viernes, 17 de julio de 2015

Carlos Margiotta



Demasiado rubia para morir así (I)  
Carlos Margiotta

Llegué al lugar cuando el cuerpo todavía estaba caliente. -Gracias por venir tan rápido, usted sabe como aprecio su ayuda- , dijo el Comisario Barrientos, mientras levantaba la sábana ensangrentada que cubría a la víctima. Era una mujer rubia que tendría apenas unos 25 años. Demasiado rubia para morir así, pensé. Su belleza yacía boca abajo sobre la cama, y un tajo entre dos vértebras cervicales mostraba que había sido apuñalada con una fina daga, o algo así como una aguja o un punzón. Me llamó la atención que la habitación estuviera en orden sin signos de violencia ni destrozos en el mobiliario. 
-Los vecinos escucharon un fuerte grito y llamaron al 911, cuando llegamos el cabo Gómez vio a un tipo correr por las azoteas-, continuó diciendo Barrientos.
Palermo es un barrio extenso donde se mezclan las finas torres de Libertador y las casas viejas tipo chorizo como en la que estábamos entre Julián Álvarez y Lavalleja.
Salí al pequeño patio donde desembocaban el baño y la cocina. Una escalera estrecha de metal llevaba a una azotea y a la noche fría de Julio. Subí despacio para mirar desde arriba el escenario de la casa, restos de pisadas con barro cubrían los primeros escalones. Una camisa blanca y un juego de sábanas se balanceaban en una soga de la pequeña terraza; estaban secas.
Cuando volví el Comisario agregó: -Por los libros y cuadernos que encontramos en el ropero parece que estudiaba medicina, también había en del cajón de la mesita de luz un pasaje de ómnibus con destino a Necochea para el día 16. 
-Es muy raro todo, le dije, Llámeme cuando tenga más novedades y nos dimos un apretón de manos.
No sabía que rumbo tomar, no tenía pistas, sólo interrogantes como el detalle que guardaba los libros en el ropero teniendo muchos otros lugares más apropiados en la habitación, tampoco me convencía el hecho de que las puertas no habían sido forzadas indicando que la víctima conocía a su asesino.
Angélica iba a esperarme en mi departamento alrededor de las 10 con un guiso de lentejas, había dicho, y estaba ansioso por encontrarme con ella después de una semana sin verla. Ella vivía en una localidad cercana a la capital y compartíamos nuestras vidas los sábados y domingos. A pesar de lo poco que nos conocíamos había logrado que le diera una copia de mis llaves. -No hace falta más de cinco minutos para darme cuenta a que hombre puedo amar con todo mi corazón-, dijo en la primera cita antes de darme un beso que me dejó sin respiración, y a partir de ese momento nuestros cuerpos se reconocieron como desde el principio de los tiempos.
-Hace tranquilo tus cosas que te espero con una sorpresa-, me había dicho por el celular un rato antes que me dirigiera al lugar del crimen. Y como  una mujer trae a la otra decidí ir a lo de Mimí, una generosa veterana con la que compartimos noches enteras cuando ella era media vedette en el Marabú y yo todavía un joven oficial de policía. Ahora tenía un pequeño café en la zona de las facultades enfrente de lo que había sido el Hospital de Clínicas.
Miré la hora y paré un taxi creyendo que el boliche estaría abierto. Cuando llegué Mimi estaba bajando las persianas y no pude evitar mirar su cuerpo curvándose en el umbral como entonces. Bajé del auto apurado para sorprenderla cuando...
-¡Arévalo!, qué haces por acá-, dijo mientras besaba mi mejilla. -Vení entrá y tomate una cafecito, esta noche tengo poco tiempo para vos. Mi hijo vino de Madrid por unos días y tengo que cenar con él.
 Bastaron media hora para intercambiar algunos detalles del contexto actual sobre la vida universitaria que podrían enriquecer y confirmar mis posibles hipótesis cuando tuviera más datos de la investigación.
-Vos sabés cómo son las cosas hoy en día, las pibas del interior no se conforman con la mensualidad que le envía sus padres y algunas estudian de día y se prostituyen de noche y los pibes que se creen piolas vendiendo falopa. Salimos juntos del café y la acompañe a tomar el colectivo 132 que la llevaba a Flores. Me despedí con un abrazo y le pedí que estuviera atenta a las noticias y cometarios de sus clientes porque el lunes el caso iba a aparecer en los diarios.
Caminé hasta Callao enfundado en mi sobretodo, tenia la cabeza echo un bombo de pensamientos y apuré el paso hacia el pasaje Discépolo pensando que Angélica (cuando te nombro…). En el palier del noveno piso  sentí el aroma del guiso de lentejas, toque el timbre para no asustarla con mi andar sigiloso y me abrió la puerta con una sonrisa.
-Todavía falta un ratito para comer- dijo, mientras yo me quitaba el abrigo y ella mi robe azul dejando su cuerpo vestido solo con par de medias negras.
Continuará

Leticia Ruiz Rosado



                 POEMAS Leticia Ruiz Rosado
Calidoscopio  

La vida es desde el naranja origen
hasta el rosado violeta
arcoiris de algodones
mañaneros, sempiternos
la mano que colorea es un pintor exclusivo
borda sin nadie verlo
majestuoso colorido.

Rosa somalí 

Entonces qué nos queda
aguardar como la primavera llega…
sin que podamos añadir a su naturaleza un ápice de trinitarias nuevas
sólo mirar revolotear mariposas rojas entre los verdes
que todavía quedan
luego nos preguntamos:
qué nos queda
cuando una chica somalí arrastra
piedras ensangrentadas de cabellos rizados
debilitados entre risotadas
de los pocos o los muchos
que miran sin mirar a una chica somalí
y negra.
Ese caminar...  

Ese caminar de verdes bordea
un horizonte de grises tenues, imperceptibles a veces
cuando otea mi automóvil raudo
a su destino matutino
y deseo detenerlo mas prosigo…
se me deshacen los colores
que se repiten al otro día
cuando entonces
duermo y me pierdo deseando
hasta
otro sábado de naranjas y amarillos que me sonrían
mientras quisiera atraparlos entre mis manos.

Elena Miguel


                                                    Elena MIguel


Los días junto al mar

  Los días junto al mar fueron los más felices me dijiste y te creí porque también habían sido los míos, aunque nunca hayamos coincidido en un encuentro.
 Las olas rompiendo con furia contra las rocas, el viento despeinándome, un frío haciendo calar hasta los huesos.
 De pronto me puse melancólica, esa historia que me contaste me trasladó en el tiempo, otras bocas, otros sabores.
 La misma piel y el mar de fondo, bravío, calmo, besando la orilla a perpetuidad.
 Hace muchos años fui joven e idealista, se que vos soñaste también alguna vez con cambiar el mundo.
 Ahora miro el mar y estoy segura de que lo estoy haciendo. 


Ya no soy lo que era

 Paz en mi interior, el aire cálido asciende, va iluminando cada chakra.
 La rueda gira, vivifica.
 Cada poro respira, transmuto lo viejo, ya no soy la que era.
 Un árbol vive en mi corazón, su savia corre por mis venas, que arrullo vegetal tan extraordinario!!!
 Todo es verde, amarillo, ocre.
 La vida puja por nacer en mis latidos.
 La mente está quieta y los fantasmas se alejan por un rato.
 Soy yo, es el aquí y ahora, la mujer nueva, el símbolo mágico se hace carne.
 Soy todos, cada uno de mis ancestros se presentifica.
 Me dejo llevar, mi piel es el universo que se expresa por medio de la palabra

Natalia S. Samburgo


NATALIA SAMBURGO

La batalla de los dioses

  Los Dioses habían decidido librar la batalla. Se habían resistido durante algún tiempo, pero ahora era inevitable. Las fuerzas del mal estaban logrando resurgir y se hacía necesario
vencerlos para salvar a la Humanidad.
 Dioses y Humanos se unieron para lograr más poder. Los Demonios tomaban formas distintas para confundirse entre ellos.
 Por fin la batalla comenzó. Los cielos se oscurecieron. Una lluvia de cenizas se desprendía del espacio anticipando los acontecimientos.
 De las tinieblas salieron los Demonios.
 De detrás del Sol aparecieron los Dioses y los Humanos Iluminados, elegidos estratégicamente para poder batallar.
 El choque fue feroz. Unos contra otros utilizando sus poderes trataban de destruirse.
 Velocidad, fuerza, garras, colmillos, poderes mentales. Todas las armas estaban al servicio de los contrincantes.
 Cada uno tomaba la forma que hacía que sus poderes se manifestaran al máximo.
 Pero los Demonios no contaban con una virtud de los Humanos: “La Estrategia”. Ellos podían planificar y por ellos se anticiparon a los movimientos del enemigo.
 Unidos en formación, alineados con el poder del Sol, desplegaron una fuerza descomunal que terminó uno a uno con los Demonios.
 Los Dioses quedaron sorprendidos. Habían elegido bien a sus aliados.
 Ya no había más oscuridad. La luz había ganado. Las estrellas volvían a brillar y los humanos en la Tierra, ajenos a la batalla, seguirían sus vidas escoltados por sus Salvadores.


Por fin…

 Por fin podía desplegar mis alas. Tanto tiempo estuve encerrada, ajena a los
 acontecimientos que me rodeaban.
 Por fin podía volar, sobre aquellos árboles, sobre aquel monumento, sobre aquel edificio,
 sobre aquellas vías.
 Por fin podía sentir el aire contra mi cara, el frío de la mañana, la tibieza del Sol.
 Por fin podía escuchar los cantos y los ruidos, oler aromas y sentir con el tacto.
 Por fin podía ser libre, como una paloma, volando con las alas desplegadas y poniendo a
 funcionar todos mis sentidos.
 Ahora lo veo todo más claro, ahora siento la libertad, la que tanto ansié. La veo blanca, la
 oigo armoniosa, la huelo floral, la degusto dulce y la siento suave.
 Por fin soy libre, por fin llegó y ahora se queda conmigo.


CALDERON - ESCOBAR



TRES  AMIGOS - DOS CRITICAS

Hola Carlos: ¿Qué puedo decir de tu libro? Que me ha gustado. Me parece muy lograda la construcción de ambiente del café porteño de barrio, clásico, que está en la base de todos los relatos. Cargado de reminiscencias tangueras, de cosas y recuerdos de otra época, lugar para el encuentro consigo mismo, con el amor y la amistad, especialmente con viejos amores y amigos "históricos" como  los del grupo del Negro H. A la onda melancólica, nostalgiosa y un poco escéptica de esos  típicos cafés de billar y piano se suma la valoración subjetiva del Negro que lo siente como "una mujer que lo espera"(Simplemente ella).El café porteño da lugar, en general, a reflexiones "filosóficas" de distinto calibre, aquí se evita el lugar común y aparecen algunas que calan más hondo. También surge el humor  en este grupo de varones que hablan de mujeres con mayor o menor dosis de misoginia ( Todo es negociable, muy gracioso el final),
Me gustó el entramado entre presente y pasado de Sudestada (los pantallazos de la infancia en el momento de mayor angustia) y entre primer plano y telón de fondo (las letras de boleros en Tito Sánchez...)
De los "extraños personajes" que toman cuerpo en los "cuentos" contados (valga la redundancia) en el café o que lo frecuentan aparte del grupo de amigos, los que más recuerdo: el Flaco Gardel, Boris, el del piano y Abel, el acariciador (aquí destaco  la descripción de la receta para acariciar, especialmente una imagen:" ...te ofrecerá un lugar dentro de su alma que no le ha mostrado a nadie, es un lugar vacío, misterioso, desértico, donde sufre, gime, es como un nudo que tendrás que desatar en un lugar que nunca ha sido amado").
Uno de los relatos que más me gustó fue Sudestada por el " crescendo" en la atmósfera de angustia y desamparo que asocio con la situación del país en ese momento, la cual se filtra en el estado anímico del grupo. Creo que cortando algunas reiteraciones y detalles que no aportan, ganaría mucho. También Café para melancólicos,  Dos extraños, El tratamiento, Pantao, piantao. Hay más.
La idea de Don Anselmo es buena y la descripción muy poética, pero no me cierra el viraje hacia el "realismo mágico" (eso de que la gente estuvo 6 días y 6 noches a la intemperie para entrar a oírlo) lo cual no pega con el estilo realista del resto. En este mismo relato otra cosa que no encuentro acertada es el cuento del Mirón  al que despiertan de golpe y empieza a contar, pero además porque su relato carece de "lengua y estilo propio", mejor quedaría en tercera persona, manteniendo el estilo del narrador principal.
Demás está decir que reconozco a los "amigos" del Negro y otros personajes que se mencionan, como el sastre Vicente y los reiterados recuerdos de "la vieja". Veo en los textos y el libro en sí, un conjunto de afectos entrañables que lo embellecen Habría mucho más para comentar, pero como conclusión, fue un placer leerlo, felicitaciones. Un beso. Silvia
                                                                                                         SILVIA CALDERON
Que puedo decir Negro.  Volví a leer tus historias de café para escribirte unas palabras sobre ellas. Qué digo, al leerlo las dos veces me gustó de igual manera. La vieja Barracas, jalonada de conventillos, vecina del riachuelo y envuelta en su eterna niebla. 
Ahí, justo en una esquina se encuentra  el mítico café.
Lo imagino con mesas de madera (nada de fórmica), ventanales siempre empañados, el infaltable gallego que atiende las mesas y que es ya casi un amigo. Ahí sólo suena el tango y Marino ha echado el agua bendita.
Una generación se reúne ahí. Una generación golpeada por las diversas calamidades que varios gobiernos han dejado, una generación  que ahora se amontona en lugares como éste, esperando que la piqueta no los derribe, jugando un truco interminable, que no requiere el intelecto, sino la picardía, la picardía que permite hacer gambetas para que la suerte puta no los golpee.
Creo que todos los cuentos (¿cuentos?) son buenos, cuentos de varones en donde la mujer, salvo excepciones, atisba desde los ventanales, pero “Sudestada” me resultó el más logrado, porque lo que se juega en ese truco no es solamente la suerte sino la supervivencia (como metáfora), la suerte de los jugadores, la suerte de todos.

                                                                                                     MARÍA A. ESCOBAR

Jenara García Martín



CONFIDENCIAS  Jenara García Martín

Fermín me había citado en el café  ORIENTE, que él frecuentaba, dado que pertenecía a la aristocracia madrileña.  Acababa de llegar  a Madrid, y me dijo necesitaba verme. Yo no me rehusé y a las diecisiete horas asistí a la cita con puntualidad, como era mi costumbre. Ya me estaba esperando. Ninguno de los dos dejamos de emocionarnos, pues  hacía años que no nos veíamos. 
- Carlos, querido amigo, ¿cuánto agradezco que hayas aceptado esta entrevista? - Me decía Fermín mientras nos dábamos el abrazo de sincera amistad.
Su aspecto, como de costumbre, era impecable. Y su porte elegante.  Fuimos juntos al Colegio y nos hicimos inseparables mientras vivieron en Madrid. Cuando terminó sus estudios completos, hizo lo que su madre al morir le había aconsejado. Terminar la carrera de  Filosofía y Letras y viajar. Recorrer el mundo  beneficia en muchos factores -, me relataba como para empezar el diálogo -. Conocer otras culturas; sus principios espirituales; los dogmas religiosos; sus costumbres, (…)   Ahora regresaba de Italia, luego de dos años del deceso de su madre y aunque su pasión era la música, terminó la carrera y recorrió los países que más le atraían, cumpliendo con ese consejo maternal. También me dijo que había escrito, pero nunca publicó nada. Decía que escribía para él. Así quedaría para el recuerdo todo lo que fue su vida, que no muchos conocían.
Me sorprendió su estado melancólico, con el cual se expresaba. Mas como era de carácter introvertido no me atreví a preguntarle  para no quebrar la alegría que  provocó nuestro reencuentro. Él se dio cuenta de mi inquietud, y me dijo que me iba a relatar el motivo de su tristeza, rogándome que no le interrumpiera. Mi curiosidad iba a ser complacida, sin yo requerírselo.
 Así comenzó Fermín su relato:
 “Estoy demasiado abatido. Demasiada angustia la que siento dentro de mí. No puedo expresar su dimensión. Nadie lo entendería. Vivo ajeno a  todo lo que me rodea. Como si no existiera. Es inexplicable. Yo estoy siempre observando todo lo que me rodea.  Presiento el magnetismo que transmiten las personas. La naturaleza. Los espacios llenos o vacíos. No me detengo a mirar por mirar. Observo a los seres humanos que caminan, a veces, como autómatas. Para otros, pasarán inadvertidos. Para mí, no. Doy vida  a su figura, a su caminar,  a su aspecto. Los retengo en mi cerebro y me acompañan como seres invisibles. No ocupan espacio, pero ahí están. Mi consciente prepara la composición con la que puedo ir comenzando la novela que yo presiento puede haber en torno a ese ser humano, o a ese lugar, o a ese “algo” que me cautivó y que tenía vida. Y minuto a minuto  la temática fluye sola. Y ahora, te repito, me falta motivación. Y me niego a creer que esté relacionado con estas situaciones aparentes que transmito, que tú aprecias en mí, aquí y ahora. Es algo más profundo, más ligado a mi existencia espiritual. Me falta ella. Mi “Musa”. ¡Qué torpe e ignorante fui! La tuve siempre a mi lado. Nunca me di cuenta que era ella. Ella. ¡Amelia¡ la que  inspiraba  mis creaciones. Compartíamos, sin que yo lo percibiera los mismos placeres que nos brindaba la vida. Hasta el pisar de las hojas secas de los parques en  aquellos atardeceres del Otoño, era algo especial. Nos provocaba música y poesía. Me incitaban a crear algún poema, que ella siempre aplaudía, como una niña encantada con un nuevo juguete. ¡Era un sentimiento tan puro! Ahora entenderás mi abatimiento y mi remordimiento…
Cuando llegué a conocerla, en la casa del Capitán Maltés, del cual era sobrina. Tendría unos quince o dieciséis años y su esposa Cloty treinta y…, de una belleza deslumbrante”.
- Podía ser tu hija – le dijo Carlos, interrumpiéndole.
“¡No me interrumpas! Era una encantadora criatura y parecía agobiada bajo un idealismo puramente espiritual. Sin embargo, esa clara pureza de su alma fue el indicio  de lo que pronto llegó a cautivarme. A pesar de su carita cubierta de pecas había en ella una belleza expresiva, oculta por su comportamiento infantil. Ya se expresaba desde el alma y cautivaba más los corazones. Era ingeniosa. Destacaba por su buena educación,  moral y social. Por su angelical inocencia, su espontánea  y reposada  alegría. A pesar de que me cautivó, la primera impresión que sentí  al verla fue de desazón. De un sentimiento desconcertante parecido al que produce la luminosidad excesiva que hace temer a las personas, como si fuera el anuncio de una rara fenomenología.
– Tú estás desvariando - le interrumpió de nuevo Carlos.
“-Perdón pero tengo que seguir. Mi conciencia me lo pide. Hacía ya unos dos meses que me encontraba en París, casi el mismo tiempo que ella. Yo estaba involurelaciones amorosas con Cloty, la esposa del Capitán Maltés, quien me quería con un amor que yo lo consi raba pecaminoso, pero me negaba a rechazarlo.  Yo estaba solo y huérfano en esa tierra, y en ese hogar aristocrático, que  se parecía en muchos aspectos y costumbres, al que dejé  en Italia  Ni puedo precisar cuándo y cómo empezó el asedio de Cloty y yo aceptándolo y ocultándonos de todo y de todos. ¡Qué vergüenza siento recordándolo! Disfrutaba de ese calor de hogar robado pero perdí mi libertad.  Amelia, inexperta jovencita, se interesó por mí presencia y un día le hizo a Cloty la pregunta esperada y que yo tanto temía: ¿qué parentesco me unía a ellos?  La respuesta, de la hábil Cloty a una criatura tan inocente en esos enredos amorosos, fue la más vil mentira: Considérale como un integrante de mi familia. Hasta puede ser como una especie de tío tuyo. Observo que tenéis una fluida amistad. Su madre era mi mejor amiga y a su muerte me encomendó que le cuidara como a un hijo, si algún día se acercaba a nosotros, pues ya ves  que en mi matrimonio no  hemos podido concebirlos. . ¡Amelia! La ingenua Amelia se conformó con esa respuesta. El trato entre ellas, en apariencias, era como madre e hija, pero no en la realidad, pues su padre, hermano del Capitán Maltés, la había enviado a París para estudiar, de lo cual Cloty aún no se había ocupado. Cuando conocí,  por boca de Amelia, esta clase de mentiras, tuve que confirmarlas. Ahora sí que me veía ante un laberinto sin salida y debía de demostrar esa relación ante el capitán y todas las amistades de la alta sociedad  que frecuentaban  la mansión. En las reuniones sociales, yo era el centro de atracción y Amelia (con la verdad) una sobrina llegada de la campiña del Oeste de Francia y agregaba, que la querían como a una hija.  Con Amelia continuaba  una bella y sana amistad de una “sobrina con su tío postizo”. Así empezó a llamarme.  Se conectó la candidez de una niña con un hombre de experiencia que se convertía en otro niño, en su compañía. Cloty supo preparar con mucho tacto el terreno para cuando llegara su esposo.
 Esa celestial criatura, ignorante del odioso papel que yo representaba en esa casa, comenzó a profesarme una franca idolatría, de cuyos sentimientos me avergonzaba al compararlos con la pureza de su alma. Llegué a ver con aversión, con tedio, y hasta con asco el amor impuro con Cloty”.
 Antes de continuar, Carlos le interrumpió nuevamente.
-Fermín, llevaste la situación a un extremo demasiado vergonzoso.
- Sí, lo comprendí demasiado tarde. Yo había despertado en Amelia otro tipo de sentimientos, aunque el trato entre nosotros siempre era el de costumbre, pero ya no eran los juegos de una niña. Yo significaba mucho para ella. Hata que se produjo el regreso del capitán Maltés y escuchó una discusión  entre los esposos y me lo comentó asustada. Y con una gran incertidumbre, me refirió que se habían dicho cosas desagradables y entre ellas que yo estaba enamorado de tía Cloty. Tuve que resolver esas dudas con un sin fin de mentiras que ella en su inocencia me creyó y me pidió que tratara de aclararlo con su tío, pues no era agradable escuchar esos comentarios entre la servidumbre y ella se sentía muy apenada cuando discutían. A partir de esos sucesos, sentí que su mirada era diferente. Ya no existía en ella esa sonrisa fácil. Su distanciamiento fue comprensible para mí. Cloty, que también lo percibió llegó a preguntarme y me enrojecí al explicarla el por qué el cambio de la conducta de la dulce y querida Amelia. Me atormentaba con sus interrogatorios. Empecé a comprender su adoración por mí y yo a sentir por ella algo especial que podía llegar a ser amor. No se merecía ese cariño. Era un amor sucio por un barro negro como una noche obscura. Y ella era tan pura como una azucena de las que se destacaban con su blancura en el jardín.  Tuve que decirla parte de la verdad, que no era merecedor ni a su cariño de niña, ni a su amor como mujer. No lloró, me dio un beso en la mejilla y se fue de mi lado  corriendo”.
 - Era comprensible – le dijo Carlos -, y cuál fue su reacción.
“Este fue el epílogo de esta historia que tanto me atormenta, amigo Carlos.
Se fue de nuestras vidas, sin decir una palabra. Sólo dejó escritas unas líneas dirigidas a mí:
”He descubierto lo que significa la palabra AMOR y que también se puede ser feliz amando, y viviendo junto a Jesús. Te amo demasiado para no poder amarte, Amelia”.
Se refugió en un convento para no tener más contacto con el mundo material.”
¿Comprendes ahora por qué este estado de ánimo? He tenido que desaparecer  de la vida de Cloty y el Capitán Maltés como si fuera un ladrón, y es cierto, que eso he sido.  No podré pagar con nada las lágrimas derramadas por la nobleza y bondadosa  familia de Amelia, al perderla de esta vida terrenal. Nadie se acerca a saludarme.  Me he convertido en un ser despreciable.
-Te comprendo, Fermín – le dijo Carlos -. Trata de limpiar tu conciencia y rehacer tu vida decentemente.
-Tengo que pensar qué hacer con mi futuro, Carlos -, le respondí -. Continuaré viviendo, como si la esperara. Será mi penitencia.

Rosa B. Valdez



Cuentos Rosa B. Valdez
Publicado en Con voz propia, revista virtual dirigida por Analía Pescaner

La vendedora
           
“¡A las lindas manzanas, aproveche señora, mire qué grandes y qué baratas! ¡Pruebe, pruebe… son una verdadera tentación!”
Cuando la mujer hincó sus dientes en la crujiente pulpa, el cuerpo de la vendedora se fue alargando, a-l-a-r-g-a-n-d-o y se enroscó en la pata de la mesa, mientras le mostraba su lengua bífida.
Los amantes
Todos dicen que son el uno para el otro. Ella, con su larga cabellera rubia cubriéndole los pechos y ese afán por la equitación; él, con la cabeza altiva, sus brazos musculosos y el andar resuelto.
Una tarde, cuando el sol se recostaba en el horizonte, la invitó a dar un paseo por el campo. Al trotecito los vieron pasar e internarse en el bosque, a Lady Godiva y a su amante, el centauro.
La araucaria
Tenía yo ocho años cuando mi padre te plantó en el patio. Fuimos creciendo juntas: tú, esbelta y con el tronco recto como un mástil, buscabas a Dios en el azul. En tus ramas anidan los “quechupais” y las flores del aire. En las siestas de estío te adormeces con el chirriar de los “coyuyos” y recuerdo qué hermosa estabas cuando en vísperas de Navidad yo te engalanaba con globos de colores y guirnaldas.
Pero pasaron los años y muchas veces han querido talarte. Dice papá: “Este árbol ha crecido tanto que ya ocupa todo el patio”. Y mamá -cansada de escoba y rastrillo- reniega al barrer tus hojitas doradas. “¡Esta planta es un peligro!- dice mi hijo- ¡Hay que hacharla, porque un día de viento puede aplastar la casa!”
Sólo yo te defiendo, compañera de infancia, porque quiero que mis nietos jueguen bajo tu sombra. Angustiada pienso: “¿Qué pasará cuando nos quedemos sin árboles? ¿Dónde anidarán las aves? Temo que algún día los niños me pregunten: “Abuelita, ¿qué cosa eran los pájaros?”
Argentinosaurus
Cuando el paleontólogo despertó, se puso a trabajar inmediatamente. Había soñado el sitio exacto donde debía excavar. Después de una ardua jornada, encontró un enorme huevo de Argentinosaurus. Este importante descubrimiento científico sirvió también para demostrar la cultura de “Su” -la diva de la televisión argentina- cuando, enterada del hallazgo del fósil, sorprendió a la audiencia al preguntar: “¡¿Vivo?!”
Pura magia
                                                                                                                    A Antonio Cruz
–Nada por aquí…nada por allá -dice el ilusionista tocando con la varita mágica la caja de vidrio rectangular, cubierta con un pañuelo rojo.
Hace una inclinación de cabeza frente al expectante público, se arremanga los puños de la levita y muestra el interior de la galera: “Nada por aquí… nada por allá”.
Al retirar el paño de seda, aparece un pez azul de ondulante cola tornasolada, que nada por aquí y nada por allá entre las algas de la pequeña pecera.
 Amor fogoso                    
                                                                                       A Ana María Mopty de Kiorcheff
Harta del encierro en palacio, esperando la llegada del Príncipe Azul, la princesa decidió dar un paseo por los alrededores. Al llegar al jardín de senderos que se bifurcan vio allá a lo lejos, en la continuidad de los parques, una figura que se acercaba.
Como era un poco corta de vista, más que ver imaginó a un apuesto mancebo montado en brioso corcel. Loca de alegría comenzó a canturrear:
“Dame fuego, dame, dame fuego, dame el fuego de tu amor...”
–Serás complacida -dijo el dragón- y la convirtió en cenizas.

Celia Elena Martínez



Vocación  Celia Elena Martínez

Hace cuarenta años llegó desde los Alpes italianos con sus padres.
Tenía apenas cuatro, desde chiquito había sido el cómico de la familia, siempre con ocurrencias, actuaba para todos, habló desde muy temprana edad, y aprendió rápidamente el español.
En el patio del conventillo divertía a los demás niños y se las ingenió más tarde para crear un teatro de títeres que él mismo confeccionaba y escribía los libretos de cuentos que se le ocurrían con su profunda imaginación.
A los siete años lo llevaron al teatro Albarden, Gianni era uno de los más chicos y pronto su histrionismo imitaba distintos personajes que veía en la casa donde vivía o por la calle o del circo cuando su padre lo llevaba.
En la escuela de teatro los profesores lo veían como un chico prodigio, tanto que terminaron por becarlo en un instituto más importante donde había jóvenes mayores que él, así Gianni comenzó a actuar en obras poco importantes pero conocido en el ambiente independiente donde era visto por figuras conocidas y pronto llegó a oídas de directores que buscaban   talentos nuevos.
Cuando llegó la televisión lo hicieron hacer papeles en programas con audiencia del momento allí, se hizo popular a pesar de sus escasos doce años, de inmediato lo contrataron en obras profesionales.
A los diecisiete era un gran comediante, reconocido por el público, sus padres opinaban que con esa carrera iba a pasar hambre, que no era lo que ellos habían soñado para él.
Pero pudo más su amor a las tablas, el ambiente, tenía una gran vocación por lo que hacía.
Hoy es un hombre reconocido como figura tanto en la comedia como en lo dramático, es un representante dúctil y todo lo que hace.
Ha tenido diversos premios a su desempeño y aquel chiquilín venido de los Alpes italianos que no ha perdido el acento ni sus costumbres hoy es uno de nuestros mejores exponentes del espectáculo.
Cantando tiene un registro de tenor que le ha valido ganar un concurso impensado, porque nunca lo había hecho.
Se ha ganado nuestra admiración.
Aquel chiquito venido en un largo viaje, cruzando el Atlántico hoy es un gran histrión de la escena nacional.

Raymond Chandler



El simple arte de escribir  
 Raymond Chandler

El placer de saquear el buzón de otra persona, de cualquier persona, no se compara ni por aproximación con el placer de saquear el buzón de un tipo verdaderamente interesante, de carácter sólido y con la suficiente experiencia como para decir las cosas tal cual las siente, sin ambages ni medias tintas. Eso es El simple arte de escribir, un conjunto de algunas de las muchas cartas que Raymond Chandler (“No sé por qué escribo tantas cartas, debe ser que mi mente, por suerte, es demasiado activa”), redactó a lo largo de toda su vida. Las cartas completas o los fragmentos que aquí se reúnen están agrupadas sin otro criterio que el cronológico, en cinco grandes periodos de la vida de Chandler, y versan sobre temas tales como su experiencia escribiendo para Hollywood –se habla aquí de los hermanos Warner y de Howard Hawks y Hitchcock, por ejemplo-, comentarios sobre libros en general, malos y buenos, sobre el género policial, y de muchas otras cosas. Lo mejor de todo es que sabemos que Chandler no dijo estas cosas parado en un púlpito, proclamando nada. Las dijo para una sola persona, el destinatario de la carta, que en la gran mayoría de los casos fueron sus amigos cercanos, como Jamie Hamilton o Charles Morton. ¿Qué quiere decir esto? Que podemos estar seguros de que aquí no hay engaño o pose (o, al menos, que si la hay es en un nivel mínimo, casi inconsciente). Espiamos a un hombre mientras charla con amigos, editores, lectores de sus novelas, colegas escritores… lo espiamos incluso cuando envía una enconada queja a la oficina de correos porque el maldito cartero lo despierta a las siete de la mañana de un sábado. Ah, cómo disfruté este libro. Chandler
Además, lo mejor de todo es que casi en cada carta uno se topa con comentarios que bien pueden ser hilarantes, cáusticos, osados, profundos, agrios, desencantados, poderosos… El amplio período de tiempo abarcado por la selección, además –cincuenta años-, nos permite acompañar a Chandler a lo largo de su vida, asistir a todas sus vicisitudes. El alcoholismo, por ejemplo, y el intento de suicidio cometido luego de la muerte de su esposa. Se salvó porque tuvo mucha suerte. Al respecto, Chandler dice: “Si tuviera más valor no habrá llegado a esta situación”, la de permanecer con vida, se entiende. “Pero esa no es la respuesta. Si yo tuviera más valor no habría dejado que el dolor y la desesperación me llevaran a hacer lo que hice”.
Es precisamente entre la muerte de Cissy (en 1954), y la suya (en 1959), que Chandler escribe las cartas que más me impresionaron. Cartas en las que todavía aparece el humor afilado e irónico que fue durante toda su vida una marca en el orillo de su personalidad. Por ejemplo, vean esto:
En general me reúno con el mundillo literario de St. John’s Wood-Chelsea y quizá ellos son un poquito especiales (…)  tienen expresiones propias que necesitan traducción. Por ejemplo: “Yo simplemente la adoro”, significa: “Le clavaría un puñal en la espalda, si tuviera espalda”.
O este otro párrafo, en el que Chandler le da un consejo a su amigo Neil Morgan, quien acaba de informarle que va a contraer matrimonio:
Le deseo el conocimiento de que el matrimonio no “sucede”, sino que se hace a mano; que siempre hay en juego un elemento de disciplina; qe, por perfecta que sea la luna de miel, llegará el momento, siquiera breve, en que deseará que ella se caiga por la escalera y se rompa una pierna Eso vale para ella también (…) Sobre todo nunca olvide que el matrimonio es en cierto modo muy parecido a un diario. Tiene que hacerse uno nuevo cada maldito día de cada maldito año.
Y allí también se mantiene la lucidez acerca de algunos secretos sobre el oficio. Muchos “jóvenes” escritores actuales deberían tener muy presente la siguiente cita, donde Chandler habla de sus comienzos como escritor:
Volví a hacerlo una y otra vez. Pero los jóvenes que quieren que uno les enseñe a escribir no hacen eso. Todo lo que escriben tiene que ser, esperan ellos, para ser publicado. No están dispuestos a sacrificar nada para aprender el oficio. Nunca les entra en la cabeza que lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer son cosas por completo distintas.
Y podría seguir. Tengo el libro absolutamente subrayado y sé que volveré a él cada tanto, porque las ideas de Chandler son, en muchos casos, una puerta de entrada por la que uno puede comenzar a recorrer una forma distinta de abordar la literatura, sobre todo esa literatura seria que tan bien nos hace quedar ante la gente culta y refinada. Quizá eso se deba a que él es uno de los más emblemáticos escritores de género del siglo XX y de algún modo siempre se sintió en la periferia de la literatura (“y a mucha honra”, diría). Sus comentarios sobre Hemingway,  Hammett,  Ian Fleming e incluso el mismísimo Shakespeare son, cuando menos, reveladores. Y sin embargo, para cerrar este comentario no creo que haya que seguir hablando de literatura. Hablemos de amor. Esta frase, creo, puede darnos una idea de cuál era la dimensión del sentimiento que Chandler tuvo hacia Cissy durante los treinta años que compartieron:
Durante treinta años, diez meses y dos días, fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue para alimentar el fuego en el que ella pudiera calentarse las manos. Es todo lo que puedo decir.
Editorial: Emecé. 1ª edición en español, Buenos Aires, 2002.
Título original: The Raymond Chandler Papers. Selected letters an non-fiction, 2000.

Eduardo Alberto Planas



Rojo   Eduardo Alberto Planas

Cuando  en aquella tarde lluviosa, Guillermo llegó a la subasta del Paseo de las Artes,  sonrió.  Allí estaba el violín que tanto anhelaba, envuelto en su caja  de color marrón en cuero gastado. Lo quería, no importaba el precio que tuviera que pagar. 
Empezaron las ofertas. 1.200, 1.300, 1.400, 1.500 pesos. Una mujer –que llevaba el  detalle de una   boina negra que se destacaba sobre su roja cabellera, parecía decidida a quedarse con el instrumento. Las ofertas se convirtieron en  un duelo entre ambos. Ninguno daba el brazo a torcer. La mujer hizo otra señal con su mano 10.400 pesos. El  levantó la suya  y  el violín quedó en 10.500 pesos.  No hubo contraoferta.
En cuanto finalizó  de la subasta, satisfecho, se dirigió a cumplimentar los trámites para el cierre de la operación.  En eso se encontraba cuando observó a la dama de la boina, llorando.    Se acercó a ella. Conversaron. A la mujer no sólo le atraía el instrumento por la tonalidad rojiza de su madera como le sucedía a él. Para  ella significaba mucho más, amaba  la música y  tenía previsto viajar en un mes a Alemania para perfeccionarse. El modo apasionado con que ella se expresaba,  conmovió a Guillermo.
Invitó a   Rachéele – tal era su nombre – a tomar un café.  Toda la conversación giró en torno al violín, supo por ella que era muy antiguo, de origen  alemán  y que venía con cuerdas de acero de repuesto, cosa que no era habitual.
Guillermo percibía sentimientos encontrados, había esperado tanto el momento de la subasta y de pronto, la cosa cambiaba, la historia de Rachéele  había tocado su  corazón. Entonces se decidió, le dijo que si era importante para ella, él  se lo regalaba.
Rachéele se negó y sólo después de insistirle largo rato, aceptó que Guillermo le prestara el violín unos días, hasta tanto llegara el momento del viaje. Así lo convinieron. 
La fecha de  partida llegó. Rachéele lo llamó para avisarle y le dio la dirección y el teléfono.
Guillermo ingresó  al pequeño departamento, ubicado en un barrio residencial de la ciudad. La caja del violín se encontraba abierta sobre  el sofá del living. 
Lo tengo en el dormitorio – dijo ella, sintiéndose  interrogada por la mirada de él.
Conversaron amenamente. Desde donde estaba  Guillermo pudo observar  el violín sobre la cama.  En un impulso,  se dirigió al dormitorio y tomó el instrumento en sus manos. El no sabía tocar el instrumento, sin embargo, cada movimiento de sus manos sobre el violín era un interrogante. Nadie como tu conoce tanto de Rachéele, sus secretos, dijo en voz alta sin darse cuenta que ella estaba presente.
De pronto algo lo hizo volverse.  La escuchó sollozar. La luz que entraba por la ventana daba de pleno en el cabello de la mujer, destacando aún más su color rojizo, similar a la madera del violín. Se sintió cautivado. Se acercó a ella y la tomó de los hombros. Rachéele dio vuelta el rostro y el la  besó en los  labios. Surgió  natural, deseado, necesario. El romance fue fugaz pero apasionado.
Ella igualmente viajó llevándose el violín, como algo que los unía y sostenía hasta un nuevo encuentro. Guillermo continuó con sus actividades habituales. Pasó el tiempo y a los dos años de aquello, él debió viajar a Paris, a especializarse en Filosofía. Lucía, una vieja amiga radicada allí hizo de anfitriona.
Tenía el teléfono de Rachéele. Se habían escrito algunos mails, unas breves llamadas telefónicas para saber para saber cómo estaba el otro. Nada más, ninguno quería insinuarse, inmiscuirse en la vida que cada uno había decidido.
La llamó. Al otro día marchó hacia Alemania. Se dirigió al atelier que ella tenía instalado en Berlín. El abrazo fue efusivo, prolongado.  Guillermo no tenía demasiado tiempo, debía dar una conferencia en Viena.
Hicieron el amor. Y el silencio sentenciaba un presagio, una despedida. Rachéele  se levantó envuelta en la sábana, cubierto el cuerpo a medias, abrió el placar y retiró el violín. Mirando a Guillermo profundamente,  le dijo:
Con este violín  he tocado mi primer concierto. Nunca podré  agradecerte lo que hiciste por mí. Y se lo entregó, con una mirada lluviosa que lo decía todo.
Cuando Guillermo regresó del viaje, llevaba el violín como equipaje de mano. Ricardo, su sobrino, lo esperaba en el aeropuerto. Como  impaciente joven de 20 años que era, quería que le contara todo en un instante. Pero en especial lo intrigaba el violín: ¿de dónde lo sacaste? ¡Qué extraño color de madera! Repetía sin dejar de tocarlo.
Ya en el automóvil, Ricardo le comentó que estaba estudiando música y que el violín lo apasionaba.
Es tuyo entonces – dijo Guillermo.
En su algarabía Ricardo no se dio cuenta que la mirada de su tío se perdía en una imagen que llevaría adentro por siempre.

María A. Escobar



El Bombardeo  María A. Escobar

SI, lo mío fue jodido pero pasó tanto tiempo que ahora sólo me parece un mal sueño. Me hice zurdo al perder la mano derecha y me las fui arreglando, pero pensando en los que murieron, en los que quedaron terriblemente mutilados y hasta algunos medio locos, alucinando una y otra vez el estruendo de las bombas cayendo a centímetros de donde estaban, bueno, lo mío no es nada.  Murieron pibes, sabés, pero de esto no hablaban. Ya soy muy viejo pero  no me olvido nunca.
Yo tenía un puesto de diarios en la recova, en donde estaba la catedral.
De alguna manera estaba protegido porque a la catedral no la habrían de atacar (eso pensaba). El puesto de diarios no era mío, pensá lo que vale un puesto en ese lugar. ¡¡Una fortuna!! El dueño era Don Isaías, que le arrastraba el ala a mi vieja, viuda desde que yo tenía cinco años y, para congraciarse con ella me empleó a mí para atender su kiosco. La paga era poca pero al frente de mí estaba la plaza de Mayo, con sus palomas, sus niños y sus viejos que tomaban sol y hablaban con otros viejos. Éramos felices, entonces éramos felices, hasta los pobres, como yo, que no éramos tan pobres. Nos sentíamos cuidados. Hasta aquella mañana. Pero lo que más tengo presente fue la suerte del pobre Beto, que era casi un niño, no por la edad que tenía, que siempre me resultó difícil de calcular (él no la sabía), sino porque era lo que se llamaba un tonto, con una eterna expresión de sorpresa en sus ojos azules y que aplaudía por todo lo que lo entusiasmaba: las palomas, el triciclo de un niño, el uniforme de los granaderos…
Nunca supe de dónde había salido, si tenía familia o no pero alguien debía ocuparse de él porque su ropa estaba gastada pero limpia, calzaba zapatillas boyero, sin medias, con ese frío punzante de junio y una campera emparchada en los codos.  Se había instalado un día, sin pedir permiso, sin molestar y, cuando no había nadie en el kiosco miraba las revistas, sin tocar nada. con una sonrisa bobalicona. A fuerza de mirar ya conocía los diarios y era Beto (su nombre lo sabía)  quien se lo alcanzaba al cliente.
Empecé a enseñarle el valor de las monedas y comenzó a hacerme algunos mandados, sobre todo comprar algo para comer que compartíamos por partes iguales.
Era como tener un hijo al que había que educar, un hijo dócil y agradecido. ¿Eso era amor? ¿Porqué había que ponerle un nombre? Lo cierto es que empecé a acostumbrarme a él  y, cuando demoraba me asaltaba una especie de inquietud, de desasosiego como cuando un hijo llega tarde de la escuela. Y cuando lo veía doblar la esquina no podía evitar un suspiro de alivio que se me escapaba entre los dientes que entrechocaba  debido al intenso frío.  No habría sol ese día, no habría sol por mucho tiempo, ni niños, ni ancianos y hasta las palomas se habían ido hacia otras plazas en el preciso instante en que comenzaban a aparecer los primeros aviones y las primeras bombas. Era como si el mundo se estuviera derrumbando en medio de un estrépito ensordecedor. 
La gente corría despavorida pero muchos eran alcanzados por las bombas.  Aterrado, yo me amparaba bajo el puesto. ¿Y Beto, dónde estaba? Saqué la cabeza y lo vi, en medio de la plaza, mirando los aviones y aplaudiendo. Pobre infeliz, ¿creía que aquello era una fiesta?. Le grité, le grité hasta quedar ronco, pero en medio del estruendo no me escuchaba.  Entonces corrí hacia la plaza, para sacarlo, pero no llegué, una bomba lo hizo volar en mil pedazos. Un fuego ardiente me voló la mano derecha. Empecé a correr sintiendo que, en cualquier momento me desmayaba de dolor.  Me alejé de ahí todo lo que pude y no sé cómo desperté en una cama de hospital. 
No había podido hacer nada por Beto.  Dicen que Dios protege a los inocentes, pero ese día Dios había mirado hacia otro lado.