domingo, 22 de enero de 2017

Carlos Margiotta

            
LA PASIÓN DE ESCRIBIR 
Carlos Margiotta

A menudo los interesados en participar del Taller de escritura me preguntan si se puede aprender a escribir. Yo les contesto que los que deciden venir al taller que ya son escritores, algunos adormecidos, otros sin conocer su verdadero talento, también están los que quien probar si pueden hacerlo, muchos para tener la posibilidad de ser leídos a través de las páginas de esta revista o de incluirse en alguna edición de antología de cuentos.
Se me ocurre enumerar una serie de pensamientos orientados al joven escritor, entendiendo por joven al que se inicia en la apasionante tarea de escribir. Recuerdo que Saramago empezó a escribir a los 60 años.
Se aprende a escribir, escribiendo, no hay otra forma de aprender que en base al error. El error es el gran maestro. Hay que sentarse a escribir y dedicarle un buen tiempo. Hay que renunciar a la velocidad y apropiarse de la lentitud.
La musa inspiradora está en el sótano de cada uno, ahí donde nos cuesta descender por temor a encontrarnos con nuestros fantasmas. Y deberemos hacernos amigos de ellos, debemos aprender a quererlos y trasformarlos en seres maravillosos.
No se escribe con una técnica ni con un estilo determinado, se escribe a partir de una pérdida.  Al taller han venido personas que han sufrido una separación, o perdido un tra-bajo, o están de duelo por la muerte de un ser querido, o simplemente queriendo imaginar un mañana mejor. Recuerdo siempre a una integrante que le decía a sus compañeros cada vez que llegaba: “Vengo a hacer terapia”.
Escribir como todo proceso creador: sana, nos conecta con la vida. Escribir promueve la salud y nos aparta de la enfermedad, aquí Eros vence a Tanatos. Escribir modifica nuestra mirada de la realidad y nos permite enfrentarla con otros recursos.
Escribir es contar historias y en cada historia hay algo perdido para siempre que se quiere recuperar  De eso perdido nos interesa lo singular, y de lo singular el cómo se cuenta. Nos interesa la forma no el contenido.
Y las historias se cuentan con palabras, esas azarosas palabras que por un lado nos muestran y ocultan, nos dicen y callan, son propias y ajenas, mienten y dicen la verdad, nos seducen y nos rechazan, y tienen infinitos significados.
Escribimos para traer las palabras que corresponden, no otras, las palabras que rompen con lo estereotipado del lenguaje, contra lo establecido para encontrar otros sentidos. 
Escribimos para no desaparecer en lo cotidiano, para conocer y conocernos, para saber qué pensamos de la realidad, para detener el tiempo, para no olvidar y recuperar la memoria. Escribimos por el placer de hacerlo, porque el otro existe, para que nos lean, para amar y ser amados.
Escribimos para soportar la realidad, para desear un mundo mejor, para vincularnos con otros en paz, para creer, para soñar.
En el Taller trabajamos en grupo, interactuamos con otros que comparten la misma pasión, y el grupo estimula, coopera, acompaña en el proceso creativo. En el grupo bailan nuestros personajes y los otros.
En el taller aprendemos que para escribir bien debemos transcurrir un proceso, que todo texto es autobiográfico aunque no aparezca ningún recuerdo, que no hay otra manera de  escribir que desde lo subjetivo.
Por eso el Taller es un lugar mágico donde el tiempo se detiene para tenerse, donde las historia fluyen como un río, y en ese torrente eterno de palabras se construye, sobre las aguas, en las profundidades, con la mente, el cuerpo y el alma.
En el Taller no necesitamos disimular, decimos las cosas de la manera más directa posible, sin rodeos, leemos lo escrito delante de todos y escuchamos los que los compañeros escriben.
El coordinador orienta, señala otros caminos, muestra lo oculto, plantea otras posibilidades, enseña y aprende, se conmueve junto a los integrantes y utiliza recursos para favorecer la eterna pasión por escribir.