domingo, 18 de enero de 2015

Carlos Margiotta









2015 Besos  
Carlos Margiotta

Besos tibios, besos truchos, besos acurrucados,
besos solitarios, besos serenos, besos mentirosos,
besos sucios, besos madre, besos consuelo,
besos breves, besos araña, besos malditos,
besos sudados, besos distraídos, besos ausentes,
besos  mínimos, besos babosos, besos malcriados,
besos tristes, besos consumo, besos crueles,
besos misericordiosos, besos billetes, besos tal vez,
besos fugitivos, besos sin querer, besos mojados,
besos eternos, besos atormentados, besos programados,
besos casuales, besos falsos,  besos adiós,
besos lengua, besos invasores, besos blue,
besos obsesivos, besos emprendedores,
besos agitados, besos trémulos, besos adiós,
besos aburridos, besos fundamentalistas,
besos asquerosos, besos equivocados, besos maricones,
besos solemnes, besos iluminados, besos cincuenta,
besos rigurosos, besos pensados, besos heridos,
besos trescientos, besos ansiosos, besos numerosos,
besos chicles, besos abusivos, besos perdón, besos mil,
besos urgentes, besos mañaneros, besos oscuros,
besos tumultuosos, besos parciales, besos simulados,
besos dos mil, besos tango, besos espontáneos,
besos imaginados, besos amparo, besos amorfos,
besos trompita, besos amargos, besos tormentosos,
besos idiotas, besos arrepentidos, besos olvidados,

                                                                  besos florecidos...

                                                               2015 besos



Mary Vicy


               Dios ¿Me has amado alguna vez?   
                                                   Mary Vicy



Hola mi Dios, creo que pronto me reuniré contigo, mi salud no da para más y estoy cansada de lidiar con lo que me tocó en suerte. Aún estoy convencida que no pensaste en mi cuando tuve que nacer porque te equivocaste  al darme un cuerpo masculino con alma de mujer.
Creo que no fue a propósito, simplemente se trató de un desliz inconciente, ya que solo eres un  espíritu de amor sin definición  en la naturaleza
A veces pienso que me adelantaste  al Génesis de la creación y fueron las culturas colectivas que nos dividieron en dos géneros, jamás en tres.
Dios ¿Me has amado alguna vez?
Tú confiaste en tu propia creación como también de que el ser humano podría comprender que las almas son infinitas y siempre buscarán ser amadas o dar amor en libertad.
Pero no fue así, tomaron tu error como mi error, tu elección como mi elección, tu fracaso como mi ruina consentida.
Dios ¿Por qué no te limitaste a crear dos géneros? ¿Acaso ignorabas cual sería la reacción fuera del orden de las cosas? Si realmente me amabas ¿Por que me destinaste a tanta incomprensión?
¿Se te ocurrió alguna vez pensar que tu propio calvario hacia la muerte en aras de un mundo mejor, se transformaría en mi propio calvario sin destino de resurrección?
Mi alma siempre se ha sumado a las cadenas solidarias para colaborar frente a las enfermedades, siniestros, desamparos y puse mis conocimientos y humanidad al servicio de ellos. Pero aún así, he sentido en el entorno ese desprecio hacia mí individualidad por sentir de otra manera, por no estar dentro de los cánones de lo que se considera normal.
Las personas son malas o buenas por su forma de proceder en la vida, jamás por ser distintos
Si ante ti somos todos iguales, con  los mismos  derechos y oportunidades ¿Para qué nos hiciste tan diferentes?
Estoy cansada, he bajado la guardia y decidí que por primera vez se haga mi voluntad y no la tuya.
Dios ¿Realmente me has amado alguna vez?
Porque a pesar de todo, yo sí te amo y quiero que lo tengas en cuenta en el momento en que parta y extienda mis brazos buscándote a ti.
Dios, en este instante te necesito y más que nada necesito de tu amor.


Alicia Chillifoni



                 Tiempo de embarazo  
                                      Alicia Chillifoni

Voy hacia la escuela en que me corresponde votar. Me la cambiaron. Ésta está lejos. Tomaré primero el tren y después un micro. La mañana está muy fría, demasiado, y gris, y ventosa. Busco un pensamiento tibio que me distraiga de la inclemencia del día mientras camino hacia la estación.
En invierno se considera que la naturaleza está muerta; sin embargo, entre el 23 y el 24 de junio celebran el Año Nuevo los pueblos originarios cordilleranos. Rinden culto al Sol, que es Antú para los del sur, mapuches, y es Inti para los del norte, quichuas, wichis. Pareciera no tener lógica la época elegida. Sin embargo, ellos no consideran que la vida esté ausente en invierno, sino que permanece latente. Es un embarazo. Allá por setiembre será el parto. Y está bien verlo así.
Se me ocurre comparar con nuestro Año Nuevo, el de los que adoptamos la cultura de los conquistadores, y ahora siento desacertada a esta última. Pero, a ver, esta costumbre viene del hemisferio norte, donde el Año Nuevo coincide con el invierno ya comenzado. O sea que los originarios no se equivocan para nada: Natura se embaraza, acá, por junio, y allá, por diciembre.
Es por eso que nosotros, los “huincas”, solemos renegar de las tarjetas navideñas nevadas, sin pensar en el lugar y motivo del origen de esta fiesta. Y porque además, la mayoría desconocemos que también en algunas regiones de nuestra Patria se dan Navidades blancas. Tenemos una visión muy limitada, muy mezquina.
Como sea, es éste el tiempo de embarazo.
Esta noche parirán las urnas un nuevo Poder Legislativo. ¡Pero caramba! ¿Qué ven mis ojos? ¿Es que estos carritos no se detienen ni siquiera para votar? No paran nunca de acarrear cartón y botellas. Y van realmente preñados, a punto de reventar, cansinos, doloridos. Tal vez también ellos están gestando algo, aunque muy lenta y solapadamente. Y coronando largo y trabajoso parto, un día, el más bonito de todos los días, parirán justicia.

Shai Sela



                            La manzana  
                                                Shai Sela 

Enjuago una manzana en la pileta de la cocina. Las gotas de agua sobre la cáscara la dan brillo y se la ve fresca y jugosa. Me siento afuera de la casa, en la hamaca, frente al árbol más alto y más verde; acerco la manzana a mi boca. Estoy encantada y me emociono.
Me espera una aventura, la aventura que hay en cada manzana. La muerdo y mastico con placer el trozo de fruta dulce y jugoso, degusto el espeso jugo que inunda mi lengua e irriga con energía mis dientes.
Escucho los sonidos de la manzana. Mordiscos perfectos y lentos: cranch, cranch…Aspiro el aroma suave y dulzón de la manzana. Es asombroso y no me cansa aspirarlo una y otra vez.
Siento la manzana que se deja comer bajo mis dientes, percibo en mis manos que la sostienen acariciando solo la suave cáscara  y, cuando llegan a a la parte mordida, los dedos se vuelven un poco pegajosos. Miro la cáscara brillante y roja que se torna de un rojo amarillento en algunas partes y en otras de un rojizo oscuro. En el lugar que mordí se ve el fruto amarillo y crujiente que tan bien combina con su cáscara. Al final, cierro los ojos y me imagino mi pequeña casa, la cabra, las colinas que me rodean, el cielo azul y el sol que resplandece, el canto de los pájaros, el maullido del gato…¡Un momento! ¿El maullido del gato? No sabía que tengo un gato! Bueno, es que la manzana cada vez me inventa cosas nuevas.
Sostengo delicadamente la manzana. Mis uñas no la tocan, solo las yemas de los dedos se aprietan contra ella, gozando de la sensación de húmeda frescura que llega después de haberla lavado.
Abro los ojos. Otra vez estoy afuera, sentada en la hamaca frente al árbol más verde y más alto. Los rayos del sol llegan a la manzana que aún brilla por el lavado.
Yo sonrío feliz. Cuántas aventuras pasé con esta manzana, cuántas vivencias…y dénse cuenta: ¡es solo el primer mordisco!
Publicado por Ester Mann

Jenara García Martín


                           La página inconclusa   
                                 Jenara García Martín

 Lo único luminoso en aquel periodo sombrío de la vida de Lorena había sido su amistad con Nátali, la más simpática y bella de las jóvenes compañeras del internado, en quien podía confiar. Era la única que conocía su afición artística que la atraía desde niña  Ya lo había demostrado en alguna representación teatral en el Instituto. Incluso su físico la ayudaba: Era de una belleza altiva y serena, que casi imponía respeto. Muy segura de lo que quería  para su futuro.
 Lorena era hija única, huérfana de padre  y vivía con su madre, la Señora Carlota, de carácter dominante, firme en sus decisiones. Acostumbrada a una vida cómoda y respetable en la Sociedad que seguía frecuentando por la herencia que la dejó su difunto esposo. Lorena siguió internada en el mismo Instituto de primer nivel académico  pues el propósito de su madre era que se graduara y conseguir un buen futuro con un casamiento acomodado en la faz económica y social.
 Pero desconocía las ambiciones de su hija.
 A los dieciséis años, Lorena ya era consciente de su vocación de actriz dramática y que un día, no lejano,  iba a realizar su sueño, mas evitaba  hablar de ello con su madre puesto que sabía las intenciones que tenía para ella, una vez que se graduara y tampoco quería  exponerla a los malévolos comentarios de sus amistades, porque en aquellos tiempos la profesión de actriz era despreciada por la sociedad de posición respetable.  En el teatro se las podía aplaudir, eso sí,  pero nadie se animaría a recibirlas en su casa. Hasta  Nátali que, a pesar de todo, era una amiga incondicional, se horrorizaba sólo de pensar que Lorena pudiera un día dedicarse al arte teatral.
 Llegó el día de su graduación, y con Nátali se prometieron que su amistad no se quebraría, aunque sus caminos en el futuro,  tuvieran distinta dirección.
 -Este es el día más feliz de mi vida, hija mía –le dijo su madre con un efusivo abrazo-. Ya tienes el Certificado de tu graduación y un importante futuro por delante que te abrirá las puertas de las familias de la alta sociedad de esta Ciudad.
 Para Lorena comenzaba una nueva vida. Ya tenía 18 años, y  empezaban a pesarla demasiado  pues conociendo a su madre sabía que la haría hasta lo imposible para que siguiera el rumbo que ella había elegido.
 En efecto, no había pasado un mes de su graduación y la invitó a tener una conversación de madre a hija.
 - Lorena. De ahora en adelante ya podemos asistir juntas a las reuniones sociales, espectáculos y otros eventos acordes con nuestro status. Ya tienes edad para aceptar la corte de algún joven, eso sí, de buena familia y posición económica (la ambición de esa madre no tenía límites).                                 Lorena no se sorprendió de esta conversación de su madre y pensó mucho antes de contestarla, pues no quería llegar a una discusión de la cual pudiera tener que arrepentirse, pero no estaba dispuesta a someterse a una vida rutinaria como la de otras jóvenes de su edad, ambientadas a las costumbres sociales de la Ciudad en la que vivían desde que sus padres se casaron y en la que ella nació.
- Mamá, tú conoces muy bien cuales son mis pensamientos con respecto a aceptar algún joven con otras intenciones que no sea la de una buena amistad. Soy demasiado joven para una relación seria. Y si no lo sabías ahora te lo digo: yo quiero empezar a estudiar arte escénico y para ello tengo que trasladarme a París. Ser actriz, es mi meta.
- La Sra. Carlota, reaccionó como era de suponer, con una rotunda negativa.
 - ¡Actriz! ¿De qué  ambiente? Cabaret, Opereta, Revistas, (…) de cualquier estilo que sea es humillante. Estaríamos expuestas a los maliciosos comentarios, no sólo denuestras amistades, si no de la generalidad citadina. No pienses que te lo voy a permitir. Desde ya te digo, que no tienes mi aprobación.
 - Pues, lo lamentó mamá. Con tu aprobación, o sin ella, en cuanto sea la apertura de las inscripciones de los cursos, me trasladaré a París.
 - Quiero que desde ahora, seas consciente, que no tendrás ningún tipo de apoyo económico,  de mi parte.
 - Me lo imaginaba, mas no te preocupes, yo me costearé mis estudios con mi trabajo.
 - A despecho de todos los obstáculos y prejuicios,  Lorena realizó su sueño. Obtuvo de una tía, ya de edad avanzada que la apreciaba mucho, la ayuda económica que necesitaba,  y  se instaló en París.
 Soportó toda clase de sacrificios, e incertidumbres, sin perder el ánimo, y en pocos años consiguió más de lo que había deseado: éxito, riqueza, homenajes,  celebridad.
 También tuvo errores, pero su carácter salió fortalecido  de las distintas pruebas. A pesar de estar en la cumbre de su carrera de actriz dramática, sentía la nostalgia de su Ciudad natal El distanciamiento de su madre, con quien aún no había conseguido reconciliación, pese a los intentos de su parte.
 También extrañaba el largo silencio de su íntima amiga Nátali, pero ahora que recibió una nota sin firma ni remitente, pudo entenderlo. La nota decía: “falleció la madre de Nátali, luego de una larga y penosa enfermedad”. Se imaginó quién había sido la persona que envió la noticia.
 Esos sentimientos encontrados, entre el saber si estuvo bien o mal su comportamiento o el de los otros, comenzó a ser una lucha interna con la cual tenía que enfrentarse, y saber elegir el momento propicio para el reencuentro.

     

Elsa Solís Molina


El desamparo…  
                                             Elsa Solís Molina


Aparte del dolor universal que está desgastando el tesoro espiritual, de todos  quienes  padecen  injusticias, pobreza, discriminación… se agregan  esos dolores que traen el arrepentimiento, el dolor de los fracasos particulares, la sensación de haber sido injustos, la desazón al comprender los propios egoísmos y miserias…
 Es el dolor también de no tener fuerzas para emprender una nueva etapa, que conlleva una fuerza suplementaria, una decisión inquebrantable, un decidido paso a una  flamante vida desde otra visión de los otros y de uno mismo… y esto no es una utopía… se puede.
 Es esa sensación de desamparo que requiere, más confianza en las propias fuerzas, más decisión de vivir con los demás, menos egoísmo  y más paz en el alma, menos confianza en lo material y más esperanzas  desde la generosidad,  al juzgar a los demás…
 Hemos nacido, para vivir en racimo, dentro de una sociedad en que seamos útiles al conjunto, en que perdamos protagonismo, para engrosar las filas de los que se sienten parte de una comunidad.
 Generosa y entusiasta, para revertir situaciones cada vez más caóticas, en libertad personal abierta  y productiva.

Armonía Somers



             Un retrato para Dickens Armonía Somers

No, no era posible resistir el peso del cielo solitario que se me abrió entonces encima dejándome su exacto centro. Se amaban, qué cosa inexplicable, aquello no era sino estar uno en el otro, algo tan miserable y rotundo a un tiempo que permitía levantarse de los golpes y persistir con la misma paciencia de un corazón que fabrica latidos. Yo no sabía ya que hacer. Oriné en la rejilla toda mi amargura y, aunque decidirme desde ese momento por la Gertrude era algo así como jurar robarse la bandera de un barco pirata, me fui de nuevo a la cama. Oí por un breve tiempo respirar a mis hermanos en su felicidad de pobres diablos sin más aventura que algún resuello cualquiera. Luego empecé también yo a sumergirme en aquel lago sin fondo al que nunca se entrará con los ojos abiertos. Y por primera vez en la vida soñé con unas benditas palomas que desde esa noche no me dejarían en paz en cuanto cayera dormida. Los bichos se aparecieron a través de la arpillera de la cortina, luego invadieron el cuarto. No jugaban ningún papel allí, no parecían querer ni ofrecer nada. Para el comienzo de su larga actuación se habían disfrazado de lo que eran sencillamente.
La chica apareció al otro día a nuestro piso a llenar un balde de agua. Alguien había reatado el grifo con un alambre en tanto cortase un anillo de cuero para la válvula.
- No se puede - dije entonces acercándomele, mientras me quitaba de los ojos el sueño de las palomas que aún seguía entre pestaña y pestaña.
- ¿Y por qué? - se atrevió a preguntar ella con una voz que parecía no salirle del cuerpo, sino de alguna de las magulladuras que se lo tatuaban.
Tragué saliva, luego me revolví los hígados para sacar a luz mi mejor mentira fantástica, y le dije que tal vez nunca más tendríamos agua, que el inquilino nuevo y su mujer eran unos monstruos a los que les gustaba vivir en seco, y que quizás por esto habrían sellado la canilla para siempre. Estuve pensando aún cuánto sería verdad y cuánto mentira en todo aquello.

Gustavo Marcelo Galliano


El dialogador  
                                    Gustavo Marcelo Galliano


-“Y concluyendo pues entonces, éste ha sido el relato de mi vida, la historia vívida que me ha tocado en suerte. Habrá podido comprobar que ha sido, quizás,  excesivamente fuerte, eróticamente violenta… no sé su sana opinión… demasiada tragedia… escasa dicha… pero si de algo he de jactarme es que si bien Dios me lo diagramó complicado, supe salir adelante, pues a cambio del sufrimiento padecido me ha dotado de ciclópea tozudez y lacerante perseverancia…
 ¡Claro que sí!... pero… ¡Oye… tú… eh… despierta mujer!... que te has babeado hasta el vestido, y de mi saco la manga. Anda que estás a punto de desmoronarte… vamos que pido otro trago. ¡Que sea doble para los dos, buen hombre!
 Pues y aquí vamos entonces, y atiende ya que es la tercera vez que la repito, y no soy de aquellos que gozan del divulgarlo…  préstame atención en ésta…
 Que siendo yo muy pequeño, me destacaba del resto, y era a la vez muy elogiado, por ser un orador tan locuaz y rutilante…”.-

Daniel Alarcón Osorio



Muerte Daniel Alarcón Osorio

El odio y el resentimiento le habían hecho mucho daño y ya una úlcera gástrica lo tenía amenazado con reventar si no cambiaba de pensamientos y hacía ejercicio, le indicó el médico, confirmado por el especialista y sugerido por amigos que no sabían de su secreto padecimiento.
Su imagen la tenía grabada, marcada en la sien y en silencio pronunciaba su nombre de forma ya inconsciente sin ni siquiera soñarla.
Tenía pesadillas despierto con sólo recordarla. En una madrugada urdió el plan para matarla.
No le quedaba otra. De lo contrario, quedaría burlado y su ego quedaría herido emocionalmente y quería curarse.
La llamó varias veces a su teléfono hasta que le respondió.
Educadamente la saludó y la invitó a reunirse en un lugar que ella conocía muy bien (Nais) y se sintiera segura y no sospechara nada.
Llegó primero, quería seguir mostrando sus finas y atentas maneras de caballero, cuestión que siempre apreció y halagaba ella.
Se vieron a la cara y se buscaron los ojos para mirarse, ver más allá qué significado tenía el estar frente a frente a escasos centímetros y pulgadas de ser uno solo; pero se encontraban separados por muchas y ambiguas razones que el amor no comprende a veces cuando se cierran los niveles de comprensión y de tolerancia y los caprichos son la absurda respuesta emocional que se brinda.
¡Hola!
¡Hola!
Se dijeron.
¿Cómo ha estado? Muy bien, gracias. Con deseos de verla de nuevo. ¡Muchas gracias!
La otra vez le llamé pero lo sentí muy enojado. ¿Estaba en una reunión? ¿Por qué me contestó así? Malo. Feo. Ninguna otra expresión de alegría aunque el tono de su voz y la sonrisa quería indicarle que también se alegraba de verlo, de tenerlo casi cerca de ella al tiro de sus brazos y posibles caricias de fuego.
Quería decirle tantas cosas, mejor llamó para que les tomaran la orden. Un refresco de fresas con leche que tanto le gustaba, y un desayuno cubano y guardar la línea, prefiero dijo ella con sonrisa de complicidad de la persona que atendía el pedido, gracias.
Mientras siguió midiendo el terreno y analizando la situación y encontrar el momentito adecuado para consumar su asesinato.
Ya vuelvo le dijo ella.
Regresó contenta a la mesa donde se encontraban reunidos.
Degustaron cada quien mientras sus miradas se cruzaban sin recelo, con picardía en ella; con rencor en él, pero lo estaba disimulando muy bien. Lo estaba haciendo mejor que un actor de esas horribles telenovelas mexicanas de televisión.
Al tener el ángulo adecuado de acción, ella le expresó ¿por qué se levanta? Me asusta. Disculpe, no es mi intención hacerlo, pero no se sentó.
Fue cuando se aproximó a ella. La sujetó sin violencia y la besó con pasión y dulzura en la boca y se marchó.
La mató de otra manera. Con amor.
Ahora es pastor y la venganza mata el alma y la envenena. Además, se predica con el sagrado ejemplo, ya que son mejores las venganzas dulces y así su úlcera cicatriza más rápido.
Publicado en revista virtual Con voz Propia.

Rosa de Schottlender



                   La casa de la verja  Rosa de Schottlender

El estridente reloj despertador, lo sacudió como todas las mañanas, recordándole su obligación. Se sentó al borde de la cama, como con ganas de seguir durmiendo, pero se calzó las gastadas pantuflas, se incorporó, estirando su pereza con un bostezo.
Era el primero en levantarse. Se servía un magro desayuno y con un gesto se despedía de su mujer y de su hijo tratando de no despertarlos.
Esa mañana se sentía pesado, caminaba sin entusiasmo, sin ese entusiasmo que había palpitado dentro de él cuando en su hogar se respiraba un aire de plenitud y serenidad. Algo estaba cambiando. Ella no era la misma. Lo recibía sin esa ternura que la caracterizó siempre. A veces por sus ojos enrojecidos adivinaba que había llorado. Era en vano que le preguntara qué le pasaba.
- Nada -, respondía. Pero ese nada ocultaba algo. Su trabajo de cartero no alcanzaba a satisfacer todos los proyectos que elaboraron juntos al casarse.
Y Marina, en un arrebato de cólera, un día se lo hizo saber.
- Estoy harta… No era esto lo que esperaba de la vida. Cada vez que tengo que comprarle algo al nene no alcanza. No hay…! –
- Debías saber que te casaste con un cartero y no con el Director de Correos y Telecomunicaciones – vociferó en su defensa.
Enredado en lúgubres pensamientos, llegó a la sucursal de correos de su zona. Comenzó a clasificar la correspondencia. Por calles, por numeración, por códigos y la introdujo sin vacilar en la descolorida mochila de lona. Era un trabajo que realizaba fría, mecánicamente. Sin embargo esa mañana sintió a esos rectángulos de papel, palpitantes de vida. Si bien hoy, la gente se comunica por correo electrónico, él seguía siendo el portador de una carta de amor manuscrita, la noticia de una muerte, la invitación a un casamiento, dolores y esperanzas dentro de la mochila. Boletas de impuestos, se servicios, de propagandas, se revistas, aviso de una anémica jubilación, pensó con ironía, etc.
Las entregaba pulsando timbres o tirándolas debajo de la puerta.
Le correspondía una zona de casas antiguas o modernas de imponente arquitectura. Casas con jardines y verjas bien conservadas a fuerza de renovadas manos de pintura. Y una de esas casas a Gabriel lo atrapó. Era una visión. Lo obsesionaron los amantes de esa casa. Ella del lado de adentro y el del lado de afuera. Se los quedó mirando. Sintió un vacío bajo sus pies al pensar en la fisura que se había producido en su pareja.
Ella encendida como una rosa y él palpitante de energía se acariciaban, se susurraban.
Terminado el recorrido y con esa imagen en su retina le costaba volver a su casa, sentir las palabras ácidas de su mujer. Entraba a un bar, tomaba un café, leía el diario y trataba de volver siempre antes de que caiga la noche. Se cerró en sí mismo, los amantes de la casa de la reja le ocupaban la mente trastornada.
¿Se estaba alucinando?
De pronto recordó a sus padres. Ellos se habían querido así. Tenía ocho años cuando la tía Juliana lo fue a buscar a la escuela. Maestros y compañeros lo rodearon. Sus padres habían sufrido un accidente. Creció con la dulce imagen de ternura que le dejaron de herencia.
Sus recuerdos se trastocaban ¿Eran su mamá y su papá los amantes de la verja que a él lo fascinaban? Estaba tan ensimismado en esa imagen, cuando la voz de su hijo lo llamó a la realidad. Tenía la boca seca, le pidió un poco de agua. Se recobró. Marina le indicaba con gesto frio que la cena estaba servida.
Iba a su trabajo como todas las mañanas, pero no era solo por el cumplimiento de su deber, sino para encontrarse con esa imagen que sublimaba su espíritu afiebrado.
Una noche, la luz de los relámpagos lo despertó. Llovía torrencialmente. Los truenos retumbaban. El reloj puntual sonó como siempre. Calzando botas de goma salió de su casa como una exhalación. Fue a la sucursal de correos a cargar su mochila. Emprendió su trayecto angustiado esquivando charcos, como esquivando quimeras. Una vez más pensó que se estaba volviendo loco. Nunca la mochila le había pesado tanto. Llegó a la casa de la verja. Se quedó pasmado. La pareja, su pareja en la que él se proyectaba, en la que secretamente hubiera querido vivir, estaba. Pero… ella apoyada en la reja, inclinada en su tallo. Húmeda de lluvia ¿o de llanto? Él, del otro lado, en su hábitat rectangular de tierra, yacía. ¡Pobre geranio…! Quebrado.



Dolor profundo   
Marta Becker
 
Después de mucho vagar el hombre llegó a la Capital.
El pelo revuelto, barba de muchos días, el largo sobretodo raído, zapatillas sucias que arrastraba con paso cansino le daban un aspecto tan lastimoso que provocaba rechazo entre los transeúntes.
Se paró frente a la vidriera de la rosticería y con ojos vidriosos recorrió lentamente la carne que se rostizaba y largaba despacio la grasa. Hacía muchos días que no comía algo bueno y caliente y se le hizo agua en la boca.
Se acercó una señora que llevaba un niño de la mano. El hombre giró la cabeza, miró al chico y sonrió. En ese momento se le juntaron todos los recuerdos que le hicieron olvidar el dolor del hambre y le provocaron otros dolores.
Recordó la casa grande, los días tranquilos, las risas flotando en el aire,  el fuego que crepitaba en la estufa mientras él acariciaba al niño de cabellos rubios, ojos celestes y labios color durazno.
Cuando se produjo el estallido el chico salió disparado de sus brazos.  El hombre se levantó tambaleante de la silla en un intento por agarrarlo, pero fue inútil, la tragedia rodeó  toda la escena.
Cuando despertó, tanto en la casa –o más bien lo que quedaba de ella- como en la calle reinaba el silencio. Un silencio de muerte, mezclado con el olor a cosas chamuscadas.
Gritó y gritó. No le salía el llanto.
Asustado, el gato del vecino que lo observaba recogió las patas y luego corrió a esconderse detrás de un coche estacionado.
El hombre dejó familia, amigos, trabajo, todo, y se abandonó, su vida se meció a la deriva. Antes de desaparecer del pueblo se acercó al cura amigo para confesar todo su dolor y recibir palabras de consuelo.
Cuando el cura regresó a la casa tres días después de tener la conversación con el hombre no encontró rastros de él, quien con la culpa y el sufrimiento a cuestas había iniciado su largo periplo.

Juana Schuster


Carta de Carlo Broschi  (Año 1705)   
Juana Schuster


Sé muy bien madre, usted se oponía al destino de ser cantante lírico.
 Escuchaba cómo discutía con mi padre cuando creían que el sueño me había vencido.
 Usted no quería porque sabía que iban a castrarme.
 La escuché llorar sin consuelo. Por las mañanas su rostro estaba blanco como la cal que cubre las paredes. Los ojos, rojos. Me daba cuenta de la lluvia en su alma. Conocía yo a ese aguacero convertido en tormenta para ese corazón fatigado. ¿Sabe una cosa? Hubiese preferido, en esos momentos, no haber nacido hombre.
 Las intenciones de papá eran que estudie con Nicola Porpora. El profesor de mayor talento musical que hubo en Nápoles.
 Él nos visitó y quiso escuchar mi voz. Usted se retiró a su cuarto. Me di cuenta que estaba quebrada, madre. Cuando regresó con el rosario en la mano, parecía un espectro. Toda vestida de negro, la cara no pertenecía al cuerpo. Era el rostro de un ser angustiado.
 Sus plegarias no fueron escuchadas. Con seguridad, pensó en esconderme. No le fue posible.
 ¿Qué culpa tenía yo que las mujeres no pudiesen cantar en las iglesias?
 Pero, me eligió. Papá estaba orgulloso del destino del hijo.
 Se frustraba su deseo de ver nietos y el mío de ser maestro de escuela.
 Mi padre decía que debía ser operado por esa caída del caballo. Esto no era cierto.
 Una vez efectuada la ablación, dicen que adquirí voz de soprano. Cierto es que viajé a Roma donde fui ovacionado. En las óperas, interpretaba papeles femeninos.
 Usted nunca vino a verme.
 Conocí Viena y Londres. El Príncipe de Gales me colmó de regalos.
 Las cartas que recibía, retenían la humedad de las lágrimas. Sé que nunca perdonó a su esposo.
 En España estuve veinticinco años, porque decían que mi voz curaría al Rey Felipe V de aquella locura melancólica.
 Le envié el dinero para el pasaje en barco. Usted me lo devolvió por correo.
 Conocí el éxito. Alguien me obsequió un Stradivarius.
 Durante mi estadía en Europa, usted partió para siempre.Fui a su sepelio. Algo muy duro para mí. Permanecí lejos del féretro.
 Ayer, un integrante de la corte me hizo la pregunta. Sí, justo ésa.
 -¿Has sido feliz?

María Alicia Escobar


Crisantemos amarillos  
                                          María Alicia Escobar


Ahí estaban, en la mejor de mis macetas de barro, como dicen que debe ser, eran cinco soles de un amarillo fulgurante, color que Van Goh amaba, color de la luz, color de la vida que aún alumbra el planeta. Hacía tiempo que la maceta esperaba ser ocupada por algo que estuviera a la altura de su contorneada, rústica belleza.

Con mi bicicleta en la mano yo caminaba mirando, con todo el tiempo del mundo, el que me dan mis setenta años, aprendiendo que el tiempo es oro, no para devorarlo en múltiples quehaceres -sino para degustarlo lentamente, como una golosina que una hace girar dentro de la boca sin apuro, para que no se acabe demasiado pronto como ahora siento que se me va deslizando la vida.
Ufa, dirán mis amigas fóbicas. Ufa, pero si mañana es pascuas y compraremos roscas y huevos y comeremos pescado, algo que escasamente hacemos el resto del año, sí, mañana es pascuas y hay que estar feliz (feliz como unas pascuas, se dice aquí.). Seguramente vendrán algunos. Otros no. siempre es así. Los que hace mucho plantamos, por decir así, ya no están en la maceta.
 Con mi bicicleta aún en la mano sigo mirando vidrieras aunque no compre nada. Solo los crisantemos que pasean conmigo en el canasto de ésta. De repente, él por no mirar, llevo por delante un niño que va de la mano de su madre. El niño llora.  La madre me increpa.  Estoy desolada, no sé qué hacer. Pido perdón, perdón, perdón. Finalmente el niño solo se calma cuando lo acerco, tomándolo de la mano, a un kiosco cargado de huevos de pascua. Le pregunto qué  quiere que le compre. Sorbiéndose los mocos me señala el huevo más grande de todos los ahí expuestos. Abro el monedero y saco hasta el último centavo y le compro el huevo. 
 El y la madre se van contentos,  no era para tanto después de todo, pero el perdón es caro. Muy caro si lo sabré yo que hice la primera comunión.  Pero aquí están los crisantemos más costosos de mi vida.  Amarillos, fulgurantes como el oro de una corona de reina.

Roberto Romeo Di Vita



Buscando al Negro Núñez   
Roberto Romeo Di Vita

-Y  justo ahora este perro me tiene que ladrar como un condenado y querer morder.
¿Y porqué será que recién descubro la dirección, pero está todo pintado de blanco y hay un montón de escombros en la entrada?
¡Noo, está todo vacío y no sale nadie, solamente ese perro maldito que me persigue!
Calle Quintana del mismísimo San Antonio de la Padua, las 10,30 de la mañana y nadie se asoma a las puertas. ¡Ni  un alma en pena a quien preguntar!...
¿Existirán las almas en pena? ...
Mucho verde, muchas casitas paquetas, pero están todos adentro y te podés gastar las manos golpeando, nadies va a salir pa ajuera M’hijito!!! “Los forasteros lejos de nuestros pagos, no vaya a ser cosa que sean villeros o chorros” estarán pensando estos mismísimos vecinos detrás de sus rejas y ventanas.
“Menos mal que el maldito perro se fue”, estoy pensando yo, amigo del Negro y me estoy quedando sin tomar un cafecito con él.
Carbone y... me acuerdo en este momento de toda tu familia, escribiste en el meil, la cita es frente a la estación para todos los amigos, pero te olvidaste la calle y el número, viejito!!... ¿Me  decís como hago ahora?
Para colmo el sol de este condenado enero argentinito, está apretando fuerte y la angustia por no-verme con Núñez me hace putear a lo grande.
Y para esto puse el despertador para no llegar tarde!!!
Es domingo, viejo; mal día para despertarse  con la alarma de un reloj.
Pero los amigos, son los amigos y uno no puede fallarles.
El asunto es llegar  y saludarlo al Negro, recordar con los demás, su merecida amistad, lo cálido de su generosidad. Recuerdo la primera vez que me lo presentó Di Serio en la carpa de venta de libros de los Palumbe y esa noche leyó un cuento este gran Núñez;  que fue genial nos dio para comentar una semana entera.
Esta mañana cuando pasé por la Avenida Rivadavia, salían varios colectivos hacia las piletas de La Salada, lo tomaba gente con sus bolsitos y heladeritas familiares, un rostro me llamó la atención.
Es singular como puede transformarse un rostro, hay caras que de frente parecen perfectas, hermosas, pero cuando giran hacia un costado la perspectiva ya no es la misma, se transforman, cambian y son los perfiles que “no me favorecen” por lo fulero que salgo en la tele, decía una artista muy famosa.
La cuestión que ese rostro que me llamó la atención, era muy parecido al rostro del pibe que miraba a través de una ventana de un bar, en una tarde gélida de lluvia en Buenos Aires. El pibe que miraba más allá de adentro del café y sus parroquianos, más allá de las facturas y el café con leche que añoraba, miraba con curiosidad de purrete, el disfrute de otros, antes de volver a sus trabajos, miraba con ojos lejanos;  los ojos del desamparo de niñez abandonada.
Rostros similares a muchos otros, “la ñata contra el vidrio”, dice la canción; ahora ya lo tengo presente... esta situación me recordaba que la había escrito en un cuento, el Negro Núñez, y lo leí en una revista.
¡Pero... me falló la nueva dirección que me dieron en la terminal de taxis... y el Negro no está!  No hay caso por más que pregunté, nadie sabe orientarme.
Me olvidé la agenda con los teléfonos a quién consultar. San Antonio de la Padua, en el mismísimo oeste del gran buenos tórridos aires ... ¿Quién lo habrá mandado hasta aquí, al Negro Núñez? ... Tenía entendido que su domicilio era por Morón o Castelar?
Ahora me dicen que vaya hasta la estación  de Merlo y pregunte allí para poder encontrar la reunión.... Subo a la estación de tren de Padua y espero... pero no, me vuelvo hacia los pagos de la calle Zapiola 53, que es bastante lejos... Y además ya se pasó la hora.
Llego a Liniers y luego tomó el 161 de regreso, con la frente marchita, en derrota, como la derrota de Independiente ayer frente a nuestros rivales de siempre. Me parece que Núñez  también es del rojo y Carbone, ídem...  Carbone, ¡Ay  Carbone!...
Regreso sin poder dar el saludo al cuentista más grande del Oeste, como dijera alguna vez, un crítico que me parece que está forzadamente en el anonimato.
Perdóneme amigo Juan Alberto Núñez, no pude llegar hasta su funeral y darle la despedida que usted se merecía.
El velorio fue un día anterior, pero usted no se preocupe Negro, me atrevo  a   aseverar que siempre estará presente en esos cuentos inigualables que usted escribía y será difíciles de olvidar. ¿Sabe Negro?  ¡Hasta la Victoria Siempre!!  Negro Núñez del alma.  

Liliana la Greca



Siempre  Liliana la Greca

La mudanza fue inminente. Me sentía dichosa. Finalmente habíamos logrado comprar después de tantos esfuerzos la casa de mis sueños. Con una cocina enorme y luminosa, cuartos espaciosos y un jardín.

Nunca supe muy bien por qué aceptaron nuestra primer oferta. Tenían que realizar un viaje, fue la única respuesta.

¡Cuidado con los muebles! ¡No! Déjenlo ahí, está bien, ¡es muy frágil!.

 Atardecer, cansancio y distensión y hasta un escalofrío de vez en cuando que me hacía estremecer. Debería ver de donde viene esa corriente -pensé-.

Noche. Extraña sensación de sentirse ajeno a un entorno todavía sin vivencias propias.

Nos acomodamos con lo justo, como pudimos. Casi incómodos, pero expectantes, en esa casona llena de espejos en sus paredes.

Cansada como estaba, me desmayé sobre la cama.

 Siempre tuve un sueño liviano, tal vez por las obligaciones, tal vez por ese eterno merodear atento que aporta la maternidad, tal vez por ese rasgo tan personal y no siempre bienvenido de mantener el control de todo.

Hoy no se si se trató de un sueño o pasó en realidad. Solo se que sentí tu presencia. La caricia suave en mi cabeza. La sensación de que alguien me arropaba. Estabas allí. Te vi. Te escuché. Te sentí. Tus manos frágiles y cálidas tomaron las mías. La palabra exacta en el momento justo, como de costumbre. "Todo va a andar bien, no te preocupes" -dijiste-. Y entonces supe que también estabas allí, mamá.