jueves, 18 de junio de 2015

Nora Azul del Rosario Akimenco



2 cuentos   
Nora Azul del Rosario Akimenco
                                                   
El hombre que sabía demasiado

En su larga y apacible vida, ese hombre había leído de todo. Sabía de medicina, sobre la enfermedad y sus causas. Horas y horas pasó indagando a grandes filósofos como Aristóteles, Platón, Sócrates. De cada lectura, le quedaba un fragmento que incorporaba en su personalidad. También le agrada la física, las matemáticas y la química.
Estudió, además, el lenguaje de los símbolos, con una destreza inigualable. Le encantaba descifrar los mensajes ocultos de los jeroglíficos de los egipcios.
Inspeccionaba cómo las flores podían abrirse en la primavera, disimuladas por debajo de las semillas.
Le agradaba, además, dialogar con colegas y aprehender su magia. Iba comiéndose las letras con mucho apetito.
Sabía de los rituales ofrendados a los dioses, de la esencia de la mujer y su tibieza al convertirse en madre. Tenía en claro el rol del varón en su calidad de estar presente frente a la adversidad y su gran espíritu de lucha.
Después de mucho andar, por los caminos de la humanidad, una noche, bebiendo un vaso de licor, se dispuso a descansar. Había trabajado mucho.
En ese estado de relajación y de quietud, vio la luna despegar por el cielo oscuro con tanta lujuria, que se entregó a los brazos de Morfeo, y así sin saber demasiado, se dejó llevar por las fantasías y aprendió a soñar.
                                                                   *  *  *
Al preguntarle cuál era su trabajo, me dijo que era vendedor ambulante, de panes, churros y pancitos con chicharrones. Le Dije -un poco incómoda- que en el Zonal me habían dicho que “cartoneaba”. Me contestó con sus ojos mirando hacia el piso, que lo hacía cuando no tenía qué vender. Un sudor frío recorrió mi espalda, sentí en un acto involuntario, cómo su vergüenza se apoderaba de mi cuerpo. Mis manos, con las uñas pintadas y sin callos, comenzaron a vibrar. Estaba inundada del pudor de ese señor apesadumbrado y más ennegrecido por su confesión. Me sentí salvaje y atropelladora, intenté normalizar mi situación de desventaja. Le esbocé una sonrisa lo más tierna y sincera que pude. Estaba avergonzada por tanta crueldad.

El misterio de la alfombra 

En un diario matutino apareció una noticia sorprendente.
Se busca alfombra perdida. Su nombre: mágica. Al que pueda encontrarla será gratificado con una valiosa recompensa. Remitir información a esta dirección, ciudad de las diagonales calle del silencio entre los tilos y los jacarandás. Mantener máxima discreción.
Intrigada por el aviso me puse a investigar de inmediato. Llamé por teléfono a la persona que había realizado la solicitud y me dio detalles de su objeto perdido y/o robado.
Con voz deformada para que no la reconociera me dijo que esa moqueta había sido su testigo durante tantos años de pasión jugando a las escondidas. Entre llamadas en clave y mensajitos de texto, ella la alfombra había sostenido sus ardientes encuentros con su don Juan. Era suave, no muy limpia pero sí mullida, por lo cual las escenas de amor se desarrollaban con gran habilidad y maestría.
Luego agregó casi llorando, que de no encontrar su tan codiciado fetiche, tendría que ir a visitar a un traumatólogo, porque le dolían todas las coyunturas, que los años no venían solos, que no quería quedar en silla de ruedas y qué explicación le iba a dar a sus familiares y amigos.
Me quedé en silencio, intentando darle una pista, un consuelo, no conocía el paradero de su objeto perdido. Sólo tenía una explicación sobre la desaparición del valorado tapiz: habría volado Al país del nunca jamás.
Moraleja: “si han de disfrutar a escondidas, que les duelan los huesos”. Párrafo extraído del Manual del matrimonio perfecto, capitulo 3 Saber inconsciente de alguna parte engañada.

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