domingo, 19 de noviembre de 2017

Carlos Margiotta


El padre Juan  
Carlos Margiotta

La última vez que vi a mi madre fue en la sacristía de aquel colegio de pupilos donde el hermano Miguel nos recibió con urgencia mientras retorcía un trapo de piso sobre el balde de metal. Allí transcurrió mi infancia y mi adolescencia hasta que cumplí la mayoría de edad. Entonces tenía 6 años y mucho después supe que mi madre había muerto en un hospital por un cáncer en el útero. "Es un chico muy travieso hermano... de vez en cuando es necesario darle un buen chirlo", había dicho mi madre al despedirse.
De ella guardo algunas imágenes muy confusas como fotos desteñidas en la memoria, sin embargo no le guardo rencor y siempre quise creer que desesperada por la pobreza y por el abandono de mi padre, no tuvo mas remedio que dejarme allí para que me haga un hombre de bien. Lo cierto es que el pasado se ha perdido para siempre y no es lo que ocurrió en realidad sino lo que queremos recordar de él.
"Portate bien, Negrito, cuando me quieras ver mirá las nubes que allí me vas a encontrar", dijo mientras salía con prisa de la iglesia, escondiendo la cabeza entre los hombros ocultando las lágrimas como una vergüenza.
El colegio ocupaba una manzana en las afueras de la pequeña ciudad. Era un edifico viejo donde se educaban los hijos de buenas familias en el sector que daba a la calle principal, separados por una pared del internado vivían los chicos de hogares humildes ó a cargo de algún juzgado de menores, como el del juez Portilla que finalmente se ocupó de tutelar mi crianza.
El padre Juan era el responsable de nuestra formación. De él aprendí, entre tantos valores cristianos, que la disciplina es la principal virtud para progresar en la vida. "Humildes como las palomas y astutos como las serpientes", solía decir. Era un hombre muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús cuya imagen reinaba en la cima del altar de la capilla del colegio a la que ingresábamos por la sacristía atravesando la puerta que daba al patio grande, donde formábamos fila antes del desayuno. El padre Juan celebraba la misa cotidiana con verdadera rapidez cristiana, mientras Jesús nos contemplaba resignadamente con los brazos abiertos y el pecho estrellado de luz y sangre, como perdonando nuestros pecados.
Los domingos se abría la puerta del atrio sobre la calle Urquiza que desembocaba en el río y los fieles del suburbio pueblerino asistían al acto religioso y escuchaban la palabra del Evangelio interpretada por la ronca garganta del cura con su sermón lleno de culpa y esperanza.
Casi siempre, Belomo y Maidana, con los que compartí aquellos años, se vestían de monaguillos y ayudaban en la misa (pronunciaban bien el latín) turnándose en el hacer sonar las campanillas anunciadoras de: pararse, sentarse, arrodillarse. Otros integraban el coro celestial acompañados por el profesor de música que se llamaba Artemio, que tocaba un desdentado órgano alemán, mientras uno de los pupilos que estaba por egresar estiraba la manga de pana oscura sujetada por un palo largo de madera lustrada recorriendo las filas de los reclinatorios esperando la limosna hecha moneda.
A muchos de mis compañeros venían a verlos sus padres, abuelos y parientes los sábados por la tarde y se reunían en el salón comedor. Yo era el encargado de servirles la merienda y de ayudar en la cocina, después del encuentro me ocupaba de la limpieza "Limpia el piso y limpiaras tu alma, Negrito" me decía el padre Juan.
En las fiestas patrias nos llevaban a la plaza principal del pueblo para participar de los actos conmemorativos y las autoridades nos presentaban por como un ejemplo de la solidaridad pueblerina. Disfrutaba mucho de esas visitas, del desfile militar del regimiento cercano, del chocolate con churros que nos servían en la intendencia y de algún regalito que nos hacían las damas de la caridad.
Era mi oportunidad de ver a las mujeres del lugar, esas que me empezaban a inquietar por las noches en el pabellón del dormitorio. "También es pecado tocarse allí abajo y tener malos pensamientos". decía el cura.
El mayor placer de mis días de encierro era por las tardes, cuando terminada la clase teníamos un recreo largo antes de volver a la capilla donde rezábamos el rosario. Me subía a los techos del colegio sin que se dieran cuenta y contemplaba el sol que se desmayaba sobre los campos de maíz anaranjado, miraba las nubes buscando a mi madre y la encontraba tirándome un beso con un gesto de la mano, ese beso era el consuelo que me acompaño durante 12 años. Después del recreo nos acercábamos al aula vecina al comedor para anticipar la cena de sopa y guiso que nos calentaba la panza y de paso jugábamos a las cartas o a la lucha grecorromana.
En las noches, a través del ventanal del dormitorio miraba el cielo inundado de estrellas como nunca las he vuelto a ver. Las luces del pueblo se iban apagando poco a poco, yo iba cerrando mis ojos imaginando el ansiado día de mi partida, mientras la luz del cuarto del padre Juan permanecía siempre encendida.
El padre Juan era nuestro confesor, nuestro guía espiritual y nuestro amigo, aunque tenia sus hijos predilectos que le cebaban mate en la intimidad de su cuarto adornado con libros de lujosa encuadernación, mullidos sillones y alfombras orientales. Una noche de verano me pidió que le llevara la cena a su habitación pero, por alguna razón (creo que por miedo), inventé un dolor de muelas para eludir el compromiso, a partir de ese momento utilicé otras tantas excusas hasta que dejó de requerirme.
Mis años de pupilo pasaron rápidamente entre el estudio, los trapos de piso y el vapor de la cocina, hasta que cumplí la mayoría de edad y me vine a Buenos Aires.
Al padre Juan lo nombraron Obispo y se fue de la provincia para dirigir un Seminario. Maidana abandonó el colegio después de una rara enfermedad que contagió a otros muchachos y el colegio fue clausurado. Belomo entró en la Gendarmería y alguna vez en cuando nos carteamos.
A pesar de todo fueron buenos años, allí aprendí el oficio de carpintero, a ser humilde y obediente, supe del poder de la oración y de la virtud de callarme. Me casé con una buena mujer que es maestra, soy padre de 3 hijos. Del padre Juan y  de todo lo demás me enteré después de mucho tiempo por las noticias de los diarios.



4 comentarios:

ecos de ubeda dijo...

un relato interesante

Anónimo dijo...

Un hermoso cuento de "casi no ficción".
Estuve en pasillos y capilla parecida.
Solo que la mano de mi madre(a último momento)no me dejó.
Un desarrollo magnífico y un final espectacular...
¡¡Felicitaciones!!

Roberto

gabriela carrera dijo...

Hermoso relato, tristemente cierto.
Siempre llevando al lector al análisis de la vida cotidiana.
Gracias Carlos.

Leonor Mauvecin dijo...

Muy buen cuento.Gracias