paso más del que marca la ley, la religión. Cumplir con los mandatos. Quizás ella tuviera razón.
Todas estas ideas ocuparon su cabeza y finalmente se decidió. Miró en la cartilla de la prepaga y encontró una larga lista de psicólogos, fue descartando por domicilio alguien que le quedara camino a su trabajo. Descubrió que había muchas mujeres y de la colectividad. Finalmente se quedo con un hombre y una mujer. Llamó primero al hombre, pero no tenía horarios cómodos y el arancel muy elevado.
Probaría con la mujer, sino tendría que buscar de nuevo. La voz de la secretaria  le  gustó, encontró un horario conveniente y el arancel un poco menor. Si no me gusta, voy una vez y basta, total nadie se va a enterar. El viernes estuvo todo el día tenso, en algún momento pensó en desistir pero cuando la secretaria lo llamó para recordarle su primera entrevista sintió que ya no podía echarse atrás.
Llegó al consultorio cinco minutos antes y dio una vuelta, para no parecer ansioso.
Era un lindo edificio en planta  baja, al fondo. Había que atravesar un jardín, después un patio.
La voz dulce de la secretaria, pertenecía a una señora bastante mayor, que lo recibió con una sonrisa. Llenó una ficha y lo hizo pasar. Allí estaba ella, frente a él con la mano extendida y toda la mancha violeta sobre el pómulo izquierdo. Quedé paralizado y "Sin aliento"- recordó ella.
Nos casamos hace dos años y soy plenamente feliz. Hoy es otoño, me quito las lentes para limpiarlas, la tarde escasa de sol no puede vestir de amarillo radiante las calles y las deja con jirones marrones.

lunes, 1 de octubre de 2012

ANGEL BALZARINO


BENJAMÍN

Al fin lo vio: sentado entre los arbustos, dejando caer en acompasados golpes la piedra que tenía en una mano sobre otra aferrada por las piernas, la mirada clavada en algún punto lejano, al parecer absorto o sin interés por cuanto pasaba a su alrededor. Oculta detrás de un árbol, se dedicó a vigilarlo, más que asombrada, con una especie de feliz descubrimiento. Es difícil creer que pueda cometer un daño. No. Rechazando disgustada los comentarios maledicientes que desde hacía algunos meses trataban de inculcarle la culpa de hechos reprochables ocurridos en el pueblo. El sobrino de doña Eulogia Burgos o más bien el idiota de Benjamín, como lo llamaban todos, se había ido convirtiendo poco a poco en la cabeza visible por los vidrios rotos de alguna ventana, la encarnizada paliza a perros y gatos o, peor aún, el asalto y sometimiento a varias muchachas. Ella no pudo admitirlo. Se sublevó contra el creciente estado de resquemor, de instintivo ánimo vengativo que manifestaban todos. Tal vez se trataba de compasión, de solidaridad por ese muchacho que se hallaba solo, desprotegido ante el acoso de los otros, o un atisbo de nostalgia al evocar el tiempo pasado en la escuela donde él era desplazado de los juegos o se transformaba en el centro de las pullas injuriosas o simplemente permanecía en un rincón. Temblando de miedo. Agobiado. No creo que haya cambiado tanto. Una fiera, como dicen. Nunca fue capaz de rechazar un ataque o evitar las burlas.
Con lentitud abandonó él precario escondite. Cierto temor pareció agudizarse a cada paso. Por el encuentro. Difícil. Impredecible. No llegó a imaginar una palabra o gesto. Al pisar una rama seca él dio vuelta la cabeza. De un salto se levantó, hostil. Quedó paralizada cuando lo vio avanzar amenazadoramente hacia ella.
-¿Hace mucho que se fue?
-Casi dos horas.
-¿No dijo qué pensaba hacer?
-No. Siempre sale al atardecer. Le gusta caminar. Pero nunca demoró tanto en regresar.
-Sí -una mueca de fastidio contrajo el rostro de Jorge-. Sin duda debe haberle pasado algo.
-No quiero pensar que ese idiota la haya... -la mujer se calló de pronto, sin atreverse a completar la torturante idea que la obligaba a recorrer desorientada el cuarto-. Estoy cansada de repetirle que se cuide. Ya muchas chicas fueron...
-Calmate, mamá.
-Nada ganará con preocuparse, señora -Eduardo procuró brindar una solución-. Lo mejor será buscarla.
-Sí. Háganlo, por favor.
-Vamos.
Jorge se apresuró por concluir la espera. Harto ya de presentar una máscara serena, de disimular el desasosiego. Tal vez mamá tenga razón. Ahora puede estar en manos de ese degenerado. Con el remordimiento de no haber puesto suficiente esmero en el cuidado, la vigilancia de Miriam, como se había hecho la firme promesa cuando los ataques a varias chicas fueron creando un clima de incertidumbre y pánico en el pueblo.
Salieron. Al llegar a la verja del jardín, Jorge se detuvo. Abstraído un momento; luego marchó con rapidez hasta el cuarto ubicado en el fondo del patio, donde se acumulaban herramientas y muebles viejos y múltiples objetos que habían dejado de utilizarse.
-¿Será necesario llevarla?
-Tal vez sí -extrajo del armario la escopeta que usaba cuando salía de caza con los amigos; después de cargarla, procuró ocultarla debajo del saco-. Esto también puede ser una cacería. Y quiero estar preparado.
-¡Esperá, Benjamín! ¡Esperá!
El grito y las manos levantadas pretendieron una defensa, aplacar la embestida del cuerpo súbitamente enardecido. Retrocedió, tropezando contra algunas piedras y ramas desperdigadas, hasta sentir en la espalda la rugosidad de un tronco.
-¡Por favor, Benjamín! ¡Escuchame!
Se detuvo a un metro. Tembloroso, extraviados los ojos, la boca entreabierta tratando de aliviar la respiración ronca, casi estentórea. Sí. Parece fácil provocar su violencia, las ganas de agredir. Bloqueada, sin alternativa para eludir el zarpazo del cuerpo gigantesco. No ocurrió. Tal vez por brusco arrepentimiento, por desvanecerse el estallido de cólera, o más bien debido al paquete de caramelos que con urgente dificultad logró extraer de un bolsillo y enarbolar como puente comunicador o estandarte para establecer una tregua.
-Para vos. Un regalo. Tomá.
El tardío entendimiento. La torpeza denotándose en la cara inexpresiva, en los gestos lentos y sin control. No. Jamás esperó algo así. Está acostumbrado a otra cosa. Rechazo, compasión, indiferencia. Y no supo cuánto tiempo pasó, rígida, con el ruego de obtener una feliz respuesta a su arriesgada decisión, antes de comprobar cómo el cuerpo de él se aflojaba por efecto de un golpe o una extrema fatiga y por fin tendía la mano, ya sin aire hostil, hacia el paquete brillantemente tentador.
-¿Por dónde comenzamos?
-Por el pueblo. Daremos una vuelta. A lo mejor alguien la vio.
Los presagios parecieron tornarse más sombríos durante la búsqueda incierta. Debí cuidarla mejor. Nunca lograré perdonarme si sufre algún daño. Y el sentimiento de culpa, corrosivo, fue creciendo no sólo a medida que recorrían las calles y entraban en los negocios y visitaban varias amigas de Mirian, con frustrante resultado, sino también por el interrogatorio, las dudas de Eduardo.
-¿Será realmente Benjamín el culpable de lo que pasa?
-Es el más sospechoso.
-Las chicas atacadas no están seguras. Todo ocurre muy rápido.
-En el pueblo nos conocemos todos. Desde chico, él se comporta de manera rara y agresiva. Debería estar internado en un asilo.
-La tía nunca quiso separarse de él.
-Cuando mate a alguien todos sabrán lo peligroso que es.
Puede ser ella ahora. Golpeada. Tal vez ultrajada. Trató de relegar semejante conjetura, cerrados los puños, sin ánimo para hablar, abrumado por el peregrinaje que sólo lograba acentuar la inquietud y desorientación. Hasta que, al cruzarse con el Beto Lamberti, ocupado en repartir mercaderías en su triciclo, surgió una tímida esperanza.
-Sí. La vi hace un rato. Iba hacia el arroyo.
Después de ayudarle a romper el papel y desenvolver cada caramelo, pues la impaciencia o el deslumbramiento agravaba la natural rudeza de las manos, quedó observando la cara donde resaltaba la luz alborozada de los ojos y la boca cubierta de saliva por el goloso paladeo. Como si nunca hubiera probado nada mejor. Unos simples caramelos que tal vez nadie se preocupó en darle. Y la sonrisa le produjo un íntimo regocijo, la grata recompensa por saldar la deuda que durante años había creído tener con él, cuando iban juntos a la escuela y en los recreos lo descubría aislado, tratando de rehuir las bromas y ataques despectivos. Nunca se atrevió a cruzar el patio inmenso y llegar hasta él, hablarle, invitarlo a participar en los juegos. Quebrar la rutina establecida hubiera sido cometer un acto insólito, provocar la abierta reprobación de todos. Al dejar la escuela, no pudo desarraigar un estigma de pesar y remordimiento. Sin oportunidad de verlo a diario, siguió pendiente de él, tanto por cualquier referencia de la gente como por el vivaz y afectuoso recuerdo. No. No pueden continuar acusándolo de todo. Es injusto. Perverso. Y se propuso reparar en parte la falta repetida tantas veces en la infancia. Ahora. Solidaria. Sin temor.
-El último. Despacito. Tiene que durarte mucho.
Se lo arrebató de la mano. Tal vez sin oírla. Impaciente, absorbido por el único, desbordante placer otorgado por las golosinas. No creo que haya tocado a esas chicas. No. Nunca sería capaz de atacar sin motivo o por gusto. Y la decepción que ensombreció su rostro al notar el paquete vacío la hizo sentir de pronto con las manos atadas, molesta por no tener nada más para ofrecerle. Lamentó acabar así. Separarse. Dejarlo solo.
-Te juego quién la tira más lejos.
Recogió una piedra y con violencia la arrojó hacía el arroyo. Él la imitó enseguida. Y durante un rato se dedicaron a buscar entre los arbustos cascotes y piedritas que, transformados en raudos proyectiles, fueron dibujando círculos en el agua azulada, con la explosiva celebración de gritos y risas.
-Está bien. Me ganaste. Sos el mejor.
Se acostaron contra un tronco, jadeantes, embargados por la euforia del juego compartido. Pero no tardó en ser desplazada por un agobiador silencio. Quiere seguir jugando. Está esperando que le brinde otra cosa. Taladrada por los ojos desolados, sin poder soportar el rostro apesadumbrado, en muda súplica. Descubrir algo para no defraudarlo. Urgente. Que revitalizara la festividad del encuentro. Por fin, decidida, se levantó.
-Una carrera. Tres vueltas alrededor del arroyo. Vamos.
-Mirá.
Desvió la cabeza hacia el punto que indicaba la mano tendida. Casi sin sorpresa, abrumado por la indignación. No me equivoqué. Es él. Y lo tranquilizó palpar el arma.
-Dale. Hay que apurarse.
Continuaron la marcha por el escarpado sendero que apenas se insinuaba en el bosquecito, agazapados, tratando de evitar cualquier ruido. Sí. La distancia es buena. No podré fallar. Cerró fuertemente las manos en la escopeta.
-Ahora.
-Apuntá bien.
-Sí. Nunca llegará a tocarla.
Apoyó el arma sobre unas ramas. Apretando los dientes, clavó la mirada en las figuras que corrían junto al arroyo: Miriam, con evidentes signos de fatiga; Benjamín, anhelante, en febril persecución. Nunca. Nunca.
Se detuvo abruptamente. No supo si por el grito o el disparo estremecedor. Aturdida, sin comprender qué pasaba.
-¡Benjamín!
Se movilizó de golpe, por obra del dolor, la furia, el desconcierto. Mientras se arrojaba sobre el cuerpo caído, percibió las voces desaforadas. Después vio las siluetas, el arma transformada en emblema fulgurante.
-¡Asesinos! -gritó, abrazando el cuerpo de él, protectora, casi maternal-. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué...?

Publicado a revista virtual Con voz propia dirigida por Analia Pescarner.


STELLA MARIS TABORO




UNA MUJER UN RELATO

Asomaban sus ojos verdes jugando con el abanico. Como en un sortilegio sensual lo desplazaba felinamente hacia sus senos. A él le pareció una imagen irreal, escapada de otros dimensiones no terrenales. Así la conoció y la bautizó como " la señora del abanico plateado", mientras el tren corría enloquecido en medio de las colinas.
Se pegaba a las ventanillas el movimiento del quieto paisaje. Los rieles retumbaban más en cada durmiente. Una llovizna pertinaz comenzó a cubrirlo todo y el abanico seguía jugando con la mirada encendida y distante. Mas incógnitas se despertaban en él.
Sentada junto a la ventana, no había notado que alguien la observaba insistentemente.
La próxima estación estaba después del túnel largo. No debería bajar allí y temía que ella lo hiciese. Del otro vagón llegaban las notas de un acordeón y el corazón de él sintió una brisa inesperada porque al fin , unieron brevemente su mirada . Fue sólo un instante. Breve como el segundo, grandioso como el cielo y ruborizante como un atardecer de sol y nubes.
¿Esa tarde de junio sería inolvidable? ¿O el comienzo de algo nuevo en la vida de él?
Ya se veían las luces de la boca del túnel largo ,eran luces que lastimaban sus miedos , sus temores y en medio de ellos, lo decidió: si ella bajaba en la próxima estación ,él también lo haría..
La volvió a mirar, esta vez de reojo, ella seguía con su abanico plateado haciéndolo danzar frente a su rostro.
Y llegó la estación después del túnel. Ella descendió deslizándose como una bella gacela. Él no dudó, aunque debería viajar unos kilómetros más en el tren, bajó detrás de ella.
El pueblo estaba lleno de silencios, un carruaje señorial la esperaba. Subió y se alejó por un camino bordeados de abetos.  Llegaría hasta el castillo, que hundía entre las nubes su parte más alta. Las cascadas retumbaban hasta allí, donde comenzaba del sendero que él estaba dispuesto a caminar para llegar a ella.
Avanzaba y el camino se hacía cada vez más angosto. Los hielos se licuaban y caían al fondo
de un barranco profundo. Se respiraba una región melancólica. Sólo las flores blancas de una enredadera que descendían de la ladera le inspiró seguridad, mientras se fue acercando al castillo.
Pero de pronto un tronar de caballo retumbó, un grito estridente como aguardando a la muerte estalló haciendo eco en todas partes. Como una amazona derrotada avanzaba ella.
Las cascadas se secaban, los árboles caían, las rocas se quebraban, el cielo ahora era un negro velo y enceguecía el resplandor de los ojos de un vampiro persiguiendo a la señora del abanico. Enloquecido, corrió en busca de ella, pero ella ya era una vampiresa y hundió sus dientes en el cuello de él.

MARTA BECKER


LA COCINA

Jacinta, la vieja cocinera de la estancia, se ocupó de criar a su nieta Filomena desde el nacimiento. La madre murió de parto, llevándose a la tumba el nombre del padre de la criatura, y así, Jacinta y su reino, la cocina, fueron todo el mundo de Filomena.
La niña creció entre ollas y sartenes, frituras y confites, y sus juguetes se mezclaban con cucharones y viejos cacharros de barro que atiborraban el lugar. De a poco, la abuela le fue enseñando los distintos secretos de las comidas, y la había nombrado heredera de tan mágico lugar. Jacinta tenía muchos principios, pero el básico y primero era que al hombre se lo conquista por el estómago -¡vaya si tenía buenos recuerdos del finado Joselo, un gallego que pasó por la estancia y cuando la vio y probó sus platos decidió quedarse!-. La  mujer salía de la cocina sólo para adquirir los suministros, o le encargaba al peón que iba para el  pueblo una vez al mes las cosas más especiales.
Alimentaba a la familia principal y también a la peonada, y todos alababan la mano de Jacinta para cocinar. Filomena ansiaba llegar a ser como su abuela, y ponía mucho empeño en aprender.
Mientras esto pasaba en la cocina, en la casa grande crecía Ramón Aguilar, un muchacho morocho, alto y de espaldas anchas, hijo de los patrones y dos años mayor que Filomena.
Cuando Filo -así la llamaban- comenzó a servir la mesa del comedor principal, quedó impactada por el joven, quien no ponía mucha atención  en ella. Pasaba el tiempo y la joven estaba cada vez más enamorada de Ramón, que permanecía indiferente a la situación.
Muy avanzada en años Jacinta dejó la cocina y Filomena se hizo cargo del trabajo, segura de poder cumplir con las obligaciones a la perfección, ya que se había convertido en una alumna ejemplar. Y desde ese lugar decidió poner en práctica los principios de la abuela. Cocinaba los manjares más grandes con toda, habilidad todos decían que había superado a su maestra en el arte culinario.
Pero Filo tenía un secreto. Había consultado con la curandera de un pueblo vecino por su mal de amores, y aconsejada por ella llevaba en el bolsillo de su delantal un paquete con diversas hierbas afrodisíacas  con las que condimentaba especialmente los platos de Ramón. Cada comida era una caricia, una demostración de amor, y siempre guardaba la esperanza de ser correspondida.
El hombre, que ya se había hecho cargo de la estancia, era inmune a todos los artilugios de la muchacha, que se mostraba desesperada ante su falta de interés. Para Ramón, la Filo era parte del personal, y sólo la veía como tal.
Luego de uno de sus tantos viajes Ramón volvió de la ciudad acompañado de una mujer rubia, de tez blanca, elegante, a quien presentó como su esposa. En la cocina, todos hacían comentarios sobre la nueva patrona, pero en la Filo la sorpresa dio lugar al enojo, se sintió traicionada, y aunque no lo demostró, guardó silencio como si estuviera de duelo.
La recién llegada se hizo cargo de sus nuevas funciones. Introdujo cambios en la casa e ideas nuevas en la cocina, una fortaleza inexpugnable hasta ese momento. Filomena aceptó de malas la invasión, pero no dijo nada.
El problema comenzó cuando la mujer percibió los sentimientos que  la cocinera tenía para con su esposo, mientras que don Ramón, ajeno a estos temas domésticos, seguía en el manejo de la finca. La relación entre las dos mujeres se hizo cada vez más tensa, y en un momento Filomena llegó a recibir una amenaza de despido si no cumplía las órdenes, una situación  totalmente insólita, ya que desde los viejos tiempos ese recinto era de las cocineras, que actuaban según su criterio y no eran cuestionadas.  Una noche de tormenta los gritos y amenazas atravesaron las paredes de la cocina, aunque no pasaron a mayores.
La Filo no soportaba que su hombre -según ella pensaba y que había atendido siempre con tanta deferencia- compartiera su vida con la otra. Comenzó a servir una comida sin gusto, mal presentada, y las quejas tanto de los patrones como del personal se hicieron sentir.
 Estaba cada vez más malhumorada, decaída y sin voluntad de trabajar. Una mañana la encontraron tirada en el suelo de la cocina, fría, los dedos de las manos contraídos como garras, los ojos muy abiertos y espuma en la boca.
El matrimonio Aguilar no pudo explicarle a la policía la presencia de una botella de veneno para ratas escondida en el ropero.


RUTH PATRICA RODRÍGUEZ- Ecuador



LOS TEMPRANOS LLEGAN TARDE

Era la primera vez que se atrevía a estar sin alguien. Hasta entonces había sorteado la soledad, aferrándose a la presencia de cualquier ser existente que pasaba por su vereda. Desde los mendigos hasta los voceadores de periódicos, todos la conocían en el barrio; su conversación era fluida con los perros y canarios o con los geranios que colgaban de su balcón. No aparentaba cincuenta años, pues su carácter era alegre y hasta cierto punto caprichoso si el silencio se hacía insoportable y exigía asirse de las paredes con tal de no encontrarse a solas. La música siempre salía hacia afuera por algún resquicio de las ventanas. Pero ese día, el mundo se paró y, aunque cerró los ojos para no ver, sintió que todos los cuerpos salieron despedidos, no había inercia y sus huesos se estremecían al contarle un secreto bajo la piel. De pie y sin nadie, apenas con un poco de sí que sostenía su columna madura, advertía que era tiempo de encontrarse. El miedo a lo desconocido era una frase hecha para las películas de ciencia ficción, pero en ese instante empujaba patética, avergonzaba, le imprimía una huella de orfandad. Tan solo el eco de la ciudad le llegaba como aviso de que allá afuera había un rostro que la esperaba; quizá algún doble suyo que necesitaba ser rescatado para empezar a ser.
Entonces salió, dio el paso hacia las calles frías de la noche. La epidermis del mundo era ahora tan real; no se inmutaba por el tránsito de aquella mujer que deseaba volver a caminar; nadie advertía la indefensión de su desnudez; su fantasma liviano besaba la mirada distraída de los transeúntes y  se apiadaba de las cargas de tristeza: los seres humanos eran hermosos y no lo sabían; avanzaban sonámbulos, acarreando el bulto del cuerpo y extendiéndose hacia el auxilio de un horizonte jamás prometido. Todos regresaban de sus fábricas de sobrevivencia. Ella también, a su modo, resistía al sueño de querer despertarse; simulaba hacerlo, pero al rato se sentía apegada a las sábanas de la imaginación: ¿dónde estaba, en qué lugar de la vigilia se encontraba perdida?
Apareció un hombre al final de la avenida con actitud de espera. Ella llegaba puntual sin haberse sentido llamada, aunque por esas cosas raras de la intuición sabía que el universo había acertado con un abrazo matemático. ¡Qué hermoso era! Tenía en su mirada fugitiva la incomprensión del dolor y por añadidura una sonrisa de muchacho que apostaba todo por besar. Eran, pues, seres desiguales que intentaban una ecuación perfecta y se daban la mano: él y su pudor, ella y su arrebato. Estoy cerca de casa, te invito a descansar un rato, le dijo. El joven, aunque ruborizado, aceptó perder su virginidad. Para entonces, ella ya no estaba soñando; él, sí.
El día siguiente fue un mágico despertar junto al candor, un desahogado sueño después del desafío a la tempestad de media noche. Ella y él, vestidos de jardín sobre la alfombra de una vida que amenazaba inoportuna, pero que en esos momentos no parecía importar. Sólo al cabo de un año, Sofía se dio cuenta del error, cuando las preguntas del adolescente fueron en aumento: ¿de verdad me amas?, ¿cómo lo sé, si es la primera vez que me han amado? Ella pasaba su mano de vieja ternura por su cabeza endurecida de celos;  dentro de ésta acechaban canciones y telenovelas de traición; pruebas suficientes para no creer en nadie, ni siquiera en el primer amor.
Veo las cosas como son, yo las siento, tú mientes, insistía Mateo, mientras lanzaba un dardo a su pupila negra. Entonces ella recordaba los pasos cuando era tan indemne como él y cuando presentía que había mucho por doler en adelante; por eso lo escuchaba con ternura de madre y se golpeaba el pecho entre el humor de un destiempo que, sin embargo, le retiraba todas las culpas.
-¿Serás tú a quien yo entregue para ser subastada a los mercenarios de mi miedo? ¿Serás tú quien de verdad dices que me amas? ¿Cómo puedes amarme si todavía no soy yo?
- Seré la primera fusilada por tus manos, Mateo.
El destino, ese ser de caminos atravesados, se reía otra vez poniéndose en fila para dar la orden de avanzar hacia aquel miocardio femenino. Era justo acabar con la insensata mujer que había decidido ser feliz en el momento equivocado; era razonable olvidar a la minúscula solitaria que osaba burlar las leyes de la reparación, y enseñarle a su querubín a ser seguro. Pero el rayo venía implacable y mataba. Ella moría y por desgracia seguía respirando sin recordar cuál era su nombre; apenas una brizna venida de los árboles parecía soplarlo. Desde el centro del patio del antiguo manicomio, el viento susurró "Sofía" y ella regresó a ver.
Hasta aquí le han sucedido tantas muertes; ahora, una diagnosticada resurrección anuncia una paz definitiva.  Sofía se incorpora y ve al cielo. Una nube choca contra otra que tiene forma de querubín. Cada encuentro conlleva inevitablemente una despedida, dice. Ella logra palparse, sigue viva. La pubertad de ese amor continúa doliendo en su vientre; sus estropeados amores, en cambio, tienen lápida. Camina y ya no quiere entender por pereza o incredulidad. Es mejor y no sabe si es mejor respirar los olores entremezclados de la cocina y del cuarto de enfermería. Cientos de ojos que ella ve pasar se esquivan por los corredores, no se detienen frente a ella, no la tocan, tienen su propia historia que dejar en los expedientes. Un encuentro es realmente un encuentro y no hay muchos, repite incesantemente. Ella lo sabe, pero él, Mateo, tendrá que descubrirlo por sí sólo, yendo al panteón varias veces. Quizá a esta altura haya tenido suerte, tal vez haya encontrado una joven virgen, haya tenido muchos hijos y haya sido feliz. Sofía arquea las cejas, inclina la cabeza y comprende que no todos los príncipes son bondadosos y acuden a visitar a las locas.

Publicado por Ester Mann en   Etiquetas.

CELIA ELENA MARTÍNEZ X DOS



ARDIENTE  VERANO

Era una tarde calurosa de verano. El calor era bochornoso.
Estaba tendida en la hamaca paraguaya que colgaba de dos árboles, a la sombra de ese sol que quemaba todo lo que tocaba, corría de a momentos tan solo una ligera brisa.
Mi marido había partido temprano con mis hijos a un pueblo lejano donde había playa.
Estaba sola en esa inmensa plantación, donde los hombres trabajaban bajo el sol ardiente, con el torso desnudo. Estaba metida en mi lectura cuando de pronto, uno de ellos, el negro senegal,  que se había incorporado pocos días antes al resto de la cuadrilla, me sorprendió. Venía a ofrecerme si quería tomar algo fresco, asentí con la cabeza y una sonrisa, cuando regresó noté algo en su mirada que, yo sorprendida no pude desprender, era intensa de parte de los dos. Los dos con los ojos clavados el uno en el otro y sin cambiar palabra alguna, sólo un lenguaje gestual, nos fundimos el uno en el otro, su cuerpo oscuro y húmedo me hizo sentir sensaciones distintas y nuevas para mí, era todo tan apasionado que perdí la noción de tiempo y espacio, caímos a la tierra caliente, no sé cuanto duró este furor hasta que llegó el éxtasis, cuando todo terminó confundida corrí a la piscina y me zambullí todavía aturdida.
Algo me dice que toda mi vida recordaré esta tarde.


ANHELOS

Si yo fuera normal…  suponiendo que mi soberbia me deje creer  que soy anormal, me gustaría ser sana de cuerpo y alma.

Si yo fuera cantante… me gustaría tener una buena voz, porque la mía es malísima, es la única envidia que siempre sentí.

Si yo fuera loca… me gustaría correr por el campo, para que todos pensaran que estoy loca.

Si yo fuera nudista… me gustaría correr por la playa, pero ser joven.

Si yo fuera Miss Mundo…me gustaría pasearme con mi corona y cetro por la vida.

Si yo fuera Gardel… me gustaría estar vivo…

Si yo fuera millonaria… me gustaría viajar, pero ayudar a que no hubiera niños con hambre.

Si yo fuera actriz de cine… me gustaría ser Marilyn Monroe,  porque es mi ídola y ser amada por todos.

Si yo fuera Dios…(no me siento capacitada para contestar a este anhelo) trataría de cambiar al Hombre que yo mismo creé, supongo.

Si  yo fuera niña…volvería a ser la niña que fui.

Si yo fuera libre…sería como soy: LIBRE.

LEO ALEGRE


POEMAS

El ejercicio tal vez sea este...

deambular a través del silencio,
arrimarse a lo intangible y
penetrar sin piedad
el instante sagrado.

Detenerse entonces y
permanecer hundido en la ofrenda,
sensible hasta los huesos
a lo que brote de los sentidos.

La nada absoluta y divina...
y un estallido en los ojos
y un llanto secreto
y un fuego que arde en las entrañas

En un instante que no admite piedad,
caen destrozadas las verdades siniestras,
y surge sublime la visión privilegiada,
el vacío insuperable de los caminos que se abren.

Se manifiesta virgen la belleza
y ofrece un regazo oculto al final de la cueva,
recostado en él vemos pasar la Idea,
como un reflejo preciso de lo que ansiamos atrapar.

Cae la mano y la sentencia,
sometidas las palabras después del juego
el instinto teje un designio fatal
exuberante por fín
            en los contornos de un verso

que no hace falta escribir.

                             "..but they might need rain..."
                                                        C.Bukowski

Un reflejo omnipresente de mi
vive oculto en los espejos
que vosotros,
invertidos narcisos
esquivan, y pierden...

mientras les recuerdo aquello
que no se animan a ver.
… no los necesito...

De claros y suaves amaneceres
huyo en busca de refugio,

aquellos momentos de endeble
felicidad de ustedes
son los peores fantasmas
para un espíritu sublime,
que conoce el reverso de todo,
en la palma de la mano.

Desprecio lo seguro,
lo bello y lo insípido,
que es decir lo mismo...

.. y los condeno..

Sólo al borde del abismo,
enfurecido contra la tormenta,
sobrevive lo absoluto,

el bautismo oscuro
que esconde la clave
de la sagrada eternidad.



"De nuevo el silencio en la faringe..."

                                           J. P. Sartre, "La Náusea"


Por debajo de la piel
tiemblan los huesos,
profundos y abismales /
muertos de miedo.

El sonido punzante de la noche atraviesa los oídos,
como un  aullido incandescente
que se instala en la boca del estómago
y desgarra la carne
  y retuerce las tripas,

la sangre quisiera huir
pero ya es demasiado tarde.

El cuerpo cae vencido ante el horror
y la náusea se apodera del aire,
en una fosa cercana
el gusano se relame en su suerte...

surge ineludible y fatal
la noche final de tu existencia,
ya no hay tiempo que perder,
     todo es
          silencio,
            vacío
          y muerte.