domingo, 23 de abril de 2017

Paula Etchart

                                                  Abismos Paula Etchart

Vamos, le dijo tomándole la mano con fuerza. Vamos. Esa había sido su última palabra. Su última invitación. Vamos. Pero él había preferido quedarse quieto e inmóvil, sintiéndose vulnerable e impotente. Abrió los ojos y parecía que lo sucedido danzara a su alrrededor. Se sentía cobarde, también valiente. Sus ojos desbordaban lágrimas que cayendo rítmicamente humedecían su justa sonrisa. Vamos, repetía incesante su memoria aquella voz quebrándose de fragilidad.
Era la primera vez que entraba en la habitación luego de su último ruego. Caminó hacia la mesa con pasos lentos. Vamos, sentía susurrar al viento en sus oídos. La mesa aún estaba como aquella noche. La vajilla antigua, los cubiertos de plata y las copas de cristal. Se sentó en el mismo en el mismo lugar que había ocupado la noche anterior, creyendo arañar la felicidad. Le parecía verla frente a él. Ella sonreía locamente, con ese extraño brillo en los ojos.
Una velada inolvidable, le había prometido. Y vamos. Lo había sido.
Pudo sentir, como había sentido siempre desde el primer día en que la conoció, el abismo infranqueable que lo separaba de ella. El abismo que no les había permitido nunca unir sus vidas.
Tomó entre sus manos la rosa, que dormía en su letargo, marchita, se le deshizo entre las manos. Como arena resbaladiza entre los dedos. Había sido roja. Ahora, los pétalos vestían luto desteñido en púrpura. La llevó a sus labios. Como aquella noche había hecho con el frágil e ilusorio cuerpo de ella.
Sus ojos descubrieron las finas astillas de cristal rotas sobre la mesa. Su memoria escupió sin piedad el sonido de la copa quebrándose y los trozos de cristal brillando bajo la luz de la vela.
Vamos, le había susurrado. Se dejó transportar hacia aquel momento. Podía sentir la fragancia a jazmines impregnando el ambiente. El aroma dulce, tan dulce como nauseabundo, que hablaba de la presencia de la mujer más excéntrica que había conocido jamás.
Recordó las largas túnicas. Ella solía lucirlas con tanta femineidad... Sus ojos rasgados. Pensaba que esos dos soles eran más poderosos que la  estrella misma. Los recordaba tan seductores... que siempre, desde que la había conocido, había transformado en sigilo a un extraño sentimiento inconfesable. Vamos, pensó. Sabía que  aquello era imposible. Tan imposible que hasta corrompía su seguridad en la duda.
¿Sabes? le había susurrado él, desde que nos hemos conocido mi espíritu se halla invadido por la inexplicable sensación de que tus ojos ejercen fuerzas infrahumanas... divinas, me atrevería a confesar. Siento que existe cierto misterio que no quieres develarme, contesto ella.
El bajó los ojos y no pudo mirarla a la cara. Sentía vergüenza, pero asintió. Es algo que no llego a comprender. La primera vez que te conocí, un sentimiento me avasalló el alma. Sé que no existen lazos sanguíneos que nos unan. Pero sentí al mirarte, que aún si hubiera sido tu hermano, te hubiese tomado por esposa si tus ojos me lo rogaban.
Se levantó despacio de la silla y comenzó a caminar por la habitación. Recorrió con las manos el contorno de los dibujos que adornaban las paredes. soles. Ella había pintado miles de soles.  Vamos. Aquella palabra traía consigo una sensación de vacío, de ser aire. Sus pies avanzaron y pudo apenas oir su propio paso silencioso. Deambulaba. Cerró los ojos.
Existe una ceremonia, le había dicho ella, esta velada es el momento adecuado. Eres, amado mío, la persona que habrá de corresponder a mi ruego. Sé que así será, tu confesión me lo ha demostrado.
Recordó cómo, en aquel momento, había podido presagiar el abismo. Vamos, resonaba la voz de la mujer  en su memoria. Sus ojos. Como había sentido que no quería obedecerle, pero el hechizo o había enredado. Irresistiblemente.
Vamos, escúchame. No puedes cambiar el destino. Antes que seas muerto esta noche por una traicionera mano, déjame sentir tu agonía. Poseo el poder de cambiar tu trágico sino. Déjame darte muerte. Vamos, le susurró dulcemente al oído.
Ella tomó su copa de cristal con la mano derecha. La alzó a la noche y en fugaz movimiento, la destrozó contra la mesa. Su mano izquierda aferraba como pulpo la mano de él. Recogió uno de los trozos de cristal y le cortó la muñeca. La sangre comenzó a brotar lentamente. sus ojos rasgados se posaron en su compañero.
El pudo sentir la agonía como una miel. Mientras le quedaban los últimos respiros de vida, ella susurró: No te aflijas, sólo debes esperar un tiempo. Habré de resucitarte. Lo prometo.
 Abrió los ojos y sintió el vacío. aún no podía explicarse cómo había cedido ante su promesa. Se sentó en la silla y comenzó a esperarla. Como un eco, había comenzado a resonar en su mente el nombre de aquella mujer divina. Se sintió encarcelado. Sin alternativa.
Después de todo, se preguntó a sí mismo ¿qué podía hacer un espíritu inmortal en un mundo al que sentía no pertenecer más?. Decidió seguir esperándola. Sabía que lo amaba y que no iba  abandonarlo.
Vamos, pareció escucharla, pero sólo era el eco lejano de un recuerdo.
Sintió que no podía resistir más a esa situación expectante. Intentó reunir las últimas fuerzas que le quedaban y gritó al viento, como si este transportara a través de los tiempos su desesperante llamado, el nombre de aquella mujer: ¡Isis!

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