martes, 6 de mayo de 2008

CORA STÁBILE


SÁBADO MILONGA

Era un punto cincuentón, fiel reflejo del milonguero viejo y bailarín compadrito. Habitué de los salones donde, los que como él, gastaron incontables tamangos al ritmo del 2x4.
Aquella tarde fue al boliche a tomar un feca solitario, campanea el panorama por la ausencia de la barra y juna la presencia de una piba que ingresa lentamente buscando, quizás como él, el programa nochero para compartir su soledad.
Él apura su café y sale rumbo a la milonga, sus miradas se cruzan fugazmente y ella siente un leve cosquilleo en la espalda.
Unos minutos después también la mina se marcha, va a su casa y elige las pilchas que lucirá más tarde, no sabe bien el porqué pero lo hace con mucho cuidado, como presintiendo un algo especial que se acerca.
Eufemio llega al bailongo, carpetea el movimiento y juna con desencanto todas parejas formadas. Cuando casi se arrepentía de haber ido a esa milonga su corazón pega un salto al ver la silueta familiar de una grela que se dibuja en la entrada.
Ella al verlo sonríe, los duendes del bandoneón parecen festejar el encuentro, se aproximan lentamente y, casi sin darse cuenta, unidos en el abrazo del baile, son una pareja más que dibujan en la pista los cortes y quebradas inspirados por la música del troesma.
Las horas se suceden sin que se den cuenta, de golpe la percanta ficha de reojo su muñeca derecha donde el bobo le marca que son las cuatro de la madrugada, el Punto juna la mirada de Rosita y palpita el final de esa noche de milonga bien de bute.
La acompaña hasta la puerta, allí los techos amarillos esperan, un tachero se adelanta para que no le amuren el viaje.
La piba sube y vuelve a su casa después de haberle dado a la milonga, por una noche, un perfume diferente.

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